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Full text of "Los secretos del pueblo: Novela social y de costumbres"

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SAL?3ti2>l.3 



HARVARD COLLEGE LIBRARY 

SOUTH AMERICAN COLLECTION 



THE ■""'■- P" '"'■H'nirn ^iMIT ''P"""'^'^ 




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I 



LOS SECRETOS DEL PUEBLO. 



1 



tos 



SECRETOS DEL PUEBLO 



NOVEU SOCIAL 1 DE C03TUMIRE3 



I 



POA 



M^RTIJSr P^LMj^l. 



TOMO n. 



VALPABAISOt 
ImPRENTA del MEROtJRlO 

DE REpAREDO S. TORNERO. 

1869. 



■/■ 



SKLS'iO'i*^ "^ 



Harvard Collas^ Library 

Gift of 

Archibald Gary Coolidga 

and 

Glaranca Leonard Hay 

April 7, 1909. 



LA HACIENDA M SAt\ JOOE. 



I 



Lle^ada de Enrique, 



L 



Enriqoe habia sentido dejar a sus padres, pero el teso: 
qae obtnviera de su hermana, el retrato de Luisa lo tras- 
portaba de alegria. La imdjen de aqnella mujer a quicn 
tanto amaba, le servia, segon la espresion de que ^1 mismo 
se habia valido, como de talisman para aminorar su afliccion 
• y consolarse en la ausencia; asi es que emprendi6 su caraino 
sin esperimentar esa sensacion dolorosa, que se sufre cuando 
nno 86 separa por primera vez de la casa paterna y de todo 
aqnello en medio de lo cual ha vivido desde su infancia y 
que esta como identificado a la propia existeucia. 

No poco contribuirian tambien a disminuir su afliccion los 
suefios de fortuna que se forjara y la ambicion de adquirir 
en poQO tiempo to do lo que le faltaba, no decimos parapo' 
nerse al nivel de Luisa, porque ^sto lo creia imposible, sino 
para que la distancia que lo separaba de ella no fnera tan 
inmensa. 

Enrique se unia, pues, a sus compaGeros, lleno el corazon 
de esa alegria que lleva consigo la esperanza y que en la 
imajiqacipq 4e ttn j6v^n (Jp v^ipte o veiptiun aflos preset ta 



LOS SBCBETOS DEL PUEBliO. 



al mundo con tan risueno aspecto, vi^ndose todo al traves 
de un prisma encantador, jFeliz edad en que todo es hace- 
dero, en que to Jo nos estasia, en que los afectos son puros 
y en que el entusiasmo lo anima todo, envolviendo nuestro 
ser corao en una nube de felicidad que el dolor no puede 
traspasar! 

La mayor parte del camino la hicieron a pie; nuestros 
j6venes obreros eorriendo por los campos en compania de 
Enrique, que, eon su escopeta a la espalda, se entretenia en 
cazar, lo cual les servia para hacer la cena ciiando alojaban 
las carretas. Esta cena preparada por ellos y despues de las 
fatigas del dia, la encontraban deliciosa, asegtxrando que 
jamas habian tenido otra mejor. 

Los cuatro obreros que habia escojido y contratado En- 
rique, aun cuando eran de mayor edad y se consideraban 
sus iguales y sus amigos, tenian por el cierta consideracion 
que Enrique no pretendia imponerles sino que naturalmen- 
te le guardaban; porque la superioridad, mientras menos se 
manifiesta de parte del que la posee, mas bien se ejeroe y 
es mas solida y duradera. Esta circunstancia hacia que todos 
le obedeciesen, sin que fuera necesario hacer alarde de au^ 
toridad, pues Enrique no trataba de ejercerla sino que les 
habia hecho comprender que el trabajo de que iban a ha- 
cerse cargo estaba en el interes de cada uno el concluirlo 
a la mayor brevedad y lo mejor posible; de manera que por 
medio de esta feliz disposicion de los trabajaddres, contaba 
^1 con un pronto y buen resultado. 

Cuando hubieron llegado a la hacienda de San Jorje, sali6 
a recibirlos el administrador, que, viendo a Enrique tan 
j6ven, no lo crey6 capaz de desetnpefiar los trabajos de que 
estaba encargadoj sin embargo le mostr6 todo lo que tenia 
que hacer, no sin cierto disgusto, pues le parieoia instil dar- 
le esplicaciones, seguro como estaba de que nada se conae- 
guiria. Enrique not6 la mala voluntad del administrador, 
pero guaru6 silencio y continuo inspeccionando la obra, 



'^ 



LOS 8EGRET08 DEL PUEBLO. 



consultando de vez en cuando los pianos que Ue^aba capsi- 
go y haciendo en ellos anotaciones para correjirciertos de- 
fectos. 

La impasibilidad de Enrique, su mirada intelijente y cer- 
tera y las preguntas laconicas pero justas que hacia al admi- 
nistrador, cambiaron poco a poco la opinion que ^ate se 
habia formado al principio, y comenz6 a mostrar^e mas com- 
placiente. Cuando bubo terminado Enrique ^su inspeccion . 
y formado interiormente su plun^ ya el admiaistracjor t^nia 
en un alto concepto la intelijencia del j6ven, circunstancia 
que le valio para que le guardara consideracionesy le pro- . 
porcionase a el y a sus trabajadores comodidades que de 
otra manera talvez no habria conseguido y que asi obtuvo 
bin exijirlas. 

Enrique, que queria aprovechar todos los raomentos, no* . 
perdia ni aun las pacas horas que quedaban del dia en que 
Labia llegado a la hacienda, sino que inmediatamente de 
coDcluida la visita de inspeccion sobre todo lo que tenia 
que hacer, solicito del adrainistr^dor los peones que crey6 
necesarios, llamandoa sus cuatro obreros para encargarles 
del trabajo que cada uno debia desempenar, esplicaadoles 
todo, con lal precision y claridad, que era impusible eqai- 
vocarse, previni^ndoles que desde el dia siguiente darian 
principio, reserxando para si lo mas dificil de la obra. 

No hai cosa mas conveniente para llevar a termiuo un , 
trabajo cualquiera que el mismo empresario sea a la vez di- 
rector y trabajador, porque su ejemplo estipaula a los de- 
mas, que, de otra manera, cometerian faltas; pero viendo que 
el jefe es el primero y no se escasea la pena, todos lo sii^uen 
con gusto, haciendo cuanto esta en su mano por imitarlo. 

II. 

■ I 
En una sola semana Enrique habia traqsformado las co- 

sas de tal manera, que el administrador, a pesar de ver dia- 

riamente los adelantos, estaba admirado de tanta rapidez y 



LOS SICRETOS DEL PinEBLO. 



no podia concebir c6mo se habia h^cho tanto en tan corto 
tiempo, lo cual favorecia mucho al j6ven, pues tenia con ^1 
atencionea mas superiores a las que hubiera gaardado con 
nn trabajador de su dase, consider^ndolo, no en calidad de 
carpintero, sino de arquitecto, y obligdndolo a que comiera 
con dl en su mesa, a pesar de la resistencia de Enrique, que 
no queria abandonar a sua compaileros; pero viendo 6st6p 
la falta de orguUo, pues no aprovechaba del favor por con- 
sideracion a ellos, le exijieron que aceptase, y solo asi con- 
de8cendi6 con el administrador, que, a medida que lo cono- 
cia mas, lo apreciaba en proporcion. 

Enrique no descansaba un momento, pues tan luego como 
conoluia los trabajos materiales se dedicaba a sus libros, 
estudiando hasta mui entrada lanoche, lo que no le impedia 
ser el primero en levantarse al dia siguiente. 

Entre los empleados de la casa habia un frances que ha- 
cia de hortelano y cuidaba el jardin y el huerto, y con el 
cual hizo luego amistad nuestro j6ven, interesado en que le 
ensefiara su idioma, y a lo cual se prest6 de la mejor volun- 
tad, con esa complacencia amable y lijera que caracteriza a 
casi todos los individuos de ese pais. 

El primer domingo lo convid6 el administrador para 
montar a caballo e ir a ver la hacienda, convite que acept6 
con gusto Enrique, pues era aficionadfsimo a ese ejercicio. 
La escursion fu^ feliz, pues trajo consigo una abundante 
caza, que reparti6 entre sus compaSeros y de la que hicieron 
una opipara merienda en la noche, la que fu^ celebrada con 
algunas botellas de buen mosto que les regal6 el adminis- 
trador, asistiendo tambien 61 a la mesa, lo que debia consi- 
derarse como un gran favor, porque el administrador era 
mirado poco menos que el dueno de la hacienda, tanto por 
su cardcter y por su familia, como por su fortuna, pues era 
el hombre mas acomodado de los alrededores. 

El aprecio que habia inspirado Enrique y el elevado con- 
pepto en que era tenido, no lo debia solo a su capacidad j 



LOl 8BGB1T08 DKL PUKBLO. 



constancia en el trabajo, sine tambien a sns modales natu- 
ralmente distiDgaidos, al aseo de sa persona yaun a lo bae- 
no de su equipaje; pues nadie podia figurarse que un sim- 
ple carpintero llevase consigo todas aqaellas comodidades 
y aquella decencia, propias solo de una clase superior; por- 
. que hasta su gusto por la caza, su elegante escopeta y su 
. certera punterfa, le daban las apariencias de un caballero; 
as( es que todo el mundo, incluso el administrador, lo Ua- 
maban el injeniero, adoptando la denominacion hasta sus 
mismos corapafieros, contribuyendo no poco a que formaran 
ese concepto su hermosa fisonomfa y su dedicacion al estu- 
f" ' dio, pues, como hemos dicho, ^1 llevaba consigo su cajon de 
libros, que coloc6 con el mayor 6rden en su cuarto y cerca 
de su cama, para tenerlos a la mano durante la noche, que 
era el ^nico tiempo que le dejaban libre sus ocupaciones. 

Enrique habia escrito a Mercedes la carta que ya hemes 
visto, poco despues de haber llegado a la hacienda de San 
Jorje; y calculando el tiempo que demorariaen irsu corres- 
pondencia a Santiago y en contestarle su hermana a la cual 
habia prevenido que le escribiese de manera que estuviese 
la carta el sdbado en la estafeta de San Fernando, pensaba, 
pues, que el segundo domingo habria algo para ^1; asi es que 
desde el sdbado pidi6 al administrador un caballo para di- 
rijirse al pueblo en busca de su correspondencia. 

Enrique sabia ya que San Jorje se encontraba como a sie- 
te leguas al Este de la poblacion de San Fernando; de con- 
siguiente tenia que emplear gran parte del dia en ir y vol- 
ver, asi es que estuvo preparado desde la madrugada del 
domingo y emprendi6 su marcha en compafiia de un mozo 
que le servia de guia, o de vaqueano como se llama entre 
nosotros; pues aunque 61 habia hecho una vez el mismo ca- 
mino, no se habia fijado lo bastante para dirijirse ^1 mismo 
sin temor de estraviarse. 



IQ LOS 8BCRBT0S DBL PUEBLO, 



II r. 

Llegado a San Fernando pregunto donde se eocontraba 
la oficina del correo, y se diriji6 a ella en derechura, no sin 
cierta ansiedad, pnes temia no hallar cartas para el; pero 
cuando hubo dipho su nombre, el administrador de correos 
lo miro con esa curiosidad del provinciano que se fija pro- 
fundamente en la persona que le es desconocida, quedando- 
le ya para siempre grabada en su memoria; asi es que dan- 
do una vuelta para tomar la carta, con aquella cachaza y 
formalidad calmosa que le es peculiar a nuestros empleados 
de provincia, saco un grueso paquete que le entrego dici^n- 
dole: ''Aqul tiene usted, caballero; ?iene multado en ciento 
veinte centavos." 

Enrique se puso Colorado al recibir aquel voluminoso pa- 
quete, que no esperaba, porque uQicamente creia hallar una 
carta sencilla coino la que el habia escrito; pero no tenien- 
do la menor duda, pues el sobre venia a su direccion, sac6 
los ciento veinte centavos en que estaba multado y los en 
treg6 al administrador, guardandose el paquete. 

— llStstA usted recienteraente llegado, senor? le pregunto 
el administrador, que era un viejecito chico, gordo, d&ndo- 
se aires de importancia, pero de fisonomia risuena y de unos 
ojos vivos, sagaces y curiosos como los dcj casi todos los pro- 
vincianos. 

— Si, senor, le respondi6 Enrique laconicamente. 

— ^Habita usted San Fernando? 

— No, senor, estoi en la hacienda de San Jorje. 

— En la hacienda de San Jorje! repitio el hombrecito me- 
neando la cabeza con gravedad; y luego anadi6: esa es mui 
buena hacienda, la mejor de todo el departamento, y su ad- 
ministrador es mui amigo mio. ^Habra usted venido para 
hacer algunas compras de cosechas? 

— No, senor. 



f 



L09 SECItETOS D£L FUEBLO. U • 

— (iO de ganado? 

— Tampoco. Estoi haciendo un trabajo. 

— Ah! ya! . . . he oido decir que se esta 'haciendo alii an 
palacio! ^Seria usted el hdbil arquitecto de que me han ha- 
blado y que ha venido de Santiago? 

— No 8oi arquitecto, seBor, soi siraplemente el que dirije 
la obra. 

— Es decir, el arquitecto; qu^ diablos! ^para qu^ esa rao- 
destia? Aqui nosotros sabemos bien couao se llama en San- 
tiago al que dirije una obra como esa. ^Estard usted mui 
bien pagado, porque esa familia es mui rica? 

— Mi maestro es el que ha hecho el contrato, dijo Enri- 
que, cansado ya de tanta averiguacion del provinciano. 

— jSu maestro! gEnt6nces no es usted el arquitecto? 

— Ya le he*dicho a usted que no. 

— gPero como dirije usted la obra? 

— Porque me han mandado. 

-— gDe consiguiente usted es el arquitecto? 

— Asl serd, dijo al fin Enrique, no pudiendo menos de 
reirse de la tenacidad del viejecito gordo; y en seguida, co- 
mo para cortar toda conversacion le pregunt6 a su vez: — 
|Habra en San Fernando algun cafS donde poder almorzar? 

— En San Fernando! For supuesto, senor! y un buen cafe, 
nn cafe frances. .. gCreia usted que San Fernando fuera una 
insignificante aldea? 

— Es la primera vez que vengo, senor, y no es estranode 
que ignorase la importaDcia de la ciudad y de que existia 
un buen caf^ frances; espero se sirva usted decirme d6ndo 
esta! 

— Aqui mismo, en la plaza principal. 

— ^Pero cual es la plaza principal? 

— En la que usted se encuentra ahora, amigo mio, dijo con 
cierto enfado el viejecito, herido talvez en su amor propio 
de provinciano, al ver que un estranjero no conociese en el 
acto donde 3e ^ncontraba; y como para echarle en cara su 



12 urn a ac E KTO s del puiblo. 

igQonnciay a&adi6 sentenciosaoiente: San Fernando, sefior, 
es^ ona de las mas antigaas ciudades de Chile, como lo de- 
maa^rsQ sua edificios, y cabecera tambien de la mas rica 
proTiQc^a^ la provincia de Colchagna. 

— ^Asi lo habia estudiado en la jeografia, dijo Enrique 
sooriendose; pero nada dice de la plaza y del caf<^ frances 
qneiisted ha tenido la bondad de indicarme. 

Nnestro administrador baj6 la cabeza en muestra de asen- 
timiento, pero sin saber si la contestacion del estranjero era 
aprobacion o burla; asi es qae no contina6 en la conversa- 
doD, dej&ndolo partir tranquilamente. 



Lo inesperado. 



I 



tlnrique, encamindndose a la fonda, sac6 el paquete de 311 
bolsillo, volvi6 a ver el r6talo, hizo cotno si le tomara el pe* 
so, apretdndolo con cuidado para adivioar el contenido sin 
abrirlo, pero no podia figurarse lo que seria, por mas que 
reflexioiiaba, hasta que crey6 estar seguro de ^1 y dijp en-^ 
tre si mismo: Querida madrel pensando que el paquete con- 
tenia algnnas imdjeoes de santos o escapalarios que Marta, 
en su carino y sn devocion, le mandara como amnletos des- 
tinados a preservarlo de enfermedades y a ccnjurar cual- 
quiera calamidad o desgracia. 

Llegado que hubo a la pobre ^osada, que el administra* 
dor habia pomposamente condecorado con el nombre de 
hotel frances, pidi6 de almorzar para 61 y para su mozp, y 
mientras lo Servian rompi6 el sello del grueso paquete que 
acababa de recibir. jPero cudl no fa^ su sorpresa y su ale* 
gria al encontrar/ en lugar de imajenes de santos, los retra« 
tos de sus padres, de su hermana y el grupo en que venian 
todos reunidos, incluso Luisa. . . 

El contento de Enrique era tanto mayoi;' cuanto mas ines* 
perado. , . No era alegria la que esperina^ntaba siijo 6sta- 
sis . . . y si alguna persona hubiera presenciado aqiiella 
escena muda, si hubiese visto aquel semblante ,ca8,i 4escom- 
puesto por el goce, si hubiese oido la violencia con que latia 
el corazon de aquel j6ven, lo habria tornado talvez por un 



14 LOS StCBETOS BEL ^UE^LO. 

insensato en el parasismo del delirio... porque las lagrirhas 
corrian por las mejillas de Enrique, humedeciendo I03 retra- 
tos, que besaba alternativamente, y con especialidad aquel 
en que se encontraba Luisa. 

La emocion era tan profunda, el placer que recibiera era 
tan inesperadoy tan intenso, que durante algun tiempo per 
manecio absorto, sin pensar en leer la carta, que estaba abier- 
ta a su lado y cuyos caracteres verdaderamente no alcanzaba 
a distinguir, pero pasada esa prioiera impresion que absor- 
ve per completo nuestras facultade^, tom6 la carta de 8u 
hermana y principio su lectura, pardndose a cada palabra, 
haciendo una esclamacion . . . Cuando hubo concluido, cerr6 
SU8 pdrpados, apoyando su cabeza en el respaldo de la silla 
come si fuera a desmayarse... En es'a postura pernianeci6 
por algunos segundos; pero poniendose de pie repentina- 
mente, 8ali6 con precipitacion. sin reparar en el mozo qae 
entraba en ese momento con el almuerzo que habia pedido; 
porque la naturaleza, tanto en los grandes dolores como en 
las gran des alegrias, nosUeva, sin que reflexioneaaos de 
nuestra parte, hicia el movimiento, pues talvez sin el pere- 
ceria erindividuo, siendo victima de ana de esas impresio- 
ned a las que no estA el hombre acostumbrado a resistir. 

Enrique sali6 sin decir palabra, tomo su caballo y Uamo 
a su mozo para que lo siguiera. 

El ciiado de la fonda quedose at6nito con su almuerzo 
en la mano, sin saber qu^ pensar y sin atreverse a detenerlo, 
y solo al cabo de uno3 momentos, cuando vio que el j6ven 
lanzaba su caballo a todo escape, esclamo: — ^'Esta loco." 

El sirviente tenia razon: en aquel instante Enrique no 
tenia conciencia de lo que hacia, obeAeciendo instintiva- 
mente a un impulso que no estaba en su mano dominar. 

Asi corrio sin direccion fija durante algun tiempo, basta 
que el aire, que azotaba su cara con violencia, lo fue vol- 
viendo en sf, reteniendo todav'a la veloz marcha de su fo- 
goso caballo. 



LOd S^ClEtEtOS DEL t'USfttO. IS 



f 



IL 



Habiendo el mozo alcanzadole en breve, le pre9ent6 el 
sombrero, que se le liabia caido durante la precipitadafuga, 
que no sabia a qu6 atribuirla el pobre hombre, creyendo, 
como el sirviente de la fonda, que se habia vuelto repenti* 
namente loco; pero Enrique, recobrado un tanto, dijo a sa 
guia con carinoso tono. 

— ^Estds asustado, Bonifacio? pero no terna^ nada, lo que 
linicamente siento es haberte privado de tu alnauerzo. 

— No hai cuidao patroncito. . irenios a comer a las casas; 
pero seria gueno tomar otro camino, porque ^ate no va 
pa lla. 

— Volvamos entooces* 

— Si, tenimos que hacer ima ffuettita. /Y qu^ gilen caba- 
llo patroncito! yo no lo podia alcanzar con mi pingo ma- 
loncito. 

Y el campesino miraba a Enrique para dar^e cn^nta de 
lo que habia motivrado aquella violenta carrera; pero nono- 
tando en ^1 nadade estraordinario, se tranquiliz6, y dirijien- 
do su caballo en direccion opuesta a la que habia tornado 
Enrique, le dijo a este: — *Tor aqui patroncito." 

Enrique lo 8igui6 sin contestarle^ pero con el semblante 
mas alegre, 

Asi anduvieron largo tiempo sin hablar palabra, el j<3ven 
entregado a sua reflexiones y sacando de cuando en cuando 
la carta y los retratos alternativamente, leyendo la primeta 
y mirando los segundos, y el mozo contemplandolo at6nitO| 
porque lo veia reir y llorar a la viz, figurdndose por est^i 
razon que quizd hubiera perdido el juicio, lo que sentia el 
pobre muchacho, porque Enrique era querido de todoi; sin 
embargo no se atrevia ainterrumpirlo. 

Cuando estuvieron cerca de las casas de la hacienda, el 



'-■ ■? 



16 LOS SEOBKTOS DEL PIHEBLO. 

mozo pregaDt6 a Enrique la hora que seria, pues ya iban a 
Uegar, 

— ^Tau pronto? esclam6 Enrique. 

— jComo tan pronto cuando nos hemos venido al paaitol 

— Pues el camino se me ha hecho corto; son las tres de 
la tarde. 

— Aetna serd, perc hemos andado como tortuga. Es que 
su merc4 se ha venido riendo y conversando solo. 

— iDe veras, Bonifacio? 

— De Veritas^ seQor, yo lo estaba viendo. 

— No lo dudo, porque estoi mui contento. 

— lY tlEimbien se Uora cuando estd uno contento? 

— jQue he Uorado yo acaso? 

— Por supuesto, patron, despues de reir lloraba, y des- 
pues de Uoj ar reia y despues de reir hablaba... 

— gY despues de hablar? 

— Se quedaba su merce callado como muerto. 

— Lo que te habrd divertido mueho? 

— No, patroncito, temia que le hubieran hecho a su merc^ 
daflo (1). 

-^;Que ocurrenciaj Bonifacio! ic6m0 te figuras semejante 
cosa? 

-— ^Es, sefiorito, que aqui en la hacienda hai muchisimos 
brujosj y sobre todo un brajo mayor, que es el padre de 
toitos. 

— ^Y esos brujos viven aqui en la hacienda? pregunto 
Enrique^ ri^ndose de la credulidad del campesino. 

•^Rlase cuanto quiera su mefcSy pero lo que digo es la 
purita 'OerdA 
, — J Y los has visto tu? 

— Al brujo mayor, muchas veces, con ioo^ patroncito, di- 
cen que es de los guerios brujos, porque ha sanao a muchos 

(1) l^tledtfos (i&mp^smos Uaol&Q ^A&d t\ m&leti^io llddhU^fid qUe cteSa £irmemta^ 
te haiien algUaas persooas qae tien«n relacioaM iatimaB con el demonio y que denoml' 
Dan bihtjoa o mach4t» 






enfermos; pero yo no me pasiera en sas manos, atinqae no 
paede hacerme naa porqae ycf tengo la craz de Salomon • • • 

— ^Qa^ es lo que llamas la craz de Salomon? 

— Esto, patroncito; y el campesino sac6 de sa pecho nna 
especie de pergamino que llevaba cnidadosamente envnelto 
en nna bolsita y en el caal no se veia otra inscripcion que 
ese signo XX 

— ^Y esta es la cruz de Salomon? 

— SI, patroncito; y no hai mas qne clavar el pnfial en el 
medio y uno ensarta el brojo. 

— ^Y has hecho algnna vez la prneba? 

^— No, porque no me ban hecho todavia dano, 

IIL 

Enriqne continnaba HSndose de la crednlidad del pot>r6 
hombre, qne hablaba con tan bnena U y nna persnacion tal^ 
qae se le iSguraba ser imposible se dadase an in^tante delo 
qne ^1 decia. 

— ^Pero tii me has dicho qae has visto al brajo mayor? 

— Si, patroncito, y danchas ocasiones, y tengo praebas de 
qne es la verdd. 

— ^.Y como no te ha hepho dafio entonoes? 

—Porqae ^1 debe saber que yo tengo la craz de Sa- 
lomon. 

-*-Dime c6mo es ese brajo? 

— Es, senor, (y el campesino hizo la sefial de la craz) an 
viejo alto y flaco, de barbas mai largas y de anos ojos qae 
brillan como centellas. Vive solo, hace machos a&os en an 
grant cerco qae Je di6 la patrona, y alii tiene de tottOy senor. 
Sa iinico compafiero es an brajito mai feo qae no habla 
nnnca y an par de perros grandes qae deben ser tambien 
brajos o diablos; jqai^n sabe, seuorl 

— Todo lo qae me has dicho no praeba de qne ese horn- 
bre sea brajo. 

HOMO II. s 



LOd SECfiXTOS DSL PtTlSfitb. 



•-Si M merce Id viera, no diria que no; pero yo ho he 
iv:^!ao todo a su merce, Oiga pues: Las mas noches sie ve 
jutyo en en ca.<ia, \y que juego! (y el huaso volvi6 a persig- 
narse) an juego como no se ha visto nunca, porque la llama 
alg^ti^s Teces es azul, otras colorada, otras verde, y con un 
hnmo tan espeso y tan hediondo .. ^Y qu^ prueba csto sino 
que esas laces son del infierno, porque el debe tener pacto 
■ coii el' dikblo? 

— Pero puede ser que querae lefia y est^ haciendo de 
comer. 

— jHaciendo de comer a .media nochel Y la llama y el 
olor es mui distinto al de la lefia!... 

— ^Y que infieres de aqui? 

— Naa mas que lo que debe ser; que es brujo y que tiene 
pactio c<)n el condenao^ de quien Dios me libre, como a todo 
crietiaDO. 

— ^Y no tienes mas pruebas? 

— Como que no! 

— ^Co&Jes? 

i-^Que cnando ningun mezoo ni meted puede sanar tia en- 
fermo, el lo cura lueguesito con ciertas yerbas y aguas des- 
conocidas y otras veces dice que morird^ y muere... 

-r-*-^;Entonce8 es un brnjo bueno? 

-T-Ya se lo he icho a su merce que es gueno^ pero yo no 
me fiara del. 

*— Me has dado mucha curiosidad, Bonifacio, y tengo 
gaiwts de conocerlo. 

*-*-Como su m^rce ra a quedarse mucho tiempo, pnede aei* 
que lb vea, aunque el no sale nunca sino algunas veces a 
matiar pajaTitoa, 

— jY d6nde vive? 

— Aqui en la misma hacienda, Cdnld he htiO a sd nlerce^ 
pues k patroua le di6 tin gr'au oerco que estA en la mdntat- 
na; y a f e que los leones no le hacen a 61 nada y rieneti 
hiista nuestrus ranches. 



LOS Siiokidida bio. ptrBJttOi 



Id 



r 



— ^Hai rauclios leones en la hacienda? 

— ^Machfsimoa del Ubo de la cordillefA, y haceil niticho 
dano al ganao. 

— ^;Y por qu^ no los matan? 

— No es tan fticil, patroncito, yo lo quisiera ver a sa 
merce\ Con cincuenta perros no3 suelen tener apuraos y se 
nos van!. .r El adminiatrador' ddh Pedro Marna, le dA una 
res gorda cada ocaslou que algan inquilino consigue pillar 
uno y ese e3 un dia de fiesta pa toitos... Pero alii veo que 
viene el administrador, dijo Bonifacio interrumpiendo su 
conversacion. 

— Ya que vamos a llegar, y antes que nos alcance el senoi^ 
don Pedro, quiero que esta noche cenes bien, por lo que te 
he hecho ayunar hoi y por lo co.ntento que he venjdo en tu 
compania. 

Y Enrique saco del bolsiUo do8 pesos fuertds qufele pas^ 
al huaso, el cnal no queria recibirlos, diciendo^que era an 
obligacion acompafiarlo, pues se lo habia ordenado asi el 
adtnlni^trador, y que el, com > inquilino, tenia que obedecer 
sin que le paga?en nada. 

' — ^^No te lus doi por paga sino por carino, le dijo Enri- 
que, lo cual quito los escrupulos al campesino, que di6 al 
j6ven un buen Dios se Iqpague^ segan la piadosa costumbre 
de los pobres. 



El administradior don Pedro Murna. 



L 



Don Pedro Mama, administrador de la hacienda de San 
Jorje, habia desde el mirador, ayudado de su anteojo, reco- 
nocido a su j6ven amigo, el arquitecto, como ^1 lo Uamaba, 
y moDt6 a caballo para salirle al encaentro, lo que era una 
senal de afecto mui marcada; pues don Pedro, seco de ca- 
rdcter aunque bondadoso, rara vez se le manifestaba jovial; 
pero era tal el aprecio que habia concebido por Enrique, 
que lo colmaba de distinciones, mostrdndole toda la amabi- 
lidad de que era capaz, la que el j6ven correspondia, agra- 
deci^ndosela sin abusar jamas de ella, pues no se prevalia 
del favor que le dispensaban para conseguir la menor ven- 
taja, ya fuese respecto al trabajo o a su persona. 

— lC6mo le ha ido a usted en su paseo, amiguito? pregun- 
t6 don Pedro carinosamente a Enrique. 

— ^Tan bien, sefior, como no lo esperaba. 

— Me alegro infinito... Su semblante lo est& diciendo: ^re* 
cibi6 usted cartas? 

— Si, sefior. 

— Ninguna novedad en Santiago? 

— Ninguna, sefior, al menos que yo sepa, porque Id eartd 
que he recibido es de mi hermana y solo me habia de asun^ 
tos de familia* 



LOS SBCBBT08 DKL PVEBIiO. 21 

— |Tiene asted una hermana? Apostaria a que es tan 
baena como nsted. 

— Si, seflor, mi hermana es boenisima, 7 mejor, macho 
mejor que yo. 

La nataralidad y entusiasmo con qae Enriqae dijo aquel 
elojio, revelaba que no habia la menor pretension de su 
parte. 

— Asi me lo fignraba, contest6 el administrador. 

— Usted es tan bondadoso. 

— Dej^monos de cumplidos, mi j6ven amigo; yo poco los 
gasto con los otros. 

— Lo que no impide que nsted se muestre tan amable. 

-^listed tiene de mi una opinion distinta a la de los de- 
maS) pues todoi me encuentran cdscara amarga^ y asi me 
Taman* 

— Pero si la c^cara es amarga, el fruto es dnlce. 

— Vamos, dej^monos de requiebros. El viaje y las 
buenas noticias que ha recibido deben baber desper- 
tado su apetito, y yo lo estaba esperando con un cordero 
asado. 

— No he comido nada, pero me siento sin ganas. 

— ^No ha almorzado usted? 

—No, sefior. 

-^La alegria suele ser el mas nutrltivo alimento, 

— Asi lo creo. 

— ^Pero no es lo bastante, sin embargo, y usted ver^ que 
despues de tomar un bocado, ella ^e aum^nta. 

Los dos amigos se dirijiqron a las casas. 



I ■ 
IL 



Enrique estuvo. mas alegre que 4©. costumbre, pero se 
retir6 mui temprano a sucuarto.,. Tenia ^ec^sidad de estar 
solo, porque hai felicidades ^ue ^^icawif Ate ,80 saborean eu 



22 1^3 BBCRKTQ8 BBL FUSBIA 

el silencio y para las que t^ indispeiMsable el «yuineiito, 
paes el bulUcio en Tea de aumentarlas las adormece y de- 
bilita. 

Cuando nnestro joven se vi6 solo, saco los retratos y se 
puso nuevamente a contemplarlos y a leer repetidas veces 
la carta, sintiendo en cada ocasion un placer nnevo, pues se 
detenia en cada npa de las espresiones, ddndose asi caenta 
de lo que habria hablado Lnisa, trasportdndose a los loga- 
res en que ella habia estado, creyendo sentir las emocio- 
nes que ella habria - tambien esperiinentado, .. Hubiera 
querido Enrique saber hasta el sitio y el asieato que ocu- 
para en su casa, para adbrarlos, como si hubiese quedado en 
ellos algo de Luisa... como si los hubiese santificado con 
8U presencia... y tenia razon el jdv^en, porque nuaca son 
indiferentes ni aun las cosas inanimads^ que hau perte- 
necido a la mujer que* uno ama, sino que siempre evo- 
can en nosotros uu recuerdo, ya sea ^ste triste o alegre .. 
jQui^n permanece indiferente, qui^n no se impresiona, qui^n 
no se conmueve a la sola vista del aposento en que ha pa- 
sado alguu' tiempo nuestra mujer o nuestra querida? £se 
cuarto, ese mueble, ese lugar parti cipa de su naturaleza, 
estd iinpregnado de su esencia, y habla un lenguaje a nues- 
tro corazon; y la reminiscencia de la vida paaada, de las 
caricias que nos han prodigkdo, de las Idgrimas que" hemos 
vertido, de las conversaciones que nos han ocupado, yienen 
a hacef parte de Utiestra existencia actual, presentfindose 
los recuerdds frescos y palpitaotes como si en ese momento 
sucediera lo de aquel entonces, <;omo si no fuese un pasado 
sino un presente, coloc^odonos en las mismas circunstanciaa 
en que estuvimos tiempo bd... 

Enrique, embriagado en^dclicias hasta entonces descono- 
cidas de ^1, no sabia c6mo espresarlas y habia comenzado a 
escribir mil caHas a su hermiana, rompi^ndolas en seguida, 
porque en su optnion n6 manifestaban todo cuarito 61 sen- 
f;ia, desesp'gj-^ijda?© ie la impotenciz^ de su palabraj titi em- 



LOS SECESTOS DEL PUEBLO. 23 

bargo le era indispensable contestar, y al fin coordino las 
lineas sigtiientes, sin quedar satisfecho, p.aes se liabia ope- 
rado en ^l inBtantAueamente una reaccioaj y aj swma placer 
se habia sucedido el dolor* . . 

'•ghq Jorje, octubre 20 de 1850/ - ' ' 

* ■ . ' » 

''Mi qaerida her m ana: 

"En ftii ignorancia nadi se: espresar, Muchas cartas he 
principiado y otras tantas he roto; ^y o6mo decirte con pa- 
labras lo que he sentido. .. lo que siento auu? 

*'Tu carta la he besado cien veces y.todavia no estoi sa- 
tisfecho! , ., Tu no tienes idea de lo feliz que he sido, y yo 
carez(io de espr»^siones para coraunicartelo . . . ;;Qu^ sorpresa! 
qu^ dicha! qae mar de delicias en nn solo instant^!,,.. La 
alegrfa casi me ahog6, y si no peMi el seatidp, ptBrdi al 
menos el juicio, pues sali corrieniio sin escuchav nada y 
sin ver a nadie! Esto me 8ucedi6 a\ abrir tu isarta y al leer- 
la, y preliero mas bien referirte elhephoque pintarte el 
sentimiento. .. T& me habrias mejor comprendido, vi6ndo- 
me que escribi^ndote! 

"Merced^B, ^te aeuerdas de lanoche en.qu^ te p.^cji. el re- 
trato de tu amigaJ (su solo nombre me hace estreoaecerme 
y prefiero no escribirlo) ^Te aeuerdas que. estjaba;cpni»ovi- 
do? |?ues esa e$ tina §ombra en compq.racion de mis impre- 
siones de hoi. .i iQui^n sabe/ hermana» querida, ^r no has 
hechomal en coinunicarme eaa boadad infiaita, q^a. belleza 
inimitablie detu incomparable amiga^ porque aientc) mi co- 
razon para siempre cautivo;. .. pprque .&iei)tp, q^ie .morird 
81 ella no me ama! . . . Ya ves 1© .que h^-s hwchq jC^n tu po- 
bre hermano!.., le has clavado ua pufialy abiprto uu^a he- 
rida sin remedio! . . . porque. tumisma. me^.^ias /ijcho que 
es imposible que ella me ameiy que 1ft dista^aciaes ^afinita... 
que su superioridad es inuiensa... y>qtt0 e^.p^reciso.j[?nun- 
ciar!. . . y en comprobaeioa de esto TuisiRO; me^ esisribes esa 
parta quo m? Iq demue^tm toda^U ma^ q^iiiaudQwe ,ha8ta 



;.. '»' 



21 UM SXGBSTOf DSL PUXILO. 

la esperanza qae en nn momento de delirio habia concebi- 
do y que me haces ahora perder para siempre! . . . 

^Esplicate t4 misma si paedes mis codtradicciones, pero 
esa carta, que ha caosado y cansa mi mayor delicia, es el 
motive ahora de mi prof undo abatimiento. . . Yo veo, co- 
mo til, qae no hai ya posibilidad, que no hai e9pefan2sa! . , . 
^Con qu6 derecho, con qu^ virtudes, coa qu^ m^ritos cuen- 
to yo para pretender escalar el cielo? No hai remedio , . . 
es preciso que me resigne, Mercedes, pero mi reaigoacion 
es mi muerte.,. Cumplir6 mi prooiesa, pero perderd mi 
vida, h^ aqui la 6nica perspectiva de mi mfsera existencia; 
y sin embargo, prefiero morir abrasado en ese faego que 
virir sin ^I! ... 

^'Gxx&n feliz eres tA, Mercedes, cu6n dichosa en estar a su 
lado, en oir sns palabras, en participar de sns actos! esto es 
lo que te envidio, y no la riqueza que posees, esa riqueza 
que ella misma te ha dado. .. Una sola mirada, un solo mo- 
vimiento de sus labios, vale mas para mi que todo un mun- , 
do. . . Estoi, te lo confieso, hermana mia, envidioso hasta 
de esas pobres a quienes ha socorrido, porque se habrd fija- 
do en ellas, porque las habrd dirijido la palabra, porque las 
habr^ quizd tocado con sus manoa! . .. 

"lQu6 diera yo por ser como t6, Mercedes^ por tener la 
dicha que t^i tienes en verla, en hablarla, en estar eon ella 
diariamente y en que te Uame su amiga! — Su amiga!! ^Sabes 
lo que esta sola palabra vale para ml? Ai! Yo daria mi vida 
por oirla pronunciar por sus labios diriji^ndom^la a mi con 
su mirada! . . . con esa mirada que a la vez me abrasa, me 
anonada y me estasia! 

*^ Yo estoi loco, hermana mia, jno es verdad? pero esta 
locura, si bien me hace sufrir, me agrada; y ahora compren- 
do que hai dolores que nos son queridos ... 

"En toda mi carta, Mercedes, solo te he hablado de mi. 
iC6mo el egoismo del hombre «e maniflesta sin querer! y 
Oada te he dioho de eUa^ nada de esos rasgos de caridad 



LOS 8ECSET08 DEL PXHSBLO, 25 

que me has referido en tu carta, nada de la espl^ndida dd- 
diva de la seSora, Dada de ti, nada de mis padres y de na- 
die nada; pero ya te he dicho que he perdido el juicio, de- 
jandome Uevar linicamente demis impresiones y olvidahdo 
el resto. Perd6name, pnes, hermana mia, y disciilpame con 
mis queridos padres, dici^ndoles que estoi bueno, coii lo 
eual qneJardn contentos. 

"Respecto a nuestros vecinos, es decir, aesej6ven Victor, 
de quien me haces tantos encomios, te dirS con franqneza 
que no me gusta. Nada tengo en qu6 apoyar mi temerario 
juicio, pero estoi persuadido de quesu caridad es afectada y 
que encubre proyectos siniestros. Yo no lo he visto nunca, 
tu lo encuentras un modelo de virtudes y esto debiera bas- 
tar para despertar en mi fuertes simpatfas, pero sucede todo 
lo contrario, y sin motivo y sin darme cuenta de esta repug- 
naocia injusta, la esperimento sin que me sea posible ven- 
cerla. Esto no es para que no lo aprecies, puesto que lo co- 
Eoces; pero yo no debo ocultarte mis impresiones y ojali 
sea el engafiado y tenga yo que arrepentirme de mi injus- 
ticia. ' 

"Adios, hermana mia, escrlbeme siempre y hablame largo, 

mui largo de todo, mientras est^ ausente, porque esto es el 

6nico placer de tu 

Enbique." 

HI. 

La siibita alegria de nuestro j6ven hablase cambiado casi 
en melancolia, como es fdcil verlo por la carta dirijida a 
su hermana; sin embargo, esclavo de su deber, no desmaya* 
ba en el trabajo, continuando con mayor eherjia y tenacidad, 
como si buscara en la ajitacion corporal la quietud de su 
esplritu. La obra de que estaba encargado avanzaba, pues, 
con una rapidez sorprendente, porque Enrique esfaba en 
todas partes y a todos ayudaba, ^nimdndoloB tambien con 
su ejemplo. 



. > 



26 L06 SBCXJEI06 DEL PUEBLO. 

Una noche entro doo Pedro en el coarto de Eoriqae, j 
eocontro a dste sentado en ana mesa, teniendo nn papel por 
delante y con el rostro baSado en l^rimas. £1 administra* 
dor qaedose sorprendido e iba a retirarse, caando el joven, 
Baliendo de sn triste tneditacion por el ruido de pasos qae 
sintiera, volvio sa cabezi, viendo a don Pedro que se dirijia 
hdcia la poerta. 

— Sefior, le dijo el joven, ^tienc usted algo que ordenar- 
me? 

— Nada, don Enrique, venia a conversar con usted para 
pasai la noche, pero lo veo a usted ocupado y siento haberlo 
distraido. 

— No importa, sefior, pase usted a sentarse; ninguna ocu- 
pacion apremiante tenia entre manos. 

— Sin embargo, he creido notar en ustetl. . . 

— ^Que estaba tribte? 

— Asi es, amigo mio. 

— Tanto mejor; la conversacion de usted disipara esa tris- 
teza. 

Y elj6ven, tomando una silla, se la paso al administrador 
para que la ocupara. 
, — <?Ha recibido usteJ malas noticias de Santiago? 

— No, sefior, son las mumas que obtuve el domingo. 

— Pero el domingo estaba usted mui alegre con ellas. 

— Es verdad. . . y lo estoi todavia. . . 

— Con todo, usted mismo me ha confesado que no se ha- 
llaba satisfecho. 

— Satisfecho si; pero alegre no. 

— Es raro! iC6mo puede usted es tar. satisfecho y no estar 
alegre? Esto encierra alguno do esossecretos de j6veti, dijo 
el administrador con sonrisa ben^vola. . . 

— ^Talvez, sefior, contest6 avergonzado Enrique. 
. — Yo no f)retendo, amiguito mio, intrbducirme en su 
confianza^ y demos por tenainada nuestra conversacion. 

El ^administrador hi^o ademan de retirarse. 



LOS S1CB1CT08 DBL PUBBLO. . 27 

— y o se vaya osted, aefior don Pedro, pues a mas de hon- 
rartne con su visita, teogo un verdadero placer en escu' 
charlo. 

— Yd tambien tengo en estar con U3ted y por eso lo busco, 

— Gracias, senor, pero mi sociedad es bien pobre, bien 
ins^gnificante ... 

— SerA como usted quiera; yo no acoKtumbro cumplimien- 
tos; pero puedo asegurarle qae a mi me es agradable; sin 
embargo, si lo distraigo de sus ocupaciones o de sus pensa* 
mien tos, me retiro. 

— No, senor don Pedro, porque yo siento placer cuaudo 
estoi con usted. 

— Ya va a hacer an mes, amigo mio, que usted se encnea- 
tra en esta hacienda, y me parece qae solo aycrhubiera Ue- 
gado; y ademas tambien me parece que lo conociera a usted 
desde mucho tiempo hd, tal es la conflanza que me inspira 
y el carino que le tengo. 

— Lo mismo siento yo, sefior, y cuando me vea obligado 
a retirarme de aqui, lo har^ con pesar, 

— ^Quiere que le diga a usted una v^erdad, amigo mio? 
Pues bien, a la vez que admiro, a la vez que estoi compla- 
cido de su trabajo, siento el empeno y la brevedad con que 
lo ejecuta, porqiie esto disminuye el tiempo que usted tiene 
que permanecer con noiotros. 

— Le agradezco, senor don Pedro, esa muestra de afecto 
y puedo asegurar ia usted que yo esperimento lo mismo, 

— ^Para qu^, entonces, tanta contraccion? 

— Poiqae dosearia concloir manana y regresar a San- 
tiago. - 

— Lo Uaman a usted sin duda intereses mayores. 

— Nada de interes, senor, pero mucho de afeccion: desea- 
ria ver a mis padres y a mi hermana. 

— ^ Y tal vez a otra persona mas? dijo don Pedro con cier- 
ta malicia. ^ . . 

r— jSIis d0seQ9 estdn limitados por mis esperalizas. 



38 L08 SSCKETOS DEL PUtBLO. 

Esta respuesta ambigaa mauifestaba claramente al admi- 
nistrador que Enrique queria ser reservado, asi esque^l no 
insi8ti6 en sus preguntas; pero el j6\ren, con el deseo de net 
cortar la conversacion y por aatisfacer ana curiosidad qod 
sentia desde algunos dias, es decir, desde sa viaje a Sax^ 
Fernando, dijo a don Pedro: 

— Hai cosas, senor, a las que yo no doi f6 alguna, pero 
que despiertan la curiosidad, y una de ellas es la existencia 
de brujos, que dicen haber en la hacienda, con especialidad 
de uno a quien Uaman el jefe y a quien la propietaria ha 
cedido algunos terrenos. jQuiere usted decirme qu^ es lo 
que hai sobre este particular? 

— Con mucho gusto, amigo mio. Yo loinformar^ de todo 
lo que s^ a este respecto, pues las voces que corren no ca- 
recen de algun fundamento. 

— gSerd usted de la misma opinion de Bonifacio? 

— Sin ser de la misma opinion de ^l, pues yo no atribayo 
a causas sobrenaturales ciertos hechos; sin ser de su misma 
opinion, repito, no puedo menos de acreditar lo que talvez 
^1 le habrS dicho a usted. 

— El me haasegurado, senor, que en la hacienda *existeu 
muchos brujos y especialmente el jefe de ellos, a quien ^1 
mismo ha visto repetidaa veces, siendo ademas testigo de 
varies prodijios. 

— ^No le han mentido a ustod. Bonifacio ha podido ver, 
como los demas inquilinos y como yo mismo en muchas oca- 
siones, al hombre misterioso a quien la senora diera hace 
algunos anos una posesion en la hacienda. Este hombre, es 
verdad, lleva la vida mas solitaria, no ae comunica con na- 
die y vive completamente solo, si esceptuamos a un idiota 
y algunos perros y otros ani males quelo acompanan; pero a 
la vez estd siempre dispuesto para hacer el bien y ha ope- 
rado entre nosotros cosas prodijiosas, salvando a persouaa 
que se creian perdidas para siempre y a quienes los medicos 
del lugar y muchos otros no habian podido curar. 



tOI§ SifiOttEtoS DAL PttSdLO. 29 

, Yo, como usted paede figur^rselo, no creo, cual el resto 
del paeblo, que este hombre sea ua ser sobrenatural o haya 
luecho pacto con el diablo, como lo asegarau naestros cam- 
ipesinos; pero estoi persnadido que es algua sabio o algun 
insigne malhechor; sin embargo, me inclino a creer lo pri- 
mero, porqne la senora no habria protejido lo Ultimo; pues 
cnando se establecio en medio de nosotros, ella misma en 
persona hizD Uamar a todos I03 inqailinos de la hacienda y 
I les orden6 que le guardasen las mayores consideraciones, 

• 

, Es rerdad que 61 no ha exijido nunca nada de nadie, ni esas 
fconsideraciones nifavores de ninguna especie, sino que, por 
el contrario, nos ha hecho muchos beneficios; y sin el, sin 
BUS conocimientos, no viviria mi hijo iinico, que lo salv6 a 
pesar de la opinion de los medicos; pero no puedo negar a 
usted que las ideas de naestros campesinos tieaen su fanda- 
mento, porque la existencia de ese hombre e's lo mas escep- 
(uonal. 

—Bonifacio me habia hablado de stt raro talento para las 
enfermedades, pero tambien me dijo respecto a ^1 otras 
particularidades, tal como el faego que se observa en sa casa 
a diferentes horas de la noche, siendo de naturaleza distinta 
a los otros; paes la llama de su chimenea es mui diferentea 
lasdemas, variando sucesivamente decolores. 

— Yo tambien he notado esto mismo, y si usted se en* 
cnentra ahora cerca de su encanto (pues asi se denomina 
aqui la propiedad que posee en la hacienda) notaria esto en 
el acto, 
— Lo que usted me dice provoca mi curiosidad* 
— Todos participamos de la misma, pero es imposible sa* 
tisfaceria, porque ^1 no habla casi con nadie, no vive sino 
con su idiota, que jeneralmente lo acompafla a todas partes, 
no permite que penetren en sus habitaciones, habitaciones 
que ^1 ha construido en persona, ayudado de algunos peones 
aqaienes pag6, segun hai memoria, mui buen jornalj ysolp 
se presenta en las casas cuando viene la patrona a pasar una 



30 LOS gfiOttfitoS ly«L PUS&LO. 

temporada de campo, la coal lo recibe con las mayores con- 
sideraciones, pero a la vez con el masgrande misterio, pues 
nadie asiste a sus entrevistas, a no serlahijadela senora* 

— Mi curiosidad crece en proporcion de lo que usted me 
dice de el. ^Seria entonces impo-^ible irlo a visiter? 

— Iso es tan imposible, porque recibe a todo enfermo y 
aun suele ir a casa de estos, pero guarda siempre machare- 
serra. 

— ^Tambien con usted? 

— Con mi go lo mismo que con cualquiera otro, pues no re- 
conoce mas autorldad que la dela senora. 

— ^^jRaro hombre! ^Y nunca ocupa a nadie? 

— Jamas ha solicitado el menor servicio. El hace sua 
siembra? y cosechas, acompanado linicamente de su idiota 
ssin que haya pedido el mas pequeno ausilio. 

—Entonces debe vivir mui raiserablemente? 

— Lo ignore; pero segun he oido decir, casi no le falta 
nada, teniendo mucha^ veces provisiones con las cuales so- 
corre a todos aquellos que carecen do ellas. 

— Por lo que veo, el hombre es mui huoaano y jeneroso* 

- -*No solo humano y jeneroso, sino sdbio; pues ha habido 
diversas ocasiones en que, sin pretenderlo, ha raanifestado 
8u ciencia* 

^Y que tiempo a que vive aqul? 

- — Como unos diezisiete o dieriocho anos* 

^Y en todo ese tiempo no se le ha visto dejaf el lugar? 

-*-^Nuncai 

-«*Diera no sie que por conocerlo* 

-— TalveSK mientras usted permanezca en la hacienda, pue* 
de preseiitarse la ocasion. 

— ^No le seria a usted fdcil, como administrador* it a Stt 
casa y Uevarme consigo? 

— Ya he dicho a usted que no reconoee mas aatorldad 
que la de la seflora, y a mi nie mlraria del mismo modo que 
a cualquier otro inquilino. 



LOS SECEETOS DEL PUEBLO. 31 

— ^No puede nsted figurarse, senor don Pedro, los deseos 
que tengo de conocer a ese snjeto. 

— Y aun yo mismo, pues solo lo he tratado una o dos 
veces, pero sin fainiliaridad, porque no se presta mucho a 
que la tengan con ^1. 

— jSi hubiera algun pretestopara introducirse! . .. 

Apenas acababa Enrique de pronunciar esas palabras, 
cuando entr6 un rauchacho despavorido al cuarto, gri tan- 
do.— ''Las sementeras de la cordillera estdn ardiendo." 

Al oir esto se para el administrador precipitadamente, 
siguiendo Enrique tras de ^1. Don Pedro tenia el caballo 
ensillado y monto en el acto, lanzandose con toda veloci* 
dad con direccion al fuego, cuyas llamas se veian a la dis- 
tancia. Enrique, sin darse tiempo de poner algun pellon al 
primer caballo que encontro, se lanz6 tambien en pelo, con 
esa ajilidad de los veinte anos, siguiendo la riisma direccion 
del administrador. 



11 mcendio y el solitario. 



I. 



El fuego se encontraba como a caatro legaas distante d.e 
las casas, de modo que don Pedro, como muchos inquilinog, 
no pudieron llegar sino una hora naas tarde, cuando ya el 
feroz eletnento habia tornado proporciones considerables^ 
siendo imposible salvar la gran sementera, que ya se veia 
arder en todos los puntos, corriendo el fuego con una velo- 
cidad espantosa y presentando el aspecto de un numeroso 
lago que reflejaba torrentes de luz a una gran distancia. 

Un numero considerable dejenteestaba ya reunida cuan* 
do lleg6 el administrador y tras de ^1 Enrique, los que no- 
tando que no se podia cortar el fuego para librar alguna 
parte de la sementera, la dejaron arder, llamando a los 
inquilinos hdcia el lado del monte para impedir la comuni- 
cacion del fuego, que hubiera tornado entonces proporcio- 
nes colosales; pero tan luego como algun arbol se incendia- 
ba, lo echaban abajo, ahogando las llamas con tierra y 
evitando de ese modo mayores estragos. 

De repente se oy6 este grito jeneral: — "El cerco delbrujo 
est^ ardiendo/' Y todas las miradas se fijaron en un solo 
punto. 

Algunos decian:— "Ahofa tef emod si el diablo le ayuda;*' 
otros "el encanto va a desaparecer," y todos esperaban an* 
siosos, como si fuera a pfesentarse ttn espectdcttlo estraor* 
dinario* Apenas habian dicho esto cuando se vi6 ttuanciano 



al lado opnestp del cercp, acompanado de aa muchacho de 
feo aspecto, y de dos enormes alaaoa y otros perroa de caza, 
Al ver a este hombre, toda la jeote hizo la sefial de la cruz, 
y estendiendo susbrazos lo sefialaban dicieado: — "El brujo! 
Ahl estd el brujo!". .. 

El aspecto del anciano eraimponente; su elevada estatara, 
sn larga y blanca barba, el reflejo de las llamas sobre su 
rostro^ la inmeusa sombra que proyectaba su cuerpo, sa 
actitud Serena, toJo coatribuia a que aquella pobre y su- 
persticiosa jente lo tomase por ua ser sobrenatural. 

Don Pedro, que no parfcicipaba. dela mistna creencia y 
viendo el,riesgo que corrian los planteles del anciano, llam6 
a algunos mquilinos para que fuesen a cortar el fpego por 
ese lado;.pero a pesar de la obediencia ciega a que estaban 
acostumbrados, no se nibvi6 nioguno. ..Don Pedro reiter6 
sus 6rdene3 y aun los araenaz6, pero le fue imposible haoerse 
obedecer, porque mas fuerza hicia en ellos la supersticion 
que el mandato, y preferian ser castigados a tener que in- 
troduciree de nocbe en el recinto de aquel hombre. 

Don Pedro comprendid al fin que sitplicas y amenazas se- 
rian iniitiles; y viendo, por otra parte, que era probable per- 
diese el an( iano por falta de ausilio el fruto de tantos anos de 
trabajo, se decidi6 a socorrerlo personalmente y CQnvid6 a 
Enrique. El j6vea acepto en el acto, tanto porque se le* 
presentaba la ocasiOn de hacer una buena obra, cuantopor* 
que talvez Ilegara a conocer la existencia de aquel anciano 
misterioso que vivia apartado de los hombres y que sin 
embargo los socorria en bus aflicciones, sin exijir nunca la 
menor rerauneracion. 

Don Pedro y Enrique lanzaron sus caballos en esa direc- 
cion, y ^en poco tiempo se hallaron casi al lado del solitario, 
que, viendo la inutilidad de sus esfuerzos para atajar el mal, 
lo contemplaba sereno; pero don Pedro y Enrique erpn ro- 
bustos, y aun cuando la lucha parecia desproporcionada y 
mui superior a sus fuerzas, se pusieron, sin embargo, a la obra 



con una actividad, enerjia y destreza que prodajo baenoa 
resultados, consiguiendo parar los estragos que hacia por 
esta parte el voraz elemento. El anciano y su j6vea compa- 
fiero, animados con este ejemploy viendo la posibilidad que 
habia de salvar su propiedad, unieron sn d^bil continjente 
de trabajo al ausilio poderoso de don Pedro y Enrique, que 
varias veces se vieron casi a punto de perecer envueltos por 
las llamas, pero que al fin consiguieron triuufar. 

Caando hubo desaparecido el peligro, era tal la fatiga que 
esperimentaban don Pedro y Enrique, que cayeron casi ex&- 
nimes al suelo, soltando las herramientas de que se babian 
servido para veneer tan terrible enemigo. 

El aneiano, vi^ndolos casi inermes, Ie8suplic6 que hicieran 
un pequeno esfaerzo para- llegar hasta las casas, donde po- 
dian descansar; pero ellos le contestaron que no les era po- 
sible moverse y que les dejase allf mientras se les pasaba 
la fatiga, quedfindose al punto corao aletarg;;dos. 

El solitario los contemplo un momento en siiencio, y acer- 
edndose a ellos, puso su mano sobre la frente de sus dos li- 
ber! adores, y en seguida hizo cieitassenas a su muchaclio, 
que parti6 en el acto con la velocidad de una flecha. Pocos 
momeiitos despues ^taba de vuelta, trayendo un pequeno 
frasquito, que entreg6 al anciano. 

El solitario volvi6 a conteinplarlossin pronunci^ir palabra, 
pero su mirada era profunda a la vez que solicita, como la 
del sabio que trata de penetrar el mal que aqueja a una per- 
sona que ama. En seguida vac!6 en una pequeiia cuchara 
parte del licor que contenia el frasco, se arrodill6, levant6 
un poco la cabeza de cada ano, les abri6 los labios y les di6 
a beber el luisterioso elixir, esperando solicito sus efectos, 

Segundos despues, arabos pacientes se incorporaron y 
hubieran podido notar en otras circunstancias la alegria y 
la satisfaccion que reflojaban las nobles facciones del an- 
ciano. 



Lbt tBcmKToa bet rtriato. ii 



II. 

Cualquiera qtie liubieFa, visto aqaella escena cdLuda y aloin- 
brada por la luz del terrible iiicendio, habria encoatrado en 
ella, si no nada, de sobrenatural, al menos algo.de fantd^tico; 
y si Ids inquilinos de la hacienda de San Jorje la habieran 
presenciado, era indudable que contaran en sus casas a sus 
mujeres y a sus hijos que habian sido lentigos de un acto de 
brajeria, pues jamas hubieran atribuido a la ciencia sine al 
poder del demonio el que volvieaen a la vida dos horabrea 
que ellos considerarian como muertos. 

El solitario, viendo incorporarse a don Pedro y a Enrique, 
les f regunto si se sentian mas aliviados, y responditJndole 
^stos que si, les convid6 a su casa, dicieudoles: 

— En el estado en que ustedesse encuentran seria impru- 
dente y mui peligroso que se retirasen; por lo tanto espero 
que se sirvan aceptar mi modesto albergue, 

— Le agradecemos muchisimp, contest6 don Pedro, pero 
en nuestras casas estarian con cuidado no vi^ndonos llegar, 
y talvez presamirian que hubi<Sramo3 perecido en cl in- 
cendio. 

— Tienen ustedes raueha razon; sin embargo, estoi en el 
deber de decir a ustedes que el verdadero riesgo est^ en 
que ustedes se retlren. Yo puedo responder ahora de sua 
vidas y talvez no lo podria hacer manana. 

— Pero la inquietud que van a tener por nosotros y nues- 
tras obligaciones nos hacen no aceptar su jenerosa hospita- 
lidad. . 

— No hai jenerosidad de mi parte, araigos mios, dijo con 
tono solemne el anciano; porqae sin tomar en Quenta que 
ustedes ban arrie^-gado la vida porsalvar mis pequenos in.* 
teieses, debo, con la uutoridad del medico, ordenar a uste- 
des que no abaudonen por esta noche esta casa; y estoi tan 
convencido de lo que digo, que si yo oediese a sug instaa- 



36 tOB giBClUPh>8 BXt. Ft7ttL6. 

cias dejdndolos partir, me consideraria culpable de la muer* 
te de nstedes; mientras qae de otra manera ustedes se en- 
cootrar^Q manana temprano en perfecta salad, padiendo 
desempeSar sus obligaciones. Por lo que hace a la inqaietud 
qae tendr^n en sus casas, hai an medio de evitarla y es man- 
dando advortir que ustedes se quedan aqul. 

— ^Pero qui^n hard esa dilijencia? 

— ^Torcuato, el muchacho que ustedes ven aqui. 

— jY sabrd ir? 

— El conoce a todos y sabe todos los lugares. 

— ^Estd bien, conte3t6 don Pedro, dominado por el tone 
del anciano, que manifestaba no solo conviccion sino la ma- 
yor seguridad en lo que decia. 

El muchacho a quien el solitario diera el nombre de Tor- 
cuato estaba sentado en un rincon de la pieza y miraba 
constantemente al anciauo, conociendo talvez en el movi- 
miento de sus labios que se trataba de ^l, pues cuando hubo 
pronunciado su nombre ^1 hizo ademan de pararse. 

Como ya lo hemos dicho, este muchacho era feo y contra- 
hecho, y para colmode <lesgracia era ademas sordo y mudo; 
pero en aquella fisonomfa imperfecta not^base un aire de 
bondad tan marcado que casi hacia olvidar la deformidad 
de sus faccionea, y sus ojos manifestaban tal viveza y tal 
intelijencia, que a primera vista se comprendia que, a pesar 
de las apariencias de idiotismo, ese muchacho no era un ser 
vulgar. 

ELanciano le mostr6 a las dos personas que estaban pr^- 
sentes, le hizo en seguida algunas senas, le indic6 a los dos 
enormes perros que estaban en la puerta y lo despidi6 en 
seguida. 

— iQad le ha dicho usted alpauchacho? pregunt6 don Pe- 
dro, que habia seguido atentamente toda aquella pantomi- 
ma, pero que no habia podido compretider casi nada. 

— Le he preguntado que si conocia a uatedes y si sabia 
donde rivian, y me ha respaesto .con la vista que si. Eh 



1.08 SXGBKX09 DXX» PUXBtO.. 37 

seguida le he ordeaado qae vaya a sas casas, y q.ue avige 
qae ustedes se eacaeatran baeaos j que van a pasar aqai la 
noche. 
. — Pero podia haber montado uuq de nuestros caballos. 

— Es iattil y no habria aoeptado, porqae prefiere andar 
a pi^, y 63 taa Ajil y taa iacausable, que fatigaria al mejor 
caballo. Por otra parte le he dado por compafieros a los dos 
perros, y con ellos no puede sucederle nada. Ea dos horas 
lo tendremos de vuelta, y llegard tan fresco como si hubiera 
ido a una cuadra de distancia. 

— Y sabrd decirles lo que usted le ha significado? 

— Perfectamente; pero en caso que no comprendieran su 
mimica clara y significativa, siempre lleva consigo papel y 
lapiz, y escribiM lo que le he dicho. 

-r.^Con que sabe escribir? pregnnt6 Enrique a4ipirado,y 
que hasta entonces no habia de^plegado sus labips, pyes es- ^ 
taba sorprendido de todo.cuanto veia y particularmente del 
solitario^ cuyo aire majestuosQ y benevolo le imponia/ 
atray6ndolo. 

— Escribe y lee perfectamente, contest6 el anciano, y tie- 
ne U0 talemto moi cultivado, poseyendcT conocimientos tnui 
superiores a su edad. 

— lY d6nde ha podido aprendpr todp esto? 

— Yo le he ensefiado a leer y a escribir, y como ^s aficio- 
uadisirpo^.ien lalecturaseha formado casii^l misrao- pues al, 
entendimiepta m^s deapejado posee la memoria mas feliz, 
yuna cosa, <?i^aliuierf^. que sea, que ha estudiado una vo^ 
no se le olvida nunca, 

III. 

A Enriqqie ,le parecia que soBaba, no pudi^adp^caslrdar , 
cr^dito a lo que veia, teniendo que llamar ensjUAu^mpjaau 
razon par^Qo c^er .en la ujisma superstioipU; quejtei^ian Ids 
inquilinos 4© , la haeienda, qs. decir, par^ no pei^^r/ que 
aquel. hpp(ibre fflera de una natur^leza^dJUtinta*., ,, , 



38 V% 810BET08 DSL VVmLX 

Ustedes Jeben estar mui fatigados, dijo al fin el anciano, 
y seria conveniente que tomaran un poco de repo>o. Voi a 
prepararles una bebida que Iqs refrescard, dandoles a la vez 
un BoeSo reparador. Per lo que hace a Torcuato, est^n uste- 
des seguros que desempefiari su comision; y aun cuando 
BUS familias no pierdau del todo su:^ temores porque van 
ustedea a pasar la noche en casa de un brujo (y el anciano 
se 8onri6 con bondad) olios saben que al raenos es un brujo 
que no hace daSo. 

— Senor, contesto Enrique, nosotros no participamo9 de 
las creencias de los demas. 

El solitario los mir6 un momento, y en aeeuida dijo: 
— Son mui pocos los que no estdn intimamente persua- 
didos que yo tengo relaciones con el diablo; pero pi^nsenlo 
o no, para mf es lo misnao: asi es que ustedes pueden creer- 
me un condenado sin que yo me ofenda por eso. 

— En caso que usted fuera ese ser sobrenatural, agregd 
Enrique, sns relaciones mas 'pareee que fueran con Dios 
que con el diablo. 

— i^u6 le hace a usted pensar asf? 
— Todo lo que me* ban referido de usted y lo que ahora 
veo. • . 

— ^Y qu6 le ban referido y qu^ ve? 
— Me ban contado el bien que usted hace y la ciencia que 
posee, y ahora soi testigo de ese bien y de esa ciencia. 

— Es verdad, mi j6ven amigo, que tengo el deseo de hacer 
el bien y que no pierdo ocasion de practicarlo, dijo el an- 
ciano, sin afectacion y sin falsa modestia; pero respecto a la 
ciencia, bien poco es lo que he avanzado en mi larga vida; 
sin embargo, si hemos de hablar del bien, son ustedes los 
que me lo ban hecho en este momento y soi yo el que debo 
estarles agradecido. 

— ^No hemos hecho mas que curaplir con nuestro delber. 

— Asi es, hijo mio, contest6 el solitario, mirando con cari- 

fJo a Enrique: el que pract^ca el Wen no hace mas que cum- 



LOS 8SC1UST01 DSL PUIBLO. 39 

plir con sa deber; pero el caraplimiento del deber, si no es 
bastante para producir la gloria, lo es para darnoa satisfac- 
cion, y ustedes son dignos de ella por el acto de valor y de 
abnegacion qne hoi ban cumplido y por los sentioiientos que 
manifiestan. 

— Si nosotros, repuso don Pedro, no hubi^raraos venido 
a socorrerlo, tendriamos macho deque arrepentirnos, pnea 
nuestra conciencia no podria estar tranquila, mientras que 
ahora, habiendo cumplido con nuestra obligacion, estamos 
en paz con nosotros mismos. 

— Lo que prueba, como he dicho antes^-niue el hacer el 
bien no es mas que nuestro deber, y que el que no lo cum- 
pie peoa contra 61, Del primer caso nace la satisfaccion, 
porque hemes obrado en armonia con nuestra naturaleza, y 
del segundo el remordimiento, porque la hemo3 contrariado, 
Dios, prosigui6 el anciano con conmovido acento, hagraba- 
do en nuestros corazones leyes inmutables que no nos es 
dado infrinjir sin contraiiar nuestra armonia y sin renegar 
de nuestra esencia, desmintiendo nuestro fin... Pero ya es 
tiempo de reposaros, aBadio; seguidme, y vosotros mismos 
me ayudareis a arreglar vuestro aposento. 

El solitario llevaba consigo una Idmpara y marchaba de- 
lante para mostrarles el camino. Aquella casa, o aquel ran- 
cho, diremos mas bien, puessu techo era de totora, constaba 
4e varios depart aniento?. El primer cuarto que atravesaron 
contenia dos grandes estantes de libros, una cama y una 
estensa mesa dondc se veian globos, com pases, balanzas de 
ensayo, diversas piedras minerales, varias yerbas^ecasy 
machos Utiles y frascos de distiptos tamanos y de diverts 
formas, conteniendo liquidos de varios colores. El solitario 
se acerc6 a la mesa, suspendi6 U lampara para ver mejor, y 
tom6 uno de estos frascos sin vacilar. En seguidaabri6 otra 
puerta que daba a una habitacion contigua y entro en ella 
precediendo a sus dos hu^spedes, que marchaban silenciosos 
y Borprendidos de cuanto veian. Este otro cuarto estaba 



40 LOS SXCRITOt DBL PUIBBLd. 

rodeado de tablillas en que eataban colocados un sinxnime- 
ro de prfjaros disecados y en su actitnd natural, a tal punto 
que don Pedro y Enrique ereyeron que estuvieran vivos, 
maravilldndose de verlos tan tranquilos y de que no hicie- 
ran cl menor movimiento a pesar de la luz y del ruido de 
los'pasos. El anciano lleg6 a la estremidad del aposeiito, 
donde habia doblados dos catres de raadera de esos que 
llamamos comunmente de tijera. Sin decir palabra, ccloc6 
uno al lado del otro, abri6 un tosco armario y sac6 de ^l 
alguna ropa de cama que lea entreg6^ dici^ndoles: — '*Aco- 
modaos, no tendreia un mullido lecho, pero en cambio vaia 
a pasar una bnena noche." 

Don Pedro y Enrique, ddndole las gracias y sin hacerse 
de rogar, tomaron las mantas, frazadas y sdbanas, e hicieron 
BUS camas. 

•El anciano dej6 la Mmpara sobre un rfistico layatorio y 
8ali6 de la habitacion, apareciendo inmediatamente con dos 
almohadones y dos pieles de Jeon, que coioc6 a los pi^s de 
cada uno de los catres; pues en este cuarto, asi como en los 
demas, no habia ni estera ni alfombra. 

— Aliora, desnodaos, amigos mios, mientras os preparo la 
bebida que debe calmar vuestra ajitacion y disipar el can- 
sancio, ddndoos un aueno apacible y reparador. 
Los dos hu^spedes o*bedecieron. 

El anciano les toc6 la frente, los contempl6 durante un 

rato ensilencio y pusoen seguida en un vaso una pequefia 

cantidad del licor que contenia el frasco que habia tornado 

de la mesa y les dijo: — "Bebed.** 

Don Pedro y Enrique bebieron el contenido sin, vacilar. 

Pocqs instantes deapues dormian profundamente. 

• . , • ' • . 

IV. 

t 

£1 anciano qued6 por alguhos minutos al lado del lecho 
de sus hu^spedes... Su mirada intelijente y cuyo fuego no 
habia aun apagado la edad, estaba fija en Enrique, cbnlo si 



LM SICRBTOS DWL PTJXBLO. 41 

' ' ** * » ' . 

aqnella fisonomia le trajera lejaoos recuerdos que tratara 
de cvocar en aqiiel raomento. 

Es raro, inurmur6 entre dientes y como hablando consi- 
go mismo; pero estos ojos verdes y dalces me represcntan 
aqiiel hombre a quien debo el no haber muerto en un pati- 
bulo... y a quien taWez jamas recompensar^.., aun cuando 
no faera sino mostrdndole mi gratitud,... esta es una antigua ^ 
deuda que me resta por saldar, y quo Dies quiera no baje 
a la tumba sin haberla satisfecho. 

El anciano se alej6 silenciosamente, llevdndose su Urn- 
para. 

Torcuato fie le present6 en el acto... acababa dellegar- 

La inteiTogativa mirada del anciano, que el muchacho 
comprendi6 instantioeamente, bast6 para que le diera to- 
das las esplicaciones que deseaba obtener. . 

El raudo Labia desempefiado su comision con el mayor 
acierto y parecia mui contento de haberlo hecho. 

Losdos herraosos perros que lo acompanaron y que pa- 
recian terribles a la vez que mansos, se acostaron en el 
umbral de la puerta jadeatites de fatiga. 

El sojitario acarici6 al muchaclio, besdndolo en la frente, 
y pas6 su mano sobre el lomo de los dos alanos, que movie- 
ron BUS colas en senal de gratitud por aquella caricia, 

Torcuato fu6 en seguida a un armario, sac6 un trozo d^., 
carne n;ia y uti gran pedazo de pan, alumbr6 una lamparita 
de esplritu de vino para calentar agua, puso sobre la mesa 
dos cubiertos y continuo su conversacion con el solitario, 
que se fijaba eii todos sus rdpidos movimientos. 

Cuando probablemente hiibo conclpido su narracipn, el 
solitario le estendid la mano para tomar una de las suyas; 
pero Torcuato se la llev6 a sus labios, besdndola con ternu- 
ra. El anciano tomd enlonces la cabeza del j6ven y loAtrajo 
hficia su pepho. 

Estas mudas manrfQ3t;acione3 de cariSo probaban la. inte- 
lijenciaT la armonia que reiiiaba entre aduellas dos person as 



it 

de edad y de sspecto tan difo'entei pero qne estaban ani- 
madas de igoales sentimieotos. 

Tjn do8 perros contioaabio meneando ana colas eomo a 
celebra.<en la baena intelijencia qoe reioaba entre am amo& 

La fragal merieoda se conclay6, participando de ella 1o8 
bravoa aIanoS| qoe Donca se dispataban las presas que les 
arrojaban al ono o al otro, tomaado cada ooal lo qae le co- 
rrespondia en perfecta amistad. 

Al aigoiente dia antes de amanecer entraba el aolitario al 
cnarto de aos budspedea, qne, despiertos ya, iban a levan- 
tarse. 

— jHabeis pasado baena nocbe, hijos mios? Oa sentia me- 
joi? Estaia ann fiitigados? pregont^ el snciano. 

— No, seOor, contestaron ambos a la dltima interrogacion. 

— Paea ya es bora qoe prepareis vaestra marcba, si que- 
rela llegar a tiempo al desempeno de voestraa obliga- 
Clones. 

Don Pedro y Enriqne, tan frescos y tan ijiles como A 
nada habieran hecho la noche anterior, saltaron de sna 
camaa. 

— ^Tomareis an poco de tS o de caUj no es verdad? 

< — ^Si no le incomoda a osted, senor. 

— ^Todo est& ya preparado y no teneis mas que vestiros 
y pasar al comedor el camino es el mismo por el que os 
eondaje anoche, y laspiiertas est&a abiertas: os dejo la I&m- 
para« 

Y el solitario sali6. 

El administrador y el arqnitecto eatavieron en breve 
listos y 8e dirijieron al lagar designado. 

El ancimo los esperaba. 

— Teneis vaestro desayauo preparado y yuestros caballoa 
ensillfldos, les dijo. 

— ^Yo he venido anocbe din montura, contestd Enrique. 

— ^Pero he hecho poner la mia. .. Ahora necesito que us- 
tedes me digan sus norabres, porque tengo la costumbre de 



LOS SXCRETOS DZL PtrXBLO. 



43 



inscribir en un libro a todas las personas de qnienes he 
recibido un favor, y ustedes me lo han hecho. 

— ^Ya herao3 dicho a usted que no es fnvor ninguno fiino 
el cumplirniento de nuestro deber, repuso Enrique. 

— Pueden ustedes consi ierarlo asi y no me opongo a ello; 
pero esto, si para ustedes es lo bastante, para mi no sign fica 
lo mismo. 

— No veo inconveniente. Puesto que de?ea usted que le 
digamps nuestros nombres, repuso don Pedro, el seQor es 
don Enrique Lopez, arquitecto, venido de Santiago y que 
estdi arreglando las casas de la hacienda, y yo sbi Pedro 
Mnrna, administrador de ella. 

El aaciano se inclin6, ya fuera como un signo de deferen- 
cia o ya por ocultar cierta turbacion que era fdcil notar en 
su semblante y que si bien se le escap6 a los hu^spedes, no 
pas6 desapeicibida a los ojos de Torcu ito, que era el testi- 
go mudo de aquella escena. 

— Lopez, repiti6 el anciano, queddndose pensativo.-. 
Lopez! ... yo he conocido a un hombre que Uevaba el mis- 
mo apellido. 

— No es estraSo, seflor, contesto Enrique, porque yo mis- 
mo conozco algunas personas del mismo nombre y que sin 
embargo no son parientes mios. 

El solitario volvio a mirar asu interlocutor, peto cm tal 
fijeza, que oblig6 a 6ste a bajar su vista. . . 

— Es estrafio, prosiguio despues de una pausa y sin diri- 
jirse a. nadie. Esta noche me ha chocado la semejanza. .. 
sus ojos son los mismos. .. y hai en esa espresion algo de la 
otia...;sin embargo, el color es distinto y existe mucha 
menos nobleza y una inferioridad en los modales, que me 
hace dudar. .- 
' El solitario. se paseaba entregado a sus meditaciones. 

De fr-pente se par6 delante de Enrique como si se le hu- 
biese ociirrido alguna dificultad, o como si tratase de inves- 
tigar un hecho de que no est aba seguro, pero que sin era- 



44 . Lot ABOBnOS DSL rVMgUi. 

bargo le interesaba, j asi le pregaot6 mostrando esa per- 
plejidad, qae lleva consigo el interes j qae se teme le des- 
mientan. 

— ^Usted me ha dicho que se apellidaba Lopez? 

— Si, seBor, contesto Enrique, sorp ;endido de aquella in- 
sistencia y del modo singular con que le preguntaba el an-^ 
ciano. 

— lCu6l e3 el nombre de su padre? 

— Mi padre se llama Domingo. 

— jDomingo Lopez! ... 

— Si, senor. 

— ^Antiguo sarjento de granaderos a caballo! 

— ^Aotigno sarjento de granaderos y hoisarjento retirado 
de invAHdos. 

— Debe ser el mismo, repuso el solitario, como hablando 
consigo mismo; y luego refirieadose a Enrique le dijo: "nolo 
detengo ahora, pero sapongo que a pesar de las preocupacio- 
nes y de las falsas apreciaciones que me rodean en esta comar- 
ca, usted no tendrdtempr de mi ni prevenciones en mi conti^ 
de consiguiente, espero y aun se lo snplico que me venga a 
ver pasado maQana, que es dia de fiesta, y en el cual no tni- 
bajarsL ^Me lo promete usted? 

— Con el mayor gusto. 

— Yo no quiero la visita de un moraento sino que la exi- 
jo de todo el dia; porqae tango que comunicarle cosas que 
le interesan y que quizd le aprovechar^n mas tarde. 

—No faltar^. 

V. 

Don Pedro y Enrique se retiraron, no sin hacer en todo 
el camino sus comentarios, ya sobre el modo rdpido e inu- 
sitado con que los aliviara de su3 dolencias, ya sobre la vida 
de aquel hombre, como tambien sobre lo que babian yisto 
y de lo cual no les era posible darse una idea cierta ni 
avanzar una opinion que no fuese aventurada, lo que les 



L6i 8lfiC&K!t08 DKL PinEBLO. 45 

hacia abstenerse de tbdo juicio, para poder resolver el pro- 
ble'ma mas tarde caando tuvieran mayor conocimiento de 
cauba. 

Enrique, por su parte, esperimentaba una simpatia irre- 
sistible; porqae independiente de la manera con que habian 
sido recibidos el y don Pedro, del modo estraordinario que 
habia ernpleado para curar su fiebre, del aprendizaje hecho 
Bpbre aquel j6ven que a primer i vista parecia idiota, y de 
todas aquellas cosas que rdpidamente pudieron observar, 
independiente de dsto, decimos, habia el interes de conocer 
aquella existencia tnisteriosa y el deseo de saber lo que po- 
dria decirle respecto a ^1, a quien nuica habia visto y a 
quien de consiguiente era imposible conocer. 

El solitnrio, en compafiia de Torcuato, siguid a sus 
hu^spedes hasta el pnnto que servia de puerta de entrada 
al cortijo. 

Don Pedro y Enrique, despues de dar las gracias al an* 
ciano por su hospitalidad, se dirijieron hdcia lascasas, y da* 
rante el camino solo cambiaron algunas palabras insignift- 
cantes, porque ambos estaban preocupados de cuanto lies 
habia sucedido la noche an terior, Por una parte, dan Pedro 
pensaba en el misterio que ocultaba la vida de aquel hom- 
bre, en la coiisideracion que tenia por ^1 la propietaria de 
la hacienda y en los muchos acontecimientos que durante 
algunos afios habian sucedido en el lugar, y en los cuales 
habia tenido el solitario mas o menos parte, sin que le fuera 
posible darse cuenta de aquella vida que tan poco de co- 
mun tenia con la de los demas. Enrique a su vez, no menos 
preocupado, . marchaba silencioso, porque le era imposible 
comprender la relacion que pudiera existir entre el anciaho 
y ^1, y su pensamiento iba de una en otra conjetura, fati- 
gdndose en vano por descubrir la v^rdad, es decir, por en- 
contrar algun sentido a aquellas palnbras que le habia dicho 
y que ^1 no podia esplicarse: 'tengo que comunicarle cosas 
que le interesan y que quizA le apfovechard.n mas tarde." 



46 I'Ot tlCRJETOS Bit FUX1L0. 

^Qn^ interes, qa^ conexion, decia Knriqne para si mismo, 
puede existir entre el 7 yo? Mi vida ha sido sencilla y sia 
accidentes. Las personas qae conozco son en eorto n&mero; 
ha«^ta hoi no he sabido que ezistiese en el mando tal hom- 
bre; su edad es mui diferente de la mia; ^qa^ relacion puede 
entoncj^s haber entre ambos? y sin embargo asi lo significa- 
ban SU3 palabras. .. Y el j6ven continuaba caminando absor- 
to en sus reflexiones.. . 

Cuando hubieron llegado a las caaas, tanto don Pedro 
coDdO Enrique tomaron sus diarias ocupaciones, no sin tener 
que responder^a las muchas preguntas que les dirijian a 
prop68ito de haber pasa io la noche en el cortijo del brujo, 
lo que para aquellas jentes era mui estraordioario, no fal- 
tando algunos que creyesen no volver ya nunca a verlos. 

Como lo hemos dicho antes, nuestro jovenbbrero esperi- 
mentaba una reaccion, pues a la inmensa alegria del princi- 
pio se habia sucedido una tristeza y un abatimiento profun- 
do. La idea de su inferioridad le traia el desengano; y esta 
conviccion, mas amaiga mientras mas real y positiva, no se 
separaba un instante de su pensamieoto. Durante el dia sus 
penas eran menores, o se amortiguaban por el trabajo, pero 
durante la noche la tranquilidad de I03 brazos producia la 
actividad del esplritu, y a la reflexion se sucedia el dolor, 
dolor que la vispera no sintiera a causa de los incidentes 
del iucendio, pero que en la actual! dad esperimentaba con 
toda su fuerza, privdndolo completamente del suefio. 

La visita que habia prometido para el dia siguiente tam- 
bien contribuia a mantener su insomnio, sin embargo que, 
por una especie de presentimiento, creia que talvez le fuera 
provechosa, figur^ndose ver en ella cierta conexion con la 
. idea que lo ocupaba y como si hubiera de ejercer con el 
tiempo cierta influencia favorable en su vida futura, , . . . . 



- Torcuato. 



L 

Qoeriendo Enrique, sin duda algana, sacudir tan tristes 
pensamientos, se diriji6 a las caballerizas macho antes que 
Tiniera la luz del dia y se pu&o a ensillar con calma uno de 
los briosos cab^llos que don Pedro hahia puesto a su dispo- 
sicion. En seguida rrji8tr6 su escopeta, Ialimpi6 con esme- 
ro, J cuando todos los arreos de caza estuvieron listos, 8aU6 
con ajilidad sobre el caballo y se diriji6 por el mismo cami- 
no que tomaron la noche anterior cuando habian ido a apa- 
gaf el incendio. 

El fresco ambiente de la mafiana y la claridad del alba 
producian en Enrique el mismo efecto que sobre la tierra, 
pues disipaban poco a poco las tinieblas de su esplritu, sin 
quitar del todo el tinte melanc6Iico esparcido sobre su sem- 
blante. Haria una hora que marchaba silencioso cuando 
crey6 distinguir a la distancia un muchacho que venia ve- 
lozmente hAcia ^1, reconociendo luego a Torcuato, que con 
demostraciones de alegria le daba a entender que habia ve- 
nido a su encuentro. 

Enrique^ { or toda respuesta, le seQa16 la anca del caballo 
para que montase a la grupn; pero Torcuato le manifest6 
que preferia mar char a pie, lanzdudose adelante con la aji- 
lidad de un gamo, de manera que para seguirlo tuvo Enri- 
que que dar a su caballo toda la carrera^ sin const g lir jior 
esto alcanzarlof pues el muchacho parecia henJir el v ento 
sin pisar en la tierra. Sorprendido el jinete de aquella yJo* 



I. 



4S Lot tSCBttOS DXL FVttLO. 

cidad prodijiosa, clavaba en yano las espnelas sobre los hija- 
res del brioso corcel y no obtenia la menor ventaja, poes 
a medida que el caballo aomentaba sa carrera, mas veloz 
era la de Torcuato, hasta que Ennqne, temiendo qoe aqoel 
jnego no faese perjadicial ^.mubbacho y al animal par6 a 
4ste repentinamente. . • Torcnato hizo lo mismo y se volvi6 
bdcia Eoriqae riendose y dando 8altos de alegria. ^ 

El j6ven le hizo entonees senas para qne viniese, y el mu- 
cbacho se acerc6 a ^1 sin desconfianza. Enrique le tomo la 
cabeza y le atent6 la frente, sin encontrar la menor mnestra 
de ajitHcion, lo qnele admir6 sobremanera, puessn caballo 
estaba bafiado en sndor y el mismo se hallaba mas ajitado 
sin haber corrido. 

Volvi6 Enriqne a convidar a Torcuato a montar a caba- 
llo, pero el muchacho le senaI6 *as casa^?, queseencontraban 
a mui poea distancia, como para decirle que no valla la pena 
de incomodarse, poes ya iban a llegar. 

IL 

El anciano, sin duda, les habia visto venir, porque estaba 
parado aguard^ndoles en la paerta del cortijo. 

Coando Enrique vi6 al solitario, bajose del caballo y le 
estendid respetuosamente la mano; pero ^3te en vez de to- 
marla, le abn6 los braz03 dici^ndole: ''todo me hace creer 
que no me he equivocado/' 

— jDe qu^, senor? 

— Mas tarde lo sabrda, hijo mio, mientras tanto dime 
c6mo te sientes? 

— Mui bueno. 

— Sin embargo, tu s^mblante (y desde ahora voi a habla- 
ros con esta familiaridad) demuestra abatimiento y fatiga; 
jhas suirido algc, hIjo mio2 

— No, senor, me creo en mpi buena salud. 
,— rero tus ojos dicen claramente que no has dormido 
esta noch«« 



LOS Sr^nKtOlf DtL PtJKBLO. * ^9 

-Ea v^rdad, 

— ^^nt6nces sufres? 

-^No siento nada. 

— Vamos, varaos, ten en mi raas confianza, pues ya verds 
que tengo motivoa para interesarme por tl. 

— Eato es lo que no comprendo. 

— ^Has.pensado en ello? 

— Los acontecimientos de antenoche, la jVnet'Osa hospita- 
lidad de usted, su ciencia, y mas que todo, sus palabra?, las 
he recordado con frecuencia sin poder dafnie cuenta de lo 
que ellas significan. 

— Tu curiosidad qnedard boi satisfecha. Tenemos todo 
el dia para hablar, y en un dia se ensena y se aprende 
muclio. Vamos ahora para deutro a tomar una taza de 
caf^. 

-—Enrique caminaba al lado del solitario, pues las habita- 
ciones estaban.como a dos cuadras dedistancia, sin dejar de 
admirar el seniblantesevero y dulce de aquel horabre. Ha* 
bia en esta fisonomiauna mezcla de la penetracion del sabio, 
de la serenidajd del justo y de la audacia jdel gifierrero. Su3 
ojos teniau la viveza y el fuego de la intelijf^upia, pues suii. 
miradas ^^parecia que.escudrinabah el alma jsia que hubipse 
secretos que se oculta^en a su peuetraciop. Su ancli^, espa- 
ciosa y calva^frente denotaba las vijilias d^l est.atiiq. y la 
fuerza de un pensamiento vigoroso a la.yez qui^ jelevado, 
Su barba largay blanca como la nieye eternaque carqna 
los jiganfescos Andes le daba el aire venerable del erraita- 
no de los primitivos tiempos de nuestra era. Su andar mesu- 
rado pero firme su voz pauaada pero melodiosa, tenia algo 
de grave y de s(>leinn,e. q-ie impptiia resjx^to ^'u deaterrar 
las simpatfas; asi es que Eiiriqiie s^ntia carina y ypmeraciaa 
a Ta vez por so estrano y iiii^terioso companero qjae alalnz. 
del dia le parecia ipenos viejo que lo que creia haberlo en* 
contfado la .nociie anterior. 
. Cuando llegaron a )as habitacJon?s d«l solitario ^ste bisw) 



50 Lbs sec&ETos i>SL PtncSL6. 

seiias a Torcuato para que sirviera el cafi^, que fa6 piiestd 
inmediatamente sobre la mesa, 

Enrique no sabia qu6 admirar mas: si a aqnel aiiciano 
incoraprensible y de afables maneraa, o a aqnel mncbacho 
deforme pero dot^ido de una rara intelijenciay deuna ajili- 
dad prodijiosa. 

— El anciano, adivinando el pensamiento de Enrique, le 
dijo: 

— Veo que todo despierta to curioaidad y que tantQ yo 
corao Torcuato soaios para tl oV)jeto3 de estudio. 

— jY por que no de admiracion? 

— Talvez; pero esta desaparecerd en breve cuando sepas 
que nada h'ai aqui de sobrenatural. 

Torcuato, comb les dije laotra noche, aun cuando a pri- 
mera vista parezca idiota a causa de su defornaidad, tieiie 
mucha intelijencia, y sobre todo raui buen corazon, siendo 
esto iiltimo lo que me hace quererlo mas y el motivo ^nico 
porque se conserva a mi tado. Nada lo retiene aqul sino el 
afecto que nie profesa, prefiriendo vivir en esta soledad al 
bullicio de las poblaciones; y estoi persuadido que no me 
abandonara nunc'.a hasta que haya cerrado mis pdrpados. . . 

Y' el anciano mif6 con paternales ojoa al muchatho. 

— ^Qoieresque te cuente sa historia, prosigui6 diriji^n- 
dose a Enrique.' 

— ^Con el mayor gusto. 

— ^o fesUrga y te la referirden pocas palabras. 



r 



... .; m. ■ ■ ■ 

* ■ • • * 

' f * • 

Hace como tirece afios (y pocd tietnpo despues de haber 
venido*a habitar est^ retiro, porque has d^^ saber que no 
Biempre he vivido aqui) que bajando unanoche de la mon- 
taffa dofide me habia sorprendido una fuerte nevazon, los 
dos perros que me acompafiaban y que me Servian de guia, 
pues yo por mi mismo era imposible' que distinguiese el 



sendero, cabierto ya de nieve, principiaron a ladrar fuertet 
mente y con bos hocicos asi^ndotne del vestido se empe* 
fiaban en llevarme hdcia otro lado^ Obedecl a &o instintOy 
sin saber lo qae aqnello significaba^ pero mui alerta para lo 
que podiera suceder, preparando convenientemente mi es- 
copeta, porque en estas montaQas se encnentran con fre- 
caencia leones, tanto mas en una noche de nieve como aque- 
Ua. A pocos pasos distinguf nn balto negro, y nno de los 
perros se encamin6 h&cia ^i^ lo olfate6 nn memento ,y volvi6 
saltando donde yo estaba.^ Esta sefial del perro me quit6 
todo temor y me aproxim^ sin desconfianza, y eatonces 
conocf que era una criatura medio enterrada en la nieve« 
Tom6 al nino en mis brazos, lo examin6 detenidamente y 
vi que aun respiraba: esto me colin6 de alegrfa* P6fielo bajo 
de mi manta y pegado a mi cnerpo para calentairlo^ y asi 
march^ hasta llegar a mi habitaciou, que entonces no tenia 
las comodidades que le yes abora. 

£n el acto lo coloqa^ en mi propia cama, lo abrigu^ con 
pieles y me puse a hacer faego. A la luz de la vela vl la. 
deformidad de la criatura y no dej6.de esperimentar un sen* 
timliuto de repugoaQcia; pero como para correjirme a ml 
mismo de esta impresion me propose en el acto tener ma« 
yor cuidado con ^1. fixaminsSkodolo detenidamente me pare- 
ci6 que tendna como unos tres anoa de edad y esper^ a que 
hablase, creyendo momenta neo su entorpecimiento; pero 
todo fue en vano, poes aun cuando en la misma noche vol* 
vi6 en ai mediante a mis remedies, solo vi que me miraba 
con estrafieza, quedando al dia sigui^nte persuadido de que 
era sordo y mudo. Esta desgracia, podr^ decirlo asf, me di6 
mas compaslon y talvez mas carino y me dediqo^ a coidfur- 
lo con el mayor esmero, tanto mas coanto que creia y aun 
estoi persuadido que su fealdstd fu^ quizd la causa principal 
de 8U abandono. 

£i nifio permanecid por algunos dias metido en su rincon, 
Bin querer salir para foera ni tomar su alimento en mi pre* 



52 1/M SlCSSiOS BCL FTEBTjO. 

eeccia; asi es que tenia qac aasentarme para que comiese, 
DO Qdando de familiandad sioo coo los perro3, a qaieoes 
acandabi macho, teniendo onidado de gaardai les siempre 
un poco dd alimento que destinaba para 4A. 

EJfte c iracter agreste. del muchacho no me hizo perderle 
el afecto, pnes comprendi qae hibria probableraente sido 
tratado en sa caa.^ coa macho rigor j coa macho desprecio 
J que por esta razon se alejaba del coatacto dd los hombres, 
divirtieado^c solo coa los auimales; j el hecho de guardar- 
lea parte de aa comida me anunciaba que no era egoista y 
que tenia buen corazon, 

Una vez que yo habia salido cargado de mi fusil y en 
compania de algunos de mi^ perros para bascar un poco de 
caza, que eonstituia nuestro principal alimento, me fue pro« 
bablemente ^iguiendo, porque a pck5a distancia y habiendo 
tirade sobre una perdiz lo vi aparecer eon ella, viniendo a 
entregdrmela ^el m'smo modo que el major lebreL Yo le 
hice algunas caricias, y sin decide nada continue cazandor 
El marcho, conteato al parecgr, eo^ compania de inis perros 
y corriendo con estos a travel de lo^ campo?. Caando regre- 
Samoa a nue&tra babitacton ya estaba mas familiar^ y no se 
fu^ a su escondite ain haberme toma<lo y bssado silenciosa- 
mente la mano. Ksta caricia, quizi de simple imitacion, por^ 
que veia que mis perros hacian poeo masomenos lo misnio, 
me conmovid profundameute hasta el punto de haeerme 
derramar Mgrimas* .No podr4 darme cuenta de esta impre- 
sion, pero lo eiei-to del caso es que llor^ y que todavia re- 
cuerdo con ternura cquel movimiento y el modo singular 
con que fi|6 en mi sas gfandies ojos, sin duda para ver si no 
me era desagradable. 

De*de aquel dia priucipiaron- nuestraa relacione^ mas 
fntimas. Yo lo Uevaba siempre a la caza y el resto del tiem- 
po lo ocupaba en jugar con mis^ perros, e?i trepar a los^r- 
boles y en hacer toda clase de ejercieios, de donde proviene 
su estraordmariaajilidad y lo infatigable que es para correr, 



U)fl SJtCEETOS DKL PtJ£BLO. 63 

no alcanzdodolo el mejor caballo y salvando los precipicios 
coQ mas dtrstreza y eon maa segaridad que io que lo biciera 
la cabra mas salvaje. 

Yo no he qu^rido qnitarle ni dUoiinair estas v^enlajas 
fisicas, y si bien le he enseSado muchnimas cosas, que ijuiza 
jamas le servirdo, nuaca lo prive, por darle otras lecciones, 
de sus ejercicios corporale.^; asi es que yo no tengo caai ne* 
cesidad de moverme, pues ^1 sale solo con mis perros y 
vuelve siempre cargado de una abundante caza; porque es 
tal su destreza, que no se le escaparia una mosca al vuelo. 

No creas por esto que no emplea su tiempo en muchas 
otras cosas: 61 es el principal hortelano, el que ordena las 
vacas, el que dispone y hace la comida, el que va al pueblo 
a comprar las pocas provisiones que necesitamos, porque 
aqui tenemos de cuanto hai para la vi Ja frugal que Uera- 
mos^ poseyendo aun uq sobrante de alimenfcos que el se 
encarga de repartir entre alguaos pobres,-y esta operacion 
la hace de la manera mas singular. Durante el dia recorre 
Ids cam pes, y sin preguntar a nadie, porque todos buyen de 
^1 y el huye de todos, se ioforma o adivina las. necesidades 
de cada cual, y en )a noche les Ueva las provisiones, dejdu- 
doselas en una parte segura y teniendo el mayor cuidado 
para no ser visto de nadie, de manera que mucho^ creen 
que es un dujel el que los spcorr«^; y en realidad que no se 
enganan, porque Torcuato lo es en efeoto. . 

Esta vida activa y laboriosa, no ha desarrollado sus.fa- 
cultades flsicas en perjuicio de sus facultades morales, por- 
que ha adquirido, como ya te he dicho, varies dq Ips mas 
indispensables conocimientos: ^1 ya sabe leer y contar, me 
acompana prdcticamente en alganas opei*a.ciones quimicas, 
a cuya ciencia es mui aficior.ailo, y oonoce easi el mismo 
n6mero de plantas que yo, sabiendo inaa o uienos su& Virtu 
des y su utdidad, pues siempre me acompana en silencio 
cuando voi a ver algun eufermo, y esfcoi seguro que con el 
tieiupo y si le fuera dado adquirir es])eriencia, Uegaria a ser 



54 iiOS SECBETOS DBL PVBBLO. 

un escelente medico, porqae est& dotado de un espiritu de 
observacion prodijioso y de un entendiraiento despejado; 
pero 8U deformidady su esquivez natural lo apartardn siem- 
pre de la so.iedad, pues tiene que hacerse un grandees- 
fuerzo sobre si mismo para veneer la repugnancia que 
esperimenta por el trato de los demas hombres. 

He notado en ^1 una particularidad que me hace mucho 
reflexionar sobre ese instinto de adiv?nacion de que estdn 
dotados ciertos sores, instinto no meuos real que incompren- 
sible y del que mas o menos todas las naturalezas participan, 
pero que en algunas es tan claro, tan palpable, que parece 
•una segunda vista, o, como he dicho, un don de adivinacion. 
f ues bien: este muchacho, que tendi^ a lo sumo dieziseis o 
diezisiete anos, que ha pasado toda su vida en el campo, y 
lo que es mas, encerrado en este recinto; este muchacho, ^ 
digo, esperimenta simpatias y antipatias profundas, no 
equivocdndose jamas en bus apreciacioues, apreciaciones 
que no emanan del juicio o del racioeinio, sino puramente 
del sentimiento, porque 61 no se da cuenta ni del odio ni 
del afecto que le inspiran las personas, smo que ve y juzga 
y es tan certera esa intuicion secreta, que hasta ahora jamas 
se ha equivocado. 

Antenoche, cuando ustedes vinieron en mi ausilio, ^1 
se quedo por un largo rato mirfindolos; solo yo podia cono- 
cer lo que pensaba; y despues de su observacion me mani- 
fest6 con sus ojos, en que estoi acostumbrado a leer, como 
el quiz^ en los mios, que ambas personas le eran simp^ti- 
cas, y sin embargo, sentia una predileccion mai*cada. .. 

— ^Por quien? pregunt6 Enrique. 

— ^Por ti, hijo mio, y esta es la razon porque esta manana 
8ali6 temprano a tu encuentro, cosa que no le he visto ha- 
cer en ninguna ocasion y con nadie. # 

— ^Todo lo que usted me dice es tan sorprendente que si 
no lo estuviera viendo no lo creeria, asi como jamas me hu- 
biera figurado <jue un ser humauo llegase a adquirir tanta 



LOS IBCBXT08 DBL PUEBLO. 



55 



velocidad en su carrera corao la que despleg6 Torcuato 
caando hace poco daba yo a mi caballo toda la faerza de 
su carrera sin conseguir alcanzarlo. 

— ^Y sia embargo, nada hai mas natural que esto, pues el 
hombre a medida que ejercita sus facultade^ las desenvuel- 
ve, y nada he visto que resista a una voluntai en^rjica, de- 
cidida y constante 



Teoria de la voluntad. 



• ^ I. 

Enriqae qaedose pensativ^o. Las palabras del solltario lo 
habian sorprendido. Encontraba en ellas tanta afiaidad con 
808 pensamieDtos, t^nta analojia con sos circaastaacias, tan- 
to campo abierto para sn porvenir; en ana palabra, tan ha- 
laguenas esperanzas, que esa teoria le hacia entrever sa fell- 
cidad fntnra, porqae en ella se encerraba an mnndo de 
ideas nuevas, j lo que es mas, nn muudo de lisonjeras pers- 
pectivas; porqae al afirmar el solitario qae a ana volantad 
en^rjica nada resistia, era lo mismo que decir qae estaba en 
8a mano la realizacion de sas deseos; asi es .qae el joven 
obrero no pndo menos de insistir sobre el mismo panto, y 
preganto: 

— ^^Cree asted entonces, senor, qae con la volantad se ob- 
tiene todo? 

— Cnando ella adqniere cierto grado de consistencia es 
mui dificil que no consiga lo qae se propone. ^'"Tenedfe^^ ha 
dicho Jesacristo, ^'j cambiareis de an lugar a otro las mon- 
ta&as;'' porqae la fe es la volantad en sa ultima espresion, y 
la volontad es una fuerza tanto mas poderosa que aquellas 
que empleamos jeneralmente en nuestras obras. 

— ^No comprendo lo que usted me dice: no se que poder 
pueda ejercer la volantad; jamas lo he visto. 

— Muchas veces lo has presenciado, hijo mio, talvez ma- 
chas veces lo has ejercido sin darte cuenta de ello; pero dime: 
jno has encontrado jamas a an hombre que con sa mirada, 



LOS BXCIUETOt DIL PUBBLO. AT 

que coQ 8u acento, que con su palabra haja impuesto a los 
demas? 

—Si. 

— Paeis bieo; esa mirada, eaa voz, esa palabra no sonotra 
cosa que emisarios de la voluutad: son los conductores de 
esa electricidad que se repercute en los demas. 

— Nunca habia pensado asL 

— Ya lo creo, pero esta es la verdad y una verdad que se 
realiza, tanto en el mundo moral como en el mundo fisico; 
porque no solo el hombre domina a sus semejantes y aua 
Uega a intimidar a los animales mas feroces con la enerjia 
propia de la voluntad, sino que todo lo aprende, todo lo al- 
canza, todo lo obtiene cuando ia posee. ^Que arte ni qu^ 
ciencia no profundizamos cuando realmente queremos ad- 
quirirla? No hai nada que nos resista, y el perfeccionamien- 
to mismo de nuestros sentidos no es otra cosa que el ejer- 
cicio constante de la voluntad en un fin u objeto determi- 
nado. Si los salvajes perfeccionan la vista, el oido y el 
olfato de una manera sorprendente, no es sino en fuerza de 
la alteracion que desplegan, y la atencion no es otra cosa 
que la voluntad o uno de los medios que ella tiene para ma- 
nifestarse y ejercitar su accion; de consiguiente, no estraues 
la ajilidad de Torcuato, puesto que nace del ejercicio, y el 
ejercicio de la voluntad; asi como no debes admirarte de sus 
otros conocimientos, porque ellos tieuen el mismo orijen. 

— gEntonces basta querer para que todo se consiga? 

— Ya sabes las palabras de Jesucristo, y ellas son una ver- 
dad que no solo tiene la autorizacion de tan sublime maes- 
tro, sino que tambien las confirma la esperiencia; pero es 
necesario que esa voluntad Hague a j)urificarse de tal modo, 
que se couvierta en lo que el ha denominado la/e; solo asi 
no habra resibtencia ni obstd-culos, porque entonces se trans- 
forma en un^^fluido que no encuentra barreras y que todo lo 
penetra.. 

—Pero qu^ debe hacerse para llegar ahl? 



58 tOS 8B0RST0S DEL PUSBLO. 

— Reconcentrar todas ans facnltades en on solo y dnico 
fin. ^Quieres ser jico? Pues consdgrate linica y esclusivameri- 
te a adqoirir fortuna, y es indudable que lo conseguirds. 
^Quieres ser sabio? Paes has de raodo que nada te distraiga 
del estudio y al fin llegards. ^Quieres ser santo? Pues em- 
pl^ate siempre en el ejercicio de la virtud, y cada dia, cada 
hora, cada instante te encaminards hficia el perfecciona- 
mit nto raoral. 

— ^Ah! seflor, usted no puede figurarse el bien que me ha 
heeho con sus palabras! Sf, pero lo que deseo os talvez un . 
imposible; sin embargo, ahora tengo masconfianza. .. ahora 
ya no desespero, como me eucedia poco h^. .. 

— No pretendo introducirme en tus secretos, hijo tnio, 
sino que e^^pero me los comuniques cuando lo halles por con- 
veniente; pero debo advertirte que esa voluntad, tal cual 
la he descrito, le es dado a mui pdcas personas el poseerla; 
ella est^ repartida entre todos los seres en mas o menos 
d6sis, pero solo naturalezas escepcionales, naturalezas privi- 
lejiadas Hegan a tal grade; .sin embargo, esta en el radio de 
nuestras facultades el adquirirla, desde el momento que 
existe en nosotros la posibilidad de perfeccionarnos. 

— jEntonces podrd esperar! 

—Todos debemos tener confianza sin presancion, porque 
el desaliento mata el alma y el cuerpo, mientras que la vo* 
luntad, produciendo la eoerjia, nos alienta y vivifica. 



II. 



La vida de Enrique parecia depender de los labios del 
solitario. Sus palabras eran una^ especie de rocfo para su 
corazon marchito, reanimando en ^1 la confianza que habia 
casi desaparecido. 

La fisonomia poco antes triste del angustiado joven, era 
ahora casi risuena, y si no manifestaba una alegria loca, de- 



LOS 8KCBXT08 DSL fWBLO. 59 

jaba ver la satisfaccioD de aquel que, sufriendo una enfer- 
medad, ha recibido un alivio sin consegair por esto una cura 
radical, pues Enrique no podia ocultarse las dificultades tal- 
vez insuperables con que tenia que tropezar para llegar 
hasta el objeto de bus deseos; sin embargo, las consoladoras 
palabras del anciano habian conseguido reanimarlo, ddndole 
aliento para comenzar aquella lucha de que dependia su 'fe- 
licidad o su desgracia elerna. 

Mientr^ Enrique reflexionaba, el solitario examindbale 
en silencio, tratando quizd de leer lo que pasaba en el inte- 
rior, no Uevado de una vana curiosidad, sino movtdo del 
interes que habia despertado en ^I aquel j6veu; que no con- 
sideraba como un estraQo, pues lo unia un vinculo cuyo 
secreto sabia ^1 solo, pero que estaba dispuesto a revelar en 
breve; y asi le dijo: 

— No te he pedido, hijo mio, que vengas a verme por un 
motivo frfvolo. Antenoche cuando te pregunt^ t.u nombre 
era con el objeto de inscribirlo entre aquellas personas a 
quienes he debido un favor o un beneficio. Tu fisonomia y 
tu ape-lido trajeron a mi memoria el recuerdo gratode uno 
de esos hombres raros que no con frecuencia se encuentran 
en el mundo, y de uno de aquellos acontecimientos que 
pocaa veces suceden en la vida. .. voi a hablar de tu padre. 

— jDenii padre!. ., 

— Si, de tu padre! . • . de Domingo Lopez, sarjento de 
granaderos a caballo, a quien debo la vida! ... 

Y el venerable anciano, enternecido por aquel recuerdo, 
tom6 entre sus manos las de Enrique, diciSndole con accnto 

solemne: 

• — La Providencia, querido hijo mio, en sus insondables 
arcanos, te ha traido a estos sitios para que la buena accion 
de tu padre reciba sin duda la debida recompensa en el 
hijo y para darme a mi la satisfaccion de poder ser fitil a 
aquel que fu^ conmigo misericordioso. •. Gracias, Dios mio, 
graciasi ... 



60 LOS 8SCBET0S DKL PUSBIX). 

Y el solitario, como si no estaviera en presencia de En- 
rique, levanto sua ojos al cielo al pronanciar las liltimas 
palabras, repiti^ndolas varias veces con un reconocimiento 
Ueno (le pasion,. de respeto y de ternara. 

— Senor, interrampi6 el joven, admirado y contento, 
cuepfeme usted, le suplico, ese hecho que ignoro, por^ue 
todo lo que tiene relacion con mis padres, me interesa so- 
bremanera y especialmente las buenas acciones que loa 
engrandecen a mis o^os, haciendo que los quiera y respete 
mas, 81 esto es posible ... 

— Ebta bien, vas a saberlo en breve; pero antes dime: 
^Nunca le has oido hablar del coronel Guzman? 

— Nunca, sefior. 

— Esta es otra virtud de tu noble padre. .. 

— Mi padre, senor, no pertenece a lanobleza. .. quwa us- 
ted entonces confunde o equivocaa los individuos. 

— He dicho noble y se lo que digo. .. Se que tu padre, 
simple soldado, perteaece a lo que ne llama el pueblo; pero 
la nobleza, hijo mio, u) esla ea la alcuruia siuo en las accio- 
nes. . . no emana de la po^icion social, siiio de la virtud; no 
nace del dinero o de la estirpe, siuo que depende del me- 
rito y del oorazon: todo lo demas es vanidad y preocupa- 
ciones que no tienen otro fundamento que nuesci*os errores 
y talvez que nuestros vicios. . . 

Eniique, a quien las palabras del solitario parecian abrir- 
le un camiuo, trazaadole la seuia que debiera seguir, escu- 
chaba at6nitp aquella consoladora doctrina que se armoni- 
zaba con sus instintos, despojandole el campo de la eape- 
ranza y los horizontes de la felicidad. 

— Ahora, hijo mio, prosiguio el anciano, ves que no 
podemos ser indiferentes el uno para el otro, y espero que 
tendr^s confianza en mi, y paradarte el ejemplo, principiare 
per hacerte depositario de los ?ecretos de mi vida; pero 
antes de esto permlteme ocuparme todavia de tu padre. .. 
jde tu padre, que figura en cl mas terrible lance de mi exis- 



iOS StCBETOS ML PtTEitO. 61 

tencia! . .. ^Me decias que nunca le habias o^do hablar del 
coronel Guzman? 

— Nunca, seSpr. 

— Esta es otra de sus virtudes; siempre oculta cuanto ha 
hecho de bueno y de grande y siempre estd di^^puesto a 
confesar sus faltas por insignificantea que Sdan. 

— Esa es la verdad, senor. 

— Asi lo he conocido durante nuestra vida de soldado: 
61 sabe por instinto que una accion jenerosa pierde gran 
parte de su m6rito cuando la divulga el que la practica. Es 
lo mismo que un frasco de esencias cuyo perfume se escapa 
abri^ndole, hasta que al fin queda sin olor para su propio 
dueno, mientras'que, cerrdndolo hermeticamente, conserva 
la fragancia durante mucho tiempo y puede nno respirarla 
de vez en cuando con delicia: esto es lo que hace tu padre, 
hijo mio. 
- — A mi me agrada esa conducta. 

— Tienes razon, y sigue el mismo ejemplo, que endontra- 
ras en ^1 tu recompensa* 

— He dicho que me agrada, senor, pero sin que me guie 
el menor calculo. 

— ^Tanto mejor: la espontaneidad en las bnenas acciones 
prueb^ la escelencia de las naturalezas; y no podia ser de 
otro modo el hijo de tan digno padre. 

— OjalA Uegara yo a asemejarme a ^1. 

— Ya te he dicho que todo depende de la voluntad: trata 
de imitarle y lo conseguirds. Ahora vol a hacerteuna lijera 
narracion de mi histcria que esta relacionada con la de tu 
padre, y por ella sabrd^s lo que ^1 hizo por mi. 

— jSeria usted acaso ese coronel Guzman de quien me ha 
preguntado si alguna vez nos habia hablado mi padre? 

— El mismo. 

— ^Y qu^ relacion puede haber .existido entre un jefe y 
un simple soldado? 

— Ya lo sabrds. 



6i Ld3 ssctiitos DiL firlE6L0. 

Y el solitario se encamind a su coarto, apareciendo en 
segaida con nn peqaeno libro ea la mano, lleno de senales, 
y abriendo sin eqoivocari^e nna de sns pdjinas, le dijo a 
Eoriqae: — "Lee, y en esa lectnra encontranU lo que es capaz 
de hacer la volnntad/' « 



Ub reo en capilla. 



I. 

El j^ven, conmovido sin 'saber por qu^, tom6 el libro, 
pero sin dirijir*a ^1 la vista, que tenia fiju en el anciano, 
Este volvi6 a repetirle: — ''Lee en alta voz." 
Enrique obedeci6 y con tremulo acento leyo lo siguiente: 
"El dia 28 de octubre de 1834. . . 

■ 

Enrique se par6 y dijo al solitario: — "Este es el dia del 
nacimiento de mi berraana." 

— Entonces tu hennana debe llamarse Mercedes y cum- 
ple hoi dieziseis anos. 

— Justamente. 

— Pues bien, hoi que es el natalicio de tu hermana, es a 
la vez el aniversario de mi libertad y de la nueva existen- 
cia que debo a tu padre. Ignoraba aquella coincidencia feliz, ' 
que se repite en este. momento en presencia del hijo del 
sarjento Domingo Lopez, a quien no he vuelto a ver desde 
entonces, pero a quien espero algun dia estrechar contra mi 
corazon. .. Dios lo ha conservado a 6\ para que sea testigo 
de mi gratltud y a mi para tener la oportuhidad de demos* 
trdrsela. .. Continfia, hijo mio. 

"El dia 28 de octubre de 1834 se preseut6 en la capilla (1) 

(1) iSa naestra socieclad que eonserva laabdrbaras costumbres y el faDatismo eapafiol, 
88 deja al reo condeoado a muerte, duri^nte tres dias completamente solo en un lugar 
qae deDomina capilla j doode hai un altar, unacania y alguoaa sillasi y en cuyo apo' 
sento, que puede denpminarse un anticipado sepulcro, uo penetva nadie con escepcion 
del confesor. F&cii es concebir.las imprediones y la tortara de ea^irita qne eaperimeiita 
el ler qae ha sido eondenado pudiendo medlr su agonia por los instantes que tras- 



€4 u» t a nu EJ Oft bvl tutsio. 

eo que yo me encontraba, pnes estaba condenado a muerte, 
el saijento Domingo Lopez, qae se hallaba de gnirdia en la 
cdrcel y aiTOJ6me, al tiempo de hacer sn yisita, an peqoe- 
fio papel que decisi: Manana antes de montar la ffuardia 
vendri yo vestido de fraUe^ cuyos Mbitos dgare en su cuarto 
para que vistiendose con eOos pueda estt^par^. 

'^£n conformidad al aviso, yo esper^ esa noche al sacerdo- 
te dedicado pf ra ansiliarme, con la mayor serenidad« Le di- 
je que no tenia el menor inconveniente para recibirlo, sino 
que por el contrario haliaria nn consnelo con sos consejos y 
con 8n presencia, sin embargo que la primera noche habia 
rebnsado so asistencia, movido de ese espirita de incredali- 
dad qne constitnia el fondo de mis creencias. El inocebte 
fraile se retir6 mui satisfecbo con la certidombre de que 
habia conqoif^tado ana alma para el cielo, y previno a la 
gnardia qae lo dejase pasar a caalquief bora. 

"Al sigaiente dia vi entrar al dominicano en la capilla y 
sentarse al confesonario con ana serenidad sorprendente, 
llam^ndome a la vez para qae me acercara a 61. 
* "Yo no habia so3pechado nada; pero no bien me habia 
aproximado caando descabriendo sa fisonomfa el sarjento 
Lopez me dijo: vistase usted con el h^to qae teogo paesto 
y que voi a dejarle, y saiga en seguida con paso firme y sin 
deraostrar el menor teraor. 

"Pronnnciadas apenas* aquellas palabras se despojo del 



CttiTe el cnaJranie; j ekie, 8iipliciD atros, estesupHeio qa«ae aUmenta a eada moviiiHeii* 
to de la p^odala del teloj hac% jeneralniente qQ<> la victima, cuando raarcha al patibo- 
la, bayarecibtdo-a^amaerteatttieipada, y una maerte mas dololrosa que 111 dsstraccion 
diica, porqae es la anonadacion completa d^l espirita.. Si ](» bDfob; e4.'llega3en « aaber 
00 t^rmioo ^ctiAl 8<»ria su desesperaeioo? Y sio embargo, a.lo* indivi^joos a quienea se 
pone en eapilia se les'dice: efi tres dias mas deheis morir. ^Como pnede ese bombre mirar 
de frente ese periodo infaliide de sa exi.-<tencia? ;Qu6 es cada bora, cada minuto, cada 
Sn«tftnte jmra 61, slno la apr«»xima<Mon <ie una" mii<*rte hifeliblf? Esta es la'razon pofque 
antea de sabir al patibalo ya estdn muerto<i.... y antes de la^dma agonfir ban esperl- 
DMOtado las maa amarga^.^ Todos Ias seres ignoran sn €n, pero ^I' lo- coooce y esto tSa 
lo que constitaye sa mayor tormento: solo los^ jefea de 1^ inqamctoQ pneden baber idea-' 
do ton atroz martirio, a|i qae ae aaoela la saperstleion a la cmeldad. 



LOS SXCE1T08 t>tL PtTXBLO. 65 

traje que cubria sus insignias militares y 8ali6, recomend&n- 
dome que obrase con brevedad, porque a las diez del dia 
^ambiarian la guardia y ya no habria esperanzas de liber* 
tad . . • 

"Es indudable que el soldado que habia pnesto de guar- 
dia el sarjento Lopez en mi calabozo (porque asl puede 11a- 
marse propiaraente a la capilla) o era un idiota o lo habia 
embriagado o cohechado, pues al momento de salir no me 
hizo la mas pequefia ob&ervacion si no que por el contrario 
hizo un pequeno movimient> a su fusil como para denotar 
que estaba.en su puesto y vijilante. 

''El corazon me palpitaba, sin embargo, al atravesar esta 
primera barreYa que era indudablemente la mas importante. 

"Como reo politico o como reo de distinto j^nero a un 
criminal, no me habian puesto grillos; asi es que no tuve 
necesidad de veneer esta dificultad, que talvez me hubiera 
sido insuperable. 

''Habiendo salvado el centinela de mi calabozo sin que 
me hiciera la raenor observacion, trat6 de bajar la capucha 
del bdbito hasta el punto que me cubriera casi por comple* 
to el rostro; pero a poco andar encontr6 al sarjento, que a 
cada paso me hacia profundas reverencias, las que hubieran 
tenido mucho de c6mico en otras circunstancias, si no hnbie- 
ran infundido respeto a los centinelas, que me dejaban pa- 
sar, haciendo golpear la culata de su fasil en tierra, lo que 
significaba un acto de alerta y de media sumision a la vez. 

^'Asi pas^ por varios puntos en que habia soldados apos- 
tadoSj hasta que llegando a la puerta de salida esperiment^ 
un verdadero desfallecimiento; sin embargo, me recuper^, 
y quizd^ esta misma anonadacion de mi espiritu sirvi6 a mis 
designios, dejdndome pasar la liltima guardia sin la menor 
dificultad. 

"Inter tan to, yo veia siempre al sarjento Lopez que seguia 
mis pasos con la mayor ansiedad, poni^ndose p&lido a cada 
guardia que tenia que atravesar, pues talvez temia que, soi:^ 

TfXO lit ^ 



^6 LOS SSCKSTOS DXL tTTKAL6. 

prendiendome, ^1 fuera comprometido; y tenia razon, porque 
bubiera sido fusilado en el acto. 

"Pero cuando hnbe pasado la ultima barrera, cuando ya 
nada tenia que me detuviese, mire en todas direcciones con 
la vista inquieta y gozosa del hombre que acaba, por nn 
milagro, de recuperar su libertad, y encoatr6 la fisonomla 
impasible del sarjento Lopez, que mesenalaba nncocheqne 
se encontraba en la puerta de la cdrcel. 

"Apenas hube montado en ^1, que parti6 el cochero al 
trote largo de sus caballos y me lie to a un rancho del cual 
no podria darme aliora caenta, pues a decir verdad ignora- 
ba el punto doude me encontraba; pero lo.cierto es que la 
buena mujer en cuyo cjaarto permaneci hasta la noche, pre- 
venida talvez do lo que iba a suceder, me quit6 los habitoa 
de fraile y elk misma me hizo la barba, poniendo en mis 
manos, despuea de concluida la operacion, unos trea o cua- 
tro pesos, diciendome: "Dios te ayude, hijo mio. . ." 

^Esta ea la manera como me liberto el sarjento Lopez de 
una muerte inevitable: Dios quiera que en ^alguna ocasiou 
pueda manifestarle mi reconocimiento/' 

ir. 

Terijainada la lectura de aquel documento estraordinario, 
porque podia servir como de acusacion para el mismo que 
lo habia escrito, qued6se Enrique admifado y aaspenso; ad- 
mirado por cnanto el solitario ponia en sas manos un auto 
de delito que podia perderlo; y suspeuso, porque su padre 
habia contribuido a la evasion, qaebrantando las leyes mi- 
li tares en obsequio de las leyes de la hiimauidad; sin embar- 
go, tenian ^stas para <^1 mayor peso, si bien no sabia c6- 
mo hubiera debido deliberar en igual caso; pero creia que 
la conciencia y la razon natural le trazaban el camiuo que 
debiera seguir, a despecho de las leyes sociales que su padre 
habia quebrantado, y que 61 estaba dispuestoj en an^logas 
circunstancias, a infrinjin 



t 

tot SkCBK^S DU. ptrxBLo. 6? 

Enrique devolvi6 el libro al solitario, dici6udole: "Me 
gloilo de la accion de mi padre y participo de la satisfac- 
cion de liaberle libertado a listed la vida; en igaales cir- 
cunstancias creo que habria hecho otro tanto." 

— No te ilusiones, Enrique; tu padre jugaba su vida por 
la mia, pues las leyes militares son mui terminantes, y no 
s^ c6mo pudo salvarse de un caso tan riesgoso. 

— De cualquier modo, ^1 hizp un acto her6ico que ojal& 
se me presentara algun^ vez para tener la oportuuiJad de 
seguir su ejemplo, 

— jApruebas entonces esa conducta? 

— De todo corazon. 

— El juicio de la inocencia es el mejor, porque es siempre 
el mas recto, y yo estoi mui satisfecho con el tuyo. 

— jPueden haber, senor, algunos juicios contr.arios a loa 
de la humanidad y de la razon? 

— Eso es siempre lo que sucede en el mundo* 

— Sea como se sea, yo prefiero la jenerosldad a la lei, la 
caridad al mandato, y la libertad del hombre al c6digo que 
lo esclaviza. 

— Has dicho palabras tan sabias, sin que talvez conozcas 
su estension y su impjrtancia, y superiores a todo ese apa- 
rato de ciencia que nos rodea y por el cual nos tejimos; 
empero, es indispensable la conformidad, sin que por esto 
anatematicemos el pensamiento que, ajitando a las socieda- 
des, marcha como un faro, sefialando el puerto de la libertad 
y de la felicidad del hombre. . . . 

El anciano, al pronunciar estas palabras, continuaba cb- 
servando a Enrique; y 6ste, subyugado por la superioridad 
impasible del solitario, esclamb^ arrodilldndose ante 61 como 
si fueraante un Dios: — *'Me ha dicho usted que debe la vida 
a mi padre, y yo en su nombre le suplico que me conserve 
la mia, ayuddndomo en mis esperanzas, que, sin saberlo, han 
alentado sus palabras." 

— Nada, nada me seria mas grato en este mundo^ y pn^* 



U)^ «BCSKtU6 DSL PtTAtO. 

.. Xs-Oc ^v^\> vvatar conmigo en todas circnnstancias y 
vx..^ .V.V.* .ucr vv*sa> poitjne tendr6 tin verdadero placer en 
^vs .;.. 4^' V v> de aqnel a quien debo la vida. 

s v*^\^u55^:e abora, prosigai6 el anciaiio, y escocha la na- 
tv^K^ Ue lui triste existencia, que Dios ^ ha dignado con- 
^orv^me^ sin duda para qae paeda con el tiempo arrepen* 
tirme de mis errores 7 llorar mis estravioa 



Don Toribio de Guzman. 



I. 

Naci el 10 de enero de 1790, en la ciudad de Concepcion, 
sitaada en las md^rjenes del Biobio, que es sin dispata el 
mas hermoso rio de Chile. Mi padre, hijo de un jefe ei=pa- 
Bol, no tenia mas fortuna que una estensa pero poco pro 
duetiva hacienda. En aquellos tiempos, I03 propietarios de 
fundos r^sticos apenas tenian con qu6 satijfacer las necesi-- 
dades mas indispensables de la vida. 

Mis primeros afios fueron felices, porque fueron libres; y 
salvo los momentos en que me daba algunas lecciones mi 
padre, el resto del tiempo lo empleaba en correr por el cam- 
po o en banarme en el rio, que, a pesar de mi poca edad, atra- 
vesaba a nado. 

Tendria yo como diez a once anos, cuando una noche, 
noche terrible, que nunca he podido olvidar y que aun aho- 
ra mismo recuerdo de una manera tan patente como si solo 
hubieran pasado ayer los acontecimientos, fuimos desperta- 
dos por el ruido mas estrafio. El tambor tocaba a jenerala; 
sentfaae por las calles el correr precipitado de los hombrea 
y los gritos lastimeros de los ninos y de las mujeres. De 
repente oimos una descarg^ de fusileria, y casi en el mismo 
instante las criadas de casa se precipitaron en el cuarto de 
mi padre, esclamando despavoridas: — "Los indios! Los in- 
dios!" Mi padre, que ya estaba medio vestido, solo tuvo 
tiempo de echar Have a la puerta, tranc^ndola fuertemente 
y apagaudp inmediatfvm^nte la vela^ despues de haber toma- 



70 LOS ncECTos dkl puxblo. 

do SOS armas, qne solo consistian en an par de pistolas, nna 
escopeta y la espada toledana de mi difaato abnelo. Los 
alaridos de los indios se oian distintamente. Mi madre, yo 
y las criadaSy nos posimos en oracion, hincdndonos delante 
de ana imdjen de Dolores, a qnien ti>do e\ mundo tenia par- 
ticular devocion y qne conservo todavia coma nna reliqnia, 
a pesar de haber cambiado mncho mis ideas. 

Mi padre estaba apoyado en nna ventaua de fierro que 
daba al patio, tratando de ver, a pesar de la oscnridad, lo 
qne sncedia afaera, teniendo en cada nna de sas manos una 
pistola 

La poca claridad esterior mepermitia ver distintamente 
la fisonomia de mi padre, en qne'parecia pintarse la mayor 
ansiedad, teniendo los ojos fijos en nn punto. De repente 
dej6 la ventana, y acercdndose a nosotros, qne rezdbamos, 
arrodillados delante de la Vlrjen, nos dijo: — "Silencio! va- 
ries indios ban penetrado en el patio." Y volvi6 a sn pues- 
to... Nosotros nos callamos, y podia oirse el latido de nues- 
tros corazones ... 

Mi madre me estrech6 en sns brazos ... 

Los indios babian peaetrado en las habitacion$s y alcan- 
zdbamos a sentir el rnido de sus pasos... Mi padre no se mo- 
via de sn pnesto, y mont6 una de sns pistolas. 

Todo volvi6 a qnedar en silencio por algunos instantes y 
llegamos a figurarnos que habiau abandonado la casa por 
no haber encontrado a nadie; pero esta ilnsion no dnr6 mu- 
cbo tiempo, pnes de repente sentimos nn grito prolongado, 
grito de trianfo, grito aterrador que lieI6 nnestra sangre. . . 

Los salvajes, sea por sn instinto o por su olfato, casi su- 
perior al del perro, habian descubierto nuestro asilo y se 
dirijian a 61... 

Varias sombras negras aparecieron en la ventana ... Mi 
padre bizo fuego y vimos caer a nno de los asaltantes. 

Los tiros de fusileria que la tropa bacia en las calles pa- 
recian acercarse, pues los olamos mas distintamente, 



LOS SBGBBTOS DBL PUBBLO. 71 

Los indios qne estaban en el patio se cletuvieron un mo- 
mento; pero dando un nuevo alarido, se aferraron de la 
ventana como para arrancarla. .. Mi padre vol 716 a hacer 
faego, y el golpe pesado de un cuerpo que cae probaba que 
habia otro hombre fuera de combate. 

El furor de los salvajes se auuientaba con I1 resistencia, 
y hacian may ores esfuerzos por desquiciar la ventana de 
fierro que les impedia el patso; pero ^sta continuaba resis- 
tiendo, y mi padre tuvo tiempo de descargar su escopeta 
sobre el grupo, donde era imposible que no aprovechara el 
tiro. •, Los indios se retiraron entonces de la ventana; sin 
embargo nuestro espaato fu^ mayor cuando sentimos un 
fuerte golpe dado en la puerta. .. La cerradura salto, pero 
la tranca resistia. .. Todos hoimos al fondo delcuarto como 
si pudiera salvarnos aquella pequena distnncia. ,. Mi padre, 
tomando entonces la toledana de mi abuelo, pues no tenia 
ya tiempo para volver a cargar su's pistolas, se col6c6 cerca 
de la puerta delante de nosotros para protejernos. 

Aquella lucha no podia durar mucho tiempo, pues era 
imposible que la puerta no cediese y que un solo hombre se 
sostuviese contra tantos. .. Asi sucedi6: alsegundo esfuerzo 
de los indios, que se precipitaron en tropel contra mi padre, 
que defendia la entrada blandiendo su larga y cortante espa- 
da, rompi6ronse los quicios y apareci6 un grupo de salvajes 
con largas picas y gruesos garrotes. Jamas he presenciado 
un momento de mayor -angustia que aquel, y jamai he visto 
unadefensa masheroica. Mipadre^sesosteniasin retroceder 
y yo veia esa lucha tan desigtial en queun solo hombre tenia 
una multitud a raya. A mi me parecia que mi padre era un 
jigante, que a cada golpe de su formidable brazo hiindia a 
un adversario; y asi era en efecto, porque con la toledana 
de mi abuelo, que blandia en todas direcciones, impedia que 
los indios entrasen en el espacioso aposento, puesya con los 
filos o con la punta cortaba y heria a mansalva, defendi^n- 
doseal mismo tiempo de los golpes infinitos que le dirijian 



72 

centenares de bnusos le^aotalos coastantemeDte sobre sa 
desnnda cabeza. 

Vi ao momeoto que el bri > Ja mi padre flaqueaba y 
qae los indioa gaoaban tcrreao e iban a ser daefios del cam- 
po, caando ana nneva descarga de fosileria se dejo oir a mni 
poca distancia y los salrajes retrocedieroa entoDces, bnyendo 

en segoida con precipitacion £ran los soldados chilenos, 

que, victoriosos, persegnian a los indios en tod >s los lagares 
qne ellos amagaban, pero cu'tndo entraron nnestros liberta. 
dores, mi padre yacia tendido en el snelo y nadando en nn 
charco de sangre de los enemigo > y q oe brotaba tambien de 
nna herida qne habia recibido 'en la cabeza, hecha al parecer 
con nna anna contnndente, segnn dijo despoes el facnl- 
tativo. 

Mi valiente padre vivia todavia, y caando recopenS sns 
sentidos brill6 en sn cara nn rayo de alegria al encontrarnos 
sanos y salvos. Nnestra felicidad no fad de ma^h i daracion: 
al cabo de nnasemina habia espirado. 

* II. 

Yinda mi madre, y no p ndiendo ella tomar la adminis- 
tracion del fnndo, trat6 de venderlo y se dirijio a Santiago, 
doade tenia ricos parientes. Ella era todavia joven^ bermo- 
sa, y eontrajo segnndas nnpeias con an tio mio qae poseia 
nna considerable fortana y el qne me mando poco tiempo 
despnes a Espafia para hacer mi edacacion en el colejio de 
nobles americanos, qne tenia fama en Madrid, y al qae man- 
daban jenera Imente las ric^ familias del naevo mando a 
edacar a sas liijos. 

Si mal no me acnerdo, seria esto por el ano 1803, paes 
solo cooservo la memoria de mi madre, qae deshecha en 
l^grimas, me decia: — "Me separo de ti con dolor, pero es 
para tn felicidad. Condticete siempre con delicadeza y no 
desmientas el nombre de tas antepasado?. Has nacido de 



LOS 8S0BKTOI i>KL FUEBLO. 73 

nna familia ilnstre: trata de ser digno del apellido que He- 
vas, pues esto me har^ a mi mai feliz 7 honrards la memo- 
ria de tu padre a quien debes dos veces la vida, pues muri6 
por conservarte la que te habia dado.'' 

Jamas he olvidado estas palabras, y talvez ellas me lian 
servido para que en medio de mis estravios conseKvara 
siempre el pundonor necesario para no caer en el fango en 
que he visto perderse a muchos de mis companeros de aque- 
llos tiempos. r 

No te har^una relacion de mi viaje y de mi permanencia 
en el colejo durante cinco o seis afios que estuve en ^1; pero 
me dediqu^ con ardor a aprender cuanto nos ensenaban,no 
limitAndome a las lecciones de mis maestros; sino que leia 
con avidez todas las obras francesas que llegaban a mis 
manos o que podia procurarme a escondidas de lais profe- 
sores, que tenian estrema vijilancia sobre este punto, De 
esta lectuia, hecha sin discernimiento, jerminaron en mi 
ideas mui raras, de que te hablar^ en otra ocasion. 

Por aquella epoca, 1808, vino la invasion de Napoleon 
sobre la Espana. Hacia como seis meses que yo no recibia 
pensiones de mi familia ni siquiera cartas que me dijesen 
su estado de fortuna, de manera que sin los ausilios de uno 
de mis paisanos y condiscipulo mio, me habria visto obliga- 
do a abandonar el colejio. A pesar de la jenerosidad de 
este amigo, a quien he debido entonces y despues muchos 
servicios, pero cuyo norabre me es imposible nombrarte 
por ahora, me encontraba desesperado. Tenia un caracter 
orgulloso y me dolia estraordinariamente depender de los 
favores de otro; asi es que fipenas se introJujo en Espana 
la invasion francesa, me inscribf como v6luntario. Yo habia 
nacido bajo el rejimen espafiol y en una colonia espanola, 
de manera que consideraba a la Metropoli como mi propia 
patria y creia que defendiendola defendif^ a mi pais, sin 
embargo que nunca he tenido apego a la carrera de las 
armas, que hasta oierto punto he seguido arrastrado por las 



U LOB SSCUm DEL PUEBLO. 

circnnstancias, pero en contra de mi volnntad y sobre todo 
en contra de mis ideaa 

Enrolado en el ej^rcito espafiol en calidad de alf(^rez; 
grade que me dieron desde el prinoipio, a pesar de mis po- 
cos aEos, pero sin duda por mis conocimientos, me halld en 
varios eocnentros, por lo jeneral desgraciados para nosotros, 
pnes tenfamos qne lidiar con fuerzas disciplinadas, agnerri* 
das y bien pertrecLadas, mientras qne nosotros careciamos 
mncbas veces de lo mas indispensable, y en nnestro propio 
snelo pasAbamos mas miserias qne el ej^rciti» Frances, per- 
fectamente abastecido de provisiones de todo j^nero. 

No te contare todas las peripecias de aqnella gloriosa 
gnerra, de la qne no hnbieramos salido trinnfantes a pesar 
del amor patrio espanol, sin el ansiiio del dnqne de Welling- 
ton qne mandaba las tropas ioglesas qne habian venido a 
socorrernos; pefo cnando Fernando VII entr6 en Espafia, ya 
yo tenia el gra'lo de capitan en el ejercito. Por ese tiempo 
recibi nna carta de mi tio en que me annnciaba la mnerte 
de mi madre y la p^rdida de toda su fortnna a la vez que 
me daba nna idea de los partidos qne sordameute se ajita- 
ban en Chile. 

Uno no olvida nnnca el rincon en que ha nacido y siem- 
pre mira con carino^el suolo en que su madre lo ha mecido 
en la cuna: esto lo siente el hombre civilizadolo mismo que 
el salvaje; asi es que me dieron deseos vehementes de vol- 
ver a America, y pedi mi retiro, que me fu^ fdcilmente acor- 
dado,porque ya no habia en la Peninsula necesidad de un 
ej6rcito tan considerable, estando por otra parte agotado el 
erario, pnes hacia tiempo que no recibia la EspaSa remesas 
de dinero de estas comarcas que hasta esa ^poca la habian 
enriquecido haciendo su preponderancia. 

III. 

En mi cabeza bullian *]as ideas deliberfad, ideas que to* 
davia conservo, hijo mio, aanque mai modificadas, pues tie- 



IX)B SECEBTOS DSL PUXBLO. 75 

nen otro pnnto de mira. Tenia .a la vista el ejemplo de los 
Estados Unido=, admiraba la filosofia y virtud de Franklin 
y la enerjfa y patriotiamo de Washington y deseaba para 
Sad Anaeriea los mismos resultados; asl es que desde antes 
de partir de Espana ya era revoluciooario, y en balde qui- 
sieron darme en la metropoli un empleo en la administra- 
cion de estos paises, pues rehus^, eontentandome solameute 
con uninforme de mi conducta que pedl al rainistro de la 
guerra de aquel entonces y que conservo aun entre mis pa- 
peles. 
. Llegado a America me present^ ante la autoridad con 
mi pasaporte, haciendo ver el certificado que traia de mis 
jefes y fuf perfectamente recibido; ofreci^ndoseme el mismo 
grado en el ejercitoj lo que rehus^ obstinadamente bajo el 
pretesto que tenia que arreglar alguaos negocios de familia, 
pero con la in ten cion verdadera de echarme en brazos de ' 
la revolucion que sentia jerminar, si bien no se declaraba 
abiertainente. 

Tampoco te referir6 los aconteclmientos de aquella 6poca, 
que debes saber, si has estudiado nuestra naciente historia, 
y me bastara decirte que me encontr^ al mando de fuerzas 
patriotas en casi todos los encuentros que tuvieron lugar 
hasta que zarp^ al Per4 el 20 de agosto de 1820 en la 
espedicion que iba al mando del jeneral San Martin, con 
pbjeto, como sabrAs, de libertar aquel territorio del yugo 
espafiol, donde principalmente se habian reconcentrado las 
fuerzas de la metr6poli y que servia de amenaza a todo el 
continents , 

Paso por alto las intrigasy miseriasde nuestros caudillos, 
intrigas y miserias que me tenian amargada el alma y que, 
a no ser la sautidad de la causa que defendia, me habrian 
hecho abandonarla; sin embargo regres6 a Chile poco des- 
pues del triunfo completo de la America y con el grado de 
teniente coronel, pues habia recibido algunas postergacio- 
nes a causa de mi modo de ser independiente. 



76 LOS SEGRBTOft DSL PUXBLO. 



IV. 

Naestro pais, no bien constitnido todavia, y gobcrnado, 
se puede decir asi, por facciones, tenia qne soportarlos ma- 
les anexos a la guerra civil, qne provenia y proviene aun 
de la ignorancia en que nos habia educado la E^pafia y de 
las ideas de aristocracia que habia hecho jerminar entre 
nosotros y de las que nos resentimos todavia. 

La Europa, hijo mio, nos hace ahora un crimen de nues- 
tros disturbios, tratd,ndonos como salvajes, sin haber .rcr 
flexionado que las revolnciones que nos ban aniquilado, y 
que yo lamento mas que nadie, provienen principalmente 
•del /;w^, esciisame esta palabra, que nos dej6 la Espana y 
de que ella ipisma parti cipa actual mente. 

Nuestras sociedades sin iadustria y Uenas de presuntuo- 
sa vanidafl; nuestros pueblos sometidos al r^jimen colonial 
y completamente igaorantes^ no podian recibir exabrupto 
la libertad; asl es comose sucedi6 estaespecie de oligarquia 
que hasta ahora nos gobierna y en la cual se infiltr6 la dis- 
cordia, de donde resultaron las luchas encarnizadas que nos 
han destruido y que nos han desprestijiado en el antiguo 
mundo, sin haber tornado en cuenta lo mismo que han sido 
y Id que serdn mas tarde; porque todavia, a pesar de sus 
adelantos, aquellas sociedades estan embrionarias, mal que 
les pese a su presuncion y a su orguUo. 

Nuestras contiendas, amigo mio, no nacen de la libertad, 
no nacen de la republica, no nacen de la democracia, por- 
que la democracia, la libertad y la republica nos encaminan 
a la dignidad del hombre y al perfeccionamiento de las ins- 
tituciones, sino que provienen del atraso que enjendran las 
ideas opuestas, y que por desgracia han jerminadoy jermi- 
nan entre nosotros: este es el antagonismo de la luz y las 
tiiiieblas, de la razon y las preocupaciones, de la verdad y 
del error, de la relijion humanitaria del JCristo y del egois- 



L6S ISClLKTOS DSI. PUXBLO. 77 

too y* barbarie de las instituciones que nos gobiernan; pero 
la reaccion que hoi vemos entre nosotros tendrS lugar en 
todo el mundo, y alld, tan to como aqui, se empefiard la lu- 
cha hasta que se establezca la reforma; pero la reforma en 
el gentido democrdtico, la reforma que es la voluntad ma- 
nifiesta de Dios, porque es el fin de la creacion, reveladopor 
el constante progreso. 

El solitario estaba conmovido con fi?us propias palabras, 
y Enrique escuchaba admirado aquella filosofia tan simp^- 
tica que entraba de lleno en las nobles tendenciaS' de su 
ser. 

La inocencia, o diremos mas bien, esa sencillez luminosa 
que, sin comprender las cosas, las adivina, es jeneralmente 
el mejor juez y el apreciador mas equitativo de la verdad, 
porque no ha sido viciada por las preocupaciones; de modo 
que Enrique, sin darse cuenta, comprendia la estension de 
aquella ensefianza dicha sin pretension de ningun j6nero, 
puesto que el individuo no podia aspirar a nada, habiendo 
renuneiado desde largos anos, segun se manifestaba, a cual- 
quiei; pretension. 

A mi vuelta de Espana solo habia encontrado parientea 
lejanos, pues mi madre y mi tio, que era mi padre politico, 
habian muerto; por consiguiente cuando regres^ del Peril 
me encoDtr6 solo y sin relaciones; sin embargo, no podian 
negarme ni mi grado ni mis servicios, y esto eia suficiente 
para asegurarme una posicion social bastante digna y una 
manera de ser independiente, tanto mas cuanto habia. gana* 
do mis grados, no en fuerza de la intriga y del adulo, sino 
en fuerza de mi decision, de mi constancia, y, podr^ decirlo, 
de mi patriotismo, o de mi americanismo mas propiamente 
hablando. 

Sin embargo, yo encontr^ el pais dividido en bandos, y 
tuve la debilidad, esta es la espresion de que ahora me val- 
go, porque estoi perguadido que las guerras civiles no deben 
existir ni debe en ellas mezclarse un militar que ha ganado 



78 LOS 8ICfi3ET06 DBL P9SBtX>. 

BUS grados defendiendo la santa cansa de la independencia 
de 8U pais, sin embargo, repito, me adheri a la opinion de 
aquellos militares corao don Ramon Freiro, con qnienes 
habia sido amigo y habia combatido en los campos de bar 
talk. 

La faccion de los que entonces se llamaban pelacones y 
a cuya cabeza se encontraba Portales, hombre de enerjia y 
de jenio a la vcz, y*Prieto, hombre de armas pero incupaz 
para la administracion, triunfo de nosotros en 1830 y ftii, 
no solo destitaido de mi grado y de mi empleo, sino tara- 
bien perseguido, habiendo tenido que vivir por mncho 
tiempo oculto. 



V. 



El mismo amigo de colejio que me habia socorrido en 
Espana vino en mi ayuda en Chile. Este j6ven habia regre- 
sado casi al mismo tiempo que yo, pero nuestra suerte era 
mui diversa: mientras el seguia una vida tranquila, habien- 
dose casado en Santiago con una de las principales senori. 
tas, administraba y disfrutaba a la vez de la inmensa fortu- 
na de una hermana de su mujer por parte de padre; mien- 
tras ^1, repito habia gozado y gozaba de comodidades y de 
paz, yo corria la existencia mas azarosa, esperimentando 
todos los vaivenes de la fortuna; sin embargo nuestra amis- 
tad sincera se habia mantenido intai^ta y sin esperimentar 
el menor cambio, pues siempre habi'a sido para mi el mismo, 
tan to en mi buena fortuna como en mi desgi*acia, mostr^n- 
dose jeneroso en todas ocasiones. 

Yo queria a este amigo como a un hermano, y tengo mo- 
tives para creer que su afecto era igual para conmigo; asi 
es que vi6ndome perseguido y por consiguiente miserable, 
no solo me asilo en sa casa, ocultdndome a mis enemigos, 
sino que me dijo estas palabras: "dispon como propio de 
cuanto yo poseo, y ya permanezcas aquf o ya te ausentes, 



i 



LOS pSdtBTOS DSL PtHEfiLO. * 79 

ml caja estar^ abierta para ti; y no tengas el menor escr^- 
pulo en tomar de ella caanto necesites, pues me dards con 
esto nn placer verdadero y-unapruebaineqnivoca de amis- 
tad;' 

El aolitario enJQg6 las Idgriinas que caian de sus ojos al 
evocar estos recuerdos, y sin pretender ocoltarsuconmocion 
dijo a Enrique: "no te admires, hijo mio, de ver Uorar a un 
anciano. Yo he presenciado y esperimentado muchas dies- 
gracias con ojos enjutos, pero lasacciones jenerosas y nobles 
me conmueven, y su sola memoria me enternece hasta este 
punto, sobre todo cuando no he tenido afeccion mas grande 
ni he conocido alma mas sublime que la de este amigo cuya 
pj^rdida llorar^ hasta el sepulcro, sin llorar todavia lo bas- 
tante." 

Enrique participaba de los mismos sentimitntos del soli- 
tario. Aquel dolor que se pintaba en la venerable fisonomia 
del anciano y que sus palabras y el tono de su voz revela- 
ban, £8 habia comunicado alj6ven de talmaneva, quellora- 
ba tambien . . . 

— Me agrada, hijo mio, dijo el antiguo coronel, tomando 
las manos de Enrique, verte sensible, y esto viene a confir- 
mar la buena idea que desde un principio me habia formado 
deti... 

Despufs de unrato de silencio en que el solitario parecia 
haberse reconcentrado en sf mismo, ya fuese para saborear 
la ternura de Enrique, que tanto le agradaba, o ya para 
recorder su penoso pasado', continu6 su historia, 

— Por espacio como de un ano permaneci oculto en casa 
de mi amigo y sin salir a ninguna parte, salvo de noche, que 
hacia-mis eolitarios paseos a laalameda, teniendo el cuidado 
de disfrazarme para no ser conocido. En este tiempo tave 
ocasion de tratar de cerca a la esposa y cufiada de mi ami- 
go, ambas dos j6venes distinguidas y de un corazon escelen- 
te; pero la izltima tenia una iraajinacion ardiente y al pare* 
cer apasionada y fant^stica: una de esas imajinaciones de 



80 -. LOS 8SCRS!r0S DSL PtrSBLO. 

poeta que ven el mundo tras un prisma seductor o sombrlo, 
segnn las impresiones que reciben. 

Yo qoise a esta niSa. En mi afeccion, paedo asegnrarlo 
ahora, no entraba el menor cAlcnlo, pues no era la codicia 
de 80 fortuna lo qne m.e guiaba, sino un afecto sincere y que 
mi noble amigo hubiera deseado ver feliz, aun cuando esto 
le quitara la administracion de los cuantiosos bienes de su 
cufiada; perp no 8ucedi6 asf, porqne ella, si bien tenia por 
mi estimacion, no Bentia carino, y me lo dijo nn dia que, 
enganada por las apariencias, le abri mi corazon. Nada ha- 
bia que pudiera herirme en su franqueza, porque su repulsa 
fu6 suave compasiva y digna, quitandome toda esperanza, 
pero dandome a la vez pruebas ineqoivocas de su aprecio y 
del afecto que sentia por mi en calidad de amigo, afecto 
que desapareceria al instante bajo el pi^ de amante. 

Comprendiendo la justica de sus razones y creyendoque 
desde ese momento no podia permanecer en la casa, porque 
desde ese momento mi presencia podria ser importuna, tra- 
te de retirarme y lo hice al efecto march4ndonie pocos dias 
despues al Peril, donde encontr^ el niismo dia de mi arribo 
una carta de mi amigo en que me decia que su cufiada le 
habia suplicado de poner ami disposicion la cantidad de 
diez mil pesos, encargAndole decirme que si la apreciaba en 
algo no le rehusara esa lijera manifestacion, pues de lo con- 
trario no tendria de mi la alta idea que se habia formado, 
sino que me creeria un hombre comun que no pie habia 
elevado mas alto que las preocupaciones vulgares, partici- 
pando de ese puntillo de delicadeza de que.se enorgollece 
la jeneralidad y que no es otra cosa que el simulaqro de la 
digiiidad. 

Conociendo aquella alma desinteresada y noble, acept^ 
sin verglienza y le escribi mi determinacion dandole las 
gracias. 

Su respuesta afectuosa, sen cilia y sobre todo, elevada me 
bizo llorar de gratitud y de amor, porque su noble repulsa 



tOS SECKET08 DEL PtTEBtO. 81 

talvez me habia hecho quererla mas: hai algunas veces dieseil- 
gafios que aaraentan nuestro carino en lugar de dismiouirlo 
apagarlo; sin embargo, ya yo estaba en una edad en que 
el juicio deja oir su voz sobre 1^ pasion; asi es que contuve 
los impetus de la mia, que me aconsejaba 'volver a Chile e 
ir a morir a sus pi^s ... 

VI. 

« 

Tres aSos permaneci en el Peril en esta 61tima ocasion; y 
aun cuando el gobierno de aquella repiiblica meofreci6 dar- 
me el grado de que gozaba en Chile, rehus^, porquo me fi- 
guraba que dentro de poco tiempo nos encontrariamos en 
lucha, y no queria halliarme en llneas opuestas a las de mis 
conciudadanos. Esta prevision provenia del conocimiento de 
los hombres y de los manejos de la politica, que me hacian 
preveer una guena entre ambos paises. 

Re'gres^ a Chile, siempre de inc6gnito, y ful, eomo era na- 
tural, a ver a mi amigo el mismo dia que llegu^ a Santiago. 
Este me recibi6 con carino; sin embargo me fu6 facil notar 
en el cierta tristeza que en vano $e empenaba eh disimular- 
me, porque yo le conocia tanto mas cuanto mayores eran 
sus esfuerzos para ocultArmela. 

La cunada de mi amigo, es decir, la nina a quien yo res- 
petaba y queria con la consideracion y el carino que no ha- 
bia espevimentado por nadie, tambien apareci6 a mi vista 
diferente de lo qiy^ la habia dejado, es decir, con una afec- 
tacion que no le habia conocido antes. 

La primera noche que tomamos el t6 en familia me fu^ 
facil conocer que las relaciones eran algo tirantes entre los 
diferentes mierabros de aquella casa, y mucho mas cuando 
vi llegar a un hermoso joven, de afables aunque altivas ma- 
il eras. 

La cunada de mi arnigo se sonroj<S algo cuando este des- 
conocido para ml entr6 a,\ salon, y mi amigo, tanto come 

TOMO n. ^ 



62 LOS SEciftKTosr del ptJeblo. 

Bu mujer, perdieron tambien el buen humor, la cual, con mi 
esperiencia de mundo, me hizo presumir que se eucerraba 
algun secreto. 

Yo, al llegar a esta casa, me install como en la mia pro- 
pia, tanto por las ofertas que recibiera en todas ocasione?*, 
duanto per mi afecto y por el hdbito que liabia adquirido 
de considerarlos como a mi sola y linioa familia, confianza 
que me agradaba y que estaba autorizado a ejercer en vista 
de sa repetida y franca ho^pitalidad; sin embargo, a pesar 
del verdadero carino que me manifestaban, no pude menos 
de notar que todos esperimentaban cierto modo de ser que 
se hallaba mui distante a la franca injeauidad con que ha- 
bia sido recibido y en que habia vivido antes en aquella 
casa. Quien estaba mas contrariada con mi presencia era la 
j6ven Canada de mi amigo, que llego en algunas ocasiones 
a manifestarrae cierta acritud, a despecho de su caricter 
bondadoso y de sus maneras altamente politicas. 

En vista de esto, sin retirarme de la casa y continuando 
viviendo en ella, observe una conducta mas retirada, resuel- 
to a separarme en el acto que notase que mi presencia les 
incomodaba; pero mi amigo y su senora seguian tratando- 
me con la misraa cordialidad, si bien con cierta reserva que 
llegaron a manifestarme no provenia de ellos sino de otras 
causas. 

Esto me di6 que pensar, y a la s'egunda visita de aquel 
joven de que ya te he hecho referenda, cai completamente 
en el motivo que causaba aquellos disgustps interiores. 

La situacion era tanto mas tirante y tanto mas embarazo- 
sa, cuanto que la fortuna era completamente de la joven 
cunada de mi amigo, y porque ^ste a la vez tenia que apare- 
cer como el jefe de la familia y hacerse respetar cuando ^1 
solo podia y solo deseaba hacerse querer. Esta penosa con- 
dicion en que estaba colocado agriaba su cardcter hasta el 
punto de hacerlo hipocondrico y misdntropo. 

Yo observaba sin decir nada, y no te ocaltar6 la repug- 



LOS SKC&BtoS DSL PUEBLO. H 

iiiancia que me causaba la visita de aquel estrafio, que, bajo 
las maneras mas caballerescas, ocultaba, segun mi opinion, 
el cardcter mas egoista, mas p6rfido y mas hip6crita. 

Sea presentimiento, o sea en virtud de otrosantecedetl- 
tes, mi amigo y sii esposa participaban de mis mismas. ideas, 
pero ocultando sus juicios a su hermana, a mi y talvez a 
ellos mismos, pues qaizd no se habian comunicado sus ob* 
servaciones el uno al otro, por tal, sin duda, de no compH- 
car mas lasituacion y de no amargarse la existencia recfpro- 
camente, por cuya razon cada uno de ellos habia concen tra- 
de en si sus ideas y pensaraientos. 

Nuestro elegante joven era asiduo; y si hemos de atener- 
nos a las exijencids de la mas severa politica, ^1 cumplia 
con ella, no habi^ndosele observado nunca el menor desliz de 
que pudiera darse por ofendida la susceptibilidad mas quis- 
quillosa; y siu embargo, bajo aquellas maneras finas, afables 
y corteses, yo creia notar el egoismo mas glacial y la mal- 
dad masrefinada; pero este j6ven era casado y con frecuen- 
cia venia acompanado de su mujer, lo cual desterraba hasta 
las apariencias de una sospecha. 

Como pasdbaraos, se puede decir, en faiiiiUa, la mayor 
parte de las noches, no pude menos de notar que la esposa 
de nuestro visitante se empenaba mucbo en hacer la corte 
a mi amigo, mientras el consorte requiebraba a la cunada. 
Eduardo, que este era el nombre de mi condiscipulo, ao 
hacia el menor caso a las gazmofierias de aquella coqueta, 
pero no sucedia lo mismo a su hermana politica, que parecia 
encantnda de los requiebros del marido, j6ven, como ya 
creo haberte dicho, mui elegante, y que gozaba de gran 
reputacion en la sociedad de esos fatuos y ociosos que pulu- 
lan en Santiago, considerandosele como un irresistible Love- 
lace, en-lo cual tenian indudablemente razon, pues a mas de 
una hermosisima presencia, era vivo, instruido, insinuante 
y sabia aparentar como nadie la honradez, la jenerosidad y 
hasta la virtud. 



86 LO* aCttWKM DEL PUBBLO. 

Estaa jwIabrasmeaorpreQdierou, haci^ndome pensar que 
habrla atgua raisterio; a^i ea que no pade meuos de escla- 
mar:— "^Qut? ha aucedido?" , 

— Doapaes lo sabrds, amigo mio, me contesLd; mieotras 
taoto, tt. debes venir fatigado con tan largo viaje, y seria 
bueno que te fueras a descansar. 

— De ningun mode, le dije; yo eatoi ncostumbrado a laa 
fatigas y he hecho la marcha con comodidad. 

— Qu^date entonces, nae conte9t6, y hablemoa de tns 
asantos. 

— lY por qu6 no de los toyoa, que son loa que me inte- 
reaan? le respondi. 

— Mas tarde. .. otro dia. ., me dijo; pero ahora no quie- 
ro acibarar el gusto que tengo de verte. 

Y como si tratara de desterrar un peiioso recuerdo, prtn- 
cipi6 a contarme los pasoa que habia dado para que no se 
me persigiiiera, refiridndome la entreviata que habia tenido 
coa Portalea y la promeaa que le habia hecho ^ste. 

Poco me interesaba todo aquello, pueaestaba preocupado 
con la eofermedad de mi amigo, y el estado en que lo veia 
no me dejaba pensai- en otra cosa, tratando de iavestigar 
int^^iormeote cudl podria ser la causa que en tan poco 
tiempo lo hubiese reducido a un estado tan deplorable. 

Notando, al fin, que no se encontraba en el apoaento su 
cufiada, pregnnt6 por elta; pero apenas habia pronunciado 
su nombre, cuando crei ver que el semblante de Eduardo 
habia cambiado, espresando rabia y tristeza: eato fu^ para 
mi como una revelacion, pues aun cuando ignoraba lo que 
podia haber sucedido, estaba seguro que de aqut provenia 
el mal. 

— Mi caBada no estfk con noaotros, me contestd Eduardo. 

— C6mo! Se habrA easado? di;e yo. 

— No, pero ha tenido el cipricho de entrarae a las monjas. 

— [De entrarae a las monjas! contest^ admirado. 

— Sf; pero mafiaua bablaremoa 'sobre esto. 



LOS SECBKTOS DEL PUSBLO^ 87 



VIIL 

Yo comprendi que era penosa para Eduardo esta con- 
ven^acion, y no insist! en ella, sino que me puse a hxblar 
iurnediatamente sobre otros asuntos, y al cabo de un rato 
consegul hacer sonreirse a mi amigo, milagro grande y del 
que me di6 las gracias con la vista su amante esposa. Alen- 
tado por esto y con el deseo de distraer a Eduardo, estnve 
mas locuaz que de costumbre y referl algunas an6cdotas 
graciosas que me habian pasado en mis campanas, consi- 
guiendo de tal modo divertirlo, que nuestro" pobre enfermo 
Be puso del mejor humor, lo que me hizo permanecer en su 
cuarto hasta las dos o tres de la manana, hora en que me 
retire para dejarlo descansar, sm embargo de que ^1 me dijo 
que podia quedarme, pues habia perdido el sueno. 

Su esposa me acompan6 hasta mi habitacion y me mo^stro 
su contento porque habia logrado hacer reir a su marido, 
no'dudando que esta distraccion influyera favorablemente 
en su salud; asi es que form^ el prop6sito de volverme lo 
mas chistoso que me fuera posible, aunque para ello tuviera 
que inventar algunas fibulas. 

Al dia siguiente, Eduardo se en contraba mejor,. habiendo 
conseguido dormir aquella noche, cosa que no le sucedia 
desde algun tiempo; y me hizo llamar para ahnorzar en su' 
cuarto, en compania de su esposa y de su tierna hija, que 
principiaba a hablar, haciendo las del'cias de sus padres. 

Yo me mostre alegre, y fueron tantas y tan variadas las 
anecdotas que les referi, que mi enfermo amigo y su esposa 
se rieron de la mejor gana. Los medicos llegaron coaio a 
las dos de la tarde y encontraron a Eduardo mucHo mejor, 
lo que anmento el conteato de su mujer, que priucipio a 
concebir esperanzas de que se restableciese, esperanzas que 
ya casi habia abandonado. 

Pero do9 dias mas tarde esta ilusion habia desaparecido, 



>^^ 



,'.^ >i$C)xST(.^ DKL PUEBLO. 






.,.,.> .s. *,..". -H'> it dfc:5iqae fi causa de la lectura de una 
, ^ .;».,. H .' I ^;* manana, que nos hizo desesperar de 

'. . -. ,^v;K^ sv^ r\\<t:\bleci6 un poco y me dijo de acer- 

,....v w nu v'.rn;^ haciendo al mismo tiempo retirarse a su 

^..^v; \ ^ nu MJH,,, Eduardo permanecio unos mementos 

;<:'iu'U\ v.\>a\o para reunir sus recuerdos y reconcentrar 

iK'i''. us y en seguida me dijo: 

^*Nv> hai e^peranzas de mi vida, ni te la- formes tu, pues 

u^ugo la st'guridad que he de morir en pocos dias; yo me 

v\^aoAH> y s^ lo que digo ... 

^'Vara cujilquiera otra persona, lo que voi a revelarte 
vsoria un motivo de disgusto, pero no una cosa que lo llevara 
al Si^pulcro; sin embargo, todas las naturalezas no son iguales 
y lo que para uno es un sentimiento lijero, para otros es un 
pesar prof undo y yo, soi de los liltimo^; por consiguiente, 
no te empefies en tratarme de probar que no tengo razon 
en abatirme, pues desde el moraento que ha sucedido, es 
prueba que mi temperamento, mi constitucion o mi caracter 
estd asi formado, y no hai argumentos que pre valezcan con- 
tra el, principal de todos: nuestra manera de sentir, de pen- 
sar, de ser ... 

*'No hd, muchas niches, preguntaste por mi cuSada y te 
respond! que habia entrado a la^ monjas, sin querer seguir 
mas adelante ni darte otra esplicacion hasta que yo creyera 
Uegado el memento oportuno de comunicdrtelo, y esto ha 
venido mas lijero de lo que yo habria deseado: pero la 
carta que Jie recibido hoi me hace anticiparlo, porque me 
ha causado tal impresion, que creo ha abreviado mis dias." 

Eduardo hizo una pausa y yo pude leer en su angustiada 
fisonomia el dolor oculto de su corazon ... 

En seguida, 'estendiendo la mano, me presento la carta 
que habia causado en ^1 tal impresion y me dijo: — "Lee." 

Yo lef estas cuatro lineas: 

"Eq indispensable que a la mayor brevedad me ponga 




LOS SECRETOS DSL PITSBLO. 89 

nsted en posesion de los bienes, que, segun escritara priva- 
da, ha dejado a mi <5rdea la senorita. .. si usted no quiere 
esponersc a iin escandalo. Conserve usted lo que ha tenido 
a bien acordar a ustedes y a su hija, pero necesito que me 
de usted cuenta de lo demas para darlo a mi vez cuando 
me sea pedida a su lejitimo heredero, 

GUILLERMO de" . • . 

Este era el nombre y la iirma del joven que yo habia 
visto meses antes en casa de Eduardo y que tanto lo con- 
trariaba. 

Viendo mi amigo mi perplejidad, porque no comprendia 
lo que aquella carta significaba, aunque presumia algo de 
grave y de fetal, me dijo: — "Es imposible qiie adivines 
lo que esto significa y la infamia que encierra, pero voi a 
esplicdrtelo." 

Y Eduardo continuo su narracion, poco mas o menos en 
los t^rminos que voi a referirtelo: 

'^Cuando tii regresaste del Perii, me dijo, ya hacia tierapo 
que este joven se habia introducido entre nosotros. Al prin- 
cipio faimos seducidos por su gracia, su jovialidad, sus bue- 
nos modales y su vasta instruccion, y lo recibiarnos con el 
mayor gusto, tanto mas cuauto que su 'esposa frecuentaba 
las raismas casas que mi mujer, donde se habian relaciona- 
do, no tardando mucho en venirnos a visitar con frecuencia, 
lo que me hace presurair que habia alguna relacion entre 
ellos, sobre todo, cuando ell-a me hacia algunog arrumacos. 

"No tardo mucho mi cuiiada en ponerse taeiturna, y su 
jenio naturalmente festivo se cambi6. del todo, viendosele 
alegre solo en aquellos momentos en que Guillermo perma- 
necia en casa, notando nosotros que ejercia cierto dominio 
en ella, Poco tiempo despues ya no nos fu^ posible dodar 
sobre el jenero de relaciones que existia entre am.bos y que 
habia favorecido indudablemente una criadallamada Anas- 



90 LOS SBCBIETOS DJSL PtTl^LO. 

tasia que fu^ introducida al servicio de mi cufinda mas o 
menos eu la ^p.oca ea quj Guillermo principi6 a visitar 
la casa. 

"Esto me coatriisto sobremmerj, pero esperaba reme- 
diarlo, cuando tuvo lugar un acontecimiento a que no me 
aguardaba y que ech6 por tierra todas mis determina- 
ciones." 

Por mi parte, hijo mio, dijo el solitario a Enri(|ue, dete- 
niendo el hilo de su narracion, pasar^ por alto estos hechos, 
basttfndote saber que la cunada de mi amigo, probablemen- 
te vlctima de la mas negra intriga y del engano mas vil 
pero mejor tramado, dispuso de su fortuna o de la mayor 
parte de ella en favor deeso tal Guillermo, como lo confirma 
la carta que ttj he referido, y se retir6 en seguida a un mo- 
nasterio, por cuyos acontecimientos, fuertemeiite impresio 
nado, contri-jo la enfermedad que en pocos dias lo arrastr6 
al sepulcro, llevdndose con el toda la amargura de su alma, 
que nunca revel6 por completo a su mujer, depoj^itaudo qui- 
zd nada mas que una parte en el seno de la amisttd; pues yo 
fui el unico a quien revel6 estos acontecimientos con algu- 
nos detalles quehan.quedado sepultados en el misterio, tal- 
vez para siempre. 

Despues del dia en que recibi6 aquella carta y en que 
tuvo conmigo la larga conferencia de la cual te he referido 
algunos hechos, su salud declin6 visiblemente, y cuando hu- 
bo arreglado sus asuntos, eu lo que mostr6 una actividad 
superior a sus fuerzas, lo vimos estinguirse sin proferir una 
sola queja, entre las caricias de su majer y de su hija, que 
no podian creer en un fin tan cercano. 

Puedo asegurarte que nunca he tenido un sentimiento 
igual, porque no habia conocido un alma mas dulce, mas 
tierna y mas jenerosa que aquella; asi es que interiormente 
hice el juramento de vengarloy solo pens6 en Uevar a cabo 
mi idea sin decir a nadie una palabra, ni a su propia esposa, 
a quien Eduardo habia ocultado gran parte de sus sufri- 



LOd SBCftJETOS BEL PUBBLO« 91 

mientos, para no legarle una herencia de odio irreconcilia- 
ble que habria acibarado su existencia. 

Hoi, es verdad, no pienso del mismo modo, porque consi- 
dei'O la venganza como una pasion mala, baja e indigna de 
las almas nobles y del grande ejemplo que nos legara Jesus 
en el Calvario; pero entonces no creia ni pensaba asf y hu- 
biera considerado cobardia de mi parte el no vengar la 
ofensa de mi amigo. 

Permanecf en la casa todo el tiempo que fu^ necesaria mi 
presencin, y me retir6 en seguida^ temiendo no fuera la po- 
bre viuda a ser vfctima de la maledicencia, como su esposo, 
ella y su hermana lo habian sido de la infamia. 



IX 



Ann cuando yo confiaba en la palabra de Portales, sin 
embargo temia las intrigas de los hombres de partido, y 
continue permaneciendo oculto, aunque no tanto como an- 
tes, pues salia de noche sin disfraz. En una de esas odasiones 
estaba sentado en el 6valo de la Alameda cuando vinieron 
dos paseantes a ocapar un sofd pr6ximo al mio, y en uno de 
ellos reconoci la voz de Guillermo, que hablaba alto y en 
un tono de jactancia. 

La conversacion que tenian los dos j6venes era sobre 
amores, pues sin querer escuch^ algunas de esas palabras 
vulgares de nuestros dandys, que dicen con ^nfasis: "rw hat 
mujer vtrtuoea'^^ iba a retirarme cuando oi pronunciar el 
nombre de mi amigo y de su cunada, a lo que se sigui6 una 
estrepitosa carcajada. 

La sangre me subia a la cabeza, y comprendiendo a lo 
que hacian referenda aquellos pisaverdes, me puse en un 
instante enfrente de Guillermo y le dije: "usted no es otra 
cosa que un mtserable^^^ y a la palabra acompan^ la accion, 
ddndole una bofetada a mano abierta en la mejilla, Guiller- 
mo furioso arremeti6 conmigo, pero entonces levant^ la 



92 LOS SJBCKETOS DEL PUEBLO. 

u>ano con toda fuerza y descargue sobre 6\ tan rudo golpe, 
que lo tire por tierra. Su amigo se inteVpiisc^ y me pregaa- 
to que con qu^ derecho obniba asi, a lo que le conteste que 
110 tenia esplicaciones que darle a ^1. En esto se levanto 
Guillerrao y le dije: "si usted no es tan cobarde como infa- 
me, puede encontrarme en ml casa, calle de las Rosas, nu- 
raero. . . pero este usted seguro que si no lo liace lo.escu- 
pir6 en la plaza piiblica. Aguardo a sus padrinos y dejo a 
usted la eleccion de las armas;" y acabando de pronunciar 
estas palabras me retire sin saludar ni al uno ni al otro, pe- 
ro con pausado paso para mostrarles que no les temia. 

Al dia siguiente por la maiiana viuieron dosjovenesa 
mi casa. Yo conoci el objeto de su visita y continue en mi 
ocupacion, hasta que dirijiondome la palabra, me dijeroA 
que venian de parte de Guillermo y que el desafio tendria 
lugar al dia siguente a las siete de la mafiana en la Pampi- 
11a y a pistola; yo les conteste que estaba bien y segui tran- 
quilamente concluyendo mi obra. Cuando hube terminado, 
mont^ a caballo y me diriji a Yungai a un tiro de pistola 
que alli existia, para asentarla mano^ como Uaman los due- 
listas, pues liacia tiempo que no me ejercitaba y no queria 
arriesgar mi vida iniitilmente. 

Esta arma me habia sido mui familiar, y vi con satisfac- 
^ cion que conservaba todavia alguna destreza. 

Hecho esta especie de ejercicio, fui a buscar dos antiguos 
militares que-habian e?itado bajo mis 6rdenes y que, como 
yo, se encontraban sin servicio. Les comuniqu^ el objeto de 
mi visita, refiri^ndoles lo sncedido sin decirles la causa ver- 
dadera, y se prestaron guatosos a servirme de testigos, di- 
ciendome que no tenian que averiguar nada de un hombre 
como yo, estando seguros de que cuando obraba asi era 
porque tenia razon. Di las gracias a mis antiguos caraaradas 
y me diriji a casa de la viuda de mi amigo, a quien no veia 
hacia algunos dias. 

La encontre triste, tristeza que ha conservado siempre, 



LOS SECEETOS DEL PUEBLO. \ 93 

pues nunca ha olvidado al apreciable j6ven a quien habia 
amado y que tan digno era de su carino; y a no ser por su 
hija talvez lo hubiera seguido al sepiricro . . . Cuando llegu6 
estaba con la nifla en las faldas y me dijo: '^Guzman, pen- 
saba en este momento en usted y en la araistad que le pro- 
fesaba mi marido, y creo que si yo muero servird usted de 
padre a mi hija," asi es, aniigo mio, que espero conserve 
listed su vida en obsequio de su difanto companero." 

Yo no encontr^ que responder, pues estaba tan conmovi- 
do, que no hice mas que prorrumpir en sollozos; pero ella 
comprendio y agradeci6 mi ternura. .. 

No s^ si algun presentiraiento le habria advertido del 
peligro en qu-e yo me encontraba; .pero lo cierto del caso 
era que yo habia ido a hacerle Aquella visita como cuando 
uno va a despedirse para un largo viaje; pero sus palabraa 
me habian impresionado de tal manera, que sent! haberme 
comprometido en un lance tan arriesgado, pues me hubiera 
gustado conservar la vida para uedicarla enteramente al 
servicio de aquella tierna criatura que habia quedado hu6r- 
fana casi al nacer. .. 

Nuestra conversacion fu^ trlste y solo nos ocupamos en 
recordar las virtudes de su marido, contdndole yo todos los 
favores que le habia debido en Espana y posteriorraente 
en nuestra patria, cuya relacion me escuchaba con gusto, 
pues ella no tenia raas satisfaccion que el placer triste de 
hablar de el y de rodearse de todos aquellos objetos que se 
lo recordaban ... 

Me retire al fin, y talvez noto en mi alguna cosa, p'orque 
al despedirme me mir6 con estraneza diciendome: "usted 
me oculta algp, Guzman." Yo me sonrel tristemente, bes^ 
a la nifia, hice un saludo a la madre y sali sin pronunciar 
palabra, porque temia que mi conmoclon revelase mi se-. 
creto. 

Habiendo llegado a mi casa puse en 6rden todas mis co- 
sas, qu€m6 alguna correspondencia, empaquet^ otra y me 



94 L03 SKCRtTOS DlL PtJlSLO. 

• 

pnse a escribirle a la vinda de mi amigo, aqaien dejaba de 
albacea y heredera, 09 de mi fortana, que no tenia, sino de 
algonos papeles importantes, esplic^ndole en mi carta una 
peqnefia parte de lo que ma habia obligaJo a desafiar a 
Goillermo. Hechas estas dilijencias, que creia indispen^ablea, 
me acost^ y dormi profundamente y tan sin preocupacioues 
como si al dia siguiente no habiera tenido que batirme. 



X. 



Tempi ano estuve en pie y me sent! ajil, signo para mi 
de buen aguero. Ea seguida fuime donde mis companeros, 
a quienes ericontre dispuestos para marchar. Tomamos un 
coche de alquiler que debia dejarno3 al fin de la calle del 
Dieziocho. 

Habian pasado quince minutos de la hjrafijada y temia- 
mos que ya no viniese mi advei^sario, cuaodo vimos apare- 
cer un magnifico coche particular que venia a todo escape, 
tirado por briosos caballos: era Guillermo y sus testigos; el 
coche fu^ despachado en el acto . . . 

Yo dej^ obrar a mis padrinos, previniendoles que acep- 
taba todas las condiciones; pero ellos acordaron con los de 
Guillermo que nos pondriamos a la distancia de veinticinco 
pasos, pudiendo tirar cada uno, avanzando sobre su adver- 
sario, cuando lo creyera conveniente. 

Medida la distancia e instruidos de las condiciones, nos 
colocamos en nuestro puesto, y a una senal de nuestros tes- 
tigos principiamos a avanzar. Apenas habiamos hecho dos 
o tres paso3 cuando Guillermo descarg6 su pistola: la bala 
paB6 silbando por mi oido sin tocarme; entonces levanto la 
mia, que habia conservado debajo del brazo, a la altura de 
mi vista, e hice fuego. Guillermo vacilo un momento y ca- 
yo; la bala le habia llevado una parte dj la mejilla izquier- 
da y salido por el oido, danando talvez el cerebro, pues 
mari6, segun supe posteriormente, dos dias despues. 



Mi ami go estaba vengado, pero yo tenia en mi concien- 
cia un remordimiento que he conservado hasta^hoi y que 
conservar^ hasta mi muerte. 

Talvez podrd parecerte estraflo esta manera de pensar en 
tin militar que habia corrido tanto3 peligros, visto tanta 
sangre y tornado parte en tantos combates; y mas estrano 
aun cuando habia sido en un desafio con armas igaales, y que, 
si bien la lei condena, el honor no solo sanciona, sino que res- 
peta y honra; pero yo, hijo mio, no he creido nunca ni justa 
ni lejltima la guerra, y he entrado en ella con repugnancia, 
a pesar de mi estado. Oreo que ninguna lei humana puede 
ir en contra de la lei divina. Oreo que el fallo de los hom- 
bres no destruye el mandato de DLo?, que ha puesto en 
nuestros corazones el amor a nuestros semej antes, ordendn- 
donos el cumplimiento de la fraternidad hasta con nuestros 
eDCmigos. Creo que no hacemos mas con nuestras guerras 
que periurbar el 6rdeu y la armonia en que estd cifrada 
nuestra felicidad, jy sin embargo, yo he obedecido y he se- 
guido las preocupaciones del mundo! Pero, amigo mio, pue- 
do asegnrarte que en mi larga cai»rera de soldado jamas he 
muerto a nadie sino en defensa propia, y por esta razon es 
que siento un remordimiento al recordar, y este recuerdo 
me viene con frecuencia, el fin de Guillermo. 

Cuando yo entraba en un combate, nunca hacia uso de 
mis armas, y no desenvainaba mi espada sino en un caso 
estremo, por cuya razon me hm Uamado siempre en el ejSr* 
cito oficial fildntropo, porque veian que no era cobardia, 
pues marchaba en primera linea y no huia el peligro, sino 
que era otro el sentimiento que me guiaba, sentimiento 
que eilos no ee esplicaban y del que se Servian en sus chau- 
'Zas amistosas para burlarse de mi, ddndome tambien el apo- 
do de espada virjen; pero no por eso dejaban de considerarme 
tanto o mas que si hubiera sido terrible en la accion, tron- 
chando con mi afilado acero las numerosas cabezas de mis 
enemigos. Sin embargo, hijo mio, yohecedido alas preocu- 



96 LOS SBC1L2T0S. DSL PT7XBL0. 

pacione8 del mundo siguiendo una carrera contraria a mis 
ipstintos y a mis ideas; y estos estravios, que debo conside- 
rar crimenes, son los que hoi deploro y que he tratado y 
trato ^de resai'cir en esta soledad con algunas buenas obra$». 
Dios me conceda la paz y el descanso, . 

Es una cosa singular, amigo mio, la que sucede en este 
mundo: todos los pueblos deploran la guerra y todos la 
practican; todos la condenan y todos la siguen; todos la 
anatematizan y todos se honran con ella y por ella, Uegan- 
do a considerar heroes a los mas grandes verdugos de la 
humanidad! Muchas veces, hijo mio, esta iuconsecueacia del 
mundo alivia mis sufrimientos, porque en algo disculpa la 
mia; pero yo he vuelto sobre mis pasos, mientras que nuestra 
pobre especie marcha todavia por ese reguero de sangre 
que Ueva consigo la destruccion y el estermiiiio! . .. 

iQu6 no pudiera decirte sobre esa fatal preocupacion que 
nos estermina y aniquila desde el momento que mata e inu- 
tiliza, destruyendo la mas grande obra de Dios, el hombre, 
y absorbiendo el sudor, la intelijencia y el trabajo de los 
pueblos! . .. Pero mil otras. voces han dicho lo mismo sin ser 
escuchadas!... y mil otros hombres han d(3splega lo el estan- 
darte de la fraternidad y de la paz si a que uingana nacion 
lo haya todavia seguido, sino que por el contrario parece 
que mientras mas avanzamos en civilizacion, mas se buscan 
y mayores son cada dia los medios de destruirnos, refindn- 
dose asi la crueldad desde que la.legalizamos con la prdcti- 
ca y con la ensenanza!" ... . , 

El solitario pareclo abismarse en sus reflexiones, y 
el mismo Enrique guardaba silencio, seducido por aquel 
lenguaje y aquel raciocinio que escuchaba por primera 
vez y que le parecia nuevo a la par que hermoso y persua- 
siv^o. 

"Mis reflexiones, continuo el anciano despues de un mo- 
meato, me han estraviado del hilo de mi narraoion, pero 
no me arrepiento do hab^rtelas Kecho, porque son talvez 



-•-^ 



tina 8imiente arrojada al drido terfeno de la vida, pero que 
el sol de la verdad paede fecandizar; y a ti, para quien se 
abren ahora las puertas de la existencia que tienes que re^ 
correr, pueden quizd serte dtiles: la esperiencia que viene 
corrijiendo nuestros errores, a todos aprovecha. 
Pero basta ya de filosofia, y entremos a los hechos. 

XL 

Nada teniamos ya que esperar en aquel lugar, y dije a 
mis companeros: — *'Lo que debemos hacer ahora es sepa- 
rarnos y tomar cada uno distiato camino, porque el haber 
venido con el coche basta aqui me da que sospechar y temo 
alguna emboscada; y ya saben ustedea que nuestra lei sobre 
este punto es terminante." 

Mis amigos fueron de mi opinion; dlles las gracias y nos 
separamos. 

Yo me diriji a mi casa con la mayor precipitacion; pero 
apenas habia abierto la puerta de mi cuarto cuando se pre- 
sent6 ijn oficial de policia y me dijo: — "Tengo 6rden, seHor 
coronel, de conducir a usted a la cdrcel/' 

^— ^Por qu^ motivo? pregunt^le yo, aun cuando ya lo in- 
feria, y ^1 me contest6 lac6nicamente: 

— Lo ignoro. 

— Mu6streme usted la 6rden, le dije. 

— Aqui estd, me respondiA, y sac6 un papel en que no se 
decia mas que tomarme preso y conducir me en el acto. 

Llegado a la cdrcel, me pusieron solo en un calabozo con 
centinela de vista. 

Ya no podia dudar de la causa de mi prision y solo sen- 
tia haber comprometido a dos pobrea oficiales que por ser- 
virme se habian espuesto a un lance tan peligroso; pero afor- 
tunadamente la acusacion interpuesta en mi contra di6 un 
jiro a mi causa que los salv6; y aun cuando esta acusacion 
era deshonrosa para mi, pues se me acriminaba de asesina- 
to, prefer! perderme y no desmentirla para ahorrarles la 



TOMO II. 



98 LOS SSQBITOS DBL PUSBLOi 

suerte que a ml me esperaba, y que ellos, en daso de divul- 
gar el hecho, debian partieipar. 

Dije, pues, sin rodeos B,\jue^ del crimen que yo era el que 
habia cometido el ^tentado por causas que no queria revelar^ 
y que no tenia complices, pero que pedia {inicamente ser juz- 
gado por el tribunal, que, aunque mas rigoroso, me corres- 
pondia, es decir, por oficiales del ejercito y de mi gradua- 
cion. 

Mi peticion era justa, y se formo el tribunal de militares 
de alta graduaciori para dar mi sentencia,qu^ yo no ignoraba 
cudl podia ser. Relius6 el defensor que me fa6 ofrecido y*me 
preseiiteyo mismo. 

Los oficiales que formaban el tribunal eran mis adversa- . 
rios polfticos, pues pertenecian al gobierno del jeneral don 
Joaquin Prieto contra quien yo habia tomado las armas; de 
manera que no habia esperanzas de salvacion, pero no era 
esto lo que yo queria, sino finicamente persuadirles que no 
eta un asesino y que no me degradasen, y asi les dije, poco 
mas o menos: 

"No vengo, senores, a defender mi vida, puesto que he 
confesado mi falta, sino mi honor. Estoi entre militares' y 
se que estos lo estiman en mucho para que no me compren- 
dan y para que no m^ concedan lo que voi a pedirles, si lo 
creen justo. 

''Mis jueces de hoi ban sido mis compafieros de armas ea 
otra ^poca, y apelo a su conciencia, apelo al conocimiento 
que tienen de mf, como miiitar y como hombre desde las 
gloriosas luchas de nuestra independencia, para que digan 
si han visto cometer, no digo un crimen, sino una accion 
baja y aun una leve falta, al coronel Toribio de Guzman 
que ahora se encuentra en el banquillo de los acusados; y 
aquel a quien no se le puede tildar con el mas insignifican- 
te desliz, porque no es delito el haber tenido y tener opi- 
niones diferentes a las vuestras, ^c6mo se le puede creer 
capaz de un asesinato aleve? 



LOS 8SCBET0S DKL PTTIBLO. 99 

*'Yo he muerto a ese hombre, e3 verdad, senores, y paga- 
r^ con mi vida la que he qaitado; pero no hai ningnno de 
ustedes, (tengo la concienciayo miamo)^ qie me juzgiie tan 
bajo y que tenga el pensamiento de que yo lo haya asesina- 
do cobarde y traidoramente. 

"No debo, ni puedo, ni quiero revelar mis secretos; pero 
por el honor mil i tar y por la espada que he cargado, os ju- 
ro, senores, que no soi un asesino, como se me imputa. 

"Ya 09 he dicho que no abogo por mi vida, de la que 
podeis disponer; pero 03 pido mi honor a nombre vuestro, 
a nombre mio y a nombre de mi madre, que me dijo, al 
dejar mi patria para ir a Espafia, a quien he combatido 
junto con ustedes: Has nacido de unafdmilia ilustre: trata 
de ser digno del apellido que llevas. pues esto me hard a mi 
muifeliz y hour ar as la memoria de tu padre j a quien debes 
dos veces la vida^ pues murio por salvarte la que te hdbia dado. 

"Yo no vengo, senores, a hacfer un vano alarde de noble- 
za, impropio del lugar y de la posicion en que me encuen- 
tro, e impropio tambien de nuestras instituciones republi- 
canas. Mis padres estan ya en la tumba y no pueden sufrir, 
pero yo respeto su memoria y quisiera acabar mi carrera 
en conformidad con las })alabras de mi madre. He aqui por 
que 03 pido no me degradeis; pues esta seria una injusticia 
que cometeriais y una pena ineficaz e inmerecida: quiero 
morir como mUitar y conlos honores de tal." 

Mis jueces parecian irapresionadbs en mi favor; me hicie- 
ron retirar con afabilidad y deliberaron un momento, des- 
pue3 del cual ful nuevamente llamado. El que hacia de 
presidente tom6 la palabra y me dijo, con una emocion que 
se empenaba en vano en reprimir y que le agradeci en el 
alma y le agradezco todavia: 

'•Coronel Guzman, tenemos fe en vuestra palabra. .. Mo- 
rireis como un militar y con todos los honores del grado 
que habeis obteiiido por vuestros leales ser^rioios prestados 
a la patria., •" 



100 LOS SIORBtOB DCL FUEBLQ. 

Yo no pude oir esta sentencia sin inmutarme. Me inclin^ 
profandamente para ocultar mi turbacion, di las gracias y 
pedi retirarme. .. Al salir vi que aquellas fisonomias seve- 
ras, casi duras por la costumbre de arrostrar el peligro y 
el h^bito de mando, espresaban claramente sus simpatias 
por mi . . . 

El dia siguiente, a las once de la manana, fal puesto en 
capilla, es decir, podia contar las horas que me quedaban 
de vida y hasta los segundos que, por el fallo de los hom- 
bres, me era dado todavia ver el sol. 

Ya sabes como mediante a tu padre obtuve la liber- 
tad; pero se me olvidaba decirte que antes de disfrazarme 
con los hdbitos de fraile para dejar aquel lugar destinado 
a preparar la victima para el martirio, escribi a mis jaeces 
las siguientes palabras, que trac^ a la lijera y con lapiz, de- 
jandolas sobre la mesa. 
"Senores jueces: 

Mi corazon eat4 lleno de gratitud hdcia vosotros por el 

fallo con que me honrasteis; pero no creo cometer una falta 

al aprovechar la ocasion de salvarme de una muerte segura 

e instil para el ofendido y para la sociedad, Viviendo tra- 

tar^ con mis buenas obras, de aplacar los manes de mi vfc- 

tima, de servir de algo a mis semejantes y de reconciliarme 

con Dios y mi conciencia, haciendo fructifero mi remordi- 

miento ... El coronel Guzman ha muerto, sin embargo, pues 

no ]fi vereis mas, y de este modo quedar^ vuestra sentencia 

cumplida . . .Si por desgracia se descubriera a mis libertado- 

res OS pido vuestra induljencia para con ellos, y lo que es 

mas, me ofrezco en garantfa, pues yo mismo me presentar^ 

ante vosotros para salvar la vida de los que con tanta abne- 

gacion la ban espuesto por mi. . . " 

XIL 

Ya te lie dicho que no sin algun temor salve las barreras 
de la cdrcel; porque el hombre, por mas que haya arros- 



LOB SXG&BTOS DIL PUBBLO. 101 

trado la maerte en los campos de batalla, siempre tiene 
apego a la vida; y no es lo misiuo morir en el calor y con la 
escitacion de un combate, que morir a hora fija . . . con toda 
8U calma, con todo sa jaicio y con toda su faerza: esto 
es horrible, amigo mio, y esto abate hasta a los mas va- 
lientes. 

Como ya sabes, al salir de la cdrcel me esperaba un co- 
che que me condujo donde una mujer, que vivia, como te 
he dicho, en los suburbios de la ciudad, donde permanecl 
oculto todo aquel dia, saliendo disfraiado en la noche des- 
pues de haberme dado la pequena suma que ya he enume- 
rado. El nombre de esta mujer, que tuve cuidado de pregun- 
tarle y que tengo inscrito en el libro es Maria Segovia, de 
quien no he oido hablar mas a pe3ar de mis recomendacio- 
nes espresas; pero nuestra pobre jente est4 siempre dispues- 
ta a practicar las virtudes mas herdicas, sin ostentaciou, sin 
esperar nunca recompensa y siguiendo por instinto este 
gran precepto que se hermana con la lei de Cristo, de don- 
de nace: haz el bien y no sepas a quUn. 

Yo he recorrido, hijo mio, muchos pueblos, y puedo ase- 
gnrarte que no he encontrado ninguno en que el sentimien- 
to de caridad est^ mas difundido y sea mejor practicado 
que en el nuestro. OjaU esa civilizacion egoista de los otros 
paises no nos invada, que asi alcanzaremos la verdadera 
ilustracion y seremos felices, porque la caridad es la virtud 
de donde todas provienen y la que estd Uamada a rejenerar 
el mundo, abriendo de par en par las puertas del templo de 
la sabiduria y de la gloria. 

En la noche me dirijl donde la viuda de mi amigo Eduar- 
3o, que, al reconocerme, fu6 tal su sorpresa, que casi se des- 
may6. Cuando la vi mas serena, le cont^ lo sucedido y la 
manera milagrosa como me habia escapade de la prision. 

Ella, despues de haberme escuchado atentamente con 
interes y con emocion, me d.ijo: que luego que habia sabido 
el hecho que tanto ruido causaba en la sociedad, habia adi- 



102 LOS SECBETOS DEL PUEBLO. 

vinado el motivo j habia recordado la espresion estrana de 
mi semblante en la ultima noche que me habia visto; que 
habia dado muchos pasos en mi favor hasta ir donde el 
presidente don Joaquin Prieto para -suplicarle me conma- 
tara la pena de muerte en un destierro perpetuo, pero que 
todo habia si do inutil, pues Giiillermo era considerado co- 
mo uno de los mas decididos partidarios de la admijiistra- 
cion actual; y que viendo lo infructuoso de sus esfuerzos, 
hacia tres dias que estaba postrada ante Dios pidiendole 
que me diera conformidad y me He vara a su santo reino, 
ya que era imposible salvarme en ^ate!.., y en seguiiJa 
anadio: ahora es preciso velar por su seguridad, porque de- 
ben hacerse muchas pesquisas, si bien los jueces, a quienes 
tambien vl, le eran a usted favorables y hubieran querido 
salvarlo si hubieran podido, lo que me hace creer que no 
se muestren tan dilijentes para aprehenderlo; pero de todos 
modos es preciso tomar precauciones grandes. Yo tengo, 
me dijo, una hacienda en la provincia de Oolchagua, que 
va hasta la cordillera y que podia servir de refujio inme- 
diato. Saiga usted ahora mismo para alld, pues aqui hai jus- 
tamente caballos y mozo y puede ponerse a salvo en el mo- 
mento. 

Yo agradeci su solicitud y acept^ su oferta, porque era 
justamente lo que pensaba y queria: vivir desconocido y 
ocupar un pedazo de terreno donde encontrar trabajo y 
tranquilidad; y aqui he hallado ambas cosas . . . 

— Entonces, esclam6 Enrique, justed est^ en la hacienda 
de la senora viuda de su amigo? 

— Justamente: aqui he vivido ya dieziseis anos; y en este 
retiro, donde cualquier otro hubiera encontrado el fastidio, 
yo he hallado la calma y pudiera decir la felicidad; porque 
aqui he aprendido a ser {itil a mis semejantes; aqui he re- 
flexionado sobre la vida; aqui he Uorado mis estravios; 
aqui he podido elevarme hasta Dios, admir^ndolo per sus 
obras y amdndolo por sus beneficios . , • 



LOS ftX«RBTOS >SL PUEBLO. 113 

El anciauo parecia inspirado, maaifestaado por el fuego 
de sus miradas la conviction profunda y la adoracion subli- 
me del fil6sofo y del creyente, granjedndose cada vez mas 
la admiracion y el carino de Enrique. 

El solitario continu6. 

Conveuido el plan con la viuda de mi amigo y aceptada 
8u oferta jenerosa, le dije que tenia que hacer una dilijencia 
indispensable y en la cual me demoraria una hora, y que 
a mi vuelta me pondria en camino. Ella no queria dejarme 
salir, pero yo insist!, no consiguiendo, sin embargo, el per- 
miso hasta que no le hube dicho el motivo, y cuando e'^ki 
lo supo, me dejo partir, apretdndome cordialmente la mano 
en senal de aprobacion. 

Mi objeto era buscar a uno de los amigos que me habian 
servido de testigos en el desafio y sobre el que podia contar 
con toda seguridad; pues a mas de su buen car^cter, me de- 
bia uno de aquellos servicios que un militar siempre con- 
serva y nunca olvida, 

Encontrele en su casa y esperimento al verme mas sor- 
presa y alegria de lo que yo esperaba, aun cuando, como te 
he dicho, contaba con su amistad. Dijele el modo como nae 
habia fugado y qui^n habia protejido mi evasion, y que el 
linica objeto que tenia al venir a verle era que me avisase 
inmediatamente si el sarjento Domingo Lopez era aprehen- 
dido, porque habia prometido presentarme en su lugar, y que 
exijiasu palabra de honor de decirme en cualquier tiempo la 
verdad, pues de lo ccntrario me haria un mal irreparable y 
no podria mirarlo a ^1 ni como amigo ni como caballero. 

— Esta bien, coronel, me conte3t6; puede contar usted 
con la seguridad de que le dir^ la verdad si acontece ese 
caso, que espero en Dios no sucederd; y el digno militar me 
estendi6 la mano como pan ratificar lo que acababa de 
decir. 

Yo, en lugar de tomarla, le abrf mis brazos y permaneci- 
mos asi por algun tiempo: la des^racia a to^os nos nivela, 



104 UM SSCKR08 DSL FUZBLO. 

y para ciertas almas ea el lazo mas faerte y mas sagrado 
que anuda a la amistad. 

— Digame usted abora, me dijo, d6Dde debo dirijirle la 
correspondencia y bajo qu^ nombre, pues sopongo.no nsar^ 
usted el suyo. 

— A la ciudad de Sau Fernando y a don Prudencio Fer- 
nandez, le contest^ « 

— Estd bien, y paede ser que no pase mucho tiempo sin 
tener el gusto de verlo nuevamente, porque todo cambia en 
este mundo y especialmente la politica, me dijo sonrien- 
dose. 

— ^No, amigo mio, le respondi; desde hoi el coronel Guz- 
man ya no existe y se separa de usted para siempre. . . 

— C6mo! ^por qu6? 

— Porque ya, si me conserva Dios la vida, cualesquiera 
que sean las revoluciones que traiga el tiempo, no aparece- 
r^ en la sociedad ni volver^ a ser militar; con que asi, diga- 
mosnos para siempre adios; y volvi a abrazarlo, hacidn- 
dome violencia para separarme de 61, que trataba de rete- 
nerme, 

Volvi a la casa de Eduardo, en donde todo estaba ya pre- 
parado. La sefiora al verme Uegar me dijo: "estaba Uena de 
sobresalto." 

— Paes ya ve que soi prudente, le conteste; pero ella me 
instd, sin embargo, para que me marchase en el acto; ddn- 
dome una bolsa Uena de oro, que en vano quise rehusar y 
quQ solo acept^ por no incomodarla o por no aparecer pe- 
quefio en aquellas circunstancias. 

Al tiempo de montar a caballo me di6 una carta, dici^n- 
dome: ''luego nos veremos." 

La carta que me entreg6 y que contenia otra para el ma- 
yordomo de la hacienda, don Pedro Murna, que era un an- 
ciano y sin duda padre del actual administrador, me reco- 
mendaba, ordendndole que me tratase como a ella misma y 
que me hiciese obedecer y respetar de todos los inquilinos. 



LOS SBCKSTOa BSL PUXBLO. 105 

La qae estaba dirijida a m{ no contenia mas que estas pala- 
bras: 

"Mi apreciado amigof 

Hai cosas que no se ocultan, sacrificios que no tienen pre- 
cio y favores que no se pagan: yo le soi deudora de uno de 
ellos, que jamas llenar^, pero usted encontrari en su satis- 
faccion interior la merecida recompensa, como tambien en 
el carino de mi Eduardo, que lo bendeciri desde el cielo, 
anadiendo las tibias oraciones de la trisle viuda de su amigo, 
que lo acompanarfin siempre." 

Esta sencilla carta, estas palabras tan cristianas y conso- 

Jadorasmehicieron un bien inmenso, figurdndoseme que 

principiaba mi perdon, desde el momento que aquella santa 

mujer se mostraba tan induljente, tan suave, tan cariflosa y 

tanbenigna... 

No te referir^ como fal recibido por el buen hombre del 
mayordomo, pues todo lo puso a mi disposicion; sin embar< 
go, como no me convenia ni entraba en mis gustos el per- 
manecer en las casas rodeado de tanta jente, recorri la ha* 
cienda y encontr^ este sitio salvajey pintoresco, que, estan- 
do en los confines de la hacienda y apartado de todos, me 
agrad6 mas que cualquier otro. Inmediatamente hice la 
demarcacion y puse peones para levantar una fuerte paliza- 
da que lo circunvalase. En vano el mayordomo me signifi- 
ed que me esponia en aquella soledad y apartado de todo 
recurso; yo persisti en mi idea, y he vivido en dl dieziseis 
anos tan feliz como puede serlo un hombre desenganado 
del mundo y que no conserva ninguna ilusion ni otra espe- 
ranza que la de Dios . . . pero esta es la mas grande de todas 
y me encuentro con ella mui satisfecho; pues nada iguala 
eii este mundo a esa consideracion infinita que nos arroba 
y que nos arrastra, desHgdndonos de la tierra para mirar 
hdcia el cielo, para entrar en esa eternidad de donde veni- 
mos y a donde iremos y cuyas misteriosas riberas nos es 
imposible distinguir ahora, pero que sin embargo es preci- 



106 LM ncanos bkl FtnBLo. 

so que traspasemos mas hoi o mas manana, sin qne nos sea 
permitido contemplarlas de antemano... jAi! hijo mio, 
macbas veces me veras apartarme de la hilacion de los 
acontecimientos para oenparme de lo qae pasa en mi inte- 
rior; con todo, ten paciencia, pues voi a prosegnir. 

XIIL 

Debo hablarte ahora de las preocnpaciones de la pobre 
J buena jente de estos contornos, que me considera, como 
lo habrds oido decir, nigromdntico o brujo. Todo ha con- 
tribuido a confirmarles en esta creencia, y hasta el infeli? 
Torcuato ha venido tambien a corroborar la opinion. El j^- 
nero de yida qne yo he Uevado, mi aplicacion a las cien- 
cias y con especialidad a la botanica, a la flsica y a la qui- 
mica, los ensayes que he practicado y practico y de que 
ellos no tienen la menor idea, las curaciones que he hecho 
y que creen sobrenaturales, el no pedir nunca el menor 
servicio, estando dispuesto para venir en ayuda de todos, 
la fertilidad del terreno que yo cultivo y sa variedad de 
productos en las distintas estaciones del ano, qne, por medio 
del trabajo y de la intelijencia, se consigue, la disecacion 
y preservacion de pdjaros y de animales, de que suelo ocu- 
parme en mis momentos de ocio, mi destreza para la caza, 
mis largas barbas y mi fisonomla impasible, el humo de 
mis hornos y hasta la ajilidad sorprendente de Torcuato, lo 
mismo que su deformidad, todo ha venido a hacerles creer 
que yo era un ser sobrenatural pero ben^fico, pues la espe 
riencia lea ha ensefiado que nada tenian que temer de mi 
y si algo que esperar, con todo, ellos se alejan mas de lo 
que debieran, y solo en Ultimo caso escuando recurren don- 
de yo estoi, sin embargo que me gustaria varies que me 
ocnparnn con mas frecuencia, pero es imposible quitarles 
las preocnpaciones que produce su timidez, las que Uegan 
hasta el punto que ninos y mujeres se esconden cuan< 



LOS SSCBETOS DEL FIJEBLO. 107 

do me ven y los hombres mismos me abordan con descon- 
fianza, pero esto ha producido un bien, pues ha contribuido 
a alejar de mi-toda sospecha. 

Ha habido veces que he salido de esprcfeso en tiempo de 
cosechas a recorrer los campos para prevenir a los pobres 
que guardasen sus granos, pues Uoveria al dia siguiente; y 
esta clrcunstancia y la realizacion de mi pron6stico, cierto 
para mi por la seBal del bar6metro, ha sido una de las prin- 
cipales causas que les ha mantenido en su err6nea creencia; 
y si hubiera querido esplicarles el fen6meno talvez hubiera 
sido peor, de raanera que he tenido que resignarme a pasar 
por lo que ellos me consideran, es decir, por un ser distinto 
a los demas. 

Para terminar mi larga relacion te dir^ que recibl varias 
cartas del amigo a quien habia encargado escribirme bajo 
el nombre de don Prudencio Fernandez, inforra^ndome de 
la suerte que pudiera correr el sarjento Domingo Lopez, 
sabiendo de esta suerte que tanto en el principio como des- 
pues no habia tenido este asunto ningun resultado que afec- 
tase a la libertad o a la vida de tu digno y virtuoso padre, 
noticia que hoi acabo de confirmar viendo al hijo que me 
asegura que vive, estd bueno y se encuentra feliz; de mane- 
ra que no me falta mas que demostrarle mi gratitud y es- 
trecharlo entre mis brazos; pero mientras Uega este caso, lo 
har^ con su hi^. 

Y el coronel don Toribio de Guzman, el antiguo h^roe 
de nuestra gloriosa epopeya, el sabio del desierto, el patri- 
cio por escelencia, apreto contra su corazon al simple artesa- 
no, al hijo del soldado, al hombro delpueblo! . .. porque no 
hai jerarquias donde hai virtud, sino que reina la fraterni: 
dad del Evanjelio y de la democracia, que es el espiritu de 
la doctrina de Cristo y la voluntad del Altisimo. . . 



La reaccion. 



L 

Enrique, como puede comprenderse fdcilmeDte por lo 
largo de la narracion, permaDeci6 todo el dia en casa del 
solitario, y cuando 8ali6 de ella se creia otro hombre; le 
parecia qae habia crecido, que tenia horizontes mas vastos, 
volantad mas decidida, entendimiento mas despejado j cq- 
razon mas humano y jeneroso. . . Aqaella Mstoria no habia 
sido solo para ^1 an acto de confianza, sino tambien on 
ejempio, una escuela, una doctrina, una ensefianza. .. Sas 
temores e incertidombres habian casi desaparecido, dando 
logarala esperanza; . y su dnimo, poco antes tan triste y 
abatido, se encontraba ahora alegre, fuerte, resaelto ... La 
transformacion operada en virtnd de ese contacto habia sido 
provechosa y rapida; asi es que, esperando cada dia mas 
mientras mayor fuera la intimidad, pidi6 Enriqae al solita- 
rio el permiso de visitarlo con frecnencia, a caya demanda 
accedi6 este con el mayor gusto, prometi^ndose en su inte- 
rior no menos provecho que el queobtuviera elj6ven, por- 
que en esta clase de servicios puede decirse que gana tanto 
el que da como el que recibe. 

De regreso a las casas de la hacienda, nuestro j6ven, lleno 
de regocijo, salt6 al cuello de don Pedro, que lo estaba espe- 
rando desde la tarde, pues no podia creer que se demorase 
tanto tiempo en casa de un anciano cuyos gustos no podian 
estar en armonia con los suyos, y que por de contado debia 
,aburrir8e pronto y volverse. 



LOS SlCftKtOS DSL ^mtbtO. lOd 

Despues de la cena, que estuvo alegre y que dar6 hasta 
mni entrada la noche, Enrique, en lugar de acostarse, se puso 
a edcribir a su hermana la siguiente carta. 

^^San Jorje, octubre 29 de 1860, 

Qnerida hermana raia: 

"Ayer fu6 tu cumpleafios y ayer fu6 tambien para mi un 
dia de felicidad. No parece sino que todo lo que te pertenece 
envolviera para mi la alegria y la dicha, pues hasta las ho- 
ras de tu nacimiento son un presajio de ventura . . . Ya se 
ve; viniste al mundo en loa instantes en que mi padre prac- 
ticaba una accion her6ica, envolviendo asi tu cuna con e^ 
sagrado velo de la virtud: por esta razon eres el orijen de 
nuestros bienes y el 6njel tutelar de nuestro pobre pero 
venturoso albergue. 

"Te acuerdas^ querida hermana, de mi carta anterior? Te 
acuerdas de la alegria y de la desesperacion que se ence<* 
rraban a la vez en ella? Pues bien, hoi ha desaparecido la 
Ultima, quedando solo la primera en mi corazon, pero no 
delirante como la esperimentS al principio, sino calma y 
reflexiva, pues las palabras de un santo me han confortado, 
ilustrdndome . • . Voi a referirte esta aventura maravillosa 
que parece un milagro y que se relaciona tanto con nosotros 
y especial mente con mi padre, a quien leer^ esta carta, por- 
que le interesa sobremanera, ddndole un placer inmenso, 
merecido y digno de' ^1. 

"Escusar^ detalles y solo te dirS que con motive de un 
incendio en los campos de esta hacienda, conoci a un ancia- 
no a quien la pobre jente cree brujo y del que me habian 
hablado tanto, que tenia gran curiosidad por verlo. El in* 
cendio se habia estendido considerable mente y amenazaba 
envolver en llamas los plantios y casas del solitario. El ad- 
ministrador mand6 a los inquilinos que alii se eucontraban 
que se dfrijiesen a apagar el fuego por ese lado, pero fu^ 
imposible hacerse obedecer, no por mala voluntad^ sino por 



110 L03 sEcurroa del pitxblo. 

temor; asi es qne ^1 y yo faimoa los tLnicos que nos encami- 
namos a contener al voraz eleraento. Nuestros esfaerzos no 
fueron en vano, pnes consegnimos apagar el faego por aque- 
lla parte; pero habiamos trabajado tanto, qne caimos ezdni- 
mes, y sin una bebida qne nos di6 el sabio anciano, no ha- 
briamos podido levantarnos del lugar en qne habiamos 
caido. Gondujonos en segnida a sn casa y nos hizo pasar en 
ella toda la noche, diciendonos que estaba seguro que, en 
el estado en que nos encontrabamos, sufrirfamos una grave 
enfermedad si nos empen&bamos en volver, mientras que 
permaneciendo alii y tomando unas boras de reposo no nos 
sucederia nada; de manera que nos vimos bbligados a acep- 
tar 8U hospitalidad, de lo que me regocijo infinito. 

"Habi^ndonos preguntado nuestros nombres, se fij6 en 
mi apellido, y despues de reflexionar me pregunto por el 
nombre de mi padre. Dijele su nombre y su estado y enton- 
ces manife8t6 tanta sorpresa como alegria, previni^ndome 
que volviera al dia siguiente, que era festivo, pues tenia co- 
sas importantes que comunicarme. 

"£sa noche, mi querida hermana, la pase en vela, p^rque 
estaba sumamente abatido, y antes de amanecer me puse en 
camino como para desechar mis pensamientos con la anima- 
cion de la marcha. 

"Ya me he detenido en mas incidentes de los que hubie- 
ra debido enumerar, y tratare de correjirme. 

''Cuando llega^ a las posesiones del solitario, ya fiate es- 
taba esp^rdndome, habiendo primeramente veuido delante 
de mi un muchacho deforrae, que se Uamaba Torcuato, su 
itnico companero. 

"Fui recibido con muestras ineqaivocas de afecto, me 
volvi6 a interrogar sobre mi padre, y luego sacando un libro 
me orden6 de leer. 

'^jCudl seria, Mercedes, mi sorpresa y mi alegria al ver 
en aquellos apuntes que el 28 de octubre de 1834, el misrao 
dia de tu nacimiento, habia mi padre salvado la vida al co- 



tOS SSCSEfOS DEL PUEBLO. Ill 

ton el don Toribio de Guzman, que estaba en eapilla conde- 
nado a muerte!...* 

" Ya ves^ Mjo mio^ me dtjo el noble y venerable anciano^ 
que hoi^ qiie es el natalicio de tu hermana^ es a la vez el am-^ 
versario de mi libertad y de la nueva existencia que debo a 
tu padre^ a quien no he vuelto a ver desde entonces^ pero a 
qute7i espero estrechar algun dia contra mi cora/zon. Dios le 
ha conservado a el para que sea testigo de mi gratitude y ami 
para tener la oportunidad de demostrdrsela. 

"Al leer esto, hermana querida, esjperiment6 una impre- 
sion inesplicable de satisfaccion y regocijo; talvez seria de 
orgullo al ver que tenia un padre tan bueno, pero no te 
sabr^ decirlo, sino que qued^ satisfecho, sintiendo al mismo 
tiempo una tierna aficcion por el hombre que habia recibi- 
bido el beneficio y que habia conservado frescos sus recuer- 
dos de gratitud, que daban indudablemente pruebas de 
nobleza de alma* en quien los esperimenta; y aun cuando no 
sea yo capaz de defiuir nada, talvez juzgo con acierto en 
fuerza dg mis sentimientos. 

"Despues de haberme instruido de lo mas importante, es 
decir, de lo que concernia a mi padre, me cont6 Su historia, 
y despues de haberla oido, despues de las reflexiones que 
^1 mismo hacia, he hallado que he crecido, porque esa na- 
rracion me ha instruido; sin embargo, ;cudn atras no estoi 
todavia! Porque parece que a medida que el horizonte se 
estiende, mas se aleja; y si he comprendido cosas que antes 
no se me habian pasado por la imajinacion, boi veo otras 
envueltas en una niebla impenetrable: la vida del hombre 
es talvez asi* 

"Nada te dir^ de la profundidad y sabiduria de este 
hombre, porque en verdad no podria comprenderlo ni sa- 
bria apreciarlo; con todo, no ho encontrado un ser igual, y 
esto que no he hecho mas que oirle su historia, mntilada en 
parte, porque he notado que ha guardado silencio sobre 
algunos acotttecimientos y que ha ocultado todo lo que con* 



Il2 Lot SlOBlAlOB DlEL ^tTEBLb. 

cierne a sns actos y segan creo lo que concierne a su cien- 
cia, porque a despecho de su modestia, ella parece brillar, 
pnes su luz penetr6 hasta eu mis tinieblas y su conversacion 
parece romper las cataratas de mi intelijencia. 

"Para mf, hermana querida, se me figura a un ap68tol, y 
cuando ayer me hablaba eobre el poder de la volantad, de- 
sapareciau mis incertidumbres, ensanchaudo el ^mbito de mi 
corazon y de mis esperanzas. .. Su doctrina es sencilla, com- 
prensible y profunda, y penetra a la vez que ilamina; y en 
pruoba de ello, ^no me encuentras tii misma, Mercedes, que 
he ganado? Por mi parte, como ya te lo he dicho, hallo en 
mi alguna diferencia; jno seria esta visible para tl? 8ea de 
ello lo que fuere, ^1 ejerce sobre ilil una grande influencia, 
una influencia irresistible, la influencia de la sabiduria y del 
bien, a tal punto que creo de antemano deberle mi rejene- 
racion. 

''Mucho me he estendido sobre este asunto, jpero no es 
cierto que lo merece? Sin embargo, jcuanto desearia saber 
de tu amiga! H^blame, Mercedes, de ella y nada mas que 
de ella, si no tienes tiempo bastante para ocuparte de los 
demas. Cu6ntame sus palabras, sus acciones, sus movimien- 
tos, sus miradas, dimelo todo, todo... mi ra que los mas 
insignificantes detalles son para mi del mayor interes, pues 
son nada menos que mi existencia . • . jSabrds darme este 
gusto? Si la vida Me tu hermano te importa, no le escasees 
lo que le alimenta... 

"jCuin alegre, cudn satisfecho no va a estar mi padre 
cuando lea lo que debe ver de esta carta! jCdmo deseara 
encontrarme a su lado para contemplar las emociones de su 
en^rjica, franca y sensible fisonomia!,,. Estoi seguro que Uo- 
rard... jQu^ dulces Idgrimas! Si me fuera a mi dado derra- 
mar igualesi ... Yo se las envidio, (?e las quiero, se las respeto 
y harto me enorguUezco de ellas!. .. 

"Y mi madre! y mi santa madre! ^c6mo va a abrazarlo? 
Pero ella debe estar en todos sus secretos y gozar ahora 



/^ 



! 



L08 utckm^n dil ptfXBLO. 11^ 

tinida con 6\ como de una accioo que pertenece a ambos. 

"No he esperado el recibir tu carta para dirijirte otra; 

haz til lo miamo, haalo siempre y te lo agradecer& en el 

alma ta hermano 

Enriqub." 

Naestro j6ven esperaba con ansia la llegada del domingo 
para recibir contestacion a sas cartas; pero este deseo^ si 
bien ardiente, no lo oprimia, paes las palabraa del solitario 
habian hecho renacer en ^1 la confianza que en diaa antes 
lo habiaabandonado: asison las peripecias o las alternativas 
a qne est^ sujeta nuestra movible eziatencia: pasamoa de la 
tranquilidad a la ajitiacion, del placer al dolor, de la segari- 
dad a la incertidumbre, casi en una misma bora; y en un 
mismo in^tante nuestras impresiones sucesivas modifican 
nuestro ser en sentidos opuestos, sin preceder las mas veces 
un largo intervalo. 

Esto le habia acontecido a Enrique con la primera carta 
de Mercedes, en que al mas grande deleite se habia sucedi* 
do la mayor angustia, viniendo tambien dstaa esperimentar 
una transformacion. Ah! si los hombres reflexiondsemos baa* 
tante sobre lo fujitivo de nuestros sufrimientos o de nues* 
tros deleites, no dariamos ni a los unos ni a los otros tan 
grande iraportancia, y la calraa de lasabiduria seria Arbitra 
de nuestros destinos, pues nos impediria precipi tamos en 
esa vordjine de distintas y ardiente^ pasiones cuyo fuego 
devora, derrite, si nos es permitido hablar asi, nuestra exis- 
tencia para no encontrar mas alld de nuestroj anhelantes 
deseos que el paramo del desengano. 

El resto de la semaua trabaj6 Eorique con alegria, pare* 
ci^ndole encontrar nueva fuerza y nuevo aliento en el recuer* 
do de la conversacion del anciano, con quien se prometia 
tener el domingo pr6ximo una nueva conferencia, por cuyi^ 



^ 



I 



114 LOS SliCREtOS DEL PlTlS&LO. 

razon anhelaba, la llegada de ese dia, proponi^ndose des- 
pues de recibir sus cartas en San Fernando, dirijirse a la 
morada del solitario. 

A pe3ar de la confianza que le habia inspirado, deseaba 
que la noche del sdbado terminara cuanto antes, y en su 
impaciencia Ir. creyo mas larga que las demas, pues las bo- 
ras parecen siglos cuMri«lo uno espera; (b» saerte que Enrique 
Umitio al machachc que dehia acoinpanarlo, aun cuando 6^te 
estaba to^lavia tranqnilamente durmi^ndo. El sirviente se 
ievanto a^ustalo, creyeado sucedia algina cosa de estraor- 
diisario, pues d siieno de las jentes del ca*npo no lesengana 
sobre la hora, siuo que despiertan por si misma-* en un mo- 
mento dado; asi es que el pobre muchacho se re3treg6 los 
ojo? para ver que era lo qur^ pasaba. Enrique lo niando en- 
sillar, diciendole que les araaneceria en el camino* 

Esta impaciencia de Enrique tenia mas bien por objeto 
el ganar tiempo, pues se decia el que de este nioj,io estarla 
de vuelta mucho mas temprano y podria gozar de la con* 
versacion del sabio anciano. 

Ill 

Cuando llegaron a San Fernando, no salia ailn el sol^ y la 
oficina del correo estaba por consiguiente cerrada^ lo que 
no habia previsto Enrique y lo quw indudablemente contra- 
tiaba su plan; pero se resolvi6, a pesar de su timid-.^z, a Ua- 
mar a la puerta de calle, que ya estaba abierta, porque los 
habitantes de nuestras ciiidades de provincia siguen la bue- 
na costumbre de levantarse siempre temprano aun cuando 
nO tengan que hacer nada. 

* Al llamado aali6 una muchacha, y Enrique despues de 
saludarla cpn carino, como para disculparse de aquella inco- 
modidad, le pregcmto si no vivia all! el senor director de 
correos. A la respuesta afirniativa de la criitda, "se 8igai6 la 
otra pregunta, de si estaria en pi6, y habi^ndole contestado 



LOS BBOBITOfl DSL PUJBBtO. 11!( 

tambien afirmativameote, eQtr6 al patio para hablar con el 
personaje que ya conocemos. 

Advertido por la rauchacha el administrador de correos^ 
de aquella visita tan matinal, 8ali6 a la paerta de ttno de 
los cuartos para ver qui^n eeria el que viniera a bnscarlo & 
semejante hora, y al momento reconoci6 al j67en del do- 
mingo anterior^ es decir, al arquitecto de la hacienda de 
San Jorje. 

-— Pase usted aJelante, caballero, dijo el administrador 
con un tono entre disgustado y curioso; ^qu^ se le ofrece a 
usted? 

— Sir vase ustel dispensarme, le contest^ Enrique; pero 
desearia saber si.tengo o no cartas. 

— Esta no es la hora, amiguito, de abrir la oficina. {De 
d6nde viene usted? 

— Vengo do la hacienda de San Jorje. 

— jDe la hacienda de San Jorje! Pero es preciso que tts* 
ted haya s^dido a las doce de la noche para llegar a esta 
hora! . • . 

— He salido mui temprano. 

— jYa lo creo! 

— Tengo que estar de vuelta luego. 

— Es decir que usted quiere que U entregue bus cartas? 

— Si usted me hace el favor. 

— Pero ya he dicho a usted que la oficina no estaba 
abierta. 

— Lo veo, sefior, pero le suplico . . . 

El tono humilde de Enrique desarm6 al empleado, que 
le dijo: 

— Pase usted adelante y har^ por usted lo que no hago 
pornadie. 

— Doi a usted las gracias, sefior. 

Y Enrique entr6 al cuarto del adnodniatrador. 

Este le ofreci6 en seguida un mate o un pocillo de agua 
caliente. 



116 LOS SBCKStOS DBL TXTStiLO. 

Enrique acept6 lo Ultimo, lo cual agrad6 al empleado, 
porque nuestra jente se complace en que se lea reciba lo 
que ofreeen, y asi continue ^ste con alegre semblante, des- 
pnes de haber llamado a la sirviente y recomendadole que 
trajese un pocillo de agua caliente con az6car tostada y c6s- 
caras de naranja: 

— Usted va a poner en su taza unas gotas de un rico 
aguardiente y ya verd como lo conforta: nada hai mejor que 
esto para una trastiochada. 

— No lo USD, sefior. 

— Sin embargo, amiguito, ya usted verd; — y mientras 
tanto, prcgunt6 el administrador de correos — ^c6mo van los 
trabg,jos? 

— Se adelantan cuanto esposible. 

— ^Y CDdndo vendrd la familia? 

— Lo ignoro, senor. 

— Es probable que no sea hasta que todo este concluido- 

— Lo supongo. 

— ^Y cuanto tiempo durara la obra? 

— Unos dos meses. 

— ^Entonces es una refaccion jeneral la que usted estA 
haciendo? 

— Todo ha sido preciso cambiarlo. 

— ^Quedardn las casas mui bonitas? 

— Asi lo creo. 

— Lo que es la plata! dijo el empleado con sentencioso 
tono. 

— Se hace cuanto se quiere, es verdad, 

— No hai como ser rico, amigo mio, para gozar y conse* 
guir-euanto uno desea. 

— Es cierto. 

Y en este es cierto dicho por Enrique habia tal inflexion 
de voz, que el digno administiador no pudo menos de pre- 
guntarle: . . 

— ^Desea usted mucho tener fortuna? 



LOl BKfKETOfl »SL PUSBU)* 117 

— Como todo el mundo. 

— ^Y tftlvez un poco mas que todo el mundo? 

— Quien sabe!. .. 

r -Tiene usted razon, porqiie esto es lo que vale. Yo, por 
ejemplo, si tuviese plata me iria a Santiago, haria edifioar 
un palacio y en poco tiempo seria nombrado diputado o 
senador, quizA ministro, porque todo esto se alcanza con el 
dinero. 

— Pero para esos puestos se necesitard de raucho talen- 
to . . . 

— lY qui6n no tieae talento teniendo fortana? 

— Yo creia que eran dos eosas distintas. 

— Se equivoca usted, amigo mio; el rico todo lo sabe; y 
el pobre es un tonto de capirote, aun cuando tenga mas 
ciencia que Salomon. .. Con que asl, no hai mas que ganar 
plata y usted vera si lo que le (Jigo no es un Evanjelio. .. 

En este momento entro la muchacha con el agua caliente, 
y nuestro obsequioso empleado sac6 de un esquinero un 
frasco que contenia el precioso Ifquido de que ya habia 
hablado a Enrique, y sin consultarlo, vaeio en la taza de 
6ste una buena porcion, dicidndole: "ya vera usted como se 
le compone el cuerpo." 

El j6ven bebi6 el contenido en sorbos, mas por compV- 
cencia que por gusto, y mientras tanto el administrador 
seguia diciendo sus sentencias sobre la fortuna, que, aunque 
triviales, las escuchaba Enrique con.cierto interes, ya por 
la edad del que las decia o ya por los pensamientos que lo 
ocupaban. 

El viejo empleado, satisfecho de la atencion que le pres* 
taban, continuaba siempre olviddndose del objeto de la yi- 
sita de Enrique, hasta que ^ste se vio obligado a recordir- 
selo, 

— Es cierto, dijo; anoche lleg5 el correo y habia eu efec- 
to una carta para usted, quo voi a tr«i4rsela. 

— Le estar6 mui agradecido. 



118 LOS 8KSXI0S DEL rUXBLO. 

— No hoi de qu6. 

y el administrador tom6 una Have y se diriji6 hficia la 
oficina, que estaba colocada en la misma casp. 

A poco rato volvi6 con una carta, que entreg6 a Enrique. 

Este la tom6, mir6 el sobre y la puso en el bolsillo con 
BeBales evidentes de satisfaccion. En seguida tom6 su som- 
brero yse despidi6, no siu haber prometido al erapleado que 
en otra ocasion tendria el gusto de permanecer mas tiempo, 
pues por el momento tenia mucha urjencia de volver cuan- 
to antes a la hacienda: 

El administrador lo acompano hasta la puerta, ofreci^n- 
dole la casa, pues habia quedado mui complacido de la 
atencion con que Enrique lo habia escuchado. 

Una vez que hubo salido de la ciudad, porque no queria 
ser visto, el j6ven abri6 la carta para leerla sin testigos; el 
contenido de ella era el siguiente: 

^^Santiago^ octubre 31 de 1850. 

''Mi querido Enrique: 

"Tus dos cartas me han llegado casi al mismo tiempo y 
no puedes tener idea del gusto que me han producido; \y 
sin embargo soi desgraciada! . • . Si, mi querido hermano, 
soi desgraciada, porque en pocos dias mas me abandonar^ 
Luisa. .. Esta separacion me entristece mas de lo que pue- 
des figurarte, porque no solo su vista me causa un placer 
inmenso, sino que creo que su amistad me proteje, preser- 
vdndome de la desgracia. .. jSi pudiera yo seguirla! Pero 
esto es imposible, porque jqui6n acompanaria a mis padres 
en su soledad? qui^n los consolaria de tu ausencia? Es en« 
tonces preciso resignarse. 

"jPor qn6 hai circunstancias en que, cualquiera que sea 
el modo como obremos, sentimos pesar? Qued&ndome con 
mis padres, en lo que debia tener placer, siento, sin embargo, 
dolor; y si me separara de ellos por seguir a Luisa, esperi- 



tdi SflC&ETOS DEL PUEBLO. 119 

mentaria remordimiento, 7 las sati'sfacciones de la amistad 
serian para mi un dogal. 

"jSepararme de Luisa! jSabes lo que es ella para mi? Es 
mas que mi hermana y mas que mi amiga, porque, aua siea- 
do casi tan j6ven como yo, es mi segunda madre, pues a 
ella le debo el cultivo de mi ^intelijencia y la pequena ele- 
vacion que tengo en mis ideas: ella haadornado mi esplritu 
engrandeci^ndolo, y con la finura y delicadeza de su trato 
como con su humilde orgullo, me ha ensenado la dignidad 
sin pretensiones y la modestia altiva de la mujer que sabe 
llenar su deber en la esfera que Dies la ha puesto, sin por 
esto degradarse ni sentirse humillada: esta es la transforma- 
cion que ha causado en mi el trato intirao de Luisa. jTiene 
tanto poder la virtud cuando la iuocula el carifio! 

"Yo tambien no me creo ahora la misma que era antes. 
Creo que me ha sucedido con ella lo que a ti te ha pasado 
con la conversacion de ese solitario de quien me hablas en 
tu Ultima carta' y a quien quiero y venero lo mismo que tix] 
porque, a mas de lo que me dices, he oido a mi padre alabar- 
lo y visto derramar abundantes Mgrimas por el; pero, per- 
witeme que me ocupe de mi amiga, antes de entrar a nar- . 
rarte el efecto producido por tu carta. 

"Te he dicho que estoi transforraada, y asi es la verdad; 
porque Luisa, sin cambiar mis inclinaciones, las ha ensan- 
chado y modificado de una manera favoraVjle: aLora veo 
mas claro, percibo raejor las cosas, aprecio las acciones, ten- 
go entusiasmo por las buenas obras, no solo por sentiraiento ^ 
sino por reflexion, y creo poseer mas reposo, mas concien- 
cia, mas ideas, sin que en este aprendizaje haya perdido na- 
da; y sin embargo, no soi la nina qae dejaste, pero soisiein- 
pre tu hermana que te quiere y que ahora te adora, porque 
sabe apreciarte. 

- "No contenta Lnisa con elevar mi espiritu, con empenar- 
se en ponerme a sii nirel, cosa que jamas coaseguiri^, por- 
que no puede haber nada que la i^^uale; no contenta con 



120 Um SKSSTOS DIL FUXBLO. 

esto, me ha ensenado el bordado, el dibnjo, la miisica, el 
caDto, con tanta constancia y con m^todos tan sencillos, que 
el aprender ha sido para ml una especie de agf adable juego 
en vez de un estndio penoso, y en la opinion de ella, he he- 
cho mni rdpidos progresos en to las estas cosas, diciendome 
alganas vpces que ya puedo ser 8u maestra; pero td com- 
prender^ que esta palabra no es otra cosa que una amistc- 
sa burla, pues nunca llegar^ a adquirir eatas dotes en el gra- 
do de perfeccion que ella las posee; con todo, yo he puesto 
de mi parte cuanto he podido, y para progresar mas en la 
m^sica y en el canto hice venir el piano de la quinta, en el 
que estndio noche y dia. Te digo que hice venir el piano, 
porque no pensamos habitar aquella casa hasta que no lo 
hagamos contigo. 

"jComprendes ahora mi afliccion? jQui6n reemplazari el 
Ingar de Luisa? Nadie, hermano mio, puede llenar este va~ 
cio, ni aun td mismo ... 

"La senora dofia Juana sigue indispuesta y esto es lo que 
motiva la ausencia de Luisa, pues los medicos hari ordena- 
do a la sefiora que se retire al campo, y ella tiene, como es 
natural, el deber de seguirla. iC6rao habia de dejar partir a 
8u madre a quien tanto ama! Y aun cuando no la amara 
siempre la acompafiaria, porque este es un deber sagrado y 
ella 68 esclava del cumplimiento de toda obligacion y con 
especialidad de aquellas a las que estd unido el afecto. 

"La semana entrante ya no ver^ a Luisa! ^Qu^ va a ser 
de mf, Enrique? Compad^ceme, hermano mio, y Uora con- 
mi go. 

"Mi padre, mi querido padre, ha sido el hombre mas feliz 
con la lectura de tu carta. Tu encuentro con el coronel don 
Toribio de Guzman, el sa'ber que todavia existe y que lo re- 
cuerda, la pintura que haces de ^1, todo, todo le ha hecho 
derramar abundantes Ugrimas; jpero qu^ l^imas!... Bien 
dices t4 que serias mui feliz en verter iguales!... !G6mo de- 
bia gozar 61! }ii madre j yo participiCbamos de sqs mismo9 



. LOS SECKISTOS DEL PUEBLO. 121 

sentimientosy estdbamos cada una a un ladp mientras 61 leia 
la parte de carta que yo le habia sefialado y que tei*inin6 
abrazdndonos y dici^ndonos: — ^'Eitees eldia mas hcrmoso de 
mi vidar En seguida se puso a cantar, a reir, pidi6 un peda- 
zo dejamon y se tom6 unabotella de vino, con una cara tan 
satisfecha, tan inspirada, que me parecia a un santo en todp el 
espl'endor de su gloria... jComo embellece la virtud, Enrique! 
Bien me ha diclio Luisa que la bondad se imprirae y se re- 
fleja en el semblante... 

"Pero ya que vuelvo a hablarte de ella, te dir^ franca- 
mente, (gy por qu^ no habia de serlo contigo cuando sabes 
que solo me iuteresa tu bien!) te dire que mas me gusta tu 
incertidumbre primera que tu confianza posterior, porque 
para aspirar a Luisa se necesitan muchos m^ritos y relevan- 
tes cualidades; ^y estds tii seguro de tenerlas? La voluntad 
no me parece lo bastante, mi querido hermano; pues si asi 
fuera,^quien no desearia entrar en poseaion de ese tesoro, 
y qui^n no lo obtendria si solo esto se exijiera? Entonces 
son ihdispensables otros requisitos; y si bien yo estoi per- 
suadida que eres bueno y virtuoso, talvez no e3 esto lo bas- 
tante, sino que es preciso Uegar hasta lo sublime. 

"Ya ves, Enrique, que raciocinio mucho ma^j que antes y 
puedo esplicarme con mas soltura; ^no lo encuentras asi? 
Creo que serds de mi opinion en vista de esta carta; ^pero 
es ella el resultado de mi intelijencia? No, hermano mio, 
sino que es el efecto de esa hada a quien t4 idolatras y a 
quien debes rendir culto, porque es, sin la menor duda, al- 
guna divinidad o algun anjel bajado a este mundo para el 
consuelo de los hombres y especialmente para nuestra pro- 
, pia felicidad. ^ 

^'^Quieres que te diga un peusamiento que se me ocurre 
y que tiene referenda al modo como acabo de espresarme? 
Pues bien; Uego a persuadirme en ocasiones que Luisa no 
es reatmente de este mundo, sino que las virtudes de nues- 
tros queridos padres la han hecho, por medio de sua oracio- 



123 LOS SIOBSZOS BKL FUBILO. 

nes fervorosaSy descender del cielo para protejemos en la 
tierra; porque de otro modo, jcomo comprender la simpa- 
tia que nos une, criada en tan poco tiempo, y los beneficios 
que nos han hecho sin merecerlos? Enrique, Enrique, ten 
mas desconfianza de ti mismo, porque es preciso que, como 
ella, dejes de ser hombre y te transformes en &njel; pero de 
todos modos rindele el culto que merecen sns virtudes y la 
admiracion que necesitan su belleza y bus cnalidades. 

''Se me olvidaba decirte una cosa que me 11am6 la aten- 
cion, ^a la cual no me quiso contestar Luisa por mas que se lo 
pregunt6. 

"Has de saber, Enrique, que lelei la parte de tu carta en 
que se refiere a la accion de mi padre y a tu encuentro con 
el coronel Guzman. Luisa mostr6 mucha sorpresa y me dijo 
repetidas veces si iii estabas trabajaudo en la misma hacienda 
en que se encontraba el sabio y santo varon de que me has 
hablado; y cuaudo le contest^ que si, como eUa misma podia 
juzgarlo por la carta, se qued6 por un momento pensativa, 
esclamando despues: — ^^Los designioa de la Providencia eon 
incomprensibleSy^ no pudiendote decir yo a que se referian 
estas palabra3 sueltas; sin duda eran motivadas por el mi- 
lagroso encuentro del hijo del sarjento Lopez con el coronel 
don Toribio de Guzman, a quien ^ste habia libertado; pues 
se espres6 en seguida con mucho entusiasmo en favor de mi 
padre, diciendome que esto contribuia a que me quisiera 
mas, aun cuando pensaba que sa carino paraconmigo habia 
llegado al ultimo estremo, ' siendo mui dificil que fuera mas 
alia... jY pensar, querido Enrique, que estoi obligada a se- 
pararme de ella!... 

"Escusado es que te escriba todo cuanto mi padre me ha 
dicho para que se lo comuniques a su coronel^ como 61 lo 
llama, porque basta que le hagas presente sus sentimientos 
y la felicidad que ha esperimentado al saber que existia y 
que estaba bueno y vivia feliz, — y el senor coronel, que co- 
noce a nuestro padre, sabrd apreciar esto en sa justo valor. 



V 



LOS SKO&ferOS DBXi PT7XBL0. 123 

"No quiero terminar esta carta sin espresarme sobre un 
solo pnnto que me ha desagraJado en una de laa tuyas. 
^Por qu6 tienes tan mala opinion y por que prejuzgas tan 
desfavorabl^mente de una persona que no conoces? Hablo de 
Victor, que te infande temores. ^Qu^ motivo tienes para esa 
desconfianza ultrajante? Su talento, su jenerosidad, sus vir- 
tudes, la finura de sus modales, su comportacion digna de 
todo elojio, jmerecen acaso la sonibra de una sospecha? jY 
qu^ fin podria proponerse en enganarnos, finjiendo todo 
esto? Si til lo vieras, si fueras testigo de sus actos, tu opi- 
nion cambiaria y serias su mejor amigo. A nosotros nos 
colma de atenciones tan delicadas, que no podemos menos 
de estarle agradecidas. Mi padre lo quiere mucbisimo, mi 
madre lo raismo y yo no puedo menos de apreci,arle. jPor- 
qu^ serias tu el 4nico que, sin conocerlo, difirieses de opi- 
nion? Espero que cuando vengas seas mas entusiasta que lo 
que lo somos nosotros y le pagues en (tfecto la desconfianza 
involuntaria que^ me has manifestado. 

"Si te parece, Enrique, hacer presente mis respetos al 
solitario ilustre con quien hashablado; dile que emanan de 
una alma agradecida por las bondades que te ha manifes- 
tado. 

"Me he estendido mucho y quisiera ann escribirte mas; 

mi carta es larga y al mismo tiempo mui corta para cuanto 

tengo que manifestarte; suple, pues, con tu pensamiento a 

todo lo que deja de espresarte mi pluma, y asi leerda mejor 

en el corazon de tu hermana 

Mkroboes ." 

IV, 

• 

Enrique, admirado al ver los progresos de su hermana, 
estaba a la vez contento con lo que ^sta le decia en su carta 
si bien es verdad que sentia mucho y esperimentaba alguna 
inquietud por la separacion de Luisa y Meruedes^ figurdn- 
dose que la ausencia podria enfriar la amistad; sin embargo, 



12i LOS SSCKBIOS BIL FUXBLO. 

se.consolaba al pensar que no seria de larga daracion y qne 
on afecto de esa natoraleza no se borratan fdcilmente. 

Entregado a estas refleziones y a machas otraa que se re- 
lacionaban con sa sitaacion y con sua esperanzas, dirijia sa 
brioso corcel con paso lijero hicia la apartada mansion del 
solitario. 

Cnando bubo llegado a las casas de la hacienda orden6 
al sirviente qae lo acompanaba de qaedarse alii y el contina6 
solo sa camioo, sin detenerse a hablar con nadie. 

El noble anciano esperaba a Enrique desde mni tempra- 
no y ya creia que ^ste no Uegase, pues estaba algo avan- 
zado el dia, cuando se aparecio repentinamente nuestro 
j6ven. 

— Que tarde vienes, hijo mio, dijo el antiguo coronel con 
afable semblante. Te he estado esperando desde el amane- 
cer, creyendo que vendrias a esa hora, y pensaba en este 
momento mandar a Torcuato a las casas para que se infor- 
mase si no habia sucedido algo. ^ 

— Le agradezco, seQor, el interes que se digna manifestar- 
me, Habria venido, en efecto, mui temprano, si no hubiera 
estado obligado a ir a San Fernando. 

— [A San Fernando! ^Y ya estas de vuelta? 

— Sf, senor; esperaba que me escribiesen de casa y ful en 
busca de mi carta; sin esto habria estado aqui quizd antes 
del tiempo en que usted me aguardaba. 

— ^Y has tenido alguna correspondencia? 

— Si, y en ella me hablan de usted y del contento de mi 
padre al saber que existia. 

— jPobre Domingo! Creo que habra tenido gusto cuando 
le habr^s dicho que todavia vivia su protejido. 

— Y tanto, senor, como era de esperarlo de su corazon: 
aqui traigo la carta de mi hermana en que me habla de esto; 
jquiere usted que se la lea? 

— Con el mayor placer, hijo mio. 

Enrique ley6 el pasaje en que se hacia referenda a este 



LOS becHetos i)Et. PtrfiBLO. 125 

asnnto. .. y dos gruesas Idgrimas corrieron por las tostadas 
mejillas del viejo coronel. 

— ^Todo es grande en tu padre, esclamo don Toribio de 
Gazman despueg de haberse serenado nn poco; su buen co- 
razon corre a la par con su humildad, pero Dios ha sido jnsto 
habi^ndole dado por recompensa dos hijos como ustedes. 
Dime, Enriqne: ^d6nde ha sido educada tu hermana? Lo que 
me has leido de esa carta prueba mucha instruccion, mucha 
sensibilidad y mncha intelijencia. 

— Mi hermana, sefior, ha recibido su educacion en un 
pobre colejio municipal, pero ha sido siempre muiaplicada 
y el ejemplo de mi madre ha formado su corazon, viniendo 
"tltimamente a completar el cultivo de su intelijencia el tra- 
to Intimo con una amiga, que es mas bien un dnjel de bon- 
dad, de belleza, de gracia y de sabiduria. 

El anciano miro a Enrique de tin modo penetrante, como 
si quisiera de&cubrir el pensamiento intimo del j6ven, y en 
seguida le dijo: 

— jCon qu^ entusiasmo hablas de la amiga de tu herma* 
na! jMucho tiempo a que la conoces? 

— Solo una vez la he visto. 

*— jSolo una vez! ^Y como la juzgas? 

— ^No sabre declrselo, pero creo que hai personas a quie* 
nes basta verlas para apreciarlas, esperimentando en nues- 
tro interior un sentimiento que nos arrastra a ellas: lo mismo 
me ha sucedido con usted. 

El coronel Guzman puso su mano con natural familiari- 
dad en el homtjro de Enrique y le dijo: 

— Tienes razon: hai simpatias que nos arrastran sin darnos* 
cuenta de ello y obedecemos a una lei oculta que nos go- 
bierna sin que la comprendambs. . . Pero a esa senorita, 
puessupoDgo que es j6ven desde el moraento que es amiga 
de tu hermana, ^por qu^ no la has buscado para conocerla . 
mas? 

— Porqufe . . • porque . . . porque hai una diferencia inmensa 



126 LOS SSOBETOfl DSL PtTBBLO. 

entre ella y yo; . .. y porque a los poco3 dias de haberla co- 
nocido me vf obligado a partir. 

— Comprendo el impedimento Mtimo, pero no el prime- 
ro; paes siendo amiga de ta hermana, las condiciones de 
ambas deben ser p>oco mas o menos las mismas. 

— No, senor; ella es noble, instruida^ rica; mientras noso- 
tros somos pobres, ignorantes y plebeyos, siendo naestro 
padre nn simple soldado. «. 

— ^Te averguenzas de tu orfjen, hijo mio? Qaieres tener 

otro mas ilustre? 

» 

— Ah! no. .. jamas. .. por nadie cambiaria a mi padre. . . 

— Tienes razon . •. Hai pocos hombres que sean tan nobles 
como tu padre, aun cuando Ileven apellidos altiaonantes: la 
nobleza estd solo en el corazon y no en los vanos titulos de 
una hidalguia vana y muchas veces ridfcula; sin embargo, 
me estrana mucho, porque conozoo el mundo y sus preocu- 
paciones, la amistad intima dedos jdvenes cuya clase y po- 
sicion son tan distintas. 

— Asi es, senor: esa amistad no habria existido jamas sin 
nn acontecimiento casual. 

— ^Quieres referfrmelo? 

— No tengo inconveniente. 

Y Enrique cont6 al anciano con la mayor naturalidad 
y sin darle la menor importancia, el suc3So del coche, ocul- 
taudo, sin embargo, la impresion que 41 habia recibido y el 
afecto tan grande, la pasion tan irresistible que desde ese 
momento naciera en su corazon. 

— Ahora comprendo, repuso el coronel; y despues de una 
pequena pausa, anadi6: pero esa seSorita debe tener un tacto 
mui delicado y un alma elerada para ofrecer su amistad a 
tu hermana y no darte a ti ninguna recompensa por haberle * 
salvado la vida* 

Enrique se ruboriz6 al oir la reflexion del solitario; y 
luego, haciendo un esfaerzo sobre si mismo, dijo al coronel: 

— Yo recibi en el mismo instante mi paga^ sefior, paga 



^ 



tOS SSCllStOS DSL PXTSBLO. 127 

que habria rehiisado si no Lubiera venido acompafiada de 
ciertas palabras. 

— ^Recibiste una recompensa? repuso el anciano con ci^r* 
to disgusto que le fu^ insposible dominar. 

- — Sf , y es ^sta . . . 

El j6vensac6 del bolsillo del cbaleco un pequeSo envoi- 
torio, y desdobldndolo cuidadosamento, present6 al coronel 
don T^ii-ibio. de Guzman el heruioso anillo que Luisa Valdea 
le habia obsequiado el diezinueve de setiembre^ vali^ndose 
del conducto de Mercedes. 



V. 



Al ver la sortija, el anciano se 8orprendi6, tomdndola 
precipitadamente de manos de Enrique para examlnarla 
mejor. For largo tiempo qued6 coatempUadola sin decir 
palabra, y con trd cuidado tniraba aquella alhaja, que el j6- 
ven no pudo menos de estranar a su vez la sorpresa del 
soli tar io, y asi le dijo: 

— s-^Le parece a usted mui hermosa? 

— Es una alhaja de mucho valor, contesto el anciano, de- 
jando ver claramente la preocupacion de su espiritu. 

— No conozco, senor, el precio de esta joya, contestcS En- 
rique, ni me interesa saberlo: no la he recibido ni me la 
ban dado sitio como un recuerdo, y en calidad de tal es como 
yo la aprecio: no me desbaria de ella por ninguna cantidad 
de dinero cualquiera que fuese» 

— Noble corazon, esclam6 el solitario; perd6name la sos* 
pecha que habia concebido al priacipio, pensando que ha- 
bias cedido al interes, recibiendo una recompensa pecunia* 
tia en pago de tu arrojo, que pudo mui bien costarte la vida; 
pero dime: ^sabes el nombre de esa senorita? 

— Si, senor: se llama dona Luisa Valdes. 

— Luisa Valdes! repiti6 el coronel pausadamente. 

— Si, dofia Luisa Valdes, y de ella me habla Mercedes en 



y 



128 IX)f ffiECKSTOS BEL PUCBtO. 

la carta que he recibido hoi. ^Qaiere nsted que le lea la 
parte que se reflere a esta seflori ta? 

— Escnsado es que me lo preguntes. 

Enrique volvio a desdoblar la carta de su hermana y leyo 
pausadamente pero coamovido, todo cnanto Mercedes decia 
de Luisa, dejando a un lado los parrafos en que se referia a 
^1, porque entonces habria divulgado el secreto de su amor, 
que tanto interes tenia en ocultar a todo el mundo; y 
aun cnando el solitario le inspiraba carifio y confianza, no 
queria revelar un sentimiento de que el mismo se ruboriza- 
ba, por creerse indigno de la persona que se lo inspirara. 

El coronel Guzman escucho con muestra del mayor in- 
teres los trozos de aquella carta sencilla, tierna y elevada, 
en que se demostraba la gratitud unida a la admiracion y 
al afecto mas apasionado, y asi no pudo menos de esclaman 

— Esos dos dnjeles no debian habitar este mundo de tan- 
tos desenganos y de tantas miserias... Dios vele sobreellos... 

Y los ojos del ilustre anciano se fijaron en el cielo como 
impetrando del Altisimo su proteccion misericordiosa para 
aquellas dos d^biles y hermosas criaturas. 

— Varaos, hijo mio, prosiguio, tomando de la mano a En-^ 
rique: cada dia se aumentan los motivos que tengo para 
apreciarte y para quererte, y si ahora los dejo ocultos, tal- 
vez no estd distante el tiempo en que te los re vele del todo, 
pues me parece distinguir el dedo de la Providencia en 
cuanto me has dicho y en cuanto se refiere a la familia del 
sarjento Domingo Lopez. .. 

— No creo, senor, haber comunicado a usted nada de es- 
traordinario, 

— No existe en el mundo nada de sobrenatural, es verdad; 
y sin embargo, hai acontecimientos, hai relaciones que pa- 
recen providenciales, y una de ellas es el encnentro que he 
tenido contigo y las circunstancias que le han sucedido; sin 
61, talvez yo no hubiera tenido nunca la ocasion de mqstrar 
mi reconocimiento a tu padre, pagando en el hijo la deuda 



tos naaoftoB biez. tvwKA. 129 

eontraida con aqnel; porque^ desde este momento^ mi que- 
rido Enrique, eres mi heredero, no de utiA fortuna que no 
pos6o, pero si de la esperiencia y conocimientos que he ad- 
qnirido en mis largos afios a costa de mil sacrificios y que 
t^ enseSar^ fdcilmente y en poco tiempo, pues lo que mas 
cuesta es la esperiencia, aprendi^pdose muchas voces en una 
hora lo que ha costado a la humanidad tardios siglos. 

— Usted me hace un favor inmenso, sefion Si supiera us- 
ted el deseo que tengo de adelantar, y mas que el deseo, la 
necesidad, comprenderia la importancia de lo que me pro* 
n^ete por la magnitud del servicio. 

— Parece, hijo mio, que tienes ambicion; ya en vez pasa- 
da crei haber notado lo mismo. 
— No lo niego, ^esacaso malo? ' " 

— Segun el fin que la determina; pero de todos modos 
es preferible no ten,erla, sin destruir por esto el estimulo 
que nos empuja al adelanto. 

^ — Sin embargo, yo necesito. .. tanto, tanto, que quizA 
nunca alcanzar^ a obtbnerlo! ... 

— jTan joven y tan ambicioso! ^Qa^ es lo que quieres? 
— En primer lugar dinero . . . mucho dinero . . . 
— ^Es posible? El espfritu del siglo ha ganado ya tu co* 
razon! Tan temprano! \y ya estd corrompido! dijo el ao^cia^ 
no con cierto disguato. 

— jCorrompidol . .. ^Y qu6 es lo que no se consigue con 
la fortuna? Si ella lo da todo 'jqu^ estrafto es el que yo la 
desee? 

—Tienes razon, este es el sendero que sigue la huniani* 
dad: este es el Dios a qaien ella acata, esta es la preocupa* 
cion que a todos gobierna; y sin embargo, esto es tambien 
lo que constituye la miseria y pequenez de las actuales jene* 
raciones. 

— Pero, seCor, si u^ted mismo dice que la fortuna es el 
pensamiento dominante, jcomo pueden todos enganarse y 
buscar el mal? 



130 una stcBSfos d<l ixntaub. 

— Esta preocnpacioc estd tan relacionada con nnestras 
necesidades,' que no ea^ estrano se equivoquen conside* 
rdttdola CO mo el complemento de la felicidad. 

— Y si los hombres bacen consistir bu dioha en eHa gc6- 
mo es posible qne no lo sea? Siendo ellos los que desean 
^como no gozar con lo que satisface aus deseos? 

— Yo, amigo mio, no anatematizo la fortuna, porque su 
adquisicion es, en eu primitivo orljen, el resultado del traba- 
jo, y el trabajo es tina Yirtad; 'pero si condeno las preocupa- 
ciones que ella enjendra; y ya que tocamoa este punto te 
dir^ que me alegro de haber llegado a ^1, porque, en el in* 
teres que tengo por tu felicidad, deseo que no se estravie 
tu juicio yendo a caer en ese pi^lago insondable de infortu- 
nios en que se sumerjen Voluntariftmente los hombres, cre- 
yendo encontrar la felicidad. 

— Estoi dispuesto a escuchar sus co^jsejos y a seguirlos* 

— Si me equivoco, hijo mio, no depende demi voluntad, 
pero creo haber reflexionado lo bastaate para no enganar- 
me; con todo, tii tienes suficiente juic*io para conocer si vol 
mal. Yo no pretendo inducirte en el error, sino preservarte 
de ^1; ni quiero destruir tu ambicion sino dirijirla, siendo 
este uno de los puntos que habia tenido en vista para dis- 
cutir contigo, pue5 obra mui directamente en la moralidad 
de nuestras acciones y en el porvenir de nuestra vida; pero 
antes de segnir el hilo de' nuestra conversacion es preciso 
que doscanses de tu largo y precipitado viaje y que almor-. 
zemos, porque ya Torcuato debe tener todo preparado. 



La gruta del leoii. 



X 

i 



I. 



Enrique se dej6 guiar un largo rato sin proferir palabra. 

El solitario tom6 una direccion distiuta de las casas y se 
eucamioo hdcia la selva, mostrando de coaado en cnaDdo 
a su j6veii compafiero algunos de lo3 objetos que llamaban 
su atencion. 

Enrique seguia pensativo, aunque estaba contento; pero 
su esplritu, preocupado por sus recu6rdos o por las reflexio- 
nes del solitario, no le permitia observar con detencion todo 
aquello qvie le hacian notar. Veia combatidas sus opiiiiones 
sobre la fortuna, y creyendo unida a ellas la realizacion de 
sus espei'anzas, no pensaba sino en ^stas. 

Pespues de haber andado largo trecho entraron en una 
senda donde el follaje de los Srboles impedia que penetra- 
sen los rayos del sol. La frescura de aqael sitio y su aspecto 
sombrio y salvaje Uamo al fin la atencion de Enrique, qiie 
dijo al anciano; 

— Que herraoso y agradable camino! Cudnto tiempo y 
trabajo debe haberle costado a usted el formarlo! 

— Esta no es mi obra, sino la de la naturaleza. ^No ves 
que hubiera necesitado sigloa para haber criado estos irbo- 
les jigantescos, este vQrdor y esta espesura? 

— Pero la simetria que aqui reina denota la mano del 
hombre. 

— Yo no he hecho otra cosa que abrir este sendero que 



182 tOS SSOBKPOfl DKL Tum/}. 

no9 coDdace a una espaciosa grata donde hai una peqaena 
cascada: jno oyes ja el rnido de las agaas? 

— Sf, yo creia que era el del viento. jQa^ sitios tan agres- 
tes! Sin este camino, parece qne no hnbiera penetrado aqnf 
jamas la pUnta del hombre! . * . C6nio me gastaria vivir 
aqui! 

— La soledad tiene sus atractivos y la nataraleza sus en- 
cantos, pero nole es dado a todosapreciarlos; y solo caan- 
do el desengano ha hecho caer una a una laflor de nuestraa 
ilasiones es cuando nos refajiamos, cuando . buscamog un 
abrigo y un consuelo en las obras inimitables de la creacion, 
que siempre traen a nuestro esplritu ajitado^la serenidad y 
el pensamiento ... 

— De veras! aqul parece que uno se desprendiera de to- 
das las cosas para solo adorar a Dips, y que olviddndose de 
sf misrao se entregara linicamente a la contemplacion . . . 

Y el sensible j6ven d^tuvo involuntariamente sus pasos 
para elevar su alma a esas rejiones vaporosas e inconmensu- 
rables donde nuestra imajinacion se pierde buscando al Crea- 
dor ... 

El silencio y la soledad tienen su lenguaje y hablan al 
corazon en un idioma inarticulado, en un idioma sin pala- 
bras, pero cuyas vibraciones se hacen sentir en todo nues- 
tro ser y producen ese estado incalificable que se llama is- 
tasis . . . , 

La po^tica naturaleza de Enrique se habia despertado en 
toda su fuerza; miraba a su alrededor como si estuviera so* 
fiando, y le parecia que el anciano era el jenio del bosque o 
un ser sobrenatural ... 

El solitario lo contemplaba con enternecimiento, talvez 
con admiracion ... 

Enrique permanecid asl por algunos momentos, hasta que 
el viejo coronel, tomdndolo del brazo, le dijo: 'Vamos a lle- 
gar a la gruta." 

El j6ven se dej6 conducir; pero cuando lleg6 a aquel re« 



v»^ 



tOS nOBKTM BIL FUXBLd. 133 

cinto que el anoiano babia denominado la gruta, sa adtnira- 
cion fa^ tal, que se arrodill6 en el suelo, esclamaudo "iDios 
xnio, Dios mio, cudn grande eres y cudn maravillosas tu3 
obras!..,/' 

El solitario, atraido por un magnetismo irresistible, por 
una fuerza de cariilo que nadie lo hubiera creido capaz de 
sentir a su edad, se ech6 en los brazos de Enrique, Uamdn* 
dolo repetidas veces, hijo mio, mi querido hijo! ... El j6ven 
le di6 tambien el dulce nombre de padre, y estas dos perso- 
nas, tan diferentes por la edad, por la condicion, por el ran- 
go, por la ciencia, estaban intimamente unidas por el suave 
' lazo de la sensibilidad y de la virtud ... 

Aquellos que se estrafien, aquellos a quienea no les parezca 
natural esta conmocion que se esperimenta al contempltir los 
prodijios de la creacion y las magnificencias de Dios, son 
almas cadav^ricas, almas muertas que nada puede hacer re- 
vivir; pero afortunadamente pocas de ellas existen en el 
mundo, porque, mas o menos, todos, todos, casi sin escepcion, 
nos ^entimos impresionados a la vista del mar, del bosque, 
del rio, al ruido del trueno, al fulgor del reldmpago, al bra- 
mido de la tempestad, exhaldndose de nnestros pechos aji- 
tados la adoracion unida a la siiplica, el entasiasmo unido a 
plegaria, el respeto unido a la admiracion' y al amor. 

11. 

La gruta cuya vista impresionara tanto a Enriqae era 
imponente a la vez que hermosa y pintoresca. Una enorme 
roca saliente la cubria en gran parte, dejando ver en sa in- 
terior una cavidad donde habia nna pequeQa faente. Sobre 
esta roca volcdnica habia otra mas elevada y de la cual se 
desprendia un grueso chorro de agua que desde una altnra 
de cincuenta pi^s caia con estr^pito, precipitdndose en una 
profunda quebrada cortada a pique y que al mirarla daba 
v6rtigos. Poi* el lado de U cascada veiase el sol, que, hirien- 



» 



134 LOS SXCBXT08 DXL PUEBLO. 

do la masa de agoa, producia los colores del arco. iris; de 
ese costado divisabase tambien una parte del azulado cielo, 
raieatras que bajo el gran peBon que cubiia la pequena 
fuent.e interior, se estendia una planicie en forma de ovalo, 
rodeada de jigantescos robles y en que podrian caber c6- 
modamente mas de cien personam. Per un capricho de la . 
naturaleza, medio a medio de aquel recinto se elevaba soli- 
tario un hermoso arbol de cuyo grueso t: onco nacia una 
mesa rustica que daba vuelta al derredor de 6\ y que habia 
side trabajada por el coronel Guzman, cuando, en persegui- 
miento de un leon, descubriera aquel solitario e ignorado 
recinto que durante siglos habria gervido de albergue al 
monarca de los animales, por cuyo motivo le di6^el anciano 
el nombre de Grutd del Leon^ haciendola su morada favo- 
rita, priftcipalmente en el estio, donde se iba a trabajar du- 
rante el dia, pues en las horas de mayor calor alii habia 
UDafrescura inalterable. 

Encantado de aquel sitio, el coronel Guzman lo habia 
dejado con toda su natural hermosura, sin quitar ni un coli- 
gue ni una de las mil enredaderas que se entrelazaban las 
Unas a las otras, subiendo casi hasta la copa de los drboles 
a quienes adornaban con sus vistosas flores. Lo unico que 
habia hecho era limpiar el terreno y emparejar las desigual- 
dades que existian, esparciendo por todas partes 'finiaima 
arena, de mode que aquella gruta parecia alfombi-ada y 
hecha a mano, tal era la igualdad de su suelo y la simetria 
de sus contornos; sin embargo, bastaba fijarse un momento 
para ver que todo era obra de la naturaleza, sin que casi 
nada hubiera hecho la mano del hombre. 

Al principio, la fuente que estaba bajo el grande pefias- 
co se desbordaba y el^suelo era algo pantanoso; pero el so- 
litario habia hecho un pequefio desague, disecando comple* 
tamente el terreno y trabajando en seguida un camino facil 
pero tan oculto, que nadie hubiera descubierto aquella senda 
sin saber c^xxe e^istia, Sa el ^rbol que eataba en . medio, ha- 



*y 



y 



li08 SS«BBTOS BKL FUIBLO. 135 

bia, como ya lo hemos dicho, arreglado una mesa en contor- 
no, poniendole cajones para que le sirviera para guardar sus 
proviaionea en caso necesario, pues en los primeros tiempos 
temia ser perseguido y consideraba ese recinto como un 
esGondite seguro e impenetrable. Despues/ cuando este te- 
mor bubo desaparecido, le servia de lugar de descanso, de 
meditacion y de recreo. 

La pequena fuente interior que eataba bajo el gran pe- 
fiasco, servia como de un bano colocado esprofeso para el 
morador de aquel lugar; y eus aguas termales, analizadas 
por el solitario, eran mui saludables, pues habia tenidp oca- 
Bion varias veces de reconocer au3 buenoa efectos por las 
esperienciAS obtenidaa en algunos enfermoa a quienes habia 
introducido. hasta aquel reciato con loa ojos vendadoi; por- 
que fei bien deseaba servirloa, no queria que supiese nadie 
ese retiro, lo cual habia contribuidi) no poco a darle la re- 
putacion de brujo, de que ya hemos hablado, y el encanta- 
miento que decian exiatir en todo el cercado de que 61 diS' 
ponia, 

III. 

Calmada la primera impresion de Enrique, no por esto 
habia deaaparecido su admiracion; y ya se'colocaba al hor- 
de del precipicioi ya iba a ver la fuent^ en au misteriosa 
y 16brega conoavidad, ya miraba la catarata, descubriendo 
parte del azulado cielo, o ya daba vueltas en contorno de 
aquel 6valo tan regular y tan hermoso, tomando de vez en 
cuando algunaa de laa eatranaa flores de las enredaderas; 
aiempre aparecia entusiasmado, creyendo casi ^1 mismo ser 
el juguete de una ilusion de sua sentidos; sin embargo, la 
voz del anciano que lo Uamaba para almorzar, y la presen- 
cia de Torcuato, estaban probahdo que cuanto veia era una 
realidad, y, a peaar de eato, creia que' los hombres, como el 
lugar, no eran maa que pura fantaaia. 

— ;Te sorprende, hijo mib, lo que estas viendo ahora? 



136 LOS MOnROS dsl puxblo. 

dijo el soWtario; jque fnera si contemplaaes otros prodijios de 
la nataraleza't esto es mai insignificante comparado a la ca- 
tarata deLNi^gara y otras mil maravillas qae encierran las 
cordilleraa de los Andes, a cnyos pi^s estfis, y esta virjen y 
portentosa America en que has nacido y en que ahora te 
hallas. Tienes todavia mucho qae adoiirar, ya en los mona- 
mentos de DIos, ya en los monumentos de los hombres; en 
los primeros distingaimos la omnipotencia y sabidoria del 
Creador, y en los segandos el jenio portentoso aanqae limi- 
tado de la especie; pero sin dejar nuestras reflexiones, ac^r- 
cate para que tomemos nuestro desayuno, y volveremos 
aqui a tomar el hilo de la conversacion que quedd pendien- 
te hace poco y que parecia contrariarte. 

Enrique, vieido a Torcaato, se fu^ hacia 61 y le apret6 
la mano con el mayor carino; en ^eguida se acerc6 al soli- 
tario, y tomando un riistico banquillo, se sent6 junto a ^1, 
dici6ndole: 

— ^Todocuanto venga deusted es para mi una enseOanza y 
una luz: estoi dispuesto a escucharlo y a seguir sus consejos. 

— ^No quiero, hijo mio, esa ciega sumision a mis cbncep- 
tos; yo puedo equivocarme, como muchos, porque nalie es 
infalible. Tengo, es ciert o, un buen deseo; ^pero basta ^ste 
para estar seguro de la verdad? 

— ^Yo tengo en usted una confianza ilimitada, y cuales- 
quiera que sean sus ideas, creo que las aceptar^, sin escluir 
por.esto mi pobrc e inesperimentado juicio, .que es el que 
en ill time caso debe dirijirme. 

— Haces bie&, hijo mio; nunca debe un hombre desechar 
8U razon, pero tambien es indispensable que no sea sistem^ 
tico, rehusando el convencimiento manifiesto o atacando la 
evidencia por mero capricho, como sucede las mas veces; 
porque jeneralmente no se escuchan tanto las razones de su 
adversario, cuanto se buscan I03 ai^gumentos opuestos, pues 
apreciamos mas el triunfo del amor propio que el de la jus* 
. ticia. 



*y 



> 



LOS sicnurrofl »bl ptmiLO. ItT 

— No estoi, sefior, en ese caso, porqiie quiero saber y no 
pretendo enseDar. 

— Esa es la idea que tengo formada de tf, y sabr^ apro- 
vechar esta buena disposicion de tu eapiritu; pero antes de 
entrar en s^rias reflexiones, veamos lo que nos ha prepara- 
do nuestro buen Torcuato, 



IV. 

EI almnerzo estaba servido en la r&stica mesa anexa al 
derredor del Arbol, consistiendo ^ste en algunas perdices, 
nna buena cazuela, unos euantos pejdrreyes del estero y 
varias frotas,. sin contar dos botellas de escelente vino 
fabricado por el propietario de aquella campestre mansion. 

Los tres se sentaron a la mesa con buen apetito, porque 
para el coronel era un poco tarde, Torcuato habia trabaja- 
do mucho, y Enrique, con sus veinte anbs, capages de de- 
vorar piedras, estaba ademas fatigado con la larga escursion 
de San Fernando; de manera que todos tres bicieron per- 
fectamente los honores al almnerzo, recibiendo Torcuato 
por su habilidad de cocinero ua smn^xmero de campU- 
mientos. 

Enrique encontraba todo aquello tan estraordinario, que 
a cada^instanto tenia nuevos motives de sorpresa, ya no solo 
por el sitio, sino tambien por las comodidades que el soli- 
t^io habia sabido procurarse, pues en medio de la selva 
existia mayor confortable que el que se pudiera exijir en 
muchM casas de nuestras ciadades. A nnos manjares coma- 
nes pero delicados, y, lo que es mas, presentados con gusto, 
se reunia lo limpio aunque no lo rico del servicio, que ha- 
bia aparecido cotno por encanto, no vi^ndose de antemano 
el menor preparative; despues venia el buen vino, el esce- 
lente cafi^ y sobre todo Ids magnf ficos cigarros y cigarrillos 
de la Habana; jy sin embargo todo habia sido hecho, culti- 
vado y cosechado en^el terreno del anciano y por el ancia- 



138 L09 SISCfSBTOB J>VU PUXBLO. 

no! lo que prueba U facilidad con que se obtendrian en 
Chile esos productos valiosossi tuvierainos dedioacion, cons* 
tancia, metodo e intelijencia, como tambien prote'ocion 
ilustrada del lado de nuestros mandatarios; y aun caando 
no es posible ni conveniente que los gobiernos tonaen parte 
en especulaciouea iadustriales, siempre es necesario que ha- 
gan cuanto este en su mano para que se desarrollen j acli- 
maton en el pais; pero eatre nosotros sucede todo lo con- 
trario, porque, lejos de impulsar el trabajo o la produccion, 
trat^mo^ de ahogarlo, recarg^ndolo con derechos, como 
sucede al cobre, y con monopolies como lo tiene el tabaco, 
bajo el pretesto de que ^stos, como otros varios productos, 
dan. una renta mas o menos fuerte al erario, sin considerar 
que entrabar la produccion de un pais es io mismo que cor- 
tarle los brazos a un hombre; mientras que 4€J^ndole 
libres todos sus medios de accion, dejdndole espedito el 
ejercicio de sus facultades, se consigue el engrandecimiento 
de los par.ticulares y por consiguiente el engraifflecimiento 
•del estado, es decir, la riqueza privada, de donde emana la 
riqueza publica; y no tan solo debiera un gobierno dar la 
libertad industrial, sino que aun seria preferible que fuese 
mas alld, protejiendo con [sAbias raedidas la accion indi- 
vidual,porque es de allf de donde puede y debe sacar su 
fuerza. ^ . 

Hai industrias, nuevas para nosotros, que se implantan 
actualmente, como la ya acreditada fabrica de tejidos d^l 
senor Delano en la provinci^ de Concepcion, la cusl, a mas 
de proporcionar trabajo a mucha jeute, a mas de dar cier- 
tas comodidades, se empeSa en emanciparnos de los pro- 
ductos. JEuropeos, pero con los cuales no puede quizdriva- 
lizar todavia, porque se ve obligada a pagar fuertes dere- 
chos de internacion por los articulos que necesita para el 
consume de sus mismos productos; de manera que, aun 
cuando los casimires chilenos no esten recarofados con el 
avalilo aduanero que grava a los otros, no es menos cierto 



LOS SECBETOS DEL PinCBIiO. 139 

que gran numero de las materias priraas que eraplean tie- 
nen que pagar derechos, y de esta suerte es como no les es 
dado parangonarse con aquellos y forzar al consumo, por la 
baratura del precio, a aceptarlo3 de preferencia. En otra 
parte nos estenderemoa mas sobre estas y otras cuestiones 
jecon6micas, y mientras tanto continuaremos la hilacion de 
nuestra historia. 



X 



} 



La sed de oro. 



L 



Despues de tomar el cafS las tres personas que se encon- 
traban en la Gruta del Leon^ es decir, el coronel Guzman, 
Enrique y el pobre Torcuatf*, faeron a recorrer y a admirar 
muchas otras bellezas natarales que adornaban aquel pin- 
toresco sitio, y que con tanta freouencia se encueutran en 
nuestros paises de America. 

Vueltbs del paseo, se entabl6 la conversacion siguiente 
entre el solitario y Enrique: 

— Yo me he propuesto formarte, dijo el anciano; pero 
antes de entrar en el recinto de las ciencias, oreo preferible 
que sepas esas nociones jenerales que constituyen la ciencia 
de la vida o el mejor modo de conducirse del hombre mien- 
tras habita este mundo que se ha denominado valle de 1^- 
grimas, y que asi lo hemos hecho en efecto con nuestras 
preocupaciones, con nuestros errores y con nuestras discor- 
dias; preocupaciones, errores y discordias que nos han im- 
pedido distinguir la verdad, y por consiguiente la conve- 
niencia de todos y el bien reclproco que de ella depende, 
arrojdndonos en un pi^lago de miserias, de bajezas y de 
infortunio's que desde tiempo atras vienen aquejando al 
hombre por haberse desviado del sendero de la fraternidad, 
dejando que impere en todos nuestros actos el peraicioso 
egoismo y la repugnante codicia que asola con todo noble 
sentimiento del alma. 



A -■" 



LOS BXGBKtOS DBL PXTIBLO. 141 

— -^Cree usted entonces en la posibilidad de mejorar la 
namaaidad? 

— Si, hijo mio; porque de otra manera se desmentiria la 
lei jeneral del progreso y del perfeccionamiento que vemo8 
operarse en todas las cosas. Esta lei talvez es lenta para 
nosotros, pero ella es infalible, como todo lo que gonstituye 
el 6rden de la creacion; porque de otra manera se desmen- 
tiria tambien la 'ensenanza y la moral de Cristo, cuya doc- 
trina nos muestra el camino que debemos seguir para lie- 
gar a la libertad, a la igualdad y aja fraternidad humana, 
que es donde se halla el sosiego, la dicha y la perfeccion 
de la especie; pero en otra ocasion, hijo mio, desenvolver6 
el 6rden de estas ideas, ensendndote los medios para que 
lleguen a ser practicables; ^ero por el moraento quiero con- 
cretarme a esa riqueza que tan to ambicionas poseer y por 
la que el mundo entero se sacrifica. . 

— Es verdad, seiior, pero tambien es cierto que en este 
momento y en este sitio no tienen para mi tanta fuerza esas 
ideas. 

— Estds impresionado por la riqueza de la naturaleza y 
por eso olvidas la de los hombres; sin embargo, la primera 
apenas nos ocupa algunos momentos en la vida, mientras 
que la segunda se apodera de toda ella; de consiguiente ha- 
blemos sobre lo que, si no te preocupa ahora, te preocuparji 
mas tarde. 

— No niego, sefior, que deseo la fortuna con ansia, por* 
que me parece que de ella depende mi felicidad. 

-*-flai mut pocos que no creen' encontrarla alii. Mui sin* 
gulares son los hombres que no piensan como tu; pero tam- 
bien es cierto que esa multitud inmensa que corre tras el 
dinero figurdndose encontrar la dicha, se queda la mayor 
parte a medio camino, desapareciendo antes de haber obte- 
nido su objeto y arrastrando una existeneia miserable por 
los sacrificios que se han impuesto y mas miserable toda via 
por las bajezas que se le imponen, y jsabe Dios! si por los 



142 LOS BSCttEtOS DSL PtTEBLO. 

crlmenes que se ven obligados a cometer y cuyo remordi- 
miento tratan de apagar en vano con el goce material que 
nunca llega del todo a atolondrarlos; j aun cuando esto su- 
cedfe por algunos momentos, sierapre viene en pos la laxi- 
tud triste y la reaccion penosa que trae consigo la saciedad; 
pero aquellos mismos que han conseguido llegar al t^rrnino, 
que han abordado ia cuspide de la fortuna ^son por esto 
mas dichosos? V^ a preguntarles, amigo mio, obs^rvalos.y 
encontrards que, sin los placeres efimeros de una estiipida 
vanidad, placeres que adolecen tainbien de sus amarguras, 
que, sin esos placares, digo, nada hallards en ellos digno de 
esa envidia lejitima del hombre de razon y del hombre de 
bien. 

— Sin embargo, seSor, todo se consigue con el dinero; ly 
c6mo no hemos de ambicionar aquello de que todo depende? 

— Esa es la opinion jeneral que las apariencias y la vida 
que llevan actualmente las sociedades tambien justifica; 
pero no porque sea jeneral es absoluta, pues el m^rito real, 
el talento verdadero y la virtud s61ida no se adquieren con 
el dinero; sin embargo, voi a-entrar en tas mismas ideas y 
a hacer la apote6sis de la fortuna; y el anciano hizo una 
lijera pausa como para reconcentrar sus ideas. 

11 

I ... 

Para el hombre rico,'contitiu6, no hai tropiezos qtie em* 
baracen sus deseos ni necesidades que no se satisfagan. 

Las consideraciones las obtiene sin pedirlas,.y los houo- 
res sin que los solicite* 

Todos se prosternau ante ^1 y todos lb adulau y agasajan. 

El talento se le rinde y la belleza se le postra* 

Los sacerdotes le abren de par en par las puertas de lbs 
cielos. 

Las acciones qiie hace son disc ulpadas o encomia^as, aun 
cuaado sean viciosas. 



V, 



l6s siciiE^ros dbij pubblo. 143 

Las palabras que pronuncia son escuchadas con atericion 
y comentadas favorablemente, aun cuando sean absurdas. 

El humilla y se rie de la virtud, seguro de que todos lo 
aplauden. 

El hace alarde d^ su poder y no encuentra resistencias. 

El pavonea su fatuidad, y se denomina a esa fatuidad gran- 
deza. 

El puede cometer faltas sin que la critica lo liiera, y per- 
petrar crlmenes seguro de la impunidad, porqu^ el dinero 
sobrepuja a todo, y sobre todo manda, domina y se ense- 
fiorea. . • 

H6 aqui la causa porque todos lo ambicionan. 

En el materialismo que nos gobierna, ^1 es el que triunfa. 

Adoradores del vellocino de oro, no hai para la sociedad 
presente mas divinidad que la del dinero, ni mas relijion 
que los medios de conseguirlo. 

Por esta razon en lasfamilias ya nose ve aprendizaje mo- 
ral sino especulativQ. 

Los padres no ensenan a sus hijos la practica de la virtud, 
sino el camino que lleva a la fortuna. 

No se le dice al j6ven: sed honrado, siao: sed rico. 

No se le amonesta por el cumplimiento del deber, sino 
por la adquisicion metalica. . . 

No se cuida de la rectitud 'de su espiritu para marchar 
bien por el sendero de la vida, sino de la sagacidad que 
gana talegos para rodearse de ostentoso fausto. .. 

Asi es como nuestras sociedades se han prostituido. .. 
Asl es como el alma no se elevft mas alU de la esfera de un 
materialismo grosero. .. Asi es como el hombre ha deje-^ 
nerado hasfa el punto de no encontrar mas goces que eh la 
satisfaccion del est6mago, de la vanidad, de las preocupa- 
ciouf s y de la concupiscencia, tomada en la espresion briital 
del placer fisico, que pierde todos sus encahtos desde el rao- 
mento que no participa de ellos el carino emanado de la 
virtud, que es el que los realza y diviniza /..'•. 



H^^ Um 8BCB«f0t DSL tUtBtO. 

tV Ivwur^ el cuadro de las tendencias de la ^poca y del 
l^uuto a qae ban Uegado nnestras sociedades, dijo el solita* 
rio con no acento triste, j despaes juzgards tii mismo; y si 
persJstes en tus ideas de adquirir fortana a-todo trance, eres 
libra de seguirlas, pero yo creo estar en el deber de mos- 
trarto la realidad de las cosas para^ que elijas el sendero que 
mas te agrade. 

— Escucho, sefior, sns dpctrinas con el mayor interes, res- 
pondi6 Enrique. 

— Paes bien, amigo mio, de esa Qdacacion de la familia, 
de ese in^pulso dado a la sociedad ban resultado nueatras 
miserias, nuestra pequefiez y el desquiciamiento en que el 
mundb se encuentra . . . . , » 

Hoi el talento se vende. •. ^pai'a qn^ se necesita la cien* 
cia Si no es para ganar dinero? y esa ciencia queda aban- 
donada desde el momento que se ban adquirido las' pese^ 
las • • • 

El fil6sofo y el literato ^qu6 es lo que busca? Indudable- 
mente no es la ensenanza del j^nero humano, no es el bien 
e ilustracion d© sus semejantes, sino un poco de renombre; 
y este poco de renombre gcon que objeto? Nada ma^ que 
con el de conseguir algunas monedas, pues si no Uega .a;la 
fortuna todo esta perdido y su inspiracion muere. • . Esta es 
la razon porque se ven diai:iamente esas producciones in- 
significantes y raquiticas que llevan en si el sello de la men- 
guada codicia y.no el signo del jenio; que se dirijen a ob- 
tener el kcro y no a la satisfaction que produce la prdctica 
del bien, y por esto es que mueren tan pronto como apa- 
recen, no dejando ni un solo rastro de su existencia en el 
mundo, cu^os malos instintos ban querido alhagar solamen- 
te por interes. . . - 

. Y en la relijion^vense abora esos heroes de laGristlan- 
dad? . Vense ahot*a esos mdrtires, esos santos, esos varones 
corapletamente desprendidos de los terrenales bienes? N6, 
abora se ven jesuitas que atesoran y cl^rigos y frailes de 



' ^bS skcUKTOS DEL PUKISLO. 146 

todas clases que trabajan'por el lucro pecianiario y no por 
el bien de las almas; y asl es como la sed del oro ha pros- 
tituido la creeneia, corrompiendo las vivas aguas y la santi- 
dad augusta de la relijioDi 

Por otra parte, hijo mio, <;qu^ hombro di qu6 majer ha- 
ce consistir ahora la felicidad del matrimonio en el carino^ 
en la honradez y en la virtud? Estos son sentimientos de 
una ^poca pasada y que no se hermanaii con los progresos 
del siglo; son palabras insignificantes, huecas y propias 4ai- 
camente para los ninos a quienes se divierte con esas baga- 
telaS) con eso§ caseabeles que hacen ruido pero que no tie- 
nen ni sustancia ni fondo.. . Lo que vale en la actualidad 
es el dinero: esto es lo positivo, lo s61ido, lo provechoso. . . 
y tanto elhombre como la mujer preguntan: jcuiato tiene? 
cudl es su posicion? en que consiste su fortuna? para ver si 
\di felicidad estd asegurada!. , . .^jQu^ importa que los c6n- 
yujes tengan una edad desproporcionada el nno del otro? 
Qu6 significa que el car^cter no se convenga entre ambo«i, 
que tengan defectos trascenden tales, que no se ^timeu ni se 
quieran? jcon tal que haya dinero! ^qu^ vale lo demas? la 
union se hace y esa union ae llama buena, ventajosa y feliz: 
esta es la sancion del mundo y el fallo de las piersonas que 
se liaman graves, pradentes, ent^^ndidas, racionales y jas- 
tas!... 

^Y cudl es el resultado de esos c6lculos tan previ^ores, 
tan equitativos y tan sdbios? El desprecio, la repugnancia y 
el odio reciproco; y como consecuencia lojica, la jiisco4*dia, 
el engano, la prostitucion, el vicio y er crimen bajo susmas 
negras y asquerosas formas; y en seguida la mala educacion 
de los hijos, la falta de dignidad de los padres, el poco 6r- 
den y el poco respeto, el pernicioso ejemplo que ven, que 
aprenden y que siguen, yendo a inocular cl pus de su de- 
gradacion al resto de la sociedad de que desgraciadamente 
son miembros, y de esta gaerte ^s como todo se prostituye 
y se corrompe, porque el matrimonio tiene hoi por funda- 



l4d LOa IXOBStOS i)SL PtJSBliO. 

mento la codicia vil en vez del aprecio, del carifid y de la 
virtud.... 

|Y muchos lejisladores y fil6sofos se admiraa de tanto 
desenfreno sin encontrar medio de evitarlo! y clamaa y se 
empefian por establecer la lei del divorcio, que no haria 
otra cosa, en las actaales condiciones sociales, qije echar 
una pertnrbacion sin remedio; porque si el divorcio ea bue- 
no en el caso que los hombres estuvieran ,ea ariuonia con 
las leyes de la uaturaleza, es mui peligroso en el actual, 
pues no sabriamos de qu^ manera contener el desenfreno 
del vicio: asi es, hijo mio, como las mas santas afecciones» 
los mas sagrados y durables lazos los rompe esa pasion 
inmoderada de la fortuna, que es la lepra que corroe a la 
especip, contaminandola de tal manera, que se haccn cada 
dia mas dificiles los medios de curarla, pues el deseo de ad- 
quirir dinero y el dinero mismo es una preocupacion tan 
jeneral y tan arraigada, cuanto mas importancia se le da y • 
cuanto mas se acata al que la posee en mayor escala. 

jLa amistad! jveamos abora lo que ha hecho de ella la 
avaricia? Pues bien, id en busca de un amigo y yerdf; si lo 
encuentras pior el raundo. Hoi hablan toios de amistad, es 
cierto, pero nadie la siente; ha desaparecido del corazon 
para mostriarse en los Mbios. ^D6nde encontrar el desin te- 
res, la abnegacion, el caricio que debe unir a dos amigos? 
Imposible, porque el egoismo, hijo primoj^nito de la sed 
insaciable de dinero, ha miierto en nosotros toio senti- 
miento elevado para darcabida a la liviaadai de los goces 
materiales que proporciona la fortuna. Ea nuestra ^poca, an- 
tes de llamar a una persona su amiga, se averlgua cadi es sa 
posicion; no se aprecian sus cualidades sino sus talegas; no 
• se toma en cuenta Ip que vale sino lo que tiene, y despues 
del exdmen del bolsillo se brinda la amistad! ^Puede ser 
este lazo durable, hijo mio? puede ser sincero? puede ser 
tierno? puede ser noble? puede denominarse propiamente 
amistad? Greo que n6, j t& seras de mi misma opinion..- 



ijoi SKCBlirrofc bit ptjkbLo. 147 

El anciano rnir6 a Enrique, pero ^ste baj6 la cabeza en 
senal de asentimiento y de pesar, porque no podia negar la 
verdad, y era tan desconsoladora y triste la evidencia. 

-r-Hasta en el modo de saludarse, hijo mio, prosigai6 el 
solitario, entra el cdlculo y el interes, puea las jenuflexio* 
nes son mas o m^nos profandas, se quita el sombrero poco 
o mucho, se aprieta la mano fuerte, despacio o regular, se* 
gun sea mafyor o menor el capital que tiene el individuo. . . 
Asf estS montada la soci<5dad! Esta es la clase de amistad 
que reina y que la gobierna! 

Pero esto seria un mal pequefio que no pasaria mas alld 
de lo ridicule, si el ^nsia de adquirir dinero se detuviese 
aquf; mas deegraciadamente ella empuja a la especie en una 
yla fatal, porque para adquirir fortuna no hai engafio que 
no Be practique, no hai crimen que no se cometa, y con. tal 
que lo corone un buen ^xito todo se perdona y disculpa, y 
las consideraciones, los agasajos, los respetos, los obsequios 
Biguen tras la riqueza bien o mal adquirida. Esto cria un 
antagonismo entre los hombres, que se precipitan en un 
mismo camino, empujdndose, codedndose, arandndose, des- 
truy^ndose para llegar primero, sembrando por todas par- 
tes disgustos, odio3, rencores, para no cosechar al fin sino 
engano, falsia, bajeza y miser i a; porque es imposible ^icon^ 
trar algo de elevado, de noble, de grande en esa lucha en* 
carnizada de la codicia que mata el sentimiento puro y des- 
truye los goces inefables de la virtud, enervando el corazon 
y dejrradando el alma. . . 

-^— -PerO entonces, sefior, jdebemos quedarnos estacicna- 
rios y despojarnos completamente de este deseo, que noa 
llama al pfogreso? 
" — N6, hijo mio, no es mi objeto decir que el hombre de- 
je de trabajar, porque contrariaria una tendencia natural y 
una virtud que le aprovecha y lb ennoblece; pero es preci* 
so destruir el abuso, pero es indispensable combatir ese vi- 
cio que llega hoi hasta el delirio y que forma lamas funesta 



148 LOS sxGBxros dbl pvzblo. 

de las preocapaciones. Trabajad, prodacid inmensamente, 
poned en ejercicio todas vnestras facnltades, porqae este 
trabajp, esta produccion y esta actividad aprovechardn al 
con junto, j obrando para vos obrareis para los demas; pero 
no hagais un Dios de la riqneza, no la considereis como no 
termino sino como nn medio, no la empleeis en el despotis- 
mo sino en la caridad, no abuseis de alia para sobreponeros 
a voestros semejantes en vez de aliviarlos, no la convirtais 
en un armu para lier^'r sino en nn instramento para ali- 
viar, que no enjendre el orgnllo sino el provecho; que no 
avasalle sino que ensalce; que no.oprima sino que alivie; j 
que, en lugar de estimular, convirtiendola en nn egoismo 
opresor, sirva para libertar al honabre de las cadenas de.la 
materia, del imperio de sus necesidades £hicas qne pesan 
sobre la gran mayoria de la especie y embarazan su desa- 
* rroUo por la imposibilidad en que se encuentra de satisfa- 
cerlas. . . 

Trabajad para aumentar el caudal de nuestras facnltades, 
de nuestros medios, de nuestros recursos, para que Uegando 
a ser facil la vida de cada uno, desaparezca la miseria que 
degrada y esclaviza, y entonces la riqueza y la felicidad 
que ambicionais y buscais por un estraviado sendero que 
03 conduce a vuestra p^rdida, serd jeneral, abundante y 
productiva, y el encanto de la virtud, el perfumado nSctar 
del deleite y la paz de Dios estard con vosotros. . .- 

Por otra parte, ami go mio, el mundo estd en un grave 
error al creer que la riqueza es la que se halla en aptitud de 
proporcionarnos nuestros mas permanentes y dulces goces, 
y tan se encuentra en el error, que mui pocos hombres hai 
que. en la prdctica no desmientan sus palabras, viniendo por 
sus acciones a obrar en contra djp sus ideas; pues, si como se 
afirma, la fortuna esel primer bien, jporqu^se deshariauno 
volnntariamente de ella con tal de conservar por algunos 
dias, talvez por algunas horas, la existencia de un ser que- 
rido? Hai mui pocas personas en quienes la avaricia haya 



Las 8ECBET08 BKL PT7XBL0. 149 

agotado la sensibilidad, hasta el punto de sacrificar la vida 
de BUS padres, d« sas hijo?, de sus hermaaos, de sus amigos, 
al interes del dinero; y habri muchas, la jeneralidad de ja 
especie, lo decimos en honor de ella misma, que si les pro- 
pusieran el dar su fortuna por preservar de la muerte a un 
hijo, a un esposo, a un padre, no vaeilarian en deshacerse 
inmediatamente de ella, es decir, de aquello mismo que po- 
co antes aseguraban ser el mayor de los bienes. Yahoia, 
amigo mio, ^qu^ prueba este contradiccion? Esto significa 
que los afectos y no k fortuna ocupan el primer puesto y 
son el primer elemento de nuestra felicidad. ^jQu^ nos im- 
portan todos los tesoros del mundo sin el tesoro del amor? 
^Pueden compararse las satisfacciones de la vanidad con los 
gooes que nos procura el car i no? Amad y qae os amen, h^ 
aqui la dicha verdadera, dicha que la encontrareis hasta en 
las amargas privaciones de la pobreza, dicha que nadie pue- 
de arrebataros a no ser la volantad de Dioscuando dispone 
que nos separemos de los seres a qaienes amamos. 

Muchas veces he pensado que asi como es el aire el prin- 
cipal elemento de la vida del horabre y no los manjares de 
Bu mesa, asi los afectos entran en igual proporcion compa- 
rativamente con la fortuna. Es verdad que el vulgo confun- 
de las cosas y cree que en comer'bien* y en atesorar harto 
coneiste la vida; .^pero de qu6 servirian esos manjares si su- 
primi^semos por unos moraentos el aire, y de que esa for- 
tuna si desapareciesen los afectos? De nada, hijo mio, abso- 
lutamente de nada: la felicidad no esti, pues, en la riqueza, 
es preciso bnscarla en otra parte y por otro camino. 

El anciano guard6 silencio y Enrique lo contemplaba 
admirado, como si se encontrara en presencia de un ap6stdl 
cuya santa doctrina y prof^ticas palabras bablaban a la vez 
al corazon y al entendimiento. . . 



150 tOS SBCSETOS DKL PUEBLO, 



III. 

• 

m 

— No me toraes, hijo mio, por ma3 de lo que soi, repuso 
el solitario, al notar la impresioa producidaen el'jdven. El 
Bitio en que nos encoutramos, lo nuevo que en sin duda para 
a esta maaera de ver las cosas, hace que me consideres di3- 
tinto alos demas; perono e^a^i: yo no soi otra cosaque u« 
simple mortal con todas sus flaquezas, que llora, es'-verdad, 
8U8 miserias, buscando eu el arrepentiiaiento el amargo leni* 
tivo de sus faltas, y en la contemplacion de Dios y de sus 
obras la dicha del reposo, que es la liuica aspiracion que 
me sea dado tener, 

Ya ban muorto en mi todas las ambiciones: los deseos 
de fortuna, de gloria, de con.sideracion, de renombre, no 
tienen a mi vista el menor atractivo, y mi 4nico empeilo 
antes de bajar al sepulcro, consiste en hacer a mis semejan- 
tes, en la estrecha esfera de mis facultades, todo el bien po- 
sible, pidiendo a Dios que me de los medios de pagar mis 
deudas de gratitud; pareccme que el senor ha escucbado 
mi sfiplica, cuando me ha. enviado al hijo del hombre a 
quien debo la vida. 

— Mi padrCj befior, le s^lv6 la vida del cuerpo, pero usted 
da en su hijo la vida del alma y ^1 y yo seremos los obli- 
gad^ 8. 

—Mi querido joven, repuso el anciano abrazdndolo, tus 
palabras me revelan tu corazon y tu intelijepcia: desde hoi 
vas a ser mi discipulo, y lo poco que he adquirido en Jargos 
anos de meditacion . y de estudio te lo ensenar6 en breves 
dias; pues apartando todo ese aparato de las esouelas, laai 
ciencias se haceu infioitamerite mas faciles. 

—Pero ^c6mo hacer? Yo uo puedo disposer 4e ^ingun 
tiempo, porque todo 6\ tengo que consagrarlo al trabajo en 
que estoi comprometido. , - 

— Haces bien: la obligacion que uno se ha impuesto o que 



^" 



La« 8ECIIBT0S 9tL J^FSBLO. 161 

le han impuesto, pero que uno ha aceptado, debe Uevarse a 
cabo, cualquiera que ella sea. w 

-^Sin embargo, jc6tno no aprovechar esta ocasion, cuando 
tengo tantos deseos y tanta necesidad de aprender? porque 
sin esto. .. . 

— Continda. 

— jQue puedo alcanzar, ni qu6 puedo esperaf? 

— ^Tienes ambicion? 

— ^Sl, seBor, ^por qu^ negarlo? 

— Asf es; yo ya lo habia conocido. 

El solitario call6, esperando la espHcaclon de Enrique, 
pero ^ste tambien guard6 silencio, lo coal, notfindolo el an- 
ciano, le dijo: 

— Yo no quiero introducirme en los secretos ajenoa. De- 
bes comprender, hijo mio, qn6 no tengo curiosidad sino 
dnicamente interes, y que si algo te pregunto no-ea por el 
deseo de saber,- sino de serte iitil . .. Mas tarde ser6 acreedor 
a tu confianza. 

— Senor! no es eso lo que rne detiene, sino la verguenza. 

— La vergiienza no debe exiStir sino cuando se hace una 
mala accion o una bajeza. Si has cometido una falta, dimela: 
cuaudo se confiesael delito principia la virtud; el arrepenti- 
miento es su primer escalon. 

— No., senor, no he cometido falta a no se'r que sea falta 

el amar. •. y yo ai6o. .. 

— iPara, esto, tan tQ roisterio, hijo raio? No hai que rubori- 
zarse por un sentimiento tan natural y tan lejitimo, 

— Es que ... 

— Habla* 

— ^^Es que hai una diferencia inmensa entre ella y yo, ♦. 

— ^Qu^ diferencia? 

Ella esrica, instruida, noble. .. y no me conoce. '•• ni 

me ama . . • ni puede ni debe amarme , . . 

— ^C6mo es jent6nces que tii la quieres? De qu^ manera 
ha ppdido nacer este ^fecto? 



152 L03 SECBET08 DEL PUEBLO. 

— SeHoi! . . . no mas por ahora. . . se lo suplico. .. se lo 
pido por fa\^or. .. 

— Estd bien, hijo mio, dijo el anciajao, notando la gran 
tarbac'on de Enrique: en otra ocasion hablaremos sobre este 
asunto, que me raanifiesta claramente la causa de tu ambi- 
cion. 

— Asl es, seflor. 

— Esa arabicion es justa, lejftima y provechosa; lo linico 
que me falta saber es si es merecida; pero esto se averigua- 
ra mas tarde: en todo caso liabr&s ganado mucho sin perder 
nada... 

Enrique guard6 srlencid. 

El solitario, para distraerlo de sus pensamientos, le propu- 
80 si queria hacer una partida de caza con Torcuato, que era 
mui diestro, mientras ^1 se entretendria en su horno con un 
esperimento qufmico del mayor interes. 

Enrique con la curiosa naturalidad del ninb y pasando de 
una impresion a otra con esa lijereza de la juventud, le dijo: 

— jY usted tambien me ensenarA esto? 

— Todo cuanto yo sepa, amigo mio. 

— Qu^ feliz ser^ entonces! 

— Dios lo quiera; pero mientras tanto v^ a divertiirte; en 
las easas hai dos buenas escopetas; escojerds la que te agra- 
de: los perros son escelentes y las perdices abundan. Tana- 
bien hai patos en una laguna que se e'ncudntra cotno a una 
legua de distancia y donde Torcuato puede conducifte si 
no la encuentras mui lejos. 

El anciano hizo senas al muchacho, que hasta entonces 
habia permanecido silencioso, mirando alternativdmente a 
Enrique y a su amo dupante la larga . con versacion que ha- 
bian tenido entre ambos. 

. A las seBas del solitario, Torcuato se par6 gozcso y tom6 
de la mano a Enrique con el mayor carifio y como si lo co- 
nociese desde mucho tiempo atras. 

Los tres salieron de la Gruta del Leony se dirijieron a 



Lot SSCRBTOS DBL PUKBLO. 



153 



laa Casas, donde tomaron las escopetas^que examin6 Ebrique 
con ojo intelijente y espeiimentado, cargando la soya en 
seguida y ech^ndose a andar con Torcuato, qu6 di6 un sil- 
bido llamando a los perros. 



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• 

La caza. 



L 



La caza es la diversion que mas agrada a la juventud y 
para la que tiene casi tanto atractivo como el amor: ella, 
' pnede decirse, talvez es el primer ensayo de la independen- 
cia y de la faerza que constituye la esencia de la vida del 
hombre. Cuando all^ en sus dieziocho o veinte anos un 
joven c rre los campos con su escopeta al hombro, se cree 
libre y poderoso, pareci6ndole dominar cuauto le rodea y 
estar ensu eleraento favorito. Todos sus sentidos se encuen- 
tfan en ejercicio, la vista penetra el espacio y se estiende 
en un horizonte mas lejano, aprendiendo a conocer hasta 
los pequefios objetos, a juzgar de su forma, a apreciar su 
niognitud, a distiYiguirlos unos de otros sin que llegue a 
confundirlos la distancia; el oido se ejercita tambien, aper- 
cibiendo aquellos ruidos tenues que solo el timpano del ca- 
zador escucha; por ellos sabe 61 qu^ clase de pfijaro, de ani- 
mal o de insecto los produce, conociendo ademas el espacio 
que lo separa de aquel punto, y hasta el olfato suele adqui- 
rir tal grado de fineza, que muchas veces le basta ^1 solo 
sin el ausilio del oido o de la vista para que el cazador se 
dirija sobre el objeto que busca: la jeneralidad de nuestros 
salvajes es asl 

Por otra parte, la actividad de los miisculos, la astu- 
cia que es preciso desplegar, el peligro que algunas ve- 
ces se corre, la fatiga misma y los momentos de reposo, 



LOft SSCBfiTOd DSL PUEBLO, 155 

que SOD tan agradables, el frugal alimeato que se Ueva con- 
sigo, la copa dS vino o de conac que se bebe, la sombra de 
los arboles, la atencion vijilante de lo3 perros, sus iniradas 
intelijentes e interrogadoras, las piezas que estftn en el ino- 
rral, el gusto de la familia en vista de la caza y de su di- 
versidad, la narracion de sus lances, los buenos y acertados 
tiros, las dificultades que ha vencido, los golpes que se ha 
dadpj la cena que lo espera, todo, todo ^ontribuye a que el 
j<3ven considere este pasatiempo como el mas agradable, y 
con mucha razon lleg6 a ser en los antiguos tiempos el pla- 
cer favgrito y privilejiado de la nobleza; pero ahora que 
han deppparecido esos privilejios, le es dado a todo el mun- 
do participar de 61, principalmente en nuestra todavia vir- 
jen America, donde no existen prerogativas de casta y eu 
cuyos inmensos campos no se hace sentir la prohibicion 
egoist a y naezquina del propietario. 

Enrique y Turcuato se entretuvieron todo el re^to del 
dia y no llegaron a las habitaciones sino hasta mui entrada 
la noche, cop un botin numeroso, pues se habian llevado 
cazando casi hasta el oscurecer, encontrdndose a mucha dis- 
tancia de las casas. 

. AI ver el anciano los sacos repletos depAjaros y que has- 
ta los perros traian en el lomo a guisa de alforjas una. can- 
tidad considerable de ellos, les dijo ri^ndose: ^ 

— Caramba, hijos mios, que habeis despoblado el bosque: 
^que vamos a hacer con una provision tan abundante? 

— Tendi'a usted, senor, para todala.semana, con£est6 En- 
rique. 

— Bueno fuera Bi no se ech^ran a perder; pero los aproVo- 
charemos, porque te llevards Ja mayor parte para que rega- 
les al administrador y a tus otros camaradas. 

— Qu6 te par^ce la destreza de Torcuato? porque sin 
duda debe haberte ayudado mucho. ; 

— Prodijiosa, seQor; la mayor parte de la caza le perte- 
nece. 



1S6 urn racBSTOt dxl FimrLO. 

Y Fnriqne acarici6 al pobre nrado, el que se puso a hacer 
sefias al anciano. 

— No raenos admirado ha quedado Torcnato de tu des- 
treza; me dice que no has errado un solo tiro y que eres el 
mejor cazador que conoce, y cuando 61 habla asi ea que 
realmente \o eres. ^Donde te has ejercitado? 

— He tenido mucha aficion a la caza, y tan luego como 
me fu6 posible comprar una escopeta, lo hice^ a lo cual no 
fie opuso mi padre, que, como soldado, conserva gusto por 
las armas. 

— ^Pero en Santiago no tendriais muchas ocasiones para 
ejercitarte? 

— ^Es rerdal, seQor; sin embargo, cuando no salia los do- 
mingo^ me llevaba en el pequeno huertecito de casa tirAn- 
dole a caanta golondrina, diuca o chincol pasaba por allf, y 
de este modo he adquirido alguna destreza^ pefo no tanta 
. como la que supone Torcnato, porque ^1 puede mui bien 
ser mi maestro. 

— Ya tendr^s oportunidad de igualarlo, porque espero 
conservarte a mi lado durante algun tiempo, ^no es verdad? 

— Tendria en ello el mayor placer, pero no veo el medio, 
pues, como le he dicho, es imposible que abandone mis ocu- 
paciones. 

— Est^ bien, p^ro encontraremos ese medio. Por otra 
parte, no toda la vida has de estar ocupado, y si no se pre- 
eenta algana oportunidad, evsperaremos a que hayas conclui- 
do; deja esto a mi cuidado, yo me encargo de ello, y no pa- 
sar& mucho tiempo sin que se puedan armonizar las cosas. .. 
Ahora vamos a cenar, porque ustedes deben estar cansados 
y tener buen apetito. 

Y el coronel Guzman, sin decirle nada a Torcnato, se puso 
a poner la mesa y a sacar las provisiones; pero apenas el 
sordo-mudo vi6 lo que hacia el anciano, se fa^ donde ^1, y 
tomdndolo familiarmente de la mano lo oblig6 a setitarse al 
lado de Enrique, oeupAndose de arreglarlo todo. 



Obedeciendo el solitario a la insiauacion de Torcuato, le 
dijo a Enrique: 

— Este rauchacho me tiene regalon: ^1 se ocnpa ahorade 
todo, trae las provisiones, las guisa, barre 7 arregla, hace 
las dilijencias esteriores, corre por los campos, me ajuda al 
cultiv^o de las tierras, cambia o vende los prodactos, es mi 
ec6nomo, mi mayordomo, mi proveedor, mi cajero, mi ia- 
tendente, mi peon y le qaeda tiempo para ser mi discipulo, 
pnes jee, estadia, investiga, me pregunta sobre todo y tiene 
una co.mprensiott prodijiosa, y lo que aprecio mas en 61 es 
8u bnen corazon y su carino, pues me avisa de todas las des- 
gracias que no puede aliviar por si mismo para que yo las 
remedie, tales como las enfermedades; porque en cuanto a 
los pequefios socorros de alimentos, ^1 los distribuye con ua 
tacto, una delicadeza y una intelijencia admirables, todo lo 
cual me hace considerarlo y quererlo como a mi hijo. 

— Asi es que debo tratarlo como a mi hermano, esclam6 
Enrique, yendo a abrazar a Torcuato. 

El anciano aprob6 aquella accion de Enrique, mirando 
con complacencia aquellos dos hijos adoptivos, tan distintos 
en .las formas esteriores, tan semejantes en el fondo y quo 
provenia el uno de la gratitud y el olro de la caridad. 

Torcuato, al verse acariciado por Enrique, Torcuato, dp 
quien todos huian, a quien todos miraban con repugnancia 
o con .miedo y de quien los muchachos se burlaban, esperi- 
ment6 una impresion dulce, tierna, profunda y Uena de re- 
conocimiento hAcia el joven artesano, por el cual habia sen- 
tido desde el instante de conocerlo la mayor simpatia. 

El anciano le hizo una sena al deforme y contrahecho ni- 
fio y abraz6 tambien a Earique, a lo que no se habia atre- 
^ido por temor, pero que deseaba con dnsia. 

Este cuadro conmQvi6 al solitario, que tom6 a ambos de 
la mano y los coloc6 en la mesa, sentindose ^1 en medio de 
ellos. 



lOd LOS ncuittok DifiL PthfiBte. 



IL 



La cena estuvo alegre y aniraada y se en tretuvieron has- 
tamui tarde, hablando de viajes, de costumbres y del plan 
de eatudios que se proponian seguir, lo que hacia las deli- 
cias de Enrique, pues ya le parecia poseer todos aquellos 
conociraientos que ni por la imajinacion se le iiabia pasado 
que tendria alguna vez oportunidad de alcanzar, a pesar de 
Bu voluntad constante y decidida. 

Esa noche se durmi6 Enrique lleno de esperanzas, y sus 
suefios alegres le permitieron levantarse d.]\\ antes de ama- 
necer para Uegar a tiempo a las casas de la hacienda, donde 
tenia que estar el primero para brdenar y dirijir los traba- 
jos; pero por mas temprano que se levanto, ya tenia el ca- 
ballo ensillado y unas grandes alforjas, independiente de 
un Saco lleno de pdjaros. 

El anciano, al despedirse, le v'olvi6 a repetir que pensaria 
en el medio de que, sin abandonar sns quehaceres, aprove- 
cbase de las lecciones que servirian para ihstruirlo. 

Enrique, gozoso, sumiso y lleno de gratitud y de carifio, 
prometi6 hacer cuanto ^e le ordenase, y picando a'su ca- 
ballo, que parti6 corao flecha, lleg6 al trabajo antes que se 
levantasen sus demas compafieros, los que viendo la canti- 
dad inmensa de pdjaros que traia, no pudieron mencs de 
preguntarle d6nde y como habia cazado tanto. 

— Abora, companeros, les dijo Enrique, paral celebrar es- 
ta caza, en la que yo no tengo todos los honores, pues no 
es mia esclusivamente, nos tomarenios un par de boras de 
descanso al tiempo de la comida y harenaos guisar unos cuan- 
tos pdjaros, que rociaremos con algunas botellas de vino. 

La respuesta fu6 un jviva! jenoral. 

— Pero es preciso, continu6 nuestrd j6ven obrero, que 
gahemos el tiempo que vamo3 a emplear en divertirnos, 
porque en lugar de dos boras jqui^n nos dice que no serda 



tf 



Lot BttOlllEtOl DSL TVKBSjO. 



159 



r 



trest Ouando uno estd alegre el tiempo vaela j laego caes* 
ta mas el trabajo. 

Entonces todos conyiaieroa eD que se les diera ana tarea 
de dia y que no comerian hasta haberla conelaldo, lo qae 
Enrique acepto, poni^dqse ^t mismo a ^trabajar con doble 
empeno. 

£1 resto dj la semana continu6 el trabajo con constan- 
cia, y salvo algunas noches que Enrique habia ido a salu- 
dar al solitario, todo el tiempo lo habia empleado, en el 
dia con los operarios, y durante las boras consagradas al 
descanso por todos sus compa&eros, en hacer pianos y tra- 
EOS para abreviar la obra y economizar gasto, siii quitar na- 
da de aqilello a qud se habia' coraprometido, pues ' queria 
que su trabajo sobrepnjase a sus promesas, ganando solo 
por sua estudios e intelijencia. * 



. ^ 



V I 



»^ 



El encuentra. 



EL sol acababa de ocultar^e, caaado el s&bado, dia en que 
pagaba sua peones y daba algan spcorro a sas campsafbero^, 
levantdodose por. esta ra^on xna^ t^mprano al trabajo, 9e 
hallaba Enrique con. 1 OS 41timo9 obreros, mostl'^ndoleii un 
piano correspondiente a lo que debiera baceree e»la »eia»- 
na pr6xima; en ese momento entrar'on dos cochea y algu- 
nas mulas cargadas en el gran patio de las casas, acompa- 
fiando aquella especie.de caravana alganos inquilinos de la 
hacienda y el administrador, que, bajandose del caballo con 
presteza, fu^ a abrir la portezuela de uno de los carruajes, 
descubriSndose al tiempo de descender dos senoras. 

La luz del cfepiisculo alumbraba todavia perfectamente 
los objetos, y Enrique pudo conocer a Luisa y a la sefiora 
dona Juana, Al principio crey6 que aquello era una ilusion, 
efecto del pensamiento constante que lo dominaba; pero 
cuando Luisa volvi6 la cara hicia el grupo de trabajado- 
res, toda duda se disip6, esperimentando tan fiierte iinpre- 
fiion, que no pudo cbntinuar en la esplicacioa que estaba 
haciendo a sas camaradas, contentdndose con decirles: ^^Us- 
tedes son bastante intelijentes sobre estas materias y no tie- 
nen necesidad de mis 'andlisis, pues creo bastard con que les 
deje el piano para que lo estudien;'^ y desapareci6. 

Los carpinteros quedaron algo sorprendidos de este laco- 
nismo y de esta fuga repentina, pero era imposible que pu- 
dieran adinnar la causa, content&ndose con doblar el pliego 



■f 



tOS BBCBXtOS DKL PVBBLO. l6l 

» 

e ir a preguntar a los trabajadores de la hacienda con quie- 
nes tenian relaciones de amistad^ qui^nes eran las sefioras 
que acababan de llegar. 

Ijos peonea contestaron que era la patrona, es decir, la 
duefia del fando. 

Enrique, por su parte, se encamind a sa caarto, entrega- 
do a mil pensamientoa diversoa La sorpresa, la alegrla, el 
teraor, la esperanza, la confusion y la verguenza se dispu- 
taban sus ideas, no dejAndole tranquilidad, de manera que 
se paseaba a oscuras por su cuarto sin saber lo que debia 
hacer y cu&l seria el modo como debiera comportarse. 

Cuando Luisa baj6 del coche y diriji6 su vista al grupo 
donde il estaba, crey6 distinguir un lijero saludo, saludo al 
que no habia contestado, porque no era dueQo de si mis- 
mo; de manera que esta descortesia lo atormentaba horri- 
blemente, no sabiendo c6mo se presentaria en caso que lo 
llamasen, lo que era mui natural, dosde que se encontraba 
alli en calidad de director de los trabajos y que la propie- 
taria queria siber lo que se habia hecho y pen9al:^a hacerse. 
Enrique no se equivocaba en esto, pero ya otro habia si- 
do iuterrogado en su lugar. 

IT. 

El administrador, al dar cuenta a la seftora dofia Juana 
de los trabajos en jeneral, habia encomiado mucho la inte- 
lijencia y contraccion del j6ven injeniero qnese habia man- 
dado de Santiago, no ocultdndole que al principio espe- 
rimentaba desconfianza, vistos sua pocos anos, pero que 
despues habia sobrepujado a todas sus esperanzas, pues es- 
taba seguro que nadie, en tan poco tiempo, hubiera hecho 
tanto y mojor. El digno administrador no se limit6 solo a 
alabar al j6ven injeniero por lo que concernia al trabajo, 
sino que estendi6 sus elojios sobre su conducta intachable, 
su aplicacion al estudio y sus maneras distinguidas, sin ol- 

T01C9 IX. 11 



l62 tOS SSCBKTOS DBL PUBBtX). 

vidar la parte que tonuira en el incendio jiel campo y el 
ausilio que habia prestado al solitario, el cual parecia ha- 
berle tornado mucho carifio, pnea pasaba ea casa de el los 
domingos; y aun solia ir algunas noches despues del traba- 
jo, privaado3e del sueno, pero no abandondndolo. 

r— ^Y cu61 es el nombre de ese j6v€n? pregunt6 dofia 
Juana al administrador. 

— S? Uaoia Enrique Lopez, senora. 

— jEnrique Lopez! jqu^ edad, qu^ fiaonomia tiene? 
. -^Es mui buen mozo, sefiora, y a lo sumo tendr^ veinte 
y un aSos. 

Luisa permanecia durante esta conversacion, silenciosa 
pero at^nta; sus mejillas estaban encarnadas y la palpitacion 
(Je 6U seno casi era perceptible, 

— aSl serfi el herniano de Mercedes? esclamd dofia Juana 
diriji^ndoae a su hija. 

— ^El.mispao, mamita. 

— ^Sabias tu que estaba aqul? 

— Hace pocos dias. 

— ^C6uio no me habias prevenido? 

— No lo creia necesario. 

^^iY qui^n te lo ha dicho? 

— Mercedes. 

— ^Y por que ella te lo anunci6 a tf y no a mi? 

— Porque ella ignoraba, no la hacienda en que se hallaba 
su hermano, sino qui^nos eran sus duefios. 

— jY. c6tno sabia esto? 

— Porque su hermano le habia escrito el encuentro casual 
con nuestro solitario, que le habia contado cu^nto debia a 
su padre. 

Dona Juana, despues de un momento de reflexion, es* 
clamd: "Dios mio! Ya reeuerdol... el sarjento Domingo 
Lopez! . . , cuahdo estaba en capilla! . . • todo se esplica f&cil- 
mente . . . Llamadme a Enrique . » . a quien tainbien debemos 
tanto." 



urn BSCRXiros Dfii ttnasLO. l6S 

Y dona Juana vol via a repetir al admiaistrador, que es- 
taba asustado, sin eomprendttr nada del s^bito cainbio de la 
Benora: "Diga usted a Enrique que venga en el acto." 

.Don Pjadro Marn:^ fialio para cumplir coa la 6rden quese 
le diera/ _ 

— Eataencuentro parece providencial, dijo dofia Juana, 
como habl^ndp consigo misma; pero diriji^ndose a Luisa le 
dijo: ^oo te parece a ti lo mismo? 

— Asi 68, mamita: hai algo que se encadena en la exis- 
tenida de esa hoarada familia a Id nuestra. 

— jEl padre salv 6 la vida q don Toribio de Gazman y el 
hijo ha salvado la nuestra!.. . ^Sabrd el coronel qui^n es 
Enrique? 

—Si) naan^ita, se ban esplicado, segun he visto por la car^ 
ta de Mercedes* 

-rrTengo muchoa deseoa de hablar con Guztnau para ver 
qu^ pi^npia ^e este jdven; por lo que respecta mi me intere- 
sa tan to o mas que Mercedes:, si tuviera.la anj^iica ignoran- 
cia de la nina seriaqompleto.i Qu6 Idatima que no perte*- 
nezcap a una sociedad mejor! 

— Son hijosde padres honrados y ellps son virtuosos* 
: — No lo niego y por eso me gustan, pero desearia que 
foesen nobles para poderlos tratar con igualdad. 

- -Es cierto que no estamos acnjrdea sobre este punto, 
porque usted mira la nobleza en el nombre de la familia y 
yo la rairo en las laQciones; 

— No tienes ra^on, Luisa, parahacerme este reproche, por* 
que jamas be despreciado a una persona honrada, aun cuan* 
do sea plebeya. 

. — No niego su.buen corazon, mamita, ni la elevacion de 
BUS idea^^; pero ahora mit^mo hace usted distincibnes. *. 

— -Distinciones que todo el mundo acepta y respeta y a 
lasf que yo estoi: acostumbrada: jpor qu^iria ahora a cara- 
biar? Yo he sido educada asi, creo que tengo razon, puesto 
que hai tantos que pienean del mismo modo y puesto que 



164 L03 BECBitTOS DEL I^MsLO. 

hasta la relijion establece estas categorias: jcdmo me consti- 
tairia yo en reformadora? y lo que ea mas jc6mo combati- 
ria rais propias conviccio&es? 

-—Sin embargo, ii8ted ha &i(lo hasta oierto punto inconse- 
cuente, pues ha recibido a Mercedes, es decir, a la hija del , 
sarjeato Lopez, a la Lermana del carpintero Enrique, casi 
en un pi^ deigualdad, pues parecia no haber mas diferencia 
que las que se deben a la esperiencia, a la virtud y a la eJad. 

— Tienes razon; pero Mercedes es a la veSs tan humilde, 
tan afectuosa y tan dignat jC6mo iria a avasallar a la que 
no tiene pretensiones, se manifiesta afectuosa y tambien 
elevada? 

— Pero Mercedes pertenece a otra clase. 

— Me doi per vencida; con ella no podria aparecer btis* 
t6crat|i. 

— Tampoco lo ha sido usted con su padre, pues, si mal no 
me acuerdo, le di6 usted el brazo para conducirlo a mi salon. 

— Tienes buena memoria, hija mia, repuso dofia Juana 
ri^ndose; ipero qu^ deduces de aqnl? 

— Que a despecho de sus ideas triunfa su corazon, y que 
sin pensarlo y sin quererlo entra en mis opiniones. 

— No, hija mia; yo puedo querer a esa familia, recibirla 
con benevolencia y en igualdad de condiciones si asi lo pre- 
tendes, pero nunca pasaria.de alii; porque entonces realmen- 
te estaria en pugna conmigo misma y yonohe hecho jamas 
un acto que no lo apruebe en todas sus partes; sin enibargo, 
no temas que reoiba a Enrique de otra manera que como 
he recibido a Mercedes y como he recibido a Domingo. 

— No temo esto, raadre mia; yo s^ por esperiencia que 
su orgullo' aristocrdtico no la ha cegado hasta el punto de 
desconocer los nobles deberes de la hospitalidad, y en este 
caso de la gratitud. .. 

— Y afiade tambien del afecto, hija mia, porque yo quie- 
ro a Enrique. 

— Me parece digno de sus simpatias bajo todos aspectos 



LOB SBCItBTOS DBL PUEBLO. 165 

por su accion con nosotras, por la de su padre con don To- 
ribio de Guzman, por la amistad que me une a Mercedes y 
hasta por las recomefidaciones eotusiastas de don Pedro 
Murna en quien tiene usted tanta confianza. 

— Pobre Enrique! si hubiera sabido que ^1 estaba aqui 
me parece que habria hecho el viaje con mas gusto, porque 
eslo de encontrar una persona que sejafecciona es siempre 
un placer. 

— Tanto mas agradable debe haberle sido la sorpresa. 

— Es verdad, pero los efectos de la sorpresa, si bien mas 
vivos, son por lo jeneral menos durables. .. Ahora, Luisa, 
^quieres saber en lo que estaba pensando? 

— Sf, mamita. 

— En aumentar el precio del contrato que haya hecho 
con ^1 mi comisionado de Santiago. Yo me acuerdo que 
me mo8tr6 unos pianos y me habl6 de una suma de seis 
mil peso?, pero tambien recuerdo que me pareci6 barato el 
tri^bajo y que le dije que era preciso no tiranizar a los po- 
bres; de consiguiente si la obra es tal como me lo dice A 
administrador y tanto el trabajo que se ha hecho, seria 
mui justo una remuneracion. 

— Asl lo creo. 

— Juzgaremos nosotras tnismas en viata de la obra, y aun 
cuando no somos arquitectos, echaremos nuestros cdlculos: 
^qu^ te parece? 

— Buena idea. 

— jY si nos equivocamos? 

— No seremos nosotras las perjudicadas; porque, ^^qu^ di- 
ferencia puede hacerle a usted un pequeno aumento? 

— No tan solo no habra diferencia sino que habrdi ganan- 
cia, pues habremos hecho un bien.i . 

Mientras habia esta conversacion entre la madre y la hi- 
ja, trasporteraonos al cuarto de Enrique, donde don Pedro 
Murna se diriji6 a buscarlo de 6rden de la sefiora. 



166 LOS BIORXTOfl DEL PUEBLO. 



11. 



Nuestro j6ven, confueo y ajitado, estaba a oscuras y sepa- 
seaba solo caando sintio golpes a la piierta. 

— iQnUn es? pregunt6. 

— Soi yo, amigo mio, que vengo a buscarlo de parte de 
la senora. 

— J Al mi? volvi6 a interrogar Enrique, abriendo la puerta. 

— A usted mismo. 

— lY para qu6 me quieren? 

— No lo s^; pero me parece que lo conocen; porque al 
pronuuciar su nombre. . . 

— ^Han hablado de ml? 

— jC6mo no! Era biea necesario que yo la informase de 
lo que se hacia y de lo que se habia hecho, y cuando lle- 
gamos al punto de las casas fu6 preciso nombrarlo. 

— Senor don Pedro, ^no podria usted disculparme? 

— jDe ir! 

— Sf, de ir. 

— Imposible, a no ser que usted se encontrase enfermo, 
lo que gracias a Dios no sucede, pues la sefiora. me dijo 
terminantemente de llevarlo. 

— jY cree usted que debo obedecer? 

— Me parece, salvo el caso de pasar por un impolftico o 
por un huaso, como dlcen en Santiago. 

— No me atrevo. 

— Deje usted a un lado la vergiienza, y vamos. . 

— No me resuelvo, seBoi* don Pedro. 

— Hace usted mal, dijo el adrainistrador con seriedad; la 
senora ms mui liana y mi sia Luisa, su hija, parece lo mismoj 
por otra parte, ellas lo conocen a usted y creo que lo apre- 
cian, segun el modo con que la sefiora dofia Juana me 
orden6 de venirlo a buscar. 

—Si no se puede evilar, ir6, dijo Enrique con cierta re* 



VM BXCBKTQg DXL PXnEBLO. 167 

solucion, como si hubiese tornado su partido; pero me per- 
mitir^ usted que me mnde, porque no seria decente pre - 
sentarme en este traje. 

— Nada tendria de particular, porque sabea que acaba de 
salir del trabajo; sin embargo, si a usted le parece major, 
puede hacerlo. 

Enrique, con esa rapidez de la juventud, que nunca pone 
largo tiempo en su tocado, porque no tiene que ocultar las 
averias de los afios, se lav6 inmediatamente, se puso una 
camisa lirapia y cambi6 de traje, hacidndolo todo sin la 
menor afectacion y con esa desenvoltura del hombre acos- 
tumbrado a la sociedad; pues, aun cuando 61 no la frecuen- 
taba, la falta de vanidad y de amor propio le daba cierto 
desprendimiento natural que jamas consiguen los hombres 
que se ocupan mucho de su persona y que ponen todo su 
m^rito en el arreglo esquisito del vestido, del peinado y 
del rostro, porque en vano quieren aparerrtar una sencillez 
de maneras que no tienen, trasluci^ndose*" la afectacion al 
traves de la mentida naturalidad. 

Cuando el administrador vi6 completamente vestido a 
Enrique, y dispuesto para acompanarlo, no pudo menos de 
notar su jentileza y su elegancia, creyeadolo en el acto de 
una sociedad todavfa mas elevada que lo que lo habia juz- 
gado antes; pues pens6 que seria algun caballero de distin- 
guida familia al que los escasos medios de fortuna habian 
obligado a trabajar, con lo cual adquiri6 a los ojos de don 
Pedro Murna mayor merito y mayor realce: el prestijio de 
la nobleza, digase lo que se quiera, no se ha pardido; por- 
que,. si bien las ideas aristocrdticas son una preocupacion, 
no es menos cierto que en su principio ban tenido un ori- 
jen digno, salvo algunos abuses. 

Enrique se present6 en el salon, no exento de alguua con- 
fusion, a pesar de haber tratado de antemano de darse ^ni- 
mo para aparentar una serenidad que no tenia. 

Pona Juana, al verlo en el diutel de la puerta, y cono- 



168 hOB sxomsTos dxl pueblo. 

cieDilo su embarazo con ese instinto peculiar a las mujeres, 
le dijo: 

— Pase usted para dentro, don Enrique; y se paro para 
alargarle la mano. 

El j6ven se inclin6 profundamente. 

El administrador no podia esplicarse una manifestacion 
tan senalada de api ecio. 

Y Luisa, inclindndose tambien al saludo de Enrique, ma- 
nifestaba en su semblante su contento al verlo y su satis- 
faccion por el recibimiento afectuoso y casi cordial de su 
madre. 

— Usted ha sido, prosiguio dona Juana diriji^ndose al 
j6ven, el Anico de su familia que no nos ha visitado en San- 
tiago, y sin esta casualidad, no hubieramos tenido talvez el 
gusto de verlo. 

— Senora, contesto Enrique, siempre un poco cortado, 
pero bastante dueno de si; nuestra posicion es tan diferente, 
que hubiera sido una accion impropia de mi e impropia de 
ustedes; y aun ahorg.. . 

— ^La diferencia de posiciones la sal van y la sobrepujan 
los favores: de manera que nosotras ^ranaos las que podria- 
mos emplear mas bien su lenguaje y abrigar sus temores. 

Esta amabilidad de dona Juana, al responder asi, era mas 
bien efecto de su trato de mundo; porqne, si es verdad que 
afeccionaba a Enrique por el servicio que le debia y por 
otras causas, no es menos cierto que si se hubiese presen- 
tado en su casa como una visita, no le habria perdonado esa 
familiaridad. 

— Yo no distingo esos favores^ de que usted me habla, 
sino que veo los beneficios reales que usted y la sefiorita 
nos han heoho en Mercedes, y siento por ellos toda la gra- 
titud de que soi capaz. 

Estas palabras fueron pronunciadas con un acento tan 
sincero y conmovido, y con un tono de noble humildadque 
llam6 la atencion de dona Juana e impresi6n6 a Luisa basta 



]jOS SBCBETOS DISL FUSBLO. l6d 

el punto de no dejailes casi qn6 contestar; porque a la lu- 
jenua espontaneidad del sentimiento no se responde con 
las almibaradas frases de la sociedad, sino con otro senti- 
miento. 

— Los favores son mui diversos, don Enrique, dijo al fin 
dona Juana; el que hemos recibido de usted iinporta nada 
menos que la vida, mientras.que lof«j nuestros son iusignifi- 
cantep. 

— Dispenseme, senorn, que no sea de su opinion, repuso 
el j6ven mui ruborizado, porque temia contradecir y le 
disgustaba hablar de si propio; pero un acto casual no pue- 
de compararse con tantas bondades, con tantos favores, con 
tantos beneficios como hemos recibido de usted y de la 
senorita. Yo s^, conlinu6 Enrique cada instante mas con- 
movido, el regalo tan valioso que usted ha hecho a Merce- 
des; pero aquello por lo que esperiraento mas gratitud, es 
por el carifio con que la han recibido, por la instruccion 
que le han dado, por la cordial franqueza con que han 
tratado a mi'hermana, que, si tiene virtudes, no deja de ser 
por esto la pobre hija 4e un simple soldado. . . y esta dis- 
tancia inmensa que exists entre ustedes y ella, la han pre- 
tendido acortar usted y la senorita.,. 

Dona Juana^ Luisa y el administrador, sentianse subyu- 
gados, porque la humildad siempre impone, sin rebajar a 
nadie, ^ el que la practica se ennoblece, se eleva y se en- 
salza; jpero es preciso quo 61 no lo sienta asl, y esto es lo 
que sucedia a Enrique, como a todo aquel que posee esa 
gran virtud, porque la humildad es inseparable de la fran- 
queza yde la bondad. 

— Mercedes es mi mejor y talvez mi iinica amiga, contea- 
to Luisa, no sin cierta emocian, y nada mas natural que 
tratar de igual a igual a las personas a quienes damos nues- 
tro afecto y que nos honrau con el titulo de amiga. 

— -Aqui estd justamente la grandeza, senorita. Yo no se 
descifrar las cosas pero las siento. . . Usted se ha dignado co- 



170 . LOS SXCaiTOB DEL PITXBLO. 

locar a mi hermana a su lado, a pesar de la distancia, a pe- 
sar de la inferioridad de ella. . . y esto es lo que tengo en 
el eorazon, lo que agradecer6 toda mi vida y no olvidar6 
nunca. . . 

Y el j6ven Hev6 la mjtHo al pecho como para comprimir 
algo, mientras que de sus ojos se desprendian dos Idgri- 
mas, revelando en su hermoso semblante la gratitud mas 
viva y la grander de un alma fuerte a la vez que sen- 
sible. 

Luisa levant6 sus ojos hacia Enrique, y en aquella mira- 
da habia una caricia inmensa. . . pero luego los baj6 como 
ruborizada o como si hnbiese si do herida por los rayos de 
una luz viva e instantdnea. . . Sus largas pestanas velaron 
aquella' mirada, de la que parecian brotar torrentes de mag 
n^tica simpatia. 

Por algunos momentos rein 6 entre aquellas cuatro perso- 
nas un profando silencio. ,. Las iMtimas palabras de Enrique 
vibraban todavia en los corazones sin que niogun labio 
se atreviese a interrumpir y a))orrar con nuevos sonidos 
la impfesion que habian hecho. .. 

Hai en la eutonaoion de \i voz, en la modulacion de la 
palabra mas faerza que en- la palabra misma, siendo el acen- 
to mas poderoso que A lenguaje, y esta era la causa por- 
que la conmocion de Enrique se Labia repercutido, conftini- 
cdndose a los demas. 

At fin dona Juana rompi6 el silencio, diciendo: 

— Bs precise que me confiese vencida por todos: una vez 
me derrot6 su padre y ahora hace otro tanto el hijo. 

— Hai derrotas que son victorias, dijo Luisa. 

— Qu^ gracia! para que pueda cantarse victoria es preci- 
so que elxista derrota; pero es a mi, esclam6 doDa Juana 
alegremente, a quien ha tocado siempre lo iiltimo; sin embar- 
go, no me quejo, porque esta clase de derrotas es mui agra- 
dable; las dos veces que las heesperimentado he tenidomas 
gusto que si hubiera ganado la victoria. Con que asi, caba- 



f/ 



Los 8SCBBT0S DSL PTJEBLO. 171 

lleritb, teDga listed siempre la razon y no me quejar^ del 
contento que me proporciona mi injusticia. 

Esta f.La y amable chanza de la seuora hizo pasar a los 
concurrentes, de las rejiones de la sensibilidad a las del buen 
humor. La conversacion se hizo jeneral, y Enrique se encon- 
tr6 al poco rato ma9 desembarazado con la coufianza que 
le daban, y su espiritu adquiri6 la gracia que le era natural, 
Se hablo de Mercedes, de sua adelantos, del solitario y sus 
rarezas, del concepto de brujo en que lo tenian los pobres, 
de la Qruta del Leon en que habian almorzado y que Luisa 
dijo que queria conocer, de los grandes estragos que hacia 
este animal en los ganados de la hacienda, sobre cuya ma* 
teria se estendid mucho el administrador, qiiedando conve* 
nidos en que para el domingo pr6ximo se convidaria a to- 
dos los inquilinos para hacer una partida de caza a que 
concurririan con gusto, tanto por la diversion, la buenacomi- 
da que se les daba en aquellas ocasiones, como tambien })or 
el in teres que tenian, no solo en destruir al leon que les hacia 
dano en sus animalej, sino en la remuneracion de una vaca 
que ofrecia la hacienda al que lo matara; quedando desde 
e?a noche arreglada aquella partida de placer, en que Luisa 
queria toraar parte, lo que la hacia aun mas solemne para 
la buena jente de San Jorje. 

III. 

Despues del t^ se retiraron el administrador y, Enrique, 
el cual se encerr6 en su cuarto con el alma rebosando en 
placer... iQne ra^s felicidad que encontrarse al lado de 
Luisa, que verla, que hablaiia, que oir su voz, que poderlQ 
decir a Mercedes: "tu araiga no se ha separado de tf, puesto 
que se encuentra en el mismo sitio en que se halla tu hermano, 
y yo lahar^ que te recuerde a cada instante!" La ben^vola 
acojida de dona Juana tambien entraba por mucho en su 
alegria, porqne le daba esperanzas . . . El pobre j6ven no 
sabia cndles eran las ideas tan arraigadas, tan invariables de 



172 L08 ffiBGBXTOS DSL PUKBLQ, 

aquella noble sefiora, puessi las hubiese conocido, toda sadi- 
chosa fantasia, todo ese castillo de ilnsiones habria desapare- 
cido coniio el humo a impulses del viento para que viniera a 
ocupar su puesto toda la lobreguez del desengano... Pero En- 
rique no podia saber ni aun podia figurarse la resistencia in- 
vencible que opone en estos casos el 8entimient.o de la aristo- 
cracia, y Uegaba a persuadirse que a fuerza de constancia, de 
trabajo, de iatelijencia conseguiria elevarse a tal punto, que 
desapareciera toda diferencia, toda superioridad de fortuna 
o de casta; pues jamas hubiera pasado, a pesar de su amor, 
por la humillacion de que los otros creyeran que se agacha- 
ban para levantarlo, haciendole con esto un servicio que estu- 
viera obligado a agradecer y que podian en alguna ocasion 
echarle en cara como un inmerecido favor. Enrique era hu- 
milde, pero tenia este orgullo, el orgullo de la dignidad, que 
se hermana con la virtud, o que mas bien, ea inseparable 
de ella, porque no se concibe virtud sin elevacion. 

Las almas en^rjicas dotadas de intelijencia y de voluntad, 
los corazones jenerosos y sensibles no se doblegan ante los 
falsos idolos, ni aceptan menguados favores: reconocen el 
m^rito y estdn dispuestas a acatarlo, pero no se proster- 
nan; y si se prosternan, es ante la virtud que realza y no ante 
la preocupacion que degrada. . . Enrique conocia la supe- 
rioridad de Luisa y rendia culto a esa superioridad, de tai 
manera que si le hubieran propuesto en aquellos momen- 
tos un enlace, lo habria rechazado sin vacilar como indigno 
de ella y de ^1; porque la humillacion habria sido para am- 
bos, pues la divinidad perdia de su brillo sin que 61 lo ga- 
nase, y su deseo era alcanzarla y no que ella descendiese. 
Enrique queria subir, elevarse, ir mas arrib'a, li fuese posi- 
ble que Luisa; de otra manera no comprendia el amor: sin 
este requisito, sin este aliciente, talvez habria renunciado a 
su pasion: preferia tener desconfianza, pero no esporimentar 
desengafios; dudar de ^1, peio no de ella; correr el riesgo de 
no llegar nunca con tal de no humillarla; que no estuviese 



LOS SBCBXlk)S DSL PtfBl^O.. 173 

obligada a bajar su vista aote Ija sociedad, a acallar el grito 
de su conciencia y de su estimacioa propia: estos sou los 
sintomas del verdadero carino; j Enrique participaba de 
ellos. Solo asi puede hacerse durable el amor sin temer los 
desenganos, los cambios, las desconfianzas ni las susceptibi- 
lidades del orguUo herido, porque ciiando se lleva la pasion 
hasta este grado se convierte en un sentimiento tan puro, 
tan didfano, tan espi ritual,. que no participade lasflaquezas 
humanas sino que se levauta hasta las a^reas rejiones del 
infinito. .. talvez hasta el trono de Dios!. . . porque el amor 
es su esencia, desde que todo lo engrandece, anima y vivi- 
fica. • . 

^Dormiria Enrique esa noche? Pretenderlo seria un impo 
sible. jQuidn no ha pasado, al menos una vez en su vida, un 
momento de delicioso delirio, casi de ^stasis, ea que se di- 
visa el cielo de la esperanza, pero en que lo cubren de vez 
en cuando las nabes de la incertldumbre? (iQai^n no ha so* 
fiado, quien no ha divagado por esos horizontes en cuyo 
confin se apercibe la divinidad a quien se adora, envuelta 
en las nubes transparentes de la ilusion, cuyo velo nuestra 
fantasia trata de riasgar? Qui^n no ha hecho planes de felici- 
dad, qui^n no ha tratado de leer en su porvenir, qui^n no 
ha asociadoa la mujer que ama en todos sus actos, en todos 
BUS ensuenos? ^Qui^n no ha velado para gozar? 

Enrique, eon mayor razon que cualquier otro mortal, 
porque tenia virjen el cuerpo y el espiritu, porque poseia 
todo el faego de sa imajinacion pura y romanesca, porque 
no habia perdido nada de su savia, porque era dueno de esa 
viril inocencia que alimenta las grandes pasiones, forma los 
grandes hombres, desarrolla los grandes talentos y da oriji- 
nalidad al jenio; Enrique, decimos, paso la noche mas feliz 
sin que el sueno viniese a adormecer sus pdrpados y sin que 
el cuerpo, fatigado por el trabajo, pidiese el necesario des- 
canso; porque las dichas como las desgracias absorven en 
un puntb toda nuestra existencia. 



174 LOS SSCKETOt DEL PlTEfiLO. 

Conociendo esto nnestro joven y despues de haber com 
binado j deshecho millones de planes, despues de haber 
recordado una por una las palabras de Luisa j hasta sus 
mas peqnenos movimientos, se puso a escribirle a sa herma- 
na, sin contestar por esto la cart^ que dias antes recibiera 
de ella y asf le decia: 

■ ^ 
^^San Jorje^ octubre 28 de 1850. 

"Mi querida hermana: 

''Son las cuatro de la manana cuando principio a escri- 
birte esta carta . . 

"No he dormido un solo instante; y despues de concluir- 
la, montar^ a caballo para irla a dejar a San Fernando y 
recojer la tuya. . . 

"^De qu^ otra cosa puedo hablarte? ^c6mo tener tiempo 
parapensar en nada, para ocuparme de nada, cuando. . . 
jcuando ella est& aqui!.. . ^No obrarias tiidel misino modo? 
No harias lo mismo que yo? 

"Si, mi querida Mercedes, tu amiga. . . tu protectory . , 
tu &njel se encuentra en su hacienda, en la hacienda de San 
Jorje, que yo habito, y de que ella es propietaria!.. • jY de* 
cir que vivo con ella, que estoi a su lado, que respiro el mis- 
mo aire, que nos cubr^ el mismo techo!. . . ^no es de naorirse 
de felicidad?. . . ^Se llama vivir o morir lo que yo siento? 
No lo se; pero vida o muerte no la trocariapor nada en este 
mundo, no la cambiaria por el paraiso, ni por la presencia 
de Dios!. . . 

"Yo deliro, indudablemente, pero este delirio tiene algo 
de celestial, algo de divino, que palpo y que seria un in- 
Sensato en posponerlo a lo que no conozco!.. . ^No me en^ 
cuentras razoa en mi misma estravagancia? 

"Goza, Mercedes, goza, porque tu amiga, tu dnjel tutelar, 
coQio tu la llamas, no se ha separado de ti, puesto que eata 



/>' 



LOS sscBxrds dbl i^uisblo. 175 

conmigo!, • jNo somos los dos, hermana mia, una misma co- 
sa? no nos une la misma sangre, el mismo afecto amando a 
una misma persona? 

"iC6mo esplicarte la sorpresa que recibi cuando crei re? 
conocer a tu amiga que bajaba del coche? Al principio 
86 me figur6 una ilnsion emanada de mis deseos; pero cuan- 
do vi que era realidad, jDios mio! no te sabr6 decir lo 
que hice, porque me encamin^ a mi cuarto casi fuera de 
mf... jPodia ser de otro modo? ^No comprendes mi enaje- 
nacion al ver aparecer a quien no csperaba, y sin embar- 
go, a quien tengo tan presente a toda bora y a cada ins- 
tante? 

"Piensa, liermana mia, que td has contribuido mas que 
nadie a que alimente esta pasion; ^por qu^ habrias de cri- 
ticar ahora lo que tii has forraado, lo que ti has robusteoi- 
do con tus imdjenes, con las palabras que me has referido 
de ella, con las acciones que me has pintado y con el carino 
mismo que t4 le profesas? 

"Si tii la amas, jpor qu6 no halyia de amarla yo? ^Puedo 
tener una naturaleza distinta de la tuya? Y si la tuviera ^no 
es verdad que me lo echarias en cara? No es verdad que 
me lo reprocljiarias? 

"Si la hubieras oido anoche! Con que entusiasmo h^bla de 
ti! Mi vanidad de hermano estaba lisonjeada, mi orgullo 
habia aumentado; pero mi afecpion creoia por momentos 
para ambas! A medida que ella se espresaba, mas me pare- 
cia quererte a ti y quererla a ella: un afecto me inducia a 
otro afecto, e&tableci^ndose una union que po sabr6 pin- 
xarLe* • • 

"Jamas habia estado a su lado, escepto en aquella oca-- 
sion. . . Jamas la habia visto de cerca. . . iQu6 hechizQ jDios 
miol qu^ gracia, qu^ dignidad^ que dulzura, qu6 aureola ce- 
lestial reina en torno de ellal Hai algo que fascina, que 
embriaga, que atrae, que seduce. ., * \y no ser digno de po* 
seerla! 



176 LOS SftCBETOS DSIi PUEBto. 

^'Hermana mia! mi querida hermana! mis tormentos son 
horribles. gPor qu^ no soi sabio, rico, graade, noble? Ouan- 
do me veo raui pequefio me desespero, y sin embargo, vivo 
en un mar de delicias! . . El tormento hace mi felicidad. . . 
Yo encadenar^ a la dicba, porque tengo voluntad; y la vo- 
luntad, segun me ha dicho mi maestro y segundo padre, to- 
do lo vence, todo lo consigue, todo lo domina.. . 

"No critiques mi carta, Mercedes; compadeceme en vez 
do vituperarme. . . piensa que soi tu hermano, tu hermano 
que tanto te quiere, y perdona mis estravios si en realidad 
lo son. 

"Me parece que al leer esta carta estards inc6moda, por- 
que no te hablo de mis padres; pero diles, diles, Mercedes, 
y esta es la verdad, que no los plvido un solo instante, y 
que, si es posible quererlos mas, es ahora cuando siento en 
un grade mayor este afecto. 

"Y t<i tambien, mi dulce amiga, ^por qu^ no habria de 
darte este nombre mas grato que el de hermana y que es 
el que ella te prodiga; t^ tarabien me disculpards, no por- 
que yo te lo pida, si no en obsequio de la persona que es 
causa que no me ocupe de ti; (jpero no es lo mismo que 
ma ocupe de ella? No la prefieres a tl misma? Entonces 
nada tienes que reprocharme, ni yo riecesito tomarme la 
molestia de pedirte perdon. 

"En ocho dias mas, es decir, el domingo pr6ximo, tene- 
mos una partida de caza, o lo que se llama aqui una corre- 
ria al leon, para la que estoi convidado, y a la cual ella 
asistird. jComo me voi a divertir! He dicho mal; ]c6mo voi 
a gozar! Yo te contar^ todo, todo sin la menor reserva, 
porque el corazon de tu hermano, abierto para el afecto, lo 
cstd tambien para la confianza. 

"Dos palabras sobre el solitario, en el que fijo todas mis 
esperanzas: he pasado con ^1 los mementos mas deliciosos 
y mas instructivos de mi vida, eacepto el de esta noche. 
jQu^ ciencia, qu^ profundidad, qu^ ideas, qu^ alma tan 



\ 



Los SECRETOS DEL PUEBLO. 177 

grande y tan buena! . . Y decirte que ^1 me ha prometido 
ensenarme'cuanto sabe! Decirte que me llama su hijo y que 
me ha autorizado a decirle padre! . . Si lo conocieras, Mer- 
cedes, lo amarias cuanto yo lo arao; porque aun cuando 
hace poco tiempo que lo he tratudo, ya le soi deudor de 
muchos beneficios, pues ^1 ha alentado mi esperanza, ha 
avivado mi fe, robustecido mi espiritu e ilustrado mi inteli- 
jencia, a tal punto, corao te lo escribia en mi carta anterior, 
a tal punto, que yo mismo no me conozco, porque el radio 
de mi pensamiento, poco antes estrecho, ha crecido consi- 
derablemente, y todavia espero ma;^, porque sus sinceras 
promesas van mui alia. 

"Con este ausiliar poderoso, alcanzar^, Mercedes, no lo 
dudes, alcanzare aquello que constituye mi mayor felici- 
dad y mi mayor gloria... Tu tambien seras dichosa, porque 
parece que Dios esta con nosotros, o que cierto dnjel bajado 
del cielo nos proteje: estas son tus propias palabras cuando 
te refieres a tu amiga, que ahora, por mi intermedio, te 
manda mil finezas y mil recuerdos, encargdndome, a la vez, 
que te.diga que no te olvides de escribirle, lo cual espero 
cumpliras con gusto. 

"Abraza a nuestros padres y quiere cuanto mas puedas 

a tu hermano 

"Enrique." 

» 
Ya iba a venir ^ dia cuando cl enamorado joven hubo 

concluido su carta, dirijiendose precipitadiraente a las pe- 

sebreras para tomar sus caballos, despertando tambien al 

mozo que d^^biera acompanarlo, los que no tardaron mucho 

en estar listos, y salieron de la casa sin hacer ruido. 



T0M6 H. 1^ 



La plegarla. 



L 

Eldiaesfabasereno, ni una sola nube cubria nuestro 
hermoso cielo de Chile, y los resplandores precursores a la 
salida del sol subian mas alto que las jigantescas Cordille- 
ras de los Andes, esparciendo su rojiza luz poco a poco 
por todo el firmamento, a medida que avanzaba en su eter- 
na carrera. 

Enrique, por uno de aquellos caprichos tan frecuentes 
entre las personas dichosas como desgraciadas, porque la su- 
prema felicidad o el supremo dolor tienen un punto en el 
cual se confunden, y ese punto es Dios, pues ni se goza ni 
se sufre sin elevarse a 41; Enrique, decimos, par 6 su caballo 
de repente para contemplar la brillante aparicion del astro, 
y llevado de una de esas impresiones rdpidas, poderosas, y 
peculiares de los caracteres sonsibles y apasionados, se 
baj6 del caballo, hinc6 su rodilla y se prostern6 ante 
aquella maravilla de la creacion para rendir culto al Crea- 
dor. Cualquiera que conociera las costumbres y relijion 6ra- 
bes, habria tomado a nuestro j67en por un musulman, que 
hacia la oracion de la manana y a quien solo faltaba el tur- 
bante bianco.. 

^Qa6 plegaria hizo Enrique, qu4 oracion pronunciaron sus 
labios? Talvez ningana, sino un simple jah! de admiracion, 
que no llega a ser una palabra, pero que eucierra tanta vo- 
luntad y tan to pensamiento!.. jQu6 mas culto que esa es- 
presion muda, arrancada de nuestro pecho y que encierra 



LOS SSCKETOl' DBL PUBBLO. 



179 



nn mundo de ideas, de afocto y de adoracion sublime!,. 
jQu^ cosa m^s grata a Dios y mas digaa del hombre!.. 

Enrique se levant6 al fin pausadamente, subi6 sobre su 

caballo y contina6 su m ircha silencioso: esta es la verda- 

^i dera espresion del contento verdadero... La risa significa el 

placer del cuerpo, pero el silencio revela la dicha del alma: 

los grandes sentimientos no son bulliciosos... 

No hai nada en el mundo que haga brotar afectos ma<i 
dulces en nuestro peoho que una hermosa mafiana cuando 
nuestro corazon eat& lleno por la imdjen de una mujer que- 
rida!... . Lj^s ffores despiden una ambrosia An igual. .. Sus 
diversos perfumes, eonfandi^ndose, Ueganhasta nosotros co- 
rao una eraanacion didna que trae a nuestros sentidos ese 
amor universal que Dios ha esparcido por todas partes y 
del que esta impregnada toda la naturaleza! ... La brisa es 
fresca y parecetener acentos de vaga, indefinidapero suave 
ternura! . .. Las gotas diamantinas que brillan en el hermoso 
e inimitable alfombrado de los-campos, el canto de las aves, 
sus movimientos rapidos, que denotan su alegria interna, 
todo, todo nos eleva a las vaporosas rejiones del mundo de 
las ideas. .. a esas rejiones que muchos no lian visto, que 
muchos no comprenden y que la jeneralidad no cree, pero 
a las cuales solo puede penetrarse con la Have de la virtud 
y el amor que eujendran la poesia y la admiracion con que 
debe adorarse a Dios para vivir en ^1, con ^! y por ^1! . •. 

11. 

Mecido en un mar de pensamientos agradables, lleg6 
Enrique a San Fernando sin apercibirse de ello; pero tiivo 
que bajar de los mundos brillantes de su fantasia para diri- 
jirse al correo y hablar con el prosaico empleado, que estaba 
en la puerta de calle, y que le dijo: 

— Amiguito, usted no ha madrugado tanto como el do- 
mingo pasado; sin embargo, no deja de ser todavia bien 



V. 



180 LOS SECRETOS DEL PUEBLO. 

temprano; y sacando un enorme reloj de plata, anadio: "son 
apenas las siete y media." 

— Es cierto, senor, que el otro dia me puse en camino mas 
temprano y marche con mas rapidc z. 

— Cdspita! el doraingo anterior salio usted de noche, pues 
lleg6 aqui que casi no aclaraba; y advierta nsted que yo 
me levanto a oscuras y apenas me Labia vestido. 

— Usted tuvo la bondad de disculparme, e^engo ahora 
cartas? 

— SI, amigo mio, pero pase adelante: todavia es hora de 
toraar un gloriado; ^no le gust6 a usted el otro? 

— Si, senor, pero ahora ando tan de prisacomo entonces. 

— Eso no inipide que descanse un momento. 

— Es que ... no estoi cansado. 

— Imposible . . . esas son escusas con que usted quie: e 
enganarme. 

— Pero, senor , . . 

— No hai pero ni pero que se tenga; entre usted no mas 
y tomara su pocillo de agua caliente con las gotas. . . ^me 
entiende usted? 

— Enrique bo pudo resistir a la obsequiosa tenacidad del 
buen administrador de correos, que principio agritar desde 
la puerta de calle: '"Muchacha, muchacha, trae un pocillo de 
agua caliente para este caballero; anda lijero," y luego,diri- 
jiendose a Enrique le dijo: "pase usted adelante." 

A pesar de los deseos que tenia el joven de partir cuanto 
antes, no pudo menos de reirse del forzoso carino del vieje- 
<;ito y de su aire bonachon y petulante. 

— Vamos, atniguito, dijo el administrador, restregandose 
las raanos y con una cara risuena; usted me ha caido en gra- 
cia y es preciso que me cumpla lo que me prometio en vez 
pasada, de hacerme una larga visita; ^.se acuerda usted? 

— Si, senor, pero ahora no puedo. 

— ^Por qu^ no, si hoi es domingo? 

— Tengo que hacer una dilijencia urjente. 



LOS SECBET03 DEL PUEBLO. 181 

— No lo creo; usted debe ser buen cat61ico, apost61ico, 
romano y per consiguiente gcardar el dia de fiesta. 

— No es para trabajar pino que tengo que ver a una per- 
sona. 

— Ya caigo, picaron!. . . ja, ja, ja. .. ^para ir a ver algu- 
na pichona? Lo misrao era yo cnando j6ven, me giistaban 
las ninas y todavia no he perdido la aficion. . . Si^ntese no 
mas y hablaremos. 

— No es nina sino a un anciano al que tengo que ver. 

— No preteuda usted enganarme, arniguito, mire que soi 
mui ducho. . . tambien a mi no me faltaban disculpas. .. 

— Es la verdad, scnor. 

— Vamos, no quiero contrariarlo, pero es preciso que me 
prometa el venir a pasarse conmigo un dia entero, y ya verd 
que no se arrepiente. 

— Es imposible, senor, tengo todo mi tiempo ocupado. 

— Yo no hablo de los dias de trabajo sino de los doraingos, 
o dias de fiestas. 

— Tambien los tengo destinados. 

— Para venir por sus cartas, ya lo veo, pero esto facilita 
y es una ocasion para que se quede con nosotros el resto 
del dia y vol verse en la tarde. 

— No puedo prometerle, senor. 

— ^Tan encamotado estd? 

Enrique se ruboriz6. 

— Vamos, arniguito, esas son cosas propiasdela juventud 
y que no hai moiivos para ocultar tanto. Sea usted conmigo 
mas franco, porque lo quiero, y le dare mui buenos conse- 
jos sobro el particular, pues tengo esperiencia... 

— Estoi obligado a ver a ese caballero y es el domingo el 
iinico dia de que puedo disponer, contestp Enrique, eludien- 
do la cuestion. 

— Ya le he.dicho a usted que amii ilo se me engana, pero 
para determinarlo,.le prevendre queen San Fernando hai 
ninas mui bonitas y que yo lo puedo llevar a todas partes, 



183 Ld3 tBOItlTOS DBL PUEBLO. 

pnes no hai una sola que no conozca; esto es si no qoiere 
qaedarse en caaa, donde tampoco faltan... Mis hijas sou vi- 
vas, alegres, obseqniosas, porqne estdn mui bien edncadas y 
tocan divinamente el piano... 

Y el buen horabre miro a Enrique para ver el efecto que 
habian producido en ^1 esas palabr^, que se Sguraba irre- 
sistibles. 

Nuestro joven le di6 las gracias, dici^ndole que si tenia 
una oportunidad aprovecharia con gusto de su obsequiosa 
oferta, teniendo el placer de pasar algnnas boras en su agra- 
dable compania. 

La respuesta de Enrique, que no tenia mas objeto que li- 
brarse cuanto antes del adrainistrador, produjo el efecto de- 
seado; pues ^ste le dijo que le permitia ahora irse, esperando 
en que cumpliria su palabra en otra ocasion; pero todavia 
no le dej6 partir sin informarse de los trabajos y del lucro 
probable que obtendria en ellos. 

Al fin recibi6 Enrique su carta y pudo quedar libre de 
la obsequiosidad del buen hombre, cuyo oculto pensamien- 
to era atraer a su casa al arquitecto, para ver si podia salir 
de alguna de sus tres hijas, que se le \h^n pasdndo y que te- 
mia quedasen ya para vestir sdntos. 

Por otra parte, la posicion de Enrique le parecia magnifi- 
ca: esto de arquitecto sonaba mui bien a su oido; y las ala- 
banzas que habian hecho del j6ven, su bueua presencia y la 
moderacion que manifestaba, eran estimulos poderosos para 
el buen padre, que queria la felicidad de sus hijas y el realce 
de su familia, pues un casamiento igual meteria bulla en 
San Fernando, haciendo a muchos envidiosos y envidiosas. 

Si nuestro provinciano hubiera sabido que Enrique no 
era mas que simple carpintero, la cosa habria cambiado de 
aspecto y lo hubiera tratado desde lo alto de su grandeza, 
no dispensdndole esa obsequiosidad con que .creia atraerlo; 
pues en prdvincia es donde reinan con mas fuerza las preo- 
cupaciones de aristocracia^ Uev^ndolas sus habitantes hasta 



1<0S SBCBET08 DEL PUBBLO. 183 

la exajeracion y hasta el ridlculo, porque mientras mas igno- 
rantes, son mas orgullosos, y mientras mas quieren imitar a 
lias giandes familias de la capital, son mas insopoitables y 
estravagantes. 

En la actualidad v^se perdiendo un tanto este espiritu, 
sin que desaparezca todavia; porque en Santiago tambien 
disminuye a medida que la civilizacion y a medida que Ja 
nueva aristocracia del dinero adquiere mas imperio, echan- 
do ciertas sombras sobre la antigua o avasallandola com- 
pletamente. 

III. 

Tan luego como sali6 Enrique de la casa del administra- 
dor de correos, rompio la oblea de la carta que tem'a impa- 
ciencia de leer y cuyo contenido era el siguiente: 

^^ Santiago^ octubre 30 de 1850. 

"Mi querido Enrique: 

"^Por qu^ no me has escrito? Tu carta habria disminuido 
mis pesares, pero tu silencio me los aumenta... 

"Luisa ha partido y no hai consuelo para ml... Yo creia 
quererla mucho, pero veo que la quiero aun mas de lo que 
pensaba... La vida se me hace triste, mon6tona y solo me 
animo recordd,ndola, pudiendo decirse con propiedad qtfe 
<inicamente respiro cuando pienso eniella!... Si donde se en- 
cuentra par tici para de mis mismos sentimientos!... si irdn 
hasta donde ella! Si me recordard! 

"Enrique! jamas te he dicho cudnto queria, cudnto quiero 
a Luisa; nunca podria esplicartelo, pero ahora lo siento, 
porque hai un vacio en torno mio; lo palpo, porque nada 
me agrada y nada me satis face... Cada hora es para mi un 
recuerdo, y esas horas se suceden sin que tenga esperanzas 
de ir a buscarla!... Tu hermana es bien desgraciada!... 

"Los hombres de mundo, como le he oido decir a Victor, 
talve? se reirian de n^i mauera de sentir, atribuy6ndola a 



184 LOS SSCBETOS DEL PITEBLO. 

inocencia o e tiipidez; pero piensen como quieran, yo afec- 
ciono y padezco; y &in el nombre que te acabo de decir, la 
existencia rae seria desagradable en la aasencia de Luisa. 

"£s|'llcame, Enrique, este fenomeno, puesto que tienes un 
sabio a tu disposicion con quien consul tarte dia a dia. Di- 
me, gno es verdad que antes de conocer a Lnisa era feliz? 
^Por qu^ no lo soi ahora que he aumentado mi dicha con 
su amistad? j^Seriamos acaso mas felices si a nadie aprecia- 
semos, si a nadie conoci^semos, si a nadie amd-emos? Y en- 
tonces, ^de qii^ servirian los p'aceres de la afeccion y las 
delicias de un afecto correspondido? 

"Yo nose raciocinar; pero, por el sentimiento que he es- 
perimentado perdiendo a Luisa, deseara mas bien no haber- 
la conocido. Pegun esto, ^los seres insensible^ seriau mas 
dichosos? ^Habria valido mas nacer piedra que homl)re? 

"Vuelvo a repetirlo, yo no arguyo siiio que cito; no esta- 
blezcouna controversia, sino que manifiesto una impresion. 
^Ir^ errada en mis juicios? No lo sabria decir; pero sea de ello 
lo que fuere, me basta con manifestarte (jue la auseucia de 
Luisa me ha arrebatado la felicidad de (j^ue era duenayla 
que ella me habia dado. 

"Pero realmente soi injusta: a la desaparicion de Luisa, 
desaparicion que lamento, porque nadie ocupa el lugar (jue 
ella en mi corazon, esa penosa desaparicion, digo, ha ve- 
nido, sin destruir su efecto, a calmarla otra persona, y esta 
persona es Victor. . , 

"jSi supieras, Enrique, por qu^ medios tan delicados 61 
ha querido consolarme! Si conocieras de cuiintos espedien- 
tes se ha valido para distraer mi mente de un pensamiento 
doloroso! Si lo supieras, te admirarias, estdndole tan agra- 
decido como nosotras! Sus atenciones se han aumentado des- 
de que parti6 Luisa, y se han aumentado, a tal punto, que 
me rodean por todas partes, pero sin que trate de influir en 
lo manor para que no recuerde a mi amiga, sino que por el 
contrario me estd siempre hablando de ella, alab&ndola en 



LOS S£CB£TOS DKL PXTEBLO. 185 

todas las ocasiones, como si quisiera que jamas la olvida- 
se!.. ^No es esto, Earique, una coaducta delicada? ^No es 
manifestar ua interea poco comun, y al cual no soi acreedo- 
ra bajo ningun aspeoto? 

"Dona Anastasia, la tla de Victor, tainbien se presenta 
con mis padres y conmigo de un modo id^ntico. jCudnto 
tenemos que agradecerle a estas buenas jentes! jCdmo me 
gastaria, hermano mio, que estuvieras aqui para que estre- 
charas con este joven tu mano de ainigo. Voi a narrarte uno 
de esos rasgos que lo adornan y lo caracterizan. 

"Al dia siguiente de la partida de Luisa, dia en que yo 
estaba verdaderamente triste, vino 61 y me dijo: 

^^Senorita^ yo se lo que usted siente^ conozco el dolor que 
esperimenta y no vengo a pretender disminuvdo. sino a 
acompanarla en su pesar^ y si mefuera posihle^ a dividirlo 
con listed J pero ya que es-to no me es dado y que mis deseos 
son esteriles^ permitame usted suplir en algo aquella falta. 
To sabia que la senorita Luisa Valdes, no solo era su amtga, 
sino que era su institutriz,,. Ahorayo necesito tambien tomar 
lecciones dejxlgunas cosas. ^Quisiera usted ser mi condisci- 
pula^ bajo- la presencia y con el benepldcito de su senora ma- 
dre? Asi habrd perdtdo usted^ por algun tiempOj una amis- 
tad irreparable^' pero no echard en olvido sus conocimiento s 
adquiridoSj conocimlentos que le deben ser a usted tanto mas 
agradables^ cuanto que provienen de su amiga. puesto que ha 
ejercitado ese aprendizaje por su voluntod y bajo su direcnion.^^ 

"Yo di las gracias a nuestro joven vecino; ^y c6mo. re- 
husar tanta araabilidad? Y le dije que se consultase con mi 
madre, que lo que ella resolviese seria lo queharia,.. En fin, 
Enrique, mi madre ha accedido y comenzaremos desde ma- 
5ana nuestras clases, inclusa la piutura, que me la ensenard 
un discipulo de ^1, para tener tiempo de aprender sus lec- 
ciones, porque seria una vergiienza que yo lo aventajase: 
estas son sus espresiones y a tal punto llega su modestia... 

"Mi madre, hermano mio, te echa cada dia mas de menos 



186 L08 SlOSSTOg DEL PUSBLO. 

y dice que no estard tranquila mientras que no te vea. . • 
trata de complacerla y vu61vete cuanto antes puedas; pien- 
sa que todoa te ecbamos de menos, pues a todos noa haces 
fi^lta; y que si hai egoisoio en exijir esto, tambien hai cari- 
no, y un carino que no se olvida, como el de lo3 padres, y en 
que no domina el interes, como el de los liermanos que se 
aprecian y se quieren tanto como nosotros. 

"Adios, Enrique mio, vente luego, respeta siempre el 
mandato de mis padres y nunca olvides a tu hermana 

"Mercedes." 

Despues de baber leido Enrique la carta de su hermana, 
y Ueno de emociones, de incertidumbres y de esperanzas, 
puso las fespuelas en los hijares de su caballo y se diriji6 
con la mayor rapidez hdcia las casas del solitario. 

Pero mientras Enrique velaba pensando en Luisa, mien- 
tras escribia una carta a su hermana, dominado por la fie- 
bre, ^qu^ era lo que la aristoordtica j6ven esperimeiltaba? 
Es innegable que hai una linea conductora que trasmite los 
afectos, a pesar del tierapo y del espacio; un alambre mag- 
n^tico que pasa de un corazon a otro, el sentimieoto de amor 
o de odio quese sufre y que en seguida se repercute; sin 
embargo, §habia o no sentido lo que Enrique sentia? gHa- 
bian Uegado hasta el pecho de Luisa los afectos del pecho 
de Enrique? Esto todavia era un misterio, pues en jeneral 
1^ mujer es menos ardiente y raenos irapresionable que el 
hombre, si bien su ardor y sus impresiones son mas dura- 
bles, lo que fcrma su constancia. Una mujer jamas olvida 
al primer hombre a quien ha querido, siempre estd presen- 
te su primer amor, mientras que en nosotros las mas veces 
desaparece, dejdndonos solo conducir por las impresiones 
del momento. 

Luisa, desde la primera ocasion, no habia mirado con in- 
diferencia si Enrique; desde ese momento qued6 grabada 
para siempre la imajen del j6ven obrero que habia tenido 



LOS SSCBSTOS DIL ftTSBLO. 187 

el coraje de esponer su vida y la modestia para no dar nia- 
gana importancia al acto; pero ain embargo, no sentia el fae- 
go abrasador que devoraba al artesano. Ella, en la aristo- 
crAtica sociedad que frecuentaba, no habia encontrado a 
ninguno que se le pareciese; pero tenia tan elevada idea del 
hombre a quien debiera amar, que, si bien Enrique la fas- 
cinara un momento, no era lo bastante para Uenar su cora- 
zon, realizdndose el ideal que se habia forjado; empero, el 
carino de Mercedes, las particularidades que le habian di- 
• cho sobre la vida y nobleza del cardcter de Enrique, su en- 
cuentro con el solitario, la circunstancia de ser su padre el 
Salvador de este anciano, a quien ella veneraba y queria, el 
carino que habia despertado en ^l, el aprecio y las alaban- 
zas de dott Pedro Murna, y liltimamente, la conversacion 
que acababan de tener con ^1, y en que habia manifestado 
tanta sencillez como grandeza y tanta humildad como ele- 
vacion, la habian impresioiiado hasta el punto de que, co- 
mo Enrique, pasara tambien una noche de desvelo, pero 
una noche de delicias; y aun cuando no se confesaba a si 
misma que amaba, esper6 con ansiedad la vuelta del dia 
para tener ocasion de verlo y de hablarlo; asi es que su sor- 
presa fu^ grande cuando le dijeron que habia salido raui de 
manana, esperimentando con esto una especie de desazon o 
de disgusto que no sabia a qu6 atribuir o que no queria 
confesarse a pesar de sentirlo. 



Esplicaciones. 



I. 



Inter tanto Enrique llegaba donde el solitario, a qnien 
hallo ocupado en sns ensayos fisicos, habiendole salido al 
encuentro priraeiaraente Torcuato y los perros, que lo ve- 
cibieron con muchas caricias, como si faese ya un antiguo 
conocido, lo que prueba que la voluntad y la simpatla no 
existe linicaraente en los sere3 de nuestra especie, si no que 
se estiende hasta aquellos que parecen dotados unicamente 
de moviraiento y a quienes negamos la reflexion, si no 
alcanza hasta las plantas que no pueden manifestarnos su 
carino, auu cuando lo sientan, o que si nos lo manifiest^n, 
Dosotros no somos capaces de comprenderlos, porque ha- 
blan un lenguaje mui distinto y mui imperceptible. 

El anciano recibi6 a Enrique con mas afabilidad que las 
otras ocasiones, pero no pudo menos de notar el aire preo- 
cupado del joven, y por esta razon le pregunto en el acto: 

— Conozco, hijo mio, que te pasa algo de nuevo. 

— Asi es, senor. 

— ^Qu^ es lo que ha sucedido? Te amenaza alguna des- 
gracia? Tienes algo que pediVme? Juedo serte util en alguna 
cosa? Dimelo y ordena, que estoi mui dispuesto a compla- 
certe. 

— Mil gracias, senor, pero no sucede nada de alarmante. 

— Y sin embargo, tu semblante dice lo contrario. 

— Es que. . . 



/• 



LOS SEOBETOS DSL PUEBLO. 



185 



— Concluye. 

— Es que las sefioras propietarias de la hacienda han lle- 
gado anoche. 

— jDona Juaaa y Luisa estdn aqui! ^Pero que hai en esto 
de nuevo y de estraordinario para ti? 

— Nada, seSor. 

— Se franco, Enrique, y hdblame como si lo hicieras con 
tu mejor amigo, con tu mejor padre. 

— Ya ]e he dicho que no tengo nada.. . 

— ^A. que viene entoncesesa coumocion? 

— Lo ignoro. 

— Tu dices que lo ignoras; pero yo conozco que nie ocul- 
tas alguna cosa. 

— No puedo decirlo. * 

Y Enrique se cubrio el rostro con sus raanos. 

— ^No tienes en mi confianza? respondio .el solitario, mi- 
rdndolo con ternura y con fijeza; y sin embargo, yo creo 
haber adivinado. 

— jAdivinado!. . . gqu^? 

— Tii me dijiste el domingo que amabas a una nina a 
quien solo una vez habias visto. 

— Senor! seSor! no se burle de mi y tengame mas bien pie- 
dad. . . tengame compasion, porque soi un loco. 

— Cdlmate, hijo mio, y piensa que habias con tu padre, 
que es imposible se burle de tus afectos. 

— Pero si ellos son estravagantes! 

— Aun cuando asi fuera, no existiria por esto motive, . . 

■ — Dios mio! yo soi un insensato!.. . 

Y Enrique se le arrodillo al anciano, el que se apresur6 
a levantarlo con muestras de la mayor ternura, y seut^ndo- 
lo a su lado le dijo: 

— Cuanlo me contaste el lance del coche y cuando ine 
comunicaste que amabas, pero que solo habias visto en una 
ocasion elobjeto de tu carino, asi como cuando para escu- 
sarte de que no habias recibido ninguna recompensa mo- 



llO • ' LOS BIEOBEtOS J>tL PttXBtO. 

netaria, me mostraste ese anillo que yo conozco, pas6 so- 
bre mi una sospecha que no tard6 en convertirse en realidad 
y que ahora tk mismo confirmas. 

Como te he dicho, yo coooci en el acto ese anillo, que 
era de la tia de Luisa Vald^s, a quien tii amas, y por ha- 
berselo visto a la primera eonstantemente; pues si no has 
olvidado mi historia, yo quise a una nina que no correspon- 
di6 a mi afecto, y esa nifia es la tia de Luisa. 

— ^Entonces el marida de dona Juana y por consiguiente 
el padre de la senorita Luisa es el amigo de quien ustedijae 
ha hablado y por el cual se bati6? 

— Justamente, y por esta razon, al ver esa alhaja en otro 
poder, lo comprendl todo y lo ratifico ahora sin necesidad 
de que me lo digas. 

— C6mo! jHe sido yo el que he revelado lo que mas me 
empenaba en tener oculto a todo el mundo! 

— ^Asi me considerab, Enrique? ^rae confundes con los 
demas? 

— jPero qu^ va a pensar usted de mi! 

— Yo no anticipo jamas los juicios, hijo mio. Yo no te vi- 
tupero ni tampoco te alabo; mas tarde te dire mi pensa-- 
miento.. . Por ahora quiero estar libre.para ver claramente 
lo que mas pudiera convenir a ambos, porque la quiero a 
ella como una antigua amiga, cuya vida hasta cierto punto 
ha estado confiada a mis cuidados desde sus primeros anos; 
pues, independiente de vivir aqui, siempre he considerado a 
esa familia como la mia, siendo ademas la liiiica que en rea* 
lidad tengo; y te quiero a ti por ser el hijo del horabre a 
quien debo la vida, porque te conozco y porque, con toda 
voluntad, me he ofrecido a ser tu segundo padre. . .^ jTengo, 
pues, derecho para vijilar por la felicidad de ambos? 

— Gracias, senor, gracias.. . usted es mi apoyo y mi es- 
peranza. . . 

— Yo sondear^ el terretio Eurlqiie^ y, ya ver^s como no 
descuidar^ tus intereses. 



LOS siBOBirtos dbl pueblo. l9i 

— Por Dio8, sefior, no haga usted nada en mi favor; y si 
ke de pedirle una gracia, y una gracia que la exijo ante to- 
das cosas, es de que me guarde el secreto con todos y es^ 
pecialmente con ella. . . 

— lY si pudiera conseguir algo, de bueno para ti? 

— No lo quiero ni lo aceptaria. 

— ^Entonces no tienes el carino que me decias? 

— Si, senor, y a un gra^ tal, que usted no se lo ha imaji- 
nado. 

— Pero si es asi, jpor qu^ rehusas mi intervencion cuando 
ella podria serte favorable? 

— Por la misma lazon de mi escesivo afecto y de mi alto 
aprecio. 

— No te comprendo; ^c6mo quieres entonces conseguir lo 
que tanto deseas? 

— Quiza no sabr6 esplicarme, pero puedo asegurarle que 
nada espero ni nada solicito del favor, sino del m6rito ad- 
quirido. 

— S6 mas claro. 

— Ella estd colocada en una esfera mucbo mas alta que 
-yo, por la fortuna, por la familia, por la instruccion y por las 
cualidades de todo j6nero que la adornan; quiero, pues, su- 
bir hasta donde ella se encuentra; sin esto, morir^ mi amor 
o morir^ yo; mi secreto no saldr^ jamas de aqui, esceptuan- 
do a usted y a mi hermana, que ya lo conocen. 

— Admiro tu pensamiento y alabo tn prop6sito: puedes 
contar con segaridad que jamas reVelar6 lo que me has di- 
cho y lo que, antes que me lo dijeras, habia adivinado. 

— ^Estamos entonces convenidos? 

— De todo corazpn, porqae hai mucha honradez y mucha 
elevacion en tu raanera de obrar. 

Pero dime: ^si la obtuvieras sin esos sacrificios? 

— Jama% sefior.. . nunca llevar^ mis pretensionea donde 
no pueden alcanzar mis meritos. 

— jEstirS, pnes, resuelto a renimciar a Luisa? 



192 LOS gXCSETOS DKL PITXBLO. 

— A renunciar no, porqae seria lo mismo o mas que re- 
nanciar a mi vida; pero antes de esperar la recompensa, es 
precise qne me haga d'gao de ella... y este pensaraiento me 
anima y da valor... Usted me ha dicho que todo se puede 
con la volantad, y yo tendre tanta, que no habra obstdculo 
que me resista. 

— Sin embargo, hijo mio, es preeiso que consideres que 
suele haber tropiezos insuperables; porque si la voluntad 
es una fuerza, tambien puede haber otra voluntad tan en^r- 
jica como la tuya y opuesta a ella. 

— Ya se ve, dijo Enrique con desalieiito; si ella no me 
quisiera!... 

— Lo cual puede ser, sea porque este ocupada por un afec- 
to, sea porquo no exista armonia entre arabas naiuralezas o 
por otras causas. 

— Tiene usted razon, senor; y siu embargo, tengo el pre- 
sentimiento de que ha de llegar a amarme coino yo la amo. 

— La intensidad de nuestros deseos forma muchas veces 
falsos mirajes. 

— ^Debo entonces renunciar? 

— No es esto lo quepretendo ni lo que te aconsejo, sino 
que seas circunspecto, y que una prudente incertidumbre 
guie tus pasos, porque tambien mata una ilusion perdida.. . 
Pero trabaja, hijo mio, trabaja con constancia, teniendo ese 
brillante punto de raira, que, si no consigues tu objefo, ha- 
brds, de todas manera?, ganado muchlsimo. 

— jDe qu^ me servirian todos los tesoros de es.te mundo 
y aun toda la ciencia y toda la virtud, sin ella!... 

— No tienes razon en lo que dices; te dejas arrastrar de la 
vehemencia de tu afecto y hablas en coiiformidad a las im- 
presiones del momento; pero vendra la calma, vendrd la es- 
periencia, y su antorchate alumbrard el camino, haci^ndote 
conocer la verdad.,. Esperemos, pues, los acontecimientos y 
ellos no9 dir&n mejor c6mo se debe de obrar; pero trata de 
reservar tu espiritu, porque la violencia de las pasiones no 



LOS KECBXton l^BL P^tftLO. 193 

la debes tomar por gaia ni nanoa es naestra mejor conseje- 
ra. Aprende desde temprano a domiaarte y a no consaltar 
sine a la razou, y ya ver&s lo3 baeaos resaltadoa... 

Ahora es preciso, paesto qae ban Uegado esas aefioraSi 
que les vaya a hacer mi visita de bienvenida* {Quietes acom- 
pafiarme? 

— Con el mayor gnsto. 

-^Pero yo hago mi mafcka a pi^* 

— Ir^ del mismo modo. 

— ^No te fatigar&s? 

— Estoi acostnmbrado a andar mncko* 

— Paes bien, vamos. 

Y ambos se pnsieron en camino, habiendo prevenido H 
Torcuato que qaizd no volveria en la noche, porqae jeneraU 
mente 16 hacian quedai^se. 

11. 

Durante la raarcha, la converaacion de nuestros do8 viaje- 
rosseredujocasiespecialmenteala familia de dona Juana, a 
s;a marido, a su hermana la monja^ a quien don Torlbio de 
Guzman habia amado^ y a la pequeQa Luisa, hoi ya hermosa 
nifia. El solitario hizo a Enrique los retratos de cada una 
de esas personas, deteni^ndose especialmente en Luisa^ a 
quien se puede decir que habia visto nacer y cuyo gradual 
desarrollo habia seguido y estudia'lo con atencion por cier- 
ta3 particularidades de cardcter; y como toios los anos 
pasaban jeneralm.ente tres o cuatro meses en la hacienda y 
la veia con frecuencia y dado lecciones de varias cosas, te- 
nia ocasion de conocer a esta nina singular y ll^na de 
contrastes, pues era timida y arrogante, sensible y en^rjica, 
franca y reservada, y su pensamiento atrevido, s6rio y pro- 
fundo, se hermanaba admirablemente con una inocencia 
infantil que parecia imposible de asociar a la elevacion de 
ftquel 



Id4 LOS «BCfilCT06 SftL P0MBLO. 

"Entretenidos en estas cojiversaciones, la diBtancia se les 

hizo corlc% iphmhdo el tiempo coa rapddez, pues no hai uada 

que ocape raas el dnimo coma el hablar de la mujer qa6 

.afeccionainos; asi es que llegaron a las casas cnando menos 

lo esperaban.- ' - • .— « 

Dona Juana recibio al coronel don Toribio de Gasman 
con la3 maestras de la ma^ cordial amiata'l, y Lnisa con el 
regocijo que se siente al vef par primera vez a una persona 
que se respeta, estima y quiere en alt?o grado, pnes le e<jli6 
los brazo3 al cuello, del misn^o raodo que lo hubiera hecko 
con su padre; el andanb, por gu parte, tatnbien manifestd 
la mayor alegria, si bien al mirar raas fijamente a dona 
Juana no pudp menos de decirle que la eucontraba algo 
cambiada. : - 

— x^si es, amigo mio, le contest^ la sefiora; hace tiempo 
que esperimento nn males tar que me mina sin ninguna do- 
lencia, 

— El cambio de clima y el aire del campo talvez pueden 
serle farorables. 

— Aunque no' tanto CDmo la vista de un antiguo amigo; 

— Aceplo la palabra, respondio el solitario con injenua 
sencillez, porque es si'ncera- y iverfdica. 

Cualquiera otro 'qu6'Tio lo conociera y que lo hubiera 
oido, 'habria cfeido que tenia una presuncion inmensa en 
aceptar como verdad^ro lo que no debia eonsiderarse sinp 
corno un cumplido de los que con tantafrecuencia se haceo 
en la sociedad para olvidarlos luego, 'tanto el qne los pro- 
nuncia cbmo 'el que los e^cucha, sin darles.la menor iraporr 
tancia; pero entre aquella3 jentes no era esa espresion una 
mera f6rmula de politica, sino un sentimiento real de ca*- . 
rifio. ' ' 

Enrique fue cuestionado sobre el empleo de su tiempo, 
pues lo habian hecho llamar a la hora de almuerzo, sin en- 
contrarlo en ninguna parte. 

Nuestroj6ven re3pondi6 queen la manana habia ido a 



LOS SBCASTOS DSL PUBBLO. 



19^ 



San Fernando en busca de sus cartas y en segaida se habia 
dirijido donde el sefior. 

— Di donde mi maestro, donde mi padre o donde mi ami- 
go, intercumpi6 el solitario, 

— Usted me honra demasiado, senor. 

--T-Si hubieras dicho que te qaeria te habrias espresado 
mejon 

— Sa afecto ea por si solo un grandisimo favor. 

— Y sL no se lo tuviera al hijo de mi libertador, seria nn 
ingrato: ^no es asf, Luisa? 

— Soi de Bu misma opinion. 

— De manera que toda esta casa tiene motivps para es- 
tarle agradecida, repuso dona Ji^ana. 

— Suplico a usted, senora, dijo Enrique poni^ndose Colo- 
rado, que no volvamos sobre este asunto* 

— Ya que usted loquiere, noinsistir^ y hablaremos sobre 
otra cosa. Hoi lie estado examinando dus trabajos y he que* 
dado ^dmirada de lo mucho que usted ha hecho en tan corto 
tiempo, y mas admirada todayia del gaato esquisito que 
reina en todo. ^Ha querido usted sorprendernos agradable- 
mente? 

— ^No, senora, desde el momento que yo ignoraba quiened 
eran los propietarios de esta hacienda. 

— Como! ^no lo sabia usted? Sin embargo, usted ha he- 
cho sin duda unia contrata. 

— No he tenido que intervenir en esto, sino mi patron^ 
que ea el que me ha man dado. 

— ^Trabaja usted ent6nces por cuenta de ^1? 

— Por su 6rden, senora, pero en gran parte por cuenta 
mia. 

— jC6mo es esto? No entiendo. 

— El maestro, senora, es un hombre mui bueno y que 
tengo motivos para suponer que me quiere, siendo ^1 quien 
me dijo que tomase a mi cargo este trabajo, d&ndome la 
mayor parte de las utilidades, 



l96 I/)} 8ECSET08 DKL FT7XBL0. 

— ^Pero usted no sacard mucha ganancia, porqae lo esti- 
palado es poco en comp^nsacion de lo que usted estd ha- 
ciendo. 

— Sin embargo, senora, tengo los pianos y por ellos se ha 
ajustado el precio; ^e consiguiente, trabajo con conocimien- 
to de causa y creo que habi a un lucro proporcionado. 

— Veo que usted no es como los otros trabajadores, que 
tratan siempre de aumentar el valor de su obra, en lo cual 
leencuentroa esos pobres justicia, pues muchas veces se 
ven defraudados por los que no toman en cuenta el trabajo 
de los arfesanos. 

r— Puede ser, pero mi maestro ha aceptado las condicio- 
nes y mi deb^r es cumplirlas. 

— ^Tratare de que esas condiciones no le sean a usted tan 
onerosas, aumentando de mi parte un poco el precio ajus- 
tado. 

— No estoi yo, sefiora, y Enrique se ruborizo, autorizado 
para hacer ningun cambio. 

— Sin embargo, si fuera mi voluntad mejorar las condi- 
ciones, ^qui6n se opondria a ello? 

— Disp^nseme que le diga, voWio a repetir Enrique cada 
vez mas cortado, porque conocia la intencion oculta, que 
no es asunto mio. 

III. 

El solitario, viendo el embarazo del j6ven, mud6 de con- 
versacion y le pregunt6: 

— Has dicho, hijo mio, que recibiste esta manana cartas 
de- Santiago. ^Qu^ nuevas me das de mis bienhechores? 

— Y de Mercedes ^que no?! dice usted? interrumpi6 Lui- 
sft, segundando al coronel, cuyo prQp6sito conoci6 en el 
acto. 

— Mi padre estd bueno, senor; y mi hermana inconsola- 
ble ... 
•. — Pobr^ Mercedes! yo tambien la echo tanto de menos!. . • 



LOS SXOBSTOS DSL PUEBLO. 197 

— Ella pierde ihfinitamente tnas que listed, «e3orita. 

—El sentitniento es reciproco, poro espero en Dios que 
en poco tiempo teadre el gusto de abrazarla. 

— Seria para ella la mas grande felicidad, porque nada 
se puede comparar a la angustia que me manifiesta. 

— No hace mas que correspoaderme: la quiero como si 
fuera mi hermana y la s'eato como tal. jCudato debe usted 
tanfbien quererla! 

— MucWsimo! . • . conte8t6 Earique con eatusiasmo. 

— Tiene usted razon, dijo dona Juaua, porque es la mas 
encantadora niOa. 

Un criado viuo a anuuciar que la comida estaba servida. 

Enrique quiso retira^'se, pero doBa Juana se lo prahibi6, 
dicidudole: "CTsted se quedard hoi a comer con nosotras." 

Imposible era de rehusarlo por m^is que lo desease, sobre 
to'do cuando el solitario y Luisa reiteraron la proposicion 
de la penora. 

, Sin tener un carActer corto, siempre ofusca la grandeza, 
sobre todo cuando uno es ]6ven y. cuando no ha estado acos- 
tumbrado a ella o pertenece a una sociedad menos elevada: 
asf es que Enrique se encontraba hasta cierto punto embara- 
zado en aquella mesa ricamente servida par criados rjBspetuo- 
sos, y vestidos, no solo con decencia, sino con elegancia; sin 
embargo, las maneras francas, sencillas y dignas de dona Jua- 
na^ que infundiap confianza a la vez qae consideracion, lo mis- 
tao que la cordialidad del solitario y la amabilidad esquisita 
de Luisa, que todo parecia verlo y prevenirlo y que no te- 
nian mas fin que disipar la oortedad natural del joven, pro- 
dujeron su efecto y pooo a poco se fui^ recuperando ^ste, 
desapareciendo el encojimiento del principio. 

Terminada la comida, Luisa propuso haeer un paseo de 
algunas cuadras por el campo, pues la luna estaba hermosi- 
sima. La idea fu^ aceptada y todos se dispusieron a salir, 

Don Toribio de Guzman acompanaba a dona Juana y 
Lui^a marchaba adelante en compania d,e Earique. 



198 liOS SICBSTOS DSL FUKHLO. 

Macho tiempo marcharon sin decirse palabra«. . Lnies es- 
pei*aba que Enrique rompiese la conversacion y este que 
Luisa, hasta qne la iiltima, para quitar esa monotonia del 
silencio, esclamd: 

— jQa^ Inna tan hermosa! 

— Asl es s^fiorita, pero yo la encuentro, no %6 per qu6, 
un poco triste. 

— jQaerria usted decirme la caui^a? 
. — ^No la 8^, pero me hace ese efectp. 

— A tni tambien, pero es porque me parece que en el 
campo siempre es asf. El silencio profundo, y sobre todo, 
la sombra misteriosa de los drbc^les, me representa la idea 
de los ceraeuterios, donde los mausoleos proyectan la oscu- 
ridad sobre los sepulcros. . . jHa estado usted en el panteon 
de Santiago una noche de luna? 

— No, senorita. 

— Pues yo me he encontrado algunas veces, porque mi 
madre nunca deja de ir a visitar el sepulcro de mi padre 
todos los dias y a las primeras horas de la noche, que fu^ el 
momento en que muri6. . . 

La j6ven, como si quisiese evocar sus recuerdos y llamar 
al astro melaDc61ico que estaba en armonia con sus impre- 
siones, levant6 hdcla ^1 sus hermosos ojos oon una espresion 
mui parecida a la de una triste sfiplica. • . Despues de lo 
cual, dijo: 

— No s^ por qu6 los sepulcros tienen para mi un atraeti- 
vo irresistible. En su contemplacion encuentro una melan- 
colia dulce que me trasporta a otras rejiones distintas, que 
me eleva a mundos desconocidos, oblig^ndome a fijar mi 
atencion sobre el polvo de todas esas jeneraciones que ya 
no existen y de que sin embargo nacemos. . . ^Serdn acaso 
los recuerdos el mudo lenguaje de los muertos? ^Serd &ita 
su manera de obrar sobre los vivos? ^Oontinuardn bajo otra 
forma los lazos que nos unen y nos han unido a ellos? 

•^Por qu^ no, sefiorita; si las almas existen, segun nos lo 






LOS aECBa^Qft,^;v^.^ui:Bi.o. 199 

ensefia la relijioD,/gpor qft6 no haaa.de.coatinuar amando a 
las personas que ban querido ea liv yida? , 
'. — T las rivalidades, las venganzis^ los (rdio.% ^continua- 
vkn tambien? 

-^jQni^a sabel < : 

* ^ — iQa^ de mieterio^t y qu6 de iguoranoia!, esclam6 Luisa, 
volviendose a quedar por un largo. rato. meditabuada y si- 
lenciosa.. . 

Al cabo de ud moajento, y como si deseara desechar los 
pensamientos tristes que* la ocupaban, le dijo a Enrique: 

— 'gQu^ hardi Mercedes? 

— Talvez^ sentada:en la puerta y miraixdo a la luna, estard 
pensando en usted. 

— Lo oreo, porque yo la quiera .tanto^ si^adome imposi- 
ble separarla de mi memoria eo cualquier bora, del dia o do 
la noche; y sin embargo^baoe tan poGO tiempo que he de- 
jadodeverla! .^> . , , 

— La luna convida a pensar en los desgraciados y rax her- 
mana lo es^ ... puestoque me Jo dice ep su. carta cou espre 
sion^s que manifiestan la sincQridad da-su. dolor, y .que no 
tenria ni la r^mofa esperftn&i.-de qu^ <yo so lo4,ijara.a^^ated, 
lo cual la habrd aliviado. , 7. . : »- 

— Pero no tardara mucho en saberlo. 

— Ya se lo he escrito. 

-ft 

— ^Tan pronto? 
^ ^ — Si, .senor.ita,,anpchkele, con) unique esta nupya.feliz.- 

— Anoche. usted/ter)4fi^.J?^i' pop<^ .^t^e^^po, pof que el to 
fue servido tan tard^;y lastr^d se. r^tir6 de^pues^ ^ . , 
— A cualquier bojra ;c6nio no d^cdrselo? .... , ^..., . . r 
-T-De cousiguieate; »no habrd: uated dormido? .. ' 
— No, senorita. ' . - . .• ' .^ . . 

Luisa no eontinuo la conver acipu ppr algun. rato^ su- 
miendoSe-en i,ina meditacioi],que alarmo a- Enrique^ porque 
temia que el hei^ho de revelur su insoninio no fae'ra en con- 
ee|)to de Lai^a mui sigiiificatiyc, diagusUndola; pero esta, 



300 urn wmmBtm wel 

madando de conyersacion^le hizo a Enriqae algunaa pre- 
gnntas sobre su amistad con el solitario. 

El j6ven le cento cnanto habia risbo y cnanto la habia 
dicho, ocaltando, como era nat.nral^ aqnello qne, sobre todo, 
queria que ignorase ella; pero se espros6 con tanto entu- 
tfiasmo, con tanto afecto y con tanta admiracion, qne Lnisa 
no pndo menos de decirle: 

— ^|Parece qne estd nsted encantado! 

— ^Y qni^n no respeta la virtnd y admira el talentol - 

— Dice nsted bien: hai pocos hombres en la vida qne se 
le parezcan al coronel. To tengo mncbos deseos de ir a vi- 
sitarlo, porqne me dicen que sn casa estd Uena de coriosi- 
dades y qne su peqnefio campo es el mas f^rtil de todo el 
lugar, lo cnal no ha contribuido poco a que el vnlgo lo 
tome por brnjo. 

— ^Pero todos convienen en que es un brujo de la mejor 
especie, porqne tiene para con los pobres nna caiidad sin 
igaal 

La voz de dofia Juana se hizo oir llamando a Luisa y 
dici^ndole qne si queria quedarse y cqntinnar el paseo lo 
hiciera, pero qne para ella la temperatura estaba demasiado 
fresca, y temia constiparse. 

IV. 

Todos volvieron a las casas. Dofia Juana entr6 a las ha- 
bitaciones interiores con el solitario, y Luisa convid6 a En- 
rique a sentarse en el corredor a la luz de aquella hermosa 
luna que tanto atractivo tenia para la j6ven. 

Luisa pregttnt6 a Enrique el j^nero de susentretenimien- 
tos, SUA lecturas favoritas, los autores que mas le agradaban; 
y las sencillas respuestas de ^ste, la simplicidad de sus pa- 
satiempos, la inocencia de su vida, que se revelaba en cada 
una de sus contestaciones, el gusto y el tacto que manifes- 
tftba en la eleQcioo de sus libros, la manera de jn^arlo$«, la 



LOB SMiCWfOB DSL tWfSjb. 201 

blevacion y profundidad de sns observaciones, todo di6 a 
conocer a Luisa que aqjiel j6veQ eistaba mai lejoa de aer ua 
hombre vulgar, j que si sa intelijeneia no habia adquirido 
todo SQ desarroUo, iria con el tiempo a ocupar an pueato 
distinguido; 

Un criado vino a idterrampirlos^ UamSndolos para tomar 
el t^, y los dos j6venes se dirijieron al salon, donde los 
agnardaba el solitario y dofia Jnana, que se habian entrete- 
nido largo rato conversando sobre el sarjento Domingo Lo- 
pez, Mercedes y el mismo Enrique. Dona Juana (;ont6 al 
coronel Guzraan la entrevistja que habia tenido una vez con 
aquel viejo soldado, a proposito del Tegalo que habia hecho 
a su hija, y que ^1 se empefiaba en rehusar, deteni^ndose 
con sati^faccion sobre su actitud embarazada, su naturali- 
dad, su franqueza, y la gratitud tan sentida que habia ma- 
nifestado; le hizo a la vez una larga relacion del carino de 
Luisa para con Mercedes y de la inocencia y belleza de esta 
nifia, sin olvidar la menor particularidad del lance de la 
calle*del Dieziocho, de lo espuesto que habia estado Enri- 
que, de su modestia y de su desinteres, escuchando el soli- 
tario todo esto con senales del mas vivo placer, pues de 
cuando en ouando interrumpia a la senora para hacer algu- 
na observacion que realzaba mas el m^rito de las iipciones 
de aquella honrada y virtuosa fam^ia, donde cada uno de 
sus miembros pa-recia quererse sobrepujar el uno al otro 
sin pensar en ello, y solo movidos por el estimulo de la 
virtud. 

PoHa Juana, con sus ideas aristocr&ticas, hizo al solitario 
la misma observacion que en la noche anterior habia hecho 
fk su hija: *'Qu^ lastima que no pertenezcan a nuestra so- 

ciedad!" 

El anciano se call6, y en este momento fu^ cuando entra- 
ron los dos j6venes al salon, en cuyas fisonomias parecia 
irradiar la alegria de la satisfaccion interior. 

El solitario mir6 con complacencia a aquellas dos criatu- 



202 LOS SECBTTOS DKL PUKBLO. 

■ 

ras vaciadas coino en tin mismo molde y a qiiieneB Dios pa* 
recia haber destinado el'uno para el otro, 

— Acercaos, hijos raios, les dijo con tono afable y pa- 
ternal. Hera OS er^tado hablando de vosotros y akora pode- 
mos rcanndar nnestra conversacion. 

— Ai! 6.sc1am6 Laisa; jqn^ bnena y picante crftica habra 
hecho usted! 

— Por qn6 no! respond i6 dofla Juana; la mnrmnracion, 
Begun la espresion feliz de madama de Stael, es el pasto del 
alma. 

— Mamita, jporDios! si no la conoci^ramos, ^qn^ diria- 
mos? pero afortunadamente sabemos qnesu manera de mar- 
murar es tan dulce, que se parece a la alabanza. 

*--Y que no hai mas hiel en ella, agreg6 el anciano, que 
la que contiene el cdliz azucarado y oloroso de una flor. 

Dofia Juana convido a Enrique para que alraorzase y co- 
miese a su mesa todos los dias; pero el joven la suplic6 que 
lo dispensase, dici(^iidole que no queria establecer esa dis- 
tinclon con sus conipa5erof^; que talvez podria despertarse 
en ellos un seniimiento de envidia;'que no seria bi<3n visto 
que viviendo juntos se separasen; que ya les debia una pre- 
ferencia que no tnerecin, pero que emauaba de su voluntad, 
mieirtras que si 6\ se la tomase, se disgustarian, y el trabajo 
vendria a sufrir por la mala intelijencia que reinase ^ntre 
ellos, y que 61 de-eaba salii* bien, sobre todo ahora, cuando 
conocia las personas por q'uieriea y para qui6nes se ocu- 
paba. 

El solitario crey6 mui prudente lo que esponia Eftrique, 
y se convino que al menos en la noche tomaria el t^ con 
ellos, agregando el antiguo coronel que penj!>aba qiledarse 
toda la semana paraobservar detenidamente la enfermedad 
de dona Juana, y qtXo, por consigaiente, les baria compania. 

La sefiora se mostri') agradecida y Luisa y Enrique con- 
tentos de la proposicion del solitario, qui3 les agradaba 
sobremanera. 



LOS BECBETOS DBL PXTXBLO. 203 

— Lo linico que siento, dijo el anciano, es mi pobre Tor- 
cuato, que tiene que pasar todo este tiempo solo y linica- 
mente protejido por el miedo al brujo; perasi supieran que 
el brujo no estaba alii, jquien sabe si no tratarian de des- 
truir el encanto? 

— Digale usted a Torcuato de venir tambien, repuso dofia 
Juana. 

-^Imposible, selBiora; Torcuato es titnido y salvaje, y s^ 
que le impondria el mayor martirio si lo obligase, 

— 'El sabe que mi mamita y yo le queremos. 

— -No iraporta, Luiaa (esta era la primera vez que el so- 
litario Uamaba por su nombre en presencia de Enrique a 
la hija de dona Juana), pero tiene sus costumbres, y su ca- 
rActer lo Ueva al aislamiento, lo que no impide que le vea- 
mos aparecer de un momento a otro sin que nadie se aper- 
ciba, pues se introduce cuando menos se piensa. 

Ycomo si el solitario hubiera estado viendo las cosas y 
en conuivencia con ^1, en ese mismo momento se present6 
el disforme nino en el umbral de la puerta,. llevadp por la 
afeccion y gratitud inmensa que tenia al anciano. 

En cuanto ^ste lo apercibio, se paro en el acto, toman- 
dolo de la mano para Uevarlo tasta el interior del salon. 

Enrique fue tambien hdcia ^1 y lo . abraz6 como a un her- 
mano. 

Dofia Juaiia y Luisa le hicieron el mayor agasajo: pero ^1, 
sin dejar a su raanera de corresponder a la obsequiosidad 
de todos, hizo al anciano algunas senas, que ^ste le contest6 
con otras, y s&candose su gorra, di<S la mano a Enrique, se 
inclin6 ante las senoras, y desaparecio ni mas ni menos que 
ana sombra. 

. Todos quedaron admirados, y la conversacion recay6 so- 
bre ^1. . 

El solitario tuvo que repetir su historia, hizo el an^lisis 

. de sus pi'odijioaas facultades, ya flsicas como morales, y con- 

cluy6 diciendo que, en su bpinion, ese muchacho podria 



4 



204 LOS SBCKBTOB DSL PUEBLO. 

Uegar a grandes destinos si no lo retrajese de la sociedad su . 
manera de sen 

Y en verdad, jcuantos hombres sobresalientes, cu&ntas 
intelijencias de primer 6rden, cuaatas virtudes dignas de 
universal alabanza, no quedan ahogadas, sepultadas y des- 
conocidas para el mundo, solo por la timidez del jenio! Po- 
driamos casi afirmar que los mag relevantes m6ritos mueren 
ignorados, y que la gran mayoria de los que salen a la su- 
perficie no son mas, salvando escepcionej, que los que tienen 
audacia, que los que se espetan, que los que hacen alarde 
de facultades que no poseen y de conocimientos que nfi tie- 
nen, pero a quienes el descaro da un aparente brillo, que la 
jeneralidad de los hombres acepta y acata! La verdadera 
virtud y el talento verdadero tienen au modestia, que les 
impide surjir, que les impide ser reconocidos en el mundo 
de los neeios y de los intrigantes que se adornan con el 
oropel de una mentida sabiduria, de una falsa ciencia y de 
una virtud hipocrit^ Que los saltimbanquis hagansu juego: 
ya vendrS el tiempo, aunque sea tardio y remoto, en que 
el mundo, ilustrdndose, distinga y conozca.. . 

V. • 
# 

La hora de retirarse habia Uegado, y Enrique se despidi6 
de aquella sociedad que voluntariamente no dejaba, sino 
en fuerza de las conveniencias y respetos sociales, como de 
la indisposicion de la sefiora, que debia recojerse temprano. 

Aldia siguiente, tuvo Enrique el'buen sentido de vestir- 
se con su traje de trabajo, si bien trato de que estuviese 
limpio y con cierta coqueteria; pero no abandon6 un ins- 
tante sus ocupaciones, a pesar que toda la familia, incluso 
el solitario, fueron a inspeccionar los trabajosi, vi6ndolo 
siempre a 61 en primera linea e igual en todo a sus demas 
companeros. 

En la semana no hubo el menor incidente, salvo que la . 



tOS 8SCRST0S DSt PITISBLO. 20h 

comida de los trabajadorea fa^ infiaitamente mejor; jera 
esto la obra de la senord, de Luba o del administrador? 
Enrique nose atrevia a preguatarlo, ftino que seguia sus 
tareassin avergoazarse ni hamillarse: saber qaedarse siempre 
en su puesto es un m^rito que la jeneralidad desconoce. 

La noche del viernes, y eh la hora del t^, Luisa pregun- 
t6 a Enrique si se acordaba que se habia convenido en una 
partida a la caza del leon. 

— Si, senorita, contestd ^ste. 

— Entonces mandaremos el s^bado un propio a San Fer - 
nan do para que traiga sus cartas. 

— jPero no puedo ir yo mismo? 

— Imposible, porque ocuparemos todo el dia en la corre* 
ria, de modo que es preciso que usted no haga ese viaje, 
sobre todo cuando talvez tendremos las cartas el sdbado y 
supongo que en las suyas vendrd alguna de Mercedes para 
mf, puesto que ya ha sabido que yo me encuentro aquf. 

— Este serA un nuevo servicio, senorita. 

— Servicio interesado, porque yo tambien aguardo algo* 

—Si ustei lo cree conveniente, haga como le parezca* 

— Estd, bien, respondio Luisa, y mud6 de conversa- 
cion. 

El solitario se entretuvo en hacer algunas observaciones 
sobre el trabajo, que Enrique escuchaba y en las que con- 
sentia o combatia, sin dejar de observar que el ant^'guo co* 
ronel tenia muchos y mui bueaos couocimientos sobre la 
materia, conocimientos de que se aprovechaba para aplicar- 
los luego o mas tarde. 

Llegado el sdbado, esperaba Enrique con impaciencia las 
cartas de su hermana, pero el propio no lieg6 sino mui tarde, 
en la noche, cuando ya se habia tornado el t^ y Enrique iba 
a retirarse. 

Luisa ]e suplico de abrir la carta para ver si no con tenia 
alguna para ella, y no se equivoc6 en su prevision, pues ea 
efecto, habia una. 



206 ^LOS SBCBBTOS DEL PUEBLO. 

— Que felicidad! esclamo la aristocrdtica j6ven, mirando 

el sobre y poni^ndosela en el bolsillo. 

Enrique tambien gaard6 la suya y se despidid. * 
Veamos ahora el contenido de ellas, principiando por la 

de la amiga: 

^^Santiago, novtemhre 3 de 1850. 

"Mi noble, mi querida, mi inolvidable Luisa: 

"^Es esta la.introdaccion de una carta? No lo s6; pero lo 
que s^ es que no encuentro voces que espresen bastante lo 
que te amo . . . ^Estar^ correspondida? Lo creo; pues de otra 
manera seria haberme mostrado la felicidad y privarnaie en 
seguida de ella, y tii eres sincera y no eres injusta. 

"Cuando be sabido por Enrique que estabas ea el mismo 
lugar que ^1, mi alegria ha sido inmeusa, doblemente in-- 
mensa; primero, porque tenia nofcicias de ti, porqne estabas 
buena, porque te babia visto; segundo, porque mihermauo, 
es decir, algo de ml, se encontraba a tu lado. ^No hallas 
que esto debia alegrarme muchlsimo? Si yo tuviera aqui una 
persona que te fuese afecta, con quien pudiera hablar siem- 
pre de ti, ^np te parece que me seria mui consolador y mui 
satisfactorio? Esto es lo que he sentido, esto es lo que el 
mismo Enrique me dice, porque no puede *menos de cono- 
cerlo. 

"jCu&ndo volver^ a tener el gusto de verte? jDios quiera 
que no sea tarde, mui tarde!. , . Me parece que me ha aban- 
donado el apoyo que me sostenia, la amiga que me ilastraba 
y que me socorria. ^Y no es la verdad? 

"Sin embargo, parece que el cielo me hubiera deparado 
un alivio. ^Recuerdas al pintor Victor a quien nunca pu- 
diste ver una sola vez? Paes bien, ^1, inmediatamente que 
te fniste, vino a participar de mi dolor y a ofrecerme a 
que tomdsemos juntos las mismas lecciones que tu me da- 
bas. Mi madre ha aceptado; ^pero las recibir^ yo con el 
mismo gusto? Imposible: por mas deseos que tengo de ins- 



LOS SKORBTOS DEL PUEBLO. 207 



<;• 



truirme, por mas ugradable que faera la compania . de 
Victor, ^coino podria tener la confianza y la libertad que tii 
me has dado? ^06 mo el mis mo carlno? como esa intimidad 
propia unicamente de nuestro sexo? 

"^Pero 63 por la falta que me haces poi* lo que yo ^nica- 
mente te echo de meuos? ^Creerias td en eate egoismo? Se- 
riayo capaz'de tenerlo? Imposible, porque no obra en mi 
el interes sino el afecto; imposible, porque mi amistdd 
sobreptija a tus favbres y porque no necesito loa beneficioa 
' para quer^rte... Si esto tuviese en mi alguna influencia, 
me considerarias baataute sincera, y bastante justa, y bas- 
tau^^ agradecida y digna? Creo que no, y tendrias razon.. • 
Te quiero Unicamente por lo que eres, sin pensar en nada. . '. 
Te quiero unixiamente por tus mdritos y virtudes, sin acor- 
darme de tus favores, o si los recuerdo, iufluyen mas sobre 
mi carino que sobre mi gratitud, porque eslo liltimo depen- 
de de causas independientes a tus grandes favores. 

"Dime, Luisa, jc6mo estd la senora dona Juana? Se en- 
cuentra mejor en el campo? Hai esperanzas de un pronto y 
radical alivio? La salud de la senora me int^resa sobrema- 
nera, porque es tu madre y porque es mi bienhecliora, sin 
contar que su r^stablecimiento pronto me haria verte mas 
luego, y verte es para mi la mayor dicha de este mundo. 

"gTe har^ alguna recomendacion sobre mi herlnano? gPor 
qu^ no, cuando el es tan bueno y tan amante con nosotros? 
No lo trates con eaa indiferencia glacial, con esa superiori- 
dad absoluta que ejercen frecuentetnente las personas de tu 
rango. Piensa que tiene ^1, lo mismo que yo, una naturaleza 
afectuosa y sensible, y no lo hieras, uii querida Luisa: esta 
siiplica te la hago por nuestra amistad ya que ' no puedo 
enumerar mis m^ritos. 

"Si algun influjo tengo, si te He merecido algun cariilo, 
si me aprecias en algo, hazme el favor de hacer que todo 
redunde en bien de mi hermano: esto sera el complemento 
de todo cuanto te debo. 



^08 IiOl^ SiBCSltOS Dtt. ttft&LO. 

''Adios, mi qaerida Laisa: mis padres y yo te deseamos 

toda felicidad, lo mismo que el pronto restablecimiento de 

la se&ora. 

"Tu invariable amiga 

"Mercedes. "' 

La carta que dirijia su hermana a Enrique, solo contenia 
estas pocas Ifneas: 

^^ Santiago^ noviemhre 3 de 1850. 

'*Mi querido hermano: 

"Comprendo tu exaltacion, pero no la aprueber. 

'Tiensa la difereucia que existe entre ambos, diferencia 
que td toismo reconoces, y aprende a ser prudente. . . 

'Xa elevacion de tus sentimientos me agrada, pero la 
fuerza de tus pasiones me entristece. 

"Todos quedamos buenos, pero yo tengo cierta timida 
desconfianza que me desazona. 

"Perdona mi pusilanimidad, sin olvid\r que debes ser 
siempi e humilde y virtuoso. 

''No te alarmes de mis amonestaciones, pues ellas provie- 
nen del afecto, y aun cuando las creo innecesarias, lo que 
me gustaria mucho, t6malas como la sincera espresion del 
afecto de tu hermana 

"Mercedes.'' 



La correria al leoii. 



I. 

Para la correria al leon habian sido convidadoa todoa los 
ioquilinos; asi es que muohoa llegarpn a las casa9 de la ka- 
ci^ifda desde el dia sdbndo y otroa en la noche y en la 
manana del domingo; de manera q^ae los corredores y el 
inmen^o patio parecian un verdadero campamento. Multitad 
de hombres de a caballo y de perros^e veia por todas par- 
tes y en^ todas direcGioa^s mucho antes que ^alumbrase la 
Iqz del dia, cruz^ndose las conversaciones, los dichos, las 
risas, las burlas, y confundi^ndose todo en una algazara je- 
neral que demostraba el contento en cada cual, pues no 
habia uno que no estuviese alegre y que no se proraetiese 
el triunfo, halagado por la remuneracion y por el diverti- 
miento. . 

Como hemos dicho, todavia no era de dia cuando el ma- 
yordomo de patio llam6 a aquella multitud para repartir a 
los hombres un gran pan, uu buen pedazo de queso y una 
pequena racion de aguardiente. 

Enrique, como los demas, ya estal^a tambien de pi^ y sO" 
lo esperaban todos que apareciese la senorita Luisa para 
dirijirse hacia la correria. 

Algunos inquilinos' babian dicho al administrador el lu- 
gar en que con mayor frecuencia se veia aparecer el leon, 
lo que se recoiyDcia por los estragos hecbos en el ganado en 
aquellos alrededores; asi es que el administrador, no solo 
por el rango que ejercia, siuo por el conocimiento perfecto 

VOKO XL . 14 



210 UM SSCKKtM r>tL tVMBU>. 

de los Ingarefl, estaba en el deber de dirijir la multitud al 
punto en que hubiesen mayores probabilidades de buen 
^xito. 

El traje de Enrique era sencillo, elegante y propio para ' 
el objeto. Llevaba el joven wa paataloa ajustado color plo- 
mo, que se perdia en unas largas botas que le llegaban has- 
ta la rodilla. Una especie de frac corto de pano negro con 
profundos bolaillos y botones grandes de concha de perla, 
cerrado hasta el cuello, apenas dejaba ver las puntas redon- 
das de su largo chaleco, del mismo color del pan talon. Una 
corbata encarnada, de iin solo lazo y neglijentemente pues- 
ta tenia al derredoi* del cuello. El saco de caza, los polvori- 
neS terciados al pecbo y apoyado en la escopeta, aguardaba 
'la salida de Luisa para eiiiprender la marcha, y talvez li- 
sonjeado por la esperanza de alzarla sobre el caballo. 

Al fin se dej6 ver Luisa, en traje de amazona, cubierta la 
cabeza con un sombrero en que se vela una pluma blanca, 
y acompanada de su madre, quele recomendabalapruden- 
cia, y del solitario, que le decia con cierto aire de satisfac- 
cion al verla tan hermosa, l6 mismo que la senora, pero con 
distinto sentido. 

Liiisa estaba interesantisima. Su esbelto talle, realzado 
por el traje de amazona, que tanto sienta a las nifias, se di- 
bujaba perfectamente, dejando ver lbs delicados contornos 
de encantadoras formas, Sas pequenas y afiladas manos, 
oprimidaspor unos guantes color paja, tenian: la una un pe- 
queno ridiculo y la otra una fina huasca. 

La multitud prorrumpi6al verla en un jvival undnime. 

El corazon de Enrique latia con violencia. 

— Vamos, mi amigo, dijo el anciano al verlo; acfircate 
para alzar a Luisa. 

No se esperaba a esto, aun cuando lb habia pensado y lo 
deseaba ardientemente: pero el solitario, colnprendiendo el 
placer que le daria, se liabia propuesto de antemano 11a- 
marlo, sin dar lugar a! administrador a que prestase a Lui- 



XJOn 8SCB1T0B DIL PUSSLO. 211 

sa este servicio, que 61 mismo tambien podria haber desem- 

penado. 

Earique, dejando su escopeta y qnit&ndose el sombrero, 
salud6 profundamente a la senora y se dispuso de raodo 
que Luisa se apoyase en ^I; pero 6sta apenas toc6 con el pi^ 
la inano del joven, alzandose casi por si ipisma con una aji- 
lidad y destreza sorprendentes. 

• — Vuelvo a recomendarte la prudencia, le dijo dona Jua- 
na a la nina. 

— No tenga el menor cuidado, mamita, respondi6 ^sta, 
pnes sabe que estoi acostumbrada a montar a caballo y a 
correr; por otia parte, el animal es mui manso* 
— Es una paloma, obser^d don Pedro Murna. 
— Con todo, continu6 la sefiora, exijo que usted, don Pe- 
dro, y usted, don Enrique, no se separeu por nada del lado 
do ella. 
— Asi lo haremcs, senorita, contestd el administrador* 
— Y §i quieren ir a descansar a mi casa, allA me encon-^ 
trarin, anadi6 el solitario. 

— Ojald tengamos tieinpode ver todaa sus curiosidadea, 
replied Luisa; pero con la promesa terminante de dejarnos 
volver, porque no queremos ir a ppblar su encantamiento, 
por mas feliz que alii se viva! 

Alganos de los huasos mas vecinos se miraron a la cara 
los unos a los otros, como diciendo: jno ves que es cierto lo 
del viejo brujo? 

— Si es preciso dar mi palabra, la comprometo desde 
luego. 

— Entonces estd bien; y Luisa, volviendo su caballo, f a^ 
a dar la mano a su madre y al solitario, no sin recibir nue- 
vas recomendaciones de ambos. 

El administrador hizo abrir la jente para que pasara Lui- 
sa, la que lanz6 su caballo, sigui^ndola inmediatamente don 
Pedro, Earique y un hermoso perro del primero, que se lia- 
maba Leal y que siempre lo acompanaba por todas partes. 



212 I4)B fBeBBTOS PKL FtTKBLQ. 

Dada'I^ BeBal de partida, la multitud se desbaiidd, levantan- 
do una nube de polvo y haci^ndo ua ruido infernal con las 
voces de los hombres, el relincho de lo3 caballoa j lo3 abu- 
llidos de los perros. 

II. 

Llegados a la montafia y a lo mas espeso del bosqoe, el 
administrador disperse la jente en diferentea direcciones, 
como para rode^r al leon y que no padiera escaparse, 

No tardo mucho rato-, por el mode particular de gritar de 
los perros, en coaocei^se que seguian la pista, y algunos ron*. 
cos biamidoj*, eomo la maaera de parar las orejaa los caba* 
lios, anunciaba que la fiera no estaba distante. 

Enrique habia creido prudeote cargar a bala su escopeta, 
«por lo que podia suceder, pues no sabia manejar el lazo ni 
tenia perros como los demas inquilinos. 

Luisa efet^ba animada coa aquella escena, que nunca ba- 
bia presenciado, siendo el peligro mismo up. incentive de 
placer. - 

Enrique conteraplaba atdnito el raro contraste de la de- 
bilidad y la enerjia. 

El ladrido de los perros. parecia acercarse cada vez mas 
" dellugar en que estaban Luisa, el administrador y Enrique, 
cfuando Leal comenzo tambien a^ladrar con fuerza y los ca- 
ballos a encabritarse, tratando de huir. 

— Vdmonos de aqui, dijo el administrador, pues parece 
que el leon se acerca de este lado, y estamos solos. 

— Qued6mono9, dbu Pedro, respondi6 Luisa con tono ca- 
-si suplicante, porque de lo contrario perderlamos lo mejor. 

— Pero es que acosado el leon, piiede atacarnos* 
* —Los penos y la jente no dilatardn en llegar. 

Acababa Luisa de decir estas palabras, cuando se presen- 
t6 a corta distancia un hermoso leon de ojos encendidos y 
amenazadores. 



LOS SEORSTOS BKL FTHEBUO. 213 

Los caballos, obedeciendo al instinto, dioronr vttclta j se 
laDzaroD a toda carrera en qd seatido opuesto, sin que fae- 
ra posible deteneilo'=». 

— Qn^ lastima! dijo Luisa cuando hiibo consegaido rete- 
ner a so brioso corcel. jQu^ lAstima qne se nbs haya eaca- 
pado el leon! Si la jente habiera estado de eate lado, es 
indudable que hubi^ramo3 hecho prisionero a ese gran mo- 
narcs^. 

— De veras que es una p^rdida, repuso Enrique, |Qu^ 
Undo animal! yo no lo habia visto sino en pintyra. 

— ;Y decir que. Ids leones de Africa son mas gtandes! 
Cudnto mas hermosos deben ser entonces! 

— Pero este es uno de los mayores que he visto en la ha- 
cienda desde que tengo uso de razon, repuso el ndminis- 
farador. 

— jY perderlo! e8clam6 Luisa.. 
— Puede ser que mas tarde le demos caza^ 
— .Bien dificil serd, dijo Enrique, una vez que seiha esca- 
pado. • 

— Sin embargo, el bosque estd rodeado de j^nte y nunca 
el leon se arriesgarS a atraresar la llanura^ porque entonces 
estaria perdido, y esto lo conoce el por su instinto. . . , 
— Estoi a%o fatigada y tengo mucha sed^ dijo » Luisa; y 
diriji^ndose al administradbr le pregunt6: ^no habrla por 
aqui algun lugar donde'oarriese algun iacroyo y poder des- 
cansar? ^ ' . \' . ■. ... 

— Entremos en el bosque, contest6 ^stejiiao lego3»de aquf. 
hai un sitio sombrio donde se puede repoiar an momento 
y ponerse a cubierto del sol, Yo traigo tambien .algunas^ 
prpvisiones que nos pueden aemrir. .. - '; * . 

Gonducidos por don PedrdMarna, se intdrnaton en:. la 
montafia, encontrdndose en breve eh un poquefiq per/^isom- 
brio desplayado, donde el follaje de los robles hacia impe-- 
netrables los rayoa del sol. I. ::..!*< 

Luka se de^6 caer fati^da sobre la alfombarai de a/jucl 



214 urn odsios dk. puxeloi 

pastito raqnftico, que no crecia por falta de calor y de laz. 
Don Pedro y Eorique se bajaron tambien de sos caballos, 
sacando el primero algnnoa pellones de la montara, qne ea- 
tendi6 6b forma de cama y qae-ofreci6 a Luisa, la que, sin 
gran ceremonia, se sent6 en ellos, convidando a tomar par- 
te a sns dos acompafiantes y al grando e iotelijente perro 
Leal, que no los habia abandonado an solo instante. 

El administrador deposit6 en seguida en el saelo sns 
enormes alforjas, qne contenian dos gallinas fiambres, un 
pedazo de jamon y otro de queso, algunos huevos daros, 
varios panes y cuatro botellas de ^ino. 

— Don Pedro, dijo Lnisa admirada y contenta, porque 
no dejaba de sentir algnn apetito; nsted ha traido provisio- 
nes para un rejimiento y como si habi^ramos de permane- 
cer. aqui sitiados por el leon, que es nuestro unico ene- 
migo. 

— ^No lo estrafie usted, senorita, yo estoi acostumbrado a 
estas cprrerias, pues ha habido veces que hemos permaneci- 
do algunos dias en. el monte sin tener que comer. 

— En todo caso, le contestd Lnisa riSndose, usted no es 
prudente, pues saca en un solo momento todas sns provi^ 
siones. ' 

— ^No lo crea nsted, sefiorita, porque me queda el charqui, 
que es lo mas sustanciaL 

— ^Con que traia usted tambien charqui? 

— Indudablemente: el hombre prevenido nunca fu^ ven- 
cido, dice el adajio. 

— ^Piensa usted que estaremos en el campo por mas tiem- 
po que hoi? 

— ^No usted, seHorita, pero si los inquilinos, porque si no 
se encuentra el leon hoi, tendr^n que continuar busc&ndolo 
mafiana y pasado y no se retiraran hasta que no hayan 
hecho su presa. ' 

— ^Y ellos traen sns provisiones? 

— Cada uno Ueva consigo las suyas y a la hora de la co- 



LOS SECSBTOS DEL PT7BBL0. 21 S 

mida se juntan, lo que creo qae hacen en este momeato, 
porque no oigo mucha bulla. 

— Yo tambien deseara quedarme, rjepuso Luisa; debe ser 
mui divertido y mui pintoresco pasar una noche bajo los 
drboles y con los temores de un asalto del eneiiiigo. 

— Talvez tiene esto sus encantos, contest6 Enrique, y a 
mi me agradaria lo misrao/pero la senora no podria dormir 
deinquietud. 

— Es verdad, mi mamita,sufririaT y le haria mal. 

— ^Querria ugted tomar algd, senorita? dijo el administra- 
dor, sacando de la cintura un hermoso y afilado punal, con 
el que trinch6 con la mayor destreza una de las aves, que 
e8tendi6 en el mismo papel en que venian envueltas. 

Luisa ppr toda respuesta se quit6 losguantes y tomo una 
de las presas sin la raenor ceremonia. 

Enrique y el administrador imitaron su ejemplo, apartau: 
dose, sin embargo, un poco por deferencia a ella. 

— ^Trae usted servilletaSj dp^ Pedro, con que limpiarse 
las manos? 

— Si, sefiorita. . * ., ' 

Y el previsor administrador sac6 un pafio limpio de sua 
inmensas alforjas. - ' j » ; 

— jUsted es bien previsor! - 

— La.co8tumbre.de andar-en, el campo nos bace. serlOi 

. — Dome usted ahora ua pogo de. vino, con aofua. 

Volvio don Pedro a rejistrar en sus . alforjas. y saco un 
vuso de cuerno; pero Enrique^que lle.yaba una de esas boto- 
llitas que contiep^n un ,yaso de ]3aetal,.se apresurd a ofrpcer- 
selo, preguntdndple^ .a Lj^isa si no prefe.riria iun poco = de 
conac cop agua. . ',,,,,. • ,. ,. 

-T-r!51a denia8ia49 fogrte, dijo larnifla; prefiero el vino. 

— El j6ven se l,evant6 en el .actp, limpi6 el vaso en un 
d6bil arroyito que' se sentia a poca distancia y lo trajo 
medio de, agua para que doa Pedro . lo mezclase qon 
vino. 



216 urn 

Laisa, que tenia sed y qae por cortedad do habia pedido 
agna hasta entonceSj se lo tomd todo. 

Los do3 caballeros hicieron otro tanto, pero sin tomarse 
el trabajo de ir hasta el arrojro, porqne saciaron sa sed con 
vino puro. 

Despnes de beher continaaron atacando el ave y el jamon, 
participaodo Leal de los sacalentos despojos qae le arroja- 
ban en abandaneia, padiendo mai bien considerarse el como 
el principal coavidado de aqael festin, pnes consegaia la 
mayor parte. 

III. 

Habian recientemente tirado el coerpo del ave al intelijen- 
te perro, o lo que los franceses Uaman la carcasse^ cnando sin 
tomarla en el hocico, levant6 sas naricei, sentdadose en sos 
dos patas traseras, engrifando la piel y las orejas y dirijien- 
do a la vez sn vista en todas direcciones. 

— Es rarOy dijo el administrador, viendo la actitad del pe* 
rro; Leal no come y estd observando: ^si habrd sentido 
algnn rnido? 

— ^El volido de algnn ave le habrd llamado la atencion, 
respondid Enrique. 

Leal, como dismintiendo al j6ven, grn!i6 roncamente. 

— Bsto parece mas serio, dijo don Pedro parAhdose; yo 
conozco a mi perro. 

Leal, como si hnbiera entendido lo qne decia sn ^mo, imi- 
t6 sn movimiento y se pard sobre sns cnatro patas. 

Los caballos pararon tambien sns orejas. 

— Hai algo de estraordinario, repnso el administrador, 
pnes los caballos se espantan; y tom6 la biida del snyo, ama- 
rrdndolo a nn drbol y sac6 ana manea, qae paso en sas patas 
delanteras. 

Leal seguia grafiendo, sin hacer el menor caso a la comida 
qne tenia bajo sns narices. 



% 



^ 



LOB BSOnsIOS DVL F03BIiO. tlf 

La vista del intelijente animal se dirijia a un solo puntoy 
donde estaba raas espeso el bosque. 

Enrique se pasatambiea de pi^, tenieado sn escopeta en 
punto de montarla. 

El perro hizo una especie de embestida, ladrando con 
-fuerzff, 

Los caballos, cortando las riendas,huyeron, con escepcion 
del de 4on Pedro, que, por las maneas, saltaba sin poder se- 
gnir a sus companeros en la carrera que habian empren* 
dido. 

En ese memento apareci6 a corta distancia el mismo leon 
que habian visto poco antes y que se dirijia al lugar en que 
estaban, con un majestuoso desprecio, no import^ndoie 
nada sin duda los insignificantes gruflido«i de un solo alano. 

Enrique, mi r6 a Luisa: ^sta estaba pdlida, pero al parecer 
Serena... Una sonrisa de satisfaccion vag6 por los labios 
del joK^en, talvez al pensar que iba a ser devorado en pre- 
s^ncia de la mujer que amaba, pues parecia resuelto a no 
dejar pasar la. flera sino sobre su cadaver, por cuya razon, 
sin abandonar el puesto, se inclin6 un poco y tom6 el pu* 
fial qu^ estaba en el suelo. 

LeaMadraba y embestia, pero sin atreverse a ir mas alld 
del clrculo en que se encontraban sus amos. 

El leon se dej6 ver en toda su majestad, sentindose so- 
hve sus doa patas traseras, moviendo la cola y despidiendo 
chispas el^ctricas de sus ojos, parafascinar a su presa y lan^ 
iiai^se fobre elk. 

Enrique lerantd el cafion de su escopeta, mont6 el gati* 
Uo, U'afirm6 al hombpo, visd un iostante y partio el tiro* 
' 'El humo itnpidi6 ver por un momento; pero disipadp 
Site, di&tinguieron al leon caido y en movimientos convul* 
sivosrla bala habia ido medio a medio de sus ojos, entrando 
]por el cerebro. 

Uri'grito de victoriarde Luisa se hizo oir; pero Leal no 
re8pondi6 a ese entusiasmo, sino que continuaba ladrando, 



S18 LOS •BcnncNi dxl rinBBi«6. 

sinatreverse a avanzar todavla, a pesar de ver a su adversa- 
rio muerto. 

El perro tenia razon, pues a corta distancia apercibia la 
hembra, que no tard6 mucho en dejarse ver. 

Enrique se habia adelaatado^ creyendo complete el triun- 
fo; pero al notar el nuevo enemigo, se par6, armandp su,. 
segundo tiro, apuntando y dispardndolo. 

En esta ocasion no fu^ tan afortunado como en la aiite- 
rior, paes sin perder su bala, no.hiri6 de muerte al animal 
como en la vez primera, sino que le toc6 uaicamente en upQ 
de sus costados, pues la fiera se encamin6 en la misma di- 
receion, rujiendo espantosamente, aun cuando la veia co- 
jear. 

El j6ven tir6 a un lado su escopeta, completamente 
iniitil, pues no tenia tiempo de volverla a cargar, y se qaed6 
en el mismo puesto con el pufial en la mano. 

La mirada de Enrique tendria algo de fosforescente, a^gp 
de magn^tico, porque la leona (pues era la heiabra del oa-. 
d^ver que yacia a pocos pasos de ella) se qued6 parada 
con tern pldndolo. , 

El perro no se atrevia a avanzar, sin embargo ^que ladra- 
ba con violenoia, pero embistiendd solo hasta el puuto en 
^ue se encontraba Eorique. 

Este^ Uevado de esa fascinacion que lo9 bombres vrfentes 
esperimentan en vista del peligro,, di6 algunos pasos h&om 
la fiera, la que se lanz6 tambion sobre ^1 de un ai^lto. , 

Los movimientos faeron tan rdpidos, que t^o se yi6 nadf^ 
al principio; pero Enrique, preseutando el brazo . izqiiierdo 
a la boca de la leona, y abrazdndose con ella, habia sepultado 
por dosjveces el agudo puSal en el vientre de su.ajiyeiTpa- 
rio, cayendo a un mismo tiempo tres^ cuerpc^ que fio hacian 
nlas que uno solo, porque Leal, en- el mismo mome^to qoe 
Enrique la acometia y que la fiera se lanzaba en su contr^^ 
se habia apoderado de la garganta, sacudi^ndola y cla- 
vandole sus ierribles colmillos. 



LOS nCUETOS DKL PTTXBLO. 310 

La leona era caddver, pero habia arrastrado en su caida 
a^ EDrique, desgarrdndole el pecho con sos nfias y fractu- 
r^ndole el brazo con sus colmillos, el cual permanecia aun 
entre las dos poderosas mandibulas de la fiera, que, ni dea- 
pues de muerta, habia soltado su presa. 

*Enrique levaato la cabeza en el mismo momento en que 
Lui&a corria despavorida hdcia ^1. 

— ^Bstas vivo, Enrique? qu6 tienes? te hallas herido? le 
pregunt6 la j6ven sinraltdneamente, no reparando, en su 
turbacion, que lo hablaba con iinpropia familiaridad. 
. Enrique la mir6 un momento. . . Una sonrisa de inefable 
satisfaccion vag6 por sus labios, y luego anadi6 como si ha- 
blara consigo mismo: *'La diclia me mata. . . Soi el hombre 
mas feliz de este mundo, . . Muero contento. . . " y su cabeza 
se inclino desfallecida, sea por efecto de la emocion, del do- 
lor o de la sangre, que salia en abundancia de su destrozado 
pecho. 

; Luisa, llena de una angustia infinita, que se revelaba por 
la palidez mortal de su hermoso rostro, se inclin6 hdcia ^1 
para sostenerlo, oolocando la cabeza del ]6ren sobro sus ro- 
dillas. . • 

IV. 

Todo esto sucedia en menos tiempo que el que nosotros 
empleamos para describirlo. ^ 

Aquel grupo que formaba Enrique desmayado y con un 
brazo todavia entre los dientes de la leona, que, bafiada en 
su sangre humeante, yacia a sa lado, cdnfundiendose con la- 
sangre del j6ven; y aquella pAlida y hermosa nifia que lo 
sostenia^ y hasta el grande alano que se encarniEaba contra' 
la fiera, todo estc> formaba el euadro mas horrible, mas^s- 
pantoso y mas interesante; " r r 

^Qu^ se habia hecho inter tanto don Pedro Muma? Va- 
mos a decirlo: ten luego como divis6 al leon, no pens6 sino 
eu salvarse, y Uevado por el instinto de la conservacion, 



qne en nn peligro inmioente nos impide refle^onar, se sa- 
bid al primer irbol, creyeDdose alli a saWo, y desde don^Q 
podo eoDtemplar, no sin ansiedad, aqoella lacha de nnda 
instantea. 

Vaelto en gf del p^nioo qne ai/i pensar se habia apode* 
rado de i\ bajdse del ^rbol; j avergonzado de sn faga, la 
que no estavo en gn mano evitar, dirijidse al grnpo eon un 
sembl^nte congtemado. 

Laiga, sin fijarse en nada, pneg ni ann sabia lo qoe se ha- 
bia ber'ho don Pedro en aqnellos momentos, le dijo: 

— TrAigame n.sted nn poco de agaa. 

El administrador corrio al arroyaelo j trajo en el acto lo 
qne le pedian. 

— Sost^rigale la cabeza, repiti6 Lnis^. 

Hecho lo cnal, introdajo Lnisa en los labios del j6ven nn 
poco de agaa, rocidndole a la vez el rostro. 

Enrique abri6 los ojos, mir6 a an alrededor, vi6 a Lniaa 
y esclamd: '*Gracias, sefiorita, gracias!. .." 

— jSe siente nsted malo? 

— Al contrario, sefiorita, nnnca he estado mejor., . 

Pronunciando estas palabras con una entonacion de toz 
tan tierna, tan afectuosa, tan apasionada, que revelaba la 
inmensa dicha.interior de que gozaba su alma.. . 

Pero ese nunca he estado m^or que acababa de decir, y 
cuyo significado solo Luisa comprendi6, por esas revelacio- 
nes migteriosas que tiene el amor, lonelesmentia sn semblante, 
pues apenas habia pronunciadp aquellas pocas palabras, 
cuando se desmay6 de nuevo. 

Luisa, alarmatk, pero sin perder su'presenciade espfiitu, 
dijo a doti Pedror 

— jEstAn mui.lejos las casas del solitario? 

— HabfS una legua, sefiorita. 

— Vaya usted volando, dfgale lo que ha sucedjdo y que 
venga en el acto; dl. es mui buen ra6dico. No se olvide tarn-* 
poco de Uamar la jente que enouentre. 



El caballo del administrador, que no habia podido rom- 
per la manea, ^estaba a poca diataacia y pudo montarlo, Ian- 
Mndose con la velocidad del vieato. 

Luisa qued63e sola con Enrique, en cuyo hermoso e ina- 
nimado rostro pintdbase como una sonrisa de sati^facoion. 

La sangre continuaba saliendo de sus heridas, sin tener 
posibilidad ni medios de estancarla: solo pudo separar el 
brazo de las mandibnlas de la leona. . . 

El perro mismo la habia abandonado, pues al ver partir 
a su amb se fii^ *tras de ^1. 

Luisa tenia apoyada en sus rodillas la cabeza de Enrique, 
an poder apartar su vista de las facciones del jdven.. • La 
angustia que Bentiaera inmensa. . . Sus lAgrimas principia- 
ron silenciosas a correr en abundancia, cayendo ardiente^ 
sobre las frias mejillas de Enrique, sin llegar a reanimarlo. . . 

jFatal desmayo que le hiacia perder aquel nectar que ha- 
brian cdn gusto saboreado los dnjeles! 

Lui?^ continuiaba absorta. . . La'soledad, el peligro, la 
sangre, la fiera que tenia a su lado, la t^nue respiracion del 
joven, cuya vida patecia apagarse, todo, todo contribuia a 
exaltar su espiritu. . . La hermosa cabeza de Enrique, que 
reposaba en esas faldas, que jamas habian sostenido a otro 
bombre, ejercia sobre Luisa unaatraccion mistericsa e irre- 
sistible, Uena a la vez de amargara y de delici i, de temor 
y de esperanza, de angustia y do felicidad. . . Un fuegb es- 
trafio se habia apoderado de ella: su cuerpo temblaba, su^ 
ojos, fijos en el moribundo, hacian como doblegar la cabeza 
h^cia el rostro de Enrique,., hasta que inclindndose mas 
y sin podei^se contener, imprimi6 sus labios de rosa en los 
frios y descoloridos del j6ven. . . y como asustada de lo que 
acababa de hacer, los retir6 en el acto, levantando su mira- 
da hdcia el cielo, sin duda para implorar perdon.. . 

Nos parece que Dios raisnio debi6 gozarse de aquel pri- 
mer beso tan puro y virjinal y que tan inme'diato estaba .de 
las Idgrimas. • . 



222 £00 ncEROs 0BL vujolo. 

La desesperacion, asi como el amor de la j6ven, crecia 
por instantes.. • Hnbiera dado cien mil vidas por salvar la de 
Enrique... jQa^ mnjer no efl capaz de este sacrificio, y qoS 
mnjer no habria amado en aqaellos momentos! La compa- 
sipn tiene sas misterios... misterios qae las almas sensibles 
conocen y a qne el pecho de la majer jamas resiste... por- 
qne ella parece haber sido formada para aliviar la desgra- 
cia con ese fondo inagotable de dalce piedad de qae Dids 
la ha dotado. * . 

Un rayo de alegria brill6 en la fisonomia de la j6ven.. . 
se le habia ocarrido nna idea feliz, ana cnando estaba in- 
cierta del ^xito... Hacia poco qne Enrique la habia ofrecido 
conac; era por consiguiente indudable que tenia en un fras- 
quito de cuero que colgaba de su caelio como uno de los 
arreos del cazador... 

jSi esto pudiese reanimarlo! Si este licor lo vol^iese a la 
vida!... Y Luisa, tomando el frasco, vaci6 una peqoena cari- 
tidad en el vaso de metal adherido a 61 y del que pdeo an- 
tes se habia servido ella miama... Cuando hubo colocado 
convenientemente la cabeza de Enrique, puso en sns labios 
entreabiertos el contenido*. — Pocos momentos^despnes ex- 
hal6 un suspiro de su pecho oprimido, abrio los ojos y se 
incorpor6 un tanto, diciendo: "Creo que he dor^mido." 

— N6, senor, estaba usted desmayado, contest6 la nina, 
no sin cierto rubor por la actitud en que se encontraban 
ambo9, pero brillando en sus ojos la felicidad.,. 

— jDebo a usted entonces la vida, sefiorita? 

— Le he dado a usted un poco de cofiac... tome una gota 
mas y se recuperari. 

Volvi6 Luisa a vaciar otra pequefia cantidad, que Enri- 
que tom6 sin decir palabra. 

— Ah! ya recuerdo, esclam6 al cabo de un instanta*. jlos 
leones! 

— jSufre usted mucho de sus heridas! 

— Sufrir! no, sefiorita, me hacen gozar! .. y gozar como 



LOB.SBORKrOS DXL Fin|BLO. 22% 

Bunca... porqne me parece que jamas he sido tan feliz!... 

— jPero usted tiene desgarrado el pecho, de donde vierte 
tanta sangre! 

Enrique mir6 sus heridas, a la leona qae estaba a sxi lado, 
y en segoida a Luisa, volviendo a caer desmayado al pro- 
•nunciar esta sola palabra: "[Qud dicha!" 

La angustia de Luisa/a6 mayor al pefder la esperanza 
que habia concebido, pues creia quehabia vuelto en si com- 
pletamente; pero en ese instante sinti6 un trop^l de caballos 
qne se dirijiati a aquel lugar, y pens6 que seria el solitario... 
ya era tiempo. 

Lcdsa al'verlo le tendi6 lo3 brazos, dici^ndole: ^'Salvad" 
lo, senor, salvadlo como os sal 76 su padre! • . 
, . El anciano se acere6 sin responder palabra, pero con el 
semblante p^lido y la mirada fija en Enrique, como si toda 
la vida de aquel hombre se hubiera reconcentradosolo en 
«n8 ojos. 

El solltario, despues de un ex&men ripido y de haberle 
tornado el pulso, sac6 un frasquito del bolsillo, abri6 los 
labios de Enrique, y dej6 caer del contenido una sola gola... 
El j6ven se estremeci6, incorporandose, 

— Vamos, hijo mio, le pregunt6 el anciano con un aire 
de satisfaccion al ver el brusco movimiento de Enrique; 
^c6mo te sientes? 

— Bueno, senor, 
^ — jMe conoces? 

— Perfectamente. ' 

— No hai cuidado, esclam6 el solitario, diriji^ndose a 
Luisa; por lo que hace a la p^rdida de la sangre, yo respon- 
dc. . vamos a ver ahora las heridas. 

Y sin la menor ceremonia y como si no tuviese el menor 
cuidado, desabrochd la ropa, examin6 el pecho, en que se 
dejaban ver parte de las costillas interiores, vol vi6 a cubrir- 
lo, y mirando en torno suyo, hasta que distinguid a Torcua- 
to, le hizo ciertas seQales que nadie comprendi6. 



El machacho, obedeciendo en el acto lo qae le ordenaban, 
8ac6 ao frasco del bolsillo, que contenia espirita de vioo; 
coloc6 un aparato, lo hizo arder, trajo agaa j poso en in!- 
faeioQ ciertas hojas que tenia ea el bolsillo. 

£1 misterio, la brevedad, la llama y el aparato eran para 
los campesinos qae presenciaban, iadadablemente una bru- 
jeria. 

M solitario, inter tanto, habia ocnpado el Ingar de Luisa. 

Torcuato, atento al cocimiento que le mandaron hacer, 
previno con sefias al solitario que ya estaba preparado. 

Este orden6 al defoi me nifio de traerle el agua, colocAu- 
dolo de manera que sodtuviera al enfermo; y qnltdndble la 
ropa se puso a lavarle las heridas. Concluida la operaciori, 
le envolvi6 el pecho en ciertas bojas, fajdndole la parte da- 
fiadia. 

— ^Cortad algunas ramas faertes y arreglad vuestros pon- 
chos de manera a hacer ana cama en qae podamos colo-^ 
carlo para trasportarlo a casa, dijo el anciano al grapo de 
inqdilinos, que miraban atoriitos a los dos leones maertos y 
a Ennqae casi exanime, que solo, sin ayuda 4© nadie, los 
habia libertado de aquella plaga. 

Esta baena jente se pdso en el acto a cortar con sag enor- 
mes machetes fuertes estacas, y sac^ndose sus mantaa y pe- 
Hones, pudieron en an momento acomodar ana cama en que 
trasportar facilmente y sin macho safririiiento al herido.- 

— Respondo de Enrique, dijo el solitario a Luisa, por lo 
que hace^a sus heridas; pero temo la fiebre que se debe sa- 
ceder; sin embargo, nada hai de alarmante. 

Aquellas palabras del anciano conaolaron en parte a Lai- 
sa, que desde sa llegada se habia retirado, permaneciendo 
atenta a todo, pero silenciosa y triste. 

Volvi6 el solitario a tomar el pulso a Enrique, vaci6 al- 
g'lna^ gotas en un poco de agaa de otro peqaefio frasco 
que Uevabaconsigo, y d&ndoselas a beber y ordenaudo que 
lo culocasen en la Camilla, emprendieron la marcha. 



tM slEomxToa dIkl ttmoA 4iS 



V. 

liuisa mont6 en el caballo del administrador, pnes el su- * 
yo habia desaparecido, y sigui6 la comitiva. El solitario iba 
al lado de Enrique, tamdadole de vez en caaado el pulso. 

En tuenos de una bora, los robustos peones llegarou al 
cortijo del anciano, y dsto bizo colocar a Enrique en una 
buena cama, despidiendo a los inquiliuos, despues de ha- 
berles dado su recompensa, que ellos quisieron rehusar, pero 
que el solitario les .oblig6 a aceptar, eucargdudolea que le 
trajesen intaetos los caddveres de los dos leones. 

Dispersados los inquilinos, quedarou solos Luisa, el soli- 
tario, Torcuato y el administrador: pero como el sol decli- 
naba ya considerablemente, el coronel Guzman dip a la 
j6ven, con acento paternal y que inspiraba confianza: 

— Tu mamS, Luisa, puede estar inquieta. El estado de su 
salud necesita algunas contemplaciones, y e^pecialmente es 
preciso evitarle todo disgusto, toda contrariedad y toda 
emocion violenta. Si no te viese Uegar, sufriria; su inquie- 
tud no la dejaria dormir; pensaria que te habia sucedido 
alguna desgracia y le haria un mal inmenso: de consiguien* 
te, es indispensabie partir cpanto antes, y cuanto antes seria 
mejor, porque pueden Uegar laa nuQvas de este suceso mui 
abultadas a oidoa de ella y esperiraentar una impresion vio- 
lenta. Respecto a Enrique, puedo asegurar que las heridas 
no son de gravedad: el brazo no ha sido foacturado, le he 
hecho remedios eficaces, ,y si la fiebre se. :proaQnciare^ la 
combatir^.. . V^ ahora donde te llama el deber y d^jame 
a ml los otros cuidados, obligdndome a mandarte con Tor- 
cuato buenas nuevas mafiana. 

La niiia, viendo la justtcia del solitario, y no teniendo 
que replicar, le dijo con dolor "que estaba dispuesta a obe- 
decerle'*; y resolvi^ndoae inmediatamente, orden6 a don Pe- 
dro le acomodase el caballo, mientras que ^1 montaria otro 

t9U0 h II 



226 ios s2c&Et08 Dist TxmoA. 

de los inquilinos; pero no tuvo valor para separarse sin ver 
61tiinainentG a Enrique, y Fe acerc6 a su cama. 

tJnas gotas de sudor se notaban en la frente del j6ven; 
ain embargo, su respiracion era facil y su sueBo tranquilo. 

— Por lo que se demuestra, observ6 el solitario, nada te- 
nemos que temer; ese sudor es un buen slntoma, esa respi- 
racion anuneia el perfecto ^stado de sus 6rganos, y la fie- 
bre, en caso que exista, no sera intensa. . . Puedes retirarte 
tranquila, agreg6, dirijiendose a Luisa. 

— No teodrd, usted necesidad, senor, de mandarme avi- 
sar, contesto Luisa, porque yo estare aqui mui temprano; y 
como si estas palabras hubiesen revelado parte de su pen- 
samiento oculto, es decir, de su carino, afiadio, dirijiendcse 
a don Pedro: ^qu6 cosa mm natural que interesarse viva- 
mente por aqueilos que nos ban salvado la vida... y esta es 
la segunda vez, agreg6, como si se hablase a si misma, tra- 
tando de persuadirse. 

— Asi es, senorita, porque sin 61 habriaraos sido devora- 
dos por aquellas dos fieras, respondio el administrador, que 
ni se le pasaba por la imajinacion que.algun sentimiento 
distinto de la caridad y de la gratitud obrase sobre Luisa. 

El anciano, empero, no se engan6 con aquellas palabras, 
sino que desde el principio le pareci6 descubrir en Luisa 
una filantropia mas interesada que la que manifestaba, 

Luisa y el administrador partieron, pero no sin recomeh- 
dar al solitario el mayor esmero para con el enfermo. 

El santo varon no hizo mas que sonreirse y agachar la 
cabeza en senal de que cumpliria con su encargo* 



( 



El herido. 



I. 

Tan luego como Luisa subi6 sobre el caballo, le di6 todo 
el i.mpulso de su carrera con direccion a las ca^as. 

Dona Juana salid a reeibirla; pero al verla desgre&ada y 
con el vestido lleno de manchas, que parecian evidente- 
mente de sangre, no pudo menos de preguntarle sorpren- 
dida: "^qu^ es lo que te ha sucedido?" 

— Nada y mucho, mamita, pero yo estoi buena, sana y 
salva como usted me ve, y no tiene motivo porque alar- 
marse* 

— ^Pero que ha pasado, nina? 

— Don Pedro se lo comunicard, mamita, pprque yo ven* 
go mui fatigada. 

Y para demostrar la realidad de lo que decia, se ech6 en 
un 8ofi&. 

— Cu^nteme, don Pedro, lo que ha sucedido, dijo dofia 
Juand, tranquili^ada ya con la presencia de qu hija, pero 
Uena de curiosidad. x 

— SeBorita, sin el arrojo de don Enrique, no habrlamos 
talvez t*enido el gubto de verla ahora. 

— iC6mo! Enrique se ha eepuesto otra vezl Ha sufrido 
alguna desgracia? No viene con ustedes? 

— Es verdad, senorita, no viene con nosotros, porque se 
encuentra enfermo; pero el senor hermitano ha dicho que no 
era nada y que pronto estaria mejor. 

— ^Pero qu6 ha pasadO? Vamos, cpntesteme usted pronto. 



iis 



LOS 8ICRST08 DXL PUXBLO. 



El administrador refiri6 entonces a dofia Jaana el acci- 
dente con todos sas pnntos y senales, sin olvidar sa miedo 
y el lagar en que se habia colocado j desde donde pado 
presenciar perfectamente la escena. 

— Qu^ j6veD! qae joven taa valiente! esclamd dona Jua- 
na con entusiasmo: dos veces le debo ya la vida de mi hija. 

Despues de referir el suceso, paso don Pedro a los inci- 
dentes, no cans^&adose en decir alabanzas de Enrique; pero 
lo que no me admira menos, anadi6, es el valor de la sefio- 
rita Luisa. 

— ((itx& ha hecho mi hija? 

— La sefiorita no se movi6 durante todo el combate, y 
ann apenas habia caido la fiera hecha nn ovillo, con el ar- 
quitecto y mi pobre Leal, que ella se levant6 sin temor has- 
ta donde estaban los leones, que verdaderamente daban 
horror y miedo. 

— Imprudente! esclam6 dolaa Juana^ en tono de recon- 
vencioD, diriji^ndose a Luisa. 

— Pero afortunadamente el animal estaba muerto, porque 
mi mismo punal se lo metio don Enrique hasta la cacha por 
dos veces seguidas, con tal fuerza, que habria traspasado, no 
digo un leoD, sino hasta una ballena. 

Luisa continuaba silenciosa y con sus ojos cerrados, co- 
mo si viviese en otro mundo, aun cuando escuchaba con avi- 
dez cuanto decia el administrador; pero esto mismo servia 
pata trasportarla a aquellos parajes, a aquellos instantes en 
que poco tiempo hacia sostuviera la cabeza de un mori- 
bundo que se habia sacrificado por defenderla!... y en se- 
guida fijdbase f-u pensamiento en la morada del solitario, 
donde se hallaba a merced de sus cuidados paternales, es 
verdad, pero de los que ella no participabal... 

No tardaron mucho en principiar a llegar algunos inqui* 
Jinos que hacian diversos comentarios del lance, aumentdn- 
dolo y desfigurdndolo a su antojo, en cuyas narraoiones no 
entraban por poco los encantos del brujo, ea decir^ las re* 



LOf SXCKBT08 PIL FUXBU). ]M 

domas con agaa que ardia, el elixir de la vida que Uevaba 
en su frasqfiito y que habia reaucitado al arquitecto, y los 
polvoa y ungueatod que le habia eaparcido por el pecho, 
curando laa heridas en el acto sin que quedase la menor 
seQal, y mil otras brujeriaa que no se podian esplicar y que 
solo Dios o el diablo eran.capaces de entender; porque en 
el concepto de nuestros campesinos, el diablo es mas o me- 
nos como Dios y muolias veces mejor ami go, pues socorie 
con mas eficacia a sus adeptos, haciendo maa frecuentes y 
provechosos milagros. 

DoQa Juana liizo 11a mar a algunos de los inquilinos para 
que le refiriesen tambien lo sucedido, ri^adose mucho de 
BUS distintas y estrafalarias versiones, particularmente de 
aqaello del agua ardiendo, del elixir de la vida y de los 
ungiientos y polvos de la madre Oelestina, de cuyos tesoroa 
era poseedor su amigo el coronel don Toribio de Guzman. 

Las emociones de aquel dia, la necesidad ^qne tenia de 
estar sola para entregarse libre a sus pensamientos y la fatiga 
misma corporal hicieron a Luisa retirarse mas tomprano 
que de costumbre, no sin haber solicitado de su mam& que 
fneran al dia sigaiente al cerco del solitario para visitar al 
enfermo, y habi^ndolo conseguido, dijo a don Pedro de 
prevenir al cocliero que tuviese listo el carruaje para des- 
pues de almueizo. 

Aquella noche fu^ para nuestra aristocrdtica beldad una 
noche de flebre. Ella, que nunca habia esperimentado la 
impaciencia, eucontraba las boras tan largos, que le pare- 
cian siglos, admirdndose que el reloj corriese con tanta len- 
titud. 

8u pensamiento, tranquilo siempre, estaba ahora lleno de 
Bobre-alto, sin poderlo separar del lecho de dolor en que 
repoaaba Enrique. De veis on cu^ndo le parecia oir los 



S30 

ayes del safrimiento, vi^ndolo en segoida desmayarse. En 
otras ocai^iones miraba las manchas de sangre de sn veatido. 
Be qoedaba con tern plandolas largo rato, y despaes s^ acer- 
caba a ellas y la^ besaba. . .Tambiea solia sentarse del mis- 
mo modo qne caando taviera a Eariqae exdnime, y en 
segaida cerraba sus ojos y parmanecia como en entasis... 
Esta eapecie de delirio qae da, aan en el completo nso 
de nnestras facultadeSi cnando estamos faertemente impre- 
.Bionado^y no abandond a LaUa hasta qae vino la loz del 
dia. Entonces principi6 a vestirse coinj para enganar i\ 
tiempo y qne se a^ortase de algan modo hasta la bora de 
alranerzo: pero caalquiera qne la habiese visto habria nota- 
doenelacto qae se componia con neglijencia y qae sos 
ojos distraidos no se fijabaa en el espejo siao con cierto pe- 
sar. Sa. semblante, como sa espfrita, estabin abatidos; sin 
embargo, las Ultimas palabras del anciano, que Se le habian 
quedado grabadas, la cambiaban por an momento, auimda- 
dose entonces con el rayo vivificador de la esperanza. 

El disco laminoso del sol aparecia al fin coronando la 
empinada cnmbre de los mas cercanos monies, y Laisa sali6 
a los corredores para pasearse. 

Don Pedro estaba ya a caballo, dando sas 6rden€s a la 
jeote para que faeran a sus diferentes faenns, y los carpin- 
teros, compafleros de Enrique, se disponian tambiea a prin- 
cipiar su trabajo, marchando silenciosos como si echasen de 
menos la presencia de su jefe y amigo. 

Luisa les llam6. 

— Habeis sabido algo, les dijo, del estado de vuestro 
amigo? 

— Nada, sefiorita, si no es lo que nos ban contado los in- 
quilinos que presenciaron el hecho. 

— Nadie mas que don Pedro y yo lo hemos presenciado. 

— Pero despues fueron muchos acompanando al solitario, 
y ellos DOS dicen que este santo varon, a quien Uaman el 
brujo, le cur6 sas heridas y lo hizo revivir. 



LOS SSCftETOS DEL PUEBLO. 3S1 

— Es verdad, pero eso no quita que est^ todavia en pe- 
ligro. 

' — jCudnto lo sentiriamos! contestaron todos. 

— iLo qnereis mucho? 

— Si usted supiera,8enorita, lo buenoy lo intelijente que 
es, no ge admiraria de que lo quisi^ramos tanto. 

— ^,Lo conoceis desde mucho tiempo? 

— Desde nino, senorita, y siempre ha sido lo mismo. 

— ^Deseariais verlo? 

— j('6mo no! 

— Pues bien, yo os doi permiso para que vayais a infor- 
maros de la salud de vuestro companero, y hare que os 
proporcionen caballos a to Jos, porque el lugar estd dis- 
tant e. 

— Nosotros podemos ir a pi^ sin que usted se incoraode. 

— No me incomodo en nada, pues me basta ordenarlo; y 
si teneis buena nueva, podeis disponer de todo el dia. 

— Gracias, sefiorita, pero nosabemossi esto leagradar^ a 
Enrique, porque nuestra obra es casi a trato y por tarea. 

— ^No les da a ustedes su pago diario? 

— Si, senoiita, 

— ^De cudnto? 

— De diez reales a cada uno. 

— Pues bien: aqul teneis cinco pesos; yo pago el dia; id 
a informaros de vuestro amigo; y si no le agrada, decidle 
que yo lo he ordenado. 

Los cuatro artesanos se retiraron, saludando respetuosa- 
mente a la hermosa j6ven y diciendo que tendrian tambien 
tiempo para ir a ver el lugar en que Enrique habia muerto 
los dos leones. 

Luisa llam6 a don Pedro y le orden6 de entregarles cua- 
tro caballos a los carpinteros. 

Acababa de retirarse el administrador para dar cumpli- 
miento al raandato de la j6ven, cu^ndo apareci6 en el patio 
un muchacho c^^ue corria con la rapidez del rayo. Tal era la 



S33 LOS SftCBSfOt DXl» rmEBLO. 

velocidad de sa carrera, que Laisa no pudo conocerk) hasta 
que lleg6 donde ella. Era Torcoato. 

Uq grito de sorpresa se le escapo a Laisa, pregantdndole 
con ansiedad: *'iQa^ hai?" 

El intelijente muchacbo, comprendiendo lo que le decian 
J lo que agaardaban de ^l,8e 8onri6alegremente como para 
disipar en el acto toda inquietud, y en seguida le entreg6 
una carta. 

La fisonom'a del pobre mndo habia dlcho lo bastante, y 
Luisa recibi6 el papel con muestras de la mayor alegria* 

£1 billete contenia estas solas palabras: 
*'Mi querida hija: 

Nuestro enfermo estd mejor, y respondo de su vida." 

Luisa hizo entrar a Torcuato a sns habitaciones, y le in« 
terrog6 como pudo sobre lo que habia pasado en la noche, 
respondi^adole ^ste en todo con gran satisfaccion de la j6yen. 

Despues escribid al solitario lo siguiente: 
"Sefior, 

^^Doi a usted las gracias... Mi mamita y yo le hacemos hoi 

una visita .. Suya. 

LuUaP 

Parti6 Torcuato con la misiva, contento con el carifio que 
le manifestara Luisa. 

IIL 

» 

El ^nimo de k j6ven se seren6, y su impaciencia desapa- 
reci6 con la certidumbre de la mejoria de Enrique, eaperan* 
do a que su mamita se levantase para pedir el almaerzo. 

La natural coqueteria de la miger volvi6 a apoderarse 
de la j6ven, y ^ntr6 a su tocador para adornarse mejor que 
lo hiciera antes cuando no pensaba en otra cosia que en el 
eufermo; pero ahora^que estaba segura de su vida, renacia 
el guito por agradarse y agradar. ^Sabijt acaso ella si Enri- 
que participaba del mismo sentimiento que la dominaba? 



LOft SKCftSTOS DCL PUIBLO. S33 

^No era necesario despertarlo? Las palabras que habla pro- 
nunciado durante su de^mayo, ' ^decian acaso lo bastante? 
^Nopodian ser el resultado de la escitacion del combate o 
del delirio de la fiebre? Sua languidas y dulces miradas ^no 
podiau tener su orijen en el desfallecimiento cercano a la 
iBuerte en que habia |>ermanecido por tan to tiempo? Todo 
esto era probable; pero, sin embargo, Luisa, si bien no tenia 
la certidumbre, le parecia conocer de que era amada. 
^Que es mas: la plenitud de la dicha o la vaguedad de la es- 
peranza? Talvez la incertidumbre entre la una y la otra, 
que participa de la prirnera, acercdndose mucho a laiiltima; 
y esta e ra la hermosa situacion en que se encontraba Lui- 
sa, situacion llena de encantos pero salpicadade amarguraa, 
situacion en la que quizd la miel domina al acibar, pero en 
la que tambien se apercibe un gusto desagradable que no 
permite gozar la dulzura de aquella en toda su plenitud. 

Cuando se hubo levantado doQa Juana, Luisa hizo servir 
el almuerzo lo mas pronto posible para tener tiempo de ir 
mas temprano. 

Pero la nina se habia presentado en el dormitorio de su 
madre para ayudarla a vestirse; mas ella al verla, no pudo 
menos de decirle: 

— jQue hermosa estds, Luisa! 

— ;Y usted de buen l^umor, mamita! 

— Nada de cso, hija mia, porque toda la noche he estado 
pensando en Enrique;^ jpero es que te veo tan seductora!.. . 

-^^Ha pensado usted en dl? 

— ^Y por qu^ no? 

— De veras; lo merece, 

— Asi es, hija mia, pues parece nuestra^ Providencia; jesti 
el coche puesto para ir a hacerle una visita? 

—Si, mamita, solo se espera su alnuierza 

-^Qae me sirvan solamente una taza, de t^, Luisa, por- 
que no tengo apetito. y si muchas ganas de verlo. 

liuisa salio, trayendo ella.misnaa la tetera de t^ y las tazas.. 



iH LOS SECBET08 DEL FtJEBLO. 

— jParece que te apresunas? 

— Participo de los mismos de>eo8 que usted. 

— Pues luego vanios a sati^facerlos. 

Y dona Juana, ayudada de Luisa, principi6 a vrstirse. 

Tan luego como hubo concluido y tornado su frugal desa- 
yuno, dijo a Luisa: 

— Estoi lista, hija mia. 

La j6ven sali6 inniediatamente, mandando acercar el co- 
che. 

Las dos senoras partieron en compania de Ceferina, a 
quien habiamos clvidado, pero que tambien babia venido 
con ellas, y que deseaba, como era natural, ver a Enrique, 
por el que tenia preaileccion. 

IV. 

Al aproximarse a las casns del solitario, Luisa sentia una 
impresion que participaba del tenior, de la esperanza, del 
afecto, del miedo y del pudor, y sentia que su corazon pal- 
pitaba con violencia, sacando, para disimular la turbacion, 
su linda cabeza fuera del coche. 

■r-Alll esla Torcuato, esclam6 Luisa, viendo venir al sor- 
do-mudo con su rapidez acostumbrada. . 

— Nos traerd alguna nueva, dijo dona Juana. 

— Ya esta manana nos particip6 que se encontraba mejor. 

— Y entonces ja qu^ viene? 

— A encDutrarnos, siu duda. 

El pobre muchacho se acerc6 al coche con sefiales de ia 
mayor alegiia. 

Luisa lo acarici6 y lo qui-o hacer subir; pero, en lugar 
de aceptar, se ech6 a correr adelante con su acostumbrada 
ajilidad. 

Cuando lleg6 el coche, el anciano, avisado por Torcua- 
to, las esperaba a la entrada. 

Luisa quiso bajar-e para hacer a pi^ el pequeno trayecto 
que habia que ti^ascurrir hasta las habitaciones. 



liOa SECBETOS DEL PUEBLO. SSf 

Dona Juana y Ceferina imitaron su ejeraplo^ y el soHta- 
rio las condnjo,. hablaadoles del enfermo, que se eacontraba 
mejor, aunqiie debil. 

— Me hati dicho tantas cosas de este suceso, anadio doBa 
Juana, que ya Ue-^^a a lo maravilloso; en primer lugar, la 
muerte de dos leonea, y en seguida la curacion de Enrique, 
que todos atribuyen a brujerias; jqui^ii sabe si no hai tahta 
verdad en lo unp como ea lo otro, es decir, que en el primer 
caso no f^xista tanta fabula como en el segundo, pues me 
han hablado de ajucis ardienio, de elixir de la vida^ de hat- 
samos mdravillosos, lo que me indaciria a creer que lo^ leo- 
nes son tambienuna invencim poetica a no desmentirio mi 
hija y don Pedro, que afirman ser realei y verdaderas 
fieras. 

— Y tambien lo atestiguardn ellas mismas en persona, 
pues las tengo aqui. 

— Entonces, si lo uno es cierto, tambien aebe serlo lo 
otro. 

— De lo primero nadie puede duJar, a no ser que des- 
mienta lo que sus gropios ojos pueden ver y afirmar; pero 
respecto a lo segundo, usted sabe la3 supersticiones que rei- 
nan y las apreciaciones que de mi hacen. 

— ^Con que es verdad la fnuerte de los dos leones? 

— jMamlta! nunca habia dudado usted de mi!... dijo 
Luisa. 

— ^No he dudado, pero me maravilla de tal raanera la 
realidad, que estoi como at6nita!. ., • 

— Y mas sorprendida se encontrard usted cuando yea, no 
solo los leones, sino las heridas de Enrique, dijo el anciano 
con calma imperturbable. 

— jPobre Enrique! cudnto lo compadezco! qu^ desgracia 
hubiera sido su muerte! ly donde estdn los leones? 

— Ya llegamos. . . puede usted cerciorarse.. . v^alos usted. 

Y el solitario mostro a dona Juana dos enormes fieras 
que yaciari tendidas en el corredor, pues aun no habia teni- 



do tieropo de llevarlM asa laboratoria para embohamarlaa. 

"fjesiv*! 6£clani6 dona Joaoa; ;qQ6 animales tan enor- 
mesl Que cabezd! qa6 garra«, por Dios! ^y como no lo han 
nmerto de una sola manotada? 

— ^Poco ha faltado, sefiora, replico el anciano. 

— Comparlezco a este pobre Eonque, dijo dofia Jaana 
con etie sentimiento aristdcrata que, sin destmir la benevo- 
leneia, es »iempre algo protector. 

— No solo es necesario compadecerlo, respondio el ancia* 
no con cierta gravedad, sino timbien es preciso agradecer- 
lo; porqne caando nno se sacrifica por lo3 otros, es indis- 
pensable que espere nn poco mas de ellos. 
, — Me ha jnzgado nsted mal, amigo.mioy repuso dofia 
Juana, jK)rqiieyo partlcipo de ambos sentimientos. 

— Indudablemente, replic6 Luiaa; mi mamita se habia 
esplicado mal, pero ella siente lo Ultimo tanto o mas que to 
primero. 

— Yo no he querido, hija mia, hacer un reproche, siaa 
una observacion. 

— Que no debia suponerle, sefior Guzman, contest6 dona 
Juana. 

— Es que las palabras vertidas hablan mas alto que el 
pensamiento oculto; pero estoi dispuesto a pedir humilde* 
mente perdon. 

— Confiado en que selo han de acordar; con todo, espel'o 
que en otra ocasion no tenga en united tanto imperio la pa- 
labr.a, y gobre todo la palabra que se ^spresa mal, mucho 
mas cuando de antemano so conoce el corazon. 

— En verdad, sefiora, soi yo el iinico culpable. 

— Aqui no hai culpables sino amigos. 

— Y amigos tan s'nceros como invariables; ^quieren uste- 
des pasar a ver a Enrique? 

— Con el mayor gusto. 



tOl ttClUEtOS SXL PUXBLO. 3S7 



V. 

El j6ven, prev^enido de aquella visita, la esperaba con 
rfnsia, viendo aparecer alas senoras con marcada satisfaccion. 

Do&a Juana se sent6 a la cabecera de la cama y se in- 
form6 con carifio de su estado. Laisa pertnanecia callada; 
pero en eu semblante, en sus miradas, en las ondulaciones 
de su seno virjinal podian leerse los diferentes afectoa que 
la dominaban: podia distinguirse la ccmpasion, el carifio, 
la felicidad y el dolor. . • 

— jSufre usted mucho? pregant6 doQa Juana al herido, 

— No, sefiora. 

— ^Tuvo usted mucho temor en presencia de los leones? 

— Solo esperiment^ la ansiedad de la lucha y el placer 
del triunfo que debe traer consigo el peligro; pues al ver a 
la primera fiera senti alegria, pero a la segunda se cambi6 
en furor, 

— ^Y Luisa ^qu^ hacia entonces? 

— La seBorita tiene el arrojo de una heroina^ y mi admi- 
racion solo puede compararse a mi gratitud, pues a ella 
debo la vida. . . 

El orguUo materno estabaaltamentelisonjeado, y ladulce 
satisfaccion de oir y de ver reconocida la superioridid de 
so bija, se dibujo claramente en el rostro de dona Juana, 

—Pero es inuegable, dijo Luisa, interviniendo en la con* 
versacion, que sin el valor primero no hubiera e^iistido el 
tlltimo, y sin salvarme usted de una muerte inevitable, no 
habria podido sostenerlo. 

La sonoridad de aquella voz suave, afectuosa y llena de 
indefinible melodia, llegd hasta lo mas Intimo del alma der 
Eorique, banando su corazon en raudales de alegfia, ni'mai* 
ni menos que si un rocio bienhechor hubiera caido s6^ 
bre una seca y abrasada planta. ^Es por ventura otra 
cosa el honibre? Los momentos de felicidad de que gbssa^ 



2S8 um racsrros vzl tvtsLo. 

jno en el riego que viene a resfrescsir por nn iDstante la ari- 
dez de la vida, siendo ese iostante, sia embargo, bastante 
para que la desesperacion, la miseria y el desengano no nos 
aniqnile? 

Enriqae se incorpor6 nn poco, a pesar de la prescripcion 
del anciano, que le hab'a prevenido de no hacer el menor 
movimiento, y contest6: 

— Me parece, y digo me parece, porqne no tengo la snfi- 
ciente esperiencia y los suficientes conocimientos para afir- 
marlo, qne el valor del alma es superior al valor del cuerpo. 
Yo puedo haber tenido quizd la re^istencia de la materia, 
pero usted ha tenido el coraje del espiritu; y entonces ^a 
quieJn debe darse la victoria? ^qnien pnede tener el triunfo 
Bino es aqnel que posee el verdadero valor? 

jQui^n habia ensenado a este joven, que apenas coraenza- 
ba la carrera de la vida y cuya instruccion y esperiencia 
eran tan limitadas, qui^n le ensenaba, decimos, ese conoci- 
miento perfecto de lo que constituye el verdadero valor y 
el verdadero m^rito? Pero es inaegable que hai ciertas 
naturalezas qpe todo lo adivinan; y de no, jcomo espHcaria- 
mo8 la existencia y la sublimidad del jenio que se eleva a 
rejiones ignoradaa, que presiente los hechos aun sin haberlos 
presenciado, qu^ penetra en lo desconocido, que inventa lo 
qne nunca ha visto. que adi vina, en una palabra, pues no hai 
pan 61 casi irapresiones ocultas, aun cuando no las hayaes- 
perimentado? 

Ldis.i no dejo de ruborizarse con aquella manera que ha- 
bia tt nido Enrique de calificar su presencia de Animo, pues 
ella creia que eia mui natural cuanto habia hecho, figurdn- 
dose que si obrara de otro modo, tendria de qu^ avergon- 
aarse ante ^1 mis ua 'y ante lus demas; de manera que no 
daba la menor importancia a ese valor de que Enrique hacia 
eloji s. 

Por otra parte, ^c6mo hnberlo dejado abandbnado? ^Ha* 
bia fclgun mc^rito en esto? En* sn concepto, no; pues de lo 



tOS SSdItltOS DIELPUBBLO. 239 

contrario se consideraria ella, no solo en el caso de no cum- 
plir un deher, sino en el de liaber cometido una falta, y asi 
contest6 a Enrique: 

— ^Qu^ jaicio hubiera usted formado de jni si lo hubiese 
abandonado? El cumplioiiento de una ohligacion, y de una 
obligacion sagrada, puesto que sesacrificaba en defensa mia^ 
^puede ser un m^rito? puede considerarse conio una vir- 
tud? 

— Hijos mios, dijo dona Juana interviniendo, yo creo que 
el uno y el otro son dignos de elojio. 

— ^Tiene usted razon, senoia, agreg6 el anciano: ambos 
merecen una recorapensa. 

— ^Y qu6 hareraos por ellos? 

— La dueno de la hacienda promete a cada inquilino una 
vaca por el leon que mat6, y Enrique, aun cnando no habi- 
ta en el fundo, puede gozar del mismo beneficio. 

— ^Qn6 dice usted? contest6 dona Juana a^lmirada; ^esa 
miseria es acaso digna de su accion y digna de ^1? 

— Yo estoi ya mas que reconipensado, interrumpi6 Enri- 
que: no hai nada en este mundo que pueda equivaler a lo 
que he recibido. 

Luisa se ruboriz6, pensando que talvez Enrique habia 
sentido el beso ardiente que iaipinmiera en sus labios; pero 
no se arrepintio, porque nada hibia en su conciencia que le 
anunciara la sombra de una falta; sin embargo, ese temor, 
que talvez pudieramos traducir por una esperanza, se des- 
vanecio cuando el j6ven prosigiiid diciendo: 

— Si en realidad hai algun mdrito en la accion que he 
heclto, ^por que pretender desvirtuarlo con una material re- 
compensa? ^Es poca cosa acaso la sati^faccion interior? Yo 
prefiero que me dejen con ella; prefiero guirdarla intacta 
en el fondo de mi comzon; y me atrevo a suplicar, seBora^ 
continuo dirijiendose a dona Juana, que no araortigiie us* 
ted mi regocijo. con una dadiva. Ya usted ha hecho a Mer- 
cedes^ mi Hermana, grandes favores; permltame quedarm^ 



S40 LOf S1C1UET08 DSL PUXBLO. 

con esta insignificante satisfaccion, sin qne venga a borrarla 
sujenerosidad. 

VL 

Esta delicadeza de Enrique agrad6 sobre manera a Lnisa, 
porqne comprendia y apreciaba ese jenero de elevacion, ese 
refinamiento de virtad, ese sibaritismo noble y delicado del 
alma, qne qniere gnardar intactos los recnerdos de nna bne- 
na accion y qne no exije de nadie la menor recompensa; 
qne desearia hasta el olvido para quedarse solo con el per- 
fume que, de vez en cuando, puede hacerle aspirar el incen- 
sario de la memoria, asi coiAo para el criminal trae incesante- 
mente las mefiti'cas miasmas del remordimiento. . . 

Dofia Jaana, si bien apreciaba el desinteres del j6ven, no 
comprendia bien todolo qne encerraba de espiritual; mas 
el solitario al oir la respuesta de Enrique mir6 a Luisa, 
como para observar si ella le daba todo su valor; pero Luisa, 
par&ndose de su asiento, del mismo modo que hiciera la 
cosa mas natural, pues hai para ciertas almas una esfera su- 
perior donde ellas solo viven y donde la jeneralidad jamas 
alcanza, se acerc6 al lecho del herido, y desprendiendo una 
rosa quejlevaba en su peinado, dijo a Enrique: 

— E-sta flor la tenia ayer conmigo, la he conservado hoi 
como un recuerdo, aunque estd ya un poco marchita, se 
la doi a usted como una recompensa., • 
t — Bravo! esclam6 el solitario, entusiasmado. 

— Bravo! dijo do0a Juana, que no veia en aquello sino 
nna galantefia de nifia, sin la menor consecuencia. 

Pero Enrique estendio su mano, tr^mula por el placer, 
mientras que su rostro se encendia y sus ojos hacian ver el 
regoci jo interior al tomarlade manos de Luisa, pronuncian- 
do al mismo tiempo estas solas palabras^ palabras que lie- 
garon al timpano de Luisa como los sonidos mas armoniosos 
de una miisica celestiah '^Senorita, la conservar^ mientras 



^ LOS SISCPvETOS BEL PUEBLO. 241 

yp viva: ella serd mi talisman y ml reliquia asi como es rai 
recompensa." 

Luisa se retir6 conmovida. Habia lei lo en la animada fiso- 
nomia de Enrique un amor tan pure, tr.n ideal, tan intenso, 
que le parecieron sus sentimientos mui tibios comparados a 
los de el; pero no por eso dejo do abrirae su corazon a la 
dicha y a la espeianza, que es el mas liermoso cielo del hom- 
bre, el balsamo que lo alivia y espccialmentc el Eden de los . 
que aman. 

Luisa volvio a seotarse, mientraa que el anciano, al pare- 
cer rejuvenecido con el calor de la pasion que veia nacer 
en el pecho de esas dos criaturas tan dignas, tan puras, tan 
poeticas, sentiase ajil, j6ven y ardiente, cual si se hubiese 
derretido CQn'aque.l divino calor la cnpa de liielo dQ la es- 
periencia y del desengailo que' hacia tiempo pesaba fiobre 
sus liombros. 

Y en verdad, por mui estriclo que uno sea, por mas hela- 
do que este su corazon, ^quien no ve disiparse los nubarro- 
nes de la desgracia y denetii'-e la nieve que cubre su pecho, 
cuando contempla los rayos vivificantes de ese sol de amor 
que todo lo anima, y cuando dos almas jovenes, virtuosas, 
poeticas y apasionadas la una de la otra, Uegan a encontrar- 
se en la vida? 

El solitario'estaba complacido; para 6\ no habia mis^e- 
rios, pqrque todo lo comprendia; pero, sin embargo, presen" 
tia obst/iculo?a, y obstiiculos insuperables en la imperturba- 
ble tranquilidad de la senora- dona luana, que ni siquiera' 
se le pasaba por la iraajinacion que esos dos jovenes po- 
dian talvez llegar a amarse: tal era el respeto al range y al 
fanatisnio ari-?tocj'dtico que reinaba en. ella, creyendo impo- 
sible, -ab^urda, inaudita semojante union; porque si hubiese 
llegado una sola sombra de sospecha, no solo se habria in- 
dignado, sino que lo habria ioipedido con la mayor seve- 
ridad y talvez con el mayor rigorismo, a pesar de su carac- 
ter bueno yl)6ndadoso; pcro^la^ preociipaciones, cuando 



242 LOS HSOllVtOS DSL PXJtALb. 

Ilegan a sn apojeo por la edacacioD, por la pr^ctica y per 
la enseSanza, no hai nada que les resista ni qne se les 
oponga. . . Un arist6crata preferiria ver cien mil veces 
muerto.el objeto de sus mas caras afecciones,. y aun por es- 
tas mismas afecciones, antes que traspasase aqaellas barreras 
hasta cuyo pnnto es dado llegar sin pasar jamas mas alld, y 
dofia Jnana tenia estas convicciones y era de ese temple. La 
idea solo de creer en la posibilidad de nn enlace entre su 
hija y Enrique, la habria muerto, si hubiese sido posible 
concebirla; pues aun cuando apreciaba a Enrique, aun cuan- 
do lo creia bueno, virtuoso, intelijente, aun cuando no le 
negaba elevacipn, aun cuando lo recibia con cierta familia- 
ridad y lo trataba con carino, no habria cons^ntido nunca 
en una union en su concepto impropia, inverosimil, estra- 
falaria: este es el poder de las preocupaciones, ya sea en el 
espiritu de familia o de casta, ya en las ideas de fortuna o 
ea los sentimientos relijioaos: en todaa estas cosas se en- 
cuentran mas o menos arraigadas, mas o menos profundas, 
pero invencibles cuando Ilegan a cierto t^rmino. 

Un noble ^no prefiere unirse a otro noble, aun cuando no 
teoga mas patrimonio ni mas mdrito, ni mas virtud que el 
apellido? 

Un rico ino prefiere a otro rico, aun cuando no haya mas 
en su abono que algunas monedas? 

Un cat61ico ^no prefiere a otro cat6Hco, aun cuando est^ 
roido de vicios, pero con tal que tenga las mismas creen- 
cias? 

Se nos dird talvez que el mundo marcha y que cada dia 
esas preocupaciones se modifican y desapareceu; no lo ne- 
gamos; pero tambien se nos concederd que existen, y que 
existen en abundancia, especialmente aquella que concierne 
a la riqueza, y que se encuentra aKora^ mas que nunca, en 
todo su apojeo. La primera y la Mtima tienden a desapare- 
cer, no con la rapidiBz que desedramos, pero en fin, se co^ 
noce que se estinguen; pero la otra se robustece cada dia 



mas, y no sabemos decir, en verdad, cadi de todas es la mas 
perniciosa; porqne si la primera y la Ultima son el resnlta- 
do de la ignorancia, la del medio lo es de an est^pido ma- 
terialismo que nos hemos empenado en denominar civili- 
zacion, y que nos arrastra al desprecio de la nobleza y 
elevacion do los sentimientos, dando en cambio de la p^r- 
dida de nnestras facultades mas bellas, nuestros instintos 
mas groseros; y en Ingar de los goces inefables de la virtad, 
los sn:cnlentos placeres del est6mago, del alcohol y de la con- 
capiscencia. , . 

VII. 

— ^Y qu^ tiempo permanecerd en cama? pregnnt6 dofia 
Jaana al solitario, refiri^ndose a Enrique. 

— Por lo menos una semana; pero no podrd trabajar has- 
ta dentro de quince dias. 

— Por Dios! senor, dijo Enrique con angastia. jQu^ re- 
tardo tan grande para el trabajo! 

— C6mo ha de ser, hijo mio, repuso dofia Jaana: primero 
la salud y despues el trabajo, porqae sin ella nada se hace. 

— ^Qa6 dir& mi maestro? 

— Nada; pues yo soi la duefio y yo estoi satisfecha. 

— ^Sin embargo, seBora, mi familia, que tanto me habia 
reconiendado la pronta vuelta, principalmente mi pobre 
madre. . . 

— Haremos de manera de aprovechar el tiempo, dijo ol 
anciano. 

— Gracias, senor; jpero cudl va a ser su inquietud viendo 
que no les escribo! 

— Lo har^ yo por usted, dijo Luisa, tAato mas cuanto que 
estoi obligada a contestarle a Mercedes. 

; — Tantos favores^ senorita^ ^con qu6 los satisfar^? 

— Con lo mismo qUe nosotros satisfacemos los suyos, que 
son siempre mayores. 



244 LOS SECRETOS DEL PtJEB'^O. 

Eariqne miro a Luisa como si tratase de iavestigar el 
sentido oculto de ?^*quelLis palabras, que la niOalialjia dicho 
con encantadora sencillez, pen ^*indo ea la gratitud; pero lo3 
cnamorados tienen el ta'ento <K' liillar ricinpre en las pala- 
bra.^ la sigiiificacion que esta en ai'-nouia con sus deseos, 

« 

En ese momento llegaron lus carpi nteros preguntando 
por Enriqne y si podian verl \ 

El solitario consulto a! jovon, y este le suplico que los 
hiciera eatrar, si eslo no faera causa de incomodidad para 
las seSoras; y habivindo diclio ellas que de ninguna manera, 
el anciano salio y dijo a los cuatro art^sanos de segairlo, 
acompanaadolos hasta el cuarto de Enrique. 

Cuando lo vieron tendido en la cania casi sin movitnien- 
to, se enternecieron, porque lo querian en realidad. 

— Ahora, companeros, le dijo Enrique, despues de haber 
satisfccho a tod.is sus preguntas, tengo que snplicaros que 
trabajeis con el mismo empeno, al meno3, mientras ya e- toi 
priyado de haaerlo. . • • . 

— Trabajaremos eldobl:% respoudieron todos, para tratar 
si.es posible, de llenar tu falta. 

— Os doi luS gracias d* sle laego, amigos mios, y podeis 
estar seguros, ademas, que tendreis la remuneracion corres- 
pondiente. 

— En este caso no hai intereg. Entre sastre y sastre no se 
pagan liechuras^ dijo nno de ell ;v^, y todos fueron de la mis- 
ma opinion. 

— ^Pero talvez sea mucho el tiempo que tenga que estar 
Bin ayudaros; pues el senor me- na prevenido que por lo 
menos estar^ una semana en c^ma y otra de convalescencia. 

— Ann cuando fucra un mes, aun cuando fuera todo el 
tiempo que dure el trabajo; nosotros nos creemos capaces 
de concluirlo, pues los pianos estdn todos hechos. 

— Os.estoi mui agradecido, amigo^^ mios. 

— Con que asI, no hai por que apesadumbrarse, sino pen- 
gar en sanar pronto. 



LOS SECBETOS DEL PUEBLO. 245 

— Dios lo quiera. 

Los ciiatro aitesanos se retiraron, y para no desmentir^la 
promesa que habian hecho a Eaiique, dieron solo una vuel- 
Ui por el lugar del combate y s.) volvieron a Lis casas sin 
aprovechar del asueto que les liabia concedido la senorita. 

Dona Jua'na tambien penso eti retirarse, pero Luisa le 
suplico de quedarse, pidieado al anciano que le mostrase la 
gruta denominada del Leon, que tanta "curiosidad teuia de 
ver. 

— jPero habi'd leones alii! esclamo dona Juana, asustada. 

'Ni por un pienso, hija mia: ahorano estaria con nosotros 

Enrique para defendernos, y aun cuaudo cstuviera, no me 

arriesgaria, porque tendria un miedo por si solo capaz de 

n)atarme. 

— No tenga usted el menor cuidado, senora, piies hace 
- mucho tiempo que no aparecen por aqui. 

— Sin embargo, si se les antbjara ahora, todo •puede su- 
•Ceder. v 

— :Es imposible, pues ellos habitan las partes no frecuen- 
tadas por el hombre, y aqui bai un constante trabajo que 
bastapara ahuyentailos: adeoaas, nos acompanardn todos mis 
perros, y en compania de ellos no puede haber ni sombras 
de temor. " . . 

— Si es asi iremos. 

— Yo les acompnnare, quedandose Torcuato al cuidado 
del herido. 

El pequeno bosque, que comprendia el cerco del solitario, 
se hallaba, como va sabemos, a corta distancia de las habi- 
taciohes de este. 

Dona Juana, y tppecialmente Luisa, hicieron el paseo mas 
agradable, queddndose corprendidas a la vista de aquella 
grata que tanto liabia admirado a Enrique, 

— En un dia feliz piometo acordc-^.rme de este lugar, dijo 
Luisa para pasar algunas horas de satisfaccion, porque esto 
es hecho para alabar a Dios , . . 



2i6 Lot 8IKBK08 DSL PUXBLo. 

De vaelta se despidieroD de Eorique, prometi^ndole dofia 
Jnana venir diariamente, o por lo menos, mandar saber de 
^1, si sa salad no le permitia hacerlo. 

El j6veii estaba lleno de regocijo j de reconocimiento 
por tantas bondades, llegando a decir qne les habia tornado 
an afecto particalar a los leones, pacsto que a ellos debia 
favores que nunca se habria atrevido a esperar. 

Dofia Jaana se ri6 de la ocarrencia, dici^ndole que Dios 
lo preservara de tal carino, pues era un afecto mui peli- 
groso. 

Sin embargo, esto era lo que esperimentaba el joven, 
porque bendecia aquel encuentro y las heridas que recibie- 
ra; encuentro y heridas que eran la causa de su felicidad^ 
pues sin esto nunca habria Uegado aobtener tan dulces mi- 
radas, a sentir tan profundos afectos y a recibir aquella flor 
que no habria cambiado por la posesion de un imperio. 



Prodijios del amor. 



L 



El anciano no descubria al j6ven sua observaciones, por- 
qne temia alimentar esperanzas qne no se realizarian jamas, 
atendiendo a las ideas de dona Juana, ideas que era instil 
combatir, porque era imposible destroir. 

El noble y jeneroso anciano sentia este impedimento, tal 
vez mas qne si se tratase de sn propio hijo, y hubiera dado 
con gusto cuanto tenia de vida, ya que no poseia otra cosa, 
por haber trasmitido su nombre al j6ven obrero. ^De qu^ 
podia servirle un apellido ilustre y altamente aristocrdtico? 
De nada; mientras que pai'a Enrique hubiera sido su fortu- 
na, y lo que es mas que esto, su felicidad y la felicidad de 
Luisa; pues el solitario presentia que este carifio seria ines- 
tinguible y no se borraria jamas, por mas en oposicion que 
se encontrase con los usos y costumbres de la sociedad; por- 
que no hai nada comparable a los lazos formados por la na* 
turaleza, y tanto mas Aiertes cuanto mas en armonia se 
hallaban aquellos dos seres y cuanto mas privilejiados eran; 
pues es justamente en esas naturalezas escepcionales donde 
el amor se ceba con mas fuerza, echando raices que nada en 
la vida es capaz de arrancar. 

Sabemos que ahora no se sienten esas grandes pasiones, 
porque nuestras almas apocadas son incapaces de concebir 
algo de elevado, de noble, Todas nuestras aspiraciones, cir- 
cimscritas al interes, no van mas alU de los goces de la va* 



248 IiOS BEOKBTOS BBL PUEBLO. 

nidad y del coafortable, no haciendo consistir el amor sino 
en la satisfaccion de los sentidos: asi. es como el hombre, 
materializdndose, hal!egado aasimilaive alabestia, despre- 
ciando el espiritualismo que mas diviniza, y que, vn la cul- 
tura que nos rodea y de la cual ha^'emos tauto alarde, 
miramos solo como un juguete de n uos, impropio de nues 
tra alta sabiduria y de la madurez d-i un juicio que liace 
consistir la felicidad dela especie en aquello que, con triun- 
fante orguUo, llaraan jpositwismo, iComo si la^ grandes ideas, 
las grandes pasiones y las grandes virtudes no fueran de 
este mundo, no existieran en redidad o no r roporcionaran 
ningun goce! jCiegos! ban preferido la materia al espiritu, 
la eorteza al'arbol, la apariencia a la realidad, la cascara al 
fruto, que e.'j el que contiene la sustancia!.. 

Luisa volvi6 a su casa con el alma rebosandq de felici- 
dad, y su bella fisonomia tenia una espresion celestial, por-. 
que, digase lo que se quier 5, nada hermosea ni nada diviniza 
tanto como el amor. El hecho solo de querer, es un nuevo 
atractivo con que una nifia se adorna, un nuevo hechizo y un 
encanto nuevo que realza su natural hermosura. Sus ojos 
adquieren mas luz, mas trasparencia, mas brillo, despidien- 
do en sus miradas un flaido que, atrayendonos, nos encanta 
y electriza: es el galvanisuio de la voluntad, que, sin duda,. 
participa de la esencia infinita de Dios. . . de esa sustancia 
eterea que, esparcida en todas partes, nadie ve pero a todos 
animal... La intelijencia de la mujer que ama se desarrolla, 
se vigoriza, crece. . . y tan luego como ha prendido en su 
pecho el fuego de la pagiou, se rasga el velo de la ignoran-- 
cia, y la naturaleza se colora y eugalana, oyendo las melo- 
diosas armonias de la creacion en cada uno de los seres, 
porque cada uno tiene su distinto. lenguaje!... Y la palabra! 
este misterioso y fiel interprete que acompana al hombre, 
este secreto incomprensible que sirve para revelar nuestros 
secretos. jQue de nuevos encantos no adquiere en los rosa- 
dos labios de la nina que principia a amar! A que modula- 



LOS S£GK£TOS DSL PUEBLO. 249 

clones suaves y vibrantcs no se presta en la boca de la 
mujer! • . jProdijios del amor! . . El mortal que alguna vez 
OS han esjerimentado, puede decirle aDios: gracias, Senor, 

HE VIYIDO! . . 

Luisai hubia encontrado sii ideal. . . Sas ensuenos se ha- 

« 

bian realizado... Ese tipo divino que elk en su pc(^tica 
fantasia se forjara y que creia iniposible existiese en el 
mundo, estaba descubierto. . . lo veia. . . lo tenia a su lado... 
ir6mo no ser feliz! 

La inocente j6ven nada mas queria, nada mas deseaba.. . 
Era dichosa, pero eon esa dicha pura de los esplritus, eon esa 
dicha dc los anjeles que se embriagan en ella y unicamente 
en ella; sin ambicion, sin temor y hasta sin esperanza; pues 
esa alegr^a sobrehumana no tiene ni limites, ni horizonte, 
sino que esta rodeada del eter trasparente de la felicidad, 
nadando en un espaeio inconmensurable que no se altera ni 
perturba. 

Luisa sentia el amor sin otra aspiracion que el amor mis- 
mo: estaba colocado su afecto en una rejion tan alta, que los 
sentimientos comunes a la bumanidad no* llegaban hasta 
ella: Labia algo de mas puro que el ardiente amor a Dios 
que abrasaba el alma de Santa Teresa; porque en la celebre 
monja catolica se distingue el inceadio de la .pasion y casi 
los resplandores de una llama carnal, mientras que Luisa 
esperimentaba la 'tranquilidad de la gloria, exenta de la 
vebemencia del deseo; asi es que el fuego que consumia a 
Santa Teresa, vivificaba a Luisa; y la que solo aspiraba al 
clelo, tenia un carino mas mundanal que la que se fijaba en 
un ser de la tierra; porque la espiritualidad de una afeccion 
no estd tanto en lo divino del ser que la produce, cuanto en 
la delicadeza del que la siente. . . 

Nuestra sensible nina encerr6s'3 por largo tlempo en su 
cuarto para entregarse a esa contemplacion deliclosa en que 
parece desprenderse el espiritu de las for mas material es que 
lo encacienan, volando por esos espacios sin limites de la 



260 LOS SSORXTOS DSL PUEBLO. 

ilosion y del deleite. . . Desgraciado el hombre qne al menos 
una vez en su vida no haya esperimentado por un solo ins* 
tante aquel ^stasis, porque ese hombre ha muerto desde an- 
tes de nacer. , • . 



Recordando en segnida Luisa que Enrique no podia es- 
cribir a sn hermana, que esta estaria inquietaj sent6se a 
hacerlo, pues tambien esperimentaba la necesidad de espan- 
sion; y aun cuando se creia incapaz de pintar lo que sen- 
tia, sin embargo, redact6 la siguiente carta: 

^''San Jorje^ noviembre 7 de 1850. 

*'Mi querida e inolvidable amiga: 

''^Cuanto vas a estraflar no reclbir cartas de tu hermano? 
pero no tengas el menor cuidado; todo peligro ha desapare- 
cido y se encuentra mejor. . . 

"^Pero por qu6 no es 61 el que me escribe? te pregunta- 
rds en el acto. Mas yo voi a responderte: porque no puede 
hacerlo todavia y porque yo he quedado con el encargo de 
ello. ^Perderd.s t4 mucho, amiga mia, perderdn tus padres 
en el cambio? No tengo la presuncion de quererlo reempla- 
zar. S^ que verias con mas placer su letra que la mia, pero 
acusa de ello a la fatalidad y no a mi, aun cuando creo que 
habrd mas motive para que te congratules y no para que 
Bufras, porque de aquf ha nacido mi dicha, y mi dicha no 
puede serte indiferente. 

. "Voi a esplicarte la causa de su silencio, que es la misma 
de mi felicidad: Enrique estd enfermo por salvarme; jpuedo 
comunicarte algo de mas terrible y de mas lisonjero? 

"En este memento soi la major mas feliz que existe en el 
mundo; y td comprenderds que no podria serlo si estuvieae 
en peligro el hermano de mi amiga: baste esto para sere- 



I.OS SBOBXrOS DXL FUIBLO, 251 

narte del todo y para que ni la sombra de una desgracia 
vaya a turbar tu pensamiento o el de tu padre. . 

"Antes deayer Labia recibido tu carifiosa carta, que lei 
con taiito gusto, porque veia en ella. correspondido en igual 
grado el afecto que yo te profeso, 

"Habiamos mandado un propio el sdbado a San Fernando 
para traer la correspondencia de tu herjoaano, pues teniamos 
convenida una correria al leon para el domingo, y no podia 
ir 6ste por ella, como lo habia hecho hasta aqul; la recibi- 
mos, como te he dicho, el sdbado en la noche, desaparecien- 
do el inconveniente que le hubiera. impedido a Enrique 
acompanar a tu amiga en esta pavtida de placer. 

"Yo creia divertirme muclio, porque me gusta el movi- 
miento, y el peligro tiene para mi cierto atractivo que no 
sabr^ esplicarte; pero jai! Mercedes, que esta diversion casi 
cost6 la vida a tu amiga, y sin el arrojo de tu hermano, sin 
su destreza, sin la serenidad de su espiritu, habriamos sido 
indudablemente presas de aquella horrible fiera. 

"No te referir^ el suceso con todos sus incidentes, potque 
no quiero privar a Enrique del placer de narr^rtelo; pero 
te dir6 Anicamente que tu hermano, en presencia del leon, 
estaba hermoso, imponente. . . Tenia la calma del valor, la 
serenidad de la fuerza, la enerjia de la resolucion. . . Cnal- 
quiera mujer que lo hubiera visto en aquellos momentos lo 
habria amado. . . y yo lo amo, Mercedes!. . . jPor qu6 no he 
de tener la franqueza de decirlo? ^Pot qu^ no habria de sen- 
tir lo que todo el mundo hubiera esperimentado? 

"Si, Mercedes: amo a Enrique, y en vez de avergonzarme 
me glorio de ello, pues me parece digno de mi, superior a 
mi. . . No lo amo por gratitud, no lo amo por haberme sal- 
vado dos veces la vida; lo amo por ^1 y solo por dl... Pero 
esta confesion hecha a la amiga ^debe saberla el amantt? 
No, mi querida Mercedes, no: este es un se'creto que no se 
revela... Jamas te perdonaria si me fueses infiel.. . La dig- 
nidad y el pudor son nuestras ^nicas armas, nuestra sola 



252 LOS SECBli:TOS«D£L PUEBLO. 

nobleza, nuestro linico in6rito y nuestras mas grandes vir- 
tudes. . • 

"For otta parte, gno te parece que el objeto de nuestro 
carino jamas debe de oir esta palabra: jte amo!.. . de otros 
labios que de los de una misma? ^No crees que perderia es- 
ta declaracion. mucho de su atractivo y mucho de su virji- 
nal delicia, vali6ndose de un intermediario? 

"Nosotras somos ninas, Mercedes, sin esperiencia de mun- 
do; ipero no es verdad que hai secretos quese nos revelan 
por si mismos? gC6mo he podido yo conocer el amor, sino 
en virtud de ese anuncio niisterioso que habla a nuestro in- 
terior? Porque esjndudable, Mercedes, queyo amo a Enri- 
que, pues nuaca habia sentido de la misma manera, nunca 
habia gozado como ahora, nunca liabia temblado delante de 
nadie como tiemblo en presencia de el; nunca habia senti- 
do correr por mis venas ese calor inesplicable que conmue- 
ve todo mi ser, trasformdndome completamente. 

"Su vida ha pasado a. la mia... su existencia hace mi 
existencia. . . y esta comunicacion de dos almas, para no 
formar sino una sola, me parece que se opero en aquellos 
deliciosos y terribles momeutos en que sostuve contra mi 
pecho la desfallecida cabeza de tu hermano! 

"Que momentos! qu^ angustia! qu^ deleite! qu^ felicidad 
en medio de tanta desesperacion! Renuncio a pintartela,. . 
Yo permaneci como una bora sola y con ^1 moribundo en 
medio del bosque, rodeada de las fieras y sin otro ausilio 
que el de Dios!.. . Hubo un momento en que lo reanim6 
para desmayarse de nuevo, exhaldndose de sus descoloridos 
labios estas solas palabras: "jQu^ dicha! que felicidad P. ." 
y volvieron a cerrarse sus ojos!. . . Yo miraba de hito en 
hito'aquel semblante palido en que se veian los sintomas de 
la muerte sin que desapareciese su belleza; jy entonces, Mer- 
cedes, entonces, anegada en lagrimas, paso tambien como una 
nube por mis ojos. . . aprpxime mis Idbios a los suyos, im- 
primiendo en ellos un beso de desesperacion y de amoi!. . . 



LOS SKCBETOS DEL PUEBLO. 



253 



^Era aquel beao una clespedida o uaa caricia? Talvez lo uno 
y lo otro; pero ni lo uno ni lo otro hizo efecto en tu lier- 
mano. .. ;y solo yo llo/o li memoria de aqael recuerdo! 
Solo yo conserFO la iinpresion fresca y palpitante! No me 
arrepiento, Mercedes, ni ma avergiienzo: mi delicadeza y 
mi pudor, nada me dicen en contra do mi acciou; mi con- 
ciencia.esta tranquila y aun creo que me aprfieba, pues aho- 
ra mismo me parece que si no hubiera hecho' lo que hice, 
habria sido insensible,' bdrbara, cruel. . . Aliora te pregiui- 
to: ^cudl es tu opinion? y dime si liabrias obrado o. no del 
mismo modo. 

"Posees el mayor secreto de mi vida, Mercedes; gadirdalo, 
depositalo en tu corazon como una prenda que cotifio a tu 
amistad y a tu carino. , 

"Dales memorias a tus padres, cuentales el suceso, y diles 
que el coronel don Toribio de Guzman hi pagado su deuda 
salvdndule la vida a su hijo, asl como el salv6 la suya; 
pues sin los cuidados de este noble anciano, sin su cielicia,* 
sin la eficacia y oportunidad de sus remedios, Enrique no 
existiria!. . . jA cuantos no ha preservado de la muerte sal- 
vdndolo a el!. . . 

"Es inutil que te prevenga que no te olvides contestarme. 

El sdbado proximo espero sin falta tus cartas, pues no deja- 

r6s tambien de escribir a Enrique. 

"Tuya de corazon, 

"Luis A." 

III. 

Como es de presumirlo, al dia sigulente propuso Luisa 
a dona Juana si queria hacer el pa-^eo hasta la quinta del 
solitario; pero encontrdnJosela senora algo indispuesta, le 
dijo a su hija que si deseabi ir ella podia hacerlo en.com- 
pafila de Ceferina, y que tendria gusto, pues asi recibiria 
lioticias ciertas de la salud de Enrique. 

No se hizo Luisa repetir dos veces la proposicion^ si no 



254 XM fitOBXlOS DKL POKBtO. 

que mand6 inmediatamente poner el coche y prevenir a su 
Dodriza que estaviese lista para salir. 

Durante el camino, Ceferina dijo a Lnisa: 

— §Qaieres, hija mia, contarme detalladameDte el suceso 
del domingo? Solo lo he oido de un modo imperfecto, 
porque td bien poco me has referido de este estraordinario 
snceso, y no he querido pregantarte demasiado, pues te he 
visto preocnpada, sin embargo que no puedes menos de 
comprender cn&nto me interesa, no solo por tf, sino tambien 
por Enrique. 

— El hecho principal todos lo conocen, y usted sabe tan- 
to como yo a este respecto. 

— gPero tuviste miedo? 

— Miedo no, sino sobresalto... y auneste no era por mi... 

— ^Por qui^n entonces? 

— Dificil seria esplicarle lo que sentia en aquel moiiento, 
pues yo misma no he podido darme cuenta. 

— jEnrique se port6 con mucho valor? 

— Como no habia visto igual hasta hoi. 

— ^Y por qu^ no huyeron? 

— La fuga hubiera sido la muerte, pues inmediatamente 
habria caido el leon sobre nosotros. 

— jY para qu6 se internaron en el bosque? 

— Para descansar. . . Por otra parte, le confesar6 a usted 
que deseaba presenciar una escena parecida a la que habia 
leido pocos dias antes en un libro ingles, y que me agrad6 
muchisimo. 
. — ^C6mo era? 

— Mui parecida a esta, si bien menos horrorosa. 

— ^Quieres cont^rmela? 

-— Un noble ingle^ viajaba por la India en companfa de 
una sefiorita a quien amaba, pero cuyo amor no era corres- 
pondido. Una noche de verano, engolfados por la contem-* 
placion de aqueila naturaleza hermosa y virjen, se entretu- 
vierod hasta mui tarde, meditando cada uno, sin dirijirse 



la palabra. Su ^stasis fa^ interrumpido por un ruido terri- 
ble qne hizo prorruinpir a la asastada miss en esta esclama- 
cion: "|Sir George, salvadme!" Sir Jorje conoci6 que era el 
brami do terrible, de un tigre que no debia estaramucha 
distancia; diriji6 su vista al derredor, y solo distingui6 una 
cabana abandonada, a la cual se diriji6 .en el acto, llevando 
a la pobre lady casi exanime. La cabana tenia dos pisos, y 
subi6 al segundo, donde deposit6 el interesante fordo. 

Sir Jorje habia habitado la India por algun tiempo y sa- 
bia por esperiencia que el feroz animal vendria en su per- 
seguiniiento, porque habria respirado en la brisa la presen- 
cia de cuerpos humanos. 

Sir Jorje no se engan6, pues en pocos momentos vi6 en 
la oscuridad dos ojos centelleantes que miraban en todas 
direcciones, fijdndose, por Ultimo, en el, que se encontraba 
asomado a una ventana de la solitaria cabana. 

La fiera, que era un tigre enornae, exhalo un rujido ron- 
CO y prolongado, que se repiti6 por toda la selva, conmo- 
"vi^ndola y haciendo esconderse o huir a los timidos ani- 
males. h^ hermosa miss sail 6 de su letargo, pero mas 
sobressiltada aun. . . Sir Jorje tenia su vista fija en el tigre, 
que daba vueltas al derredor de la cabaSa, buscando^el lu- 
gar por donde debia subir al asalto. Al fin encontr6 la es-- 
calera, y sir Jorje oy6 perfectamente el crujinaiento de 
ella a la subida de la fiera. 

Talvez el j6ven ingles hubiera podido descargar con buen 
^xito sus escelentes pistolas cuando el tigre estaba a corta 
distancia y bajo su ventana; pero, por una de esas escen- 
tricidades que Uegan a ser naturales en los hijos de la Gran 
Bretana, prefiri6 que la fiera lo atacase subiendo al asalto. 

Su prevision no sali6 fallida, pues el orguUoso y terrible 
animal hacia crujir la escalera bajo su peso e iba a presen* 
tarse. . . Sir Jorje arm6 sus pistolas. . . y apenaS el tigre 
apareci6 en el umbral de la puerta, cuando, haciendo partir 
el tiro, lo ecli6 por tierra herido de muerte. . . Sii' Jorje 



256 LOS SECRETOS DEL PUEBLO. 

no se inmuto lo menor, a no ser cierto aire de satisfaccion 
pintado en su serablante, mientras que la hermosa miss, lle- 
na de miedo, lo conteraplaba absorta... 

La serenidad y el valor bastaron para conquistar -aquel 
corazon, rebelde basta entonces, y un raes despues celebra- 
ron su matrimonio... 

Esta . historieta, anadio Luisa, me habia agradado so- 
bremanera, y dcseaba de todo corazon- ver una escena pa- 
recida; pero la que he presenciado ha sobrepujado a todo, 
yendo mas alia de lo que yo deseaba... 

— jPero no sucedera contigo lo raismo que a la linda miss? 
repuso Ceferina en tono de chanza. J 

— ^Respecto a qu^? 

-^Al afecto y al matrimonio... ^ 

Luisa se conmovio con la salida impensada de Ceferina; 
pero, reponi^ndose en seguida, contesto con aire triste pero 
lleno de noble injeuuidid: 

— Respecto a lo Mtinio, no lo he- pensado ni aun se me 
ha venido a la imajinacion; pero por lo que hace a lo pri- 
mero, ^esacaso una dueuo de si misraa? 

— iO,^^ quieres decir, hija mia? 

— Que yo no he podido menos de admirar a Enrique. 

— lY admirfindolo?... 

— ^Tengo por ^1 cariiio. 

— Con tal que no pases de ahf, Luisa, jporque de otra 
manera serias mui desgraciada! 

— iDe que modo! ^quiere usted esplicdrmelo? 

— Nada mas sencillo, hiJa mia: un afecto sin esperanza es 
nn peligro y un mal grave. 

— N'o distingo el peligro, dijo Luisa ruborizdndose, porque 
soi bastante digna y bastante noble; ni puedo distinguir el 
mal, porque la persona a quien usted se refiere es digna de 
mi afecto. 

— No niego lo uno ni lo otro.. • Te conozco a ti y creo 
conocer a Enrique; pero talvez justamente en la misma 



tos S1SCRET0S DEL Ptncnto. ~S5t 

virtad y escelencia de ambos se encierra el mal y ae ocilta 
el peligro. 

— Disc&lpeme usted si no comprendo lo que me* dice ni 
el punto a donde qiiiere llegar. 

—Sin embargo, no puedes menos de pensar que qniero til 

* felicidad. 

— ^,Qai^n 1q ha puesto en doda? 

— Per esta razon te estoi previniendo. 

— Espl{quese usted mas. 

— ^Y Bi la senora do5a Jaana desaprueba tu ai^ecto, en lo 
que no tidngo la menor duda? 

— -jDei^aprobarlo! ^por qii6? 

— Porjue ese carino pnedeir mag lejos.. . 

--jY qu^ iMconveniente hab^-ia? 

— jLtiisa! '|Lnisa! hija mia, jparece que no conooieras ata 
mamita! jCrees, por venttira, que consentirla jamas en. tu 
union con Enrique? ^Y no seria ese cariSo, He^ado a donde 
no cspero ni crieo que llegue, tu riesgo y tu mattira^? 

— jPero le debemos dos yeces la \^ida! y eato, indepcn- 
diente de sus cualidade?, <;nada merece? 

'—La S( flora dofiii Jaana de. . . tu buena, digna jf noble 
madre, podria dar a Enrique toda su fortuna, pero no don* 
Eentiria jamas ^lo entiendes? jam/xa en aemejante union. 

^Pero fai aun no he pensado yo misma en ella! 
"' —-No habr^s p^^nsado ahora, pero pensard^ mag^tarde; y 
*■ yo quiero de ah tern an o preservar tu corazon de una pasion 
funesta, q^ae traerd un triste desenlace. 

tuisa se puso pensativa y triste. 

-— Yo no pretendo aflijtrte, hijA mja; pero no- puedes me* 
nos de comprender que mi unico propdsito e6 evitarter ma* 

* yores atnargums. 

— Lo veo y lo palpo* 

— ^Quieres a lu mamd? 

— iPara qu^ esa pregunta instil? 

•^i 'la.' qliieres, . . 

WHO », It "" ^ 



— Vo fdo la qniero, noo que la renero, respeto j amo^ 

— Entonees oo desearis nooca darla no pesar. 

— ^Jdinaa 

— Paes bien, trata de rennnciar a on cariBo qoe poede 
tomar majores proporciooe>: el faego, combat i<lo eo on 
prtneipio, nada cne^ta apsgarlo; pero cnando se ha oonver- 
tido en on inceodio, los eafaerzoi mas grandes son inefica- 



— ^Me hace tvsUtd temblar. 

— Si, bija m*a, j ojald mi esperiencia fe sirra de goia.. . 
EjempUis tienes en to familia de estas desgrada^ y la santa 
monja de to tia es ana de ellaa. . . 

— \C6m(A cn^nteme nsted e-to. 

— No poedo, Laisa; lo qoe la senora dcna Joana te ha 
reiservado, oo es josto qoe yo tc lo revele; y si he sido im- 
prodeote eo obseqoio toyo, oo debo ser al todo indiscreto; 
p#»ro reflexiona y comprender&s. 

— {Mi mamita! pero ella ea tan boeoa! me qoiere taotoL«« 
^qoe DO hace lo qoe yo le digo? 

— E^ verdadf Loisa; pero hai cos^ coo las qoe no transi- 
jira jamas y para I is coales el esceso mismo del carino qoe 
te profesa serd on ioconveoieDte. . . 

-^GoDozco las ideas de mi mamita y algooas veces las hd 
eombatido sio qoe la haya visto enfadarse. 

— Yo soi igooniote, como td sabe^;, pero hai on jtdajio qoe 
he otdo desde mi ninez y qoe pnede aplicarse al caso pre- 
sente: del dicho al hecho hai mucho trecho, 

— ^No dodo qoe pondria oposicion, pero 8l fin cederia. . . 

— No solo oposicion, y no solo no cederia, sino qoe la 
matarias. . • 

— ;Por DiosI ^Qq^ estd osted diciendo? esclam6 Loba, sal- 
tando de so &Mento. 

— Lo que oyes, bij\ mia* 

— jPero oRted se engafia! 

«-<^Ojald! Sin embargo, debo prevenirte lo qoe socederfi« 



UM stcurixMi DkL FinEBLa 



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— To nunca dar^ el menor pesar a mi madre, contest6 
la nina con amorosa exaltacion y profjndo convene! mien to. 

— Asi me gusta verte y oirte, replied Ceferina, en el mo- 
mento de llegar al cerco yqae Torcaato abria la portezaela 
del cochQ con maei^traa de regocija 



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La mision de la mujer. 



Laisa baj6 del camiaje oon d espirita tristemente impre- 
rionad6 por la converaacioa qoe acababa de teoer con su 
nodiiza^ si bien, por otra parte, esUiba contcnla de Yolver a 
encootrarse cod Fonqoe. 

El solitario (alio a recibirlas, y las primeraa palabras que 
pronaDci6, despoes de haber abrazado a Loisa y dado la 
mano a Ceferina, fueron: ^^Continua la mejoria, y tal vez a 
menos tiempo del que habia fijado paede levantarse, pero 
aan estd bastante debiL . . " 

— ^Ki peligFo ha desaparecido del todo? 

— £1 peligro no ha ezistido ^ino en el principio. 

Entren nstedes para dentro, anadio el sulitario, mientras 
vol a prevenir a £nriqnC| por si deseasen nstedes verlo. 

— ^T no podriamos entrar Ein decirie nada? -pre^nnt6 
Lnisa. 

— No veo el inconveniente, hija mia; segnidme, y nsted 
tambien, Cefeiioa; venga con nosotros, pnes nsted permane- 
ci6 afnera ayen 

Lnisa y Ceferina entraron en momentos qne Enrique, 
aprovechdndose de la soledad, miraba nn ret* ato que se 
8presni'6 a ocnltar deb^jo de su almohada cuando sinti6 
mido; pero luego que reconocio a la j6ven, esclam6: 

— Sefiorital Tanta bondadl. . 

'^^Creia nsted que no Tiniesemos a informarnos de so sa« 



Um 8ECRST08 DSL PUSBLO. 261 

lud? contest6 la j6veD, tamaudxy ona siH«» que le preseDt6 el 
solitario 7 que se eucontraba « poca distaocia del lecho dQl 
enfermo. 

— jNo esperaba, da embargo, que usted se dignase ve- 
nir! 

— jHa perdido wsted la memoria, o e3 efecto de su debi- 
lidad el no recorJar que mamita y yo le prometimoa ayer 
una visita? . 

— Es yerdad, sefiorita, pero aun ftsi no me ILsonjeaba. 

—La sefiora no ha venido, iaterrumpi6.Ceferina, porque 
estjaba indUpuesta. 

— ^Qud es lo que tiene? dijo Enrique, con el mayor in- 
teres. 

— No es gran cosa, skio su malestar habitual, que algunas 
vecease le bace mas.insoportable. 

— Pobre sefiora! repuso Enrique, compadeci^ndola. 

^^Y usted se encaentra mejoi? pregunt6 Luisa. 

— ^lanto, seSorita, que desearia levantarme; pero mi sa- 
bio medico me lo irapide. 

— Y te aseguro, bijo raio, contest6.el solitario a la alu- 
sion de Enrique, que seria no solo imprudente, sino peli- 
groso. 

— Asi es, afiadi6 Luisa; no h*iga usted nada qua no sea 
con la autorizacion delseSor Guzman. 

. — ^Estamos empleando los nombres propios? 

T--Como nos encontramos entre personas conocida^, no 
hai que estrafiarlo. jEs acaso un secrcto para nai mam^ 
para don Enrique o para mi que usted es el coroael. don 
Toribio de Guzman? 

— Oigo sonar tan pocas veces este nombre, que ya casi 
se me ha olvidado^ y si estuviera en mi mano, lo legaria. 

— ^A quien deseara usted hacer ese obsequiu? pues asi 
debe considerarsc, porque los Guzmanes es una de I^ far 
milias mas distinguidas de Chile y aun de Espafta, donde 
figuran entre la primei-a i^obleza, contando entre sua asqeu- 



i62 LOB saoRvros dsl ^iheblo. 

dientes 'a una de las primeras lumbreras del catolicismo. 

— Ya yo no tengo esas vanidades, Luisa; pero aaa caan- 
do las tuviera, y por el hecho^mismo de creerlas alga, qui- 
Biera bacer este insignificante don. 

— jPero a qui6n? 

— A Eniique. 

— Yo le agradezco, seOor, porque un ilustre apellido sS 
que goza de gran consideracion en el mundo; consideraclon 
merecida, pues debe nacer de las virtudes o heroicos he- 
clios de nobles ascendientes; pero sin desconocer el gran 
m^rito de su nombfe, no lo carabiaria por el oscuro que 
llevo y que ha Uevado durante toda su vida mi virtuoso 
padre.. . Nada es el sarjento al lado de sa coronel* y nada 
el plebeyo apellido de Lopez al lado del arist6crata de Gu?;- 
xuan; pero antes de todo honro el nombre de mi padre. .. 

-^Tienes razon, muoha razon, hijo mib, dijo el coronel, 
aoercdndose al lecho de Enrique para estrecharle la mana 
en genal de aprobacion. 

Luisa est aba triunfante de orgullo y Ceferina admirada, 
jin saber qud pensar, porque, por unaparte, aprobaba cuan- 
to habia dicho Enrique, y por otra veia que el noble ape- 
llido de Guzman valia infiaitamente mas que el de Lopez, 
pues ella no dejaba de participar algo de las ideas de su 
senora, porque, educada en esas creeucias, no era estraflo 
que las conservftee, aunque estuvieran en contra de su con- 
Yeniencia por estar en contra de su propio orfjen. 

—No hai en lo que he dicho pretension ninguna, seBor, 
continu6 Enrique, ni menos la mas Hjera ofensa, pues no 
he hecho otra cosa que espresar lo que siento; de consi- 
^guiente, no merezco ni reproche ni alabanzi. 

— Lo que sientes es lejltimo y justo, y te has 'espresado 
como debieras. ^No lo encuentran ustedes asi? preguntd el 
Bolitario, diriji6ndose a Luisa y Ceferina, 

— ^Del mismo modo^ i*espondieron 6sta8. 

flrr-Grftcias, sefioritas, dijo el enfermo, 



lot SXCSXT08 DXL FITEBLO* 263 

Ceferina pregnnt6 al solitario si en el estado de debili- 
dad en que seencontraba no le haria mal la conversacion. 

El anciano movi6 la cabeza en senal de aiirmacion, y Lui- 
Ba y Ceferina se dispusieron para salir, convidando al s^bio 
para que les mostrara 8u^ curiosidades. 

E&te las llev6 a so gran laboratorio, lle»o de telas de ara- 
fia, d^ poLos, de hosamentas, de libros abiertos* de frascos 
de distintos tamafios y formas, conteniendo Hquidoi^ de di- 
versos <5olores, de mineralea de rauchas clases, de hornos, 
tubes, caretas de vidrio, plantas, insectos, animales, molu* 
608 los dos leones que estaba preparando, 

II. 

Pasada la primera sorp^esa, dijo Luisa: 

— iQu6 iijfinidad de cosas cuyo uso desconozco! Me gas- 
taria saber todo esto, 

— Lo cual te seria casi iniitil, hija mia, porque jde qu6 
te servirian los conocinnentos de quimiea y (isica, de mine- 
ralojia? Toda la c encia de la raujer debe circunscribiise al 
corazon: endul/ar la existencia del hombre, consolarlo en 
sus aflicciones^ guiarlo en el sendero de la virtud, despertar 
el santo entufeiasmo de la catidad, rodeailo con el suave 
perfume del amor, y tDnobltcer sus ideas. 11^ aquf el sa- 
grado rol de la mujer: rol sublime, inmenso, bienhechor!.. . 

— Pero para desc nipt fiarlo como es debido se necesitan 
taiubien conoiimientos, porque sin ellos, ^como alcauzaria- 
mos ise grado de peifectibi.idad que se requierepara llenar 
tan alt^y tan noble mision. 

— liidudabUnuiite, Lija mia, vosotras necesitais de ins- 
truction, p(ro de una instruccion dibtinta; y la delieadeza 
misma de vuestro ser pai ece mostraros el camino que debeis 
seguir en la vida: el hombre debe buscar el sustento, y vo- 
sotras prepararlo: para ^l la fatiga, el trabajo, las asperida- 
des de la ciencia, y para ypsptras el consuelo, el alivio, ]^ 



36i L08 ^XGSETOS DKL FTJ^EBLO. 

gracia, la seduccion, la poesia./. Podrd causar admiraGioa 
una mujer llena de sabiduria; pero en mi concepto, es pre- 
ferible una llena de ternura. Yo tengo mas respeto por una 
buena madre y una bueua esposa que por una gran fil6- 
gofa o famosa literal; y me gusta mas la mujer que en el 
seno de su familia ejerce su modeata iufluencia, que la que 
arranca aplausos estrepitosos en el foro, en el capitolio, en 
laprensa, 

— PueB entonc^s limita usted el ejercicio de nuestras fa- 
cultades para imp onernos siempre el yugo, ejerciendo sobre 
nosotras todo el peso de la superioridad del bombre, basSn- 
dola en nuestra ignorancia. 

— Ese es el lenguaje moderno, esas son las hnecas decla- 
maciones de los que, balagando vuestra vani<iad, hablan 
mui alto de la emapcipacion de la mujer... Os qnejais de 

9 

vuestro destino jy sin embargo es el mas herrao^o! ^Quien no 
se postra a vuestras plantas?|Que deseais que no se cumpla? 
^Qu^ ordenais que no se os obedezca*' ^Quereis la faerza del 
hpmbre? jP^ro qu^ os importa esa faerza cuando imperais 
sobre ella! ^Quereis adquirir sus cbnocimientos? jPoro a qu6 
eseempeno, cuando estAn a vuestra di^pobicion, cuando todo 
lo que con ello se adquiere, es vuestro! 

— |Y sin embargo, somos, no lo poJra usted negar, es- 
clavas! La lei coarta nuestras facultades y nuestra libertad! 
Las costnmbres nos dbligan a considerarnos y a que nos 
consideren como un dije, como un adorno que se compra y 
que se solicita, mas pop vanidad que por afecto! Y el hom- 
bre mismo, ya sea padre, marido o hijo, ejerce sobre noso- 
tras, cuando menos, una especie de tutela, condendndonos a 
vivir siempre en permanente pupllaje! 

— Hai mucho de verdad en lo que dices, bija raia, ppro 
tambien hai algo de exajeracion; m^s no serla adquiriendo 
conocimientos inadecuados a vuestro sexo como lo^i^rariais 
emanciparos, sincvperfeccionando las facultades que la na- 
turaleza osba dado para mantener la armonia que reina ea 



LOB 8XCSXT0S DXL PUEBLO. 265 



'' • cr'* 



todo Qnanto existe. Someteos sin violencia al 6rclen estable- 
cido, y consegaireis la,perfeccion: el harnbre n6 es ni vhes-' ' 
tro vasallo hi vuestro a mo, si no vuestrp iguat, que viene a 
formar,,en consorcio con la nuijer, una sola e id^nticauni- 
dad: la especie; pues parte tan inftegrante de ella es la ma- * 
jer como lo es el hombre, dirijiendose ambo3 {^un mismo 
fill por (aminos. disti.ntos; y tan marcada es esta llnea, que 
lo que se considera como perfeecion end uuo seria defec- 
to en el otro; asi es que no debemos aspirar a la poaesibn 
de lo que no conviene a nuestro ser. Talvez, bija mia, no 
estd lejos el tiempo en que te hable mas claramente sobre 
esta materia, y eutonces te esplicartS mis ideas. 

— No es piecigo, sin embargo, cerrainos las puertas a la 
instruccioh. - 

— Tun lejos estoi de esto, que dese^rria ver a la raujer 
tanto o mias inslruida que el hombre,* porque de ella depen- 
de el mejoramiento de his costumbres, de las leyes, de las 
instituciones; la perfeecion de la humanidad, en una pala- 
bra; pues foimando ustedes nuestros gustos, es claro que 
traterpbs de asimilarnos al ser de quicn nacimos y q quien 
amamo?; pero no ppr e^tosu instruccion debe ^er la misma 
que la nuestra. La mujer no estd hei ha para subir las altas 
montaSasni descender a las profundidadesde la tierra, don- 
de es preciso que vaya muchas veces el hombre a buscar el 
sustento de la fnmilia que la mujer cria y educa; no es pre- 
ciso que.aprenda la mecStiica para levantar pesos enormes,' 
constinir mdquinas, ecjuilibrHr e impuL-ar las^ fuerzas que • 
Dios ha pnesto a nuestio alcance y de donde nacen esas 
mil indubtiias que satisfacen diariameuXe nuestras necesi- 
dades; no es n^eocsario que investigue los secretos de la na- 
turahza, que.descompouga'y analite las sustancias para ha- 
liar el oifjen de csas multiples combinaciones y sn principio 
constitutivo, es decir, su esencia, que aun no hemos descu- 
bierto y que tfilvez jamas se descubra, pero cuyo estudio 
nos ha hecho adquirir infinitos conocimientos, que haa veni- 



• * 



266 LOS IBCKITOS DXL TWdUO^ 

do a ser mui iJtiles y provecbosoF; no es indispensable tam- 
poco que lecorra todos los sifet^b^raas filo?6ficos, todas esas 
abstiacciones nlttafl^ica8 en que se pierde nuestra mente, 
^ quediindo casi siempre en el mismo punto de partida: el 
caoH, la igiiQijBncia, la nada con que envoelve a nuestro li* 
mitado entendimierto )a inraensidad de la creacion; no os 
Eeiia pioveth<)60 ajuendizaje el de las lejitlaeiones de todos 
los pueblop, de esas instituciones diverjsas y muohas veces 
contradictoiias que las ban r» jido en epocas dibtintas; no, 
bijas njihs, vosotras no sois nacidas paia las asperezas de la 
cieiicia, sino que sois la flor que ella produce y con que se 
adorna: toda vuestiasabiduria consiste en la caridad, en la 
ternura, en la gracia, en la poesia, en el hecbizo infiuilo del 
amor.. . Adoinad vurstro cuerpo y vuestro espiritu con las 
gala? de la natun«kzj*; aj-piiad dijicameute los perfumes de 
la ciencia para que liazoa de vupotras la ambrosia que sirva 
al hombre de bliraento y ue efetlmulo. f?ed siempre los dn- 
jebs tuyas <'elicadas nianos, e^teudidas bdcia nosotios nos 
enlacin, llevfindonos al parai«o!.. . Vueetro seno,en que ba 
dt'posilado Dios el dulce misterio qnesostiene con su nectar 
divino a la bumana especie, no debe palpitar huo de ternu- 
ra y de caiidad, para que sea siempre el regazo donde el 
bombre eigugue las lagjimas de la . flicciou, donde seque 
el fc-udor de fu freiite agobiada, encontraiido el alivio de 
sus penas, el de.^caiij-o de susllrabajos y el sueno ap: cible de 
la felicidad... El ani< r (s la (s^ncia visible de Dios... vo- 
sotias babeis sido las favoiecidas, luego estais nias cerca de 
el: ^qii^ n.as jodns dtseai? 

— SifKT, Kfior, ;c(jmo j intais a la mujer! Qu^ palabras 
tan coi £ohidojps! Casi baccn nacer el oruullo en mi corazon. 
— No el orgullo, pero si" la dignidad, si la importancia 
del puesto que ocupai?; y tu eres, querida bija mia, digna 
de revindicar las injnrias que los erl'ores y preocupaciones 
de los bombres haw becbo a vuestro sexo. No podreia jamas 
figuraios cu^uto bemos perdido degraddndoosi El bombre 



tOS (IBGBBTOft DVb PUXBLa 267 

qne se burla de la mujer, qne la engafia, qne la esclaviza, 
que la despi ecia, es un miserable quo nada vale, es una bes- 
tia que no. conoce ni su propia conveniencia; porque es la- 
dudable.que la proporcion de nuestr<8 gooes sei^ mayor 
mientras 'mas sea el carifio y el re^peto que tengaxnos a la 
tierna compaflera de nuestra existencia; y la moralidad de 
nuestras accipnes, y la educacion de nuestros bijos, y el 6r> 
den de nuestras fatuilias, y el acrecentamiento de nnestra 
fortuna, todo, todo estdi fntimamente Ugado a las consideta- 
Clones y al afecto que debemos a la mujer.., 

— Pero es indispensable que ella por si mlsma trate de 
sentirlo y de infnndirlo. 

— No bai la menor duda: es preciso que la mujer tenga 
la conciencia de su propio valor; pero tambien es necesario 
que el liombre sepa apr.eciarla, pues solo de ese equilibrio 
nacer^ la armonia. 

— jQu^ felicidad debe existir en semejante unrion! 

'. — Desgraciadamente jamas he participado de ella, dijo el 
anciano con tristeza; pero me parece que un matrimonio 
que tiene por base el amor y el miituo res [e to, debe i&er el 
Eden en la tierra... jPero qu^ de dificultades, qn^ de condi- 
Clones, qu^ de cualidades tan raras no son, sin embargo, in* 
dispensable:^! . 

— ^Ent'.'nces cree usted imposible que exista un ejem- 
plo? 

— ^No, bija mia;pero si noes imposible, es mui dificultoso; 
sin embargo, es piv ciso no eer exijente; y si no se puede en- 
contrar la f^uprema felicidad que yo me be imajinado, no 
por esto debemos desmayar. Por otra parte, todos los seres 
no estdn dotados de la misma manora, y cada cual goza o 
sufre en conformidad de sus facultades; a^i es que lo linico 
a que debemos a?pirar no es a gozar de una dicha celestial, 
que talvez no^est^ en la esf ra de auestras atribuciones, sine 
a contentarnos perfecciondndonos. 

1— ^Nunca b^ visto usted un enlace feliz? 



268 £08 8ICBET0S DSL FUXBLO. 

— Pocos, moi pocos; pero jamas he encontrado uno igual 
al que yo me imajino. - - - . 

— ^Y el de mis padres? 

— Mi amigo Eduardo puede haber sido feliz, pero no 
creo que haya sido dichoso. 

— ^Cudl .es la dlstioeipn que establece usted eutre uno y 
otro estado? 

— El primero quhti algunas veces les es dado alcanzarlo 
a los hombre.s; mas el segundo solo lo consiguen los jenios, 
y los jenios que en algo participan de la esencia de Dios por 
el m^i ito de la virtud, por la fuerza de la imajinacion y por 
la-sulilimidad del talento... 

— Ay! ^estaria condenada yo a morirme sin que partici- 
para Dunta de esa dicha a que aspii'o con toda mi aliua? 

^— No desconfies, Luisa: si existe alguna raujer digna de 
ella, eres tu,. La ciitad de la carrera se tiene hechacuando 
el j6rmen esld en nuestro corazon. 

— ^Pero si bo se encuentraquien lofecundice? 

— Es uua dificultad, no hai duda, y talvez un imposible; 
pero ya hai mucho terreno ganaxlo... No descoufies, hija 
mia... espera... 

La voz del auciano tenia un acento de tan profunda con- 
viccion^ que Luisa no pudojuenos de mirailo con esaansie- 
dad del que aguarda una solucion favorable... 

Sin embargo, el solitario cend sus. labios y dio a su 
mirada un ai/e de indiferencia que echo por tierra las con- 
jetnras ha agHenas de la joven, pues ella pensaba que iba 
a hablarle de Enrique. 

IIL 

No eran ^sto?, empero, los prop6sitos de don Toribio de 
Guzman, pues el liubiera preferido destfuir toda la e^pe-^ 
ranza de un amor naciente, que babia de encontrar dificulr 
tades insupejables, y al que p )r consiguiente aguarduba 
una lucbatenaz y quizd unadesgracia iumeusa... As! esquei 



. >.^ k^ 



LOS SXCAlBtOS DEL FUKBLOr 269 

obedeciendo a su reflexion, mas que a, sus itnpresiones y a 
BUS deseo9, dijo a Luisa: 

— Es neeesario, hija mia, tener la ciencia, la filosofia y la 
resigtiacioa suficiente para aprender a moderar nuestras as- 
piraciones. 

— ^Pero nsted acaba de decirme que espere y no des- 
confie. 

— jY qn^ es a lo que aspiras? 

— Al amop divino de que usted acaba de hablarnie; por- 
jque, se To confieso, Biento esa necesidad en mi corazon desde 
niucho tiempo atras; jy sin embargo, a nadie he querido 
todavia,-porque a nadie he eneohtrado digno!... 

— -C6nio! ^Ea esa sociedad elegante de Santiago no has 
hallado un j6ven que te agiade? 
. — Que me agrade, sf, seflor; jpero eso seria lo bastante 
' para que yo lo araase? ^Me estima usted tan en poco, que 
^ habna de ceder a un atractivo fi-ivolo? 

— No he pretendido esto, y teugo una idea mas alta de 
tu cai&cter; con todo, no pnedo fignrarme que entre lo^ j6- 
venes de una soeiodad elegante, fina, aristocrdtica, no ha* 
yas'visto a nadie que llene tus aspiracionesde uina, por mad 
espirit^uales, elevadas y dignas que las Considere. 

— Dlficil es creerlo, y sin embargo, es la verdad. 

— -Entonces jno has hallado a nadie? 
» -—Si. . • 

Luisa baj6 su«5 ojog, y el anciano la mir6 con fijeza, Cbrtio 
para descubrir un pen-^amientoque, sin embargo, el conocia 
y del que no queri::^ diirse cuenta. 

Hecha una pausay sia entrar a averigufir la afirmacioh 
de Luisa, afirmacion natural ea la franquezii de su carActer, 
la dij'>: . , 

—Ann cuando te cotiQzco des<le la infaneia y puedo apre* 
Iv-darte eni lo que vales, asegurda lote que en mi concepto 
raereces mucbo; y aun cuando participo detodo^ lo4secre* 
t03 de tu familid por la Asoufijinza que ha merecido de tus 



J270 LOi SSCBStOS DXL Fttifiid. 

padres, no quiero entrar en t as s hereto?*, aconsejanclote uni- 
cameitte que, cualq liera que sea lu iriclinaciou, ho coiitra- 
ries a tu raadre, porque la prim^ra lei que. Dioa te ha 
impuesto es obedecerlu y sob'-e todt>, conserirarla. • . 

Habia una rectituJ tan severa en la^ palabra-) del dolita* 
rio, que Luisa se encontr6 confusa, no atreviijndose a cOmu- 
liicar el pensamiento que hubiera deseado confiarle. 

Perael anciano, si bien adivinaba la secreta volurttad de 
Luisa, 81 bien la hubiera apoyado, per el carino qite tenia a 
ambos, veia las (lificultades y no queria alimentar ana pasion 
que las convenifucias sociales aconsej iban estinguir. Im- 
piudencia de su parte hubiera sido fbmentar un carino que 
todo, y principaloaente las preocupiciones inalterables de 
la madre, habrian iinpedido; ^para qud^ ent6ttCes^ dar la 
mas Hjera esperanza? y para que haiPerse depositario de un 
secreto que, aun cuaudo hibia sido confesadoppr una parte 
y "fedivinado por la otra, estaba en el deber de eombatir para 
no hacerlos mas desgraciados? Esta razon indujo a dbc^r al 
anciano: 

— Luisa, mi querida Laiaa; tii sabes bien cuailto debo a 
tus padres, sabes tarabien el grado de afeccion que siempre 
te he tenido; da consiguiente, ho pueles esperar de raisino 
consejos que redunden en tu bienestar; ea vista de esto, 
jquerrias hacer lo que yo te ordenase? 

— Con el mayor gusto me someto a su decision. 

— Pues bien, hija raia, cumple siempre la voluntad Je ta 
madre cuando 6sta se opniga a tus des^os y no a Id mora* 
lidad de tus acciones; porque puedeejercer el primer der^- 
cho, y no el liltimo, que solo corresponde a Dios. 

— Me obligo a ello. 

-^En ese caso, jrenunoiarias a un afecto que ella te im- 
pidiese? 

— No rendnciaria al'a.fecto, porque ei independiente de 
mi voluntad; pero no la contrariaria en sas determinacio* 
nes. 



ids SJBCBIETOS DlCL PTTEBtO. 2?! 

■ # 

— ^1^0 exijo mas: e3 preciso someterse a ciertas deterrai- 
nac'ones, cuando ^llas pueden preea\rer niayorea desgracias; 
^no serias c?^paz de un sacrifioiu? 

— Sf, 8eSor, cuando la vdlantad de mi midre iiitervenga. 

— Es lo que quiero, poniiie s^ que has de lleaar tu de- 
ber. 

— Dios me d^ fuerzas, seBor, para cnmpHr rfiis prop6sltos. 

' — En una plrai grande, hi" a raia, el lleno de sus obligacio- 

nes, si bien puede causar dolor mnclias veces, tiene tambiea 

8u recompensa, pues en el aacrificio misulo se halla la satis* 

faccion, *" 

— Proraeto a usted liacer cuanto me exija el debei*. 

— Ba^ta, y vr^^o cou9ad<>, porque estoi seguro de tu feli- 
cidad, aun cuando sea a costa de tu infortunio. 

— jFeli idad en la desgracia! me parecen d03 cosas iii- 
fediilpatibies! 

-^Y sin embargo, hai mucho^j casos en que esto siiceder 
^Cudntas veces el cumplimiento de una obligacion no noa 
acarrea un pesar? ^Cu^ntas veces el obrar bitfn no nos lleva 
a la rtiiseria? ^Cudntas veces la delicadeza no nos impone el 
safcriflcio? |.Y deberiamos, por renuhclar a lo3 disgustos del 
toomento, hacer que enmudezca nues^tra conciencia? hacer 
que nuestra moral se pierda? que nuestra f^ mueral que 
nuestra virtud desaparezca? Nunca creer<J, hija mia, que 
antepongas lo uno a lo otro. 

N — En verdad, senor, jamas faltar^ a mi deber, cualquiera 
que sea el tacrificio que este me indique. 

— No esperaba menos de la virtud y fuerza de tu cardc- 
ter, hija mia; el triunfo de la razon es pi triunfo de la con- 
ciencia, y el cumplimiento del deber es la gloria de la 
voluntad. . . 

— Yo no hago esfuerzo alguno, sino que obedezco, y en 
la obediencia encu^ntro mi satisfaccion. 

— Eso mismo es lo que esperimenta aquel que sabe ven- 
eerse* ' ' • 



1 ' 



272 LOS SKCSIETOS DBL PUXBLO. 

— Si es asf, yo estoi conforme. 

— Quizd, hija mia, no pasard raucho tienipo sin que me 
vea desgiaciadamente obligado a pedirte la prueba., 
. — E>toi dispuesta a darla en el instante raismo. 

— Lo creo; pero aun no te encuentras en lucha con otros 
sentiniientos; cuando ostos se pronuncien, yo te preguntar^ 
si obtas por la inclinacion o el deber. 

— Ser^ siempie laesclava de lo ultimo, pues no creo que 
curapliendo d^te pueda estar en opoiricion de aqnella. 

— Y con todo, eso es lo quo sucede en la vida con mas 
frecuencia. 

. ^ — Sea» como se sea, yo tengo mi regla' de conducta y mis 
convicciones, 

: — Oja!d te conserves siempre en ellas, porque a&i llegards 
a la perfetcion. ... 

17. 

;La pobre Ceferina escuchaba las reflexiones del solitario 
y las resp'ucstas de Luisa y aprobaba las unas y las otras, 
porquH veia en las primeias la sabiduria, yen las se>^undas 
la injenuidad upida a la prudencia, pues aqnella inocente 
•Hina conleslaba a las observaciones del anciano con la fraa- 
queza y la sencillez peculiar solo de la vervlad; pero de esa 
Verdad ilustrada que produce ^nicagieute la virtud y la 
intelijencia. 

Inter tanto, Luisa estaba lambien pensativa, pues veia, 
Bin dorse cuenln, levantarse en su inteiior algo que estaba 
€n oposiJon con f-us piincipios, es decir, lel afecto a Euri- 
que, a ese artesanosin nombre pero con virtvides, sin alcur- 
uia pero con ui(?iitos, sin fortuna, sin antecedentes,^. sin 
presiijio; tal vez sin porvenir, pero Uepo de jnventud, de 
eavia, de enerjia. y a quien, sin embargo, su madre..-. su 
tnadre cuyoa mandates estaba obligada a obedtcer ciega- 
mente, no aceptaria jamas. . . 
Y aquel anciano en quien ella pensaba encontrar un apo* 



TO, Iambi case le mqestr^ hostil. pees no le ha hablado nada 
aeI,;afecto. siriQ unicampate ^ei deber!,. ^ . . 

y ella esti bbligiada a lachar can todol . . filla e^tS obli- 
^ada a sacrifijear^e y a obedecerf If ella'teadri dde fecdtar 
las preocupaciones de su madre, porque asi se lo mandaQ 3^ 
asl lo .cree! . .. Pnes ella e3 ^gcbva def deber, a eae deber es 
preciso sacrificar'la vida, y 10 que e? nl^s auaj la afec- 



cion ♦ . . ^ 



&ea coma se\sea, Li;il9a estd resuelta y ho hai'naida que 
la, oblfgue;' no hai nada bastaate ppderoso que la compefa 
a causar a ^u madre- tfn pequeud disgasto. SacHftcarii Silt 
vida, abogar^ sas .afec^iories, perd ho' hai caasa en esti^ 
mundb que sea bastante fderte parat que llegue a falta'f''il 
deber, para que la obligue ,9 dar a la a'tttor^ de * ins AisA 
el pesar nias Hjero. Luisa podrd jiiorir, asl lo pj^risaYasi 
se lo ha propuesto^ pero^uncd faltarA a Icf que ella, eh la 
lejltima exaltacioa d^ i^u ainor, cree su deber de hija.. i Si 
sii madre se'equiyoca, si vive. en el error/ ^tiene ella acasb 
et ^ef echo de llevarle la apargura?' Paede acib^t^ai^ sus an* 
ciano^ diks con una desobediencia, qm2:4 jti^tificab^epk'ra e4 
mundo .p^rojmnca para sti corazon? Llena de tkd tristei 
ideals'/ Luisa, permanecia^ silenciosa pero resuelta a dacrifi-^ 



.1 " -^ 



Cfiree. ^ ^v . ._ . 

Elsolitana, Vi^ndola tan a'baLtfda! rib piido ^iiehos de'de- 
jcirlQt^^'en estq^mundp^ hija mia, se sucedeil los acbnteciMrea^ 
tos mas imprevistos y nunca nos es d^do qesesperar. 

— ^Tambien dicen que'hai piVe^'siri'r^rhedTd' . ,'' ' 

-— Tu eres de aqueilas perspnas (jue con mon ^tiedeh 
denohiijiarse felipes, y no veo elmdtiyo <iu6 sea ckfi^a dil 
til amarga^niccion. . - ' >. * - 

-^Cosaiis de hina, dijotjefenna, & qhiehi^s pbr lo jengraUA 
mas pequefia contradicclori asust^i " ' '' 




pesar. 

WHO n. 



274 tot nfedtstot dsl PttiftLd. 

Lnisa, sin contestar palabra, tom6 el brazo del soliUrio y 
le dijo: "ya 68 tarde, vaoios a despedirnos del enfepmo.V 

Eoriqae agaardaba con aQsia que vol/ieran los visitanteSi 
y en sa pdlido semblante pado conocerse la ale^ria cdando 
los vi6 entrar al cuarto. , 

Este fagaz momento de fellcidad se cambi6 en triateza 
al ananciarle Luisa so partida« 

— jTau laego!..4 e8claiu6 Enrique; pero en ese tan luego 
se traslucia un fondo de melancolia, habiendo sidb pronun^ 
ciado con dn acento tan desgarrador, qae el enternecimiento 
se comuDic6, con mas o menos faefza, a todos los que esta- 
ban presentes, y a tal panto, que el anciano no pudo meno9 
de decirle a Luisa: 

•«-Aun es temprano.. * qu^date nn momento mas. ' 

— Esti bien, contest6 ^sta* 

tios ojos de Enrique brillaron de placer y de reconoci^ 
miento al ver la condescendencia de la jdven. 

^•^— Yo me encuentro cada dia, cada instante mejor, con- 
tinu6, y creo que luego tendt*d el gusto de estar capaz para 
^ continuar el trabajo. 

—No se apresure usted por esto, le l'espondi6 Luisa, pties 
sus compafieros desempenan mui bien sus quehaceres. 

-^Me lo figuro; son bnenos muchadios y hardn toda lo 
quepuqdan^ pero. . * 

— Pero es pre^so que adquier^s toda tu fuerza, dijo el 
anciano, intervinieudo en la conversaclon. 

— Asl debe ser, replied Ceferina, pues de otra manera 
estaria espuesto a una recaida. 

— En esta clase de enfermedades la dnica recaida que 
puedo tem:er es voWernie a encontrar con un leon, y esta 
seria una nueva felicidad, contest6 Enrique sonri^udose. 

— Felicidades como esa, repuso- Luisa, solo una vez en la 
yjda 86 e6perimentan^ . porque la dicha esti cercana a la 
muerte. . . ; 4 - 

-^Ayt yo habria deaeado morirme entonces! • • . - . '^ 



♦ ' . . ' > • .- • • 

,.',--•'— . . -• ■-. ' * • . > 

^— ^Tanto Ibpesa a usted,Ia;^3^irtencia, o sus aolores sop 
]tan|;riin1es, qu;e, por no e^p^rim|BiU»plos, deispa nsted Jqar 
d^ vivii? . , 

— No sjento mis dolores.^ , Mi cuerpo no padece, porque 
preo que, vivO|6nic(unent€f ppr el cispirita.. . jPero c6mo no 
echar de menoa el i^mento en que nno pado< liaber mverto 
UM ... . ^ ' . . » , 

., -rTo , creia, interrnmpiii jsl i^litario^ qne notaba el jiro 
peligroso (pe tomaba la canyefsa^^ion, qne no habia nn ins* 
f^nte dicbo?o paj;a raprir, porqqe la nouertepor si mismaea 
el i^ltinio y el peor moniento, de la vida del hombrei y a 
nadie habia pido jamas ei^preaarse de tal manerai pues eft 
contrariar las leye^ de la natnralezA. 
. . — :No 8^, aefior, ri qnebranto.esas leyea, ni*me cnido de ell^^ 
pero lo que js^^ es lo qaeyo mia(no espeiinieato y ^ue esprer 
Bp cpn toda.yerdad,. r ^ ': 

— S^ el poder que tiene para los jdvenes esa 'e^peoie d^ 
rotpanticimo y conozeo qi^ el peligro as mttc)iM vetfeaTun 
incentjyo* , • . . , . .: ■ " 

^, — y entoxices, ipor qu^ edbarme en oara I9 :qae tisted 
jpismo payece /aprpbar y confesart . ; \ 

J — ^yaniosi pft bablqmos de esto,, reptt^o el. ^otpiaopi pcfl- 
^nejes ^asjtai)!i,eQte ^a e^altaciond^ ad^iAa jg^qpe it^ri^y di 
Qombativ,vpues ella e8,la que Ijace hijir ^1 f^^d de.tuB pd^ 
pados^ y-el auefloies^l principal alimjgntoy ^que tftXr^bf^ 
jwa prpn^a^ejpria^t Hasta aqaf he e^tiadoil^rt^ndo arja nt^ 
.taral^z^pojr mii^djp:de.tnediieaiaentos par^ poder 4^^>lgttB 
descansp^V.haSrdorniido-solo en virtttd de ciertea ^n«^64ti^ 
ii;p8 que te.be suminiatradQ; ^ro ea ^l^diapensableqaQt el 
l^uefio y^ga, natural mente para recnpeirar, 4&; jidmi,':y ^^0 
jjp /^^pd;r4>8i tu imjyinacion seexalta/fc - '. 7 

,, jLui^p jrCefi^r4na,<^i biep4ii^bverf«iqn0^ ittft^ 

kn. yi&i^f^. j^noderm W jastas dbperyadonea del aoUtofio f 
.tratarijp ^^ ^r^\r%r8e para; qp^fA pa(4e|it0 d^^pan^^ : 
Enrique se sbmetid con resignacion a esta diira Aecesidadi 



276 um 

que & no podia, por otra parte, Teocer, porqpe {oon qo^ 
fleradio habieta 9uliciiaf)b'qae' prolodgasen #d Visitat - 
' Lsis do6 B^oras fie de^itGe^xm k1 :fid, y bI anciaifo 'dali6 a 
acompafiUirlaa, asegariodoles en el camino qae, a pesar de 
lo que habia dicbo, en 16 qae extstia maclio de verdad. En- 
tiqne ae ^cOi^raba nrejor y se restableoeria anted' delo qae 
habia pensado al priiicipio. ^^ ♦ • "'' 

' T el aabio afirmaba esto, fandado mas en sn eeperieiicia 
deiio?ii4^e qafe eh sbs conocimitridlbs^ profe^ibnal^' 'porqne 
Ho i^oiraba ^ne nn cispfrita J6ircfti, aMien'te, apasiodado, y 
W^htB toder m^cido por' nba esjieranza UaTagnefia, opeffibli 
iieftipre irima reacci^n |>^oveehb8a ^hia maf^na^ j^rqae 6iitd 
jamas tncnmbe el caerpo euando'el alma esti llena d^' felf- 
cidad, cnando se encneriCra etivddta en loar' Vapof^i^ de dnjt 
pasion vMtdroMa- y'^por la cdkl "se h^n heblTo^^sacrinbibs y 
p0fi k eHuJ i^ padecej puefir el tiiiMmii^nto ^ en' es^^'ealoi )1e|;a 
a tomarse en \o qne tiene de mas delicado/ Hi uw '^disito 

'•'LrdiBft tfentibi^ ^tabA lleoa 3e ^ anredla Inthinosa qod 
lleva coDsigo el amor, j a trares ae cujo diifatiS'^HBil^it 
mihilnds'el fiiti&d<y f cxit^t^ 'vtBa'tbdek eonj^iH^leTwrco- 
lores. Asfesqae las di^oltida^^ ^tife t^lbSn i^ddiieBtidt' '^ 
1m petijfii^y toiftrttri«dijfdeir'q1iie'pr!iict^{al:4h §8^9'^ 
1^ faikbiti ^tnAbd«d^ ieft>'cftH»''^ ' 1^' ^f^s^tii^fia^ ^e|VS^^ 
i^ttelliib;^ hfld«^lb6-s^tiiii»titd^ de''Bilrf^aer,'iMy«Jdti'^^ 
^ttkth^f* tcWiStati "frl^d^i^tiiise, dtei'^^fcld^,' ai'^ftrborV. '. 
f«4ii««d^'d«4«>r<^'lb#bttl)kiMlar)!iiii»ad^,''1^ti^^ 
efl^lioft^i U^b «st)&tiitt^iitiAti 'tM^ o ioiaa'^e^i;' ipp6r= coA^- 
g^«»»M, tMM3Mi'teefaf4de«}i4cf^>cdm<ft)t^pi6s[>]r iflali <\^HifSky 

afl^itr.^H^ «!' koAior tib^eehgii sdi egoi^Mos? iP&o'^qri^ W- 
menso mar de deMelai 'i^^titic^ko iki'^'^se'^ai&M 




^itia«, qiieU^ ]^r6oDiiltd!ad 'd^sa^«ii^<^^a:ra bbnf^£Krii& 



'Ji^.W v./ J 



LOS 0XOBXTOS DBt PUlBtO. 



277 



qae se sentia feliz por lo que habia hecho, ^por qn^ no lo 
habia de estar Luisa? Si ya se habia nDificado a ^1, por qxx6 
DO esperimentar lo mismo? Hai en esta clase de sentimien* 
tos tal solidaridad, que es imposible, no solo separar los in- 
tereses, sinodi^gsSlQQ^l'loO'iiAtSfJI^^tBOt^comoel goce, 
68 el mismo y recorre un circuito id^ntico, abrazando c^ do8 
almas qae vienen, por el misterioso lazo del caiifio, a for- 
mar una sola nnidad. • • 

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QxnfiaiuEa por confitozsL 



Loi^ Heg6 a las casas de la hacieada entregada a sua 
pensarnientofl: Tudo coanto tenia relaeion con Enrique la 
intercaaba; asi es qae at dia sigaieote mando an propio a 
San Fernando para ver si no habia cartas de Santiago, es 
decir, si r o le habia contestado Mercedes a la qae ella le 
babia escrito y en qae le conf<»aba el amor qae sentia por 
sa hermano. 

Este deseo de ocnparse constantemente del ser qae se 
ama, es tan natural, qae habrd mui pocos no lo hayan espe- 
rimentado, y Laisa tambien sentia, y qaizi con mas violen 
cia qae caalqaier otro, coanto qae sa carino era mas inten* 
so, y era mas intenso caanto qae era mas virtaoso, caanto 
qae se fandaba, a mas de la simpatia, en el sacrificio y en 
el aprecio, paes estas son las tLaicas afecciones que se arrai- 
gan^ crecen, se desarrollan y duran tanto caanto dura la vi- 
da del ser que las esperimenta. 

El propio trajo, en efecto, ana carta que venia dirijida a 
Laisa, coorteniendo bHJo sa cobierta otra para Enrique, pues 
Mercedes se habia apresarado a contestar, en el mismo dia, 
la interesante correspondencia de su amiga, que la colmaba 
de alegria con el iniodito acontecitmento que le comunica- 
ba; porque Mercedes, a pesar del gran cariSo y aprecio que 
tenia por sa bermano, jamas te habia lisonjeado con que 
JjWB, Uegase a quererlo; y ver confirmado este sqeflo estra- 



Um UCBXTOS DSL ruxBLd. 171 

•- ' 

yagante por sa amig^a misma, le pareoia ona cosa sobrena- 
tural, quedando tan contenta, o mas quizd que si m habieso 
tratado de ella misma. . 

• • 

La carta de Mercedes para Lnisa era la siguiente: 

^^ Santiago^ novtembre 10 de 18$0, 

"Luisa, mi noble, mi querida, mi inolvidable amiga... Te 
hablo con esta familiaridad que me has permitido, que me 
has ordenado que tenga; pero en el interior de mi corazon 
no puedo menos que conservar en sumo grado el respeto 
que debo a-tus virtudes, a tu posicion, a tu m^rito, y que 
sin embargo has querido que desaparezca en la iniimidad 
de nuestras relaciones, si bien la sociedad no me permitiria 
a mf esta franqueza, ni te perdonaria a tf esa condescend 
dencia; pero tii, ma^ grande mientras mas modesta, mas ele* 
vada mientras mas humilde, has querido asimilarme a tf, y 
yo no hago otra cosa que obedecerte.\ . jFalto en esto? jAfe 
criticaria el mundo? Puede ser; pero tii me perdonas y me 
autorizas; ^qu^ mal hago entonces? jy quidn, por'otra parte, 
ha de ver jamas mi pobre correspondencia? '* ^^-^'**' 

^^Hablando contigo, para t( me parecen una himiedad 
mis escusas y me avergueuzo de haberme ocupado de ellas 
antes de entrar a co'nfestarte tu inestimable carta. 

"jCon que quieres a Enrique, mi adorada Luisa? 'Si pu- 
diera pintarte el orgullo, la satisfaccion, la felicidad siu If- 
mites que tu franca confusion me ha causado, me hubiera 
sido imposible haceilu! jTii querer a mi hermano!.., ^Es ver- 
dad lo que me dices? Puedo dar U a tus palabran? Me ea 
dado esperimentar tapta dioha? Todavia no me persuado, 
a pesar de haber leido tu carta cien mil veces. ^Como creer 
que pudiera yo esperar una fortuna igual? Llamarte, no solo 
mi amiga, sino mi hermana, por el afecto que me dices pro- 
fesas a Enrique, j;qud felicidad! Nunca he sido ni nunca 
habia pensado ser mas dichosa que desde que he tenido la 
fi)rtuna de Qpnocer^e. * • Ti^ has sido para mi todo... . mi ins 



SSb LOe SICEIT06 DSL TUEBUK 

titntriz, nii protectora, mi amiga) mi clec1ia4o^ mi divinidad: 
[y esta jji^inidad qniere ahora descender ha$|a el puato^ de 
ser mi hermana!... ^ 

'^jSabes, Luisa, qu6 Enrique no tiene el rafirito que te figu- 
ras? {Qiii^n no babria eapnesto guatoso su vida por ti? iDdn- 
de entonces esU elsacrificio, cuando no ha he^bo raadrone 
cumplir con 8u deber? Yo no veo el bombre que no^ h^bie- 
$e mnerto gnstoso por tf. ^Por qu^, p?e?, considers su aq- 
ciOQ m/^8 meritoria que lo que lo es en realidad? Si cualqnier 
otro bubiera becbo lo mismo, ^d6nde esHsQ importancia? 
No te iJuBiones, querida mia, mira las cosas como son en si; 
pero no.dejes de amarlo, te lo suplico, arinque no Ip merez- 
ca, porque me parece que seria el tan feliz!... 

"No temas, sin embargo, que me atrevajamas acomuni- 
carle tu afecto: esto seria traicionar tu amistad y bbrar en 
cpntra de los intereses de mi befmano, porque .61, sabedor de 
to carifio, talve^ no trabajaria por hacers^ ,4'gP^ ^^ ^h J ^^ 
ipdispensable .qqe^sto suceda; pues de. otro jnpdo, ni tili ni 
yo apoyariamos pretensiones injustincablts: para aspirar al 
afecto d^ mi Luis^ es preciso Uegar a ser un dujel como 16 
es ellal««« - . , 

"Mis padres estin lo mas contentos^ con que, Ennque te 
haya salyado,: y no tienen la meuor inquietud por su sa)pd, 
desde'el momento que est^ al lado de ese venerable y sabio 
auci^np por quien el sariento Lopez tiene tan pi-bfundo- 
reeipejto y su nija tanta gratitua.,v ^Iror qua no puedo ir a 
bino^rojie de rodilla^ delante de el'j manifestarle n!ii ^dmi- 
racipn V mireconocimiento?... ' . ' 

"Dime c6mo se balla la importante salud de tu mamd. Td 
Babes cuitnto la debo y cudnto.Ja quiero j respeto; de con- 
siguientQ. es preciso que me bal:)les siempre deella, porque 
no te perdonaiid jamas este olvidQ que ine traeria inquie- 
tod y me haria sufrir. . ^ * » 

*No dejes tanibien de bablarme de la sefiora Cefenha, a 
(|meu tu (^nieree tantd y de cuyo carmo y o participo en gran 



tot SSOBETOS DSL 7X7X81.0. 281 

Dw^te;^ pero, sphre toao,^ ^scrlbemo lirgjo, mur' largo de ti 
n^\p|» ®jii: c^ue 4e]ey.de m^^^ palabrasrSO^e EnrKiue, 

^iaAi^^^WW * t)agarte;confianza^p^ 

confianza... i o tambien creo amar!... Y sires verclad que 
no sierfto la mistno que tu, o que no. me espreso cob iffual 
vehemencia, no es menoSrCierto que se ha aesarrolradoea 
npj[^^n^afe4pta:,np^^^ cuaf, .jperd6pama que 

^A^^Sishi^^^^ ^^ PP^*^ * minpr^r el. pes^r '(jue 

W? 9>^P§^fi*^ ???.^ft^i^i.,?l" destruirlo. por esto del todb, por- 
%^fy\'J?^]f\^^ rp^Jlor fpqi^nta. oon sus conyersaciones^ que 
pp^r/o^re^ul^r tien^n a ti por obligadq tema, manifesUn- 
'46^e BienCipf-e tan piNC)fuilda.adqiiracion poF tus virl^ude^, qud 
estoi verdaderamente ^ncantada, lo cual debe hab§r sido 
una de las causas q;ae n^e bau obligado a que^^erlo. 
"* ^iTai^e^q^^ que^me preguntas qAii^a 

eseVpobre moHal q^e^ha tenido el mil gu^W deVdirijiree 
a mi? Voi a sacarte de incertidumbre: He acuerdas' de ,mi 
vecinp artista cuyd, taller te dignastevisitar en una o dos 
ocasiones sia que loffrdseoios encontrarlo?, Puefe bien, amWk 
mia, es elmismo; es Vfctor, que,,,cada dia mas obsequipsot 
especialnj^^j^^i^if^e tu partida, no hd^dejado un solo ins- 
tante de ll^narnos .de, ateuQiones. con un rinteres^ UViqWr no 
puede nacer, a pesar de mi igUorancia para juzgarlo, sino 
del amor; y aun cuando hasta el presente no me haya di- 
cho una sola, palabra a este ^respecto, sin embargo, todo 
cuanto. hace mg.lo re\^ela y mi.mismo corazon me.lo .annn« 
Oia. jrodria eqmvdcivrme? No lo creo,,Luisa; y si asiTuera, 
teridrm' un desengaflo atroz. . ^ porqjae lo' quiero con tbdA 
mr alma; porque el mojnento que no esta a mi lado, sufro.J. 
' ,'^iT^8 ksi eV amor/ Amiga mia? Talvefe; pero iuedo'asegu- 
tarie que.entre ti y el, prefer^ria estar contigo. jSera en- 
tonces 'que Ho lo quiero lo bastantt? "el' carino ^de la 
amistaa es mas luerte que el de*la pasion? No preten 
avenguarlo pi tampoco me im porta, porque tal cual soi i 
eneueniro feliz, j porque tendna uu^ verdadero remordS- 



m^ 



^ 



S8S tot noumM ihel rvsuA 

• - ' ... - . - , 

. - ^ • » 

jniento si algnna otra peraona que no sean mis padres y mi 
hermaDO ocupara en mi corazon el lugar que id tienes... Yo 
puedo qaerer, Luisa, pero a nadie igual a tf, y no teiidria 
el menor rebozo en confesarlo a^l mismo fii me lo pregoa- 
tase. {Qu^ mal baria en decir la verdad? Ningono; pues si 
4\ te aprecia en tan alto grado como me lo maaifiesta, nada 
bai mas ratnral que me comprenda. . • 

**iCudnto diera por verte^ mi divina Luisa! Si fuera posi- 
ble comprar est a feUcidad a costa de una parte de mi vida, 
no regateaiia los dias ni lus a&os por proporcionarme tal 
dicba!... El cariflo que me has inspirado es tan sincero y tan 
grande, que estaria couteuta con que tii participases para 
conm'go de solo la mitad del mio, pues con ella me consi- 
deraria suficienteniente recopipensadat 

"A ma cuanto mas puedas a tu pobre Mercedes, que care* 
ce die vQces para esplicarte lo que en realidad te quiere, 
pues la barias tan feliz como nunca habia esperado serlo. 

"Recibe de mis padres su graiitud y sus recuerdos y 

ponme a los pi^s de tu mamita, sin olvldar un fuerteabrazo 

para la sefiora Coferina, y para ti las mas carifiosas caricias 

de-tu invariable amiga. . . " 

*'Mekcede8." 

*'P. p. Slivete dar a Enrique la carta inclusa." 

« 
Lui^a ley6 mucbas veces la carta de su j6ven amiga con 
gran 6ati^faccion, si bien esperimentaba alguna iuquietud 
por el nuevo afecto de Mercedes, es decir, por el cariflo que 
confe^aba, en su irgenuidad de nifia, por aquel pintor a 
quien ella Lubiera deseado cncontrar para forraar su juicio, 
pues preeentia de antemano lo que habia de suceder, lo que 
en la actualid^id pasaba, y aun cuando no tenia motivo at- 
guno c'e descoiifianza, ef^peiimentaba teraores que- no estaba 
en su mano dcminar, pi eyencion t;s:actamente iguul a la que 



ioi iMsnos DSL ruiiLa MS/ 

•••- ^ "^ - -• • 

BofrU tambien EDriqne,. qne, coiqo ella, iiunpa Jo habia 
visto. ' . , 

' A^ siguieiit^ dia mand6 I^uisa al enfermo la carta de sa 
hermana, que Enrique recibi6 con el maypr regocijo jT que 
estaba coucebida en estos tSrminos: 

''Mi querido hermano: 

"Sd el motivo porque ho me has escritp, pues Luisa me 
lo dice. Has sido uiui feliz en libertar a mi amiga, y te. doi 
por ello las gracias. jterp c6mo debea xii <^stai:.de corapla- 
cido! . . jSalvar a la mujer que se ama! jQu^ felicidadl. . Me 
parece que eres f^ mas dichoso de los hombres, y yo paiti- 
cigo de tu alegria^ sin .quererla compar>r a.la mia! . • . , 

'Tero no te ilusiones, mi qut-rido hermano; lo que has 
becho por el!a lo habrias hecho por cua1(][uiera otra. ^Cudl 
es eatouQ^s tu gran m^rito? Yo no lo veo, y no tienes 4ere- 
cho de .aspiiar por esto a su carl no. . . 

*'Ad6rala^ pero elevate..* La esperanza no puede estar 
basada sino en la fi^randeza.. . EI m^iito no se obtiene sino 
con el mgrito, y la suprema felicidad es inseparable de la 
virtud: esfaha sido la educacion que no3 han dado nuestros 
di^rnos padres y est^ debe ser tambien la aspiracioa noble 
de tu pecho que jamas desmentirds^ ^no es- verdad Eiiriquet 
y que ahora mas que nunca debes, seguir y obedecer, por- 
que ahora mas que nunca es indispensable y necesaria; pues 
SI tienes let orgullosa pretension de aspirar a Luisa, es pre; 
ciso que te asi miles a ella o que seas mas que ella; pero.aun 
te faltan muchasgradas qnesiibir para llegar al trono.. . 

. ''No te.desanimo, mi querido Enrifiue. como en mi carta 
anterior: jpero. que de meritos, qu^ de virtudes, qu^ de 
heroicidad es ftecesario que llegues a poseer! . . Por tl, por 
ell ^, por tu amor mismo es indispensable que te eleves a 
mucha altura;.sia esto, todo se perderia. 

"Mis consejos, si i\o ticne4 la esperie^rpia d^ loa aQoSi uo 




LOS BIOBKrOS DSL TUWKLO. 



carecen de la de los sentimiento^ del corazon, que, si no ilps- 
tran, al menoSfiio engaQ^, y tal ^ve? paeda aer la mejor guia, 
porqhe nos ehsefiaii el caiiaino de^!la ioocencia.. . r 

'^Me pafece qiie t6."iiu8rao no pueqea xnenos, de liacerme 
justicia, si consultas ta elevacion y rectitud interior. 

"Mis |()(adt%a7i98tidnja<iat^tQ8 (Jef^yife tecuerdan con gns- 

to, como debes figbrdrtelo, en todos \os in^taptes, pooatodas 

BUS con vejsaci ones 36 refieren a t(, deseaado con aiiMa el 

momento'de. viei'ie. ' " . . , : ..' ;,, , 

Nada t^ haDiarp de ja\i por anor^ pero lo ha^c en mi 

.pl'6xi*ma car^a, J!e cbnisidero feliz y no qdiero dlstraerto. 

'Tu hermana - . ... 

• 1 "MfeRCEbifis," 

Lnisa cbntinn6 yeridb al cortijo del soUtigtrfo dnrani^Jos 
die?- o doce dias que dur6 Ia*ei»fermedad4e Enriqbe, acpm*, 
panada algu Das veces d^ la sefiora. doQa Jaana Votras de 
UeferiDa; pero a rn'edida'que se repbnia fa salad detjiSvep^ 
ella se mostraba mas reservada 6 menos espansiva, q^ed^n- 
dose tarnbieh coHb tiempo, lo dual tenia a Enrique auma-, 
mente triste y desazonado:. pojque aun cuando nada ,espe- 
raba de ella, creiia, sfn ernbarffo/nbtaralffuna'diierencia en 
el trato, que, en su opinion, le era desiavorable; y por mas 
que lene^^ionaba no atinaba con la causa que pudiera haj 
berfe mbtiViadb^ cohsidfef'^ndbse Wm 
aiguna falta que ism saber l^ubiera cometido, pues su, ino-^ 
cendia le iippfdm conocer ese jnesro de las pasiones, que ha- 
bria sabido.distiDguir con mayor espenencia. 

III: 



i 



gna ae esas pocfaes de lusoronioque con tantaxrecuenpia 
passHbA desde el prTnbipio de su enfermedad. eiibo'ntrdbase 
mas apatmo que de ordinano, y como parece queen eaoa 
m6menio6 de tnsteza es cuando el hombre, despren4^^ciose 
de este mundo, se fet^va^lbati^laliiYTnidad, dijoarsolit 
qiie -SBn 'tf ^cfi^ehU k^^Jatia 'en ^sii cabecera. 



tM SlQBXtOfl DlL ItUMBTM. 





noches qne he 
aeasjiueva3 
tado a nai 
jiahiasia, jam^ me habia deteilido ea ellas, cotao m^ Jia aa^- 

' --^iEti qu6 has pensado, hijo mio? • 

— Lehe oidba listed habiarcoQ tanta frecijebcia de Diog, 
de relljioii, de^'voidritad, de ibstitacioniSs, de misetia tmiaa!- 
na, de armonia. de reformat, etc., que iadadablemeut'e se 
ban grabado enitfi imajiaacfba todas esas cosas, paes siciim- 
pre se me vienen a la mente, tratando d^ defii^irlas.^ih ja- 
mas. o6n8eguirl6;^«ih embargo, desearia sab^r algd 'sobre 
t!6d6'esto.'- • '' '■'■■"^' '■•-■'■■" " ■■ -•',•■"••> 
- ^Y pbdri yo ensefiArtelo? 

»^Srno es usted qub pbsee tesoros de bond^ad y d^ c\ieji* 
cia,' ^ijbira pbede sei-W? tinted nae lip,' prom^iido ser m(guiai 
Ipfdrque no mostrarme el cam.iho? 

"•P-Purqbe yo mfsmo lo igqbrp.l* Lis jeaeracipnes se, han 
BUCtidiAb las uiias' a; las otrak y el hombre todavia peroiane- 
ue a Ol^carsis, no solo respecto'a lo que no esta en contacto 
con el, sino a lo que se felactona mmediatamente. 

— jEs posible! jEnt6nces t63o es ignbrancia, caos, .tinie- 
blas8 jYcSmb p6dr^ yo aprender la V0rdad que tail to amo 

' -^He prbmetido conducirte, he prometi^p enspfigjrte lo 
qtia%^,^^ estoi 'dispuesto a cumplfir fieliienVe^ mi palaSra: , 
pero debo prevenirte qtie en el vasto terren^o qji^ c6im)ren- 
A^HuL iiiterri)g^clb0, no te dire nia^* quenii^' coiye};ui:a8. 
Faltaria a mi buena f^ yal carifib qiie te' profesb s^ ^Q^pre- 
sentase i6foopinibnes domb yerdadel absolijitas; no t^ngo la 
bi'^i^b^o^i de 16s s^bioa'ni'la') cre^'c^ias cie&fas bin variables 

AaloA^ ■'■' ■■--■■' -^ 1... '-..... .,.■._.<.■- ,_. . ',R^ 

eOfisFgdiente, 
gau #c6tiV(st^ad 



i8^ iUM BkntiToi BtL rot&Ld. 

en ellas, puesto que la fi)rma actual de mi pensamiento ptl^-* 
de cambiar en virtud de noevas modificaciones, porqae la 
que te diga en relijion, en sociabilidad, eo po'itica no tiene 
mas asidero que mi reflexion, y esta es tan f^icil que se ala- 
cine y engafie; pero ya que no me es dalo prometer la 
eeguridad que buscas, encbutrards lasinceridad en mi misma 
franqueza, dejando a tn entendimiento libre el terreno de 
la iudnccion. 

— No tiene usted idea, senor, de lo agradecido que le 68" 
toi por esa ensefianza. 

— Ya te be dicho que no en?efio sinp que ^spongo; perp 
creo que puedes sacar algnna utilidad de mis'observacio* 
nes. Habia pensado comenzar tu educacion por ]a e^posi* 
cion de estos grander ideas^ que forman la historia de la 
vida del horabre, y me complazco en que hayas sido tA mis- 
too el que me ha traido a este terreno, porque esto ma 
prueba que tu espiritu estdi dispuesto y que la semilla que 
en 61 se eche no se perderd. Ahpra, por lo que reppecta al 
otro j^nero de conocimientos, te los ensefiard por la prdtcti- 
ca; pnes siendo espefiraentales, no eatdn sujetos a la contro- 
veraia ni a la duda; pero para esto es preciso que te quedea 
conmigo, al menos mientra^ permanezcas en la hacienda para 
ftprovechar algUnas horas de la noche, que de otra maijgra 
seria impowble encontrar, a causa de tua ocupacipnes del.dia. ^ 

— Ya lo habia pen^alo, sefior, pero no me atrevia,ft g^r 
dirle esta tiueva gracia. . r .; 

— Que debe serte bastante dolorosa: ^no es verdad^; anaU 
guito? dijo el soljtario sonrj6ndo8e. : i ■ ' 'i 

—No lo oculto^ sefior, pero me parece necesario. . 

— Me agrada infinito, hijo mio, que aprendas a rencette 
y a ser bastante dueBo de tf mismo para preferir siornpffe 
lo litil a lo agradable; pnes si perdieras ahora la, ocasiqn de - 
instruirte por el placer de ver a Luisa, te arrepentirias ipa^ 
tarde y me hubieras obligado a formar la apiniun d«; qu^ 
eras incapaz de trabajar por llegar hasia ella. 



ton ■EdRvros i>tii pvxbla. 28f 

>^jCree ustecl que ea posible? Haje dias que lasefiorita 
me mira con marcaJa indifdrencia. 

— Nada puedo decirte sobre e-^te particular, hijo mio; no 
quiero ni quitarte ni darte e^peraozis; pero te aconsejo que 
trabajes en todo s<*5atido, y prlncipalmente en cultivar tn 
intelijencia j en formar tu corazon en la prdctica constante 
de la virtud, que e3 lo que ella aprecia mas, siendo 4stfi, 
quizd la iinica manera de fijarla^ For lo que hace a la indi-^ 
ferencia de que crees haberte apercibid«), no s )i de tu rais- 
ma opinion, y puedes estar seguro de lo que te digo, En-, 
rique: yo noto, al contrario/ que, cada dia ganas en sa 
estimacion. 

— jSe lo figura usted? 

— No tan solo me lo figuro sino que eatoi cierto. 

•— jSi fuese asi!... ... 

— Trabaja, trabaja, hijo mio^ sin deja^^e seducir por la 
esperanza ni abatir por la desconfianza; pues tanto la una 
coi!no la otra nos Ileva a una situacion que a todo trance 
debe el hombre evitar: la inaccion. ' 

— Si usted -ed digna ayudarme, no serd la constancia la 
que me falte. 

— tjo que una vez he pi'onietido, lo cumplo; puedes cpn-^ 
tar conmiffo. 

- -Dios To recompensari. sefior; pero ya qne hablamds de 
Dios, ^querria usted, si no se encuentra fatigado^ que eil- 
trdsemos en materia? 

— Con el mayor gusto, amigo mio, pero con Ia espl^esA 
condicion de que me interrumpirds cuando quieras; ya 
sea para preguntarme lo.qnje te, parejsca dudoso u oscuro o 
para combatir lo que creas absurdo; pues para tratar mate* 
ria tan importante se necesita hacerlo con la mayor c>ari- 
dad posible; porque te advierto, Enrique, que estas cuestio- 
-ties ajitan todavia al mundo y talvez ocupen la vida del 
hombre por toda nna eternidad; de consiguiente^ es preciso 
consagrarles la mayor atencion, porque ellas formarfin tua 



* » 



288 



tM VUXWIOB BtL iFtflSLO. 



ideas y dirijirda tus acto^. durante el tiempo de tu existed- 
cia y aun mucho mas alia qae ella, paes el peasanaieoW se 
enjeodra, prodoce y se esparce taato o mas que la seinilla 
a quien feciindiza la tierra. 

— Lo esciieho, seBor, con el mayor interea; pues sus lee- 
clones, estoi perauadldo, me ser^n sum iraente provechosas. 

-T-Lo creo^ hijo mio; pero te las dar4 a su debido tiempa 
For el moraento, aun cuando te parezca lo contrario, tienes 
preocupada tu espiritu, y la filosofia es una planta que necesiti 
la tranquilidad. El agr-icnltor que, fuera de tinmpo, echase 
la simiente al campo, ^no cometeria un disparate? ^no se es-. 
pondria a perderla? Indudablemente, y yo no quiefo espo- 
ner lamia. 86 que tienes buena voluntad, s^ que me. escu- 
cbards con atencion; ^pero eres acaso Qompletamente -dueno 
de ti mismo? ^Qui^n pufede^ hijoniio, cuando Sij estd preocu- 
p^o por una sola idea, dominarse hasta el punto de deste* 
rrarla de su imajinacionl Mui pocos, talvez nadle; y a mf no 
me agrada perder mi semilla. Tengo la costumbre de espe- 
rar y esperar^, porque es la ocasion la que busco, sabiendo 
por esperiencia que es esa misma ocasion la que coosigue 
eTprovecto. 

Td te encuentras meior; eatrfs imnaciente por ir a liw ca* 
sas^ por ver tu trabajo y por.. . iqtii estraflo es qde no me 
espnches?, Dejaremos, pues, mis leccioaes para otrq Q^men- 
fo, e inter taato^ ijpza con tu pensamientb 



U* 4 



'iiftijitg 1 ii I I ^' rni Hi \it I r^i 



La esperanza de amOf. 



L 

Feliz Enrique con la idea de ir al dia sigaiente a ver A 
Luisa, durnaid tranquilo; de manera que al despertar se en- 
contr6 fresco y djil, casi coino en los mejores tiempos de 
robustez y de salud; tal es el poderio que ejerce en no3otro3 
Iq* felicidad, cuya sola espectativa hace que los dolores del 
cuerpo desaparezcau, crey^ndose uno libre de los males que 
poco antes lo aquejaban. 

Vistiose Enrique mui de madrugada, encontr^ndolo el 
solitario ya en disposicion de partir cuando vino a bus- 
carlo. 

— Qu6 dilijente estds, Enrique! le dijo el anciano con una 
sonrisa Uena de bondad. 

. -^Hacia tan to tiempo, seSor, que no salia, y el deseo de 
ver el estado en que se encuentra el trabajo. . . 

— ^Nada mas que esto? 

El j6ven se ruboriz6 y baj6 los ojos. 

— Vamos, araigo mio, confiesa que esas no son las princi- 
pales causas de tu dilijencia. 

— Es verdad... y Enrique volvi6 a inclinarse nuevamente. 

— Conmigo debes tener entera confianza, y notesienta 
bien esa reserva abora que yo s^ todo y talvez mas de lo 
que me has dicho. 

— No es reserva, senor, lo que esperimento, sino un sen- 

timiento de pudor o de vergiienza por mi temeridad, 

— iQu6 quieres decir con eso de temeridaii? 

rem n. II. 



290 L08 SSOBBTOS DiSL PlfEBLO. 

— Qaizd no me esplico bien, pero veo que hai una in- 
solencia injustificable do mi parte en el solo hecho de 
atreverme a pensar en ella. Si supiera lo que pasa en mi 
corazon, me moriria de vergiienza y no tendria jamas valor 
de ponerme ante su vista. 

— ^Y por qn^? 

— Porque la mas lijera senal de burla o de desprecio me 
mataria; y ella talv6z estaba en el derecho de hacerlo al ver 
mi temeridad. 

— Aprende, amigo mio, a conocer bleu a Luisa: esa nina 
tiene mucba elevacion y mucha bondad en el alma para 
mofarse de nadie y menos de personas a quienes aprecia 
y quiere, corao a ti, de quien est^ realmente agradeeida. 

— No me aliente usted con una vana esperanza; miire que 
la decepcion seria terrible. 

— Bajo ningun aspecto pretendo esto. No es mi objeto 
alentar ni disminuir tu confianza, pues yo he hablado 4ni- 
camente de aquel carino y de aquel aprecio que natural- 
mente inspiran j6venes buenos como t4, y no de sentimien- 
tos de otra naturaleza. 

— Mas vale asi, contest6 Enrique con aire triste: yo s6 lo 
que ella vale y lo que yo soi. 

— En ver dad, hi jo mio, que nunca he conocido, que nun- 
ca he visto una j6ven igual; pero esto no seria motivo para 
que te desanimes del todo y pierdas hasta la mas re- 
mota esperanza, sino [para que te empenes en llegar hasta 
ella. 

— ^Lo cree usted posible? 

— La voluntad, amigo mio, es el ajente mas poderoso de 
que Bispone el hombre; pero dado caso que no lo consiguie- 
ras, ^qu^ habrias perdido? Toda la ventaja estaria de tu 
parte, pues mientras mas hubieras batallado, mayor seria la 
ganancia; porque mientras mas trataras de asemejarte a ella, 
mas te perfeccionarias. 

.— Ya lo veo; pero esta lucha es para mi de vida o muerte. 



LOS SBCBlfiTOS DEL PUEBLO. 291 

— Entonces s^ prudente y abandona la partida antes do 
comenzarla. 

— jDejar de amar a la senorita Luisa!... Imposible, sefior^ 
imposible... 

— Si es asi, trata de merecerla. 

— Esta es la dificultad; si todo dependiese de mi, no ha* 
bria obstdculo que me resistiera, y ten,dria ]a segaridad de 
llegar a ella algun dia* 

— ^No liai duda, hijo njio, que existen cosas ajenas de no- 
sotros, pero ya es mucho contar consigo mismo.». No te li- 
sonjees con un buen exlt6, ni te desanimen tampoco los obs- 
tdculos; mejorate, trabaja constantemente y espera: este es 
el consejo que ya te he dado y que te repito de nuevo. Na- 
da mas puedo decirte, porque seria iraprudente y vano.. » 
Yo velar^ sobre ti y sobre ella; esta es la mejor prueba que 
puedo darte de mi amistad y del interes que tengo en la di- 
cha de ambos. 

— Gracias, senor, gracias, esclam6 Enrique enternecido; 
y tomando la mano del anciano, la Uevo a sus labios. 

— La gratitud viene despues del servicio, y todavianada 
me debes a este respecto; gu^rdala^ pues, para su debido 
tiempo, y mientras tanto montemos a caballo y vamos a ha- 
cer nuestra visita, que supongo te ser4 mas agradable que 
nuestra conversacion. 

— No niego el placer que tendr^; pero con usted tambien 
estoi contento. 

—No disputaremos sobre esto, hijo mio, y aprovechemoa 
6l tiempo para llegar afates que el sol caliente^ pues podria 
bacerte dafio. 

Los caballos estaban preparados y nuestros viajeroa s6 
pusieron en marcha con el aire fresco de la manana. 

Enrique iba contento. ^Qui^n no lo est^ cuando se enca- 
mina a ver a su amada? * - ^ 

La conversacion del solitario era tan araena como ins- 
trilctiva; siempre agradaban y siempre interesabau sus na- 



290 toft SBOBBTOS DISL PITEBLO. 

— Quizd no me esplico bien, pero veo que hai una in- 
solencia injustificable de mi parte en el solo hecho de 
atreverme a pensar en ella. Si supiera lo que pasa en mi 
corazon, me moriria de vergiienza y no tendria jamas valor 
de ponerme ante su vista. 

— ^Y por qu^? 

— Porque la mas lijera senal de burla o de desprecio me 
mataria; y ella talvez estaba en el derecho de hacerlo al ver 
mi temeridad. 

— Aprende, amigo mio, a conocer bien a Luisa: esa nifia 
tiene mucha elevacion y mucha bondad en el alma para 
mofarse de nadie y menos de personas a quienes aprecia 
y quiere, como a ti, de quien esta realmente agradecida. 

— No me aliente usted con una vana esperanza; mire que 
la decepciou seria terrible. 

— Bajo ningun aspecto pretendo esto. No es mi objeto 
alentar ni disminuir tu confianza, pues yo he hablado 4ni- 
camente de aquel carino y de aquel aprecio que natural- 
mente inspiran j6venes buenos como t<i, y no de sentimien- 
tos de otra naturaleza. 

— Mas vale asi, contest6 Enrique con aire triste: yo s6 lo 
que ella vale y lo que yo soi. 

— En verdad, hijo mio, que nunca he conocido, que nun- 
ca he visto una j6ven igual; pero esto no seria motivo para 
que te desanimes del todo y pierdas hasta la mas re- 
mota esperanza, sino [para que te empenes en llegar hasta 
ella. 

— gLo cree usted posible? 

— La vol un tad, amigo mio, es el ajente mas poderoso de 
que Bispone el hombre; pero dado caso que no lo consiguie- 
ras, ^que habrias perdido? Toda la ventaja estaria de tu 
parte, pues mientras mas hubieras batallado, mayor seria la 
ganancia; porque mientras mas trataras de asemejarte a ella, 
mas te perfcccionarias. 

—- Ya lo veo; pero esta lucha es para mi de vida o muerte. 



1 flICSKTOS DEL PUEBLO. 



— Entoncea 8^ prudeote y abandona la partida antes de 
comenzarla. 

— ;Dejar de amar a la seilorita Luisal... Impoaible, eefior, 
imposible... 

— Si ea asl, trata de merecerla. 

— Esta es la dificaltad; ai todo dependiese de mi, no ha* 
bria obstdculo que me resiatiei-a, y ten.uria la aegoridad de 
llegar a ella algun dia. 

— No bai duda, hijo rqio, que esisten cosaa ajenaa de no- 
BOtro8, pero ya es macho contar consigo migaio... No te li- ■ 
sonjeea con an buen 4zitO, ni te deaanimen tampoco log oba- 
tdculos; mej6rate, trabaja constanteraente y espera: eate es 
el consejo qne ya te he dado y que te repito de nnevo. Na- 
da mas puedo decirte, porque seria iraprudente y tano... 
Yo velar^ sobre t( y sobre ella; esta es la mejor prueba qae 
pncdo darte de mi amistad y del interes que tengo en la di- 
cha de ambos. 

— GraciflS, senior, gracias, eaclam6 Enrique enternecldo; 
y tomando la mano del anciano, la llevo a sua liibioa. 

— La gratitad vieoe despuee del servicio, y todavianad* 
me debea a este i-especto; guArdala^ paes, para su debido 
tiempo, y mientras tanto montemosa caballo y vamos a ht 
cer nueatra viaita, que anpongo te serA mas agradab*e que 
nnestra converaacion. 

— No niego el placer que tendr6; pero con asted tunbien 
estoi con ten to. 

— No dispataremos sobre esto, hijo mio. y aproTechemoe 
el tiempo para llegar ahtea que el sol calienV. poes podrU 
hacerte da5o. 

Los caballos estaban preparados y nnff^tros TiajenM «e 
pusleron en marcha con el aire fresco d* K maoiaa. 

Enrique iba contento. ^Qni^n no lo esra ciian l'^> se er^co- 
mina a ver a sn amada? 

La converRacion del solitario era tui araeni ecr.-: :•>*. 
tractiTa; siempre agradabao y siempre interegabaa Bt= :a^- 



290 L08 S80BBT0S D1£L PITEBLO. 

— Quizd no me esplico bien, pero veo que hai una in- 
solencia injustificable de mi parte en el solo hecho de 
atreverme a ponsar en ella. Si supiera lo que pasa en mi 
corazon, me moriria de vergiien^a y no tendria jamas valor 
de ponerme ante su vista. 

— ^Y por qu^? 

— Porque la mas lijera senal de burla o de desprecio me 
mataria; y ella talvez estaba en el derecho de hacerlo al ver 
mi temeridad. 

— Aprende, amigo mio, a conocer blen a Luisa: esa nina 
tiene mucha elevacion y mucha bondad en el alma para 
mofarse de nadie y menos de personas a quienes aprecia 
y quiere, como a ti, de quien est^ realmente agradecida. 

— No me aliente usted con una vana esperanza; mire que 
la decepcion seria terrible. 

— Bajo ningun aspecto pretendo esto. No es mi objeto 
alentar ni disminuir tu confianza, pues yo he hablado i&ni- 
camente de aquel carino y de aquel aprecio que natural- 
raente inspiran j6venes buenos como tii, y no de sentimien- 
tos de otra naturaleza. 

— Mas vale asf, contest6 Enrique con aire triste: yo s6 lo 
que ella vale y lo que yo soi. 

— En ver dad, hi jo mio, que nunca he conocido, que nun- 
ca he visto una joven igual; pero esto no seria motivo para 
que te desanimes del todo y pierdas hasta la mas re- 
mota esperanza, sino [para que te empenes en llegar hasta 
ella. 

— ^Lo cree usted posible? 

— La voluntad, amigo mio, es el ajente mas poderoso de 
que Hispone el hombre; pero dado caso que no lo consiguie- 
ras, iqn6 hatrias perdido? Toda la ventaja estaria de tu 
parte, pues mientras mas hubieras batallado, mayor seria la 
ganancia; porque mientras mas trataras de asemejarte a ella, 
mas te perfccci on arias. 

— Ya lo veo; pero esta lucha es para mi de vida o muerte. 



U>B SBCBlfiTOS DEL PUEBLO. 291 

— Entonces s^ prudente y abandona la partida antes de 
comenzarla. 

— jDejar de amar a la senorita Luisa!... Imposible, sefior^ 
imposible... 

— Si es asf, trata de merecerla. 

— Esta es la dificultad; si todo dependiese de mi, no ha* 
bria obstdculo que rae resistiera; y ten.dria la seguridad de 
llegar a ella algun dia* 

— ^No liai duda, hijo njio, que existen cosas ajenaa de no- 
Botros, pero ya es mucho contar consigo mismo.*. No te li- 
sonjees con un buen exit6, ni te desanimen tampoco los obs- 
tdculos; mejorate, trabaja constantemente y espera: este es 
el consejo que ya te he dado y que te repito de nuevo. Na- 
da mas puedo decirte, porque seria iraprudente y vano.. » 
Yo velar^ sobre ti y sobre ella; esta es la mejor prueba que 
puedo darte de mi amistad y del interes que tengo en la di- 
cha de ambos. 

— Gracias, senor, gracias, esclam6 Enrique enternecido; 
y tomando la mano del anciano, la llevo a sus Ubios. 

— La gratitud viene despues del servicio, y todavianada 
me debes a este respecto; guArdala^ pues, para su debido 
tiempo, y mientras tanto montemosa caballo y vamos a ha- 
cer nuestra visita, que supongo te ser^ mas agradable que 
nuestra conversacion. 

— No niego el placer que tendr^; pero con usted tambien 
estoi con ten to. 

-—No disputaremos sobre esto, hijo mio. y aprovechemoa 
d tiempo para llegar afates que el sol caliente) pues podria 
hacerte dafio. 

Los eaballos estaban preparados y nuestros viajeros ed 
pusieron en marcha con el aire fresco de la manana. 

Enrique iba contento. ^Quien no lo est^ cuando se enca- 
mina a ver a su amada? * - , 

La conversacion del solitario era tan araena como ins- 
tructiva; siempre agradaban y siempre interesabau sus na- 



290 LOS S1CBKF08 D«L PITEBLO. 

— Qaizd no me esplico bien, pero veo que hai una in- 
solencia injustificable de mi parte en el solo hecho de 
atreverme a pensar en ella. Si supiera lo que pasa en mi 
corazon, me moriria de vergiienza y no tendria jamas valor 
de ponerme ante su vista. 

— ^Y por qu^? 

— Porque la mas lijera senal de burla o de desprecio me 
mataria; y ella talvez estaba en el derecho de hacerlo al ver 
mi temeridad. 

— Aprende, amigo mio, a conocer blen a Luisa: esa nina 
tiene mucba elevacion y mucha bondad en el alma para 
mofarse de nadie y menos de personas a quienes aprecia 
y quiere, como a ti, de quien esta realmente agradecida. 

— No me aliente usted con una vana esperanza; mire que 
la decepcion seria terrible. 

— Bajo ningun aspecto pretendo esto. No es mi objeto 
alentar ni disminuir tu confianza, pues yo he hablado lini- 
camente de aquel carino y de aquel aprecio que natural- 
mente inspiran j6venes buenos como tA, y no de sentimien- 
tos de otra naturaleza. 

— Mas vale asf, contest6 Enrique con aire triste: yo s6 lo 
que ella vale y lo que yo soi. 

— En verdad, hijo mio, que nunca he conocido, que nun- 
ca he visto una joven igual; pero esto no seria motivo para 
que te desanimes del todo y pierdas hasta la mas re- 
mota esperanza, sino ^para que te empenes en llegar hasta 
ella. 

— jLo cree usted posible? 

— La voluntad, amigo mio, es el ajente mas poderoso de 
que dispone el hombre; pero dado caso que no lo consiguie- 
ras, ^qu^ habrias perdido? Toda la ventaja estaria de tu 
parte, pues mientras mas hubieras batallado, mayor seria la 
ganancia; porque mientras mas trataras de asemejarte a ella, 
mas te perfoccionarias. 

— Ya lo veo; pero esta lucha es para mi de vida o muerte. 



tiOS SSCBlfiTOS DSL PUEBLO. 291 

— Entoncea s^ prudente y abaadona la partida antes de 
comenzarla. 

— jDejar de amar a la senorita Luisa!... Imposible, sefior> 
imposible... 

— Si es asi, trata de liierecerla. 

— Esta es la dificultad; si todo dependiese de mi, no ha* 
bria obstdculo que me resistiera, y ten.dria la segaridad de 
llegar a ella algun dia* 

— ^No liai duda, hijo niio, que existen cosas ajenas de no- 
BOtros, pero ya es mucho contar consigo mismo.*. No te li- 
sonjees con un buen exit6, ni te desanimen tampoco los obs- 
tdculos; mejorate, trabaja constantemente y espera: este es 
el consejo que ya te he dado y que te repito de nuevo. Na- 
da mas puedo decirte, porque seria ira prudente y vano.. » 
Yo velar^ sobre ti y sobre ella; esta es la mejor prueba que 
puedo darte de mi amistad y del interes que tengo en la di- 
cha de ambos. 

— Gracias, senor, gracias, esclaiii6 Enrique enternecido; 
y tomando la mano del anciano, la Uevo a sus Idbios. 

— La gratitud viene despues del servicio, y todavianada 
me debes a este respecto; guArdala^ pues, para su debido 
tiempo, y mientras tanto montemos a caballo y vamos a ha- 
cer nuestra visita, que supongo te ser^ mas agradable que 
nuestra conversacion. 

— No niego el placer que tendr6; pero con usted tambien 
estoi con ten to. 

-^No disputaremos sobre esto, hijo mio. y aprovechemoa 
6l tiempo para llegar afates que el sol caliente^ pues podria 
hacerte dafio. 

Los caballos estaban preparados y nuestros viajeros s6 
pusleron en marcha con el aire fresco de la manana. 

Enrique iba contento. ^Qui^n no lo est^ cuando se enca- 
mina a ver a su amada? * - . 

La conversacion del solitario era tan araena como ins- 
tructiva; siempre agradaban y siempre interesabau sus na- 



rraciones, sobre cnalquier panto qae ellas versaseii. Hombra 
de mundo. y pensador profando, sabia tener ea vilo la 
atencion del que lo oia, a la vez que se empeSaba ea dar sa- 
ludables lecciones o provechosos consejos. 

Darante el camino, el anciano trajo la conversacion ao- 
bre las plantas, sq vida, sa estructara di versa, sus distintas 
cualidades, losgrupos de ivdividuoa^ do especies^ dejSneros^ 
defamtlia8y de cldses^ con que eran distinguidos segan el 
exdmen de las analojias, cuyo m^todo facilitaba el estudio 
al hombre, dando asi a Enrique las primeras lecciones de 
botdnica de una manera que se podria calificar como prde- 
tica o esperimental. 

El j6ven, deseoso de aprender, estaba atento, y su interes 
y 8U curiOsidad crecia a medida que el vlejo coronel habla- 
ba, arrobando de tal modo la mente de Enrique las nove- 
dades de la ciencia, que olvid6 por completo a Luisa y sus 
prop6sitos. 

El anciano, apercibiendose del cambio, le dijo sonrien- 
dose, casi al mismo tiempo que llegaban a las casas sin que 
Enrique lo hubiera notado: "Amiguito mio, hemoa llegado 
a nucstro t^rmino sin saber como; ya ves que la ciencia 
tiene sus atractivos e irds comprendiendo que durante tan- 
tos afios no he vivido tan aislado y solo. La ciencia, hijo 
mio, es la linica de las dicbas que no cansan^ el linico placer 
que no deja el menor fondo de amargura, sino que mientraa 
mas se gusta mas se desea, satisfaci^ndonos a la vez que nos 
sacia, Ya verds de cuduta utilidad puede serte, y como, si 
la haces tu compafiera inseparable, llegard a servirte tanto 
en el deleite como en la adversidad, pues el!a aumenta y da 
valor al goce, asi como mitiga el sentiniiento y divierte la 
pena, no habiendo soledad posible cuando la hemos asocia- 
do a nuestra existencia. Ten presente la leccion de ahora, 
no por las lijeras esplicaciones que te he hecho de los ru<li- 
mentos de la bot^nica, sino por el efecto moral que ha 
producido en tf, y de esta suerte comprender&s cxxia Atil 



t08 8S0BKT0S DSL PUXBLO. 293 

puede llegar a serte el estudio en las criticas circunstancias 
por que suele pasar la vida del hombre." 

— Lo comprendo, setlar, y me aprovechar^ de la ense- 
fiaDza, porque aun sin comenzar be viato sas resultados. 

IL 

En ese momento entraban en el gran patio de las casas, 
encontr^ndose con don Pedro Marna, qaesalia a recibirlos, 
Ueno de contento al ver a Enrique restablecido. 

Paeados los cumplimientos de estilo, y vi^ndose aun ce- 
rradas las habitaciones de las seQoras, nuestro j6ven obrero 
pas6 a saludar a sus amigos, que se encontraban ya en el 
trabajo. Cuando ^stos apercibieron a Enrique, vinieron co- 
rriendo a abrazarlo, haciendo ^1 otro tanto, con la sencilla 
efusion de un igual para con otro igual. 

Esta familiaridad sin afectacion de Enrique no pas6 des- 
apercibida a los ojos del solitario, sacando de ella deduccio- 
nes favorables al discipulo; y si alguien hubiera visto en 
aquel memento la fisonomia del anciano, habria notado en 
ella senales inequivocas de una gran satisfaccion, porque 
para ^, que conocia palmo a palmo el corazon bumano y 
los resultados de sus tendencias, auguraba bien que Enrique, 
lejos de envanecerse de su posicion, de la deferencia con 
que era tratado por todos, y principal men te por los dueflos 
de casa^ asi como de las ideas nuevas que poco h& le habia 
hecho comprender, continuase siempre tratando a sns com* 
pafieros en el mismo pi^ de igualdad que antes, sin creerse 
^1 mismo superior a ellos pi ocupar una posicion distinta, lo 
cual hizo decir al golitario, hablando consigo tnismo: "Hu- 
mildad, nobleza, altivez: h^ aqui el fondo del carActer de 
ese j6ven: 61 ser^ grande, virtuoso y feliz. . ." 

Los carpinteros llevaron a su amigo para que inspeccio- 
nase lo que habian hecho durante su ausencia, gozdndose en 
las alabanzas de Enrique, que encontraba que se babian so- 



294 L08 SXORBTOS DBL PUSBLO. 

brepujado a si mismo, dici^ndoles que sa presencia talvez 
habria sido un estorbo o por lo raenos habria-estado de 
raas, pues ^1 calculaba que con su concurso niinca se habria 
llegado a tanto. 

— Ahora, companeros, esclam6 Enrique, satisfecho por Iq 
que veia, nada maa justo que daros una recompensa, y dsta 
se sacard de la parte de utilidades que a mi me corres- 
ponde. 

— No la acep tamos, dijerou todos a una voz, porque lo 
que hemes hecho no es mas que nuestro debar. 

— Imposible, amigos; os habeis privado de las horas de 
vuestro descanso; estoi seguro de ello, lo veo en vuestro 
trabajo, y do es a mi a quien podreis enganar, porque estoi 
mui acostumbrado a calcular el trabajo de un hombre, y no 
puedo menos de apercibirme que no solo habeis llenado 
vuestro deber relijiosamente, sino que habeis ido mas alU. 

— Suponiendo que asi sea, dijo uno, ya que es imposible 
mentirte, jque estrano es que desempen^semos la tarea de 
un companero enfermo? gNo lo harias tii lo raismo en un 
caso igual? 

— Por la misma razon que ustedea no encuentran estrano 
sino natural lo que han hecho por mi, ^por qutS no hallar lo 
mismo lo que yo quiero hacer por ustedes? 

— Es que si nos pagas nos privas de un placer. 

— Lo comprendo, amigos mios, dijo con enternecimiento 
Enrique, y cargar^ con la deuda. . • 

— |Bravo! esclamaron todos; asi nos gusta, y basta de char- 
la, pues vol vemos a nuestro trabajo, esperando que no nos 
vengas a perturbar, porque todavia no te haremos el honor 
de admitirte entre nosotros mientras que no est^s completa- 
mente restablecido. 

Estos rasgos de grandeza y de jenerosa fraternidad, tan 
raros en.otros paises, suceden mui a menudo en Chile entre 
nuestros artesanos. La indole de nueetro pueblo es Uena de 
benevolencia, siendola caridad su principal distintivo. jQu^ 



LOS SSGBET08 DSL PUEBLO. 295 

Ifetima que tan hermosas virtudes las pierda muchas veces 
el vicio, la falta de estimulo y el desprecio con que nuestra 
aristocrdtica sociedad mira al trabajador! Si nuestros go- 
biernos no dejasen completamente abandonada a si misma 
a esa parte tan nunaerosa y tan digna de nuestro pueblo, 
icu^l seria su importancia, su moralidad, su progreso y el 
pie de riqueza y de verdadera preponderancia en que se 
encontrara nuestra nacion! Si se eonsiderase en Chile como 
se considera en Estados Unidos al trabajador, no tendria- 
mos el teraor de afirmar que seriamos el primer pueblo.de 
la raza latina en America! Todo nos lleva alii: la homoje- 
neidad de razas, pues en Chile no hai ni indios, ni negros, 
sino chilenos, como lo decia mui bien nuestro distinguido es- 
critor B. Vienna Mackenna; la unidad del idioma, pues no 
existen dialectos como en las otras repiiblicas (1); la faerza 
muscular de nuestros honibres, su car^cter suave e intr^pi- 
do, a la vez que sufrldo y jeneroso, el respeto a la autori- 
dad y a la lei, que es para nosotros como una segunda re- 
lijion; todas estas cualidades son las mas adecuadas para 
hacer una nacion grande y viril; empero, las ridiculas ideas 
de aristocracia, legajo triste de naciones corrompidas, neu- 
tralizan los buenos efectos que nacerian naturalmente de las 
virtudes casi innatas de nuestro pueblo, porque detienen su 
desarrollb fisico y moral, minando por su base la indepen- 
dencia y libertad del hoinbre, que sou las principales causas 
de la enerjia del individuo y por consiguiente de su dig- 
nidad y de su progreso; pero este mal, si bien profundo y 
lento a curar, tiende, sin embargo, a desaparecer, porque 
poco a poco vamos sacudiendo los funestos errores que nos 
di6 en patrimonio la lamentable dominacion ib6rica 



(1) Esceptuamos a los araucanos y patagones, que es un ndmero reducido, y aunque 
sometidos a nneetra dominaciou y formando jcogrdficamente parte del territbrioi esldn 
•in embargo separados en sua respectivas eomarcas. — Nota del aiUof, 



2d6 LOS SXCRBTOg DSL PUBBLO. 



IIL 

CuaDdo Enrique cont6 al solitario lo que le habia pasado 
con BUS compafieros, ^ste aproto su conducta, porqne la 
gratitud es un fardo dulce a sobrellevar y cria entre los horn- 
bres vinculos sagrados y afecciones que no se estinguen con 
los individuos, sino que se trasmiten* a la familia, formando 
a i esos lazos que traen consigo la buena armonia, la paz y 
la jenerosidad; sin embargo, el anciano dijo a Enrique: 

— Conservando siempre ese sentimiento de gratitud por 
lo que ban hecho por ti, por el desinteres que ban demos- 
trado y por el afecto que te manifiestan y que te tienen en 
realidad tus companeros, seria ccnveniente que la parte de 
utilidades que habias pensado darles y que ellos rehusaron, 
la separases, sin embargo, y sin ofrecdrselas personalmente, 
la distribuyeses en cosaa {itiles en sus respectivas familias, 
pues cada uno de ellos tendr& su madre, su mujer o su her- 
mana, que quizd carecen, como sucede frecuentemente a 
nuestros artesanos, de lo mas necesario e indispensable para 
la vida. De esta suerte, hijo mio, y no te lo digo por cdl- 
culo, porque las buenas acciones se deben practicar sin te- 
ner jamas el interes en vista; de esta suerte conservarAs tii 
por ellos la gratitud a que se ban hecho acreedores y ten- 
dr6n ellos por ti un sentimiento igual, crey6ndose ambas 
partes obligadas y no satisfechas la una de la otra, sino que 
seran dcs vinculos en vez de uno. 

— Comprendo, sefior, lo que usted me dice, y me agrada 
tanto cuanto me admira la manera coino sabe usted ^acar 
de todo provecho, pues su consejo estfi lleno de encanto, de 
iibbleza, de caridad y de justicia, 

— Ten entendido que el placer es companero inseparable 
de las buenas acciones y que de una virtud nacen otras, 
porqxi^ todas est^n intimamente unidas, sucedi^ndose, sin 
separarse jamas, como los anillos de una cadena. 



LOa 8X0BBT0S DSL PUEBLO. 297 

Ahora me falta hacerte una observ^acion respecto a lo 
que hemos liablado. La parte de utilidades que piensas dis- 
tribuir entre las familias de tus companeros es precise que 
sea bien empleada, porque no consiste todo en dar, sino en 
buscar el provecho de la dddiva; pues muchas veces un ob- 
sequio inconsiderado produce mas mal que bien, como, por 
ejemplo, si en vez de un buen colchon les regalas un vesti- 
do de geda, lejos de hacrrles un beneficio, les inferirias un 
grave perjuicio; porque no solo no las habias ayudado para 
satisfacer sus necesidades reales, sino que despertarias la 
vanidad, creando otras ficticias y perniciosas necesidades, de 
donde resultarian males, vicios y desgracias que es imposi- 
ble calcular, pero cuya consecuencia es la 16jica precisa e 
indispensable de un mal acto. 

— ^Tiene usted mucha razon y seguir6 al pi^ de la letra 
su consejo. 

— Ya que estamos de acuerdo en nuestras opiniones y 
que las senoi;as duenos de casa aun no se levantan, emplee- 
mos este tiempo agradablemente, introduci^ndonos al jar- 
din y preparando uno o dos artisticos ramos, qu6 tendremos 
el gusto de ofrecerles tan luego como las veamos; ^qu^ te 
parece mi idea? 

— Magnlfica! esclam6 Enrique alborozado. 

— Asi no podrdn menos de notar que nos hemos ocupado 
de ellas; jno es verdad? 

— Indudablemente. 

— Y nos lo agradecerdn, porque la voluntad no tiene otra 
moneda de cambio que ella misma; de modo que nos paga- 
r&u en carino todo aquel que nosotros tengamos. 

— jSi asi fuera! ... 

— Este es al menos el 6rden de las cosas y la lei de las com- 
pensaciones que vemos establecida en todo cuanto existe. . . 

Y el anciano mir6 a Enrique con un aire de bondadosa 
malicia. 

—Pero a la vez de cojer las Acres y de hacer el ramo, 



\ 



29S L08 8ECBVT0S DEL PUIBBLO. 

prosigaio el solitario, no3 ocnparemos del estadio de estas 

hermosas plantas, continuando la conversacion que teniamos 

poco h& y esplicdadote al mismo tiempo todo aquello que 

constituye la vida de estos seres, tales como su raiz, que 

sirve para absorber los jugos de la tierra, en couformidad 

a su natur Jeza, su caello, poc donde pasan, sus ramas que 

van a comunicar con las estremidades del cuerpo, sus hojas, 

por las cuales respir^n, sus arterias, que fomentan bus venas, 

su flor, su caliz, su seinilla, su sex^>, su ovario, su polen, su 

fruto, y ver^s prdcticamente cuan hermosa y cudn {itil es 

esta ciencia, pues ella por si sola es, de lo que Uaraamos his- 

toria natural, la que presenta mas utilidad y placeres al 

hombre, la que le proporciona mas beneficios y diatraccio- 

nes provechosas y agradables; pues en sus aplicaciones ocu- 

pa el primer puesto en las ciencias, a quienes sirve eficaz- 

mente y de quienes ella aproveclia. La botanica, amigo 

mio, proporciona el er^tudio de la agricultura,-o es una parte 

integrante de ella, ayuda prodijiosamente a la medicina, 

sirve a la economia rural y domestica, entra en las combi- 

naciones y secretos de la quiiuica, nos hace conocer en mu- 

cha parte las revoluciones sucesivas que ha esperimentado 

nuestro globo por medio de los vejetales fosiles que se en- 

cuentran en las profundas cap ^s de la tierra, ayudando o 

combinandose con la zoolojia, que nos manifiesta los trastor- 

nos esperimentados bWA en la inmensidad de los tiempos, 

que nos es imposible du-^iguar y que hemos clasificado en 

6pocas; se estiende a las artes y aprovechan de ella todos 

aquellos conocimientos que, al parecer, le fueran mas aje- 

nos, pues hasta la " teolojia tiene que ver con la botdnica, 

porque es imposible admirar a Dios en toda su magnificen- 

cia, en toda su bondad, en todo su poder, sin ese estudio 

que comprende, tanto al musgo imperceptible y microsc6- 

pico como al robusto y crecido roble, y que no se limita 

a la superficie de la tierra, sino que penetra hasta en sus 

abismos. 



LOS SECKETOS BSL PUBBLO. 299 

Y hablando asi el auciaao, a medida que cortaba las flo- 
res, iba esplicando a Enrique su organismo y 6us cualidades, 
quedando el joven obrero a cada instante mas admirado y 
sorprendido, pues le parecia que un nuevo mundo se desa- 
rrollaba a su vista; y asi era en efectd; porque el que no ha 
estudiado poco o mucho la botdnica, se puede decir que 
tiene aun los ojos vendados. 

— Vamos, amigo mio, continu6 el solitarip; ya tenemos 
un acopio considerable de flores, siendo ahora preciso que 
nos ocupemos en hacer un ramo, lo cual no pienses que es 
tan sencillo, sino que tambien requiere cierto arte y cierto 
gusto para saber colocar los matices; y el anciano, recordan- 
do al elegante y aristocrdtico coronel de otra ^poca, se puso 
a confeccionar un ramo con la misma seriedad que si hubie- 
se estado resolviendo un problema aljebraico. 

Enrique, a quien tampoco era estrana la confeccion de un 
ramillete, por haber, en su pequeno jardin del conventillo 
de la calle de San Pablo, ayudado a su hermana en esta 
agradable tarea, trat6 de arreglar el suyo, y lo hizo con un 
gusto tan esqaisito, que el solitarip no pudo menos de de- 
cirle: 

— Parece, amigo mio, que no es la primera ocasion que 
desempenas este oficio, lo que me estrana, porque un hom- 
bre de trabajo como t^ rara. vez se ocupa do estas cosas, 
propias solo a las clases acomodadas do la sociedad, que no 
tienen en qu^ pasar sus ocios, o a las pobres floristas, que 
hacen de ello una especulacion. 

— La solucion es mui sencilla: mi hermana, que es mui 
aficionada a las flores, las cultiva en el pequeno huerto que 
trabaja mi padre, y con frecuencia hace hermosos ramille- 
tes, que coloca delante de los santos a quienes reverencia 
mi madre, y en cuya tarea suqIo yo acompanarla por gusto, 
especialmente los domingos o dias festivos en que no hai 
asistencia al trabajo. 

— Ahora comprendo, y por eso es que me aventajas, pues 



300 LOS SE0BETO8 DEL PTTEBL6. 

hace muchos afios que 70 no habia vuelto a tomar ocapacion 
tan s^ria. 

Y el buen anciano se reia de sf mismo al verse matizando 
floras cual enamorado j6ven; pero estos contrastes son pecu- 
liarcs al hombre de jenio, distray^ndose muchas veces en 
cosas tan frivolas, que desdenaria un nifio y que le sirven a 
el de descanso, como si esa poderosa intelijencia que se cier- 
ne sobre el resto de la humanidad, corao si esa frente don- 
de se anidan los mas grandes pensamientos y de donde bro" 
tan las concepciones njas atrevidas, tuviese necesidad de 
olvidarse a si misma, buscando aquello que menos pueda 
ocuparla y en que no le sea preciso fijar su atencion: para 
Chateaubriand, por ejemplo, que habia llena"do al mundo 
con su nonibre, y que habia ociipado los puestos mas* eleva- 
dos y honorifieos en su pais, su principal placer consistia en 
dar de comer a sus gallinas. . . ^No hai algo de admirable, 
de tierno y de noble en e^^ta sencillez del sabio? Solo la 
presuncion de los necios, que se creen siempre tan impor- 
tantes, desdenaria esta especie de frivolidad del talento; solo 
ellos, para ocultar su pequenez y su insignificancia, se empe- 
fian por aparecer graves. . . 

I/. 

El solitaiio y Eniique habian concluido su tarea, y aun 
permanccian cerradas las puertas de las habitaciones de la 
familia, lo cual le hizo decjr al primero: 

— Yo creia que cuando llegdsemos encontrariamos a Lui- 
sa en pi^, porque siempre le he conocido la costumbre de 
levantarse mui temprano, como una de aquellas flores que, 
presintiendo la salida del sol, abren sus p6talos para recibir 
los benefices rayos del padre de la naturaleza; asi es que me 
estrafia mucho que todavia no se haya levantado, ^Si estar^ 
ehferma? 

Enrique se puso jalido. 

— Pero no es de presumirlo, continu6 el anciano, para 



toft SX0RIT06 DKL ^XTSBLO. 30 

tranquilizar al jdven; pues solo antes de ayer la hemos visto 
en perfecta salud. 

Y como para comprobar esta liltima palabra, so vi6 apa- 
recer aLuisa en una de las paertas, ves ida en traje de ma- 
fiana. 

— Ocult^monos, dijo el anciano; vamos a darle ana sorpre- 
sa, pues es indndable que se dirijird al jardin. 

Enrique vacilaba. . . 

— Vamos, oc&ltate, repiti6 el solitario. 

El j6\ren permanecia siempre de pi6. 

— ^Qu^ es lo'que haces, hombre? 

— Me parece, sefior, conte3t6 Enrique, con una espresion 
timida y modesta, pero firme y decidida; me parece que esa 
es una familiaridad no propia para m( y de la cual tendria 
ella, y con justicia, el derecho de quejarse. 

El solitario, admirado, mir6 a Enrique; y luego, tendi6n- 
dole la mano, le dijo: ^'Tienes razon, . . comprendo y aprecio 
esa delicadeza. . . Tienes una finurade tacto admirable. . • Es 
preciso ser mui elevado para pensar y obrar asi.. . Me has 
dado una leccion que no desdeno sino que acepto. . . 

— Sefior! esclam6 Enrique con tono humilde; no hable 
usted de esta manera: ^quiere usted avergonzarme? 

— To s^ lo que digo, amigo mio, y no echo las observa- 
ciones en saco roto; pero veo que Luisa nos ha apercibido 
y que viene h&cia nosotros* 

En efecto, la encantadora joven lleg6 donde ellos; y abra- 
zando con filial abandono al solitario, tendi6 su mano a Enri- 
que, diciendo a ambos esta sola espresion: "jTan temprano!" 

— Hace mucho tiempo que esperamos, hija mia, y en prue- 
ba de ello, aqui tienes estos dos ramilletes que hemoshecho 
en tu jardin, mientras que td probablemente dormias. 

— iQue lindos! dijo Luisa mirdndolos por un momento y 
llevdndolos en seguida a la cara para aspirar su suave aroma. 

— ^Cudl de los dos te agrada mas? la pregunt6 el soli- 
tario. 



302 LOS BBCRBTOS DSL FITEBLO. 

— Este; y Luisa designd el ramo trabajado por Enrique. 

— Tienes razon; siempre la javentud supera en gusto a la 
vejez: ese es justamente el que ha confeccionado mi amigo. 

El corazon de Enrique latia con violencia, y el carmin 
del rubor coloreaba sus mejillas, todavia p&lidas por la re- 
ciente enfermedad. 

Luisa, bajando tambien sus ojo3, como si Enrique le hu- 
biese comunicado la emocion que sinti6, no pudo decir mas 
que "estd artiaticamente hechof pero recuperandose casi 
instantd^neamente, lo cual es tan facil a la mujer, mir61o con 
ojos Uenos de carinosa ternura, y le dijo: 

— jSe siente usted mejor? ^No habrd sido una impruden- 
cia este viaje? 

— Estoi casi bueno, sefiorita; y en lugar de hacerme mal el 
haber venido, me parece que me ha sucedido lo contrario. 

— Dios lo quiera. . . 

— Si hubiese notado la mas remota probabilidad de pe- 
ligro, lo habria diferido, repuso el anciano; pero creo que le 
habrd hecho bien en vez de mal. 

— Asi es, en efecto, senor, contest6 Enrique; pues me en- 
cuentro tan fuerte, que no tendria inconveniente en poner- 
me desde luego al trabajo. 

— Algunos dias mas todavia. . . Yo tendr6 el cuidado de 
decirtelo. 

— Pero usted prolongard quizd demasiado mi convales- 

cencia. 

— Nada mas que lo que crea necesario: confia en mf. 

— Oh! si, tenga usted plena confianza en lo que 61 le di- 
ga, repuso Luisa, diriji^ndose a Enrique y senalando al so- 
litario, que en ese momento se habia agachado para cojer 
una planta, que se puso a examinar con marcada curiosidad. 

— Tengo, sefiorita^ tanta confianza en 61 como en Dios, 
respondi6 Enrique en tono bajo, para que no lo oyese el 
solitario, pero en el que se notaba la conviccion mas pro- 
funda. 



LOS fECRETOS DEL PUEBLO. 303 

— Ann cnando nsted dice una hei'ejia, repuso Luisa, son- 
ri^ndose, ^1 es digno de esa exajeracion. 

— jSi usted supiera, senorita, cuanto ha hecho por mi! 
Con cudnta bondad me ha tratado! Ouaato me ha ensenado 
en tan poco tiempo! Caanto espero todavia de ^1! si usted 
supiera todo esto, no estranaria el que me espresase asl. . . 

— Yo tambien le debo muchisimo, porque le debo lo que 
sol: pues ^l es quien me ha instruido y quien me 6a forma- 
do casi completamente. 

— Por esto ha salido una obra tan acabada. . . 

Luisa levant6 la cabeza con un aire de noble altivez, 
fijando ea Enrique una escudrinadora mirada; pues al oir 
la frase que acababa de pronunciar, crey6 que era uno de 
esos cumplimientos banales que estdn por lo jeneral en boca 
de los jovenes y que habria desdenado en otro, pero que 
le hubiera herido vivamente notar en Enrique; mas al ver 
la sinceridad pintada en su semblante y la admiracion inj^- 
nua que se revelaba, asi como la ternura sin limites que 
parecia nacer de sua ojos, baj6 los suyoscomo avergonzada 
de sus sospechas y del elojio que le habia hecho, apoderaa- 
dose de ella cierta timidez que hasta entonces no habia 
sentido; de modo que la altiva Luisa, la reina de los salones 
de Santiago, la aristocratica beldad a cuyos pi^s todos se 
prosternaban, recibiendo como un favor la mas insignifican- 
te de sus miradas, Luisa, a quien el famoso e irresistible 
Lovelace de Guillermo no habia podido arrancar mas con- 
sideraciones que la de una fria urbanidad, se encontraba 
ahora timida, confusa, casi suplicante en presencia de un 
simple art(:Jsano! ^C6mo se habia operado esta metam6rfo- 
sis? Qui6n habia hecho este milagro? El respeto, el aprecio 
a la virtud, el amor, que, al despertarse por primera vez en 
el pecho virjinal de una nina, nace envuelto en la tiinica del 
pudor y es timido hiasta en el deleite.. . Luisa reinaba, pero 
estaba subyugada; era drbitra de los destinos de Enrique, 
pero tambien se habia encadeuado. . * Una de sus palabras 



304 L08 nCllETOS BXL PXTKBUb, 

lo podia hacer vivir o naorir, pero ella se ^Qcoatraba a sua 
pi^s. . . jDalce esclavitud, que eacierra ua insondable mar 
de delicias! . . Las ventajas de la fortuaa, idl raago, del 
naciraiento, todas esaa consideracioaes social 63 que taato 
peso tienen entre los hoiabres, qae taato iaflayea ea nues- 
tra existencia y que son nuestra aspiracioa coastaate, ha- 
bian cedido su puesto ante las ventajas reales de la natura- 
leza, habian desaparecido ante las cuilidades morales de 
Enrique, y su humilde sinceridad habia triunfado del cora- 
zon de Luisa . . porque para las almas nobles, para esas 
almas escojidas a quienes parece que Dios ha dotado con lo 
mas divino de su mas pura esencia, para esas almas, decimos, 
la humillad es la virtud mas grande, porque, por utia espe - 
cie de intuicion, comprenden que esa virtu 1, tan descono- 
cida y despreciada hoi dia, encierra todas 1 is otras, dando 
a! espiritu una fortaleza sin igual y al cardcter una elevacion 
que se hace sentir sin que nos empenemos en demostrar, 
pues por el hecho mismo de no exijir nada el individuo, se 
hace digno de todo, por cuya razon la encomia tanto Nues- 
tro Senor Jesucristo, que, con estas sencillas, profundas y 
sublimes palabras: el ultimo de mis siervos serd el primero^ 
nos ha dado la leccion mpiS provechosa y 1 \ ensenanza mas 
verdadera y mas eficaz para Uegar al perfeccionamiento, a 
la gloria y a la felicidad, . . 

Luisa convid6 a Enrique para dar una vuelta por el jar- 
din, dejando al anciano absorto con el hallazgo de una planta 
que le era completamente desconocida y que no sabia c6mo 
clasificar, pareci^ndole que pertenecia a una especie distin- 
ta de las ya conocidas, pues participaba de las cualidades 
que distinguian a diversas familias. 

— ^Ha escrito us-ed a Mercedes? pregunto Luisa a Enri- 
que, para romper el silencio qae reinaba entre ambos y que 
revelaba ese embarazo natural y delicioso que se apodera 
de dos almas que se comunican sin hablafse y que temen 
Ber adivihadas, desedndolo quizl 



J 



tod SBCBETOa DHL PUEBLO. 305 

— No, senorita. 

— ^Por qu^ ha estado usted tan neglijente? 

— Es cierto; Mercedes tiene el derecho de qaejarse, pues 
no he respuesto a sa {iltima carta; pero a mas de mi enfer- 
medad, he estado todo este tiempo taa ocapado, que me ha 
sido imposible, . . y, me atrever^ a confesarlo, aunque sea 
contra mi mismo, casi no me he acordado de ,ella. • . 

— Pobre amiga mi.i! iC6mo estard de sobresaltadal El 
hecho mismo de estar enfermo usted debia haberlo obliga- 
do a escribirle. 

— No puedo menos de reprocharme mi neglijencia, y la 
reparar^ hoi mismo; pero no ha estado en mi mano hacerlo. 

— ^Tan malo o tan distraido se encontraba usted? 

— Mi enfermedad no es el principal motivo, pues hubiera 
podido vencerla; pero el senor Guzman me ha entretenido 
hasta el punto que no he tenido tiempo sino para oirl o y 
para pensar en seguida sobre lo que me habia dicho, pues 
me ha tornado per su disclpulo, y sus sabias lecciones son 
tan agradables como provechosas, a tal grado que, sin que- 
rer, se apoderan de uno por completo. 

— Se por esperiencia propia el encanto irresistible que 

tienen las lecciones de mi sabio maestro, pues aunque a mi 

no me ha iniciado en todos sus secretos ni revelado los mis- 

terios que ^1 ha alcanzado a descubrir por medio de la ob- 

servacion y de la ciencia, porque me ha dicho que no me 

eran indispensables, con todo, conozco de ^l lo bastante 

para saber cudnta razon tiene usted en esperimentar ese 

arrobamiento al escucharlo, pues creo que tiene el don de 

ejercer esa raisma influencia con todo el mundo, habiendo 

visto que la esperimentaban hasta las personas mas igno- 

rantes. 

— Y usted, senorita, jha tenido la bondad de escribir a 

Mercedes? 

— Me ha sucedido otro tanto que a usted: he estado su- 

mente ocupada. 

TOMo n^ _ so 



V. 



X 



S06 LO0 iXdtlTOS DSL TOKBLOl 

— Tambien debe haberlo sentido infinite. 

— ^Hoi mandaremos un propio a San Fernando, y si hai 
cartas, contestaremos manana. 

— ^Grracias, senorita, ese mismo era mi pensamiento. 

La conversacion fu6 interrampida, volviendo a hacerse 
nuevo silencio; pero Lnisa, acostambrada a I03 habitos de la 
sociedad, tenia mas despejo que Enrique y pado continnar- 
la, dici^ndole: 

— ^Echa nsted mucbo de menos la cindad? 

— No, senorita: salvo el deseo qae tengo de ver a mis 
padres y a mi hermana, jamas he pasado uiia vida mas deli- 
ciosa como la que he llevado aqui. 

— ^Sin con tar el desgraciado encaentro que lo ha tenido 
a usted tantos dias postrado en cama? 

-Esos han sido los momentos de mayor felicidad. 

— Sin embargo, nsted debe haber sufrido dolores agudos, 
y no comprendo que pueda haber goce en el sufrimiento. 

— ^No 6^ esplicarme, senorita, pero lo que puedo asegu- 
rarle es que he sido dichoso.. . 

— Con todo, usted estuvo en riesgo de perder la vida. 

— No recuerdo casi aquel instante; ^l ha pasado como 
una sombra, pero una sombra que me ha dejado en el fondo 
del alma un deleite que no s^ definir y que, sin embargo, ten- 
go todavia aqui. . . 

Y el mancebo llev6 su mano hdcia el corazon, con tal 
naturalidad, que, sin pretender hacer una declaracion, la 
formulaba de la manera mas en^rjica y espresiva.. . 

Luisa se sinti6 oprimida. . . Su seno se levantaba. . . su 
hermoso rostro estaba encendido, y en sus largas y sedosas 
pestafias brillaba una Idgrima. . . El recuerdo de aquel mo- 
mento y la presencia de Enrique habia bastado para'con- 
moverla tan profundamente, que casi estuvo a punto de 
traicionarse, revelando lo que con tanto empefio queria 
ocultar. 

Afortunadamente Uegaba donde ellos en ese momento el 



/ 



Ids fljficBi^os btL ^niEBio. 30? 

ftolitario, y Lulsa pado reponerse de sa tarbacion, y cou ese 
imperio que tieae la mujer sobre si mistna y que parece ser 
de sa propiedal esclusivra, salvo esos cagos supremos en que, 
dominado por completo el corazon, se eatrega sia reserva, 
pudo decir al anoiaao con voz sereaa: 

— ^Qa^ nueva adquisicioa, mi querido y respetado sabio, 
ha liecho usted para la ciencia? 

— ^No lo s^ todavia, h'lja mia; pero teago mis bolsillos 
provistos de varias de esas plaatas, que no estabaa iascritas 
en mi reducido catSlogo. 

— Dicboso usted, f?enor, que en todo encuentra un objeto 
de estudio y de utilidad. 

— ^Y no solo de estudio y de utilidad, sino tambien de 
satisfaccion y de reposo para el alma. 

. — Y tan ciertoes eso, repuso Enrique, que yo, que no he 
llegado ni a los umbrales de la ciencia, he participado ya 
del mismo-entusiasmo. 

— Entonces ^tiene usted muchas disposiciones para ser 
fil6sofo? dijo Luisa ri^ndose. 

— ^No lo puedo negan si la filosofia se me muestra bajo 
auspicios tan seductores como me los ha hecho entrever el 
senor, soi desde ahora su decidido partidario y su admira- 
dor mas entusiasta, ya q^ue no me serd posible llegar a ser 
jamas uno de sus oscuros miembros. 

— ^Y por qu^ no, hijo mio? Los sabios que cuenta' el 
mundo no han nacido con los conocimientos que han osten- 
tado despues. Por otra parte, para llegar a ser fll6sofo,' asi 
como para llegar a ser santo, no se necesita haber escrito 
mucho, sino haber pensado y obrado bien. Yo he conocido 
algunos escritores celebres, cuyo jenio acato, pero que no 
tenian nada de fir6sofos sino en sus libros; mientras que he 
visto personas sencillas y modestas que nunca habian dado 
una p^umada y que, sin embargo, eran dignas de ensefiar 
al mundo. La filosofia, como la santidad, que tienen el mismo 
orijen, son mas bien modestas (jue brillantes, y nacen, ere- 



308 LOS SSCBETOS DSL PUIEBLO. 

cen y se desarroUan en el retiro mas que en el buUicio; de 
consiguiente, Enrique, no es tan dificil llegar a obtener el 
fin que ambicionas, que te alabo y que me empenar^ que 
consigas. 

— Sin embargo, senor, para llegar alii se necesita tiempo 
y comodidades; pero cuando uno est^ obligado a trabajar 
para vivir, si por casualidad llega a conseguir lo liltimo, es 
siempre a costa de lo primero, y cuando tuviera la posibili- 
dad, seria demasiado tarde. • . 

— Para el hombre de voluntad, para el hombre realmente 
de inspiracion, siempre hai tiempo, porque siempre surje a 
despijcho de los obstdculos: abi tienes a Franklin, simple 
cajista de una imprenta, a Juan Jacobo Rousseau, aprendiz 
de relojero y que paso la mayor parte de su existencia co- 
piando mfisica, a pesar que llenaba el mundo con su talento 
y con su nombre, y tantos otros que podria citarte de ejem- 
plo; pero sin pretender tan elevados puestos, sin querer des- 
collar en la humanidad, uno puede alcanzar un lugar mas 
modesto; y sin ser una antorcba para la especie, puede^ ad- 
quirir bastante luz para conducirse bien y guiar a las perso- 
nas que ama: la principal filosofia consiste en saber estarse 
en su puesto, no por flojedad sino por conviccion, asi como 
la verdadera santidad esta en el ejercicio de estas dos virtu- 
des: la humildad y la caridad. 

— Esta facilidad alienta, replic6 Lxiim. Usted abrevia de 
tal modo el camino que conduce al templo de la sabiduria, 
que dan ganas de tomarlo por asalto. 

— Chanc^ate, amiguita, chanceate, que el tono festive no 
quita nada a la verdad, sino que, en vez de severa, la bace 
risuena y agradajble. 

— gSeria usted amiga de la filosofia? pregunt6 Enrique a 
Luisa con timidez. 

— A ese respecto le responderd a usted quien me ha for- 
mado; yo le dir^ dnicamente que soi simple mnjer.. . 

— Luisa es tan amante de la filosofia como nosotros; pero 



f 

LOS SBCBETOS DBL PUEBLO. 309 

su filosofia coDsiste en ser lo que te ha dicho: en ser la mujer 
por escelencia. 

— Eso no habia, sefior, necesidad de decirlo, porque 
se ve. 

— No te creia tan adelantado, Enrique, en esta clase de 
conocimientos. 

— gQu^ es lo que a usted le sorprende, senor? 

— Que sepas lo que es mnjer. 

— jVaya! ij qui^n lo ignora? 

— Todos, ami go mio, o por lo menos la mayor parte. 

— No comprendo el enigma. 

— Saber ser mujer, hijo mio, es saber s.3r dnjel, y esto es 
lo que ha aprendido Luisa, esto es lo que sabe, esto es lo 
quQ es. . . 

— Por Dios, sefior, no hable usted asi, esclana<S Luisa ru- 
borizada. 

— Me es indispensable hacer esplicaciones a mi ne6fito, 
y prefiero la via esperi mental a la abstracta; por eso me val- 
go de comparaciones, pues practicando es como mejor se 
aprende y se ensena. 

— Lo que quiere decir que usted me coloca en calidad de 
un cuerpo sobre el cual va a practicar la autopsia. 

— Exactamente, hija mia. 

— Pero usted no contaba con mi voluntad; sin embargo, 
declaro, senor, que no me prestare a elfo. 

T tomando Luisa sus dos ramos, 8alud6 con gracia a sus 
interlocutores, dici^ndoles: 

— Sigan ustedes su conversacion cientifica, pero les fal- 
tard el instrumento para el analisis. Voi a vestir a mi ma- 
mita y les espero para almorzar, aun cuando merecian uste- 
des un verdadero castigo por su osadia y falta de respeto 
para con una senorita. 

— jEncantadora nifia! esclam6 el anciano cuando Luisa 
habia desaparecido. H^ aqui, Enrique, lo que llamo la mu- 
jer: un ser fuerte por su debilidad, poderosa por sus heohi- 



310 L08 BS0B1ET0S DKL PUSBLO. 

Kos, m^jico por su dulzara, didfano por bu espiritualidad, 
brillante por su viveza, divino por sus sencillez, e irresisti- 
ble por esa inagotableternura que todo lo suaviza y endal- 
za y qae es capaz de domesticar hasta las fieras... Su ben^fica 
influencia sobre el hombre se asimila a la que ejerce el 
Oreador sobre las cosas, pues ella prevee nuestras necesida- 
des, adivina nuestros deseos y es el orijen de nuestros mas 
puros goces, asi como Dios ha ordenado la creacion y esta- 
blecido la armonia. . . 

Enrique oia con delicia las palabras del solitario, en 
tanto que sus ojos segaian a Luisa, quedando fijos en la 
puerta por donde habia desaparecido, como si todavia pu- 
diera apercibirla: ilusion de los sentidos que esperi men ta- 
mos con frec.uencia cuando nuestro ser se halla fuertemente 
impresionado. 

— Te has quedado"como en ^stasis, ami go mio. ^La vision 
celestial no ha desaparecido aun de tu vista? Pero creo que 
te serd mas agradable la realidad; encamin^monos a las ha- 
bitaciones. 

V. 

Enrique sigui6 al solitario sin proferir palabra, qneddin- 
dose ambos en los corredores hasta que Luisa sali6 a 
recibirlos, haci^ndolos entrar al salon; pero antes de intro* 
ducirlos dijo a Enrique: "Hagame usted el favor de llamar 
a dos de sus oficiales que necesito urjentemente." 

El j6ven se inclin6 y obedeci6, apareciendo en seguida 
con los carpinteros. 

Luisa le hizo sefia de entrar donde estaba el anciauo, y 
diriji^ndose a los artesanos, les orden6 que la siguieran, 
desapareciendo con ellos en el interior de las habitaciones. 

Durante largo rato permaneci6 Luisa sin volver al salon; 
pero al fin se present6 risuefia y alegre, casi.al mismo tiem- 
po (^ue la seQor^ doQa Juana, que entraba por el costa^o 



LOS 8SGBST0S DSL PUBBLO. 811 

opuesto y que al ver al solitario se dirijio a ^1, estendi6adole 
amistosamente la inano 7 haci^ndolo sentarse en el mismo 
Eofd que ella iba a ocupar. 

Luogo apercibi6 a Enrique, y con tono de carinosa sor- 
presa le pregunt6 por su salud con muestras inequivocas de 
un grandeinteres, lo queagradeci6 Enrique y satisfizo a Lui- 
sa, que temia siempre las maneras altivas aunque ben^volas 
de su madre, las que podian herir la susceptibilidad del j6- 
ven obrero, susceptibilidad que se hace mas sensible o quis- 
quillosa a medida que la posicion del individuo es mas hu- 
milde; pero la senora estuvo llena de amabilidad, tratando a 
Enrique con cierta deferencia, debidasin duda a los favores 
que les habia hecho, a la amistad con que lo di^tinguia el 
viejo coronel don Toribio de Guzman y al afecto que en 
realidad le profesaba a 61 y a su familia. 

La conversacion se hizo jeneral. El solitario manifesto su 
adriairacion por la vida regalona de Luisa, a quien feiempre 
habia visto levantarse temprano, mientras queahorasucedia 
lo contrario. 

La sefiora convino con el solitario, anadiendo que de al- 
gunos dias a esta parte habia abandonado todas sus ocupa- 
ciones; que solo permanecia con ella el tiempo mas indis- 
pensable, y que se encerraba en sus habitaciones sin permitir 
que nadie entrase en ellas. 

— Confieso, prosigui6 dona Juana, que estoi sorprendida 
de tan ropentino cambio en los bdbitos de tuisa; porque 
antes, durante nuestra permanencia en el campo, estaba ea 
pie al salir el sol^ montaba en seguida a cabfdlo y solo vol- 
via a la hora en que yo acostumbro levantarrae, peimane- 
ciendo conmigo la mayor parte del dia; pues ya fuese su 
labor, sus pinceles o sus» libros, los trasportaba a mi cuai'to, 
trabajando a mi presencia, lo cual me divertia y me agra- 
daba a la vez; pero hoi todo es distinto, vi^ndole la cara por 
momentos y no saliendo a ninguna parte, si se esceptiia las 
visitas q^ue ha hecho a ustedes, 



312 LM SKSmoS DIL FUSBLO. 

— De manera, sefiora, que ust d estd qaejosa, dijo el so- 
li tario. 

— Xo lo niego, contesto dona Jaana, mirando a Lnisa con 
ternora y con sentimiento. Ei tan estrana esta condncta, 
agrego, que no s^ qne-pensar. 

— Dispdnseme, mamita, dijo Luisa, paraodose de su asien- 
to y yendo a abrazar a su madre: hoi mismo, en algunos 
instantes, teudrd usted la solccion del enigma. Por consi- 
guiente, no me defendere ahora, sino que me juzgarAn us- 
tedes despuefi; y si me condenan, recibir6 con resignacion 
el castigo que me impongan. 

— ^Quidn te condenari, hija mia? jQud puedes tu tampo- 
co hacer de malo? 

Y la tiema madre, qua amaba' tanto como admiraba a 
Luisa, le di6 un beso, 'dicidndole: "Desde luego quedas per- 
donada; v6 mientras fanto a pedir el almuerzo." 

— Lo confieso, prosiguio doSa Juana, cuando Luisa hubo 
desaparecido; me ha tenidcw intrigada la estrana conducta 
de mi hija^ y me es imposible saber la causa a que atribuir- 
la; pucs la misma Ceferina, que tiene toda su coufianza 
y ajquien le he pregantado sobre esto, no ha sabido que 
contestarme, estando ella misma ignorante de lo que pa- 
saba y tan intrigada como yo, pues no le ha permitido 
entrar a su cuarto, cosa que la pobre mujer ha sentido mu- 
chisimo. 

— ^En verdad, es estraordinario; pero afortunadamente no 
habr& mucho que esperar para salir de la curiosidad. 

Enrique, a quien interesaba sobremanera esta conversa- 
cion, deseaba tambien, talvez mas que los otros, saber la 
causa, dicidndole un presentimiento interior que 6\ no era 
ajeno a aquel aeon te'ci mien to, sino que quizd tenia en el la 
mayor parte; pero reflexionando en seguida, veia que no 
habia ningun fundamento ni la menor sorabra de razon pa- 
ra pensar asi; y sin embargo, le era imposible desprenderse 
de aquella idea. 



LOS SHC&BTOS DSL PITIBBLO. 313^ 

Luisa tard6 un largo rato, pero al fin entr6 diciendo: ''El 
almuerzo estd servido!" 

En ese mismo momento pasaban conversando entre si los 
dos carpinteros, habi^ndoseles podido oir distintamente 69- 
tas palabras: ";Pero qu6 cosa tan bonita! Qu6 semejanza! 
Enrique es el mismo!. . . Y la senorita!. . ." 

Nada mas se pudo apercibir, porque los sonidos se con- 
fundian a medida que se alejaban; pero era evidente que su 
conversacion era de lo mas animada. 

VI. 

Al anuncio de estar servido el almuerzo, la senora dofia 
Juana se par6, convidando al soHtario y a Enrique para pa- 
sar al comedor. 

El j6ven quiso escusarse, pero le fu^ preciso obedecer. 

Al pisar el umbral de la puerta, dona Juana j el solita- 
rio, que iban los primeros, se de*uvieron como asustados, 
esclamando: "^Qu6 es esto? Qui^n ha hecho esto? Qu^ raa- 
ravilla es esta!" 

Enrique, sin darse cuenta de lo que hacia, se acerc6 tam- 
bien; y al ver lo que los otros miraban, esperiment6 tal 
impresion, que tuvo que apoyarse en la pared para no caer 
en tierra, pero conservando su vista clavada en un punto, 
con tal fijeza, que sus ojos parecian desprenderse de sus 6r- 
bitas. 

Luisa se habia quedado 'un poco atras. En su hermoso 
semblante se revelaban diversas impresiones. . . el temor, la 
confusion, el triunfo, estaban pintados alternativamente, o se 
confundian en un solo sentimiento: la esperanza. . . 

Dona Juana, sin poder contenerse, esclam6: "Hija mia! 
gdonde estdmi hija? Ven para que te abrace.. . ven. . ." 
- Luisa confusa, timida, conmovida, se acerco donde ella. . . 

— <;Tii has hecho esto, mi querida, mi adorada Luisa? 

— Si, mamita. 



,^ « 



Sli LOS nCBXTOS DKL PUXBLO. 

— (Till 

— Yo misma. . . 

Y a esta respnesta, la noble seiiora estrechaba contra su 
corazon a la artista.. » a sa propia. hija que habia trabajado 
aquella obra maestra. . . 

lQ,u6 era lo que despertaba tanto entnsiasmo en la madre, 
tanta admiracion en el anciano, qae permanecila todavia es- 
tdtico, y tan fuerte impresion en Enrique, que habia tenido 
que apoyarse al muro para no caer? 

Era un cuadro trabajado por Luisa.. . 

^Que representaba esta pinfura? 

La escena del bosque.. . Enrique estaba en actitud de 
tirar sobre el Jeon, que se veia a la distaneia: era la misma 
fisonomia, el mismo vestido, el mismo tamano y hasta el 
mismo perro que grunia a su lado. . . La fiera tenia su mis- 
ma magrjitud, su misma piel, sus mismos'ojos terribles y 
anjeuazadores. . . y a Luisa, en su traje de amazona, se le veia 
tambien ahi, dibujandose #n su pdlido rostro la ansiedad, pe- 
ro a la vez la enerjia; y aun don Pedro Marna no se ha- 
bia olvidado a la artiista, sino que apareeia en lontananza 
trepado sobre un arbol y con el semblante descompuesto 
por el temor. . . 

El almuerzo quedo olvidado, porquenadie pensaba en ^1,.. 

Dona Juana no eneontraba espresiones bastante adecua- 
das como alabar el talento de su hija. 
' El anciano decia que era perfecto, admirable, digno de 
los raejores maestros, y tan acabado, que podia aparecer con 
gloria en los mnseos mas faraosos del mundo.. . Pero en su 
interior el solitario decia: "Esta es la obra del amor, que ha 
ocupado el lugar del talento; la pasion ha robado sus deste- 
Uos al jenio. . . jPoder inmenso de la voluntad! ^de qu^ no 
eres capaz?" Y el fil6sofo se sumia en sus reflexiones, miran- 
do de hito en hi to al cuadro, sin que le fuera posible apartar 
su vista, encontrando en las partes y en el conjunto tal na- 
turalidad, tal sencillez, tal grandeza, tal atrevimie^to de 



L68 SEC&ETOS DEL PUBBLO. 316 

ejecucion, tal vida y tal espresion en las fisonomias, que le 
parecian dotadas de pensamiento aquellas figuras, como si 
hubiesen sido trazadas por un pincel maestro y no inesper- 
to; pero que posesionado de una idea, habia operado por su 
concentracion un verdadero milaorpo. . . 

Mientras tanto, ^qu^ hacia Enrique? No se habia atre- 
vido a penetrar en el comedor y permanecia como una es- 
tdtua en el dintel de la puerta, llevando de vez en cuando 
su panuelo a los ojos para contener su3 Mgrimas, y la mano 
a su corazon para reprimir sus latidoa.. . Una esperanza ha- 
bia atravosado por su mente: ^l era amado. . . y el mismo 
pensamiento que habia tenido el anciano se le ocurria a ^1; 
porque ^que otro sentiraiento hubiese podido hacer aquella 
revelacion arli^stica? ^que otra idea, qu^ otra pasion habria 
podido auimar el pincel para trazar aquellos rasgos que re- 
presentaban la vida del hombre y la vida de la naturaleza con 
una seraejanza inimitable? La aspiracion a la gloria era in- 
capaz de crear en un iristmte ese nfouumento del jenio. ^Cadl 
otra podia ser entonces la causa, sino el amor? Pero Enri- 
que, si bien este pensamiento lo llenaba de regocijo, trata- 
ba a la vez de desecharlo como una mala tentacion que la 
humilde y severa rectitud de su juicio condenaba, pero que 
su cariiio le decia de aceptar, haci6ndole esta lucha sufrir y 
gozar a un mismo tiempo. 

Pero su embarazo crecio cuando dona Juana, diriji^ndose 
a ^1, que era el unico que no habia emitido su opinion, le 
pregunto qu^ le parecia el cuadro. 

Enrique balbuceo algunas palabras inintelijibles, pero su 
turbacion era mas elocuente qne el lenguaje. 

— ^Usted debe estar mui lisonjeado al verse tan fielmente 
reproducido? le dijo dofia Juana. 

— Lisonjeado! talvez, senora, pere creo que no obra en 
mi tanto la vanidad como la admiracion, como el entusias- 
mo, como el. . . 

y Enrique, asustftdo de lo que iba a decir y reprimi^n- 



316 LOS SECfiBTOS DEL PUEBLO. 

dose instanUneamente, despues de una pausa, afiadi6: "como 
el respeto profundo a que por todos titulos es acreedor el 
jemo. . . 

Y el j6ven baj6 su vista, para ocultar^el brillo de sus ojos, 
que revelaban su inmenso carino. . . 

— Basta, mamita, dijo Luisa, con tono alegre; si conti- 
n6an las alabanzas, tendrd que retirarme, y el almuerzo se 
enfria. . . 

La artistica nina, queria, bajo las apariencias de la fri- 
volidad, ocultar sus afectos y los ajenos para gozar a solas 
de ellos, pues no se le habia ocultado la impresion produ- 
cida en Enrique, impresion que le habia dado la seguridad 
de que era amada, y amada con esa pasion, con ese entusias- 
mo, con ese culto que habia concebido en sus suenos de 
felicidad y que asi como queria sentir necesitaba tambien 
iuspirar. 

— El almuerzo dices, hija raia; ^quien pensard, en 61? Sin 
embargo, sent^monos a la mesa, puesto que asi lo quieres; 
pero mientras tanto dime ^c6mo has podido hacer en tan 
poco tiempo una obra tan acabada? 

— Esta es la falta de que usted se quejaba. Tenia todo 
mi tiempo ocupado y me agradaba sorprenderla: he aquf 
el motivo de mi misterio, he aqui la causa de mi neglijen- 
cia; ^me la perdona? 

— No es perdon sino gratitud, sino carino el que mere- 
ces; y si estuviera en mi mano darte mas afecto, bastaba este 
hecho para granjedrtelo; pero eres la sola duena de mi co- 
razon, . . 

— Mamita! jqud maa recompensa! yo soi la que deboestar 
agradecida a tanta ternura. . . 

— Es admirable lo que has hecho. . . 

Y dona Juana no se cansaba de mirar el cuadro, notando 
a cada momento una nueva perfeccion. 

— gPero de d6nde has sacado la tela, el marco, las tintas? 
. — Mand^ un prcpio a Santiago en el coche de viaje y le 



tOS SXCKETOS DEL PtTEBLO. 3l'7 

/ 

di la direccion de un francos que ea otras ocasiones me ha 
vendido de esto3 artfculoa, encargAndoseloa ahora especial- 
mente y ddndole mis instracciones; asi es como recibl la 
gran tela preparada, los mas finos colores y ese elegante 
marco que solo esta mafiana lie hecho arreglar por los car- 
pinteros para poner el dibnjo. 

— Es sorprendente que hayas empleado tan poco tiempo . 

— ^Cnando uno trabaja con teson avanzii mas de lo que 
parece, y yp he empleado en esto toios los instantes, pues 
cada dia me levantaba antes de aclarar, esperando que vi- 
niera la luz para principiar la tarea, que mehabia propuesto 
concluir antes que el principal personaje oel principal actor 
de la escena que representa el cuadro, se cncontrara en dis- 
posicion de visitarnos; y la suerte me ha favorecido. 

— Senorita! esclam6 Enrique turbado, jtanta bondad! 

— Falta saber^ repuso el solitario, cuAl es en realidad el 
principal peraonaje. A mi juicio, no es el atrevido cazador 
sino la lindc"^ amazona, en cuyas animadas facciones se pin- 
tan con tanta espresion la ansiedad y la enerjia, no vi^ndose 
ninguna contraccion de espanto en ese semblante debil por 
sus contornos y por su forma, pero a la vez viril y resuelto: 
esta, hija mia, es una obra maestra; en pocas ocasiones son 
tan felices los artistas que consiguen dar a las fisonomias, 
ya 86a en la pintura o en la estatuaria, ese juego de impre- 
siones diversas, contentdndose de representar con propie- 
dad una pasion, una idea, uu afecto, dandose por mux satis- 
fechos cuando han alcanzado llegar alii.. . 

Dona Juana meneaba la cabeza en seSal de aprobacion y 
volvia a mirar al cuadro comb para cerciorarse de lo que 
decia el solitario, rebosando de satisfaccion al notar la juata 
exactitud de las observacioues. 

— Es mui cierto lo que usted afirma, sefior, repuso Enri- 
que, algo conmovido al hablar, no solo refiri^ndose al retra- 
to, sino refiri6ndose al hecho; porque, si es verdad que la 
genorita estd con la misma espresion y en la misma actitud 



\ 



SIS LOS VECBXroS DXL Ptrx&uo. 

en qoe yo la vi, si es verdad qae bajo todos aspectos es la 
principal figura de ese hermoso cuadro, no es menoa cierto 
que fu6 tambien el- principal actor en laescena que repre- 
eenta, porqne si bien mat^ yo la fiera, ella salv6 la vida del 
cazador. 

— Baen sofista es nsted, replic6 Luisa con volabilidad; 
pero basta nna sola observacion para echar por tierra su ar- 
gumento: si nsted no hnbiera maerto al leon iq}i6 hubiera 
sido de nosotros y d6nde existiria el cuadro? 

— P6ngase nsted a disputar con mi hija, dijo dona Jua- 
na alegremente, y verd si triunfa! Yo me he acostumbrado 
a cederle en todo, porqne en todo me vence. 

— Segnn esto, podria decirse que soi la mas caprichosa! 
iQn6 opinion van a forraar de mi estos senores? Usted me 
desacredita, mamita; pero yo me resigno y cedo para que 
se vea practicamente mi sumision; cortemos, sin embargo, 
toda disputa, y ya que nadie almnerza, propongo que vamos 
a dar una vuelta por el trabajo. 

— Mui bien, dijo dona Jaana, pardadose ea el acto; Yo 
no he Vist^3 bien los adelantos .que se hayan hecho, y ahora 
que tenemos con nosotros al arquitecto, podremos juzgar 
mejor por la esplicacion que ^l nos haga. 

— Estamos a su disposicion, repuso el anciano; y todos sa- 
lieron del comedor, no sin echar desde la puerta una Ultima 
mirada al cuadro, especialmente Enrique, que era el Ultimo 
y el mas interesado. 

VII. 

Hemo3 visto que Luisa Babia empleado cierto tono de 
frivolidad en el curso de la conversacion; pero era una fri- 
volidad afectada y linicamente con el fin de ocultar sus ver- 
daderasimpresiones, haciendo tambien que Enrique calmase 
las suyas; pero ella tenia deseos de quedar por un momento 
sola para pasar en revista por la imajinacion hasta los me- 
nores incidentes de este dia; porqne es asf como se estudia. 



tOS SlicftBTOS DEL PtTSBLO. Sld 

be conoce, se defiae y se aprecia en su j usto valor hasta la 
ma3 insignificante palabra. 

Otro tanto esperimentaba Earique, y no veia el momento 
de poder entregarse a si mismo; etnpero, era necesario re- 
signarse a estar en sociedad por algan tiempo y era prefe- 
rible el paseo propuesto, porque asi habria algun medio de 
aislarse, aunque no faera mas que por un instante. 

Si dona Jaana habia quedado al prlncipio complacida de 
lo3 adelantos hechoa en el trabajo, atora que los habia vis* 
to mas detenidamente era mayor su satisfaccion, espresdn- 
dosela tanto a Enrique como a sas companeros. 

De regresoa las habitaciones de la familia, el j6ven obre- 
ro se de3pidi6 bajo el pretesto de que tenia que hablar con 
sus amigos sobre algunas cosas que habia notado durante la 
inspeccion, pero en realidad para dar libre curso a su fan- 
tasia, para aliviar su corazon, cargado con tantas emociones,^ 
que, aunque felices, lo agoviaban: tal es la debilidad del 
hombre, que la estremada alegria asi como el agudo dolor lo 
sofocan y anonadan. 

Al aproximarse la hora de comer fue a buscarlo an cria- 
do, encontrdndolo con los demas carpiateros, con quienes 
acababa de reunirse. Por obedecer la orden fu^ Enrique al 
llamado que se le hacia,- pero con la fir me resolucion de 
quedarse a comer con sus amigos, y asi se lo suplic6 con 
tanta instancia a las senoras, que ^stas se vieron obligadas 
a ceder. 

^Por qu^ se privaba de la felicidad de ver a Luisa y de 
estar con ella todos aquellos momeutos que le eran permiti* 
dos? Dos sentimientoa obraban en ^1: primero el no estable- 
cer una diferencia tan marcada con sus amigos*, haci^ndoles 
sentir la superioridad de su posicion; segundo, una especie 
de dignidad, que le decia no deber familiarizarse con sus 
superiores, conservando siempre, si podemos espresarnos 
asi, el orguUo de la humildad. 

Durante la ausencia de Enrique, el solitario cont6 a dollft 



S20 L06 8ICSVT08 DKL PITSBLO. 

Jaana y a Lnisa la observacion que le habia hecho en el 
jardio, caando le propasiera ocultarse para darle una sor- 
presa, y esta delicadeza de sentimientos no pado menos de 
agradarles, pero de ana manera distiata: dona Jaana veia 
el respeto debido al rango, y Luisa la dignidad del hom- 
bre anida a la consideracion al sexo y al alto aprecio moral 
que talvez esperimentaba por ella. 

Luisa no ^e equivocaba: esos eran jostamente los senti- 
mientos de Enriqae, sentimientos que no definia el mlsmo 
j6ven, pero que obraban^^ sin embargo, en ^1 sin saberlo. 

En la noche fa^ invitado al te y acepto el convite. 

Dona Jaana dijo a Earique que desie ahora podia ya 
vivir en las casas, puesto que ya se encontraba tan resta- 
blecido; y aun cuando no se ocapase todavia del trabajo, 
les serviria a ellas de agradable compania. 

Eorique dio las gracias a la senora, escuadndose, porque 
no le era posible aceptar sa jenerosa oferta, pae3 estaba con- 
venido con el senor Guzman para viv^ir con. ^1 en sa. retiro 
por todo el tiempo que permaneciese en la hacienda de San 
Jorje- 

Luisa, al oir lo que decia el j6ven, sintio un dolor agudo, 
inmutandosele el semblante, lo que no pas6 desapercibido 
al solitario, pues esta ausencia voluntaria de Enrique pro- 
baba indiferencia. 

— Pero esto es de todo punto imposible, repuso dona 
Juana; si usted va a vivir a tanta distancia, ^c6mo dirijir^ 
usted el trabajo? 

— Yo respondo de todo, se apresur6 a decir el viejo coro- 
nel, que deseaba hacer desaparecer la inquietud de Luisa, 
satisfaclendo a la vez las lejitimas exijencias de la senora, 
que temia no se conclayese la obra si el arquitecto no ponia 
mano en ella. Me he propuesto, continuo el solitario, ins- 
truir a este j6ven, trasmiti^ndole, si me es posible hacerlo 
en tan corto tiempo, todos aquellos conocimientos que yo 
he adquirido con la reflexion, con el estudio o con la espe- 



riencia de nmndo que me han dado mis viajes; part, esto 
cuento con la adopcion de m^todos sencillos que simplifi- 
quen el estudio de cada ciencia y principalmente con el 
deseo ardiente que tiene Enrique de apiender, pues me ba 
diclio que quiere cultivar su espiritu y elevarse a bastante 
altura cuanto le permitan alcanzar las muchas o escasas fa- 
cultades con que Dios lo haya dotado, pudiendo asegurar a 
ustedes que esta aspiracion no tiene por estirnulo la vanidad 
de aparecer en el mundo, sino que a mas de la satisfaccion 
de su propia conciencia, es un noble m6vil el que lo deter- 
mina, m6vil que solo es conocido de mf y que desde luego 
apruebo como honrado y lejftimo.. . 

VIIL 

El anciano hizo una lijera pausa y mir6 neglijentemente, 
a Luisa pafa que no tomara sus palabras como una revela- 
cion dirijida a ella, sino para ver el efecto que' producianj 
dejdndola, sin embargo, en la incertidumbre; con todo, al 
oir las palabras del solitario, Luisa se seren6; pero bastante 
dueno de si misma y mui altiva para traicionarse en pre- 
sencia de Enrique, oculto de tal moJo la alegria de su cora- 
zon, que el anciano mismo se equivoc6, llegando a serle du- 
doso lo que poco tiempo h& creia seguro y evidente. 

— Esa es una noble ambicion, don Enrique, dijo. la senora 
interrurapiendo, y ojala persista usted en ella. La ocasion 
que se le presenta es bellisima, porque no encontraria usted 
en el mundo un maestro igual al seSor de Guzman, que, a 
BUS muchos y profundoa conocimientos, reune una bondad 
sin If mites.. . "^ 

— Asi es, senora, dijo Enrique inclin^ndose. 

— Y si yo puedo serle 6.til, agreg6 dona Juana; si yo pue- 
do contribuir con algo para esta grande obra, tendria un 
verdadero placer; pero desgraciadamente, no veo c6mo la 
llevar^ a cabo mi ilustre y sabio amigo; sin embargo, se me 



322 LOS BBCSETOa DSL rxTAub, 

ocurre una idea: no se ocupe nsted mas del trabajo de las 
casas, siao d»3 vez en cuando para iaspeccionar y dar sas 6r- 
• denes; de esla raanera le queXira a usted libra todo el tiem- 
po, y paede aprovecharlo, sin que por esto se altere en lo 
raenor nuestro contiato; porque al fin y al cabo, ^qu^ im- 
porta que los edificios esten conclaidos un mes antes o un 
mes dtjspues? Esta insignificante priv^acion de mi parte, no 
puede compararse a la grande ntilidad que a usted reporta- 
ra; y seria una d-sconsideracion iujustificable, seria casi un 
delito el que y*>, por satisfacer un capricho que puede ha- 
cerse mas tarde, lo privase a usted de un beneficio, obligdn- 
dolo a perder una oportunidad que no encontrdra dos veces 
en la vida. 

— Tiene usted mucha razon, mamita, y espero que don 
Enrique aceptard las condiciones, pues no concibo. el moti- 
vo que tendria paia desecharlas, y estoi persuadida que ha- 
ria mal si ojbrase de otro modo. 

— No puedo menos, respondio Enrique enternecido, que 
agradecer en el alma tanta bondad: mi reconocimiento no 
alcanza a sus beneficios, pero es tan grande como lo puedo 
Ben tin . . 

— r^Acepta usted? j)regunt6 Luisa alborozada. 

— Rehuso, senorita. 

— jRehusa! ^7 P^^ <1°^ motivo? dijo dona Juana, sin sa- 
ber a qu^ atribuir la nt^gativa. 

— Porque tengo que cumplir con mi obligacion, con mi 
deber. , . y espero que ustedes, con euyo aprecio me honro, 
Ho me har^n faltar a el, porque a mas de reprocharme a mf 
mismo, per Jeria en el baeu concepto en que ustedes me 
tienen y que es para mf de tanto valor el conservar al me* 
nos, ya que no me sea posible aumentar. 

— No veo que usted faltaria a su obligacion cuando, tra- 
bajando.para mi, mando.yo misma suspender el trabajo. 

— Yo me he comprometido con mi maestro, no para 
instruirme, no para adquirir conocimientos, sino para tra- 



Ldi SitCHsi^Od J>tL TWSEL6. 523 

bajar en una obra que me ha sido particularmente enco- 
meudada; y faltaria a mi deber, a mi compromiso, a mi 
palabra, si por aprovechar el tiempo en favor mio descui- 
dase sus asuntos: esta seria una falta de honradez que creo 
no me la aconsejard nadie, y que, aun {ue me la aconaejasen, 
no la seguiria. 

—Bravo! esclam6 el solitario; me gusta esa rectitud y 
touos la aprobamos. 

En efecto, en todos lo3 semblantes se veia.pintada la sa- 
tisfaccion y el contento, 

— Si la mayoria de nuestros arteaanos, continu6 el solita- 
rio, tuviese esta delicadeza y siquiera esas mdiximas, mui 
diferente seria su posieion, econ6mfca y socialmente hablan- 
do, porque tendrian fortuna y eonsidemciones, porque sal 
drian de la postracion ignominiosa en que se encuentran, 
porque no darian lugar al desprecio, porque serian ellos los 
verdadgros fundadores de la igualdad y de la rep^blica, 
pues obligarian a la clase aristocr^Lica a respetarlos, y de 
este respeto al equilibrio y a la efectiva y prdctica demo- 
cracia no hai mas que un paso, o mas bien dicho, habrian 
desaparecido las barreras y las difereneias; pero por desgra- 
cia.no sucede asi.. .por desgracia, el engafio en lugar dela 
rectitud es el que predomina en ellos, mirando la falta al 
cumplimiento de sus obligaciones como una habilidad en 
vez de considerarla como una bajeza; como un provecho en 
vez de una perdida, pues nuestros artesanos creen que mien- 
tras mas eilganan, mas lucran, llamando hombre vivo o in- 
telijente al astuto pillo que ha podido hacer mas petardos, 
ri^ndose, jlos.'pobres ignorantes! de la credulidad de los 
que se confian por necesidad a ellos, sin ver cuanto se equi- 
vocan, cuanto pierden, cuAnto se envilecen; sin pensar que 
de esa manera no ocupardn jamas el menor puesto social, 
sino que se revolcardn siempre en el fango en que viven. 
jAi! amigo mio, tu no puedes figurarte cu&nto compadezco 
pi las clases trabajadoras de mi pais y cu&nto 4^3QQ ^engo dQ 



324 L08 gXCftStOS DiEL PUXBU). 

verlas rejeneradas por bien de ellas rnismos y por bien de 
Chile. . . y si es verdad que nuestros gobiernos y nuestra 
aristocracia tieneo mucha culpa en su degradacioa* y eH su 
atraso, no ee menos cierto que ellos no hacen nada, absoluta- 
inente nada por mejorarse, por instruirse, por moralizarse; 
pero cuando se presentan ejemplos como el tuyo (y el soli- 
tario mir6 a Enrique) se reanima la abatida esperanza y se 
tiene f^ en la futura rejeneracion de nuestras masas, y por 
consiguiente, en el engrandecimiento de nuestro pais. . . 
. — Tengo la persuasion de que llegard ese tiempo, dijo 
Enrique, porque ya se encuentran muchos hombres buenos 
entre nosotros, a quienes falta, ea verdad, ilustracion, pero 
que tienen honradez. . . 

— Dios lo quiera, repuso el anciano, y espero que id con- 
tribuyas a tan laudable fin. 

— Lo haria de todo corazon; ^pero en qu^ podr^ yo influir? 
la accion individual es casi perdida. 

— Sin embargo, hards lo que estd en tu mano, porqne uno 
DO es obligado a mas. 

En ese momento apareci6 un viajero a la puerta del sa- 
lon con una carta en la mano. 

Luisa se pai'6 precipitadamente, dioiendo: "ea el propio 
que mand^ a San Fernando y trae sin duda una carta de 
Mercedes." 

El hombre entreg6 varies paquetes. 

En las diversas cartas que venian para dofia Juana y para 
Luisa, conocio en una de ellas la escritura de Mercedes y la 
9epar6 de las demas, pidiendo permiso para abrirla, consi- 
derando que vendria incluida alguna para Enrique, en lo 
eual no se equivocaba. 

Despues de haber recibido su carta, nuestro j6ven obre- 
ro se despidi6 de las senoras, -ereyendo importuno quedar 
por mas tiempo, desde el momento que tenian que leer su 
correspondencia. 

@a seguida diriji6se a su cuarto, que encontr6 sencillo ea 



LOS SEGRETOS DSL PTTIBLO. 325 

BUS muebles, pero con un aseo esmerado, como si una per- 
sona tan intelijente como amiga hubiera presenciado el 
arreglo, llegdndose a persuadir Enrique que Luisa no habia 
sido estraSa en aquel acomodo, porque habia alii tal armo- 
nia, tal confortable y tal prevision deli oada, que era impo- 
sible que.ipanos simplemente mercenarias hubieran tenido 
ese gusto, ese perfume aristocrAtico que solo le es dado 
conocer a las personas de buen to no. 

Luisa, por su parte, se habia retirado tambien a sus ha- 
bitaciones, luego que dejara el salon Enrique, porque que* 
ria no solo estar sola, para entregarse a su3 pensamientos, 
sino leer con entera libertad la carta de su amiga en que 
presumia le hablara de lo que mas interesaba a su corazon. 

Vamos, pues, a leer ambas cartas, principiando por la de 
Luisa. 



La novena de Marta. 



I. 

Sentada nnestra aristocr&tica niSa en nna poltrona, habia 
colocado a 8U lado una pequena y elegante meaita, sobre la 
qne estaba colocado nn candelabra con cinco Inces, porqne 
a Lnisa le gnsfaba mncho la claridad, teniendo siempre en 
su cnarto nn considerable nAmero de bnjias. 

Una vez en sn asiento, puso las cartas sobre la mesa, y 
apoyando sn cabeza en nna de sns manos, cerr6 sns hermo- 
SOS ojos, qnedando por algnn tiempo snmida en sas reflexio- 
nes. . . Al fin, abriendo sns p&rpados y haciendo nn movi- 
miento encantador, tom6 de entre las varias cartas qne tenia 
a sn lado la de Mercedes, qne, si bien habia abierto, no ha- 
bia aiin leido, porqne solo rompiera el sello para ver si 
encontraba algnna otra inclnsa, como en efecto habia suce- 
dido. 

H^ aqnl la qne le habia escrito Mercedes: 

^^SantiagOj noviembre 22 de 1850. 
"^C6mo sufrir con paciencia, mi linica e incomparable 
amiga, tn neglijeucia en esoribirme? ^Por qne me tienes tan- 
to tiempo en e^ita ansiedad? Ignoras el gran interes que 
tengo en saber de ti, en conocer el estado actual de tu co- 
razon, despues de la confesion que me hiciste en tu pasada 
carta y en que me diga3 el grado de salud en que se en- 
cuentra mihermano? ^Teparecen de poca importancia todas 
estas cosas para que permanezcas silenciosa, «in que tomes 
en cuenta las angustias de mi incertidumbre? 



LOS 8XCRKT0S DXL PXnSBLO. * 927 

'Te lo prevengo, mi noble y qnerida Laisa; al no recibir 
cartas tuyas ni tampoco de Enrique, he pasado dias bien 
araargo8. ^Por qu^ tanta mudez, me he dtcho a rai misma? 
qu6 hai? qn^ ha sucedido? qu6 novedad tan estraordidaria 
les ha impedido a amboa escribirme? Y mi dolor, Luisa, se 
anmentaba con el dolor de mis padres, que tambien, lo com- 
prendes, deseaban saber de su hijo. . . y de SU3 bienhecho- 
re?. . . Became, por Dios, de esta situacion penosa y no dejes 
de contestarme por el proximo correo, porque de lo con- 
trario, soi capaz de aparecerme ahf con toda la fatnilia, que, 
corao yo, participa de igual sufrimiento. 

*'Voi aconfesar'.e una verdad: sin lat asistencia de Victor, 
sin sn compania, siri sus reflexipnes, sin sus consuelos, me 
habria desesperado; pero 61, mitigando su exaltacion y la 
de mis padres,,nos hahecho soportar la angustia hasta hoi... 
pero si a vuelta de correo no llega una carta tuya o de En- 
rique ;qui6n sabe lo que va a suceder!. . Tfi seras U urtica 
responsable de las consecuencias. . . 

"Dime, amiga mia, ^lo que me escribiste a prop6sito de 
mi hermano, no existe ya? E-^e afecto intenso, ese amor que 
me manifestabas por el, ^ha dosaparecido? El conocimiento 
mas perfeCto de su poco vaJer, es decir, de su carenciai de 
instruccion, (porque en cuanto a sas cualidades morales, yo 
respondd) ^te ha traido el desengafio? si es asf, si esto te 
ha impedido escrib^rme, si ya no lo quieres, confit^sameld 
francamente y no por eso dejar^ de ser ta amiga con todd 
mi corazon, con toda mi alrtia; losentiria, es verdafl,lo sen- 
tiria por ^1 y por mi, pero no por eso disininuiria un Apice 
el afecto quete profeso y que ha naoido y es ind^pendiente 
de toda otra relacion que no sea la nuestra. De consiguien- 
te, Luisa, espero que seas franca, aun cuandq hubie'''as de 
causarme un sentimientoen esta parte, porque jamas te per- 
donaria el dislmulo, si esto puede existir en ti, si esto pue- 
des usar conmigo. 

"Como te l^e dichd antes, no h& contribuido poco Victor 



3^ Los ncaunoft dsl rumsut. 

para borrar mi inqaietad y para serenarnos a todos algan 
tanto, porqae sua francas, caiifiosas y razonables demostra- 
ciones ban traido un consuelo; y porqae. . . *^q uieres que te 
lo diga,- Loisd? porqae me ha declarado sa amor y me ha 
pedido a mis padres. . . y yo. . . yo tamoiea lo qaiero. . . 
pero sin embargo, existe en mi no s^ qu^ vacio.. • no me 
encqentro con ta misnia decision, con ta mismo faego, con 
ta mismo entosiasmo. . . jSerd acaso qae yo no s^ ^mar? Y 
con todo, te lo declaro, ^1 ejerce ana grande inflaencia sobre 
mi: cuando me encnentro a su lado, me fascina y me domi- 
na: pero cuando se va, parece que el encanto se desvanei»,e... 
jQud sera esto, amiga mia? ^Habr^n influido en mi ciert ts 
observaciones tuyas y de Enrique? Pero ni tu ni ^1 lo cono- 
cen. ^C6mo entonces basar su conducta sobre presentimien- 
tos? Y sin embargo, ellos obran indudablemente en mi.. . 
pero a pesar de ellos, al dia sigaiente, cuando lo veo, cuan- 
do me habla, me arrastra y me convence a tal panto, que 
sol toda de ^L . . aun cuando no se lo diga ni se lo mani- 
fieste. • • 

''Los presentimientos! ^Pero qu6 son ellos al lado de sus 
virtudes? Si supieras, Luisa, cu^n humano y jeneroso es 
Victor, si conocieras su caridad" inmensa, si fueras testigo 
de sus obras, todas esas prevenciones sin fundamento desa- 
parecerian como el humo. . . Si lo oyeras hablar, si vieras 
la distincion de sus modales, la modestia elegante que lo ca- 
racteriza, la pureza de sus sentimientos, la elevacion de sus 
ideas y su brillante y cultivada intelijencia, estoi segura 
que todas tus prevenciones y las de mi hermano no ex'sti- 
rian y Uegarias a amarlo. . . 

"^Te acuerdas, amiga mia, que una vez te dije, cuando 
apenas lo conocia, que era el solo hombre digno de ti? Pues 
bien, Luisa, hoi estoi mas que nunca convencida de esta 
verdad: id eres la i&nica mujer digna de el y ^1 el 4nico 
hombre digno de ti; y si no fuera que Earique es mi her- 
mano y que le deseo la mayor felicidad, te diria: "Aguar- 



LOS BECnEUCTOS DEL PITIBLO. S20 

da, amiga raia, espera el momento ea que lo conozcas y en 
que el te vea y te admire, porque verte y admirarte es una 
misrna cosa, para que arabos sean dichosos." 

"Y creemelo, Luisa,' te lo digo con todo corazon; si esto 
pudiera suceder, lo haria, y sin el meiior sacrificio de mi 
parte, jporque seria tun feliz con tu f jlioidad! Si Victor au- 
piese lo que aho' a te escrlbo, me diria taWez que no lo quie- 
ro lo bastante, pero se enganaria; pues lo querria siempre y 
quiza mas si te hiclera a ti dichosa. . . 

"£1 paso que ha dado con mis j^adre^ hn sido bien reci- 
bido. Eilos me consultaron; yo no teuia objecion que poner, 
y dieron su consentimiento. . . pero he exijido como condi- 
cion indispensable que no se efectuara mi enlace hasta que 
tu y Enrique est^n presentes; ^no me har^s el favor de asis" 
tir a mi raodesta boda? Estoi segura de ello y no insistir^ 
sobre este punto. . . pero si cuando veas a Victor te agrada, 
no ten gas el menor escr^pulo: todo queda deshecho, y t4 se- 
ras la preferida sin que te pese ni mi rivalidad ni mis pesa- 
res, porque en realidad no existirian, siqo puramente el 
contento de verte feliz y de que ^1 tambieu lo fuera. . . 

"Despues de la declaraclon de Victor y del consentimien- 
to de mis padres, viene a casacon mas confianza y es reci- 
bido casi como un hijo; ^qu5 cosa mas natural? EI tiempo 
que le dejan sus ocupaciones mas indispensables, me lo con- 
sagra a mi y lo pasamos estudlando, leyendo, ddndome lec- 
ciones sobre muchas cosas ea la mas dulce intimidad. jQu^ 
momentos tan agradables! Si la vida" se pasase siempre asi, 
este mundo seria un paraiso!. . . 

"M5 padre quiei e y considera a Victor, porque la supe- 
rioridad de su instruccion y desu talento se hace sentir, por 
, mas modesto que el sea; pero mi madre, si bien reconoce sus 
virtudes y hace justicia a sus cualidades, conserva siempre 
cierta desconfiaoza invencible' que ella trata de' combatir, 
1^ pero que no con^igue destruir, aun cuando despnes de su 

franca declaracion se ha modificado un poc% esperimentan- 



330 tX>S 8SCKST06 DSL FUSBLO. 

do ignal sentiinieuto por la seiiora Anastasia, que en reali- 
dad es una santa mnjer, aanque su fisonomia no lo mani- 
fiesta algunas veces, porque yo niisma le he sorprendido 
iniradas que me ban hecho terablar; pero esta irapresion pa- 
sajera se ha desvanecido al punto, pues casi en el mismo ins- 
tan te he sabido alguna acciou buena de ella, que me ha 
obligado a arrepentirme de mi involuntario e irreflexivo 
temor. 

"jTe entretengo deraasiado de mis cosag, querida Luisa, 
y no te he pregantado casi nada de las tuyas!. . Diap^n- 
pame, amiga mia, y no te olndes de decirme todo lo que te 
pertenezca, aun cuando te parezca lo mas insignificante, por- 
qne lo que tiene relacion contigo es para mf de mas grande 
in teres. 

"Mis padres te mand^n mil carinosos recuerdos y mil res- 
petos a la senora, sobre cuya salud se interesan tanto o mas 
que yo misma. 

"Mi madre, con su piedad, estd aun dandole una novena 
a la Vfrjen por el pronto restablecimiento de la senora do- 
na Juana. . . y si vieses al viejo soldado de mi padre per- 
manecer de rodillas todo el tiempo que dura el rezo, te 
gustaria, lo s^, y le gustaria tambien a la senora, porque 
esto le probaria que aqui hai corazones que la aman y de 
los cuales no se bcrrard jamas la gratitud y el carino que 
les ban inspirado sus bondades. ^ 

"Pero no-Romos nosotras solas, mi querida Luisa, las que 
nos entregamos a tan piadosa devocion, sino que muchas de 
las alquiladoras del conventillo, sabiendo que se sigue la 
novena por la salud de la madre de la senorita que les hi- 
ciese tantos beneficios, vienen tambien a rogar con noso- 
tros; y no. habiendo en nuestro pequeno salon lugar para 
tantas peraonas, rezan, las que no han llegado a tiempo, des- 
de afueia. . . i^to es tierno. . . y ^yo nunca me he sentido 
con tanto fervor, con tanta devocion como ahora. . . 

"Pero voi a hacerte todavia otra revelacion que acabar^ 



LOS SECRBT08 DEL PTTBBLO. 331 

.'•'•••■• t 

por destruir tas malos present! mientos: Victor es uno de los 
asistentes.. • Desde el momento que mi padre dijo lo que 
iba a hacer, 61 se asoci6 con mui buena voluntad, aplaudien- 
do con calor el pensamiento; de consiguiente, no ha faltado 
, una sola noche a la npvena, colocandose al lado de mi pa- 
dre y permaneciendo como 6ligualmente de rodillas. . . No 
puedes figurarte lo que esto me ha agradado .y lo que ha 
influido tambien en la voluntad de mi madre, sirviendo a 
la vez de un bello ejemplo a tod as las arrendatarias, que lo 
respetan y lo quieren, porque las favorece en cuanto puede, 
dandoles, como t^, cuanto necesitan, a tal punto, que mu- 
chas veces le he dicho yo de no ser tan pr6digo; pero ^1 
me ha sonreido con tanta bondad, que me ha desarmado y 
he tenido que callarme, muda de admiracion y de carino. 

" Ya ves que nada te oculto, y espero que tu hagas con- 
migo lo mismo. Eefi^reme hasta lo que creas iniitil: esta es 
la mas ardi^nte s6plica de tu amiga, que te ama de todo co- 

razon. 

"Mercedes." 

''•No oUides (ampoco de dar, en mi nombre y en el de 
mis padres, uil fuerte abrazo a dona CeferiMa, a quien debo 
en gran parte la felicidad de conocerte." 

11. . 

La lectnra de esta carta conmovi6 ao^radablemente a Lui- 
sa, haciendole derramar dulces Idgrimas al ver el carino de 
que eran objeto ella y su madre. . . La tierna y sencilla pie- 
dad de aquellas jentes, la asistencia de-tantas personas a la 
novena de la Virjen, personas a.quienes no conocia y que 
un pequeno acto de caridad habia bastado para despertar 
fiu gratitud, llenaron de un Fentimiento delicioso el corazon 
de Luisa, y al figurarse aj viejo soldado y al joven artista 
arrodillados ante una imdjen, pidiendo con el fervor de la 
inocen(;e crednlidad por 1' salud de su querida madre, fu^ 



dS2 LOS S£CXSTOS DEL PUtBLO. 

tal 8U conmocion, que se arrodil)6 tambien, y levantando loB 
ojo3 al cielo, esclam6: jDioa mio! Dios mio! cadn fecunda 
en bienes es la caridad! ca4a llena de deleites su pr&cti- 
ca!. . . ^Por qu^ todos los hombres no lo hacen, que asi el 
j^nero huraano seria dichoso? Si de una d^iva tan peque- 
fia y tan insiguificante como ha sido la mia para con aquella 
pobre jente, ban brotado tantos sentimientos benevolo^, tan- 
ta caridad reciproca y hasta el incienso de una piadosa ple- 
garia, jcual seria el progreso, cudl la felicidad, cudl la ele- 
vacion a que alcanzaria la especie si ese sentimiento divino 
fuera su guia y la regla de sus acciones, si estuviera graba- 
do en el corazon del hombre como en los c6dig08 que de- 
terminan sus actos y reglnn su political. . . Pueblos de la 
tierra ^cual seria vuestro destine? La unidad realizada por 
la asociacion santa del Evanjelio.. . El comunismo del Pa- 
raiso con la libertad en el pensamierito y en la obra, unida 
a la iuocencia activa e intelijente de una voluntad fraternal, 
tan poderosa como civilizadora, tan irresistible como ben6- 
fica; pues la unidad inmensa de todas las humanas fuerzas 
converjt ria a un solo punto, la caridad, irradidndose de aquf 
la dicha para cada uno de los miembros que componen la 
gran familial. . . 

Luiaa estaba en uno de esos mementos de inspiracion su- 
blime, en uno de esos ^stasis en que tanto se acerca la cria- 
tura al Creador, que casi llega a confundirse con EL. . La 
briilante imajinacion de la joven se paseaba por los perfu- 
mados jardines de un desconocido Eden, donde todo era li- 
bertad y armonia, grandeza, inocencia y amor... Qaien 
hubiera visto a Luisa en aquella actitud humilde, iluminado 
su hermoso rostro por gran uiimero de bujias, sus ojos fijos 
<;n el cielo, naciendo de ellos algunas Idgrimas que se de^li- 
zaban silenciosas y trasparentes por sus tersas mejillas, y 
con sus delicados brazos y finas manos puestas sobre su con- 
torneado seno, la habiia indudablemente tomado por una 
aparicion celeste,. pues era imposible que la forma humana 



tbS SSCBSTOS DBL PUEBLO. S3S 

■ • r - 

I'epresentara hasta ese grado el arrobamiento divino, la ca- 
ridad aDJ61ica, el candor, la pureza y la gracia unida al en- 
tusiasmo de la virtud y a la majestad de la sabiduria!.. . 

Cuanto tiempo permaneceria asi nuestra aristocrfitica bel- 
dad!... es imposible decirlo... porque esos momentos de 
delicioso dstasis no se calculan ni se raiden sine que pasan, 
cual si no se naarcaran en el cuadrante de la vida, dejando 
4nicaraente tras si un destello de refuljente luz, que alum- 
bra a la vez que engrandece nuestro entendimiento y nues- 
tra conciencia; pero al cabo de un largo rato y como si 
Luisa tuviera necesidad de un horizonte mas vasto, abri6 la 
puerta de su cuarto y se puso a mirar el firmamento. . . 

III. 

Intertanto Enrique, preocupado tambien con los aconte* 
cimientos. del dia y llena su alma de una dulce esperanza, 
traia a su memoria una a una las palabns de Luisa, su ac- 
cion, sus miradas, su rubor y hasta lo3 sitios que habia ocu- 
pado, porque todo aquello tenia para ^1 un lenguaje y una 
^spresion tierna que le decia que sus afectos eran correspon- 
didos. Empero, nada habia aun de positivo, y las angustias 
de la incertidumbre mezcUndose a las delicias de una rea- 
lidad que creia palpar y que, sin embargo, se le deslizaba 
cual fujitiva sombra que se ve sin asirse, producian en la 
imajinacion del joven ese estado indefinido que precede a 
la suprema dicha o al horrible tormenta que nos aguarda 
de un instante a otro en algunas circunstancias estremas dQ 
la vida... 

lia carta de Mercedes la tenia entre sus manos, y aun no 
se habia resuelto a abrirla, a pesar del interes que ella le 
inspiraba; pero al fin, como rompiendo el encaato que ab- 
sorbia sus facultades, tom6 un asiento, colocdndolo cercft d^ 
la mesa en que ardian dos velas de esperqaa, y lej6 lo si- 
guientei 



834 LOS B1CEKT08 DKL PmC^I/). 

^^Santidgo, noviembre 22 de 1850. 

"Mi bueno y quierido hermano: 

"Si hubiese de pagar tu neglijeacia con la mlsma moneda, 
no te escribiria; j^para qu^ ser afectaosa con lo3 ingratos? Si 
la ternura se ha de recorapensar con el olyido, mas vale no 
tenerla, y esto es lo que he estado a panto de hacer; pero 
me habria impuesto un sacriflcio mayor que la pena que 
podia causarte y he preferido serjenerosapor egoismo; ^qu^ 
te parece, Enrique, esta manera de vengarse? Si ella no es la 
mejor, e?, sin embargo, laiinica queyopuedo ejercer y em- 
plear contigo, 

"Pero dej^monos de chanz^s. gEstds enferrao, hermano 
mio? te has agravado? tus agudos dolores te han impedido 
escribirtne? Asi me lo parece y me duelo de ello: habria pre- 
ferido tu olvido a tus males, pues querria mas bien saberte 
ingrato que enfermo; pero de un modo o de otro, sacanos 
cuanto antes de zozobras, porque mis padres y yo sufrimos 
macho con la ignorancia en que estamos sobrc el estado de 
tu salad, aun cuando la carta anterior de mi tierna e inolvi- 
dable am'ga nos quitaba todo temor; con todo, a' la distan- 
cia, las cosas se desfiguran, y los males, por pequenos q^ue 
8ean, nuestra imajinacion los aumenta. 

"Tambien se me ha ocurrido la idea de que, absorbido 
por completo con los encantos de mi Laisa, te has olvidado 
de todos: si esto es verdad, no solo te lo perdono, sino que 
lo juf^tificc ; y no solo lo justifico, sino que lo apruebo. ^Qui^n, 
estando a su lado, podria ser indiferente a sus hechizos? 
jQuidn no olvida el mundo cuando se esti en su presencia? 
Si esto me pasaba a mi que soi mujer, ^qu^ no te sucederi 
a ti, hermano mio? Y sin embargo, mi afecto, aunque de 
distinti naturaleza, es quizd superior, o por lo menos, igual 
al t uyo. . . 

"Me has abierto, Enrique, tu corazon; me has dichb tjue 
k nabas a Luisa cuando ibas a perder la esperanza de verlaj 



Los SSGRETOd DEL PUKBLO. 335 

contluiia, pues, habldndome con la misma franqueza, ahora 
que la tienes alii..', que estas cou ella.. . que la ves en to- 
dos los instantes. . . jPobre hermano! ^Creei ds que lo mis- 
mo que causa tu dicha es en ii!ii un motivo para que te 
compadezca? iC6mo debes quererla despuea que la has co- 
nocido! Eo cudnto debes haber apreciado su inmensi supe- 
rioridad! Y que desaliento no habra llevado a tu alma la 
comparacion que hayashecho entre ella y td, entre su posi- 
cion y la tuya, entre su talento' cultivado y el tuyo todavia 
en embiion, entre su elegancia aristocrdtica y tu sencillez 
de obrero! Todo esto debe desesperarte, y sin * embargo no 
quisiera que desmayasesj porque liai tanta semejanza entre 
tus cualidades morales y las suyas. 

"Cuando al despedirte de mi para ir a esa hacienda me 
pediste su retrato confesdndome que la amabas, entonces, 
Enrique, comprendi aquellas palabras que me habian cho- 
cado tanto oir detu boca; entdnces comprendi tu ambicion, 
y esa ambicion me parece ahora lejitima y razonable.., 
Trabaja, pues, hermano mio, y no desesperes. . . 

"£n inis anteriores cartas te habia hablado de nuestro 
vecino, el pihtor, y ahora voi a ocuparme de tu faturo her- 
mano, Victor.. . Parece que estiiviera viendo tu sorpresa al 
leer este pdrrafo de mi carta, pero todo se aclarard con una 
esplicacion lijerai Victor me ha pedido a mis padres- y yd 
lo amo.. . gSerias tu Anicamente el qUe quisiera tener afec- 
tos? Hasta alii iria tu egoismo? Pero, hermano, yo no he per - 
dido los mios. sino que los he aumentado con otros; y en 
lugar de. olvidarme de mis padres y de mi hermano, como 
th lo haces, he puesto como condicion que.no se efectuar^ 
mi enlace hasta que tii no est^s con Bosotros y tambien hasta 
que Luisa nos honre con su presencia. . . ^Qa6 te parece? 
Mis padres han consentido^ yo quiero a Victor y solo te es- 
peramos a ti. .. Seremos felices, Eurique^ lo seremoji, no 
tengas en ello la menor duda;. .pero conservanos tu vida, 
tu salud y tu afecto, porque sin ti no habria dicha poslbl^. 



S$( ^ LOS SS0BXTO8 DBL PTTlEBLd. 

"Nada te dir^ de mis padres; ^para qu^? td les coaoces y 
Babes cudato te aman; lo mistno que ta hermana 

"Mercedes." 

Enriqoe permaQeci6 pensativo darante algan tiempo; las 
Idgrimgts corriaa de sas ojos y los soUozos levantaban sa 
oprimido pecho con la noticia del pr6ximo matrimonio de 
Bu bertnana.. • 

El no se daba cu.enta de sus inapresiones, de su disgasto 
invencible, de su temor irreflexivo.. . Mercedes le decia que 
amaba, que sus padres habian dado su consentimiento y que 
iba a ser dichosa.. . y sin embargo, ^l no lo creia.. . y sin 
embargo, un instinto secreto le anunciaba una desgracia 
proxima. . . Todas las probabilidades estaban en favor de 
la fatara dicha de su hermana. . . pero ^1 sentia un dolor agu- 
do. Al fin, sacudiendo su cabeza como para desterrar los pen- 
samientos que lo agoviaban, se par6, esclamando: "todavia 
hai tiempo, puesto que ese enlace no se hard sino en mi pre- 
sencia.. • allA veremos.. . talvez todo tiene remedio. . .o yo 
pedir^ perd6n de mis injustos e infandados presentimien- 
tos, lo que me agradaria mucho mas; porque si el pintor es 
bueno y Mercedes esfeliz, yo ser^ participe de la dicha de 
ambos y habr6 adquirido un hermano.. ." 

El artesano volvi6 a pasearse; y su semblante, poco antes 
Bombrio, r6cobr6 su calma natural y un rayo de felicidad 
vino a animarlo.., Su pensamiento habia volado donde 
Luisa. . . 

IV. 

lQxi6 hacia intertanto ella en medio del silencio de la 
noche, en medio de esa quietud de la naturaleza que pare- 
ce dar mas actividad al alma?. . En efecto, iqxi6 cosa nos 
lleva mas a la con tern placion, a la inmensidad, al amor, que 
esa b6veda estrellada que nuestros ojos perciben y admi- 
i;an y cuyos misterios qui^re en vano penetrar nuestro eu- 



L03 SKOHETOS DBL PUBBliO. 33? 



tendimiento. . . ^qiie ese c^firo suave que trae a sus auras el 
balsdfnico perfume de las flores, que e3 quizd la espresion 
pura de sus miituoa afectos?.. que esa pdlida y traspa- 
reate luz que reflejaa aquellos iguorados raundos sobre nues- 
tro. mundo todavia desconocido? . . Y bien, Luisa, habi6n* 
dose quedado mucho tiempo eatregada a esa divagacion sin 
Hmites, volvr6 de nuevo a entrar en su cuarto para escribir 
su contedtacion a Mercedes^ la que debia raandarse al si- 
guiente dia mui teinprano para que llegase a alcanzar al 
correo. 

H6 aqui su respuesta; 

'•^San Jorje^ noviemhre 25 de 1850. 

"Noble y querida araiguita raia: 

"Te quejas de mi, y tienes razon; me he descuidado sin 
olvidarte, y teniendote presente no te he escrito; ^c6mo es- 
plicar&s tii este misterio? Imposible, Mercedes, y sin em- 
bargo, asi ha sucedido; porque casi nunca te has separado de 
mi imajioacion un momento, puesto que me ocupaba de tu 
herrriano, y tii y 61 forman para mi una raisma persona: 
este es el secreto de la ticjglijencia que me criticas y que te 
revelard tambien mi corazoii como desvanecerA tus temores 
y los de tus padres respecto a la salud de su hijo. 
• "^Debo esplicarte este misterio? Pues bien: trabajaba un 
cuadro que representaba la escena del bosque y queria con- 
cluirlo antes que Enrique estuviese restablecido, para que 41 
fuera el pinmero en verlo: esta es la causa de la neglijencia 
. que me echas en cara, y ya ver^s por ella como, teni^ndolo 
presente a ^1, te he tenidb a ti, porque, como te he dicho, 
ambos son para mi inseparables. . . 

"Despues de esto, ^crees que hay a dejado de querer a 

tu herraano? Piensas qiie ese afecto que te comunique sin 

que me lo preguntaras, y que si no hubiera- existido real- 

mente jamas te habria habhdo de ^1, ^haya tan lijego de- 

saparecido? Cu4n poco me couoces^ Mercedes, para juzgar- 
TOMo ix. ' fta 



338 L08 BXCRITOa DSL FirSBLO. 

me asi! Es preciso suponerine ua alma mal Ijiera, mai apo- 
cada para que Ilegase a ser capaz de tan sdbitas variaciones. 
El amor, para mi, esel idealism i, es la poesia, as la virtud, 
jComo renunciar a lo qae forma mi maa para esencia? ^Co- 
mo cambiar, como renegar ea un iastante de aquello que 
ha hecho la delicia y aspiracioa de mi vida, y esto justa- 
mente ea ]os momentos qae encontraba sa personificacion, 
que deseaperaba hallar en el maado?. . . 

'Xa falta de cieaoia de ta hermano me dices qae paede 
haber hecho que deaaparezca el cariao que te habia confe- 
sado; pero la falta de cieacia, ^sigaifica acaso la falta del al- 
ma? Earique tieue eaerjia, faerza, volaatad, ontasiasmo; 
tiene aspiracioa por todo lo bello, por todo lo noble, por 
todo lo gmade. . . 8as caalidades est&a virjeaes; el soplo del 
mando no las ha marchitado y son ya ea el plantas robaste- 
cidas que el aquilou de la sociedad jamas devastar4; jqud 
es eutonces lo que me dices al lado de estas veatajas? 

"Yo soi una de esas naturalezas que amaa mucho, pero 
que exijea mas, no concibiendo los t^rmiuos medios.. • Los 
afcctos faciles y las virtudes de convencion no existen para 
inl: me doi toda eatera o no me doi nuuca.. * Soi tan orga- 
llosa como tierna, y pido quiz^ mas que lo que ofrezco: h^ 
aqui la razon porque todavia no habia podido amar; ]i6 
aqiii tambien el motivo porque amo ahora. . . Enrique, si no 
tiene instruccion, estoi segura que la adquirird, y adquirir& 
ese saber s61ido, profundo, severo, entusiasta y peculiar a 
los talentos de primer orden.. • ese saber que tiene una ba- 
se, principios fijos, rectitud de marcha y que no fluctda ni 
oscila, en medio de la confusion de ideas y de ciencias que 
hoi estdu en choque, porque la senda trazada por la virtud 
es tan luminosa como invariable... ^C6ino, pues, figurarte 
por un solo momento, Mercedes, mf repentino cambio? 

"Yo no concibo la pasion sino de un modo absolute, y no 
la concibo sino unida a lamas ampliaindependencia.. • Esos 
Amores de un dia, de un ano, que se dicen libres, porque 



LOS BXCBItOS DBL PUIBLO. 339 

qaieren ser Eiciles, soIq me revelan el apocamiento del al- 
ma: son faegos f^tuos qae abrasan, que ilamiaaa por an 
instante, pero que a la vez qae devastan se estingaen y de- 
saparecen... mientras que el cariQo basado en el m^rito 
verdadero, debe ser tan eterno conlo quien lo esperimenta; 
sa llama inestingaible debe darar cuaato dare la existen- 
cia; pero rodeado de coafianza, de libertad j armonia: asi 
es solo, como yo amar6 y como quiero ser amada... No 
pienses, pues, amiga mia, que cambie mi carino ni qae dis- 
minuya tu amistad: el uno y la otra tienen ralces profundas 
que la muerte iinicamente pueden arrancar. 

'^Ahora, Mercedes, si de esta manera quieres a tu famoso 
artista Victor, nada tengo que decirte, nada que aconse- 
jarte; pero sf, como me lo comunicas en tu carta, esperi- 
mentas esas akernativas; si solo su presencia te fascina, 
sin que el recuerdo te ocupe toda entera; si en su ausencia 
te encuentras libre de su imdjen, ten seguro que no has 
amado y deaconfia de ti misma, y no solo de ti misma sino 
tambien de ^1, por mas virtuoso que te parezca; porque 
el hombre que no nos llena del todo niDs engafia; pues 
hai en el afecto, cuando es sincero, una natura^idad que 
arrastra, que nos persuade en la distancia, que nos con- 
vence a toda hora y que no deja iugar a ningun j6nero de 
duda;.mientras que cuando es finjido, a despecho del arte, 
de la seduccion, del talehto, quedan en el alma incertidum* 
bres y una especie de vacio que, aun con nuestra propia vo- 
luntad, no conseguimos llenar. . . 

^'Yo no tengo esa esperiencia pr^ctica del mundo, querida 
Mercedes, que puede dar lecciones positivas y citar hechos 
incontestables; pero poseo cierto grado de instruccion con 
que creo me ha dotado la naturaleza, adinnando aquello 
que jamas he esperimentado ni visto; de lo contrario, es de- 
cir, si poseyese una seguridad absoluta, en vez de ponerte 
en guardia, como lo hago, te diria francamente: "No obres 
asl;" pero afortunadameate nos (jued«^ tiempo, y puesto que 



340 ]:x)S ssoBETOs del PUESLO. 

has determinado no casarte mientras yo no est^ a ta lado, 
tendr^ ocasion de deseugaiiarte o de decirte: *'S6 dichosa." 

"Lejos de mis deseos que te guies por mis presentimien- 
tos. Tu me has pintado a ese j6ven como un dechado de 
virtudes y de perfecciones, a tal panto que, en tu jenero?a 
amistad, quieres ced^rmelo; pero dandote las gracias por 
obsequio tan desprendido y tan sin igual, por un obsequio 
de que no hai ejemplo en los anales de los amantes, debo 
decirte que si es asi y tal cual me lo retratas, es preciso 
que lo amea, y que lo ames de todo corazon y sin la raenor 
incertidumbre, Por mi parte, ya yo le soi deudora de dos fa- 
vores: el primero porque con su asistencia y con sus conse- 
jos ha sabido calmar tu angustia y la de tus padres, a pro- 
p6sito.de la salud de tu hermano y de mi neglijencia en 
escribirte; y el js.egundo por haber orado por mi madre. • • 
De consiguiente, puedes decirle que si hace tu dicha, ten- 
drd en mi la amiga mas sincera y decidida. 

"Es imposible que tengas idea de cudn tiernamente me 
ha conmovido la novena a Ja Virjen que la senora dofia 
Marta ha querido seguir por mi madre, que tu anciano pa- 
dre y tu j6ven amante han rezado de rodillas, prosterndn- 
dose ante el altar de Dios con identica humildad, con un 
mismo fervor y con un fin igual. . . y ese pueblo que, movi- 
do por un sentimiento de gratitud a un insignificante bene- 
ficio, se agrupaba al derredor de ustedes, me han arrancado 
lagrimas. . . Dulce?, santas, suaves, consoladoras y deliciosas 
Mgrimas, que son el mas vivificante rocio delcielo, ellas me 
han trasportado por un momento a las perfumadas inansio- 
nes del naisterioso Eden de la justicia y de la fraterni.dad 
de que goza el Creador y de donde emana, no solo la ar- 
monia de los seres, sino su perfeccion y su dicha. . . A mi 
nombre, Mercedes, dd las gracias a todos, pero unas gracias 
llenas de la efusion del alma, porque les soi inmensamente 
deudora. . . 

"Adios, mi joven y querida amiga: no olvides de escri- 



> 



/ 



LOS SBGBETOS DIL PITBBLO. 341 

birme, y aun cuaado est^s embriagada por los deleites del 
amor, piensa que la amistad se le asemeja, y que no se pue- 
de sentir^el primero sin ser capaz de esperimentar la lilti- 
ma, . . Sigue amando como siempre a tu 

V. 

Enrique tambien se Labia pueeto a contestar la carta de 
su hermana,^ y quizd al mismo tiempp que lo hacia Luisa, 
porque hai ciertas afinidades entre los ainantes, que, a pesar 
de 4a distancia, viene a herirlos una misma impresion,. do- 
minando en ellos un pensamiento andlogo. 

H^ aqui la carta de Enritjue: 

^^San Jorje^ noviemhre 25 de 1850. 

(A la una de la maiiana.) 

"Un enfermo no puede estar en vela hasta tan tarde, mi 
querida hermana, y esto desti uird tu inquietude puesto que 
te probard mi completa convalescencia: pero, a la vez, lo 
que te tranquiliza me daiia y te enoja, porque te doi el 
derecho de tratarme de ingrato; sin embargo, confio en tu 
carinosa benevolencia, que tan bien sabes espresar en tu car- 
ta, cuando me dices 'que habrias preferido mi olvido a mis 
males y que deseabas mejor saberme ingrato que enfer-^ 
mo.. ." |C6mo se revela la abnegacion de tu alma en estas 
sencillas palabras! C6mo te las agradezco! Corao estoi orgu- 
lloso de ellas, y mas que de ellas de ti, que las has concebido 
y que me las dices con la tierna injenuidad del corazon! Gra- 
cias, hermana mia, gracias. . . 

"Me dices tambien que has tenido el pensamiento de que 
absorbido por los encantos de la senorita Luisa, tehe olvi- 
dado; pues bien, a este respecto te equivocas: no son los he- 
chizos imponderables de tu amiga los que han obrado sobre 
ml, sino las lecciones de un anciano; y sin negarte que ella 
ocupa mis afectos, te conlieso que el atractivo de la ciencia 



342 L08 BSGRXTOS DSL FUXBLO. 

ha ejercido en uii un poderio inmenso, pues do be podido oir 
lapalabra del antiguo jefe de mi padre, del brillante y aris- 
t6crata coronel Gazman y del olvidado solitario hoi dia, sin 
todo el interes del que desea instruirse, sin toda la afeccion 
del que recibe un inesperado favor, sin todo el entusiasmo 
del ne6fito a quien se inicia en la f^ y a quien se le abren 
los cielos de la esperanza, de la justicia, de la verdad y de 
la ciencia. . . Esta es la razon, hermana mia, porque no te 
he escrito, y la razon principal, pues mis afectos y mi en- 
fermedad han tenido mui pequena parte en mi neglijencia. 

"Ahora, si la verdad que te confieso me disculpa menos 
a tus ojos, no por agradarte debo de dejar de ser sincero, 
y no por el temor de esponerme a tus reconvenciones y a 
tu c61era es preciso que mienta. . . Ser^ cuanto quieras; jiiz- 
game como mejor te plazea; pero lo que hai de positivo y de 
cierto en el corazon, debe siempre decirse sin embozo, 
particularmente en la confianza fntima de hermanos que se 
aman como nosotros nos amamos. 

"Es verdad, Mercedes, te he abierto cuanto mi alma tiene 
de oculto y de sagrado, y me congratulo de ello. ^En quien 
depositaria yo mejor mi confianza? j A qui^n descubriria mi 
pecho con mas franqueza? No temas, pues, que te oculte 
nada, sino que seguir^ siempre el mismo que era antes, que 
soi ahora y que 8er6 toda mi vida. 

"Te lo confieso, Mercedes, estoi al lado de una divinidad: 
no es una mujer la que est6 conmigo, sino un ^njel bajado 
del ciclo: asi es que mientras mas la contemplo, tambien 
mas me anonado, y a medida que gozo en verla, padezco; 
porque, como t& dices, cada dia aprecio mas su superioridad, 
y el desaliento se apodera de mi alma por la comparacion 
que hago entre ella y yo, entre su posicion y la mia, entre 
sus talentos, su aristocracia y su riqueza, y mi ignorancia, mi 
vulgaridad, mi plebeyismo y mi pobreza; empero, hermana 
mia, no s6 por qu6, a pesar de todo, me creo digno de ella... 
y talvez la admiracion que me inspira es la que causa mi 



I<OS SECBETOS DBL PUEBLO. 34S 

orguUo, sin que la menor parte corresponda a mi m^rito; y 
en efecto, ^que tongo yo que se le iguale, ni aun que se le 
asemeje? Sin embargo, Mercedes, estoi resuelto a eograiji- 
decerme para merecer su confianza y quiza su. . . jCudn te- 
merario soi, hermana mia! iba a decir ''jy quiz^ su amor!. . . " 
Esc6same, perd6name, hai en mi timidez tanta arrogancia, 
que yo mismo me confando; pues sin ser acreedor a nada, 
aspiro sin embargo. . . ij aspiro a qu^? a lo mas grande, a 
lo mas dificultoso, a lo mas irrealizable: ja su afecto!. . . jCaftn 
insensato soi! pero esta loeura que me confunde es la que 
me hace vivir; sin ella la existencia no tendria para mi ni 
objeto ni encanto, porque tu amiga es mi todo!. . . 

"Talvez blasfemo, hermana mia, al hablar asl . . 86 que 
olvido mis deberes; ^pero soi acaso duefio de los sentimien- 
tos que me ajitan? Si Luisa no me amase, ^crees que podria 
vivir? Si no me alimentara una esperanza, aunque remota, 
gpiensas que me conformaria? No, Mercedes, este afecto es 
mas fuerte que yo, es mas fuerte que mi razon, es superior 
a cuanto yo tengo, a euanto yo concibo, escepto a mi facul- 
•tad de querer, que es la linica que vive en mi. 

"Pero, hermana mia, amando a tu amiga ^no amo yo la 
virtud, el m^rito, la nobleza? Si ella es la encarnacion de lo 
que Dios ha creado de mas puro, de mas ideal y de mas he- 
llo, ^qui^n eriticani mi admiracion por la perfecta obra de 
los cielos? jNo rindo acaso culto al Creador, estasidndome en 
su divina hechura? jY iengo yo la culpa de ..ser lo qae soi, 
de sentir como siento? ^La tiene ella tampoco en inspirarme 
como me inspira? Si brotan de tu amiga las emanacione^ 
de una simpatia infinita, gpuedo yo resistir al magnetismo 
poderoso que ella ejerce en cuanto la rodea? Si todos la 
aman, ^seria yo solamente el insensible? 

"Talvez vas a decirme que estoi loco, y no creas que me 
ofenderias por esto: la loeura, tal cual yo la esperimento, 
tiene algo de divino, y debe ser ese estado ii>calificable en 
que el hombre se desprende de la tierra y que sin embargo 



544 LOS 8XCRXT08 PEL PUSBLO. 

est^ SQJeto a ella.. . Sa mente lo e^eva hasta los cielos, su 
corazoD siente las armonias de nn nuevo mundo, y palpita y 
se regocija en ellas y por ellas, y con todo, 8U3 pi^s quedan 
pegados a la tierra, sin que le sea permitido lanzarse por 
entero a la<? mansiones donde ha volado sa espiritu. Asi soi 
yo, Mercedes, esta es imi loeura, ests es mi euefio y mi rea- 
lidad^ mi dicha y mi tormento; porque veo de uu lado la 
perfeccion mas acabada y del otro la pequenez mas mani- 
fiesta; pero, hermana mia, a despecho de mis desventajas, 
desventajas reales que no dejo de reeonocer, y sin embargo, 
a pesar de ellas, ^lo creerds? siento en mf un poder grande, 
me parece que poseo una fuerza a que nada resiste, y que 
de consiguiente ser^ lo que yo quiera ser y obtendr^ lo que 
quiera obtener. . . ^Es esto fatuidad? ^Es esto orgullo? El 
tiempo lo dird: mientras tanto, yo no lo creo, y a pesar de 
no creerlo, vacilo muclias veces, me confundo, me anonado 
y caigo en un mar de contradicciones, no sabiendo si lo que 
miro como una verdad es solo una ilusioii; pero siento en mi 
una enerjia instintiva que sostiene mis propositos, que me 
manda seguir adelante, que me dice: anda. . . Y esta fe en 
el porvenir, esta desconocida pero consoladora voz que se 
anida en mi pecho, alivia mi corazon oprimido por el dolor 
y realza mi espiritu abatido por la insignificancia de mi ser, 
por lo menguado de mi posicion, por mi absoluta carencia 
de fortuna. . . 

'^Empero, ha habido un hecho que me ha dado esperanzas 
.y que serdpara mi el acontecimiento mas grande de mi vida, 
porque me ha parecido el principio de mi felicidad. Fig&- 
rate, Mercedes, que ayer, encontrdndome un poco restable- 
cido, vinimos a la casa con mi sabio maestro, en cuya soli- 
taria mansion he pasado todo el tiempo de mi enfermedad, 
asistido por ^1 lo mismo que por una tierna y carinosa ma- 
dre. Poco tiempo despues de Uegar, vimosa tu incomparable 
amiga que venia hdcia el jardin, en cuyo lugar nos encon- 
tr&bamos nosotros preparaudo unos ramos. F^cilmente cou- 



LOS SSGSETOS DJCL PUSBLO. 345 

cebirds el gusto que teniria al verla; pero nada hai de se- 
mejante a la impresion que esperiment-^, cuando convidado 
a almorzar vi en el comedor colocado un magnlfico cuadro 
que representaba el momento en que, apuntando con mi es- 
copeta, hacia fuego ^obre el leon. . . Yo me qued^ estdtico.. . 
toda mi vida pas6 a mi corazon y a mis ojo3. . . el primero 
palpitaba con violencia y los segundos estaban clavadosj en 
un solo punto,. . Un sentimiento parecido esperimehtaban 
los demas espectadores, pues la senora dofia Juana y mi sal- 
bio maestro prorrumpieron en un grito de admiracion y de 
entusiasmo que les arrancara la pintura, que ellos como yo 
veiamos por la priraera vez; pues la seflorita Luisa habia 
sin duda querido sorprendernos con esa maravilla, obra 
maestra del arte, segun decia el coronel Guzman, que ha via- 
jado raucho y visto los principales museos de Europa y qaie 
tu hechicera, sabia y poeticaaraiga habia trabajadoen unoa 
cuantos dias!.. . 

"Qu^ podr^ decirte, Mercedes? No me resuelvo ni a bos- 
quejarte mis impresiones divprsas y deliciosas. . . la palabra 
seria pAlida, impotente. . . hai fibras en el corazon que no 
traduce ni aun imperfectamente el lenguaje, y que sin em- 
jDargo sentimos, pues aquello que mas nos coumuere es 
lo que menos se espresa.. . ^,Qui^n nos ha dicho jamas la 
sensacion raezclada de delicia y de espanto, de arrobamien- 
to y de amor, de alegria inefable y de respetuoso recoji- 
miento; esa sensacion indefihida que debe esperimentar 
lo que llamamos alma cuando por primera vez se halla en 
presencia de Dios, cuando ya no hai- p&ra ella misterios, 
cuando todo lo penetra, cuando. la creacion entera con sus 
maravillas estd presente a su vista? . . 

Pues bien, hermana mia, algo semejante a esto fu^ lo que 
yo esperiment^ al ver el cuadro de Luisa.. . y en seguida 
pas6 por mi mente la esperanza, . . y qu6 esperanza, Mer- 
cedes!., la esperanza de ser amado! Pero luego la re- 
flexion fria, la desapiadada razon que todo lo analiza y qiie 



^^ LOS OBCKBVM TfKL PUBKIA. 

todo lo examina, vino a arrebatarme la {4^ la creencia, la ' 
persaasioo, el entasiasmo, para volver a las probabilidades 
de la incertidambre, que oscila siempre entre el ser y no 
ser; j a pesar de esto, hermana mia, soi el mas feliz de 
los hombres y no cambiaria mi estado hamilde por la es- 
plendorosa vida del monarca mas omnipotente! 

"Ahora qae ya sabes lo que pasa por mi, no me abando- 
nee, Mercedes, y aytidame, si te es posible, a salir de las 
rejiones de la dada; pero yo te pido mas de lo que th pue- 
des darme y retracto mi suplica, exiji^ndote dnicamente 
que me confortes y que me guies con tus consejos, que siem- 
pre han sido para mi provechosos; y ya que th tambien 
amas, cuenta a la vez que har^'cuanto est^ de mi parte por 
que seas dichosa. gPero necesitas de mi cooperacion para tu 
felicidad? Bajo ningun aspecto: td quieres y eres querida; 
^qu6 mas puido yo ofrecerte? Tuya es la gloria, el paraiso 
esta en ti misma, lo has alcanzado y eres bien acreedora a 
61; pero ese joven pintor de que me hablas con tanto enco- 
mio jes en verdad tan virtuoso como me lo pintas? Yo no 
debo dudar de nada, puesto que tu lo dices, puesto que mis 
padres lo aceptan; mi desconfiauza seria un insulto hecho a 
tf, a ellos y a ^1, y a pesar de cierta resistencia interior, me 
someto a sus determinaciones y estrechare en mis brazos 
con el mayor gusto a mi nuevo hermc^no. Cuento, sin em- 
bargo, con tu promesa que no se efectuard tu enlace mien- 
tras yo no este tambien a tu lado; jpodrias tener dicha 
completa en mi ausencia? creo que no; y yo por mi parte 
exijo esa condicion, que t^ voluntariamente me has oirecido 
y que desde luego acepto, porque, por mas que haga, no 
puedo desterrar*de mi ciertos temores, los mas infundados 
quizd, pero no por eso los menos mortificantes: tal vez el 
cariQo tan grande que te tengo, la felicidad que te deseo y 
en la cual estd grandemente empefiada la mia, son el oHjen 
, ( lificable desconfianza, por lo que te pido mil per- 

dones si es que tu afecto te ciega hasta el pun to de desco* 



LOS 8SCBET0S DSL PUEBLO. 347 

nocer el movil que me determina; sin embargo, confio en 
la rectitud de tu juicio que te hard ver la de mis intencicH- 
nes. 

"Nada te dir^ sobre mis padres, cuando saben que soi 
todo de ellos y que prefiero su dicbaala mia; intertanto, se 
t6 feliz que asf tambien lo serd tu hermano 

"Enrique." 

VI. 

Cuando nuestro j6ven hubo concluido su carta, era ya de 
dia y sali6 de su habitacion, sin haber cambiado de traje, 
para respirar ese fresco arabiente de la maflana, tan suave y 
perfumado como es en Chile en el mes de hoviembre, par- 
ticularmente en el campo, donde la pura brisa viene im- 
pregnada del olor de las plantas y del aroma de las flores, 
trayendo tambien en sus alas invisibles la melodiosa voz de 
los pajaritos que saludan el alba y sus amores. 

Pero no habia sido Enrique tan matinal como Luisa, pues 
ya se encontraba ^sta en el jardin; asi es que el j6ven que- 
d6 agradablemente sorprendido al verla, no esperando en- 
contrarse con ella tan de manana. 

Enrique se acerco donde Luisa y la salud6 con esa timi- 
dez que nace de los grandes y reconcentrados afectos y no 
de la cortedad que proviene de una educacion descuidada. 

— gHa estado usted hoi mui madragadora, senorita? dijo 
el j6ven al acercaree a la nifia. 

Las mejillas de Luisa, poco antes pd,lidas, se sonrosaron 
un tanto al oir esta pregunta, creyendo que hacia alusion a 
la noche de insomnio que venia de pasar, porque ella tam- 
poco habia dormido un instante. 

— Tengo la costumbre, senor, contest6 Luisa, con aire tran- 
quilo (pues le bastaba un momento para recuperarse de cual- 
quier sorpresa) de estar siempre en pi^ a la madrugada. Las 
primeras horas de la manana y las liltimas de la tarde son 



348 LOB SXCBBTOS DSL PUXBLO. 

para mi las mas deliciosas del dia, y jamas las pierdo: las pri- 
meras me llenan de alegria, pues me parece que renazco a 
una existencia nueva cada vez que veo aparecer el sol tras 
de nuestros nevados Andes; y las segundas, cuando ya de- 
clina el laminoso astro hd^cia su ocaso para perderse en las 
ondaa del mar, derraman en mi un tinte de melancolia 
que me esmas grato que todo placer, pues me Uevan a 
una contemplacion relijiosa, que se aumenta a medida que 
las estrellas van apareciendo en el firmaraento para alum- 
brarnos con su blanca y misteriosa Inz, que podemos con- 
templar largo tiempo sin que el rosplandor de sus rayos haga 
cerrar nuestros pdrpados, sino que por el contrario, ejercen 
tal atraccion, que los separamos con pena cuando nos vemos 
obligados a mirar hacia otra parte. , • ^No ha esperimeuta- 
do usted algunas veces esto mismo? Y es tal el efecto que 
en mi produce ese momento, que, cuando las campanas de 
Santiago llaman a l^s fieles a la oracion para que hagan la 
plegaria de la tarde, yo como ellos, elevo mi ferviente y 
triste siiplica a la Divinidad, estando intimamente persua- 
dida de que esa oracion de los paises catolicos tiene un ori- 
jen Ueno de relijiosa y melanc61ica poesia, cuya tradicion 
hemos perdido. 

— Lo que usted dice es mui cierto, poro yo solo aqui, 
senorita, he podido gozar algunas veces de esas inspiracio- 
nes. Mi naturaleza rada e inculta no alcanza a sentir esas 
armonias en toda su pleiiitud. El j6nero de vida que he lle- 
vado, el pensamiento constante en el trabajo, la ocupacion 
mon6tona del cuerpo, ha impedido a mi espiritu elevarse a 
tan altas rejiones, donde les es dado solo penetrar a los dn- 
jeles; pero cuando he visto el campo, cuando he estado libre 
del ruido de las ciudades, y esto ha sido solamenj;e ahora, 
porque nunca habia dejado el hogar de mis padres, he crei- 
do sentir algunos de esos destellos, alguna de esas mudas 
aspiraciones hdcia el infinite y hdcia lo desconocido. . . 

— Lo comprendo.. . La posicion social entra por mucho... 



LOS SECBETOS DEL PT7EBL0. 349 

La vida de un trabajo incesante embota ciertasfacultades... 
pero hai en usted el jermen de lo ideal que solo necesita 
de un poco de rocio para desarroUarse; ya llegard^ ese 
tiempo. 

— ^Lo cree usted* senorita? 

— Estoi segura de ello. 

— Usted tiene mas confianza que yo, porque no me atre- 
via a sospechar tal trasformaeion. 

— jNo cree usted haber ganado algo en el tiempo que 
estd aqui? 

— Mucho, senorita, muchisimo. 

— ^Por que entonces esa desconfianza? Al lado del senor 
de Guzman usted lo adquirird* todo. . • Usted ser^ cuanto 
puede ser, y esto no ser^ poco. . . 

— jTambien usted meanima! Gracias, sefiorita, gracia?. . . 
r — ^Y por qu6 no? ^Duda usted de la virtud y de la cien- 
cia de mi sabio maestno? 

—No dudo de ^1, pero si de mi. 

— Tenga usted mas confianza en si mismo; pues asi como 
no debemos tener una fatua preiuncion, tampoco es preciso 
abatirse antes de haber comenzado: la humildad no debe 
enjendrar el desaliento sino la provechosa euerjia. . .Traba- 
je usted, y puedo asegurar el ^xito. 

— jUsted, senorita! 

— Yo; porque cuando llega a entrar en mi una convic- 
cion, se realiza. Ya ve usted que soi bastante presumida y 
bien poco modesta, dijo Luisa con volubilidad encanta- 
dora. 

— TIsted, senorita, sera el faro que alumbre, el senor de 
Guzman el piloto y yo la barca que ^1 conduzca al puertp. 

— jTambien sabe usted emplear las metdforas? repuso 
Luisa, ri^ndose del figurado lenguaje de Enrique. 

— ^Yo no he querido hacer uso sino de una comparacion 
que me ha parecido exacta^ contest6 el joven, algo rubori- 
zado. 



550 U>8 SIORITOS DSL FUXBLO. 

— ^Y podria usted decirme cuAl es la seinejanza qud ea- 
cueDtra entre el faro y yo? pnes lo que se refiere al piloto y 
a la nave no habria dificaltad en adivinarlo. 

— Tan fiicil es lo primero como lo Ultimo. 

— Sin embargo, no comprendo. 

— El faro e8 el que guia, «1 piloto el que gobierna, la 
nave la que surca las ondas. 

— Ya lo 86. 

— El faro es la luz, la antorcha, la esperanz), el t^r- 
mino. 

— No lo ignoro, repuso Laisa, con nialiciosa insistencia; 
jpero que analojia puede liaber entre ^1 y yo? 

— Que usted es la estrella de que me habldba poco antes, 
la estrella que da la inspiracion, que alimenta el deseo, que 
alumbra desde sn encumbrado trono el derrotero del na- 
vegante. 

— Vamos!. .dijoLuisaalgo turbada, pero complacida a la 
vez; usted ha pasado de la metafora a la hip6rbole y de la 
hip^rbole a la poesia, pero una poesia a la manera del Dan- 
te, cuya imajinacion robusta y creadora saca de lo mas in^ 
signi£cante las mas atrevidas creaciones y las formas mas 
jigantescas y caprichosas. 

— Ahora me toca a mi el turno de decir que no com- 
prendo. 

— Es decir que de usted brota la inspiracion sin que se 
aperciba de ello: este es el jenero mas raro y el mejor. 

— jSe burla usted de mi, senorita? dijo Enrique con tono 
de suplicante y triste humildad. 

— ^Estoi mui lejos de hacerlo, contest6 Luisa, con afabi- 
lidad acompanada de cierta indescifrable sonrisa, que podia 
fier efecto de una delicada sAtira, asi como de una aproba- 
cion inj^nua, de modo que a nuestro j6ven le fae imposi- 
ble conocer la verdad. 

Luisa, viendo el efecto de sus palabras, que era justamente 
el mismo que queria producir, mud6 en seguida de conver* 



LOS SX0KXT08 DJBL PUJDtLO. 361 

sacion y pregnut6 a Enrique si Labia escrito sas cartas, pues 
iba a mandar un propio a San Fernando. 

— Si, senorita, contesto ^ate, presentandole la carta que 
tenia en el bolsUlo. 

— Pues yo voi a mandar las de mi mamita y las mias y 
pueden por consiguiente ir todas juntas; pero inter tan to 
vamos a ver si nuestro eolitario se ha levantado, pues me es- 
trana no verlo todavia en pi6. 

Pero apenas acababa Luisa de decir esto, cuando apa- 
reci6 el anciano con un papel en la mano y preguntando 
desde la distancia si ya habian despachado el propio; pero 
sabiendo que aun no lo habian hecho, dijo a Enrique y a 
Luisa: 

— ^^Ustedes habrdn estrafiado no ver me en pi6 al apareci- 
miento del primer crepAsculo, pero me he entretenido mas 
tiempo del que pensaba, escribiendo esta carta para mi 
antiguo camarada y mi libertador . . para el sarjento Lo- 
pez.. • 

— jPara mi padre, senor! C6mo va a estar de orguUoso y 
de contento.. . ^1, que conserva como sagrada reliquia algu- 
nas lineas del jeneral Carrera! . . 

— ^No he olvidado lo que es ta padre, y ahora me lo re- 
cuerda mas el hijo; de consiguiente, s^ de antemano que le* 
causara satisfaccion ver mi carta; ^quieren que se la lea a 
ustedes? ' 

— Gon el mayor gusto, dijeron a un tiempo Luisa y En- 
rique. 

El solitario principi6 asf: 

"/San Jorje^ noviembre 19 de 1850. 

''S6 que vives, mi querido amigo, mi antiguo compafiero 
de armas y mi libertador jeneroso, y le he dado gracias a 
Pios por haber conservado hasta ahora ta existencia, ddn- 
dome a mi el tiempo para^manifestarte de algun modo mi 
gratitnd, mi carifio de amigo, mi recuerdo de soldado. 



352 LOfl gXGBSTOS DBL PUEBLO. 

"Han pasado muchos anos desde aquella ^poca gloriosa 
para la patiia en que nos encoutramos varias veces jantos 
en los campos de batalla, y aun me parece ver al bizarro cabo 
Lopez, pues entonces no eras todavia sarjento, cargar al ene- 
migo con ese valor sereno que te hacia distinguir en el 
rejimiento j apreciar de todos tus caraaradas 7 de tus ofi- 
ciales superiores. 

"La patria no ha recompensado como lo merecian tus 
servicio3, pero Dios se ha encargado de ello dandote una 
companera amaote y fiel, nna vida tranquila y unos hijos 
intelijentes y virtuosos." 

— -Senor! interrumpi6 Enrique, avergonzado de que ha- 
blara a«^i de ^l en presencia de Luisa; eso es mucho decir; 
eso es demasiado. . . 

— Yo no hago otra cosa que ser justo. 

— Y yo soi de opinion que usted no alcanza a serlo, ana- 
did Luisa. 

— Ya V€S, hijo mio, que he dicho la verdad, mal que le 
pese a tu modestia; pero d^jame continuar. 

Y el anciano sigui6 leyendo: 

'^Mas tarde me salvaste la vida con riesgo de"la tuya y 
hoi te servini esta existencia que conservaste, en provecho 
de tu hijo: asi remunera la Providencia, que ha establecido 
el 6rden en la creacion de tal manera, que una buena obra 
nuDca quede sin recompensa, pues hai una cadena en la vir- 
tad como la hai en el vicio. 

"Enrique, amigo mio, es tu hijo por la sangre y ser& el 
mio por el espiritu, y esta doble paternidad le aprovechard." 

Al oir esto el sensible j6ver), no pudo contener sus sollo- 
zos, y prosterndndose ante el solitario sin que pudiese impe- 
dirlo, pues no habia previsto el movimiento, "acepto, dijo, 
y agradezco esa doble paternidad, y sere digno de ella, se 
lo juro ante Dios que esta en todas partes y ante la senorita 
Luisa que me ve, que me oye y que me condenarA si no 
cumplo mi promesa." 



ids BtCftiTos i>tL pxmux). 3^3 

— iievdntate, hijo mio, repose el anciano, eatrechdndolo 
entre sns brazes; no eres t^ quien esti obligado a reconocer 
un favor, sine yo qnieu pago una antigoa deada. 

Luisa, conmovida tambien, tenia nn pa&oelo en lo3 ojoB 
para ocnltar eus l^grimas. 

La gratitad, cuando se siente profandamente y caando ae 
espresa con naturalidad, enternece. 

— jNo me dejarfe concluir con tus interropciones? dijo el 
Bolitario a Enriqae, conservando entre sua manos ana de las 
del j6ven. 

— Continiie, sefior, ya escncho. 

Lnisa se habia agachado para recojer anas flores, pero en 
realidad para qne no vieran sa tarbacion. 

El anciano prosigai6: 

''S^ tanibien que tienes ana nina que hace las delicias de 
tn vida y qae se asemeja a sa hermano; y no paedo menoa 
de decirte que me gozo en tu felicidad y que te deseo la 
conserves siempre. 

"Yo no te har^, amigo mio, pomposas promesas, pero pae- 
des estarseguro de que soi todo tuyoy que el momento mas 
agradable de mi vida seria aqael en que el pobre solitario 
pudiera serte personalmente Atil. . • 

*'Mis afefetuosOs respetos a tu digoa compafiera, mi pater- 
nal carifio a tu hija, mi sincera amistad a tf y me agradeci- 
miento eterno a mi Salvador jeneroso. 

ToRiBio DB Guzman.'* 

A la lectara de esta carta 8igai6 an pequeQo silencio) re* 
sultado de la impresion que habia caasado en cada uao, y 
que Luisa rompi6 al fin diciendo: *'Ya es hora de mandar 
el propio a San Fernando; denme astedes sa correspon- 
dencia.'' 

El solitario y Enriqae entregaron stis cartas; la del pri- 
mero abierta y la del segando cerrada, lo que le hiio decir 
a la j6ven con infantil alegria: 



dS4 tM ssoRiToe DSL ptniiLo. 

— ^Parece qae don Enrique no tiene tanta confianza como 
nsted, paes toma sos precanciones para no ser leido. 

Y Lnisa mostr6 ri^ndose el lacre y sello de la carta. 

El pobre artesano no sapo qa6 responder j se paso en- 
carnado, pensando que si Laisa habiera yistb aqnella carta, 
se habria ocoltado debajo de la tierra y no hubiera apare- 
cido mas a sa presencia; pero la graciosa niila hay6 al ins- 
tante, como ana de esas aladas y brillantea mariposas qae 
corren de flor en flor reflejando sas hermosos y vivos colo- 
res y a qaien nno sin querer signe siempre con la vista. 

VIL 

Pasado un momento, el noble anciano dijo a Enrique: 

— Ya Ves, amigo mio, el compromiso que he contnudo 
con tu padre: he prometido formarte y no quiero perder un 
solo instante. El tiempo que debes pasar aqui en la hacien- 
da es mui limitado, y de consiguiente es precise aprovechar 
hasta los minutes. ^Quieres segundar mi prop6sito? 

— Con el mayor gusto. 

— Entonces esta semana la pasaremos por complete en 
mi retire. Todavia no puedes trabajar fisicamente, y nos 
ocuparemos del estudio; pero sin la menor distraccion, sin 
que vengamos un «olo dia a las casas, porque deseo aprove- 
char el tiempo. eQ^^ te parece mi proposicion? 

— Mui baena, sefior, contest6 Enrique con cierta tristeza 
que no pudo dominar. 

— Comprendo el sacrificio; pero mientras mas grande sea 
^ste, mayor tambien serd tu m^rito, la satisfaccion interior 
que alcances y el provecho que obtengas. 

— Estoi decidido, senor. 

— Asi me gnsta. El hombre debe ser siempre dttefio de 
si mismoy paes mientras mas sepa vencerse, ejercer& mayor 
poder en todo cuanto le rodea, adquiriendo la en^rjia de 
que tanto necesita para si y para los demas. 



Lbs sHofiifiTos bin. PtrsBtd. 3&6 

— Y yo necesito de toda esa enerjia, porque presiento 
que he de toner muclio que lachar. 

— Entonces es indispensable robastecerse, porqae el d^- 
bil es el que sncumbe, y esto se obtiene con la fuerza de la 
voluntad, que, mientras mas se ejercita, mas se desarrolla, 
hasta que llega a un punto en que nada resiste cuando en 
realidad quiere. 

— Haga usted de mi lo que le parezca, pues obedecer^ 
ciegamente sus preceptos. 

— ^Ya que es asi, y de lo cual te felicito, a la vez que me 
congratulo, es precise oponer una resistencia inquebranta- 
ble a las esmeradas exijencias de las sefioras, que, por bon-^ 
dad y por gusto, nos hardn para que nos quedemos. 

— l^ si la sefiorita Luisa me lo pidiera? 

— Debes resistir aella y a todas. 

— ^Pero c6mo resistir, cuando seria capaz, no digo de 
esa insignificante concesion, si no de las mas grandes, mas 
dificiles, mas imposibles?... Usted me exije, en este caso, 
mas de lo que estd en mi mano hacer. 

— Jamas pretendo yo obtener lo que es de todo punto 
imposible efectuar. 

— jPero esto, seiiorl 

— Esto depende linicamente de tu voluntad, pues ellas no 
ban de querer aprisionarte. 

— Pero una 6rden dada por ellas ^no estd en mi deber 
cumplirla? 

—No creo que te lo ordenen, sino que te lo pidan; y aun 
en el primer caso, ^no supiste ayer resistir al mandate de 
dofia Juana, que te decia de abandooar el trabajo? ^Por qn^ 
serias hoi mas d^bil? 

— Me doi por vencido, sefior. 

— Est& bien. Ocupemos inter tan to nuestre tiempo en 
continuar nuestre estudio comenzado. Tenemos por lo me* 
nos dos o tras horas antes que nos llamen a alniorzar, y no 
es buene perderlas. 



356 L08 SSOSKtOS BXL PXJtBLO. 

Dicho esto, principi6 la leccion prdctica, que dnro hasta 
el momeDto en qae faeroa llamados, no con macha compla- 
cencia de Enriqae, que, a medida que avanzaba el solitario 
on 8US esplicaciones, mas le interesaban, de tal modo qae A 
raismo hubiera deseado prolongar aquella instructiva ocu- 
pacion. 

Darante el almuerzo, el seQor Guzman dijo a dofia Juana 
y a Luisa que partirian al dia siguiente mui de alba y que 
no volverian sino hasta el pr6ximo domingo, porque a mas 
de necesitar Enrique el reposo del campo, se proponia po- 
ner en actividad el esplritu. 

Dona Juana espuso que era privarles de la linica sociedad 
que podian tener en el campo, y que bajo todos aspectos 
convendria mas la proposicion que habia hecho antes, la cual 
se hermanaba con la instruccion de Enrique y con sus gustos. 

El solitario fu^ inflexible y no cedi6 un punto, 

Luisa permanecia callada, pero mostrando en su semblan- 
te mas bien aprobacion que tristeza. 

El j6ven estaba algo despechado viendo la impasible se- 
renidad de Luisa, pero tenia que conformarse a la voluntad 
manifestada por el solitario y que ^1 segund6 con cierto 
calor, despues que habia creido notar indiferencia de parte 
de la persona que mas le interesaba. 

jQui^n no est^ sujeto en la juventud, y sobre todo en el 
amor, al disgusto que traen consigo estas decepciones, aun 
cuando no scan verdaderas? 

Sin embargo, todo aquel domingo lo paso Enrique en 
compaQia de Luisa, habiendo hecho en la tarde un agrada- 
ble paseo a la cima de un cerro que dominaba aquellos 
campos y que presenlaba el golpe de vista mas agradable, 
a pesar de las diridas playas del Tinguiririca, que cual ceni- 
cienta franja se estendia a la distancia, dejando entrever de 
cuando en cuando el curso de sus escasas y turbias aguas, 
tan amenazadoras y terribles durante el invierno, pero que 
en el verano serpentean entre pequefias piedras. 



LOS SSCOUBTOS DSL PI7SBL0. 357 

Despues del t& se retir6 Enrique, qaedando el solitario 
en compania de las senofas con la intencion de hablar de 
su j6ven disclpulo y de las cualidades que lo adornaban. 

Dofia Juana convino en todo, diciendo que estaba resuel* 
ta a hacer por ^1 cuanto estuviese de su parte. 

El senor Guzman opin6 que en realidad era acreedor a 
mucho; pero que estaba seguro, por el carficter que le cono- 
cia, que talvez nunca aceptaria un favor que tuviese la 
sombra de una dadiva y que para hacerle el bien era nece- 
sario mucha prudencia y un tacto sumamente delicado. 

En seguida espuso un medio justo y del cual no tendria 
nada que decir, pues lo ignoraria siempre, atribuy^ndolo, 
como era natural, al m^rito reconocido al fin de su padre, 
pues en cuanto a ^1, personalmente no recibiria don alguno 
que se relacionase con el incremento de su fortuna, incre- 
mento a que aspiraba en realidad, pero que queria que fuese 
su propia hechura y no ^ resultado de la benevolencia de 
los otros. 

— jY cu^l es ese medio? pregunt6 Luisa con muestras 
del mas vivo interes. 

— Que la senora dona Juana, contest6 el solitario, que 
estd en tan buenas relaciones con el actual presidente de la 
republica, el jeneral Biilnes, le escriba solicitando b1 ascen- 
80 de oficial para el sarjyento Domingoi Lopez; pues asi liar& 
la administracion un acto de j usticia digno de alabanza, y 
ustedes un favor que valdrd mucho a, los ojos de Lopez y de 
su familia y que solo costard un buen empeno, haci^ndose 
el gobierno de un partidario decidido y litil en caso preciso, 
pues he conocido pocos hombres mas valientes y mas leales 
que el sarjento Domingo Lopez. 

— ^Tiene usted razon, dijo dona Juana; y ya que en nues- 
tra patria se atiende poco. el merito cuando carece de pro- 
teccion, esta es una circunstancia favorable para emplearel 
valimiento en favor de quien en realidad merece la justicia. 
Mafiana mismo escribir^ la carta, recomenddndole {micamen- 



358 Lot nCBROB dxl fuxblo. 

te el sijilo, poes qniero qoe el padre de Enrique ignore siem- 
pre de d6nde viene el beneficio, para que se lo atribnya del 
todo a la buena memoria del gobierno, que al fin ha tenido 
presentes sas servicios. 

Todos quedaron convenidos en guardar el secreto, rego- 
cij&ndose de antemano con la agradable sorpresa que espe- 
rimentaria el digno sarjento Lopez cuando recibiese los 
despachos de oficial del ej^rcito, lo caal, a mas del honor, 
a mas de sacarlo del Ultimo escalon social, le proporciona- 
ria a la vez recai*sos peconiarios por el considerable aumen- 
to de sneldo, nivelando hasta cierto panto la clase de Mer- 
cedes con la de sq prometido; pues ann coando &te faese 
nn hombre superior y ann cuando no estuviese la niQa 
desprovista de algunos modestos bienes de fortuna, siempre 
le seria agradable que no fuese la hija de un simple solda- 
do, sino de un oficial que, aunque de graduacion inferior, 
podia o tenia ya derecho de aspirar a los primeros puestos 
de la milicia, lo cual, socialmente hablando, daria mayor 
realce a las virtudes, talento y hermosura de Mercedes. 

jQui^n sabe si Luisa no pensaba tambien en sf misma 
y si las reflexiones que se hacian por su amiga, no las con- 
sideraba tambien aplicables a Enrique! . . 

jT quiSn sabe si el novenario de Marta, si esa plegaria 
fervorosa dirijida a Dios por la salnd de dona Juana, no 
traia las bendiciones del cielo en favor de todos, haciendo 
que se sucedieran acontecimientos que podian considerarse 
como milagros, sin salir de la esfera de lo natural y de lo 
positive! , 



Obstdculo insuperable. 



L 



De regreso al cortijo, la conversacion de ambos viajeros 
rod6, coftio era natural, sobre los acontecimientos recientes 
y las personas que ocupaban un puesto tan preferente en 
8u corazon. 

Enrique estaba alegre, apesar de la ausencia que se im- 
ponia, ausencia penosa en realidad, pero que alimentaba 
sus esperanzas, porque servia para encaminarlo al fin donde 
86 habia propuestp llegar. 

La actitud del solitario, sin revelar tristeza ni participar 
tampoco de la espansion de Enrique, era serena y reflexiva, 
pues sin desmayar preveia las dificultades que sobr.even- 
drian mas tarde. 

£n esos momentos divisaron a Torcuato, que corria hdcia 
cllos con su velocidad acostumbrada, y cuando hubollegado 
podia verse la alegria inmensa que brillaba en aquella fiso- 
nomia informe pero llena de espresion. El sordo-mudo sal- 
taba al derredor de ambos y daba gritos de alegria en socie- 
dad de todos los perros que lo acompanaban, manifest^ndose 
el solitario mui sensible a las demostraciones del pobre 
muchachp. 

Enrique, por su parte, acarici6 tambien al muchacho, a 
quien debia cuidados esmerados durante su enfermedad y 
a quien queria con un afecto lleno de compasion, conside- 
rdudolo desgraciado por su deformidad, que lo priyaria toda 



360 LOB filOBBTOS DK. PUIBLO. 

Bu vida del trato fntimo de los hombres y de los goces del 
amor, porque era casi imposible que una majer Ilegase a as- 
perimentar simpatias pot* 61; y sin embargo, Torcuato tenia 
el talento mas despejado y el alma mas bella, mas tierna y 
mas afectnosa qae pudiera eneontrarse en el mando. El po- 
bre niiio conocia su fealdad y era agreste per timidez, pero 
caando encontraba con personas que no lo repelian, que no 
le mostraban repagnancia y que lo trataban con alguna 
afeccion, por minima que fuera, 61 sentia tal reconocimien- 
to, se creia tan obligado, que era capaz de hacer el mayor 
sacrificio: esta era la causa por lo que queria tanto a Enri- 
<][ue y a Luisa, pues ellos, lejos de mostrarle repugnancia o 
indiferencia, lo habian recibido, desde el primer momento, 
con bondad y hasta con carifto. Pero por - quien tenia un 
respeto profundo, una confianza ilimitada y una afeccion es- 
trema, era por el anciano que lo habia recojido, que lo habia 
criado y edncado con el mayor esmero, de manera que para 
1^1 la menor voluntad del solitario era una 6rden que cum- 
plia a toda costa, oomplaci^ndose en tener para con ^1 to- 
dos aquellos esmerados cuidados que puede emplear para 
con su padre el bijo mas humildQ, mus tierno y mas respe- 
tuoso. 

Este carifio lo correspondia el anciano, pues consideraba 
y estimaba a Torcuato como si fuera de su misma sangre, 
como si fuera su propio hijo. . . 

II. 

Cuando hubieron Uegado a las habitaciones, donde en- 
contraron todo preparado mediante la prevision de Torcua- 
to, que ya habia hecho el almuerzo, limpiado y puesto en 
6rden cuanto alii exbtia, el solitario dijo it Bnrique, que 
continuaba pensativo y triste, aunque en el fondo seati^se 
alegre: 

— H^o mio, si la audencia de una semana te causa, tanto 



LOS 8BCBBT0S DSL FUBBLO. 361 

sentimiento; si teniendo la segaridad der verla en ocho dias 
y quizas antes; si hfcibit$ado los mismos lagare^ que Liiisa, 
te entregas a tanto pesar, ^qu^ seria si te vieses obligado s, 
abandonarla por mas tiempo, lo que es mui probable, y tal 
vez a dejarla pafa siempre, lo que tanoibien puede suceder? 

— No s^, senor, lo que seria de mi. 

— ^^Es preciso, Enrique, que aprendas a ser hombre: no 
<5onsi9te todo en tener buen corazon y an espiritu cultiva- 
do^ sino que tambien es necesario ser duefio de sus pasio- 
nes y saberlas veneer en un caso dado, porque la debilidad 
nos lleva con mucha frecuencia al precipicio, 
,. — jPero si la amo tanto! . . 

— Comprendo tu carino, y tanto mas lo comprendo cuanto 
que el objeto que lo'inspira es tan diguo de^l; ipero esesto 
todo,, amigo mio? Basta esto para que seas feliz? 

— Asi lo creo. 

— Pues te equivocas; el amor sin la virtud es nada; y la 
' virtud sin la lucha, no existe: virtud quiere decir fuerza, 
enerjia^ voluntad para obrar siempre el bien, y el que no la 
tiene es incapaz de apreciar el amor y de gozar de ^1. Po- 
dr^n darse esas pasiones comunes a quienes el vulgo igno- 
rante, corrompido o vicioso califica de amor; pero supongo 
que t6 no quieres esto, ni quieres confundir a Luisa con la 
jeneralidad; y aun cuando lo qaisieras uo lo podrias, porque 
ella es mui superior por sf misnaa. 

— Lo s6, senor. 
^, — Pues bien, para llegar a hacerte digno de Luisa y para 
que ella llegue a amarte con toda la enerjia de su natarale- 
za tierna, poetica y altiv^, es preciso que aprendas a ser 
fuerte, es preciso que sepas renunciar a ella cuando el deber 
te lo exija. 

— jKenunciar a ella! imposible. . . 

— Sdbete, pues, amigo mio, que estarfis obligado, 

— jObligado! ^Y qui^n tendria ese poder sobre mi? 
, — Ella misma; porque Luisa no querri^ jamas a quien no 



M2 urn SBCRsxod del rumnj^ 

0ea digno de bu amor; j para ser digno de sn amor ea pre- 
ciso saber apreciar y practicar la virtud y el sacrificio qae 
esa virtnd exije. . • 

— jDebo entonces morir? 

— Sf , si foese necesario. . . 

— jDios mio! 

— Yo te doi los consejos de un padre, y de un padre qne 
trabaja por tu felicidad y que se hace c6mplice de tu mis- 
ma pasion favoreci^ndola, desde el momento que te advier- 
to c6mo debes obrar para que consigas lo que pretendes; 
pues aun suponiendo que Luisa tuviese por ti eu este mo- 
mento alguna inclinacion, se borraria ^ta o la arraucaria 
de su pecho si cometieras algun desliz, si no poseyeses no- 
bleza, enerjia y heroicidad en el alma: esa nifia tiene el 
ideal de la virtud, el refinamiento de la gracia, la suprema 
delicadeza de la belleza fisica y de la belleza moral, y no 
puede amar sino lo que es realmente noble y realmente 
grande. . . 

— Esto es justamente tambien lo que me hace adorarla. 

— Imitala entonces, pues ella seria capaz de hacer lo que 
yo te aconsejo que practiques; porque Luisa sabril renun- 
ciar a su dicha si la obligacion se interpone o lo ordena. 

— Sefior, estoi dispuesto a todo; me someto, me resigno y 
lo quiero. . . 

— Asi me gusta, hijo mio; ahora para darte dnimos, para 
comunicarte valor y esperanza, porque no pretendo que 
abandones una incliuaciou que te encaminard a la virtud, y 
que, cualesquiera que sean los accidentes de la vida, te hard 
gozar hasta en la desgracia, debo prevenirte que la nobleza 
y magnanimidad que estima Luisa no la hace consistir en 
los vanos titulos de un nombre esclarecido por antepasados 
ilustres, ni en la elevada posicion social debida a la fortu- 
na, sino linicamente eu el m^rito real que consiste en la 
elevacion del alma; y como estas cualidades las ha pues- 
to Dios al alcance de todos los hombrcs, sin ddir^las como 



L03 8S0B1T0S DIL PXJXBLO. 363 

patrimonio obligado al rico o al ari6t6cratay te encnen- 
' tras por esto hecho en-aptitad de poder llegar hasta ella; 
pues el camino estd franco para cualquiera, en caalquiera 
condicion que se encuentre, que tenga esas aspiracioues y 
que sepa seguirlas. 

— No lo dude usted, senor, y% tratar^ de asimilarme a 
ella; y aun cuando no alcance a tan alto grado de perfec- 
cion, mis eafuerzos no serjin del todo perdidos. 

— Asi lo espero para tu felicidad, porque talvez tendr^ 
que soportar duras pruebas; pero cuando se diviniza el amor 
por medio de la virtud, el sacrificio mismo que se hace en 
obsequio d6 lo Ultimo, sirve para afianzar el primero, de tal 
modo, que aquello que a primera vista parece destruirlo, es 
el vinculo que lo hace eterno. 

— Seguir^ en todo sus consejos, senor; pero si alguna vez 
me encuentro d^bil, jme apoyar^ usted con su palabra, con 
su ejemplo y con su accion? 

— No lo dudes un momento, hljo mio; pues al hablarte asi 
no tengo otro fin que el asegurar tu dicha; y como preyeo 
que has de tener contrariedades en tu afecto, y talvez con- 
trariedades insuperables, he querido prevenirte para que la 
desesperacion no sea la sola consejera de tus acciones en los 
criticos momentos de prueba. 

— jPodria usted tener la bondad de decirme curies son 

sus temores y cudles esas dificultades insuperables que se 

.presentan, puesto que usted mismo afirma que cualquiera 

puede aspirar al afecto de la se&orita Luisa, con ^1 que sea 

virtuoso? 

— Ninguna dificultad habria por lo que hace a ella; pero 
hai otras consideraciones sociales que, si de poco peso en el 
^nirno de Luisa, son sin embargo de mucho en el de su ma* 
dre; y como jamas contrariard la voluntad de 6sta, como 
sacrificaria Luisa mil vldas antes de causar un disgusto a la 
sefiora dofia Juana, es evidente que en uu caso dado se hard 
la voluntad de la madre y no la voluutad de la hija« 



364 ' Lot Bflcnaios del fuxblo. 



III. 



Enrique, asnstado de este pre&mbulo, pregunt6 al solitario: 

— lY cn^es son esas consideraciones? 

— Las del nacimiento, las del nombre, las de la fortnna. 

— Estd bien; jpero qn6 Ij^i en todo esto de insuperable? 

— ^Talvez se vencerian las dos ^.Itimas cosas, pero'no la 
primera, pues tii no has nacido noble. 

— ^Y qu^ significa esto si mis padres son honrados? 

— Pero son plebeyos, amigo mio, y para dona Jaana asi 
como para nnestra sociedad en jeneral, esa es una falta im- 
perdonable, esa es una mancha indeleble, una mancha que 
no alcanza a borrar la virtud. . . 

— Esto es increible, sefior; jno nacefnos acaso de un mis- 
mo padre? 

— A si es, en efecto; pero las preocupaciones humanas son 
mui poderosas y Uegan a ser invencibles cuando hemos vi- 
vido en ellas, cuando todo . lo que nos rodea las confirma 
7 aprueba, cuando el hdbito las ha hecho una segunda na- 
turaleza, siendo tal su fuerza, que las obedecemos a despecho 
de nuestra razon, triuqfando casi siempre hasta de nuestra 
misma voluntad. 

— Pero la seSora dona Juana, cuyo corazon es tan benig- 
no y cuya mente es tan ilustrada, no participard hasta ese 
grado de ellas! 

— Tienes razon, no hai un alma mas bondadosa que la 
suya y pocas intelijencias existen mejor cultivadas; pero 
tampoco hai nadie en quien tengan mas poder las ideas de 
aristocracia, y es preciso disculparla: descendiente de las 
mas nobles familias de Chile, ha visto desde que naci6 ese 
respeto al nombre; las tradiciones de sus antepasados, la en* 
sefianza de sus padres, ol ejemplo de su marido, la sociedad 
en que ha vivido siempre, la veneracion de antiguos criados, 
todo, todo ha contribuido a arraigar en ella estos principios 
que no abandonar^ jamas, pues son ya como una segunda 



V 



tOlk BBCRATOB DSL PTTXBLO. 365 

relijion o se confanden coh la relijioa misma; y a tal punto 
va ese fanatismo de familia, que preferiria ver a sa hija 
maerta antes que unida a un hombre del paeblo. 

— Esto es espantoso! 

— Y sin embargo, es asi; y sin embargo, esa sefiora es la 
personificacion de la caridad y de la mansedambre. . . 

— llnconcebible contradiccion! 

— Pero no rnenos real y efecti va, como hai mncbas otras 
en este mnndo, que te enseQar^ a conocer en breve y que 
ih mismo verds mas tarde por esperiencia propia. 

— jDe manera que no hai esperanza!.. . ^Qu^ debo hacer 
entonces? 

— ^Tener valor, resignacion, virtud. . . Trabajar incesante- 
mente, no solo para asimilarte a Luisa, para ser digno de ella, 
para bacerte amar, sino tambien para llenar en la mente de 
mi amiga, la sefiora dona Juana, el abismo de tu nacimiento. 

— ^Pero yo no renegar^ jamas a mis padres. 

— No es eso lo que te aconsejo; pero puedes ennoblecerlos 
a los ojos del mundo, haci^ndote t4 tan grande que obligues 
a que te acaten los mismos arist6cratas, honrdndose con tu 
alianza. Muchos ejemplos como ^ste hai en el mundo, y po- 
dria citarte en Chile varies hombres que por su talento y 
por sus^virtudes han Uegado a la cdspide de la escala social 
y son hoi dia los primeros; porque, a pesar de las preocu- 
paciones, suele brillar de tal modo la iritelijencia, que vence 
los obst&culos mas insuperables. 

-T-Yo tengo la voluntad, senor; gpero es esto lo bastante? 
jD6nde encontrar^ los medios, los recursos, las ocasiones? 
Y sobre todo, si me falta la capacidad, ^qu^ puedo hacer? 

— ^Ya tienes mucho conseguido; pues una voluntad deci- 
dida, activa, en^rjica, es una poderoslsima palanca. Ahora, 
respecto a los recursos, sabr&s t& proporciondrtelos; la oca- 
sion la tienes ya contigo, desde que yo he prometido ense- 
fiarte y dirijirte; y por lo que hace a la capacidad, puedo 
decirte: "Yo tambien respondo.'' 



366 Lot SIOBKtOS DIL PtTXBtX). 

— UsteJ me da aDimos. seflor; ^con qu6 pagar^ tantaa 
bondades? 

— lY con qu^ he pagado yo la de ta padre? Haciendo 
siempre el bien, hijo mio: h6 aqu( lo que te pido en rocom- 
pensa. 

— Pero eso no ea mas que mi debar y rai gusto. 

— Tanto mejor si el deber se hermana con la voluntad: 
ese es el camino de la felicidad, esa es la armonia que reina 
en la virtud, esa es la lei de Dios, lei que por desgracia y 
en perjuicio del hombre no se observa en el mundo, como 
te lo demostrar^, si acaso quieres que demos principio a la 
ensefianza que te he prometido. 

— ^No deseo otra cosa. 

— Tratar^ de ser cuanto mas lac6nico pueda, porque no 
quiero fatigarte con mis lecciones. Muchas veces la verdad 
no produce sus buenos efectos porque est6 acompafiada de 
cierta ceguedad que trae consigo el cansancio, y este escollo 
es prec^so evitarlo, sobre todo cuando se quiere instruir a 
los j6venes que solo desean encontrar el goce, y cuya vive- 
za de sentimientos les impide fijar su atencion en esas refle- 
xiones s^rias, que mas tarde, y aun al principio, influyen 
tanto sobre la vida del individuo y sobre la vida de los pue- 
blos, sobre la felicidad o desgracia del primero y sobre la 
preponderancia o miseria de los se'gundos; pues todo se en- 
cadena, amigo mio, y de ciudadanos activos, intelijentes y 
moniles es de donde nacen naciones ilustradas y viriles. 

— Principie usted, sefior, en la persuasion de que serd es- 
cnchado con todo el interes del que no solo desea instruirse 
sino del que quiere tambien ser bueno y feliz, 

—No lo dudo, hijo mio; tu carActer y tus tendencies son 
una buena garantia y tienes a mas el amor, que es un esti- 
mulante poderoslsimo, pues no hai cosa que obre con tanta 
eficacia en la juventud como el deseo de agradar a la mnjer 
cuyo corazon se quiere conquistar, siendo esta ben^fica y 
natural tendencia la que al fin reformar^ al mnndo« 



El hombre y las sociedades. 



I. 

En dias pasados, amigo mio, te prometf que nos ocuparia: 
mos de las ideas relijiosas; pero prefiero qae estadiemos 
primero al hombre en sas relaciones sociales; y si bien aque- 
llas y ^stas se hermanan, se confanden y se dirijen a un 
mismo fin: la felicidad de la especie, es indispensable sepa- 
rarlas para comprenderlas mejor, poes estadidndolas en de- 
talle se hace mas visible su armonia. 

— Macho tiempo, senor, que a pesar de mi ignorancia 
me he hecho algunas preguntas que no he podido resolver. 
Me he dicho a mi mismo: ^por que hai tanta miseria de un 
lado y tanta riqueza del otro? Por qu^ hai tan pocos que 
gozan y tantos ques ufren? ^Por qu^ esta grande desigualdad 
entre los hombres? ^Qui^n la ha establecido? jQ^i^Q la ha 
hecho? iC6mo se ha efectuado? j06mo ha venido? Y no he 
sabido c6mo responderme ni lo s^ todavia. 

— Ahi justamente es donde yo quiero venir a parar, De* 
seo que conozcas la vida de las sociedades y sus errores, 
para que aprendas a ser hombre, para que mires a tu pr6- 
jimo como a tu hermano, para que cumplas con ta lei de 
Cristp, que es toda caridad y amor, para ser feliz, en una pa- 
labra. . . {Quieres esta ensenanza? ^La deseas? 

— ^j^^i. « * 

— Pues bien, escucha: 

*'j Al estender mi vista por todas partes distingo la arnld* 
nia, y solo al entrar en el recinto del hombre veo la con- 



36S LOS BIOBKrOS i>XL FUJEBLO. 

fasioQ y el des6rden!" No parece siao que la libertad rela- 
ti va de que hemos sido dotados y que debiera servirnos para 
nnestra felicidad y engrandecimiento, faera el orijea de 
naestra ruina y de naestra miseria! La lacha entre indivi- 
dao e individao, entre familia y familia, entre pueblo y 
pueblo, es encaruizada, sangrienta; es una lucha a muerte 
en que cada uno trata de vivir del despojo del otro, donde 
bregan todos los egoiamos, donde combaten cuerpo a cuer- 
po la astucia, la envidia, la hipocrecia y el vicio, teniendo 
de palenque al crimen y de premio la ruiua reciproca, el 
desenga&o amargo y la desgracia de cada instante, la des- 
gracia de la hqmanidad entera; porque hasta las nobles es- 
cepciones son envneltas en ese torbellino de males que 
forma nnestra actual ezistencia, no pudiendo escapar a la 
Tordjine que los arrastra hacia el abismo!. . . 

Echemos una ojeada r^pida sobre la Kistoria. jQad ban 
sido las sociedades pasadas y qud son las presentes? Nada 
mas que una incesante guerra, el esterminio llevado a sis- 
tema^ el odio convertidoen lei, la venganza saucionada por 
la relijion y por la politica, la esclavitud techa una condi- 
cion necesaria del pueblo; el dolor, la angustia, la abyec- 
cion, el despotismo, el engafio, la ruindad inoculada en la 
sangre de cada ser que ha venido al mundo... Y las jenera* 
clones se ban sucedido, revolcandose las unas y las otras en 
ese lodazal pestilente, cuyos miasmas nos ban corrompido 
de tal inodo, que no hai un pensamiento que no este vicia- 
do, despojindonos bastsr de los instintos naturales y ben^fi* 
cos con que Dios nos dotara, sin que haya bastado la reje- 
n'eradora, la humanitaria y a^inorosa palabra del Cristo para 
traernos al carril de la verdad, de la justicia y de la conve- 
niencia de todos. . * j 

El dolor, la conmiseracion, la angustia de la piedad que 
ve el sufrimiento de su hermano sin poderlo aliviar, se apo- 
dera de mi pecho al contemplar la suerte del hombre!;Te- 
ner en nosotros todos los elementos necesarios para ser 



130ft BIOKRM DBL FVlBLOl 369 

feliccs \y no haberlo consegaido nuncal Estar dotados de las 
fitcultades mas grandes 7 poderosas, poseer una intelijeDcia 
casi divina, ser ^rbitros de las fherzas de la creacion, {y no 
haber empleado todos estos dones en obseqaio de nuestra 
Ventura, sino en la elaboracion de nuestra desgracia, es cosa 
que desespera, que desalienta, que anonada! . . Muchas ve« 
ces lie sentido mi espiritu abatido j he caido en una pos-* 
tracion casi completa^ pues me he dicho: ^para qu6 afanarme 
en vano? para qu6 luohar cuando tantas intelijencias su- 
blimes nada han conseguido! cuando tantas virtudes her6i- 
cas han rido est^rilest eqanto tantos sacrificios han quedado 
sin fruto! Piero despues la reflexion ha Tuelto y con ella la 
entereza para llenar mi pobre mision, para cumplir los de-* 
-signios de Dies en la limitada esfera de mis facultades, sien- 
do esto niismo lo que te aconsejo que practiques siempre, 
por mas injusticias, por mas desengatlos, por mas ingrati- 
tudes, por masdesaliento que tengas. . . No te abatas jamas, 
hijo mio, en la prdctica del bien, cualquiera que sea la re- 
couipensa; y aun cuando te sobrevengan amarguras, sop6r« 
talas y signe adelante con tu mano puesta en el corazon y 
ta meAte fija>6ti Dios. 

IL 

{p€co qii^ 68 lo que ba traido este estado monstruoso de 
|as sobiedades? ^Por qu6, como td te preguutabas, hai tan^ 
tos que Uoran y tan pocos que gozan? ^Por qaS carecen 
imios de lo nepesarib pai*a sustentar la vida con que los fa- 
Toreiuera el Hacedor, y otro3 que nadan en la abundanciaf 
^Por qu^ hai de una parte tanto orgullo y de la otra tanta 
humillacion? {'^u^ diferencia tan marcada, quS superior!-* 
jdad tan inftieiisa y tan incontestable hai de hombre a hom« 
/bre para que; la gran mayoriadel j^nero humano viva oprimi* 
-da y esti^ entire cadenas, para que yazca en el mas completp 
abandono y en la maa supina ignorancia, para que tenga 
•WW* $4 



3.t0 LOft BtCRVtOB VWU POALd. 

como obligada herencia la miserla y con ella el dolor j el 
vicio, para que pagae coa su aador y con 9Q sangre la befa 
de que es bianco, \^ tirania que la esquilma, el infortanio 
que la agobia;. . mientras quQ la felis minoria m^nda, goza, 
tiene yoluntad propia, . tien.e riquezas, tiene medios de ins- 
troirse, tiene qonsideracionei?, tiene poder y lo emplea en 
conservar sns prerogativas e inmnaidadeai, haciendo qae 
todo pese sobre el ppbre pueblo para anmentar an fnersa 
debilit^ndoloi y para.que^ d6bil^ aiu alien to, sin enerjia, sin 
vida, no s^lga jamas de la postracion fisica que lo diezma 
y de la postracion moral que lo envilece. . . j06mo hemes 
llegado, pues, a este e^tado an6malo, absurdo^ peijadicial 
j)ara losnnos y para los otrps, a este estado que priva a la 
humanidad de la mayoria de su fuerza y por consigniente 
de su progreso, de.la mayoria de su iAtelijencifi y por con- 
siguiente,' de su felicidad? Porque hemps antepuesto nn mal 
entendido egoismo a la caridad bienhechora, porqne hemos 
preferido la esclavitud a. la liberta^i el.rigfjr a la manse- 
dumbre, la guerra a la paz, la persecqoion fil socorro, la 
faerza a la razQD^ la arbitrariedad al derecho, el despojo a la 
dddiva, el orgullo a la humildad, el odio alamor^••yh^ aqui 
por qu^ hemos vivido y vivimos en la discordia en vez de 
gozar de armonia. H6 aqui por quS nuestras pasiones son 
acres y desoladoras en lugar de ser dulces 7 ben^ficas: por- 
que nos herimos en vez de aliviar&6s y poirque hemixi sido 
y Eomps ignorantes y desgraciados en: lugar. ide saUos f 
dichosos. , V ' . : . ; 

^Debo pintarte^ bijo mio^ d cuadco de ese pueblo, que tn 
conoqes, de donde has nacido y del que eres una escepcion 
afortunada? ^Pebo ^peirte todos bus dolores, todasn mise-r- 
ria, todo ese ci&mulo de males que peaa sobre ^1 y q«e le im- 
pede le^anta,rse desde ^1 moEu^nto que nace, jtalvez desde 
antes! hasta que muere, de^pu^$^ de una ykia pasada en la 
servidumbre, en la ignoranciia, en la humillacion^ en la in-*- 
diijencia y muchas VQces en la ignominia? ^Debo haceEte una 



von SSCmXTOt DIL PITXBLO. 371 

relacion de cada sufritniento que lo dejenera j quelomata^ 
de cada obstdcalo qae le impide el desarrollo de sa existea- 
cm fisica y de sa existencia moral? Oreo qae es ia^til^ por« 
qae tu debes haber visto de cerca esas calamidades, que no 
son de ana familia si no de mnchas, qae no existen en an solo 
.pais sino en todos, qae no afectan a ana peqne&a porcion 
de la especie, sino a la gran mayoria de la humanidad!. • • 

Y despaes, ese paeblo, amamantado linicamente con el 
dolor^ qae no ve en torno de si mas qae caadros de ab- 
yeccion, qae no tieae otro ejempio ni otra ensenanza qae la 
del vicio, qae por todas partes estd rodeado de las tinieblas 
de la ignorancia, qae no distingae an horizonte mediana- 
mente consolador, qae se encaentra desnado de esperanzas^ 
jqa^ estrano es qae se eche en el crimen? jQad de estraor* 
dinario hai en qae solo exhale el rencor, la impostara, la 
mala f(^, el robo, el homicidio, caando ha respirado Anica- 
mente el viento de la pobreza, del oprobio y de la vergaen- 
za*. • caando hateni lo desnado elcaerpo, vacio el est6mago 
y oprimida la intelijencia.. . caando la sociedad lo espalsa 
con el desprecio y caando hasta sas padres lo olvidan. .. 
caando en vez de encontrar apoyo, proteccion, piedad, solo 
ve el desden del qae lo manda, la avidez del qae lo emplea, 
el castigo del qae lo dlrije. la cachilla del qae lo jazga?. . . 



Ill 

{Y qa^ es, hijo mioj lo qae ha tdeado al hombr^ para me- 
jorar al hombre? 8e ha preocapado de sa bienestar, fisico 
y de sa bienestar moral! Ha investigado las caasas de k* 
miseria para combatirla en sa raiz? Ha estadiado el prfjen 
principal del vicio? Ha empleado la mansednmbre, la per* 
snasion y la caridad? Ha hecho algan nso de la misericor^-' 
dia? Se ha valido de los estimalos del honor? Ha veilido 



S72 tM sacBXfos dxl nrisLO. 

palabras de consnelo entre los afiijidos? Ha procarado et 
pan a los menesterosos? Ha protejido la debilidad? Ha mi- 
rado al desgraciado como a sa hermano? Ha practicado, gra- 
bado en los c6digo3, establecido en las ideas, en las cos- 
tumbres, en los hdbitos, la santa doctrina, la ensefianza 
provechosa, la lei innata, fecunda y sublime del amor? No; 
porque para rejenerar al hombre, para atraerlo al bien, pa- 
ra destrnir sns preocupaciones y sus vicios, solo se ha tenido 
en vista el castigo; es decir, la cdrcel, el azote, el tormento, 
la afrenta, el patf bulo!. . . 

No habiendo, paes, sentido en nuestros corazones la ca*- 
ridad, el perdon, el amor, y dominando en nosotros el egois- 
mo y el rencor, g jn^ estrafio es que estableci^ramos como 
base de la lei a la venganza? Porque iqn6 otra cosa es la 
pena que se impone al delincuente, sino la idea del agravio 
individual trasformada en agravio publico, y de la ven- 
ganza privada constituida en venganza social? 

gPero qu^ es lo que ha ganado el hombre con este siste- 
.ma?.Ha mejorado de condicion? Es ahora mas moral? Si el 
castigo faese el eficaz correctivo del vicio, ^no es verdad que 
ya seriamos perfectos y que los pueblos donde se hubiese 
hecho uso del mayor rigor, serian los mas virtuosos, los mas 
adelantados, los mas cultos? Como! en los siglos que se han 
trascurrido desde que tenemos conocimiento de la vida del 
hombre, en las infinitas jeneraoiones que han precedido la 
nuestra y aun eu la nuestra misma, ^no se ha llegado todavia 
a la perfeccion politica, relijiosa y social, habiendo emplea- 
do constantemente el rigor de la lei? C6mo! las costumbres 
permanecen las mismas, la miseria subsiste espantosa y te* 
rrible, eLvicio sa propaga y el crimen se perpetra cada dia 
en mayor escala; estando vijente la pena, el rigor y el cas- 
tigo! ^T a^in no nos hemos desenganado, y adn seguimos 
siempre la misma senda y el mi^mo sistema? Y sin embargo, 
la esperiencia nos ense&a, lo estamos palpando a cada paso, 
lo vemos en cada pueblo que se recorre, que, mientras me* 



LM IBC&CT08 DIL PXTXBLO. 373 

DOS se emplea el castigo, mientras mas beoigna es la lei, ma- 
yor es 8U ilastracion, mejores sus coatambres, mas estendida 
su moralidad, mas enerjica su accion, mas firme y prepoa- 
derante su gobierno; y por el contrario, aqnellos paises don- 
de se usa de mayor rigor, donde la pena es mas aflictiva, 
son jeneralmente los mas atrasados, los mas decr^pitos, los 
mas bdrbaros, los mas criminales, los mas corrompidos y los 
mas malos; y esto es mui natural, porque el castigo embru- 
tece al hombrie y lo degrada, y las ideas de independencia 
y libertad, que son las que dan enerjia y moralidad, desa*^ 
parecen en el envilecimiento de la esclavitud; y la concien- 
cia de nuestra personalidad, la conciencia de nuestro yo, la 
dignidad del horabre, queda con el castigo riguroso, nnpla- 
cable, esterminador de que hemos hecho uso y de que usa- 
mos todavia, reducido al solo instinto de la^bestia; porque 
su cabeza se dobla, su frente se agacha, su entendimiento se 
apaga y las nobles facultades con que Dios nos dotara se 
trasforman en la astucia feroz y en el egoismo Ueno de baja 
envidia que caracterizak al siervo vil. . 

Sin embargo, se dice: si no habiera el temor del castigo. 
iqxxi seria lo que contuviera el crimen? Pero ya lo ves, hijo 
mio; iqxxi es lo que hemos gan'ado con ^1? Ha desaparecido 
el vicio? Es el hombre mejor? Siguiendo la 16jica de aqnel 
principle, Uegaria el individuo a ser perfecto mTcntras ma- 
yor fuera el rigor que se emplease con ^1; pero por desgra- 
cia sucede todo lo contrario, como nos lo demuestra la es- 
periencia de los siglos. Ahora pregunto yo: si el castigo ha 
sido el mejor espediente para contener el delito, aun cuando 
no hai un solo ejemplo que venga en su apoyo, iqu6 ea lo 
que se ha hecho hasta aqui para producir la virtud? Si vale 
mas prevenir que castigar; si es mejor que no se prodteca 
el acto para que no se establezca la pena; si todos est&n per- 
suadidos de esta verdad y de su conveniencia, ^por qu^ no 
hemos hecho nada por realizarla? Por qu^ no hemos agota- 
do la fhente en ves de desviar al caudaloso rio? Por qu6 no 



374 um nomot bvl wuwmuK 

▼amos a1 orfjen, destrnjendo la cansa en lagar de empefiar- 
noe en correjir bub cfectos? Por qn^ no producir el bien eu 
vez de estar obligados a cast! gar el mall 

jAy, hijo mio, coin distinto seria el mnndo si cambidra- 
mos de sistema! Qa^ armonia en las partes y en el eonjnnto! 
Qo6 grandeza, qn^ enerjia, qn6 independencia, que felicidad 
en el individno, en la familia, en el estado, en la nacion, en 
la hnmanidad, si sustitnySsemos la lei de la vecganza, la lei 
del castigo, por la lei del perdon y del amor; si en lagar de 
despotizar a nnestro semejante lo aynd&semos; si en lagar 
de qnitarle el pan, se lo di^ramos; si la caridad santa faera 
nnestra goia y naestra pr&ctica; si la hamildad en vez del 
orgnllo faera naestra consejera constante! 

Dime, amigo mio: en el actual estado de cosas ^no es ver- 
dad que se pierden las nueve d^cimas partes de las faerzas 
humanas? Y que, independiente de ilos dolores, de los vicios 
de las malas pasiones que nos aquejan, el pobre, es decir, el 
pueblo, la inmensa mayoria de la especie, se encuentra en la 
imposibilidad casi absoluta de cultivar sa intelijencia? jC6- 
mo puede vivir, e6mo puede desarroUarse convenientemente 
el infeliz que apenas tiene un oscuro sustento en los tarridos 
pechos de una madre trabajada por las privaciones? G6mo 
Uegard a instruirse el que solo ve en torno de si ignorahcia, 
preocupaciones, abyeccion, miseria, y que estd, desde sus 
primeros alios, obligado para adquirir el pan que lo siisten- 
te y el harapo que lo cubra, a trabajar iacesantemente, no 
en conformidad a sus gustos, a su inclinacion, a sus natura^ 
les tendencias, sino en aquello que se le presents? Cuintos 
millones de seres en las miles de jeneraciones qae nos ban 
precedido y en las que nos sucedan; ban tenido y tendrdn 
una muerte prematura, ya sea fiaica, ya sea moral mente. sin 
dejar el menor vestijio de su paso en la vida, porque desde 
un principio ha sido minada su existencia por el safrimiento 
y apagada su razon por falta de ocasion, de estimulo, de 
indispensables recursos para sus mas imperiosas necesida- 



LO0 8I0KKT08 DXL PtTKBLO. 875 

dee? CnAntcs jenios que habrian brillado en el mundoj que 
babrian traido su continjente de conocimientos, que hubie- 
ran proporcionado al hombre beneficios inmensos, no desa- 
parecen dia a dia ahogados en jSrnoien pbr la miseria? Dios 
mio! mientras mas pienso mas me confando! mientras mas 
reflexiono en las p^rdidas que hemos heQho j las que hace- 
mos auD, mas me admlra nuestra ceguedad! j mientras ma- 
yor es la dicha que la humanidad estaba llamada a^ozar, mas 
grande es mi tormento, porque veo que nuestros pasos se 
dirijen en el sentido opuesto a nuestra felicidad!. . . 

jNo es verdad, mi j6veu amigo, que si cada ser que viene 
al mundo encontrara su alimento espiritual y corporal, si no 
careciera de pan y de instruccion, si le fuera dado desarrollar- 
se en conforraidad a los instintos con que Dios lo dotara; no 
es verdad que seriamos fuertes de constitucion y poderosos 
de intelijencia? que habriamos alcanzado todos los tesoros 
esparcidos en el mundo y todavia ocultos a nosotros, toda la 
abundancia que trae consigo el perfeccionamiento completo 
de la industria, toda la elevacion de sentimientos, la gran- 
deza de miras y la justicia soberana y santa que siempre 
acompafia a la libertad? Si, hijo mio, asi ha debido ser, por- 
que Dios desde el momento de echar al mundo una cria- 
tura, ya ^sta viene con el derecho de vivir para Uenar la 
mision oculta de que ha sido encargada; pero nosotros, con 
perjuicio propio, contrariamos, en cnanto nos ea posible, los 
sabios designios del Haifedor Sapremo, porque decimo's al 
pobre: *'T4 no tienes nada que hacer en la tierra, nada que 
pedir ni nada que esperar; porque todo estd repartido, to- 
do es de nuestra propiedad: el suelo y sus productos reco- 
nocen duefio; de consiguiente, sirvenos o muere. . • " Este es 
el lenguaje t&cito de la riqueza, esta la condicion dura, la 
alternativa terrible a que esta sujeto el pobre desde el mo- 
mento que da el primer grifo de a%ria o de dolor al salir 
del seno de su madre, y asi es como las nueve ddcimas par- 
tes de la especie sufren y se consumen; y nuestra vida es 



37t MS UOEKEOf PV. FUXBLO, 

triste, desgraciada j miserable, no aprovechando, ni a aque* 
llos miamos que la esplotan, del lucro que, en su egoismo 
ignorante, han pretendido sacar. 

El solitario hizo una pansa, como si tnviera que descao* 
sar de algun peso enorme que lo agobiara* 






La propiedad. 



L 



Enrique estaba tambien preocupado al escuchar el som- 
brio cnadro que trazaba el anciano, y le dijo con triste 
acento: 'Tero esta eituacion es espantosa, senor." 

— Y tan espantosa como verdadera^ hijo mio; pues a tal 
pnnto es cierto lo que te digo y a tal grado llega nuestra 
absurdidad, que si pudi6r^mos apropiarnos del aire, del sol, 
de la laz, dejariamos sin r^spiracion, sin calor y en comple- 
tas tinieblas a los que hoi dejamossin pan y sin instruccion, 
porque venderiamos todavia naaa caro aquello que lo que 
vendimos esto, aumentando de precio a medida q^ue aumen- 
taba la necesidad!. . • Pero afortunadamente la accion del 
hombre estd limitada^ pues sin esto ya no existiriamos!. . « 

— Pero este es un mal sin remedio, volvid a repetir En- 
rique contristado, cuando hasta ahora no ha desaparecido, 
y cuando por el contrario todo parece sostenerlo y fomen- 
tarlo; ^qu^ puede hacerse para destruirlo? Si el derecho de 
propiedad est^ vijente, si los bienes estd.n repartidos, si los 
ricos poseen lo que es suyo, jc6mo quiere usted que vayan 
a darlo a los demas? c^mo quiere usted que se despojen de 
sus haberes heredados o adquiridos para hacer una masa 
comun y repartirla entre todos? y lo que es mas, ^c6mo se 
efectuaria esa reparticidn sucesiva entre los que est^n y los 
que vienen, entre las jeneraciones presentes y las jeneracio* 
pes futuras? Y qui^n seria el justo distribnidor! G6mo po- 



S7S tM 

dria eiistir la eqaidad precisa para qae todos qnedaraa sa- 
tbfechoB? C6ino conocer las necesidades de cada coal para 
qae nada les &ltase? Me parece qae esto es tan dificil, taa 
imposible, qae no hai qae pensar en ello y qae es mejor de- 
jar las C03BS como estdn qae baacar an arreglo qae no tiene 
ni la mas remota probal^Hdad de efectaarse, 

— ^Hablas bien, hijo mio; y en faerza de ta sola razon, en- 
tms de Ueao y entras con acierto en las drdnas caestionea 
qae hoi ocapan a^los mas eminontes jenios, y qae todavia no 
ban sido resaeltas. 

No es mi dnimo negar el derecho de propiedad, derecho 
saoto, derecho josto, derecho incontrovertible y en el qae 
est^D fundadas las sociedades, en el qae estd basado el poco 
6rden qae existe y del qae proviene el progreso; asi como 
tampoco es mi idea abogar por ese comnnismo, tan absardo 
como irrealizable, tan arbitrario como destrnctor, que trae- 
ria ana perturbacion espaatosa, qae seria opaesto a la eqai- 
dad, qae haria progresar el vicio, qae sacrificaria a la vir- 
tad, a la intelijencia, al trabajo, en obseqaio'del engafio, de 
la ociosidad y del crimen. . . 

— Sin embargo, seilor, por lo qae asted ha dicho y por 4o 
qae yo he creido entender, me parece que osted condena la 
propiedad y santifica al comanismo, haciendo derivar de 
la primera todos los males de la hamanidad, a la vez qae 
hace coDsistir en el segando todos los bienes; pnes si la pro* 
piedad es la caasa de la miseria, porqae nada tiene qae es- 
perar el proletario, en virtad qae los bienes se encaentran 
reparti ios y reconocen daeno, el comanismo seria el orijen 
de la abandancia, del bienestar y de la felicidad: aqnf noto, 
paes, una gran contradiccion; ^c6mb salvarla? 

— Voi a e3plicarme, hijo mio: es verdad que puedo haber 
dado m^rjen para interpretar de ese modo mis palabras; 
pero luego me comprender^: yo quierola propiedad sin el 
despojo, y el comunismo con la libertad y con la justicia; el 
comunismo segun el Evanjelio. 



Lot nOBBTOS BXL Frasfu>. S79 



^^La propiedad es el robo^^^ decia un fil6sofo, Proudhon, y 
tenia macha razon. La propiedad, como est& establecida, es 
la espoliacion del trabajo, y el trabajo es la sola, la verda- 
dera, la lejitima propiedad: de consiguiente, quien se apo 
dera de los dereclios de ^sta, mina a la propiedad por su 
base, es decir, que roba lo que la constituye y lo que la for- 
ma; porque iqui otro orijen tiene la propiedad humana si 
no es el trabajo humane? Y cuando al hombre se le quita 
una parte de ^1, es claro que se le arrebata su propiedad, 
si'endo esto lo que sncede actdalmente, siendo esta *la tira- 
nia que ejerce el capital adquirido sobre el que se forma, 
la propiedad reconocida o acumulada sobre la que nace, y 
a quien ahoga desde un principio impidi6ndolo, salvo escep- 
ciones raras, que se desarroUe y robustezca. 

La observacion de este fen6meno ha dado orijen a varios 
sistemas mas o menos injeniosos en que se ha querido ar< 
monizar el estado actual con las exijencias de los pueblos, 
y entre ellos vemos a Luis Blanc empefi&ndose en organizar 
el trabajo, y para conseguir esto, pretendiendo amoldarlo 
a una pauta, a una tarifa, es decir, imponer el precio, o lo 
que es lo inismo, esclavizarlo. {Como si la primera condicion 
del trabajo no fuera la libertad! jcomo si el eatipendio no 
estuviera sujeto a las mil modificaciones de los pueblos, de 
1ms necesidaded, de las ^pocas, de las circunstancias, de la 
demanda, etc., y esto sin contar la mayor o menor habili- 
dad individual, la mayor o menor contraccion, el mayor o 
menor empeno, cosas iodas que no tienen mas regia ni deben 
tener otra que la voluntad independiente y aun la necesi- 
dad mas o menos imperiosa del que ejecutaja faena, del 
que la es^ablece y del que consume el producto. 

Tal vez aun no me comprenderas, hijo mio, pero voi a 
espltcarme por medio de ejemplos que te demostrar&n has- 



3S0 LO0 BKBXfOB DXL TtTKSLO* 

ta la evidencia c6m6 el capital o la propiedad bajo el r6ji- 
men actual roba al trabajador, sin dejarle nanca la esperanza 
de una remuneracion futura, sino que toman la parte que a 
61 le corresponde, protejidos por la lei y por la costumbre. 

Es faera de duda, hijo mio, que al proletario le da el ca- 
pital, ea remuneracion de la obra, nada mas que lo indis- 
pensable para no morirse de hambre, y muchas veces aun 
menos que esto; ly sin embargo, el pobre se da por satisfe- 
cho y el rico se acuesta tranquilo con la ganancia que le 
ban proporcionado! 

Ser^ mas esplfcito: 

Supongamos a un industrial, a un comerciante, a un agri- 
cultor, etc., etc.: ^no es cierto que todos ganan, a mas del 
interes del capital que emplean, (interes siempre calculado) 
a mas de una remuneracion por su intelijencia, (que regular- 
mente se estipula) un beneficio proporcionado a los brazos 
que se emplean y al consumo que se obtiene? jY qu6 es este 
beneficio sino la parte de ganancias que corresponde lejiti- 
mamente al trabajo y que sin embargo se la apropia el 
capital? Y en este caso, - caso que no ^s escepcional sino 
jeneral, guo es por ventura aplicable la maxima de Proudhon? 
jno es un hecho real y positivo en vez de una paradoja atre- 
vida y estrafalaria, como lo ban denominado muchos, sin 
comprender su sentido y sin examinar su esplritu? 

D^jame eer todavia mas claro: un hacendado que trabaja 
en su fundo calcula primero el interes del capital que vale 
el terrazgo o el cdnon en que pudiera ser arrendado; en se- 
guida la remuneracion por la intelijencia que emplea y pe- 
nas que se da, pero todo lo que obtiene a mas de esto, *^a 
quidn se debe? sin duda al trabajo de los pobres in qui linos 
^ y al consumidor que compra los productos. (Y qu^ es lo 
que se les da de esa ganancia? Nada; pues por mni pingHe 
que ella sea, el propietario, o lo que es lo mismo, el capital, 
lo guarda por completo como adquisicion lejitima, sin 
pensar jamas en su orfjen y menos todavia en devolver la 



parte qae corresponde a otros. jNo es eato ua verdadero 
despojo? creo que si, por inas que lo lejitime la costumbre 
y la lei. 

Pero si a este robo a la verdadera propiedad se afiaden 
las contribuciones, que en Mtimo resultado vieae a pagarlas 
el consnmo, es deeir, la gran mayoria, iq}x4 es entoaces lo 
que se le deja al pueblo? Si no solamenfce se encuentra dea- 
pojado de lo que lejitimamente le pertenece, sino que tam- 
bien todavia tiene que pagar de lo poco, de lo mui poco, 
de lo escasisimo que le dejan para su subsistencia, ^c6mo 
quiere que progrese? c6nio que se desiarroUe? c6mo que 
rompa la cadena de esclavitud que le impone la miseria for- 
zosa a que estd condenado? Bajo tal sistema es imposible 
que el hombre ses^ independiente, y no si^ndolo, es mai^ im- 
posible que sea feliz: tal es mi opinion. 

En vano me dirin que la propiedad con las instituciones 
que ahora se lo dan todo sin dejar nada para el que contri- 
buye mas a formarla, es la que sirve a socorrer al pueblo, 
porque yo dir^ siempre que es la que lo agobia en vista de 
la injusticia que se establece y de los resultados que se con* 
siguen; y en vano me Air&n tambien que es el capital el que 
paga las contribuciones y no el consume, porque es pi'eciso 
desconocer completamente el mecanismo de las rentas de 
cada pais para no ver que es el Ultimo el que satisface to* 
dos los gaatos o la mayor parte de ellos, cualquiera que sea 
el gravdmen. 

III. 

Si se establecen derechos: de aduana, ya sea para conse* 
guir rentas o bajo el pretesto de prqtejer la industria irite^ 
rior, jqui^n es el qtie paga esas entradas sino el consumo? 
lY qn6 es el consumo, sino la gran mayoria de los pueblos? 
porque el comerciante o el introductor de la mercaderia^ 
hace pesar sobre ella los derechos, y esto da el resultado 



S82 IiOS BIOKBTOl BIL TWOA. 

que decimos: salvarse el capital del gravamen para dejarlo 
al pueblo. 

Si la contribacion afecta a la propiedad raral o -urbana, 
los daenos de los fandos aumentan/ya sea el valor de los 
productos, ya el de las locaciooes, por tanto caaato ha sido 
d impuesto; de manera que se evaden de ^1, haci^ndolo re- 
fluir siempre sobre la mayoria, sobre el consumo, sobre el 
pobre. . • asi es qae bajo caalqaier aspecto qae se considere, 
el capital queda libre, j solo el infeliz a qaien despoja es 
tambien el que paga, jy el que paga por una justicia que 
no le hacen, por 1& guardia y conservacion de una propie- 
dad que no tiene, por el sostea y establecimiento de un 
6rden de cosas que lo mata! Esto es tan absurdo como es- 
pantoso, hijo mio, y sin embargo, esto es lo que existe. . • 

Por dos puntos capi tales estd detenida la libertad, la in- 
dependencia, la virtud, el progreso y la felicidad humana: 
primerc, por el dpspojo que el capital hace al trabajo; se- 
gundo, por las contribuciones que los gobieruos imponen al 
consumo, viniendo de aqui la miseria obligada de la gran 
mayoria y naciendo de esta miseria la esclavitud y la igno- 
rancia de los pueblos con todo su cortejo de males, de vicios 
y de crimenes. . . 

— Ouanto usted dice, sefior, es sin replica, porque es im- 

posible resistirse a la evideniua del hechb; pero aun con mi 

d^bil razon y poca esperienciaVbservo dificultades insupe- 

rjbles y no comprendo c6mo puede obrarse de otro modo 

que el que vemos establecido. Refiri^ndome a la primera 

parte, es decir al despojo que hace el capital a la propiedad 

del pobre, al trdbajo, jc6mo podria cada uno calcular la ga- 

nancia de qiie habiasido privado? jHai acaso una tarifa que 

sefiale el valor real de los diferentes trabajos? Puede for- 
marse ^sta para c|ida individuo, cuando sus aptitudes son 

tan distintas como es distinto cada hombre? El valor de las 

cosas {no cambia a cada momento hasta en un mis mo pais? 

Los salarios, jno est^n en relacion con la abundancia mayor 



Lot IIOBSTOS DBL PUXBLO. SIS 

o menor de los brazos y con la escasez mas grande o mas 
peqneDa de los prodactos? con la nataraleza de &to8? con 
las circanstancias locales? con los climas? con las leyes y con 
los mil y mil accidentes qae entran en la vida de las perso- 
nas, de los pneblos y de la humanidad en jeneral? jQui^n 
seria el regnlador qne calcnlase lo que a cada cnal se le debe 
o se le deja de pagar, para repartirlo con eqaidad? Qui^n 
se someteriiBi a su decision? Si los anos qnerian mayor remn- 
neracion por sns servicios y los otros no lo avalnaban en 
tanto, ^eqnS*medio valerse y c6mo.entenjcler8e? Francamen- 
te, sefior, no veo nada, absolatamente nada qae pneda co- 
rrejir el mal qae nsted lamenta y dar los resaltados qae 
espera, Tendrd asted razon, pero no existe espediente alga- 
no, no hai ese nivelador absolato qne armonice la jasticia 
con el hecho y la conveniencia universal con el antagonis- 
mo individaal de que el hombre no paede desprenderse. 

Ahora, porlo que respectaa las contribuciones, ^qa^ es lo 
qae paede pagarlas sino el consamo? nsted mismo afirma 
qne si se afecta al capital, 6ste encuentra siempre los medios 
de evadirse; jcndl seria entonces lo que satisfaciese las ne- 
cesidades de los gobiernos? De algana parte ban de sacar 
^tos sus entradas para hacer frente a los espendios natnra- 
les de ana administracion. ^Qni^n los daria, si no esel capi- 
tal o el consamo? Veo bien que pesa sobre la jeneralidad 
el impnesto, que los paeblos se encaentran agobiados por 
las contribnciones, qne el pobre es el que las safre en Ultimo 
resultado, pues aun cuando en algo afecten a los ricos, esto 
es comparativamente mni poco y tienen ademas los medios 
de Uenarlas sin sacrificio; {pero qu^ hacer? Yo no veo el me- 
dio, y esto me parece tan imposible de resolver comola re- 
tribacion del trabajo. Para qu^ llegara a efectuarse lo uno y 
lo otro serian necesarios dos milagros tan grandes como el 
mnndo, {porque solo ellos harian la reforma del mandol 
porque solo ellos desterrarian para siempre la miseria y la 
ignorancia, la esolavitad y el vicio! 



384 UM OBCRKOS DBL FUXBLOu 

--*Te escQcho oon placer, hijo mio, porqae cotapreades 
los resultadoa inmensoa que traeria conaigo la adopcioa de 
estas medidas en caso qae faeraa realizable i, y porqae asi 
eomo valoras los inconvenieates, sabes apreciar las venta- 
jas, lo caal me da la conviccioa de ta capacidad nataral y 
de la elevacioa de ta alma, la qae te hara digao de todo: lo 
eatiendes? de todo, sia escepcioa algana, . . 

— ^No teme uated, senor, despertar mi vaaidad con sos 
palabras? , . 

— >No; el josto a):)recio de si mismo no es vanidad: esta se 
satisface con la osteutacion y el otro con las baenas accio- 
nes; la ana nos esclaviza y nos degrada, porqae solo estiqia 
la adalacion, mientras qae el otro vire en el retiro de la 
conciencia, encontrando la satisfaceion en si propio y no ep 
los demas; la ana no paede estar sino acompafllada de an 
cortejo de alabanzasy en el ballicio de las sociedades, 
mientras qae el otro se encaentra bien en todas partes y 
mas bien coasigo mismo. I^o tengo, paes, este temor, hijo 
mio, porqae s^ lo qae eres y lo qae has de llegar a sen . . 
Mientras tanto, volvamos a tomar el hilo de naestras refle^ 
xiones, qae ser&nla base de ta edacacion; paes he preferidg 
el m^todo de demostrartie, ya sea en economia, ya en politi- 
ca, lo mas elevado de los hamanos eonocimientos para entrar 
en segaida en los detalles de la diencia, qaeriendo. qae se 
acortambre ta intelijencia a las grandes ideas y ta oorazan 
a los sanos principios de la moral para qae. apercibas mas 
claramehte y sin confandirte los otros ramos qae formanlo 
qne se llama la sabidnria del hombre,: qae en realidad solo 
se alcanza con la virtad, paes ppr mas ciencia qae poseya- 
mo&y nada es ^sta si no se ha aprendido a obrar bien* 

IV, 

* • " 

Bices que serian nedesarios dos tnilagros tan grandes como 
el mando para encontrar por ana parte la jasta remanera* 
cion del trabajo o la retribacion del despojo hecho a la 



V, 



Lot fXCRirOS DIL PX7XBL<X S85 

propiedad; y por la otra que el consumo qqedara exento de 
contribuciones; y sin embargo, tanto aquello como esto ea 
realizable sin que sean necesarios portentos, sino que estA 
en la naturaleza misma de las cosas y en la conveniencia de 
la especie; pues sus resaltados no reflairian linicamente en 
bien de la gran mayoria, sino de aquellos que creen ahora 
esplotarlo con engaSo y detriinento propio: vaihos a exa- 
minar las dos cuestiones por separado. 

Tienes razon para decir que doade se encontraria el 
regulador que e^tablecieae el equilibrio entre el salario y el 
trabajo, cuando los hombres y las cosas cambian, cuando no 
hai nada igual, cuando las jeneraciones se suceden las unas 
a laa otras; pero-no puedas menos de concederoie que en el 
sistenia actual existe la esppliacion, es decir, que el capital, 
salvo la retnuneracion que le es propia y la qae se debe a 
la intelijencia del que lo emplea, toina una parte de la 
ganancia obtenida por el trabajo esclusivo del hombre. 

— Eso est^ de nlaniliesto, seaor; cualqaiera que sea el 
negocio, sierapre el empresario calcula la utilidad que le 
proporciona cada bra^o que ocupa, despues de haberle sa- 
tisfecho el jornal librepieate convenido. 

' — ^Y qu^ dirias td si existiera el medio de que la propie- 
dad del pueblo volviese otra vez al pueblo? Porque no creas, 
como ya te lo he dicho, que lo que hace la riqueza del in- 
dustrial son iaicamente los brazoB que emplea, sino tarabien 
el consumo, y tanto el uno como el otro dan un beneficio 
mayor que la remuneracion debida al capital y a la inteli- 
jencia; pues bien, ese sobrante que nace del trabajo y del 
consumo, que proviene, en una palabra, del proletario, ea 
preciso que vuelva a su orljen, pues de otra manera la te mi- 
da mdxima de Proudhon: la propiedad es el robo^ queda 
complelamente justificida. 

— Diria, sefior, que jamas se Labia descubierto una ver- 
dad mas grande ni mas provechosa. 
•— Esa verdad no es de hot, hijo mio, ni es tampocj mi 



dSd UW nCUOOS DSL POXBLO. 

obra; esa verdad esti encamada en la lei de amor predica* 
da per Jesacristo, esta revelada en estas solas palabras: mira 
a tu prqjimo como a tw hermdno y no hagas a otro lo que no 
quieraa que te hagan a tl. He aqai establecido el mas rigo- 
rc80 comanismo; pero el comanismo que no coarta las 
facnltades, que deja al hombre sa libertad de obrar, que le 
permite caanto qniera el ensanche de sa intelijenciay que 
impide que el ocio viva a espensas del trabajo y el vicio 
alimentado per la virtud, pero que sin embargo esta- 
blece un vinculo al decirle: este es tu hermanOj miralo 
como a tal, prohibiendole por esta misma razon el e^plo- 
tarlo. 

Abora, pnes; ^no e3 verdad que resultaria uu bien inmen- 
so a la humaoidad si en lugar de dejar estas mdximas limi- 
tadas al faero interno de la conciencia, las hiciSramos efec- 
tivas pof medio de la lei? 

— Pero esto seria coartar la libertad. 

— No, amigo mio, la libertad de obrar mal no existe; asi 
el que no sostiene el brazo al asesino, pudiendo, se hace reo 
del mismo delito: de consiguiente, si yo impido que perju- 
diquen al pobre robdndole su trabajo, lejos de atentar con- 
tra la libertad, la establezco, pues doi a cada cual lo que 
lejitimamente le corresponde, y la justicia es la primera 
condicion de esa libertad, o mas bien dicho, la libertad no 
puede existir sin la justicia. 

— ^Estoi impaciente, senor, por saber cuAl es el medio que 
usted propone para llegar a un resultado cuya realizacion 
me parece imposible por mas que piense en ella y por mas 
que me agrade. 

— Asi sucede jeneralmente: las cosas mas sencillas se 
presentan dificiles; pero cuando llegamos a conocer el meca- 
nismo, nos sorprendemos de no haber acertado aadivinarlo 
antes. 

— Serd mui cierto lo que usted dice, pero ese mecanismo 
no es tan sencillo, desde el momento que ban trascurrido 



t08 BlCBKiH>S DIL MkALO. 88t 

tantos siglos sin que tantas intelijenciaa de primer 6rdea Id 
hayan encontrado, 

—No habrdn quetido verlo, porqueel Evanjelio es uti libro 
qtie est4 abierto a I09 ojo3 de todo3 y pofque la hatatale- 
za antes que ^I nos habla a cada paso, nos presenta a cada 
instante, nos dice por todos sus 6rgaao^ la lei qu0 debemos 
seguir, puesto que tenemos que esforzarnos para Uegar A 
ahogar, muchas veces sin consegairlb, nuestros interiores 
instintos. 

— jPero qu6 debe hacerse? 

— Si es evidente que toda fortuna adquirida no pertdne- 
ce esclusivamente al capital y al individao que la ha agio- 
Inerado, sino que una parte de ella corresponde al trabaja- 
dor y al consurao, claro es que la masa del cuerpo social, 
que la forma el pueblo, es acreedora a una porcion mayor o 
nienor de esos bienes. 

-^En esto no hai la menor duda, pues ya usted me lo ha 
demostrado con bastante claridad. 

V. 

— Plies bien, haga entonces el estado o los estados, (por 
que esta regla puede hacerse estensiva a todos los paises) 
de modo que la parte de fortuna que consictere pertenecer a 
la comunidad vuelvdt a etla. JSitahUzoase por lei: ^^que el 
estado es aoreedor dl diez por eiento de loshiethesde cada 
individao despues de sus dias^ y veremos desaparecer la 
iniseria. 

Esta medida por si sola, amigo mio, bastaria para trans- 
formar al mundo sin perjuicio de nadie y con provebho de 
todos; sin perjuicio de nadie, porque no se le quita al in- 
dividuo el estimulo de adquirir, como sucederia ^n un co- 
mnnismo bbligatorio, pues puede gozar libremente del fruto 
de su trabajo durante su vida, pues puede disponer de toda 
su accion y de todos sus recursoa como mejor le agrade y 



$ft8 U3B SBOSKrOS DIO. FC9SUI. 

en lo que mas le acomode, sin estar rn^eto a reglame.fttQ 
algano, sin que laociosidad viva de las adqaisiciones hech^p 
por SH iBtelijencia como teudria lagar gd los coamnisoioa 
inventados por los Cabets, los San Simoi^s, los Foarriera, 
etc., porqtie desde el instante qoe se quita al hoqibre la jli- 
bertad) todo desaparexe, paes ella es la prinxera coadieio^ 
de sa existencia y en la que eatd basada sa moralidad, su 
dicha y su progreso. 

Con el espediente que yo propongo no se le infieje daflp 
alguno al individuo, pues ^1 aprovecha de todas las como- 
didades y goces que le proporciona su fortunaladquirida, y 
solo viene a restituir la parte que corresponde a la socie- 
dad despues de sus dias, es ijecir, ouando no la necesita, 
cuando es sup^rflua^ cuando le es indtil, de manera que no 
se le impone la mas pequena traba ni se le infiere el ma? 
leve sufrimiento. 

Por otra parte, esta justa restitucion no queda egtiril, 
sino que o la ha aprovechado 61 o la aproTech9.rin sus bijos J 
por medio de una inversion o de una distribucion igual, le* 
jitima y equitativa, quedando de esta suerte garantida la 
propiedad del pobre, de que ha sido despojado hasta este 
momento y cuya privacion hace su infortunio. 

— No comprendo todavia dj6nde quiere usted ir a parar, 
pues lo linico que veo es que, segun su sistema, en mui.ppco 
tiempo vendxia a ser el estado el propietario uxiiver^aj y ,el 
.duefio imiQO de la riqueza piiblica, que se iria sucesiyamente 
acumulando, tal vez -con grave perjuicio de los pa^ticulares. 

— Tu temor desaparecer^ en breve, porque no preten^P 
que se restitoya la propiedad del pobre para que se apode- 
ren de ella los gobiernos, sino para que yuelva ipcesante- 
mente a la masa comun de donde nace sin interrupcioq; 
pero que vuelva convertida en pan, en vestuario, en goce^ 
en instruccion, en intelijencia, en faerza, en libertad., • 

— La trasformacion es portentoaa, senor; pero no concibo 
c6mQ pueda efectuarse. 



iM iscnurrot bsl nwsOK 989 

— To si que la concibo, 7 en un instante mas la compren- 
A^ris ttl tanto como yo mismo. 

Pues bien, con esa restitucion de la propiedad del pobre, 
Uevada a efecto por medio de la lei, con ese cAmulo de ri- 
qaezas que aflniria a las areas del Estado, median te al diez 
por ciento que se cobraria a la muerte de cada individuo, 
yo formaria establecimientos para dar vida a la Bociedad, 
estableciinientos donde tuviera el nino desde que nace, su 
alimento, su vestuaiio, su habitaoion, y cuando mas grande, 
sns maestros, su instruccion, su trabajo, su porvenir dise- 
fiado y casi.seguro. 

Formaria establecimientos donde encontraran los ancia- 
nos y los invdlidos del trabajo un asilo c6modo, una exis- 
tericia independiente y libre de la mendicidad: de manera 
que eso3 dos estremos de la vida, la infancia y la vejez, en 
que el hombre necesita de apoyo, en que es debil, en que 
no puede bastarse a si mismo, hallarian all! todo cuanto es 
indispensable al sustento del cuerpo y del espiritu. 

VL 

Dime ahora, hijo mio, jno es verdad que asi desapareceria 
la principal, talvez la linica causa de las desgracias humanas; 
la rriiseria? jY cudn diferente no seria el hombre! Que pro- 
greso no existiria habieudo la posibilidad de aprovechar 
todas las fuerzas intelectuales y fisicas de cada uno! Qu^ vir- 
tud, qu^ armonia no reinara entre todos cuando cada cual, 
6in injustas y arbitrarias trabas, pudiese desarrollarse libre- 
mente y en conformidad a sus inclinacionea! C6nio serian 
las uniones fdciles y venturosas, no tenigndo el fantasma de 
la necesidad por delante! Y c6mo, obedeciendo linicamente 
a nuestras simpatfas, realizariamo3 el bello ideal de la pa- 
sion, del amor! C6mo yeriamos desaparecer la codicia que 
hoi domina, la envidia que nos roe, las preocupaciones que 
no's eatraviaii, el vicio que nod pierde, para entrar en la sen- 



MO urn 

da de Ifl fratemidad jeoerosa, de la eiencia que cada dia 
abre noeTos hoi izoDtes, proporcionaDdo noeiroe gocea, de la 
virtod qoe no holo con^-nela las amarguras de la vida sino 
que la hace ^nave, deliciosa y felia. . . 

TeDiendo cada boiubre, desde el momeoto de venir al 
fDQodo basta qae \o deja, asegnrada so sobsistencia en los 
primeros j en los dltimos diss, es decir, en los doe estremos 
en qoe somos d^biles, ^de qo^ no seria capaz en sos anos de 
vigor, de eneijia j de fuerza? No babiendo intelijeneia per- 
dida, instiDto contraiiado, carrera que no estaviera abierta, 
porqae todas tendrian completa libertad, desde qoe existian 
los recorEOS, desapareciendo la miseria; ^qn^ voelo no toma- 
ria el bnrnano espiritn j qu6 desabogo no tendria el cora- 
zon; de qn6 comodidades no gozaria el cuerpo y coan £lciles 
para todos el obtenerlas!.. . 

Se me ocuire nna reflexion qne mnebas veces be becbo: 
^a qn^ deben sn existencia todavia en nnestro siglo esas 
Tetustas colomnas de los tiempos pasados qae se Uaman con- 
ventos o monasterios? C6mo es qoe la civilizacion, qne los 
vaivenes de las sociedades, qae las reflexiooes de los fil6so- 
fos, qne la befa de los criticos, qae el desprecio casi jeneral 
con que se lej mira en el dia, no los ba echado aun por tie- 
rra? jLos sostendr^ su impcrtancia o su atilidad? No; lo que 
los mantiene de pi^, es que el bombre que entra en su re- 
cinto no tiene que pensar en su sub^istencia: b^ aqui la cau- 
sa de su daracion, de su resistencia y de su fuerza. 

Abora bieu, esto mismo que se bace en los conventos con 
BUS afiliados, } o. querria verlo establecido en el mundo, con 
la sola diferencia de que a los padres se les exije la obedien- 
cia pasiva, y aqui tendrian los individuos la libertad activa 
y con ella el engrandecimiento y perfeccion del bombre. 

El {inico modo de conseguir la independencia a que as- 
pira nuestro ser con tanto abinco, porque es su principal 
elemento de vida, consiste en establecer esta especie de pro- 
videpcia sobre la tierra; es preciso que el nifio, cuando vie- 



U>t SIBCBXTOS DIL FUBBLO. i9l 

Be al mundo, no caiga entre enemigos sino entre hermanos, 
que no se encuentre desnudo j solo sino con todos los re- 
cursos indispensables a su fi6jil vida, para que llegue a ser 
con el tiempo ^ibol robusto y frondoso que proyecte su be- 
n^fica sombra sobre muchos de sus semejantes. 

Haced al hombre independiente y lo hareis grande, bueno 
y feliz; pero para hacerlo independiente es preciso quitar 
el obstdculo, es necesario destruir lo que lo esclaviza: y lo 
que lo esclaviza es la miseria.. . pero esta miseria desapa- 
recer^ tan luego como se restituyan los bienes usurpados al 
proletario, tan luego como se establezca esta lei justa y re* 
paradora que vengo de decirte. 

VIL 

Y no creas^ bijo mio, que los mismos a quienes cupiera la 
restitucion salieran perjudicados: nada de eso, porque ellos 
recibirdin mas beneficios que lo que hubieran alcanzado con 
el doble del dinero que entreguen al fin de sus dias; pues es 
incuestionable que la asociacion centuplica las fuerzas, y lo 
que no pueden congeguir mil hombres individualraente, lo 
consiguen ciento deuna manera colectiva. 

Voi, pue.T!, a probarte sumariamente esta verdad por me- 
dio de un sencillo cAlculc: supongamos que un hombre al 
tiempo de morir deja cincuenta mil pesos y cinco hijos: por 
la lei seria el estado heredero del diez por ciento, es decir, 
de cinco mil pesos; ahora bien jcuAnto habria gastado el 
padre en la educacion, instruccion, alimento, vestuario, etc., 
etc., durante el t^rmino de veinte afios que pueden estar 
sus hijos a cargo del estado, claro es que mucho mas de la 
suma que hoi estfi obligado a dejar a la sociedad; de consi- 
guiente, esta medida, que talvez parecerA a algunos onerosa 
e injusta, es econ6mica y reparadora, y no solo econ6mica 
y reparadora, sino tambien provechosa, pues nunca alcanza- 
ria el padre mas rico a dar a sus hijos con igual esmero to- 
dos aquellos conbcimientos que se obtendrian eu esos casps 



t92 lOS SSGEITOi dh. fuxka 

de una man era colectiva, porque, como cs eabido, y como* 
ya lo hemes dicho, las fuerzas reunidas son mui poderosas, 
poes su empuje simulldneo es el que hace su fuerza. 

Ya ves, bijo mio, que no es tan diflcil establecer ese rer 
sarcimiento debido a los pobres, y ves tambien todo el pro- 
vetho que se sacaria de ^1, provecho que no iria en detri- 
mento de nadie, sine en bien de la jeneralidad, en bien de 
las jeneracion€8 presentes y futuras. 

— Mientras mas comprendo, senor, mas me admira la 
sencillez y utilidad de su m6todo, y mientras mas refleccio- 
no, se estienden a mi vista mas y mas los inmensos benefi- 
cios que de la adopcion de ese sistema resultarian aljenero 
humane.. . jAi! me parece imposible poder abarcar ni aun 
con la imajinacion, todo aquellode que, en uu case tal, seria 
capaz el hombre. 

— Asi es, hijo mio, yo mismo que he reflexionado tanto 
no hago mas que entrever esos horizontes de paz, de fraier- 
nidad, de progreso, de alegria, de dicha.. . sin poder tener 
una idea clara y distinta de lo que entonces seria el hom- 
bre... 

Y el noble, anciano levant6 su cabeza h&cia el cielo como 
para encontrar alii lo que buscaba en la tierra. 

— Pero su pensamiento es mui fdcil de realizarse. 

— No lo creas, j6ven; la ignorancia tiene una certeza mui 
dura y el error raices mui profundas!. . . Hace diez y nueve 
Biglos que la palabra de Jesucristo estd. con nosotros |y aun 
no la comprendemos!. . . que nos senala el camino \y aun no 
lo seguimos! jque nos dice: "aqui estd la verdad", \y no la 
vemes! ^c6mo seria yo tan audaz en creerme capaz de con- 
seguir lo que El no ha obtenido? 

— ^Estamos, entonces, condenados a vivir siempre en el 
error, en la ignorancia, en el vicio, en la miseria? 

— No, hijo mio, la civilizacion gana terreno y la lei jene- 
ral es el progreso: al fin llegard un tiempo en que el hombre 
vc^ claro y cdriozca su convenieuciit. 



LOS BXCBBTOt DIL FXnEBLO. S99 

— Pero, ^por qu^ no precipitar ese resaltado por la faer- 
za? Porqu^, si para hacer el bien es aecesario la violencia, 
no einplearla? 

— Porque todo esfuerzo impHca resistencia y toda resis- 
tencia lucha, y no es asi como triunfard la verdad: la espe- 
riencia de los siglo^ pasados nos lo demuestran; los sacudi- 
mientos que ban tenido las sociedades nos manifiestau que 
la sangre no puede dar sino odios, despotismo y venganzas, 
y esto se asocia mal con la fraternidad que es la primera 
condicion de vida, de progreso y de felicidad para el horn- 
bre. Mnchas veces he visto combatir por la libertad, y aun 
cuando hayan triunfado sus defensores, jamas ha sido prac- 
ticada: a la terrible revolucion francesa de 1789 8ucedi6 el 
despotismo militar de Napoleon I, y ala de 1848 la tirania 
jesuftica de Napoleon III. Otro tanto, aunque en mas pe- 
quefia escala, he visto entre nosotros: siempre las p^rdidas 
han sido mayores que las ganancias y el bien obtenido me- 
nor que el sacrificio (1); este es el triste resultado de la 

(1) Ed la espantoea guerra de lo3 Estado» Unidoi, guerra basta cierto pnsto jus- 
tificable, pi'i:que tenia por divisa j por obj«to la libertad de una raza, guerra que ba 
AEombrado al muudo por la lenacidad en el ataque y en la defenan, por los inmensot 
recurees que ba desplegado ese en^rjico y adelantado pueblo ^qu4 es lo que se lia 
becbo? ^^e ba ganado o se ba perdidp con eUtriunfo sangriento do la buena causa? 
Cinco millones de esclavos ban sido libertados a medias, porque toda via no tienen loa 
privilejios o derecbos de ciudadanos, cinco millones de bombres paeden andar por 
donde mejor lee acomode, pero no ballar cl eustento que necesitaa porque sus mi&mos 
libertadores }qs rc^cUasan: b^ aqni todo el bien adquirido; y en cambio jcuiintos malesi 
cuSntas desgracias sin nonabre! cu^nta sangre derramadu! cucintas p^rdidas tan inmen- 
Bas que la imajinacioa y el cAlculo ca%l oo alcanza a yalorar! La deuda de los Estados 
del I^orte, independlente de los tesoros acumulados en au erario, subio a la enorme 
Buma. de cerca de tres mil millonebl ^ou^l aeri la de los del Sur? y cuM la de la propio- 
dad particular y publica destruida? cu^ la de la produccion que se dejo de obtenerT 
cu41 la de las ntiUdades que no se consiguieron? cudl la de la parallzacion de las indua* 
trias? cudl, en fin, la suma si todo lo bemos de reduclr a oro en qua pudieran cotizarse 
tantas existenclas vigorosaa troncbadas en flor? ^Se nos objetard que se ba establecido 
un princii>io y que sn realizacion .vale maa que la fortuna? — No, contestaremoa noso- 
troa,, porque ese principio eataba preconcebido en la mente y en la conciencia de 
todoa; porque era una coaa Baneionada en idea y que no tenia adversarios en el terre* 
DO del sentimiento moral,- sino liiuicamente en el interes particular. 

jPero no bubiera siijlo mejor, cien mil veces mejor Uegar a reaiizar el becho de la 

libertad ^Ov los negro'ppr medio de la persuacioo, por medio de la conveniencia, por 

medio de la compra, por medio de eMw Bmaas fabnloiaB qne htmof Tisto gaatane en la 



594 LOf 8ECBXI08 DEL FITSBLd. 

guerra y alld es donde nos conducen las medidas yiolentas 
por mas sap to que sea el prop6sito: elfin no justifica he 
medios como pretenden los jesnitas, sino que deben estar 
siempre estos en armonia con aquel, es decir, que el mal no 
puede servir para Uegar al bien, ni el crimen para alcanzar 
a la virtud. Cr^emelo, hijo mio, jamas planteards la liber- 
tad por medio de la violencia, la ilustracion por el aniqui- 
lamiento, la fraternidad por la guerra. La independencia 
del hombre, su dignidad, su progreso, consiste en la des« 
truccion de la miseria y el medio que te he propuesto es 
fAcil, equitativo, razonable y pacifico, pues no hiere los in- 
teresee de nadie sino los intereses de todos. 



guerra mas encarnizaila y mas Eangrienta de que tiene ejemplo la hietoriat Si poclemot 
calcniar en diez mil milloDes log caudales de t«do j4nero absorvidos durante los cna* 
tro afioe de eea mon&truoEa lucha, esto es Bin contar la p^rdida de tantas Yidasi ei en 
Tez de Hevar asangre y fuego la libertad, ee le hubiera dicbo a los plantadores del 
Snd: "no podomos menos de estar conveDcidoe que en nnestro siglo, en nuestras instl 
tacioDes y bajo nnestro eistema democratico y republicano, es una anomalia la esclavi 
tad y una mancba que tilda nuestro glorioso pabellon. Somos el primer pueblo de 
mundo. Llevamos la engefia de la independencia bumana desde el uno hasta el otro 
polo; nuesira uacionalidad es el faro que ilumioa y guia a las naciones; la esperanza 
de libertad, de orden, de rejeneracion esid cifrada en i^osotros; no bai un solo pais que 
no tenga su vista fija en uuestros adelantos y que no espere de nuestra matcba pro« 
gresitita la solucion del problema que se llama la independencia del bombre ipor qu6 
eDloDces no destruir el obst^culo que nos detiene y que nos denigra? Por qu^ no ecbar 
por tierra esa iustitucion que es el antlpodo de las iostituciones que nos rijen y que en 
breve ser^n los que gobiernen la jeneralidad de la especie? Si es vuestra fortuna lo 
que impide su realizacion, si el iuteres pecuniario es lo 6nico que os detiene, pues bien, 
OS dareiiiOB una ipdt^mnizacion correspoudiente o superior al sacrificio, os comprare- 
mos lo que Uamais vuestra propiedad, pagdndoos en dinero mas que lo que vosotrot 
pedis por la emancipncion de un esclavo; os daremos qninientos pesos por cabeza y 
puesto que teneis cuatro millones dd esos infelices, os compramos la libertad de todoa 
ellos, de modo que no perdais un solo maravedi sino que al cortrario bagais vuestra 
fortuna..." Los propietarios de negros ^babrian resistido a este lenguaje que, a mas de 
bumano, envolvia una bt- 11a especulacion? Parece que no, porque la jeneralidad del 
pensamiento se ballaba unida al cebo de la codicia, pudiendo aparecer como desintere- 
sados fil^utropos a la vez que bdbiles e^peculadores. Abora bien, {cu^nto no se babria 
aborrado ael! Qu6 de l^grimas, qu6 de vidas, qu6 de fortuuas no se habrianeconomiza- 
do! Cu&nta miseria de menos y cudnta prosperidad de mas! GuAnta abundancla espar- 
cida por el mundo en lugar de las perturbaciones que ban esistido en todos los mer* 
cados, de la pai^alizaeion de las manufacturas, de la carencia de trabajo para el 
proletario, de la careetia de los articulos para el consumo! La paz es la 6nica qua 
puede dar buenoi reeultados, la guerra solo traerd desolacion y miseria,.. 






tot 8B0BET08 mSt PUEBLO., S95 

— Lo comprendo, sefior, y es sorprendente como hasta 
ahora no se ha establecido un r^jimen tan provechoso, 

— Ya te he dicho los inconv^nientes; pero al fin, estd 
seguro, al fin se romperdn los obstficulos. 

— Una vez que usted nie ha presentado tan sencillo, lo 
que poco antes me parecia imposible, no dudo que el segun* 
do m^todo, el de quitar las contribuciones que pesan sobre 
el consumo, es decir, sobre el pobre, sea tan hafeedero como 
el que acaba de esplicarme. 

— Asf es, y sin embargo, no lo veremos nosotros estable^ 
cido, pues pasardn siglos antes que las naciones lo pongan 
en prdctica. 

— Pero esto no impedird que usted me lo comunique. 

— Bajo ningun aspecto, por mas infructuosos que parez- 
can; pues s^ por esperiencia que )a idea no se pierde ^no 
que jermina, y aunque su desarrollo sea tardio, al fin Uega 
a dar un fruto. . , 



Las contribuciones j el cridito. 



Ta te he dicho que el pobre al venir al mnndo no encon- 
traba el precise snstento, pero que era £4cil hallarlo eii la 
lejitima distribncion debida al trabajo; j ahota vamos a 
bustar el medio de libertarlo de la8 contribuciones qne pa- 
ralizan su foerza, deteniendo su produccion y aprisionandolo 
con UDa cadena que le es imposible romper. 

Se dir& que sin el impuesto no puede ezistir ^el 6rden 
civil, no puede haber gobierno alguno, no puede darse r^- 
jimen administrativo, porque es necesario pagar los servi- 
cio8 de aquellos que se dedican o que son llamados por sns 
aptitudes, por su talento o" por su honradez a conservar la 
armonia eutre las partes, impidiendo la dialocacion de la 
sociedad que daria por resultado el egoismo individual si 
se le dejase obrar gin traba ni respeto alguno. Nada mas 
justo, pues, que remunerar aquellos servicios siendo nece- 
sario que se les recompense como conviene, porque en rea- 
lidad son tanto o mas productivos que los otros, pues el que 
admini&tra mantiene la regularidad en la marcha, la equi- 
dad en la distribncion y la economia en todo, asi como 
el guerrero defiende la vida y propiedad de sus conciuda- 
danos y el medico repara las fuerzas y alivia los dolores del 
enfermo. 

No es bajo ningun aspecto mi prop6sito hacer que que- 
den sin recompensa estos servicios; ^pero es justo que sea 



tOS SSORKfOS DSL PtTSBLO, Jf>%7 



,\ ' 



J 1 



el iCODijsprao, o lo que es lo misrao, la grande y pobre mayc^- 
i;iade los. pueblos la que pague todos los espeadios? Es 
justo que aquellos que necesitan la proteccioa del estado 
sea a quienes se sacrifique? Es razonable que se vean obliga- 
dos a partir la migaja de pan que los susteuta para sostener 
el fausto de los reyes, el poder de los ej^rcitps, la osteata- 
cioQ de los cultos, las necesidad^s de los maudatarios de 

* . 

toda especie? Fdcilmente conveadr^s conmigo que no; 
pero me diras ^que qui^n e? ent6nces el q';e debe pagar? y 
te rjesponder^ que el capital. 

—gin embargo, hace un momento, senor, que usted mis- 
mo me probaba que el capital quedaba siempre exento de 
toda cpntribucion ^c6mo es que se propone actualnjeate lo 
contrario? 

— El capital estd libre hoi de toda contribucion^ es yor- 
dad, y esto es jnstamente el mal; pero es fuera de duda quo 
el que recibe todos los beneficios es el que debe soportar 
los graviCmenes. 

— Nada mas justo; pero tambien nada mas dificil en el 
caso actual, segun las razone^ ^espuestas. 

— Asi parece a primera vista, y tan lo parece, que no hai 
un pais en todo el mundo donde se vea establecido lo con- 
trario; pues ya se preteuda afectar at capital o a la renta, 
siempre viene el consume en Ultimo resultado a pagar el 
gravamen que se establezca; pero con mi sistema serd iiui- 
camente el capital el que satisfaga el impuesto, y lo que es 
todavia mejor, que satisfard el impuesto sin que le sea one- 
rose, sino que por la in versa 'servird, para aumentarlo y pro- 
tejerlo* 

— Lo escuchp, sefior, con el mayor interes, pues, aunque 
Bin esperiencia, veo que la solueion de este problema hard 
una revolucion en pueblos y gobiernos. 

— Una revolucion tan inmensa como ben^fica, a la vez 
que fdcil y sencilla! Todo el secreto, toda la dificultad, todo 
el misterio, consiste en la adopcion de est^ dos sipiples me- 



i9i L06 8BCKR06 DSL PITSBLO. 

didas: proporcionar al hombre mientraa es debil los medio3 
para que se alimente e instruy.i, y no disminuir sag facul- 
tades criadoras y prodactivas mientras es fiierte. Lo primero 
se consigae estableciendo el derecho de herencia del es- 
tado, de que ya te he hablado, y lo seguado suprimiendo 
el impuesto para que no grave al consumo. 

— La justa y adaptable medida que usted me ha manifes- 
tado para establecer lo uno, es admirable, casi divina por 
BU eficacia y por su sencillez, sencillez que llega a un grado 
tal que un nino la comprende en el acto sin que por esto se 
la prive de su importancia y de su grandeza; pero respecto 
a la otra, no distingo todavia la solucion. 

— Lo s^, pero no dudo que la comprenderds en breve; y 
aunque entre contigo en las mas irduas cuestiones de la" 
economia politica, tratar^ deser claro, despojdadola de todo 
ese aparato cientlfico que embrolla las ideas, sirviendo uni- 
camente para despertar en nosotros las presunciones del ta« 
lento y no la eficacia de la realidad. 

IL 

Hai, hijo mio, en la actual manera de ser de los pueblos, 
un elemento poderosisimo que se llama cr^dito y que desa- 
rrolla prodijiosamente las fuerzas productivas del hombre, 
pues ha llegado a ser el circulante mas activo, mas fdcil, mas 
seguro, mas real, supliendo con Ventaja al dinero y movi- 
iizando todos los valor^s para hacer mas sencillos los cam- 
bios. 

En el antiguo sistema, sistema que existe todavia en par* 
te, no se conocia mas que el oro y la plata Como circulante, 
y aun otras muchas sustancias, como el cacao en M^jico, las 
pieles en Rusia y las tablaa de alerce en nuestra provincia 
de Chilo^, que son todavia la moneda corriente de aquella 
ftpartada comarca; pero no tomando en cuenta mas que el 
oro y la plata, que siempre seguimos considerando como la 



hoi siioBBtos £>BL ^tTjBblo. S99 

verdadera representacioa de los valores, vemos que poco a 
poco se fu^ necesitando de otro ajente para facilitar los 
cambios, porque era iiisuficiente por si solo el que teniamos, 
J de aqui emanaron los pagardes, las escrituras, las hipote- 
cas y liltimamente los bancos o la emision de billetes al 
portador, si bien es verdad que todas estas diversas formas 
por que ha ido pasando el sistema de cr6dito tienen hasta 
hoi dia por base el dinero, de donde ha proven'do el error 
de que se considere la plata y el oro como la mas s61ida o 
la verdadera riqueza, error que va tambien desapareciendo 
pero que aun subsiste y que serdn necesarios muchos anoa y 
muchos cambios para que se pietda del todo. 

Tan eficaz ha sido el crddito para el progreso de las na- 
clones, que aquellas donde ha sido adoptado primero y don- 
de se encuentra mas adelantado, son tambien las que mas 
han progresado, aumeiitando su riqnieza en proporcion al 
desarrollo de este ajente. iDe qu6 le ha valido a la Espafia, 
por ejemplo, poseer los mas ricos minerales del mundo y ser 
dueno durante siglos de los inagotables tesoros de la Ame- 
rica? De bien poco; talvez de nada, porque, limitando sus 
cambios al circulante, o no teniendo mas signo representati- 
vo que date para movilizar los valores, se ha quedado esta- 
cionaria, mientras que aquellos puebloSj como la Inglaterra, 
que echaron mano del crddito, han prosperado estraordi- 
nariamente: esto es un hecho incontestable, porque es un 
hecho prdctico. 

Vemos por esperiencia, y esta eaperiencia se confirma 
cada dia, que todo establecimien to particular de crddito 
prospera y se enriquece en poco tiempo, salvo aquellos ca- 
ses accidentales en que han fracasa lo porque han ido maa 
all& del limite que deben tener, o porque han sido aplicados 
a otras empresas ajenas a la institucion: pero en jeneral, los 
bancos han hecho bien al publico, enriquecidadose ellos 
mismos; y esto es natural, pues no hacen valer tanto sus ca- 
pitales, que solo sir^en de garantia, sino que ganan con la 



400 LOS 81CSITO8 DSL PUSBLO. 

fortana pdblica, Birvi^ndole de ajente movilizador, a la vez 
que facilitan el cambio de I03 prodactoa, y de estas do3 ac- 
ciones sacan sa provecho. 

El cr6dito tiene por base el capital Nadie presta a otro 
una suma de dinero sin la promesa de pago, y esta promesa 
de pago no tiene solidez sino en la fortnna del que pide 
el pr&tamo; de consiguiente, la escritara que recibe el ban- 
quero no ea nna simple hoja de papel, no es una obligacion 
que emana tlnieamente de la voluntad y que no tiene mas 
consistencia que el capricho, sino que representa y es en 
realidad una parte de la fortuna del individuo que se cons- 
titaye deudor, y el billete de banco que hace las voces de 
la moneda viene siendo tambien una representacion de los 
capitales de esos mismos deudores, teniendo a mas por ga- 
rantia los fondos que constituyen la masa de bienes respon- 
sablea con que se ha establecido el banco, lo que pone de 
manifiesto que 1 s utilidades o beneficios de dicbo banco 
nacen de la fortuna piiblica que pone en circulacion; por 
esto es que aquellos establecimientos que gozan de mas cr^- 
dito o cuyo movimiento de capitales ajenos es mas estenso, 
son los que obtienen mayores ganancias, 

Ahora bien, si es incontestable la utilidad que consiguen 
los banqueros y si esta utilidad proviene, no de la fortuna 
propia del establecimiento sino de la de los particulares 
que estdn en relacion conjel, ^por qu^ no podria formarse 
el estado una institucion semejante que se apoderase, digd* 
moslo asf, de las operaciones de todos y que reasuraiese ella 
Bola el cr^dito del pias y por consiguiente la utilidad que 
consigue cada uno de los bancos y a mas toda aquella que 
dejan de percibir por la deficiencia de sus estatiitos, pues 
debes saber que esos establecimientos no ban llegado toda- 
via a su perfeccion, ni que el cr^dito ha alcanzado el desa- 
rrollo que en realidad puede tener. 

Bajo el actual sistema y siendo los particulares los dis- 
pensadores del cr^dito, ^ nias de ser ellos los linicos que • 



LOS 8BCBBTOS DEL PXTEBLO. 401 

aprovechan, estda dispuestos a tiranizar la industria, absor- 
biendo las utilidades de ^3ta por la alza del interea, parali- 
zando asi la produccion, como sucede entre nosotros, donde 
el jugo vital'del pais pasa diariamenta a manos de los ajio* 
tistas, haciendose cada vez mas imposible y menos lacrativo 
el trabajo del hombre, resultandq por nece&idad 1^ pobreza 
y el atraso del pueblo, de manera que en liigar de ser el 
cr6dito un elementa fecundizador, es un elemento absorbea- 
te, y en vez de impulsar las fuerzas product! vas de la na- 
cion, las paraliza y las mata. 

Pero la accion del cr^dito seria mui diferente en manos 
del estado, puesa mas de sacar 61 un provecho satisfactoriq 
e incrementario, la industria, resultando de aqui tres bene- 
ficios inmensos, incalculables: el uno, que el estado obten- 
dria rentas mas pingiies, que las queconsigue ahora por me- 
dio de las contribuciones; el otro, que desapareciendo esas 
contribuciones se aliviaria grandemente a los pueblos, y 
disminuyendo sus cargas, se aumentarian sus goces; y el ter- 
cero/que prestando el estado a un bajo interes, no solo fa- 
cilitaria el trabajo, no solo aclimataria todas las industrial^ 
sino que movilizaria cuanto valor existe de cualquier natu- 
raleza* que faera, sjino que a la vez de ayudar al<5apital, 
sacaria de el la compensacion debida, dejando completa- 
mente exento de todo grav&men el trabajo del hombre, y 
destruyendo para siempre el ajiotaje de la usura. 

lit 

Es incuestionable que no puede darse el cr^dito sirt la 
existencia previa del capital; y caando se ha querido hacer 
iiso del primero, sin la garantia efectiva del segundo, no se 
Tia hecho otra cosa que levantar un edificio sobre la arena 
sin el menor cimiento que afianzase sU . estabilidad: esto es 
lo que siempre ha acontecido a los gobiernos o a los bancos 
que han echado a la circulacion hojas de papel timbradas, 

soMO n. 21 



403 L08 SXCSBtOS DXL PUXBLO. 

pero sin la garantia del capital, proviniendo de aqai ese 
terror pdnico por toda institucion de cr^dito que ha predo- 
minado en las sociedades durante siglos, impidiendo a los 
paeblos sacar el provecho que pueden y deben obtener 
de 61 

Toda emision que no tenga por base el capital adquirido, 
es falsa y sin valor, y por mas que la vol un tad despoticade 
algunos gobiernos haya querido imponer a los pueblos tal 
circulante ddndole un valor de convencion, la fuerza misma 
de las cosas lo ha depreciado, sin que haya bastado a soste- 
Derlo el mandato, la pena, ni el favor concedido, pues to- 
dos mas o menos han caido en desprestijio, como 8ucedi6 en 
Francia en tiempo del Rejente y del famoso Law y mas 
tarde con los assignats de la repiiblica y como ha sucedido 
tambien en nuestras hermanas y vecinas provincias del 
Plata; porque, lo que es ficticio, por mas que se quiera, por 
mas que se haga, no puede transformarse en real. Pero el 
billete de banco, cuya emision esti garantida por la exis- 
tencia de un capital mayor ^qud se le puede objetar? ^acaso 
este billete no tiene o no representa un valor tan positivo, 
tan evidente como el oro y la plata? ^A.caso no es mas se- 
guro y,mas inmutable que este? ^Que sucederia con nuestro 
actual circulante si manana llegasen a ser los metales pre- 
cipsos tan abundantes como lo esahora el cobre y el plomo? 
Desapareceria indudahlemente ese signo representativo, y 
tendriamos querecurrir al que hemos principiado a adoptar, 
es decir, al billete de banco, que cada dia se jeneraliza mas, 
aun existiendo el oro y la plata, y que llegara al fin a su- 
plantarlas por complete. 

Todo el mundo conoce ya que no se cambian sino los 
productos, y que la moneda no es otra cosa que un interme- 
diario o un signo convencional para facilitar esos mismos 
cambios o allauar el consumo, no queddndole al dinero mas 
que un valor ficticio del que puede ser despojado de un mo- 
men to a otro; pero no sucederia lo niismo al que representara 



realmentQ al capital, que ea el resultado del trabajo del 
hombre y que tiene por base laa humanas neceaidades; de 
consiguiente, ese siguo es de tal naturaleza, que nadie lo 
puede destruir ni variar, porque es en realidad fortuua pri- 
vada y piiblica, es decir, lo3 vulores de todo j^uero que ya 
dependea de los distintos dones de la Provideucia, esparcl- 
dos sobre las diferentes partes del globo, ya de la actividad 
intelijente de la especie dividida en tribus, en naciones o en 
razas, que tienden constantemente al cambio de sus respec- 
tivos productos para facilitar sus necesidades, aumentando 
sus goces reciprocos. 

IV. 

Como se ve, no es una simple hoja de papel el billete de 
banco que tiene por base al capital, sino que es en realidad la 
moneda mas inalterable, la que facilita mas los cambios, y, 
eu suraa, la de mejor lei en cuanto no es otra cosa que la 
misma riqueza puesta en circulacion por el medio mas in- 
jenioso y mas seguro, desde el momento que el acrecenta* 
mi^nto de la emision seria siempre el resultado del acrecen* 
taraiento de los valores, fundado en la mayor produccion 
piibiica. 

Sentado este principio, ^qu^ es lo que puede impedir que 
el estado carabie su sistema rentistico haci^ndose el dispen* 
sador {inico del d'edito, asi como lo es actualraente de la 
moneda? ^Cxik] seria el incon veniente que puede existir en que 
asumiese el caracter de banquero jeneral del pais, sacando 
de este servicio sus entradas, en lugar de tomar las de laa 
contribuciones, que son un verdadero despojo y una r^mora 
para el desarroUo industrial, puesto que todaa ellas, de cual* 
quier naturaleza que sean, tienden a absorber y absorben,en 
efecto, una parte mas o menos grande de la constante pro* 
duccion del .hombre? jHabria menos facilidad en tener la 
administracion de an banco en un estado de regularidad 



404 LOS 8BCKST0B DSL PUXBLP. 

perfecta a tener que ocaparae de adaanaa y todo el cortejo 
de etnpleaios que necesita la recaadacioa de lo3 impaestos 
en sus diferentes ramos, ya sean cooaiderados como contri- 
bucion directa o indirecta, pues todas, en Ultimo resaltado, 
no vienen a ser sino una misma e id6ntica cosa, es decir, un 
gravdmen inmediato hecho sobre la produccion y el con- 
sumo? 

El eatado distribuidor del cr^dito, o diremos mejor, re- 
presentante de la fortuna p&blica, haci^ndola valer y mo- 
vilizdndola de rnanera a satisfacer todos los cambios y todas 
las necesidades comerciales e individuates, pero siempre con 
la garantia de esa misma fortuna, sacaria sus rentas linica- 
mente del capital, sin pesar jamas sobre el consumo, y lo 
que fes mas, ayudando a ese mismo capital en lugar de gra- 
varlo, porque facilitaria su movilizacion estando en aptitud 
de cobrar mucho menos por el servicio monetario, pues si 
abora se presta el circulante a los hombres de fortuna a un 
ocho o un diez por ciento, entonces el estado podria d&v- 
selos a un cuatro, obteniendo ^1 solo ese provecho que 
imperfectamente se reparte entre muchos, facilitando igual- 
mente todas las especulaciones y todas las empresas, empre- 
sas y especulaciones que en la actualidad no se hacen, 
porque pesa demasiado el interes que impone el prestamis- 
ta, pues ^l absorbe los resultados de la industria; de manera 
que en vez de impulsarla la paraliza, como sucede entre 
nosotros. 

V. 

Supongamos por un momentq, hijo mio, que el estado 
de Chile asumiese sobre si el rol de los banqueros y que ^1 
fuera {micamente el que pusiese en accion la fortuna pri- 
vada, pues no es otra la operacion de los bancos, ^qu^ re- 
sultana? Se conseguirian los beneficios siguientes que lit 
anotado ya, pero que vuelvo a mencionar para que se vean 
mas claramente: 



LOS SEOBETOS DEL PUEBLO. 40S 

!.• Que el estado sacaria de aqui sus rentas, siendo ^sta 
mucho mayores que las que consigue ahora por medio de 
laia contribuciones. 

2.** Que solo seria el capital el que viniese a satisfacer los 
espendios. 

3.** Que la cuota del interes seria infiuitamente raenor. 

4.** Que podriau movilizarse todos los valores. 

5.® Que desapareceria la usura y los capitales que hoi se 
emplean en ella tendrian por necesidad que buscar la in- 
dustria, a quiea fomentarian, en lugar de ahogarla, como 
sucede i»ctualmeiite. 

6.*^ Que la falta de contribuciones incrementaria laproduc- 
cion y el consumo, desarroUando la riqueza particular, y por 
consiguiente, la de la nacion. 

7.® Que las transacciones serian seguras, porque siendo 
movilizables todos los valorem, existiria todo el circulante 
quB demandasen estos mismos valores, evitdndose asi las 
quiebras fraudulentas que arrastran con la fortuna de ma- 
chos incautos, burldndose de la buena fe. ♦ 

Vistas las ventajas, ventajas inmensas y que en mui poco 
tiempo harian de nuestra repiiblica el primer pais de Ame- 
rica, y de sus habitantes lo3 horabres mas libres y felices del 
mnndo, examinemos los inconvenientes .que podria tener 
este sistema y las objeciones que pudieran hacerle. 

No entraremos a discutir sobre la solidez de esta moneda 
porque no siendo ella sino el derivado de la fortuna acu- 
mulada y de la produccion constante del pais, es claro que 
ese circulante ofrece mas garantias y es mas valedero^ si 
podemos hablar asi, que el actual; de consiguiente, pasemos 
por alto esta objecion que se contesta por si mism^i o que 
queda desbaratada por la naturaleza 6 circunstancias que 
acompaQamosa la creacion del billete. 

Pero se dir^ y esto es en realidad mui grave, ^qu^ ga- 
rantia puede ofrecer un billete que estd en manos de los 
gobiernos?' Qui^n nos asegnra que ma&ana esos gobiernos 



406 LOB 8I0BST0S DIL PUXBLO. 

no emitan mayor circalaDte del qae afianzan loa capitales? 
Si tienea necesidad de monetario, en circaastaacias escep- 
cionales, puedeu abusar de la iastitucion y entonoes, ^de 
qu^ serviria ese billete? jQui^a lo aceptaria? Qa6 perturba- 
cion tan inraTjnsa, qu^ ruina tan completa no esperimenta- 
ria la nacion? Decir los males que este estado de cosas 
produciria, es imposible, porque seria un descalabro uni- 
Tersal y nadie estaria segaro de sub haberes; de consigoiente, 
vale mas qaedarse como estamos, pues si en el actual siste* 
ma hay pdrdidas y suceden desgracias, no son tan absolutas 
y de tan terribles efectos como las que resultarian del 
nuevo. 

La objecion no tiene replica en caso que los gobiernos 
llegasen, por el mas remoto evento, a ejercer esa presion 
sobre el banco; pues entonces la institucion pecaba por su 
base y carecia del requiftito mas indispensable a su estabi- 
lidad, a su cr^dito.y a la confianza dbsoluta que debia ins- 
pirar y que debia tener ella misma; ^pero no habria un 
medio para impedir que los gobiernos jnmas interviniesen 
en la emision de los billetes, limitdndose unicamente^a to- 
mar las entradas, es decir, a apoderarse de la renta sin que 
nunca les fuera dado injerirse en la administracion del ban- 
co? Creo que si, y que esta institucion debia y podia 
ser completamente independiente de la iufluencia guberna- 
tiva, asegurando su inviolabilidad por medio de una lejisla- 
cion sabia y la vijilancia di recta del pais entero cuyos inte- 
reses representaba. Esta operacion no es tan dificil y seria 
tanto mas practicable cuanto que el estado mismo compren- 
deria que en su conservacion estribaba su bienestar, pues 
cometeria el mas grande absurdo mio^ndola, desde el mo- 
men to que un atentado en contra de ella, era ua atentado 
contra si mismo, porque secaba por su propia mano la ^uica 
fuente do todos sus recursos, y esto no se concibe: pero dado 
caso que llegase a ezistir un gobierno tan estdpido que 
t^uisicra Bnicidarse y quo la lejiiladdn estableoida no fuera 



!l 



■ 



L08 SE0BBT08 DBL PUSBLO. 407 

una valla snficiente para conttenerlo, la nacion eh masa se 
lo impediria, porque ya no amagaria los interesea de un 
cfrculo b de un partido, sino los de todo el pais, y atentados 
•emejantes no se soportan. giria, por mas arbitrario y des- 
p6tico que fuese un gobierno, a apoderarse de los caudales 
de un banco privado? Indudablemente que no; ^y c6mo se 
atreveria a haeerlo con un banco publico? Eq el primer caso, 
se atentaria contra la fortuna de uno; y en el segundo, con- 
tra la de muchos, y si aquello es dificil, esto es imposible; 
porque a mas de la violacion de un derecho, a mas de la 
destruccion del mas sagrado principio natural, politico y 
social, la propiedad, cosa que no se comete en el dia, habria 
para contenerlo la barrera de la faerza, pues un pueblo no 
se deja despojar y menos todavia cuando estd en su mano 
el impedirlo, como tendria lugar en el presente caso, 

VL 

Si me he colocado en estos estremos, hijo mio, es para 
demoiirtrarte lo sin peligro y lo realizable de la institucion, 
pues solo bastaria para llevarla a cabo, una grganizacion 
bien calculada con la cual desapareceria todo teraor, des- 
vaneci^ndose, de consigaiente, el obstdcalo principal, o lo 
que es lo mismo, el abuso de los gobiernos. 

Tambien puede decirse que teniendo el pais relaciones 
con otros paises, los coraerciaotes que vinieran a traficar 
con nosotros no recibirian como moneda los billetes del 
banco nacional, y que en ese caso, desapareceria el coraercio 
estranjero debilitd,ndose el nuestro; pero esta objecion es 
mas aparente quo real, porque, como todo el miindo sabe, 
y como ya te lo he dicho repetidas veces, los productos no 
se cambian por moneda sino por productos y poco le im- 
portaal estranjero que el sigao representativo sea tal o 
cual si ^1 le proporciona los retornos que le convienen, que* 
dando asi lA difioultad sal radii j la olij^eton re&cida, 



408 

Y no tan solo el biHete de banco, en la forma qne lo 
propongo, seria jamas nn inconveniente para el comercian- 
te estraojero, sino qne encontraria en el nna ventaja incal- 
cnlable, pnes inmediatamente de Uegados sns baqnes, sns 
mercaderias o sns carganaeotos, podria hacer sns retomos 
sin esperar la venta parcial y tardia de ellos, sino qne, dan- 
do en garantia, en todo o en parte, las mercaderias qne con- 
tnviese el bnqne, podria hacerse inmediatamente de fondos 
para procnrarse los articnlos qne le convinieran, saeando en 
esto varias ventajas: primers, la facilidad de remitir a sns 
comitentes nna parte de \o^ capitales; segnndo, qne tenian 
ocasion de esperar la major yenta de sns prodnctos, no ofire- 
ci^ndolos al mercado con depreciacion a cansa de las mn- 
chas J yariadas exijencias de Ice indnstriales, y tercero, la 
ganancia de tiempo, de interases y por consigaiente, de eco- 
nomia, de faerza y de prodnccion, como tambien la opor- 
tnnidad de las compras, lo que todo junto prodnciria resnl- 
tados de consideracion y qne saben apreciar mni bien los 
hombres de negocios. 

Ya yes, pnes^ hijo mio, como los pueblos no tendrian 
contribnciones, como los gobiernos harian frente a sns es- 
pendios, como los capitales snbyendrian a las necesidades 
del estado, fayoreci^ndose a sf mismos y como, en fin, po- 
dria establecerse ese equilibrio que tanto se bueca, esa equi- 
dad que tanto se desea, esa prodnccion que tauto se nece- 
sita, esa libertad, esa igualdad, esa fraternidad que tanto 
se ambiciona, por la que tanto se trabaja y la que nunca se 
ha conseguido ni tampoco seconseguird por medio de nues* 
tros actuates sistemas. 

Y no creas que el bien quedaria solo limitado a feto,, lo 
que en realidad es mucbo, sino que se estenderia en rela- 
ciones infinitas liasta las mas alta rej tones del trabajo y de 
la moralidad, comprendiendo los actos del progreso inte- 
lectual y material del pueblo, porque a cad^ uao en parti- 
cular y a todos en jeneral, le proporciouaria los'medios de 



LOS mnasM dxl fuxk^. 4Qd . 

ejercitarx sns aptitudes de cualqmer natural^za queellasfue- 
ran; pues existiendo la facilidad de movilizarlo todo, no 
quedaria e&tacionario Bingan valor, como acontece ahota., 
que se eacoentran los individaos con casas^ con haciendaSy. 
con m&qainas, etc., cuyos capitales no pueden poner en jiro, 
porque no lea prestan sobre ellos, o que si le prestan, es con 
un interes tan crecido que se hace imposible sacar el.menor 
lucro, sino por el contrario, adquirir una oblig^cion onero- , 
sa y en pura perdid^, de suerte que quedan jmproductivoa 
esos bienea y sin beneficio aJguno esos individuos, y en filti- 
mo resultado, cuanto se relaciona conellos y sus deBcendien- 
tes, cuanto se relaciona con el estado, con la humanidad 
presente y con las jeneracionea futuras 



VII. 

El noble anciano permaneQi6 por algun tiempo en silen- 
cio, como absorto en sus reflexiones y din fijarae quiz;A en 
quien lo escuchaba, esclam6: '*todo est& sujeto a un 6rden, . 
todo se asicnila, todo se encadena, a la vez que todo scapar* 
ta y aisla. jProvidencia divina! ^cu^l es tCi uaturaleza, cuil 
tu esencia, curies tua fines? Yo veo una sola auatjancia, sus- 
tancia que no conozco, pero que en susi multiples y varia- 
das combinaciones forma los mundos* Yo veo loa mas iisig- 
nificantes seres sujetos al grande anillo de una creaoion 
infinita y las leyea mas pueriles que gobiernan al p6bve 
gusanillo que se denomiqa hombrCy encadenados al todo de, 
una inconmensurable creacipn; jy sin embargo, nada haqe 
falta, nada es preciso ni indi8pensa|b[le:« variaa espeoiea pue- 
den desaparecer de la £az del globo y desaparecen en efec- 
to, sin que nadie los note, el hombi:e np exiaMria mafiana 
sin que por esto se altera.3e un 4tomp, y loa refaljentea soles 
se chocarian o se aniquilarian sin turbarse jamas la armo- 
nia del oonjunto! ;Y a pesar de este aislamiento, todo e8t& 
nuldol. f a pesiir de cata, indirlduaHdad en que oadit aer 



410 urn 8BC8XfO0 DXL PUBBLO. 

forma an snjeto distioto, todo viene a refbnditse en una 
misma y 6nica entidad. Dios! 

Oremo9, bijo mio, dijo el solitaro (como si 86 acordase 
en ese momento que se encontraba acompafiado), oremos: 
h6 aqaf \o solo qae yo paedo enseQarte: toda nnestra cien- 
cia se redace a ana saplica, a ana plegaria, a ana oracionl.^ 
Los mas elevados jeniosse confandeny nada alcanzan. New- 
ton y Pascal tuvieron que renanciar a su ciencia convenci- 
dos de su ignorancia y de so nulidad!.. • y despues de haber 
medido los espacios, despnes de haber resnelto los problemas 
mas imposibl&s, despues de haber sido colocados por la ha- 
manidad en la primera categoriu de sos heroes, ellos confc- 
saban su nada, y, prosternados como nosotros, su corazon 
buscaba en el cielo la solocion del misterio, levantando 
hdcia Dios su humilde plegaria!... Santa, noble y sabia 
ignorancia, ella es un ejemplo que debe seguir el hombre y 
sirve de reproche para esas infinitas nulidades que pululan 
en el mundo, y que, henchidos de presuncion, de arrogan- 
cia y de soberbia, creen saberlo todo, cuando en realidad 
todo lo ignoran, y se constituyen en maestros, cuando no se 
conocen ni aun a ^f misraos^' 

El anciano se levanto, y tomando de la mano a Enrique, 
continn6 de esta manera: 

— Ya has visto a lo que queda reducida rai pequeHa cien- 
cia; empero, te dar6 lecciones sobre lo que forma la parte 
principal de los humanos conoeimientoB. Lo que te he di- 
tho se limita al destino moral y fisico de las sociedades, pre- 
sintienuo en e^to una revolacion'inraensa on las ideas, en 
las costurabres, en las tendencias del hombre, por cuya ra- 
zon, y por el encadenamiento 16jico de las cosas, mi espiritu 
se ve arrastrado hasta las rejiones de lo infiaito, sin que por 
eso las penetre ni las comprenda; pero es tal el mecanismo 
admirable de los seres, que de una paja, y de in iuecion en 
induccion, nos poderaos elevar hasta Dios, no debiendo 
sorprenderte^ por taato^ el que^ habltliidoto esolasirament^ 



I 



LOS SSOBBTOS DlOi PUEBLO. ill 

del hombre y de sus leyes, haya venido a parar en las de la 
creacion. Talvez teparecerd impropia mi manera de racio- 
cinar, y lo sera en efecto, pero esa e3 la lojica de mis ideas, 
y yo no paedo obrar de otra manera que como estoi modi- 
ficado o como he sldo formado, 

— Sefior, contesto Enrique, en cuyo semblante dejdbase 
ver la admiracion, el respeto, A amor: sus palabns son para 
mi alma lo mismo que es el rocio para la planta, o mejor 
dicho, son como un rayo de luz que disipi las tinieblas: 
antes nada veia, y ahora percibo lejanos horizontes, nada 
sabia y creia en mi pequena ciencia, mientras que ahora s6 
mas y noto mi supina ignorancia.. • usted ha abierto mi co- 
razon a nuevas emocioues y mi entendimiento a nuevas 
ideas; ahora creo tener deberes que Uenar, obligaciones que 
cumplir, y mi existencia se ha multiplicado, pues me pare- 
ce como que he salido del pequeno recinto del yo para unir 
mi vida a la de mis dema^ hermanos. .. Ahora teugo fe, 
creencia, amor, mientras que antes solo tenia supersticion. . . 
ahora adrairo, adoro y me prosterno humildemente ante la 
inmensidad de Dios, mientris que antes, encerrado en el 
clrciilo estrecho de un templo, lo veia bajo distinta y mui 
pequena forma; pero en la actualidad me ha ensenado usted 
a conocerlo y a admirarlo en todas partes y en todas las 
cosas. Antes me parecia que no habia remedio para la hu- 
manidad y que-sus vicios, como sus male", eran incurables, 
y hoi, mediante sus doctrinas, veo la posibilidad renaciendo 
la esperanza, y puedo contemplar, auuque de una manera 
vaga y remota, la futura felicidad de la especie. .. Gracias, 
senor, por sus lecciones: yo sabr^ aproveeharlas, y espero 
que en el discipulo cosechard el maestro su fruto: la semilla 
no seid, perdida. .. 

— Da, amigo mio, gracias a Dios ya tu padre, no a mi; 
a Dios, por que de ^1 emana la virtud, y a tu padre 
porque ha sabido practicarla ejerciendo la oaridad, ....... 



Unos dias d6 estadioi 



Per viTO0 qae fberan los deseos de Enriqne por ver a 
Liiisa, tnyo la faerza de vencerlos, permaneciendo constan* 
temeote en compania del solitario, el qae, para probar la 
firmeza de so 'jdven amigo, varias veces le propaso de que- 
brantar \o qae habian prometido camplir; pero Eariqde 
sapo Bosteoer sa proposito con no poca satisCeiecion del 
maestro, qae veia en esto ana praeba ineqaivoca de una 
alma faerie j superior, qae sabria vencerae en lo3 graves 
oonflictos de la vida y lachar coa h eaerjia desaa pasioae^. 

Toda esa seaiaaa el solitario y sa discipalo no se ocapa- 
ron de otra cosa qae de ciencia?, no desperdiciaado an solo 
instante del dia, paes hasta las hora^^ de la comida eran 
ocapados con conrersaciones ilastrativas qae se referian a 
las lecciones pr&cticas recientemente dadas. 

Es iroposible calcalar lo qae paode la volantad, lo qae 
adivina el talento y de lo qae es capaz la ense&aaza caando 
es dirijida por metodos sencillos y caando se la despoja de 
todo ese aparato, de todo ese lajo de Voces, de todo ese pe- 
dantismo de que con tanta frecaencia se la rodea en las escue- 
las. Enrique, durante tan corto espacio de tiempo, habia ad- 
quirido muchas nociones de quimica, de fisica, de botdaica,^e 
mineralojia y hasta de astronomia, a lo que era mni afecto el 
solitario, porque, segnn 61 decia, ese estadio lo acercaba a 
Dice; asi es que en las noohes serenas del estio se ocupaba en 



LOS I^BG|UBTOS DAL BUEBLO, 4lS 

mostrar a ^Eoriquo lbs astros que paeblan nuestro limpido 
y azalado cielo, ensei5^adole sus nombres, su posicion apa- 
rente respecto de la tierra, sus cambios segun las estacio- 
nes, su magnitud supuesta o recouocida, en una palabra, 
todo 16 coneerniente a esta ciencia en sus tres acepciones 
diversas, esferica, te6rica y flisica, pero con una aplicacion 
jkan sencilla y tan clara, que un nino podia comprenderla; 
. asi es que esta Ultima leccion la consideraba Enrique no 
como estudio, sino comp recreo, permaneciendo hasta las 
avanzadas hojras de la noche en esas pUtlcas cientlficas que 
hacian su embeleso y que elevaban su espiritu hasta las 
iparavillas de Dios; de manera que, cuando se veia pbligado 
a retirarse a su cuarto, iba con su alma Uena de admira- 
cion y de amor Mcia esa providencia divina, inconmenso- 
jable, infinita que, a medida que mas se couoce, mas se 
ignora, pero que tambien mas se reverenoia y mas se adora« 
El anciano tenia particular cuidado de ensenar a Enrique 
todos los conocimientos que son mas Utiles al hombre y de 
los que puede sacar mayor provecho en la vida prActica, sin 
ocupar su intelijencia y talvez desvirtuarla con esa algara- 
bia de instituciones que los hombrea ban denominado leyes 
y gobre las cuales ban formado c6dig03, mostr^ndose mas 
complacidos y orguUosos. 

IL 

—No quioro, dijo en una ocasion a su discipulo, hacerte 
perder el tiempo^ la paciencia y la s^via de tu intelijencia 
en el est^ril y confuio estudio de las lejislaciones humanas^ 
jde qu^ y para qu^ podria esto servirte? ^Qu^ adelantarias 
con saber el derecho romano, el dereeho can6nico, el derer 
cho espanoi, el fiances, el drabe, el ingles o el ruso? Esta 
no te adelantaria un 6pice ni en la investigacion d.e la ver^ 
dad moral, ni de la verdad oientlfica: la priniera estd en el 
£!va]]^elio y reconcentrada en esta sola mdxima: atnar a Dip3 



414 t/OB tMCKEtOB VtL FITIBLD. 

sobre todas las cosas y a sa pr6jiaio como a si mismo; la 
aeganda en la obsf^rvacion de loa feD6meoo8 de la natorale- 
za y en el de^arrollo constante de la prodaccion; todo lo 
demas es de nna secandaria atilidad, pero por desgraeia es 
la tendeocia domiaante ea Chile, pero qae no dado se mo- 
dificard mas tarde, porqoe ella arrebata al pais las primeras 
intelijencias qae se pierden en la chicana de la abogacia y 
las argacias del legoleyo. 

Eq naestro pais, amigo mio, existe la preocapacion de 
creer como los mas aptos y los mas Utiles a los hombres 
qae se dedican al estadio de las leyes, y sia embargo no ea 
asl, [orqae ea jeneral son los menos idoneos para el manejo 
de los negocios p&b'icos, y, por consiguiente, para el ade- 
lanto de los paeblos, no porqoe carezcan de talento, sino 
porqae ban dedicado esclosivamente sas facultfides al esta- 
dio de^una ciencia qae debiera simplificarse macho mas, y a 
tal panto, qae se encontrase al alcance de todos por sa sen- 
cilkz y claridad, paes ya se nota qae los paises mejor go- 
berm^dos y masindastriosos y pr6sperosson aquellos donde 
se han simplificado los c6dig09, y la razon es mai sencilla: 
en primer lugar, porqae jeneralmente se coiocan a b. cabeza 
del Efetddo personas coya intelijencia no ha sido distraida 
por un solo y {inieo estadio, sino qae han adquirido practica 
o cientificamente los conocimientos mas variados y prove- 
choEOs al hombre; segundo, porqae la admiiiistracion de 
jasticia es mas espeditiva, no necesitdndcse de esa clase^ 
hasta cierto punto privilejiada, a qnien se le ha dado linica- 
mente el derecho de presentarse ante las cortes, es decir, 
ante los tribunales, para hacer valer la justicia de cada nno; 
y tlltimamente porqae es un gremio qae basca sa sabsisten- 
cia en la pertarbacion de las familias, y qae, esplotando los 
odios, saca provecho de aqaello mismo que perjadica a los 
hombres. 

La causa de que en Chile pululen tantos abogados es la 
preocnpacion que existe contra el trabajo y el trabajador, 



LOB SXCBSTOS DSL PXHEBLO. 415 

• 

siehdo este el motive de la falta de indasbrias qne se nota; 
pnes los padres procuran jeDeralmente para sus hijos, caal* 
quiera que sea el sacrificio que 'se les imponga^ una ocu- 
pacion que ea su concepto es mas bonorifica, tal como la de 
abogado, la de cl^rigo, la de railitar, pero nunca jamas la 
de artesanq, y esta es una de las causas prmci pales por qu^ 
en nuestros palses existea tantos pleitos, tan to ciego fana- 
tismo y tantas guerras intestiaas, es decir," discordia, igno- 
rancia y esterminio: tres ajentes no mui propios para que 
jamas adelanten los pueblos y para que subsista en toda su 
fuerza esa empleomania, que ea el gran peligro de nue<^tras 
Bociedades. Asl, hijo mio, sigue y perfecciona tu oficio; apren- 
de arquitectura, mecdnica y todo aquello que es realmente 
Atil y provechoso, y verds como en ninguna parte te falta la 
Bubsistencia, colocdndote en aptitud de adquirir la fortuna, 
y de adquirirla con provecho de los demas, que es el 6nico 
medio lejitimo; ^te gustaria obtener tu subsistencia de esta 
manera? 

— No, sefior. 

— Ya lo creo: todo juicio sano, toda intelijencia recta 
y despejada, rechaza medios que no estdu en conformidad 
con el verdadero desarrollo; sin embargo, como tienes que 
vivir entre los hombres, no estaria de mas que aprendieses 
las leyes que gobiernan al Estado y las que se relacionan 
con la justicia privada, o lo que es lo mismo, la constitucion 
y el c6digo civil; pero esto serd nuestro ultimo estudio, 
consagr^ndonos primeramente a los conocimientos mas in- 
dispensables y mas provechosos, dejando las nociones del 
derecho publico y del derecho privado como para concluir 
la obra que nos hemos propuesto Uevar a cabo^ 



III. 



El solitario hizo una pausa, y Enrique replied: 
«^lOudnto siento, sefior, que mafiana sea ya s^bado y so 



416 hOB -ncBttos va, rtnaux 

termtne esta semana, qae hnbiera qnerido prolongar inde- 
fiaidamentel 

«— Embustero, contestd el solitario en tono de chanza; 
{qni^D aabe si no era esto lo que mas deseabas? 

— Al priDcipio si, pero despaes-no he esperimentado ese 
deseo, y pnedo aaegararle con toda verdad que qnerria pro- 
longarla: pnes ei es cierto que esperimento nn gusto infi- 
nito con la pr^xima esperanza de ver a la senorita Luisa, 
y que tambien estoi en la obligacion'de continuar el traba- 
jo, no C8 menos evidente que, a pesar de todo, preferiria 
qnedarme. 

— jEb posible! 

— ^Usted sabe que no miento, senor. 

— Me agradan tus disposiciones. 

— Quizd no tanto si nsted conociera el m6vil que me de- 
termina. 

— Esplfcate. 

— Senor, si deseo qnedarme es mas por ella que por mi. 

— ^C6mo es eso? 

— La ciencia tiene para mi un atractivo tan irresistible 
que cuando recibo sus lecciones, mis facultades todas es- 
tdn en el punto a donde usted las llama; pero al pensar 
que los nnevos conocimientos que cada dia adquiero me 
acercan a ella, preferiria privarme del placer de hablarla 
con tal de obtenerlos mas profundos, inas vastos y mafs 
luego. 

— Te comprendo, hijo mio, solamente que no distingdeS 
cudnto hai en esto de egoismo; pues el sacrificio que crees 
hacer en obsequio de ella, es esclusivamente en el tuyo, 
porque no es otra cosa que tu propia conveniencia la que 
deseas y la que buscas. 

— Asi ser^, ^pero no se asimila todo en el carifio? 

— Si, el amor lo identifica todo, pues loque se aspira por 
uno se aspira por el otro y lo que se aspira por el otro se 
aspira por uno, Uegando a ser una mancomunidad tan reci- 



LdB SJEdllEtOS DKL PTTISBLO. '41 7 

proca y tan unida que forman/ como dlcQ Jesucristo, dos 
cuerpos en una misrna carne y en una misma sangre. - 

— jQa6 comparaoion tan hermosal 

— La union de lo que se denomina espirltu es mui supe^- 
rior a la union de lo que se denomina cuerpos; por cso es 
que el Divino Maestro, que vivia coristailteniente en las re- 
jiones de la idea, ks clasific6 asi; pues las voluntades se 
hermanan, se confanden y se asiniilan con mayor facilidad 
que los fluidos mas sutiles; y como el pensamiento y la vo- 
luntad son suporiores, son mas didfanos, si me es permitido 
espresarme asi, que el aire, que la luz, que el colorido, quo 
la electricidad, esta es la razon por la cual se confanden de 
tal manera, que dos aspiraciones vienen a ser una sola, o 
converjen a un mismo punto, porque, aun emanando de dos 
entidades diversas, su identificacion es tal que no es posible 
distinguir la diferencia de la una a la otra. 

— jCuanto me agrada, senor, su manera de espresarse! 
C6mo sicnto despejarse mi intelijencia cual si entrara en un 
mundo distinto! 

— Y sin embargo, hijo mio, nada hai mas natural, mas 
sencillo, ni mas palpable. jNo ves, no sientes a cada ins- 
tante como el aire, la luz, el olor, el sonido, el movimiento, 
se cambian de una manera tal, que llegan a tus sentidos 
como si todos e&os goces fueran el resultado de una misma 
sustancia o de una causa {mica? ^Qud estrano es entonces 
que el pensamiento y la voluntad, materias mas sutiles y 
mas e^piritualizadas* que aquellasi se unan y se asimilen? 
^Qu^ dificultad hai, pues, en que dos seres viVan de un-ains* 
piracion, de una idea, de un sentimiento, y que la especie 
en jeneral se pierda en el seno de Dio?, sirviendole el amor 
de escala, de intermediario y de vinculo, puesto que es el 
ajente raisterioso, a la vez que nianifiesto, que gobierna a 
todos los mundos! Si hemos de juzgar, mi j6ven amigo, lo 
que pasa et^ las rejiones que estSn a nuertra vista o al al- 
cance de nuestra compresiBibilidad, por qix4 no hacer la 

foxo n. 27 



41S tOS 8SCBXT08 DEL VVtiSlJx 

misma indQ^cibn para aqaellos que se escapan al radio es- 
trecho pero penetrante ^e la intelijeacia del hombre? gPor 
qu6 no atribuir la misma lei que no3 gobierna eu la tierra 
a los orbe3 que distiuguiraos en el cielo? ^Y por qu6 no 
decir que los grandes y casi iuconmensurables habitantes 
del fiimamento se hallau sujetos a un 6rden de cosasid^a- 
tico al que nos gobierna a nosotros en las diferentes escalas 
de la creacion que talvez no vienen a ser sino una sola? 
^Qui6n puede afirmarnos que los astros no se aman los unos 
a los otros, que no se alimentan reciprocaaiente, y que de 
este amor y de esta transustanciacioa no resulten nuevoa 
seres en la inihensidad de los tiempos, tiempos a que la es- 
pecie hnmana no lees dado calcular, porque ha nacido ayer; 
porque el planeta ^^en cuya superficie vive tieae una histo- 
ria mui reciente, historia que la moderna ciencia jeol6jica, 
sin manifestar del todo, nos descubro sin embargo sus cam* 
bios o sus sucesivas transformaciones? Lo que te digo, hijo 
miOj no son mas que teorias. jQui^n podria afirmar nada a 
este respecto? ^Ni quidn puede, aun de aquello mismo que 
estd al alcance de nuestros sentidos, decir su causa inme- 
diata? ^Quien es capaz, ni quidn lo ha sido hasta ahora, 
de descubrir el orijen de la animacion de los seres y la 
causa del movimiento mas o menos lento de las diferentes 
especies y de los diferentes mundos? Nadie; y sin embargo, 
ves cudn diversa es la vida del molusco, de la planta, del 
animal, del hombre, de los astros; empero todos ellos se 
gobiernan talvez por una misma lei, por un mismo princi- 
pio, por una derivacion identica: ^como afirmar, c6mo ne- 
gar nada? Las inducciones mas o menos probables es lo 
^nico que nos ha legado Dios; por ellas podemos aseverar 
su existencia y por ellas tambien nos es permitido hacer 
nuestros cdlculos y deducir sus consecuencias; ^qu^ mal hai 
pues en esto? Si la pequena luz que ^1 nos da nos estravia 
en el derrotero, ^a qui^n la culpa? si consideramos al amor 
como el alma de cuanto existe y no lo es en realidad, ^sere- 



ibll SICRBTOS DEL PxrisfiLO. 4l9 

mos responsables de Duestro error? Estos misterios, hi jo 
mio, son tan impenetrables para ti como para mi y es im* 
posible que te los resuelva; sin embargo, estoi intimamente 
persuadido que mi ignorancia-no es un crimen del (Jue pue- 
da castig^rseme, y que, mi investigacion para deacabrir la 
verdad, tampoco es un delitodesde el momento que empleo 
las facultades con que he sido dotado. Por otra parte, en 
medio del misterio que nos rodea, hai una revelacion que 
nos ilumina, y esta revelacion que me hace creer en Dida 
sin conocerlo, me persifade tambien en la existencja de ese 
sentimiento universal sin analizarlo, porque a despecho de 
todo siento que existo en el dtomo, en la planta, en el in- 
secto, en el drbol, en el animal y en el honibre: jc6mo, pues, 
no figurdrmelo que tambien vive en lo3 seres que estdn fue- 
ra de nuestro alcance? 

— C6mo decirle a usted cudnto me agradan y cudnto 
parece que me elevan las ideas que usted emite, no porque 
yo crezca^ sino porque ellas me iluminan; no porque yo 
valga mas despues de oirlas, sino porque despiertan en mi 
pensamientos que no distinguia, provocando revelaciones 
que jamas habria imajinado. 

— Ya creo haberte dicho que la idea, como la semilla, 
fecundiza, y no me seria nada estrano que el pequeno vds* 
tago se hiciera en ti un fruclifero y frondoso drbol.. * 

— Las facultades, sefior, no provienen de nosotros sino 
de Dios; y cuando el terreno no e^ cultivable es imposible, 
a pesar del mejor abono, hacerlo producir, o por lo menoa 
la planta nace raquitica para perecer en breve* 

— Dices la verdad; pero tus respuestjas mismas y las ob* 
servaciones que me has hecho en diferentes materias, me 
persuaden que el terreno es bueno y que la cosecha serd 
abundante. . . Pero dejemos esta conversacion en que pon- 
go en apuros tu modestia y dime: manana es sdbado, jquie^ 
res que vamos a las casas en ese mismo dia? 

— Tendr^ mi placer indecible. 



430 u» ssoftxros del fuxblou 



lin embargo, yo habria preferido qnedarme aqul, por- 
qae desearia hacer ciertas esperiencias qafmicas qae tti no 
has visto y que me parece te aprovechavian. 

— Ea ese caso permanezco gastoso. Ya se lo he dicho a 
usted que prefiero instruirme a darme el placer de verla* 

— Lo s6; pero talvez nos esperan y viendo que no Uega- 
mos se digastarian. 

— No quisiera por nada de este mundo ser causa del me- 
nor digusto; con todo, ^qu6 puede importarles nuestra vi* 
sita? 

— ^Est^s entonces resuelto a quedarte? 

— Sf, porque no tengo la presuncion que nos esperen, al 
menos por lo que hace a mi; pero por lo que respecta a us- 
ted, es diferente. • . y si usted lo desea, iremos. 

— Yo no dejo de tener un gusto grande en^ver a mis 
amigas, y tambien sentimiento si hubiera de ocasionarles el 
menor desagrado; pero los viejos como yo no causan jamas 
impresiones profundas de ninguna especie, porque no ins- 
piran afectos apasionados, ni son tampoco capaces de es- 
perimentarlos. 

— Creo que se equivoca, senor, pues para mi seria un 
verdadero pesar si en algaua ocasion, esperdndolo, tuviese 
la desgracia de no verlo Uegar. 

— ^Te lo creo. 

— ^Y si lo cree de mf, ^por que no creerlo de los otros? 
mi sid Juana ha sido la amiga de usted durante toda la 
vida, y lasenorita Luisa... su querida papila... casi su hija...^ 

— Es verdad, ellas son las afeccioaes Anicas que me que* 
dan, sin contar las nuevas quo he adquirido desde hace poco 
tlempo (y el solitario miro a Enrique con carino;) pero unos 
momentos mas o menos ^qu^ importan? 

— Por gusto, por conveniencia, por respeto, por deber, 
estoi del todo sometido a su voluntad y a cumplir cuanto 
usted me ordene, pues vivo persuadido que lo que usted 
me manda sera para mi bien. 



LOS SXCBBTOS DEL PIHEBLO. 421 

— Quiero, es cierto, ta felicidad; pero hai, sin embargo, 
ona diferencia tan grande entre la manera de ver de uh 
anciano y la de un j6ven, que temo, con la frialdad de la 
vejez, imponerte deberes que'rechaza la fogocidad ardiente 
de la juventad.- 

— Cuanto de usted provenga llevard siempre en si el sello 
de la virtud y de la sabiduria, y me someto desde luego. 

— Yo puedo responder de mi voluatad y de mis intencio- 
nes, pero solo Dios no se equivoca: ten sierapre presente 
esta mdxima, pues creyendo el hombre muchas vecos obrar 
el bien, solo ejecuta el mal, aun cuando quizd no sea res- 
ponsable de su ignorancia; porque, segun mi modo de ver, 
el Todopoderoso nos pide solo el corazon, y ddndolo, he- 
mes hecho nuestra tasa. . . Asi es, hijo mio, que jqui^n sabe 
si privdndote de un dia, que es para ti una felicidad inmen- 
sa, no obro en contra del bien que te deseo! 

— Mal o bien, viniendo de su parte, lo acepto con reco- 
nocimiento. . . 

— Gracias, mi j6ven amigo, gracias; procuro hacerme dig- 
no de tu confianza, trabajando por tu felicidad presente y 
futura. 

— Lo reconozcQ, lo agradezco y mi vida es suya. 

— Aprecio y acepto tus sentimientos, conociendolos de 
antemauo sin que me los dijeras; con que asf, esta'serd la 
4nica y la liltima vez que conversemos sobre este punto, 
jporque entre nosotros los afectos debea reeniplazar a las 
palabras. . . vamos, pues, a seguir nuestras estudios. 

La semana de convalescencia para Enrique se termino no 
perdiendo un solo memento que no fuera empleado en la 
ciencia con gran provecho para el j6ven obrero. 



El tiempo. 



' La Doche del sdbado al domingo, Bnriqae no peg6 sas 
ojos: iba a ver a Laisa! . . y la felicidad como la des^racia 
tiene sns desvelo^. . . 

Mil, mil pensamientos diversos pasaban por sa cabeza. . . 
Las naevas ideas que habia recibido lo engrandecian sin 
que 86 anmentara nn dpice su persaacion; pero la snperiori- 
dad incontestable de Lnisa, su range, su fortuna, lo contris- 
taban sin abatir tampoco su enerjia, pero su mente traba- 
jaba ala vez que su corason gozaba y sufria a un tiempo 
mismo. . • jQui^n no ha esperimentado las dichas y los pe- 
sares de la incertidumbre en esosinstantes supremos en que 
se ama, se teme, se espera y se desconfia!.. Poco mas o me- 
nos, la humauidad entera se ha encontrado en situaciones 
semejantes! . . Poco mas o menos no hai ser que, en sus diat 
de entusiasta y apasionada juventud, no haya esperimenta- 
do ese delirio que tiene tanto de cruel y de sublime, de 
aiaargo y dc^ dulce, de infernal y de divino: este era el es- 
tado en que se encontraba Earique. . . Sus impresiones po- 
dian ser mat profundas que las de cualquier otro, porque 
tenia una sensibilidad esquisita, porque poseia una imaji- 
nacion ardiente, porque era virjen de cuerpo y de espiritu, 
porque era la primera vez que amaba y que amaba con esa 
sublimidad peculiar a las naturaleias privilejiadas; sin em- 
bargo^ estaba sujeto a la misma lei que a todos gobierna, 



ZOg SX0BBT08 DBL PXnEBt*. i23 

y vacilaba, sufria y se regocijaba alteraativamente, mecido 
entre el temor y la esperaaza; eatre el enajenatniento de la 
dicha que embriaga o el desconsaelo del sufrimiento que 
mata, sin que le fuera dable afirrnar si era eu realidad feliz 
o desgraciado; pero sin querer cambiar ese estado iadefiai- 
ble por lo que tiene todo el mundo de mas atrayente y 
seductor: asi es la pasion, asi es el amor; asi ban si do en las 
edades que nos ban precedido y asi serin en las venideras; 
porque las jeneraciones pueden sucederse, pero la lei per- 
manece inmutable. . . 



n. 



Brillaban todavia en el firmamento las estrellas, cuando 
ya Enrique estaba de pi^ en la maSana del domingo. 8i6n- 
-dole imposible conciliar el sueno y no desedndolo tampoco, 
porque en la vijilia estaba mas complacido, salt6 de su le- 
cho, cuando apenas eran las tres de la manana, para ir a 
buscar los caballos que pocas boras ante^ habia traido del 
potrero para tenerlos listos en la caballeriza y no verse obli- 
godo a buscarlos perdiendo un tiempo preciosisimo para ^1. 

El solitario se levanto como de co3tumbre antes de des- 
puntar el alba, y viendo que Enrique tenia ya todo prepa- 
rado no pudo menos de sonreirse y decide: 

— jParece que aprovechas el tiempo, araigo mio? 

— y para que perderlo, sefior, cuando segun usted, el 
tiempo es el tesoro mas precioso. 

--Creoque nunca te be bablado detenidamente sobre 
esto. 

— Sin embargo, yo lo he comprendido. 

— TantD mejor para ti, porque en realidad el tiempo es 
superior a la clasificacion inglesa; ella dice: el tiempo es di* 
nero^ y en este aforismo cometen un grave error, error eco- 
nomico y error social: econ6mico en cuanto hace consistir 
la fortana en la adquisicion de los metales preciosos y social 



424 um nosBioB dsl rumsux 

en coanto no comprcnda ni la vida, ni sn fnteres, ni su im- 
portancia, ni sas relaciones, ni sa fio. . , £1 tiempo, amigo 
miOy oadie paede clasificarlo, es la eternidad, es el espacio, 
es el infinitOy es quiza Dios! . . Pero ya qae todo lo tienes 
prevenido montemos a caballo j durante el Cimino cbarla- 
remos nn instaote sobre ^te pnnto. 

El anciano y el joven se pnsieron eu mareba apesar de 
la oscaridad, acompan^ndolos Torca%to y los perros an lar- 
go treebo; pero a una senal del solitario, se paro el pobre 
mncbacbo, 8ilb6 a sns companeros y se retir6 sin bacer la 
menor observacion y con su complacencia babitnaL 

El maestro continu6: 

Hace nn momento babldbamos del tiempo y te ^pres6 
mi opinion de una manera abstracta, pero concretdndola a 
la vida del bombre: observemos pnes sns resnltados sin ocu- 
parnos de ese fen6meno metafisicamente, y veamos el efec- 
to qae operan en las sociedades y en los individnos cnando 
no se desperdicia ese elemento, qae a la vez de prodncirlo 
todo lo absorbe todo, sin el cnal no babrian acontecimien- 
tos y que, sin embargo, los sepnlta en su seno, pnes apenas 
se ba cometido el acto cuando ya es an pret^rito qae casi 
no nos pertenece sino que ba entrado en el dominio del 
pasado para morir en el olvido. 

El tiempo, bijo mio, no es nada mas qae la vida del bom- 
bre, y el qae lo desperdicia, vota su inas valioso tesoro. Nos- 
otros no sabemos la riqueza inmensa e irrecapjBiable qae 
se pierde cuando no se bace caso del tiempo. Somos avaros 
del diaero y tan pr6digo3 del tiempo, que con frecuencia, 
no solo lo empleamos en cosas insignificante*', sino que 11 e- 
gamos a decir, con la mayor sangre fria y como lo mas natu- 
ral, este increible absurdo: vanws a matar el tiempo! ^Qu6 
se diria de un bombre que arrojase constantemente sus te- 
soros al mar? Todo el raundo lo creeria loco y con razon; 
pues no lo somos meao^ cuando desperdiciamos el tiempo. 
Hai hombres cargados de aCos y q^uo no ban Tiridp un polo 



LOS 8E0RETOS DEL PUEBLO. 421 

K 

dia; porque no debe contarse la existencia por la edad, sino 
por las obras: un jovea puede sen anciano y ua anciano 
puede ser niiio segun y corao hayan etnpleado el tiempo, 
pue3 no es la edad la que da los conocimientos sino el uso 
que se hace de ella, porque la esperiencia no proviene de 
la vejez sino del ejeroicio constante de la voluntad, es decir^ 
de la ac iion. Todo el secreto del progreso humano consiste 
en saber aprovechar el trierapo: la virtud, la enerjia, la fran- 
queza, lariqaezaja'preponderancia de ciertos^pueblos estdu 
alli; no imporla que hayan nacido ayer, como los Estados 
Unidos, para llegar a ser superiores, o que hayan viyido 
eternidad de siglos, como la Espafia, para alcanzar una triste 
decrepitud. E^ un error en creer en la decadencia o vigor 
de las naciones por la edad que cuentan: basta una jenera- 
cion bien aprovechada para hacerlas surjir, consiguiendo 
el hdbito al trabajo, que es lo que da el bienestar material^ 
y la moralidad, por cierta razon, cuando los individuos asi 
como los pueblos hacen buen uso del tiempo, consiguen ser 
s^bios, prudentes, justos, en^rjicos, valerosos y ricos. Ll^va- 
te de mis consej[os, hijo mio: no desperdicies un solo dia, 
una sola hora, un solo instante y estards lleno de interior 
satisfaccion, viviendo, aun cuando mueras j6ven, mucho 
para ti, para tus semejantes; pues en pocos afios te encon- 
trards con un gran caudal de conocimientos y con uub for- 
tuna considerable lejitimamente adquirida por el hecho de 
haberte consagrado como un infatigable obrero al trabajo 
asiduo, de donde sacar^s tii provecho y los demas su bene- 
ficio. 

— Nunca habia considerado esta cuestion bajo este punto 
de vista, y por consiguiente, no le daba al tiempo la gran- 
de importancia que usted me manifiesta y que en realidad 
tiene. 

— De todo puedes ser pr6digo, hijo mio, menos del tiem- 
po: solo en este caso es una virtud la avaricia. 

— Y ser^ avaro, seBor, pues no solo sus reflexiones me lo 



421 L08 8X0BSTOS DKi PUXBLO. 

praeban, sino qne la esperiencia me lo persaade: [cuda dife- 
rente no soi ahora de lo que era hace echo dias! Una sola 
semana bien aprovechada me ha trastornado por comple- 
to, habiendo aprendido en ella mas qae en toda mi vida!... 
Ya se ve: tengo tan buen maestro! . , 

— Para el hombre que reflexiona el maestro estd en todas 
y por todas partes: la uaturaleza es un gran libro abierto 
en que podemos leer interesantes pdjinas 7 cuyo manantial 
inagotable tiene novedades infinitas; acostiimbrate a consul- 
tario, y verds como encuentras instruccion variada y pro- 
vechosa, y verAs como te apartas de las fdtiles cuestiones 
que jeneralmente ocupan a la humanidad, aprendiendo a la 
vez a tener una grande induljencia para los pequefios y 
variados sentimientos de tus semejantes, por sus preocupa- 
cionep, por sus errores y hasta por sus flaquezas; la ciencia, 
hijo mio, se convierte al fin en bondad, porque cuando se 
ha aprendido a ignorar se sabe tambien disculpar. 

Estas eran las conversaciones con que el solitario, instru- 
yendo a su discipulo, no dejaba perder el tiempo, ni siquie- 
ra aquel que era necesario emplear en llegar al lugar donde 
iban^ porque el sabio anciano, para ser consecuente a su 
maxima de no desperdiciar un soTo in^tante, mientras cami- 
naba daba tambien sus kcciones tan morales como prd^cti* 
cas y tan provechosas como elevadas, de manera que sin 
apeicibirse del camino, se encontraron repentrnamente en 
las casas. . 



Las profundidades del diablo. 



L 



Tan teraprano habian partido del cortijo del solitario, que 
al llegar a la hacienda apenas apantaba el alba; sin embar- 
gOj habiaya en el interior del patio un gran movimiento 
de caballos como si se prepararan para un viaje. 

El solitario y Enrique quedaron sorprendido3 de aquel 
aparato de partida, sin poder darse cuenta de lo que lo mo- 
tivaba; pero la curiosidad o la sorpresa de ambos qued6 
satisfecba cuando vieron aparecer al administrador don 
Pedro Murna que se dirijia Mcia ellos y que, despues de 
saludarlos, les esplico que la sefiorita Luisa habia manifesta- 
do desde la noche anterior el deseo de visitar las Frofun- 
didad^ del didblo. 

— ^jLas profundidades del diablo! esclam6 Enrique, jqu^ 
es eso, amigo mio? 

— Ese es un lugar misterioso, donde se ve una humareda 
espesa que intercepta la vista y que en realidad parece salir 
de los oscuros antros del infierno! Ninguno de nuestros cam- 
pesinos se aproxima a ese sitio, porque teme ser arrastrado 
por el diablo y de aqul proviene el nombre que le ban dado; 
sin embargo, a la senorita Luisa le ha agradado sienipre que 
ha venido a la hacienda visitar ese lugar espantoso, pero los 
hombres que la acompailan se quedan por lo jeneral a cier- 
ta distancia, no atrevi^ndose jamas a peoetrar hasta donde 
ella va, en lo que, a decir a usted verdad, tiene una parti- 



428 LOS 81GBXT08 DEL PUXBLO. 

calar satisfaccion; pues le gnsta, segan me lo ha repetido en 
varias ocasi'ones, ser la iinica visitante de ese 16brego sitio, 
el que quizd no ha sido hollado por otra planta haiuana. 

Apenas habia acabado dou Pedro Mama de dar esta es- 
plicacioD, cuando se vi6 aparex^er a Jjuisa en su traje de 
amsTzona. 

Para los inquilinos de la hacienda no habia nada de es- 
trafio en que su j6ven ama se presentase en medio de ellos 
sin ser acompanada de su madre, lo mismo que para el 
solitario y el administrador; pero Enrique no pudo menos 
de sorprenderse, a pesar de que en una ocasion no mui leja- 
na los habia acompanado de la misma manera; sin ^embargo, 
le parecia singular que hiciese sola esas escursiones. 

El anciano y Enrique se dirijieron donde ella, que los reci- 
bi6 con muestras inequivocas de satisfaccion, dici^ndples: 

— Pensaba que hubierais venido anoche, pero estaba se- 
gura que llegariais hoi. 

— La culpa es mia si no hedios estado aqul el sdbado, 
repuso el solitario. 

— Malo es que nos hayan nstedes hecho esperar, porque 
en verdad los aguardibamos. 

— Heraos tenido que hacer, hija mia, y la obligacion debe 
preferirse al placer. 

Luisa fij6 sus dulces y penetrantes ojos en Enrique como 
para decirle que hablase, pues el mancebo continuaba en 
su silencio a mitad abstraido, relijioso y esfcdtico. 

— El senor me disculpa, senorita, pero la falta, si es que 
la hai, es realraente mia. 

— ^Entonces ha sido usted el que no ha querido venir 
^yer? 

— Si, senorita, contest6 Enrique con timidez, 

Al oir esta respuesta inesperada, porque la j6ven no crei'a 
que Enrique hubiese tenido la menor parte en esa tardoA- 
za, dibuj6se en su noble fisonomia un impresion trjbSit^^r 
dulpe^ resignada y altiva a la vez, que es imposiV^e dpscribiri» 



hOB SSCEEfOS DEL PUSBLO. 42$ 

pero que el anoiano coraprendi6 en el acta y que hiri6 do- 
lorosamente a la eaamorada j6ven. 

— Antes que nos condenes, se apresur6 a decir el solita- 
rio, es precise que sepas el motivo, mi querida hija, y en- 
tonces nos juzgards: toda esta semana la hemes consagrado 
6sclusivamente al estudio de varies ramos de la ciencia 
y puedo asegurarte que el provecho adquirido ha ido 
mucho mas allude mis esperanzas concebidas.' El sdbado 
teniamos que hacer un esperimeato importante que iba a 
iniciar a Earique en los principales secretos de la quimica, 
poni^adolo en aptitud de hacer nuevos descubrimientos, y 
como conozco su deseo vehemente de instruirse, porque 
este es el linico medio de conseguir la elovacion que ambi- 
ciona, le propuse venir o quedarse 'para tomar dicha leccion, 
no sin que hiciese de mi parte todo lo posible porque se 
decidiese por lo liltimo, pero dej^ndole siempre en libertad 
de elejir. . . triunf^ de ^1 mismo, este es mi deli to y esta es 
su debilidad, si la clasificas como tal; pero si supieras cu6l 
es sii principal m6vil, pens^rias de otra manera. 

— ^Sefiorl esclam6 Enrique, lleno de angustiosa ansiedad 
e interrumpiendo al solitario. 

— Nada temas de mi parte, repuso el anciano, conocien* 
do al instante la causa del espanto del j6ven; pero voi a 
esplicar a Luisa y a tf otro de los motivos que me determi- 
naron a contrariar tu voluntad; porque tenias gusto en ve* 
nir, jno es cierto, amigo mio? 

— Esa es la verdad. 

— Pues bien, yo me propuse no solo darte una leccion 
cientifica, sino principal men te una leccion moral: quise prin- 
cipiar a ensenarte a veneer tus inclinaciones. a sacrificar tus 
gustos, a hacerte siempre superior a ti mismo para que 
cuando llegue el case sepas sacrificar lo agradable a lo titil, 
no dejando que jamas se anteponga la pasion al deber.. . 

Ya ves, querida hija mia, prosigui6 el solitario, que yo 
8oi el iinico culpable. 



430 tba BXOBirros dil TXnmJb. 

9 

— Lo que veo es que ustcd es el hombre mas virtuoso, 
mas ben^fico y mas sabio, repuso Luisa, alargdndole su de- 
licada mano, con carifiosa efusion; y luego prosiguio: pero 
ya es hora qu^ montemos a caballo, pues yo habia formado 
este paseo coatando con que ustedes vinieran pai a mostrair- 
les un lugar que es el terror de toda la coraarca. 

— Aceptamos gustosos, hija mia, aunque para ml ese In- 
gar es mui conocido, replic6 el anciano. 

— Ddndole tambien las gracias por haber tenido la bou- 
dad de pensar en nosotros, anadi6 Enrique. 

II. 

* 
A una seaal de la nina, el adrainistrador acerc6 su hermo- 

BO caballo bianco, cabi^ndole a Enrique el honor y el placer 

de alzarla sobre la silla. 

— Con tal de que no seamos tan desgraciados como en el 
otro paseol. . dijo Luisa, mirando afectuosamente a Enri- 
que, mientras se acomodaba el ropon. 

— tan felices! . . 

— Ya creo que hemos hablado sobre esto y teneraos ona 
manera" distinta de ver las cosas; pero felicidad-o desgracia, 
no tendremos en esta ocasion un lance parecido. 

La comitiva partio y Luisa hizo senas'al solitario y a En- 
rique para que se colocaran a su lado. 

La fisonomia de ambos jovenes estaba aniraada por el 
placer.. . Un deleite suave y puro como el soplo perfama- 
do de un campo de violetas, parecia envoi verlos en una 
atm6-*fera de espiritual felicidad. jSentarse el uno al lado 
del otro! hallarse en medio del. campo, en esa libertad con 
que brilla la naturaleza^ libertad erabriagadora, libertad 
lasciva a la vez que inocente, tierna y sencilla! Poseer una 
imajinacion po^tica y ardiente, un entendimiento elevado, 
un pecho vfrjen, un corazon que ama la virtud por instinto 
y por convencimiento y que ama a la mujer por la vez prl- 



V)S SXCttsi^OS DtL PmSBLO. 431 

mera. \Qn6 dicha tan sin igaal! . . A&adid a esto, esa flor 
dejuventud que todo lb embellece y diviniza y podreis 
talvez formaros una idea de las emociones interiores de Lui- 
sa y de Enrique. . . 

• Hai en nosotros, flaidos que se escapan, que se comuni- 
can, que atraen, que rechazan, y que se identifican: son 
emanaciones que lanzamos fuera de nuestro yo y que sen- 
timos llegar del yo ajeno; y estas enaanaciones, combinindose, 
absorbi^ndose niiituamente, forman a nuestro alrededor 
una especie de atm6sfera que no vernos, pero cuya iufluen- 
cia esperimentamos. jQuidn no se ha sentido impresionado 
y como envuelto en un aqabientenuevo, fresco y agradable 
al ponerse en contacto con dos personas qiie se am^n? Es 
indudable que esas dos personas arrojan de si torrentes de 
afecto, que se estienden mas o menos segun el grado mayor 
o menor de simpatias que liga a ellos misraos; por esta 
razon los individuos dotados de una poderosa voluntad y 
que son susaeptibles de afectos tiernos, profundos y eleva- 
dos, puede decirse, que despiden destellos de hoi... chispaa 
el^ctricas que conmueven y que a veces abrasao: asi era el 
fuego que sentian Luisa y Enrique, y que sin comunicdrselo 
por la palabra, que es el ajente mas eficaz y poderoso de la 
voluntad, loesperimentaban ann sin mirarse a la cara, y ese 
mismo fuego iba a calentar el helado pecho del viejo filo- 
sofo, cuyo ardor, estinguido por el fin de los anos, hubiera 
podido afirmarse que ya no volveria; y sin embargo, en ese 
momento se encontraba bajo su inflaencia, pues sentfase 
fuertemente impresionado, fuef temente atraido por el ocul- 
to magnetismo del amor, como si renaciera en ^I la sdvia 
vivificante de la juventud o la fuerza actira y en^rjioa de la 
virilidad* 

Muchas personas pueden haber sido testigos o haber espe- 
rinientado el mismo sentimiento a que se encontr^iba sujeto 
en la actualidad nuestro solitario, y con mayor razon 61 que 
otro alguno, pues ambos j6venes eran la obra de su intelijen- 



432 LOS SEOBKTOS DEL PITEBLO. 

cia, paternidad mas lejltima, mas grande, mas positiva, mas 
providencial que la que proviene Aaicamente de la union 
de dos cuerpos; porque la otra es la encarnacion viva de la 
materia purificada o de aquello que se denomina espf ritu, y 
que se enjendra Anicamente con la voluntad, con la palabra, 
con la intelijencia, que, aunque materias, carecerf ya de la 
crasedad corp6rea por haber pasado per varios tamises y 
haber side depurada por varios crisoles 



III. 

Lo, ir^ p^ea^tes, e, decir, Luisa, E-ri,ae j el soli^rio 
caminaban guardando silencio, pero mui ocupados consigo 
mismos, porque en realidad hallabanse bajo la influencia 
de la atm6sfera liviana, pero intensa y penetrante del cJa- 
riSo... Y eran tales los goces amorosos (hi no hai impro pie- 
dad en espresarnos de esta manera) que exhalaban ambos 
j6venes, que, algunos inquilinos que venian tras de ellos, 
admirdndolos, decian: jQu^ linda pareja! Parece que el uno 
hubiera sido criado para el otro! Qu^ Idstima que el arqui- 
tecto no sea rico. .. Esclaraacion natural, porque, en fuerza 
de nuestras preocupaciones sociales, todo el m^rito de las 
personas se hace consistir en el dinero, que es el idolo real 
de un siglo esencialmente materialista. 

El viejo coronel don Toribio de Guzman, que tenia mas 
libre su espiritu, rompi6 al fin el atraotivo de ese encanta- 
dor silencio, porque veia que talvez habia algun peligro en 
continuarlo, y asi haciendo notar, ya la belleza de la flores- 
ta, ya la corpulencia de los drboles, ya la tranquilidad ma- 
jestuosa de los toros que parecian inmutarse por la proxi- 
midad del hombre, o ya la profundidad de un precipicicx 
intercalando en todo esto mil reflexiones elevadas, mil pb- 
servaciones cientfficas o mil lecciones provechosas que d la' 
vez de cultivar la intelijencia, amenizaban estraordinaria- 



Inente la conversacion, que al fiu lleg6 a hacerse jeneral, 
lijera y activa. 

Una hora hacia que caminaban de esta manera, subiendo 
siempre la gradiente de una moutana cuando, aproximdn-^ 
dose a su cinia, pudo percibir Enrique ciertos vapores que 
se desprendian de la ciispide y que el anciano le dijo estar 
ahi lo que llamaban en la hacienda l(X8 profundidades del 
Diablo: — En media bora mas, anadi6j verd^ un espectdculo 
horripilante y atrayente a la vez, porque no todo es bello 
y apacible en la naturale^a, sino que tiene tambien cosas 
que espantan y que parecen provenir del caos. • . Ustedes 
no saben lo que es una tempestad en el oc^ano, un crdter 
del Vesubio, un viento esterminador y terrible en las de- 
siertas soledades del AMca y aun en las pampas de la veci- 
na Repiiblica Aijentina; si hubieran en a'guqa ocasion pre* 
senciado uno de estos fen(5menos, no se asustarian con laa 
exhalaciones sulforlficas de un volcan casi estinguido, por* 
que no es otra cosa lo que vamos a ver, lo que yo he pre- 
Benciado aqui muchas veces y a lo que los campesinos 11a* 
man las profundidades del Diablo^ motivo por el cual, entre 
otrbs muchos, habi^udome visto trepar a csta montana para 
investigar sus misterios, han deducido que tengo hecho 
pacto con el demonio, o que, por lo menos, soi brujo; pero 
no hai nada de estrano, hijos mios, en toda esta apreciacion; 
jcudntas veces los hombres quese creen civilizados, los que se 
dicen sAbio's, esto sin contar con el viilgo ignorante, no clasi* 
fican por lo merios de locos a los que hacen un descubri- 
miento nuevo, una idea salvadora pero desconocida hasta 
entoncesi Asi es la humanidad y asi lo serA por mucho 
tiempo, mientras que la ciencia no venga a alumbrar los os* 
euros y apartados antros donde se cobija la ignorancia. 

Pero ya nos falta mui poco para encimar el cerro y qtl$ 
veamos por nuestros propios ojoi lin raro fen6meno; corji 
todo, es precisb tener cufdado, porque Varnos a pasaf uiiod 
dpsfiladeros peligrosos aintes de UegSr a la ciispide, y 1^ 

lOMO a. 28 



434 Lot sKKnos m nixBLOL 

jeote se ha qaed ^o atra?; de manera qae, en caso de des- 
gracinj no tcndriamos sino a oosotros mismoa para aosiliar- 
nos, \o cnal seria bien poco si sacediese an accidente; sin 
embargo, nnestros cabalios son diestros para atravesar pre* 
cipicios, pero es preciso no fiarse 4nicamente a sa instinto. 
En efectOy las adrGrtencias del solitario eran mni pra- 
dente«>, pnos ya caminaban a traves de desfiladeros en qne 
nna falsa pisada del animal lo3 hnbiese llevado al abismo; 
tal era el despefiadero qae a ambos lados de la estrecha 
senda aparecia a la vista. 

IV. 

Enriqne estaba asnstado, no por 61, sino por Lnisa, y 
adhiriendose a las observaciones del solitario, propaso dete- 
nerse, bacien^o tambien observar qae nadie los segaia has- 
ta ese panto; pero Lnisa, sin escnchar reflexion algnna, di6 
saavemente con sn haasca en las ancas del caballo, acaricidn- 
dolo a la vez con sn mano en el pescnezo, como para ani- 
marlo en la dificil ascension. El brioso y diestro corcel, 
conociendo los deseos de sa ama, sigai5 con paso firme, re- 
snelto y lijero por la estrecha senda, vi^ndose, por consi- 
gniente, el solitario y Eariqae obligados a segair adelante. 

Poco tiempo despaes llegaroa a ana peqneila plataforma, 
qae podia considerarse como descanso para practicar la 
sabida mas dificil qae tenian toiavia qae hacer. 

Caando habieron llegado a ese panto, Luisa salt6 £jil- 
mente de sa caballo, poniendose el la misma a afianzar sn 
montara; pero Enriqae, atento a sas menores deseos, baj6se 
tambien con precipitacion, y con sas vigorosos brazos afian- 
z6 cnanto mas pudo la silla de sa amada, haciendo otro tan- 
to con la del solitario y tambien con la say a propia; paes 
ana caando nada temie^e por si mismo, estaba en el debet 
de acompafiarlos, porque habria dado cien veces sa vida 
con tal qae no se perdiera aaa cinta de Laisa y con tal qae 
no corriera el anciano el mas leve peligro. 



tOl ISCB1T08 DIL PtnCBLO. 4$5 

El terreno que pisaban era escesivatnente estrecho, pues 
a ambos costados se presentaban precipicios sin fondo, no 
quedando sino un angosto y escarpado camino para Uegar 
a la encumbrada cima de la montaSa. Los caballos pisaban 
con tiento por temor de caer en ol abismo, no afirmando 
sns patas sino cuando estaban segnros de la solidez del te- 
rreno, llevando constantemente la cabeza b ija y las orejas 
hdcia adelante como para distinguir el menor ruido, cono- 
ciendo el riesgo que corrian con ese instinto pecnliar a los 
animales. 

Luisa, por el contrario, parecia hallarse en su elemento 
o en una situacion agradable, pues sus ojos brillaban, sua 
mejillas, jeneralmente pdlidas, se veian animadas por cierto 
carmin, su espaciosa frente tenia mas majestad que de co8- 
tumbre y su pecho se levantaba como para aspirar mas a 
sus ancbas el puro y rarificado aire de la elevadar cordille- 
ra, dejdndose casi guiar por su intelijente y brioso corcel con 
el abandon© del que esta lleno de grandes ideas o recibe 
impresiones tales que no !o dejan pensar en sf mismo: esa 
era la actitud confiada, reflexiva, satisfecha y dominante 
con que aparecia la fisonomia virjinal y resuelta de la va- 
liente y encantadora j6ven. 

Enrique la contemplaba con una admiracion que iba has- 
ta el ^stasis, puea le parecia verla bajo una nueva faz, bajo 
un nuevo hechizo, el de la dominacion, porque Luisa desa* 
fiaba el peligro o era superior a ^1 por la serenidad de su 
impasible valon . . 

V. 

Cuando los tres viajeros llegaron a la ciispide, el espec- 
taculo carabi6 por complete: si los precipicios que habian 
trascurrido antes se asemejaban al caoS por la oscuridad 
impenetrable, por el misterio de su insondable profundidad, 
el que tenian a la vista era espantoso, pues solo se aperci-* 



436 LOB BECEMSOB DSL FVSBLO. 

bian vapores o exiialaciones solforosas, sin la menor mned- 
tra de vejetacioiL Los hombres, como los animales, miraban 
espantados hdcia ese abismo sin poder apartar sas ojos de 
aqael Ingar, porqne el vertigo tieae tambien so fascinacioiL 

Viendo el anciano qne la fisonomia de Enrique se des- 
componia nn tauto por la vista de aqael espect^alo, al qne 
no estaba acostnmbrado, dijo a los dos j6venes: 

— Siganme nstedes; a mni pocos pasos de aqni encontra- 
remos nna espaciosa piedra en qne podremos descansar. 

— La conozco, conte3t6 Lnisa, y en prneba de ello yer& 
nsted grabada nna fecha qne no data de mnchos anos. 

— ^Tambien eneontrards otra de ^poca anterior, cnando 
yo vine por la primera vez a este Ingar, llevado por el es- 
piritn de observacion qne me domina; y ann cnando me fi- 
garaba ya lo que podria ser esta montana, pues no me 
ofrecia nn especlAculo mas grandioso que el del Vesubio, 
cnyo cr^er visits en tiempo de mi residencia en Europa; 
sin embargo, como existia entre la mas antigua jente de 
este lugar cierta leyenda o ciertos cuentos tradicionales, en 
los cuales se aseveraba que sus antepasados habian visto va- 
rias veces al demonio descender casi hasta ellos, pero cu- 
bierto de pieles, me figure que talvez bubiese habitado al- 
gun hombre en estas horribles y espantosas soledades, y 
pens^ que este hombre no podia ser sino nn sdbio o nn 
loco, nn criminal que huia de la justicia, o nn santo qne se 
apartaba del humano contacto, y ambas cosas me sedajeron 
de tal modo. que me resolvf a emprender nn viaje, movidp 
por la cariosidad mas bien que por el estudio. . . 

Pues bien, amigos mios, continn6 el anciano cnando todos 
hubieron llegado a la hospitalaria roca, mis conjeturas y las 
tradiciones no eran falsas: aqui habia vivido un hombre; jpero 
en qu^ tiempo? y por qu6 circunstancias? de que modo? Hi 
aqul lo que no he podido averiguar, a pesar que conozco su 
morada y sus ul^ensilios; mas estos dato^ no me pueden dar 
una idea clara de si este hombre existi6 antes de la conquista, 



LOS SIGRBTOa DXL KHEBLO. 437 

en tiempo de ella o despues de ella; sin embargo, todo me in- 
duce a creer que era talvez uno de nuestros antiguos caciques 
que, perseguido por los espanoles, se vi6 obligado o ocultarse 
en estos inaccesibles lugares, de donde bajaba probable- 
mente para dar consejos a la tribu o para ponerse al frente 
de ella, pues en su gruta, que veremos en breve y que todo 
el mundo ignora, he encontrado algunas groseras monedas 
con el busto de Fernando el Cat61ico y a mas un arcabuz y 
algunos arcos y flechas que denotan la habitacion del gue- 
rrero mas bien que la habitacion del sdbio y del solitario; 
pero como para destruir todas mis investigaciones, he 
hallado tambien el portentoso libro de la Imitacion de 
Cristo colocado sobre una grosera mesa. ^Era este hombre 
espanol o indio? no lo s6; pero el mayor niimero de proba- 
bilidades me induce a creer lo {iltimo, porque, si bien un 
libro espanol era raro que se encontrara en manps de un 
salvaje, no podemos dudar que hubo muchos entre ellos 
que recibieron toda aqyella instruccion que querian o po- 
dian dai^e los conquistadores; sin embargo, bajo cualquier 
punto que se considere este descubrimiento de que ustedes 
serdn en breve testigos, es imposible negar que el ser cuyo3 
restos existen aun en la gruta que le servia de refujio, ha 
sido un hombre superior, ya sea por su vcrluntad, ya sea por 
su faerza, ya sea por sus conocimientos; y no me estrana 
bajo ningun aspecto de que haya tenido sucesores que han 
servido para trasmitir hasta nuestros carapesinos antiguos 
la sorprendente leyenda o tradicion que ,ello3 conservan y 
en la cual creen, no con el prestijio de la fe, sino con la 
evidencia del hecho, pues casi aseguran haberlo presen- 
ciado. 

Yo no dudo, prosigui6 el solitario, que haya alguua exa- 
jeracion y que las narraciories de los abueloa las hay an to- 
rnado los nietos, hoi ancianos, como una cosa .que creen 
haber presenciado ellos mismos; sin embargo, tengo indi- 
cios ciertos, y no tan solo indicios sino hechos, que me ase- 



438 urn ncsBTos dxl PumLo. 

gurftn que estas tradiciones han tenido, desde an principio, 
Qn faodamento real y positiyo, paes en la grata que mos- 
trar^ a nstedes se encaentra aaa momia perfectameote con- 
ser^ada, y bajo el ataad que le sirve de lecho hai varias 
osamentas qae hacen saponer, sin temor de eqaivocarse, ser 
lo3 restos de los antepasados qae gaardaba relijiosamente 
en sa poder el dltimo vdstago de esta estingaida faaiilia; 
pero esta momia, segun mis observaciones, no es de aa ea- 
ropeo. Su larga y graesa cabellera, que todavia se conserva 
intacta, la prominenoia de sus mejillas, el color de su piel 
pegada al liueso, el carcar y las flechas que existen a su 
lado y algauoa jeroglificos grabados eu hojas de ^rboles 
perfectameote conservados, pero que yo no he podido des- 
cifrar por mas que he hecho, como tambien los tejidos de 
esa sencilla vestidura, me inducen a creer que el ser miste- 
rioso que ocup6 esta morada salv^adora alguaos siglos antes 
que nosotros, era un indio talvez oriundo de Lautaro, de 
Caupolican o d 3 Rengo, que defendieron palmo a palmo las 
vfrjenes selvas donde habian vivido y docde existian sus 
padres, sas hermanos, sus mujeres, sus hijos: lucha santa, 
lucha en defensa de lo que tiene el hombre de mas sagrado 
y de mas caro al corazon, porque no os equivoqueis, amigos 
mios, las nociones de la justicia y del derecho natural son 
casi tan patentes para el hombre civilizado como para el 
salvaje, y muchas veces es el Mtimo quien los tiene mas 
frescos, mas claros y mas preciosos, porque su entendimien- 
to, aunque sin cultivo, no ha sido trabajado por las mil preo- 
cupaciones del hombre de las ciudades que, si bien posee 
mas conocimientos y sabe sacar mayor provecho de las cosas, 
tiene, sin embargo, mas preocupaciones y por consiguiente 
menos sencillez, que es la qae da el mejor y el mas acerta- 
do conocimiento de la verdadera justicia. 

— La relacion de usted, senor Guzman, la existencia de 
•sta grnta misteriosa, me da tal curiosidad, que le suplico 
HQS la muestrQ en el acto, 



LOS SXOBETOS DEL FUXBLO. 439 

— Quedareia satisfeohos en poco tiempo; pero, mientras 
tanto, descaosemos un momento. 

— Descansar, admirar y horrorizarse son tres cosas que me 
agradan estraordinariamente, repHc6 Luisa, con tono ale- 
gre, pero mirando hdcia el abisrao humeante que estaba a 
sus pi^s y que la atraia fascindndola. 

— Mire usted hdcia otro lado, senorita, dijo Enrique con 
inquietud, al notar la palidez del rostro de Luisa. 

— No tenga usted cuidado: me gastan estas impresiones; 
hai tal contraste eLtre nuestro modo de ser habitual y estos 
instantes supremos que no puedo menos de gozar con tan 
estrana transicion. 

— Vamos, repuso el anciano, tomando de la mano a Lui- 
sa; tu naturaleza, hija mia, demasiado viva, no puede reci- 
bir sin peligro esta clase de impresiones;. . cr6emelo, ellas 
ser^n de tu agrado, no lo dudo, pero puedo asegurarte qua 
te son perjudiciales, porque escitan demasiado la delicade- 
za de un temperamento de por sf nervioso como el tuyo. 

— Estoi mui acostumbrada a obedecerle, dijo Luisa, si- 
guiendo al solitario, no sin mtrar por iiltima vez el espantoso 
abismo... 

Y como si una nueva reflexion pasara por su mente, pre- 
gunt6 a Enrique: 

— ^No tiene usted una opinion ignal a la mia? no partici- 
pa como yo del placer que trae siempre consigo el peligro? 
no encuentra usted algo de grandioso en el abismo de la 
nada? Porque indudablemente, si uno de nuestros pi6s se 
deslizase, caeriamos en esa profundidad. . . jy qn6 seria en- 
t6nces de nosotros?-. . Dios mio! continad Luisa, hablando 
consigo misma, jcuin pequeno y cudn frdjil es el hombre, y 
sin embargo, cu^n arrogante, cudn presuntuoso y cuda te- 
merario! Un soplo nos aniqnila, desapareciendo sin dejar 
huella, y a pesar de esto, jcuSnta inquietud, cuAnto afan, 
cu&nta miseria, cudnto orgullo, cuAnta vanidad, cudnta ava- 
rici^, cu^ntos crimenes quizi se come ten en el mundo j>or 



• ' 



440 urn •!(»■»>• Bn. puxbm. 

conservar una ezistencia frdjil y las mas veces desgraciada!.. 
Me pasma ese apego invencible a los bienes de la tierra, 
cuando todo en derredor nuestro nos hace ver no solo su 
insignificancia sino tambien naestra aparicion transitoria! . . 

Y la hermosa j6ven, fuertemente impreaionada con el 
espectdcalo que tenia a la vista, continuaba mirando h&cia 
el abismo. 

For su parte, Enrique, a quien habia dirijido la palabra, 
guardaba silencio, pero su semblante manifestaba su apro- 
bacion, pues participaba en aquel momento de las mismas 
ideas de su amada. 

Notando el anciano esta creciente exaltacion, volvi6 a 
decir a Luisa: 

— Vamos, hija m5a, nuestro tiempo es limitado, pues te- 
nemos que estar en las casas antes de la hora de almuerzo 
y no debemos hacer esperar a la senora. For otra parte, 
ustedes querr&n ver la curiosidad de que les he hablado y 
no conseguiriamos esto o faltariamos a lo primero, si nos 
detuviesemos aqul. 

Luisa y Enrique siguieron silenciosamente al solitario que 
para distraerlos les hacia observar varios fenomenos jeol6- 
jicos en que, a pesar de los adelantos de la ciencia, se pierde 
la mente del hombre. 

VI., 

Despues de algun trecho, el senderp principi6 a ser me- 
nos escarpado, notiudose o bien el trabajo o bien el trdfico 
humano en aquellos despeSiaderos, pues podia conocerse un 
camino bastante ancho para marchar sin peligro aun ea 
medio de la oscuridad de la noche, lo cual anunciaba la 
prozimidad de alguna habitacion, si bien es verdad que 
habian crecido algunas yerbas que obstruian el paso, cono- 
ci^ndose por e&to que indudablemente debia haoer maoliQ 
tiempo a (^ue se eucoutraba abiM^idoaado* 



LOI SSGBETOg Dili PUBBLO. ill. 

A poco andar, par6se el anciaao frente a freiite de un 
viejo y corpulento roble, solitario habitant^de aquellos des- 
peBaderos y talvez testigo secular de convtulsiones.horribles, 
pasadas en esas volc^nicas altnras. 

Don Toribio de Guzman mir6 hdcia todas direccionea 
con ese ojo escudrinador del campesino que sabe hallar la 
perdida huella por mas que el tiempo haya easi borrado 
hasta el liltimo radtro. Un instaqte despues de haber con- 
sultado los lugares que refrescaban sus recuerdos, se diriji6 
resuelto h^cia la parte mas impenetrable de laa zarzas y 
malezas silvestres, y dijo a Luisa y a Enrique: "seguidme," 
Ap^enas bubo apartado alganos arbustos tan artisticamente 
colocados que ea su apareute des6rden pareoian ser obrade 
la naturaleza, cuando se descubri6 una augosta escalera de 
cuerda que descendia perpendicular h&cia una profunda 
quebrada. 

El Bolitario dijo a sus amigos: jse atrever^n ustedes a 
bajar? 

— Eri cuanto a mi, contestd Enrique, no tengo la menor 
dificultad, porque estoi acostumbrado a estas cosas; perono 
suceder^ lo mismo respeoto a la senorita. 

— Es verdad, respondi6 Luisa, que yo no Bev6 tan diestra 
como ustedes, perb estoi resuelta. . . 

— Por lo que hace a solidez no hai el menor caidado, re- 
puso el anciano, pues las cuerdas que la sostiene yo las he 
examinado y ban sido fabricadas con la corteza de una plan- 
ta que desaf.a al tiempo y a la intemperie. 

— Sin embargo, parece que llega a mucha profundidad, 
dijo Enrique, inclindndose al borde del precipicio, como 
para sondearip con la vista, y podriaser peligrosala bajada 
a causa de la cimbra. 

— Asi parece en efecto, pero en realidad, no hai mucho 
que descender, pues loscopos de esos ^rboles que al primer 
aspecto demuestran una profundidad espantosa, ocultan sin 
embargo, una estensa y prdzima planicie. 



4^3 LOS 8BCBXT08 DIL PUXBLO, 

— De cualquier modo que sea, replic6 Luisa, con deci- 
sioD, yo deseo ver esas maravillas subterrdaeas de que nos 
ha hablado usted poco antes. 

— Pues entonces, sigueme, dijo el anciano, y con la ajili 
dad de un j6ven, puso el pi^ en la escalera, previni^ndola 
que no bajara hasta que ^1 hubiese puesto el pi^ en tierra 
firme y afianzado lo mejor posible la movediza escala, evi- 
tando asi en parte la cimbra. 

La j6ven baj6 sin el inenor inconveniente lo mismo que 
Enrique, y todos tres se encontraron en breve en una pla- 
taforma cubierta de 6rboles frutales, que habian crecido en 
todo el des6rden de la naturaleza, formando un bosque ea- 
peso, pero en el que se distinguia la raano primitiva del 
hombre, porque era imposible que los olivos, los naranjos, 
los manzanos y los duraznoa se hubiesen criado por si mis- 
mos en aquellos sitios. 

Algun trabajo cost6 penetrar en medio de las enredade- 
ras y malezas distintas que Grecian al abrigo destructor de 
la mano del hombre, pero el anciano camin6 adelante por 
un imperceptible sendero hasta 'que hubo llegado fren- 
te a^frente de una roca, en cuyo punto se par6, esperando 
que se le juntasen sua companeros, que lo seguian a mui 
poca distancia. 

La fisonomia del solitario espresaba el respeto a la medi- 
tacion y solo dijo a sua amigos estas palabras: "hemos lle- 
gado." 

— Pero aquf no se ve otra cosa que una simple roca, dijo 
Luisa. 

— Es verdad; sin embargo, fijense uatedea mas. . . 

— Yo no descubro nada, repitio la nifia, despues de haber 
examinado deteni<]amente la piedra. 

La niirada de Enrique era tambien escudrifiadoraf 



LOB 8BGBXT0S DSL PUSBLO. 4i3 

Al fin de un rato esclam6 entre asastado y alegre: ^^{hai 
una cruz!" 

— Ese es el sigao de los sepulcros, y este es uno de ellos, 
repaso el anciano con tristeza. 

— jDonde? dijo Luisa, interrogando con los ojos a En- 
rique. 

-—Mire usted, senorita, el rauzgo que cubre al pefiasco; 
y en medio de ^), fij^adose usted bien, descubrird pequefias 
seflales que denotan cierta desigualdad en la superficie. 

— Es cierto, contesto Luisa, pero se necesita una vista 
mui ejercitada. 

— Los hombres de trabajo la tienen siempre, respondid 
el solitario, por cuya razon no me estrana que Enrique la 
haya descubierto el primero, pues el que se acostumbra a 
ejercitar sus sentidos distingae con mas facilidad lo que 
los otros no alcg-nzan a apercibir rauchas veces. 

— Pero, ^por qu6 este misterio? Por qu6, para vivir, ence- 
rrarse en una tumba? 

— Porque hai circunstancias en la vida en que son neco- 
sarias las uias grandes precauciones, preiiri^ndose rnucbas 
veces permanecer en la soledad y el abandono, antes que 
esperimentar la c&rcel los grillos o el tormento con q^ue nos 
regalan jeneralmente naestros semojantes, y en prueba de 
ello, est^ viendo en mi el ejemplo; pero entremos, continud 
el solitario, tocando un resorte quo hizo jirar la piedra, con 
gran sorpresa de los espectadores. 

Un aire hfimedo y espeso, como el de las tumbas, 8ali6 de 
aquella cavidad en que no se apercibian mas qae tinieblas, 
siendo imposible penetrar con la vista en su interior. 

— Esperen ustedes un momento, dijo el anciano, para 
que el aire libre circule en esa b6veda y tii Enrique ve a 
recojer algunos cardos secos que nos sir van de antorcha. 

El j6ven se separ6 un momento, vol viendo en seguida con ^ 
seis enormes teas de las que se producen con tauta abun- 
dancia en nuestros campos. 



i44 LOi EBOurros dxl pusblo. 

El solitario enc6ndi6 un f68foro y con i\ una antorcha y 
pas6 adelante, previni^ndoles que tomasen eada uno otra 
tea y lo siguieran. 

Luisa y Enrique encendieron dos cardos y marcharon 
tras del solitario. 

La Inz rojiza de estas teas silvestres y el humo que sedes- 
prendia de ellas causaba un efecto rare, fant&stlco, quiz4 
aterrador, pues los tres personajes no hablabati'una sola 
palabra, impresionados tal vez por esa especie de pavor mis- 
terioso que trae siempre consigo todo lo desconocido. 

La vpz del solitario dej6se oir: "^distinguen ustedes bien,?'' 
pregunt6. 

— No perfectamente, respondieron los dos j6vene8. 

— La vista 'se ird acostumbrando poco a poco a estaS me- 
dias tinieblas, porqae la rojiza luz de nuestras antorchas se 
pierde en esta espaciosa cavidad que aparece todavia ma- 
yor a causa de la negra roca que forma sus muros, su te- 
chumbre y su piso; pero caminen ustedes con cuidado, pue s 
no marchan sobre una mullida alfombra o sobre un terreno 
parejo, sino que hai muclias desigualdades granfticas con 
las que les seria doloroso encontrarse, 

— Pierda usted cuidado, dijeron Luisa y Enrique, siraul- 
t^neamente* 

El anciano seguia adelante con precaucion, mas para que' 
sus j6^eDes amigos lo imitasen que por el cuidado que tenia 
de si mismo. 

Al cabo de algunos pasos, don Toribio de Guzman se 
detuvo y dijo « ambos j6venes cuando se encontraron a su 
lado: 

— jPrincipian ustedes a distinguir algo! 

— Nada a6n. 

— Miren ustedes hdcia el fondo en esta direccion, j el 
solitario estendi6 el brazo para sefialar un punto, iQu^ v6n 
ustedes ahora? aSadid. 

>— Todavia nada, contestd Luisa; 



—SI, yo percibo algo, pero no puedo saber lo que es, re- 
puso Enrique. 

— Acerqu^monos. 

XiOA tres marcharon j nntos con sushachones levantados y 
dirijidos hicia un mismo punto. * 

Despuet de unos pasos, Luisa se detuvo esclamando: ''{Dios 
miol Ya veo!",.. 

Tpdos se detuvieron, 

— No hai que asustarse, dijo el anciano; aqui nada tienen 
que temer: estas reliquiae que yo afecciono, sin darmecuen- 
ta de ello, son inofensivas \y qui^n sabe si no son santas por 
haber pertenecido a algun m&rtir de la libertad y de la pa- 
tria, a algun sdbio que ha vivido en el retiro buscando la 
verdad por medio del estudio, o a algun anacoreta que, le- 
jos del buUicio de los homlbres, ha querido que su alma solo 
respirase en medio de los deliciosos ^stasis de la oracion, no 
viviendo 3ino en Dios, con Dies y por Diosl. . . 

Hubo un memento de relijioso silencio, . . 

— Ac6rquense mas, pro3igui6 el solitario, y verdn que 
nils conjeturas no son tan infundadas: aqui tienen ustedes 
esas armas que nos anuncian al ^uerrero; y el anciano se- 
fial6 con 9u antorcha un arcabuz que se encontraba colgado 
al lado de una eppada toledana y de un arco con sus carcas 
y con sus flechas; aqui ven ustedes unos escritos que para 
mi son jerpglificos indescifrables y que talvez encierran el 
pensamiento del fil6sofo; aqui tambien hallan ustedes la 
^'Imitacion de Cristo" que pone de manifiesto el ascetismo 
del anacoreta cristiano. • • 

Luisa y Enrique oian y callaban, ppro se conocia en sus 
9emblantes alumbrados por la rojiza luz del cardo encendi- 
do que conservaban en la mano, la profunda emocion inte- 
rior que sentian, pues su vista estaba clavada en uq solo 



446 Um gKCBROB dxl fusblo. 

pnnto; el cadAver, o mejor dicho, la raomia qne yacia a poca 
distancia de ellos, recostada sobre an eacatrado de palos y 
en un estado de conservacion perfecta. 

El solitario se 8ent6 en nn tosco banqaillo qae habia al 
lado de la momia, e hizo senas a sos amigos para qne se 
acercasen. 

Lnisa y Enriqne acndieron. 

— ^Ya ven nstedes a eate hombre, proaigai6 el anciano: 
solo carece de movimiento, pues se halla intacto, no habien- 
do perdido ni ano sas ojo3 cierto brillo, cual si acabara de 
dejar de existir, coal si acabaran de cerrarse; y el viejo co- 
ronel sacudid'su antorcha para que despidiera una luz mas 
viva y la aplic6 a la cara de la momia. . . 

Lo que se veia era espantoso. . . y Earique y Luisa dieron 
nn paso hdcia atras al notar aquellos ojos abiertos y fijos 
qne parecian todavia mirar. 

— ^No se asusten ustedes, amigos mios, dijo el anciano: 
este hombre estd muerto, y aunque lo que ven ustedes es 
Borprendente, tiene sin embargo la naturaleza arcanos que 
no ha alcanzado todavia a penetrar la ciencia, y que sin 
embargo poseen en gran man era los indios, porque, no lo 
duden ustedes, la momia que tenemos a la vista no es de un 
europeo; yo la he estudiado detenidamente, y puedo asegu- 
rarles qu^ pertenece a un salvaje de America, lo que no me 
estrana, porque nuestros salvajes conservan por tradiccion 
muchos secretos que serian altamente provechosos al desa- 
rrollo de las ciencias naturales, descubriendo fen6meno3 
importantes que el hombre civilizado ignora y que ellos han 
conseguido por la esperiencia que da el trabajo y la obser- 
vacion constante de la naturaleza; asi vemos que poseen el 
conocimiento perfecto de los mas fuertes venenos y de sus 
antidotos, no importdndoles nada ser mordidos por una 
venenosa vlbora que mataria casi instant&neamente a cual- 
qniera de nosotros y a cuya desgracia no estan espuestos 
ellos, pues se preservan de tan terrible efecto, empleando el 



LOS SBCS1ET08 DSL PUEBLO. 447 

jugo de esta o de aqaella planta. Estehombre es indudable 
que ha conocido algua secreto para evitar la corrapcioa 
natural del cuerpo y que lo ha tornado antes de morir con 
la intencion de preservarse: todo me induce a pensar asf, 
pues lo he rejistrado detenidamente y he visto que est^ tan 
intacto en el interior como en el csterior, proviniendo su 
sorprendente incorruptibilidad de algun bdlpamo de cnyo 
efecto preservador estaba seguro; y mi sospecha se confipma, 
porque de aqui mismo he recojido un frasco que contenia 
un liquido que no he podido analizar con nuestros conocidos 
procederes quimicos, pero cuyos raros efectos he palpado 
mas tarde por medio de esperimentos que he hecho con ^1 y 
que la casualidad, mas bien que la investigacion cientifica, 
me hizo descubrir cuando menos lo esperaba. 

— Pero este hombre, senor, dijo Enrique, que no podia 
apartar su vista del cadaver, impidi^ndole su preocupacion 
oir las palabras del solitario: este hombre* senor, repiti6, 
en caso que est^ muerto, debe haber fallecido hace mui poco 
tiempo. 

• — En efecto, su vista estd casi clara, afladi6 Luisa, que 
participaba de la misma preocupacion del obrero. 

— Asi parece a primera vista, pero ya les he dicho que 
los indios poseen secretes naturales que nos sorprenden. Por 
otra parte, no me cabe la menor duda de que este hombre ha 
existido por lo menos doscientos cincuenta afios atras, pues 
la obra que aqui ven ustedes, la Imitacion de Cristo, tiene 
la fecha de 1630, y el pergamino que la cubre como su im- 
perfecto tipo y el lenguaje mismo, confirman mis sospechas^ 
o mas bien, descubren y aseguran la realrdad del hecho. 

IX. 

Luisa y. Enrique no pudieron negarse a la evidencia: 
ellos vieron por sus propios ojos la fecha de la edicion del 
libro y no les cupo duda. 

-«-Es admirablel dijeron ambos j6venes, y se acercaron 



mas al eaddver, sacndiendo sos teas para yerlo de cerca y 
con soficiente laz. 

La momia estaba acostada de espaldas. Sa boca entre- 
abierta permitia distinguir alganos escasoa 7 roidos dientes 
qne probaban qae el hombre habia maerto en una edad 
avanzada. La cara no tenia barbas, j la cutis, adherida al 
bueso, hacia que se cooociese £icilmente al indijena por la 
marcada prominencia de los jaanetes de sus mejillas. Otro 
signo inequivoco era tambien sn larga cabellera y la grosa- 
ra y laciedad del pelo, tan pecaliar al indio. 

Enrique se acerc6 mas y toc6 el cuerpo frio, duro, tieso, 
pero que no tenia ese hielo niarm6reo de nuestros caddve- 
res, sino que masJbien se asemejaba a un tronco de palo en 
que se dibujaba perfectamente la estrnctura humana: nada 
habia en ese esqueleto de repulsivo, que, por otra parte, 
Aolo tenia en descubierto los brazos, el pecho y la cara, en- 
Tolviendo el resto del cuerpo una burda tela de lana de 
color negro. 

Tambien se distinguian aquf y alK algunos utensilios gro- 
seros qne sirvieron sin dada en vida a este hombre. 

— Todo cuanto veo me sorprende sobremanera, esclam6 
Luisa. 

—Sin embargo, hija mia, este secfeto de la preservacion 
del cuerpo humano, cuyo proceder ignoramos nosotros o 
poseemos im perfectamente, era conocido desde la mas re- 
mota antigiiedad. Las momias ejipcias, que las esploraciones 
de los viajerqs y de los sabios han encontrado tiltimamente, 
se han hallado intactas despues de mas de 5 000 afios, y en 
America tenemos muchos casos parecidos al que presencia^ 
mos ahora, pues se han descubierto en el Perii, en Bolivia 
y en M^jico muchos esqueletoi perfectamente eonservados, 
no habi^ndose podido averiguar el tiempo en que han exis- 
tido o en qne eran animados esos cuerpos, como tampoco el 
medio de que han podido valerse para desafiar la accion 
destructora de los siglos. 



« 



tbt ixoBi^i jytL Pthoito. 449 

Pero sin elevarnos hasta esa remota antigiiedad, de cuya 
ciencia solo quedan confusos vestijios, vemos en Palermo 
un convento de capuchinos fandado recientemente, es decir^ 
en 1621, que tiene una inmensa catacumba donde se ven 
colocados en nichos j en tres rangos o hileras distintas las 
momias de los frailes que ban muerto y aua de pefsonaS 
estranas que por dev'ocion o por su rango hau conseguido 
un lugar alH; pues bien, todos estos esqueletos se encuentran 
de pi^, llevando en las huesosas manos de cada uno de ^Uos 
un cartelon donde est4 el nombre del individuo, la fecha 
de su nacimiento y la de su muerte. Est a catacumba se 
abre para el publico el dia 1.** de noviembre de cada afio^ 
y las personas devotas se dirijen a ella .a orar por el alma 
de sus parientes, como los cunosos a presenciar un espec* 
t&culo raro y conmovedor. 

Por esto, hijos mios, prosigui6 el anciano, comprendereis 
que no es tan estraordinario el fen6meno que ahora os ad- 
mira: pero veo que ha pasado el tiempo y es preciso que 
volvamos a las casas. Dejemos a los muertos en paz en su 
solitaria y silenciosa morada. 

Nuestros tres personajes salieron de la tenebrosa gruta, 
teniendo cuidado el solitario de hacer jirar la piedra que 
tenia de entrada al misterioso sepulcro. 



Mt ■. DB >, '20 



Los fuegos. 



L 



La vnelta a las habitaciones de la hacienda se hizo con 
la rapidez que permitia la escabrosidad del terreno, y casi 
en complete silencio, porqae hai impresioaes que se apo- 
deran de tal modo de nnestro espfrita, que no nos dejan 
pensar en otra cosa qne en aquella que no3 ha conmovido; 
pero cuando llegaron al plan y pudieron dar rieuda suelta 
a sus briosos caballos, lo rdpido de la carrera disip6 en par* 
te las ideas que dominaban a las tres viajeros; asi es que, 
cuando llegaron a las casas, sus semblantes no manifestaban 
ninguna fuert0 o absoluta preocupacion. 

Al entrar en el gran patio de la hacienda, Luisa distin- 
gui6 a su madre en el correder y lanz6 su caballo h&cia ella 
con todo impetu, y dejdndose caer de su montura sin que 
nadie la ayudara, se ech6 en brazos de doQa Juana, la que 
al estrecharle contra su corazon, le dijo: 

— jLoca!. . . 

— Local si, local contest6 Luisa, porque no veia el instan- 
te de abrazarle. . . 

— Embustera! 5c6mo si tenias tan vehementes deseos has 
retardado tanto tiempo? Hace mas de media hora que te 
esperaba. 

-— Lo siento, mamita; pero el mas estraordinario descu- 
brimiento que estos caballeros referiran a usted (pues en 



ese momento llegaban donde ellas el solitario y Enrique) 
DOS ha detenido. 

— EstA bien, alia veremos si la escusa es buena y si es su- 
ficiente a discalpar la grate falta de hacer esperar por tan 
largo tiempo a su madre. 

Y diciendo esto, dofia Juana teadi6 carinosamente la 
raano al solitario y al obrero, invitdndolos a pasar adelante^ 

Mientras Luisa se quitaba su traje de amazona, don To- 
ribio de 'Guzman, a instancias de la sefiora, cont6 a 6sta la 
visita que habian hecho al ignorado sepulcro del indio con 
todas las particularidades que hacian de aquella tenebrosa 
mansion un enigna casi impenetrable. 

Dofia Juana qued6 maravillada de lo que le decia y moS- 
tr6 deseos de ver aquel portento, reconviniendo a la vez al 
viejo coronel, porque no le habia participado antes a ella 
tan estrano secreto. 

—He querido guarJar, sefiora, el mismo misterio, el mis- 
mo sijilo, el mismo silencio de que se ha rodeado ese hom- 
bre, que no 86 por qu^ razon respeto y casi admiro: h^ aqui 
el motivo que me ha obligado a no decir nada hasta hoi en 
que, encontrdndonos tan pr6ximos del lugar, quise hacer a 
su hija participe de este secreto. 

— Su3 escrfipulos no me satisfacen; pero tenga usted ra- 
zon o no, ya que conozco el secreto, desearia ver el lugar y 
todo cuanto allf existe. 

— ^Ea imposible, sefiora; usted nose atreveria jamas aem* 
prender una ascencion tan peligrosa. 

— Pero si esto es tan dificil como usted dice^ supongo 
que no habria inconveniente en trasportar aqui lo que alii 
existe. 

— No encontraria tisted una persona en toda la hacienda, 
por mas.dinoro que usted le ofreciera, que se atreviese, no 
digo a penetrar en la gruta, pero ni aun a llegar hasta ese 
punto, porque estA mui cerca del lugar conocido con el noni* 
bre de las profandidades del Diablo, 



453 LOS «|0BXT08 DVL PUIBLO. 

— ^Y usted, mi seBor don Toribio de Guzman, ^no qaerria 
satisfacer este capricho de sa antigaa amiga? 

— Suponiendo que no me faltara la voluntad, jtendria yo 
la fuerza para trasportar un caddver sobre mis hombros a 
titnta distaticia, en tanta elevacion y por desfiladeros tan 
peligrosos? Por otra parte, ^no hai una especie de profana- 
cion en ir a turbar el reposo de loa muertos, en remover sus 
cenizas y en sacarlos de su frio lecho? Yo creo que si, sefio- 
ra, particularmente cuando no hai otro m6vil que la curio- 
sidad o el capricho. 

— Estd bien, don Toribio; renuncio a mis deaeos, puea 
respeto su manera de pensar, y sobre todo, no quiero que 
se esponga al mas lijero peligro; pero encarguese al menos 
de traerme algun objeto para satisfacer en parte mi natural 
curiosidad. 

— Convenido, senora, luego tendr^ usted en su poder lo 
que desea* 

En ese momento entraba Luisa, y la conversacion se 
hizo jeneral, continuando el mismo tema durante el al- 
muerzo. 

De vuelta al salon, pidi6 permiso Enrique para ir a sa- 
ludar a sus amigos y ver el estado en que se encontraba el 
trabajo. 

11. 

Haria como una hora que se entretenia con sus compa- 
fieros discutiendo sobre la pr6xima conclusion del trabajo, 
pues en su opinion no duraria mas de un mes, cuando vi- 
nieron a decirle de parte de las sefioras que habian Uegado 
cartas de Santiago. 

Despidiose de los trabaj adores para obedecer al Uamado, 
previni^ndoles que mas tarde volveria a verlos. 

En el salon encontr6 un grueso paquete que le venia diri- 
jido. Pidi6 a las senoras permiso pare abrirlas y hall6.dos 
cartas incluidas en la suya, la una para el coronel don Tori- 



LOS SBCBET08 DEL PUEBLO. . 453 

bio de Guzman y la otra para Luisa. Estas cartas debian ser 
indudablemente la contestacioa de las que habian escrito 
el dopciingo anterior cuando se preparaban para partir al 
cortijo del anciano, donde habian permanecido durante una 
semana sin ver a nadie y cuyo tiempo habia sido empleado 
esclusivamente en la instruccion de Enrique. 

Principiaremos a leerlas por el mismo 6rden en que he- 
mos visto las otras; de consiguiente, sera la primera la que 
va dirijida a Luisa y que estaba concebida en estos t^r- 
minos: 

^^SanttagOj dictembre 12 de 1850. 

"Luisa: jcon qu6 adjetivo acompanar^ tn nombre? Yo no 
encuentro nada que sea digno de ti, ni haUo una palabra 
que esprese la intensidad de mi admiracion y de mi afec- 
to, asi es que he proferido encabezar mi carta con tu solo 
nombre. 

"jPero es cierto, Luisa, lo que me has dicho? ^Es verdad 
que amas a mi hermano? icudn dichoso es ^1, cuanto! cudn 
feliz soi yo! y cuanto me cuesta guardarte el secreto, dej^ri- 
dolo a ^1 en la ignorancia de una ventura inmensa! . . 

"jCon qu6 espresion tan elevada, con qu6 lenguaje tan 
tierno, tan sencillo y tan sincero, haces conocer el ver- 
dadero carifio! Creo que solo la lectura de tus cartas seria 
suficiente para amarte. ^De d6nde has aprendido esa cien- 
cia del corazon? Qui^n te ha ensenado, no solo a repre- 
sentar con naturalidad el sentimiento, sino a lanzarte 
con ^1 en las altas rejiones de la virtud, en lo mas puro del 
idealismo? 

"Esa sublime manera de apreciar la pasion, me ha hecho 
desconfiar de la mia: ahora tengo menos fe que antes, y 
sin embargo quiero a Victor, porque me he dicho a mi mis- 
ma: jMe es dado acaso compararme a Luisa? y si no sabr6 
nunca imitarla gc6mp es posible que yo piense y sienta como 
ella? Mi naturaleza inferior no puede ir tan arriba y es pre- 



I - 



45i urn 

ciso qoe me contente con lo qae aoi: el hombre no poede 
oompararse al dnjeK . . 

^Apoydndome en este raciocinio, no he escnch^do tos 
avisos J he segnido mi inalinacion; pero como ya te lo he 
prevenidOy bajo la indispensable condicion de qae no se 
efectoanL mi enlace mientras td y Enriqae no est^n con no- 
aotroa. 

''Nada te hablare respecto de Yicton cada dia es mas 
amable, mas respetnoso y mas confiado, entregandote a 
nosotros con nna nataralidad encantadora, llena de sencillez 
y de grandeza. Yen, Laisa, caanto antes para qne lo conoz- 
cas y me lo arrebates. . . 

''Hoi estamos de fiesta, por coya razon tengo qne ser la- 
c6nica, pnes has de saber qne mi padre ha recibido loa 
despachos de oficial de ej^rcito, lo qne lo ha vaelto casi loco 
de alegria, y tenemos actaalmente encasa a an sinnumero 
de vecinos qne han venido a felicitarlo, entre los cnales se 
encnentra, como debes saponerlo, Victor y su tia; de mane- 
ra qne apenas me han dejado tiempo para escribirte estas 
pocas If neas que encontraras insnlsas, pero qne sin embargo 
sabr&s discnlpar. 

"No olvides, mi adorada Lnisa, de hacer presents a tn 
sefiora madre mis afectnosos recnerdos y el agradecimiento 
respetnoso de mis padres, y td dispon de la vida de tu ami- 
ga, qne se considera dichosa en ser del todo tnya. 

"Mercedes." 

La carta dirijida a Enrique estaba concebida en solo dos 
palabras: 

"Mi querido hermano: 

"La virtud y la felicidad son casi ana misma cosa; tii se- 
vis lo uno y lo otro, 

"Mi padre recibe hoi la recompensa de sus servicios, y la 
alegri^ reinn en el corazon de los que te aman. 



LOS 8BCBST0S DEL PUEBLO. 455 

"Tu injel tutelar, 6\ coronel don Toribio de Guzman, te 
esplicard la causa de nuestra satisfaccion, o de no podrd 
declrtelo mi amiga. 

"Te presajia la mayor ventura 
"Tu hermana, 

Mercedes." . 

Veamos ahora la misiva del sarjento Lopez al coronel 
Guzman. \ 

"Mi coronel: (1) 

"Disculpe mi nota y mi letra; jqu^ diantre! yo apenas 86 
firmarme, pero s^ sentir, porque su carta me ha hecho Ho- 
rar como un nifio, a tal punto, que ya tenia verguenza, 
porque un veterano que llora da Idstima y yo no quiero dar 
Idstima. 

"Por Dios, mi coronel, yo s^ de d6nde viene. el golpe, y 
nadie me quita de la cabeza que los galones de oficial se los 
debo a usted, estoi seguro, segurfsimo. 

"gPero quiere usted que le diga la verdad? Mas que mi 
elevacion me ha agradado lo que me dice de mi hijo, lo 
que hace por ^1, lo que espera. de ^1. . . Gracias, mi coronel; 
mi yida entera le pertenece. . . 

"jPor^qu^ negarlo? soi feliz, mui feliz, y ahora mi conten- 
to no tiene limites, porque s6 que usted vive y perque pro- 
teje a mi hijo. 

"Mi vieja Marta, llorando conmigo, me llev6 de la mano 
y me hizo hincarnie junto con ella ante la santisima Virjen 
para rezar por usted, pues la pobre todo lo compone con 
esto; pero para decir a usted la verdad, jamas he tenido mas 
devocion que ahora. ^ 

"Hoi estamos de fiesta, mi coronel; tendremos mantel lar- 
go, muchos convidados y vino en abundancia: voi a echar 
por la ventana todas las economias de mi mujer; iqu^ dia- 

(1) En esta carta 90 hemos heoho otra cosa qne correjir la mala ortografia del 
•aijento. 



456 UM ncmnos dsl rumajx 

bios! cnando 8e brinda por sas jefes es precise hacerlo sin 
miseria; j Marta me ha comprendido, paes me ha entrega- 
do la bolsa eoterita, sin qae qaedara nn ceatavo de reserva: 
al cabo ella es mojer de soldado j sabe que antes de la ba- 
talla se debe gastar ha^ta el Ultimo chico. (1). . 

'^Cont^ntese con esta mala nota, mi coronel; pero ya qne 
no poedo escribir mas, voi en defecto de esto a brindar daro 
J parejo por osted, por la sefiora dona Jaana j por la se- 
fiorita Laisa, j creo qae no olvidar^ al picaron de Enriqae, 
aun cnando ha tenido la descortesia de no escribirme nna 
palabra desde qne se fa^, pnes todas sns comnnicaciones son 
con sn hermana, qne se gnarda las cartas, leyenJo apenas 
nnos pedacitos para nosotros, lo qne me hace snponer qne 
estos dos chiqnillos maqninan algo. 

'^Keciba, mi ilnstre coronel, el respeto, el afecto, el agra- 
decimiento de toda mi familia j con especialidad de sn or- 
gnlloso alferezy ayer no mas hnmilde sarjento. 

"Domingo Lopez." 

En el mismo salon de do&a Jnana, cada cnal con antori- 
zacion de &ta, habia abierto y leido sns cartas. 

Enriqne conclay6 el primero, por el laconismo con qne 
estaba concebida la qne le dir'jia Mercedes, pero se pnso 
a meditar sobre esas palabras, qne le annnciaban la mayor 
ventara. {Era esto nn vaticinio, nn simple deseo, o nna 
confidencia real! Sn hermana sabia qne sn mayor felicidad 
era Lnisa; ^qnerria acaso decide qne la consegniria al fin? 
Pero si fnera asf, si ella estnviera cierta del hecho, si la es- 
peranza fnjitiva se habia convertido en realidad manifiesta, 
jpor qn^ no confesdrselo abiertamente! por qn^ no procn- 
rarle esta dicha inmensa, cnando Mercedes no ignoraba lo 
qne valia nna palabra para sn corazon, atormentado por la 

(I) Nombrt t^x^t dunot en Chile al medio oenUre. 



^ LOS SXOESTOt DIL PXTSBLO. ^i57 

incertidumbre? Por qu^ dejarlo casi en el mismo punto en 
que Be encontraba antes? 

Sin embargo, la carta de su hermana habia producido en 
el dnimo de Enrique buen efecto, porque no solo le annn- 
ciaba una dicha fiitnra, sino que le decia tambien que su 
padre habia recibido la recompensa de sus servicios y que la 
alegria reinaba en su casa, lo que era una gran satisfaccion 
para un hijo amante, aun caaudo ignoraba cudUeriaesa 
recompensa que habia producido tanto placer en la familia; 
pero Mercedes le decia que lo sabria luego por el solitario 
o por Luisa, y esperaba que concluyesen de leer sus cartas 
tratando, sin embargo, de descubrir en las fisonomias de 
ellos lo que podria ser aquello que a ^1, mas interesado que 
todos, no le habian comunicada 

Cuando terminaron la lectura, Luisa guard6 la carta en 
el bolsillo, pero mir6 a Enrique con ternura. 

Aquella mirada estremeci6 al joven: creia ver en ella la 
confirmacion de lo que le escribiera su hermana. 

III. 

El solitario permanecia siempre con su carta en la mano, 
y diriji^ndose a Enrique le dijo: "es de tu padre." 

— jDe mi padre! 

— Si, amigo mio, y voi a leerla en presencia de todos. 

^— Hace usted bien, dijo Luisa. 

— Yeamos, repuso dona Juana, qu6 es lo que le dice a 
usted ese escelente hombre. 

El anciano ley6. . . 

Enrique estaba conmovido. 

DoQa Juana aparecia alegre y satisfecha, dando seilales 
de franca y cordial aprobacion. 

Cuando se termin6 la lectura, Luisa esclam6 entusiasma- 
da: *'franqueza, sensibilidad, hidalguia, todo revela esa carta: 
felicitemos en el digno hijo a tan digno padre." 



458 LOS SKKROS DSL FOXBLO. 

TIaj6ven patricia estendiasa mano al honrado traba- 
jador. 

Enriqne se tarbo . • los colores le sabieron al rostro . . su 
lengna do pado articalar ona sola palabra, y al pararse para 
tomar la maDO qae le ofreciao, dobldronsele las piernas j 
cay 6 involantariameDte de rodillas. .. 

Luisa edperimentd tambiea como an choqae electrico al 
Bentir a Enriqae apoderarse de sa maDO y tomar aqaella 
actitud. 

— jBravoI dijo dona Jaana, ri^ndose; esto parece una 
escena de la antigoa caballeria. 

Esto di6 Ingar a qae Luisa se repnsiese en el acto de sa 
tnrbacion. 

Enrique estaba avergonzado de su involuntario arrojo, y 
dijo con la intencion de escusarse: ^'Senorita, no ha estado 
en mi mano evitarlo. . /' 

— ^Qu^ tosa? pregunto Luisa. 

Enrique volvio a turbarse, comprendiendo qae habia di- 
cho un disparate mayor que el que queria evitar; pero ya le 
era imposible retroceder, y respondi6: 

— Ser insensible a tanta bondad« 

Entonces Luisa, ja fuera para tranquilizarlo, o ya para 
que no prosiguiese adelante, y sin dejar de ocuparse del 
mismo asunto, propuso a su madre: 

— ^Quiere usted, mamita, que a nuestro tumo festejemos 
la]elevacion del senor Lopez y brindemos por 61 como ^1 ha 
brindado por nosotros? 

— Buena idea, hija mia, y nada tampoco mas justo. 

— Me asocio al pensamiento, dijo el solitario, que hasta 
entonces habia permanecido espectador mudo, pero no in- 
diferente de la escena, pues todo lo habia observado y com- 
prendido mejor que los actores mismos; y no solo me aso- 
cio a la idea, sino que quiero tomar parte en la diversion, 
preparando unos fuegos para la noche, pues ustedes deben 
comprender que a mi mas que a nadie corres^ponde celebrar 



ti6S SXOBEtOS DXL PUBBLO. 459 

la elevacion de mi libertador y de mi antiguo compaQero 
de armas. 

— Y a usted, mas que a nadie, senor, dijo Enrique, con 
un tono lleno de gratitud, porque usted ha sido la causa. 

— ^La causa de qu^, hijo mio? 

— De la promocion de mi padre a un grado superior. 

— Te aseguro que no. 

— ^C6mo que no, cuando mi mismo padre lo afirma? 

— ^Tu padre se equivoca. 

— Imposible! 

— Yo no miento jamas, Enrique. 

— ^Pero quien ha sido entonces? 

- — Talvez lo descubrir^s mas tarde. 

— Desearia saberlo para manifestarlo a esa persona mi 
gratitud. 

— No hai necesidad, porque la conocen. 

— Ya 6^, dijo Enrique, como repentinamente iluminado; 
es usted, senora, (y el j6ven diriji6se h^cia dona Juana) a 
quien debemos este nuevo servicio y a usted a quien debia- 
mos ya nuestra felicidad! 

— No quiero negarlo, amigo mio, pero piense usted que 
yo no he hecho otra cosa que hacer valer cierto infliqo para 
que hagan una justicia tardia, que debiera haberse realizado 
mucho tiempo atras. 

— Gracias, senora, gracias, contest6 Enrique con esa ini- 
mitable entonacion de voz que nace de lo mas rec6ndito del 
alma, y que manifiesta palpablemente el hermoso sentimiehto 
de la gratitud mas sincera y mas profunda. 

— Si usted supiera cu^n poco me ha costado obtener que 
reparen un olvido injusto, veria que no merece la pena de 
que se me agradezca. 

— El ■ que disminuye el m6rito del beneficio aumenta sa 
valor con la modestia. 

Dona Juana mir6 a Enrique, sorprendida de oirlo espre- 
sarse asi, y en Feguida le dijo: 



460 

— ^Amigo mioy veo qae nsted sabe mas de lo que 70 creia: 
la reflexion que osted acaba de hacer, me prneba sa esqai- 
flita eengibilidad, pnes sn corazon tiene sa iotelijencia pecu- 
liar qae no imita ni sople el talento. 

— 'So merezco ese elojio, senora. 

— Ni yo el sayo. 

— ^Hagan ostedes las paces, dijo el solitario, intervinieado 
eo la cbnversacion; yo s^ lo qoe hai en el particalar y me 
reserve esplicarme con ambos, si acaso mi esperiencia les 
morece algana ooDfianza. 

— Si, repose dofia Joana con alegria; le dames a osted 
plenes pederes; y en segoida, diriji^ndose a Enriqoe, le dijo: 
deme osted el braze para dar una voelta per el jardin. 

IV. 

Una centella de alegria brill6 en el semblante de Loisa al 
oir la inesperada invitacion de sa madre, no siende menos 
la admiracion del ceronel Gazman, qoe sabia co&n arraiga- 
das eran las preocopaciones aristecrdticas de dena Joana. 

Enriqoe habia hecho indodablemente on milagre, per- 
qoe tal trasformacion en las ideas de la senera ne merecia 
etre nembre. 

jLa orgollesa matrena santiagoina apeyarse en el braze 
de on artesano y pasearee asi en medio de sos inqoilinos, 
era una cesa increible, inaadita! 

— Antes qoe vayan ostedes a dar so pasee, dijo Loisa, es 
precise, poeste qoe mi idea tove jeneral aceptacien, qoe 
acordemos los preliminares de la fiesta. 

— Encdrgate tii, hija mia, de tedo. Haz le qoe te parezca, 
segora de qoe qoedaremos satisfecbos. 

— Ya qoe el sefior Guzman nos ha premetido foegos, vei 
a mandar los tres coches a San Fernando y escribir^ a las 
Urrotias, que son varias niSas, para que se vengan en ellos, 
auteriz& ndolas para convidar a ottas persenas. 



VM IXCEltOS DXL PUXl^O. 461 

— Me parece bien; tendremos un baile improvisado. 

— Eatonces los dejo solos para dar mis disposiciones. 

Y Luisa se retir6, liacieiido llamar inmediatamente al 
administrador don Pedro Marna, ordendndole mandar en el 
acto los tres coches a San Fernando, como igaalmente con- 
yidar a todos los inqailinos de la hacienda para que vinie- 
ran a presenciar los faegos que tendrian lugar esa noche, 
encarg&ndole tambien se les diese una opfpara cena y vino 
en abundancia. 

El solitario, por su parte, niand6 un propio con una car* 
ta donde Torcuato, en la cual le decia todos los ingredien- 
tes que debia traerle y que se viniese ^1 mismo para ayu- 
darlo en el trabajo como esperimentado qufmico. 

Enrique, de vuelta del paseo que habia hecho con la 
seSora, recibi6 las correspondientes instrucciones del soli- 
tario para preparar los aparatos en que debian colocarse los 
fuegos, y nuestro j6ven obrero, en compania de sus amigos, 
puso inmediatamente manos a la obra, desplegando todoa 
una actividad sorprendente, porque no hai cosa que estimu« 
le mas que la idea de una pr6zima diversion, que hace je** 
neralmente del trabajo un placer. 

A pesar de que el dia era algo avanzado cuando se con-^ 
cibi6 el proyecto, sin embargo la multitud de brazos puestos 
en movimiento y la actividad e intelijencia de los trabaja* 
dores hizo que antes de la oracion todo estuviese ya listo^ 
presentando el inmenso patio un aire de verdadera.flesta, 
tanto por las decoraciones improvisadas y las infinitas ban- 
deras de papel, los vasos de colores, el tabladillo donde on- 
deaba al viento en un elevado palo el simbolo de nuestra 
rep^blica, cuanto por la algazara yvel bullicio de la mu- 
chedumbre, pues no dejaban de haberse reunido ya como 
mil almas ansiosas de ver un espectdculo nuevo para muchaa 
de ellas. 

Antes de ponerse el sol, y cuando aun no Uegaban los 
coches mandados a San Fernando para traer los convida* 



462 L08 8X01UET0S DIL tWSBW. 

dos, se vi6 venir a todo escape como un rejimiento de 
hombres que traian en sus manos instramentos distiDtos, que 
miraban embobados los inquilinos, sin comprender bien lo 
que aqnello significaba, pero que no era otra cosa que los 
mfisicos del batallon cfvico de San Fernando, a quienes se 
les habia maodado cabalgaduras para que se pusieran con 
toda rapidez en la hacienda. 

Los mfisicos, despues de haberles hecho servir helados y 
cerveza, se colocaron en el tabladillo y comenzaron a afinar 
BUS instrnmentos, principiando tambien la batabola de la mu- 
chedumbre admirada y alegre. 

La noche no principiaba aun, pues alumbraba toda via el 
crep^culo de la tarde, tan hermoso en Chile, particular- 
mente en la estacion del verano en que se prolonga casi 
hasta las ocho de la noche, permitiendo respirar el fresco 
ambiente que mitiga los ardores del dia, por lo jeneral bas- 
tante rigoroso en el estio, caando se apercibieron a poca 
distancia de las casas multitud de coches y de jinetes que 
marchaban con rapidez y que entraron al patio en medio de 
las aclamaciones entusiastas de los campesinos que se agru- 
paban en su alrededor. 

Dona Juana y Luisa salieron a recibir a sus convidados 
que venian en tan crecido n6mero cual no lo esperaban; 
pero el convite habia producido en San Fernando una sen* 
sacion prodijiosa, tanto por la curiosidad de ver la magni- 
ficencia de los nuevos edificios de la hacienda de San Jorje, 
de que se hablaba con adniiracion, como sucede frecuente- 
mente en las ciudades pcquenas, donde todo se pondera y 
donde la falta de acontecimientos hace que se ocupen hasta 
de los hechos mas insignificantes, como tambien por el de- 
seo de entablar relaciones de amistad con la opulenta y 
aristocrdtica matrona santiaguina, que gozaba en todo el 
vecindario de la mas alta consideracion, debida a la nobleza 
de su familia, a su gran fortuna y principalraente a su ina- 
gotable caridad, como tambien a la natural distincion de 



LOS SBCBETOS DSL PUSBLO. 46$ 

BUS modalcs, en los que habia una mezcla de altiva indal- 
jencia y de bondadosa arrogancia, que la hacia querer y 
respetar a un mismo tiempo. 

Nada hai que hermosee mas que la felicidad: ella esparce 
sobre la fisonomia una frescura inimitable, y animando al 
semblante con el fuego de la interior alegria, exhala por 
los ojos, por la boca^ por la frente, por la cutis, emanacio: 
nes deliciosas que embellecen a la mujer, atrSiyendo irresis- 
tiblemente a los hombres; tales son esos efluvios de simpatia 
que, sin darnos cuenta de la causa, nos.conraueven, nos en- 
cantan y al fin nos seducen y cautivan. Luisa sufria esa 
misma lei: la satisfaccion interior de que estaba poseida re- 
flejdbase en sus miradas, en sus palabras, en su ademan, en 
su acento, y sus ojos tenian mas brillo, sus espresiones mas 
dulznra, su tez mas trasparencia y el todo un conjunto de 
gracia, de dignidad, de benevolencia y de tan irresistible 
atractivo, que las ninas y particularmente los j6venes conoci- 
dos quedaban estdticos de admiracion ante aquella nina que 
mas bien se asemejaba a un dnjel y no a un ser de este mun- 
do; pues hasta su vestido bianco la hacia aparecer como una 
nube desprendida del cielo, pero pronta a subir a las eleva- 
das rejiones de donde habia venido por un solo instante. 

A pesar del crecido nfimero de convidados, la actividad 
de Luisa y de su nodriza habia hecho en solo medio dia 
prodijios tales en el interior de las habitaciones, que tma 
semana no hubiera sido, en cualquier otra circ.unstancia, 
suficiente tiempo para tal arreglo; pero su buen gusto, los 
muchos recursos de que disponia y de que sabia sacar par- 
tido, prepararon todo con una comodidad y elegancia tal, 
que la misma dona Juana estaba admirada de tan completa 
metam6rfosis, a pesar que ella, se puede decir asi, presenciara 
los trabajos. 

No era menos sorprendente, por otra parte, lo efectuado 
por el solitario, Enrique y Torcuato, los carpinteros y los 
demas trabaj adores que habian sido empleados para impro^ 



49i IXNI 8IGEEt08 DXL PUBBtO. 

visar aquella fiesta, que habria costado largos dias de ruda 
labor y que ellos realizaban en pocas horas; asi es que tanto 
Luisa como el viejo coronel, que erau los principales actores, 
habian hecho verdaderos milagros. 

Una diversion improvisada es mucho mas alegre que una 
que sella preparado de antemano. La animacion era, pues, 
jeneral, reinando el contento en cada unt) y en todos, tanto 
en los convidados como en los duenos de casa y en los in- 
quilinos. 

La mMoa rompi6 con la caucion nacional, sinfonia gue- 
rrera y entusiasta que hace vibrar el corazon del chileno, 
ya sea en su suelo natal o en el estranjero, porque despierta 
en ^1 el sentimiento de libertad, las gloriosas luchas de la 
rep4blica, el hogar dom6stico, los pasatiempos de la ninez, 
las afecciones de la juventud y los vinculos queridos y sa- 
grados que nos ligan a la patria. 

Al primer sonido de los instrumentos, una aclamacion si- 
multanea y uninime se dejo oir; mil pechos, movidos por 
un solo sentimiento, habian gritado de voz en cuello, jviva 
Chile! |viva la patria! jviva la libertad! y la animacion y la 
alegria creci6 de punto. 

En seguida se di6 principio a los fuegos, que los convida- 
dos no cesaban de encomiar, diciendo que eran mui superio- 
res a los de Santiago, en tanto que la mayor parte de los 
inquilinos, que no habian tenido ocasion depresenciar jamas 
tal espectdculo, los miraban embobados, no comprendiendo 
c6mo podia hacerse prodijio semejante; pero cuando gupie* 
ton que era el solitario su autor, ces6 su admiracion, pues 
en el concepto de ellos el viejo brujo podia hacer cuanto 
quisiera. 



t^mm^ttmm^Mammm^mmti^mmtmmi^^mt 



Don Pastor de los Mpnasterioa 



Terminados los faegos se di6 principio al baile en el inte- 
rior de las habitaciones, donde solo tenian acceso los convi- 
dados, pero qae los inqailinos podian ver desde las numerosas 
ventanas que caian a un largo y espacioso corredor. 

Enrique, vestido con sencillez, pero con incontestable 
eleg^ncia, estaba al lado del solitario, y so fisonomia her- 
mosa, viril y simpatica Uamaba la atencion de las sefioritas, 
que se preguntaban las unas a las otras qui^n seria aqael 
interesante j6ven que, en compafiia de tan venerable ancia- 
no, parecia no tomar parte en la diversion, pues no habia 
bailado todavia. 

Entre los convidados de San Fernando encontrdbase el 
administrador de correog con su familia, que habia aprove- 
chado de -equella inesperada oportunidad para ver las mara- 
villas de la hacienda de San Jorje como igualmente a su ami- 
go el arquitecto, pues recordarA el lector las dos ocasiones 
que Earique hahii ido a la ciudad en busca de su corres- 
pondencia y la acojida carifiosa que le habia hecho el curio- 
so viejecito del correo. 

No sabiendo bailar Enrique, habia permanecido durante 
algun tiempo en un salon retirado, hastaque el solitario, por 
encargo de Luisa, lo hizo entrar a la sala principal, motivo 
por c4 cual no lo habia apercibido aun nuestro administra- 
dor de correos; pero tan laego como lo vid, se fu^ directa- 
mente donde ^1, diciendo en voz alta: 

liCMI B, DIL P. 8t 



i66 L08 8ICBIT0S DXL FUZBLO. . 

— jHola, mi amiguito, al fia se le ve a usted la cara! Yo 
Babia que usted estaba todavia aqui, por las cartas que le 
vieneu; ^pero por qu^ diablos no ha vuelto usted a San 
Fernando, cuando yo lo esperaba j aun creo que lo habia 
convidado? 

— No me ha sido posible, seSor, dijo Enrique, medio ri6n- 
dose al notar la vanidosa petalancia del viejecito. 

— Pero hombre! yo lo habia convidado a usted para que 
fuera a ver las nina?.. Yo tengo muchas relaciones en San 
Fernando, como usted no puede menos de conocerlo ahora. 

Y el pequeiio administrador estendi6 una mirada domi- 
nante por todo el salon, y luego continuo: 

— Aquf estdn tambien mis hijas, que tendr^ luego el gus- 
to de presentarle. 

Y el viejecito volvio a mirar con marcada satisfaccion 
hdcia el grupo donde estaban sus hijas. 

— Doi a usted las gracias, senor, contesto Enrique. 

— Esperese un poquito, que creo que me Uaman: las pi- 
caronas han notado indudublemente que converso con usted 
y apostaria que me van a preguntar algo: las ninas son tan 
curiosafi, amiguito! 

En efecto, las hijas del administrador de correos habian 
hecho una sefia a su padre, al que preguntaron que qui^n 
era ese j6ven. 

El les respodi6 con tono enfatico que el j6ven con quien 
estaba hablando era un arquitecto de mucho talento que 
habia hecho venir de Santiago la senora dona Juana para 
dirijir los trabajos del palacio, agregando qtie lo conocia 
desde que habia llegado, que era mui su amigo y que se los 
present aria luego. 

— Dicho y hecho, amiguito, dijo el administrador de co- 
rreos cuando volvio al ladode Enrique; yo habia adivinado, 
a mi no se me va ninguna; las ninas me llamaron para pre- 
guntarme qui^n era usted, y les he prometido presentarlo. 
No tenga usted vergiienza, amiguito mio, las ninas son co- 



i08 SttOBETOS DSL PUEBLO. wt 

rrientes, y siendo introdocido por ml, tehdrdn ellas por nsted 
toda clase de consideraciones; por otra parte, son de suyo 
amables, como debe usted comprenderlo, pues ban eido eda- 
cadas por mi. 

Enrique se inclin6. 

— Pero vamos,- volvio a decir el >iejecitoxon petulancia; 
lo que se ha de hacer tarde qae se haga temprano. 

Y toraando de la mano a Enrique, lo encainiii6 velis 
nolis hdcia el lugar donde estaban sus hijas; y luego, echdn- 
dose para atras, hi^o con enfdtico tono la presentacion si- 
guiente: 

— Amables hijas mias, tengo el honor de presentarles al 
senor don Enrique Lopez, sabio arquitecto e intimo amigo, 
a quien espero trataran con todas las consideraciones debi- 
das a su elevada posicion y al particular afecto con que yo 
lo favorezco. 

Las ninas bajaron humildemente la vista, hicieron una 
reverencia y estendieron su mano a Enrique, afectando una 
gran modestia y una ciega obediencia. 

IL 

El viejecito estaba triunfante. Las miradas de todas las 
sefioritas como de los j6venes de San Fernando se hallaban 
fijas en ^1 y en su familia, que se habia atraido al gallardo 
estranjero, por el cual todos se habian preguntado que 
qui^n era* 

— ^Si^ntese aqui, mi apreciable amigo, volvi6 a decir el 
administrador de correos, diriji^ndose a Enrique y senaldn- 
dole una silla al lado de sus hijas. 

Pero notandoque le hacian algunas seSas, prosigui6: 

— Ya ve usted, mi queiido amigo; todos me llaman, soi 
un hombre mui popular y obedezco^ a pesar del sentimien- 
to que me causa separarme de usted; sin embargo, espero 
que mis hijas lo entretendr^n: los j6vene3 y las ninas se di* 



\ 



46$ 



L08 SKCSZTOS DSL PITDLO. 



vierten mejor entre si; sean ustedes, paes, bi en amables, hi- 
jas mias. 

T el complaciente padre se diriji6 a las peraonas que le 
habian hecho senas, no sin poner antes la mano en el bom- 
bro de Eoriqae como para animarlo j que 'fie estableciese 
Inego nna coDfianza mas iatima entre el y sos bijas. 

— ^No hai qae tenerse verguenza, anadi6; estamoa en el 
campo, donde se debe ec^bar a la espalda toda etiqneta; con 
qne asi, franqaeza j nada mas. . . 

Ufano de qae Eariqae estuviese al lado de sns bijas, lle- 
yaba nuestro proviociano la cara radiante de alegria caando 
fa6 a ver para qa^ lo llamaban sns amigos, no dejando 
de presnmir en sas adentros cadi era el objeto, lo coal, sea 
dicbo de paso, le caa^ba doblc satisfaccion. . 

— Senor don Pastor de los Monasterios, dijo nno de los 
j6vene3, jqniere nsted sacarnos de una cariosidad? 

— En caanto poeda ser ntil a nstedes estoi a sa dispo- 
sicion. 

— Un millon de gracias, senor de los Monasterios; p3ro 
solo qaeriamos pregaotarle ^qai^n es ese caballero que e^tk 
al lado de su apreciable familia? 

— Ah! pfcaros envidiosos; icon qn6 fin quieren nstedes 
saberlo? Apostaria de que sienten celos al ver a ese bizarro 
mozo junto a mis hijas. 

— Mai bien puede suceder, mi senor don Pastor de los 
Monasterios, porque las senoritas hijas de nsted son unas 
joyas de que no debe privarse nunca a San Fernando, y te- 
memos mucho que tan cumplido caballero nos las arrebate, 
qtiedando nuestra ciudad natal despojada de sus mas bellos 
adornos. 

Y el j6ven que hacia este cumplido a nuestro administra* 
dor mir6 a sus companeros, que se reian por debajo. 

— Puesbien, araigos mios, doi a nstedes las gracias por 
sus bondades y por el afecto sincero que maniftestan por mi 
familia; porque, vauidad aparte, lo que han dicho ustodes 



LOI SECSBTOS DILL PUEBLO. 46f 

es la pura verdad, y San Fernando perderia con nnestra 
separacion; sin embargo, les confieso: si ese j6ven me pidie- 
86 la mano de una de ellas, se la daria. 

— ^Pero quien es al fin ese caballero que usted honra tan 
altamente, ddndole la preferencia sobre todos nosotros? 

— Disp^nsenme, hijos mios; noes mi dnimo ofenderlos, 
y en prueba de ello pueden ustedes pedirme cualquiera de 
mis otras hijas, menos la que dl escoja^ y se las cederd en el 
acto. 

— Pero esta es, sin embargo, una marcada preferencia, 
pues usted solo se limita a cedernos lo que 61 nos deje; y 
aun cuando cada una de las senoritas es una mar'kvilla, ^no 
es verdad, amigos mios? dijo el j6ven que hablaba, diriji^n- 
dose a los demas con marcada ironia; siempre es esto un 
desaire. 

— Indudablemente, respondi6 uno. 

— Pero ell as son un portento, esclam6 otro. 

— Una perfeccion. 

— Unas reinas. 

— Unos dnjeles. 

— Unas divinidades. 

— Por Dios, amigos mios, n6 me avergiiencen ustedes; 
les doi gracias por su entusiasta afecto; pero mis hijus, sin 
que seau reinas, Anjeles o divinidades, no dejan de ser unas 
seBoritas camplidas, porque yo las he edacado con el mayor 
esmero, y ya coraprenderdn ustedes.. • 

— Eso estd a la vista, mi senor don Pastor de log Monas- 
terios. 

— Pero jai! todo no es cumplido en este mundo. 

— jC6mo! iqne usted les encuentra algan defecto? 

— Nioguno, hijitos; pero, como les acabo de decir, nada 
hai cumplido en este mundo. 

— EspUquese. 

— ^Ya saben que son pobresf Yo no tengo otra cosa que 
mi empleo; y hoi solo se apreciala plata.. , 



470 LOS SICftlTOS DIL PUCBLO. 

— Siglo corrompido! esclamd el j6ven con finjida indig- 
nacion; {anteponer nn vil metal al talento, a la belleza, a la 
virtud, al m^rito real y verdadero, que debiera siempre so- 
bresalir! 

— Asi es, amigos mios; pero hai casos en que se hace jus- 
ticia. . . 

— Y este serd uno de ellos; jao es verdad, senor de los 
Monasteries? 

— Paede ser, aunque todavia no hai nada de positivo; 
pero tengo cierta confianza. . . 

— ^Eq ese j6ven? 

— Justamente. 

— Sin embargo, aun no nos ha dicho nsted qui^n es. 

— Pues voi a decirselos; pero antes es preciso que 
les advierta que habia adivinado el motivo por qu^ me 
Uamaban ustedes; ^qu^ les parece de mi perspicacia? A 
ml no me la jaega nadie, amigos mios, yo veo debajo 
del agua, y antes que los otros vengan, ya yo estoi de 
vuelta. 

— Todo el mundo reconoce en nsted, seBor don Pastor 
de los Monasterios, al primer hombre de San Fernando; y 
su esperiencia, y su penetracioa, y su talento han llegado 
a ser proverbiales. 

El administrador de correos mene6 la cabeza negativa- 
mente, y con un ademan modesto como para decir: 

— No me es dado a mi confesar con mis Idbios el m6rito 
que los otros me reconocen, 

^Cu^ntas hipocresias de este j^nero no hai en este mun- 
do? ^Cadntos don Pastor de los Monasterios no encontra- 
mos diariamente en la sociedad? EI ejemplo que citamos 
es mas jeneral de lo que a primera vista aparece; y mu- 
chos que se reir&n de esta crftica, no sospechan que se 
rien de si mismos, y que en mil ocasiones habrdn estado 
espuestos a semejante burla s^i haberse apercibido de 
ello. 



«0g SXCBITOS DIL PUXBLO. 471 



III. 



Los j6vene3 que rodeahan al senor de los Monasteries no 
pudieron contener una franca carcajadfl, que mitigaron 
cuanto pudieron por respeto a la sociedad, y que no dej6 
de amostazar un tanto al presumido viejeeito, que dijo en 
el acto: 

— ^De qu^ se reian ustede?, araigos raios? 

— Estos muchachos son unos locos, continuo el misrao que 
antes tenia la palabra; son unas cabezas sin seso que se rien 
de la cosa mas insignificante, turbando asi una conversa- 
cion B6ria; perdonelos usted, senor don Justo Pastor, j con- 
tinuemos. 

— Ah! sf, disciilpenos usted, repusieron algunos; nos con- 
fesamos crirainales; pero su indnljencia perdonard nuestra 
falta, haci^ndose •cargo, como lo ha dicho mui bien nuestro 
aniigo, del poco juicio de la juventud, que se rie las mas 
veces de una friolera, y esto es jii^tamente lo que nos ha 
sucedido a nosotro?; pues vamos a confe-^^rselo, aun cuando 
haya alguien que se enoje; pero preferimos esto a no incu- 
rrir en su desgracia: nos reiamos, senor don Pastor de los 
Monasterios, del mismo que estd hablando; ^no lo vq usted 
con esa leva abrochada: hasta el cuello como si fuera algun 
militar disfrazado de paisano? 

— ^Tiene, pues, esas pretensiones? a algunos les chifla el 
diablo por ahi. 

— ^Con que era de mi de quieu se *reian? contest6 el 
j6ven, 

— Indudablemente. 

— Vamos, jovenes, ya son ustedes bastante grandes para 
no ser ninos, repuso el senor de los Monasteries con tono 
majistral. 

Y luego anadi6 con el mismo ^nfasis: 

-^Yo tambien he tenido Ja edad de ustedes, y no nie^o 



472 Lot uoBxros du nnDLo, 

que he sido muchacho alegre, embromador y amigo de las 
niQas como el qae mas, pues todavia me qaedan alganos 
vestijios, porque unos lindoa ojos no me son indiferentes, 
pero nunca me he reido ni me he ocnpado de semejantes 
paparruchas, como lo hacen ustedes; ^qa^ im porta que el 
sefior tenga su levita abrochada hasta el cirello? jHai en 
esto acaso algo de indecente o de impropio? 

— Dejelos osted, sefior don Pastor, yprosigamos nuestra 
conversacion; yo no hago caso de simpleza?^, sino que me 
gusta en todo la seriedad; y lo que mas me ha fastidiado 
ahora, se lo confieso, no es la risa de estos caballeros, sino 
la interrupcion a que ha dado lugar; pero tambien esto ha 
dado motivo a que descubramos otra de las bellezas de su 
car&cter. 

— jCudl, hijo mio? pregunt6 el seDor de los Monasterios 
haciendo una graciosa cortesia. 

— La de su jovialidad, que todavia la conserva, la de sua 
triunfos amorosos, que aun no lo abaodonan, pues si no le 
son indiferentes los hermosos ojos, es sena inequfvoca que 
todavia usted;. . 

— Silencio, j6ven, repuso el director de correos con cier- 
to aire de malicia y de satisfaccion a la vez; yo he sido 
siempro reservado, y no seni en mi edad que me vuelva im* 
prudente. . • 

— Pero a pesar de su reserva y de su prudencia, replic6 
el mismo j6ven que habia atribuido la risa a la abrochadu- 
^a del levita de su compafiero, nadie ignora que usted ha 
sido un irresijrtible don Juan y que todavia quema incienso 
en los altares de Cupido. 

— {Malas lenguasl e8clam6 el sefior de los Monasterios 
con ese tono de dnda o de negacion que es la t&cita afirma- 
cion de un hecho que n6 se quiere confesar con los Idbios o 
que se desmiente con la palabra, pero cuya existencia se 
deja adivinar« 

— En vano usted lo ocnlta, piMto que todos lo laben. 



LOS nOUTd DIL FUIBLO. 475 

— Vamos, nifio8, mudemos de conversacion y d^jense us- 
tedes de curiosear cosas qae no les qtiieren revelar. 

— Tiene usted mucha razon, eenor de los Monasteries, 
continu6 el primer j6ven, porque estos atolondrados serian 
capaces de hacer an ronaance. 

— jOh! un romance! indudablemente, mi vida se presta 
para ello. Si yo revelase los lances de todo j^nero de mi 
borrascosa javentud, las acciones heroicas y los pensamien- 
tos atrevidos de ini edad virll, habria materia para escribir 
la mas hermosa novela, o dir^ mejor, la historia mas es- 

m 

traordinaria, porque serian hechos y no fantdsticas ficciones 
de poeta. 

— jSeQor! entonc^es ^por qu6 priva usted al mundo de tal 
maravilla? jPor qu^ se priva usied mismo de laadmiracion 
entusiasta que tendria -por usted la sociedad actual y las 
jeneraciones futuras? ^Por qu6 priva a su familia de esta 
aureola de gloria que daria nuevo brillo al ya tan ilustre 
apellido de los Monasterios? ^Y por qu^ priva dltimameute 
a Chile de una obra que lo sacaria qniz& de su oscuridad 
literaria, haci^ndolo conocer en los ambitos todos de la 
tierra? 

— ^Por qu^?. . . \?0T qu^?. • . Se lo digo a ustedes con 
sentimiento: porque no tengo tiempo, amigos mios. Mis 
funciones de director jeneral de correos de San Fernando 
me ocupan bastante, pues cuando menos llegan a la oficina 
diez cartas y otros tdntos peri6dicos; y ya ven ustedes que 
para repartir esto. . . Agreguen ahora que casi siempre soi 
subdelegado y que en todas las lejislaturas me nombran de 
municipal, cualquiera que sea el partido que triunfe, lo que, 
si bien me fastidia, prueba indudablemente la necesidad 
que tiene el gobierno de mis conocimientos y de mi espe- 
riencia; jpero es preciso que uno sirva a su patria!.*. . Ade- 
: mas, en todas ocasiones me coloco del lado de la autoridad, 
a quien doi siempre mi voto, tenga o no razon, porque es 
indispensable mantener el 6rden. Ahora bien, jcdmo quie- 



Hi LOS SEOBETOS DEL PUEBLCI. 

ren ustedes que, desempeSando tantos cargos, y no de poca 
importancia, tenga tiempo para escribir? Cr^anlo ustedes, 
senores, yo me sacrifico sin haber obtenido jamas la menor 
recompensa. . . 

— Eso es notorio, mi senor don Pastor, y el mnndo no 
sabe qu^ cosa admirar mas, si la ingratitud de los manda- 
tarios, o el patriotismo, el desinteres y la paciencia de us- 
ted. Mucho tiempo hace a que usted debia haber sido 11a- 
mado a ocupar un ministerio, o por lo menos que lo 
hubieran hecho intendente vitalicio de esta^ provincia, co- 
nociendo, como nadie lo igaora, a mas de su merito real, su 
nunca bastante ponderada cualidad de estar siempre del 
lado del que manda. 

— ^^Y aun asi, amigos mios, como lo ven ustedes, nada se 
ha hecho por ml, cuando en esta provincia 'nada se hace 
sin mf. 

— Senor, tenga usted conformidad, porque la ingratitud 
ha sido casi si mpre el patrimonio delos grandes hombres. 

- — Ya lo se, y esto es lo que me consuela. Yo trabajo 
para el porvenir, y al fin y al cabo se me hard justicia. . . 

— ^Pero no ha hecho usted los apuntes de su vida? 

— Si, amigos mios, cada dia, antes de acostarme, evoco 
mis recuerdos y hago mis anotaciones, que pienso redactar 
por corapleto cuando haya jubilado; porque han de saber 
ustedes que en un ano mas cumplo cuarenta que sirvo al 
gobierno, y entoncos, con mi sueldo integro, y libre de mis 
ocupaciones actuales, podr6 dedicar todo mi tiempo al tra- 
bajo de rbi obra. - • 

— jQu^ iuteresantes no serdn esas pAjinas! si nos mostra- 
trase usted, mi senor don Pastor, esos apuntes, jcudnto se 
lo agradeceriainos! . - 

— Imposible, senores, imposible, porque en esto quiero 
imitar a Mr. de Chateaubriand, que escribi6 sus memorias de 
ultra-tumba, las que se publicaron, como lo dice el titulo, 
despues de su muerte. 



LOI SECBXT08 DXL FOKBLO. . 475 

— jQu6 listimal qu6 lAstima tener que esperimentar la 
p^rdida de un honibre tan grande para poder leer nn libro 
tan hermoso! ^Pdr qu^ no hace usted esta publicacion en 
vida para que podaraos gozar sin tener que deplorar su 
inuerte? ^No ve usted, senor don Pastor, que la alegria est& 
mezclada al dolor mas intenso y que quizd, lo que ganemos 
no equivalga a lo que perdamos, mientras qae eatfi en su 
mano hacer que aparezca el libro sin necesidad de que pe- 
rezca el autor? 

— Ya lo se; pero mi determinacion en este punto es irre- 
vocable; y tan irrevocable, que habia pensado ordenar en 
mi testamento, lo mismo que Talleyrand, que mis escritos 
se publicaran a los cincuonta anos despues de mi muerte 
para no herir asi las susceptibilidades de los descendientes 
de las personps que figuran en mi obra por haber tornado 
parte en los aconteciraientos de mi vida. 

— Nos asusta usted, senor don Pastor; ^qu^ secretos ser&n 
esos? Dios mio! mi curiosidad crece a medida que crece mi 
espanto. 

— Esperen ustedes, que al fin quedaran satisfechos; pero, 
Inter tanto, ^qu6 era lo que querian saber de mi cuando 
me llamaron? - 

— Es verdad, lo ameno e interesante de su cobversacion 
nos habia hecho olvidar que deseabamos nos dijese usted 
que qui^n es ese j6ven que estd al lado de las apreciables 
seBoritas hijas de usted. 

— Ese j6ven es una notabilidad, sefiores; es un gran ar- 
quitecto, y por consiguiente, hombre de mucho talento y a 
mas de esto rico y de las primeras familias, lo que se deja 
ver en su fisonomia. 

Y don Pastor se volvi6 para mirarlo, como si de esta 
suerte se lo indicara mejor a sus araigos; pero quedd agra- 
dableraente sorprendido al notar que Luisa daba conversa- 
cion a su f am ilia. 

— jCaspita! dijo; la sefiorita de Valdes estd con mis hijas! 






476 

— ^Asi es, Befior, 7 la conversacion parece mm ani— 
mada. 

— ^Voi a ponerme inmediatamente a sns 6rdeiie8. 

— ^UsteJ 68 la galanteria por escelencia. 

— ^No lo niego y les aconsejo segoir mi ejemplo. 

— En esto y en todo, sefior de los Monasterios; pero antes 
sirvase decirnos si asted es amigo de ese j6ven. 

— jVaya! {pnes no lo estdn viendo? jc6mo sin ser Intimo 
amigo mio estaria en relacion con mis hijas? To mismo se 
las acabo de presentar. 

— ^Y desde endndo a qae usted lo conoce? Nosotroa no 
ieniamos noticias de tan estrecha relacion y ningnno lo ha 
visto en la ciadad. 

— Sin embargo, ha estaio yarias veces en casa. 

— jEn casa de usted! ^y c6mo es que solo ahora lo pre- 
senta a su familia? 

— Porqoe lo he recibido en mi cuarto; ya saben ustedes 
lo delicado y escrapuloso que yo soi, .• 

— Indudablemente, pero ese rigorismo no se estiende a 
sus amigos fntimos. 

— Es verdad, respondi6 el director de correos algo con- 
trariado con las reflexiones de losjdvenes; pero no habia 
tenido oportunidad de introducirlo, porque siemp^e ha ido 
a verme mni de manana. 

— ^Con que ese cabaliero hace sas visitas mui de mafia- 
na? ^Seria esta la moda actual? Si es asf, no la seguire- 
mo9, porque nos parece mui inc6moda; y los j6venes se 
sonrieron. 

— lQc6moda para ustedes, amigos mios, contest6 el vie- 
jecito cada vez mas amostazado, porque, teniendq la pro- 
vechosa costumbre de levantarse a las doce del dia, no 
pueden visitar a las cinco o seis de la manana: esto es 
claro. 

— Pero aun cuando madrugdsemos mucho, {en qu^ casa 
nos recibirian a esa hora? 



I 



Loft BXCKStOS DKL ,^nXBLO. 



477 



El sefior de loa Monasterios no sapo qu^ contestar y se 
limit6 a hacer una reverencia un si es no es desdenosa, di- 
rijiendose en el acto h&cia donde estaba Laisa, Enrique 7 
SU8 hijas. 



J 

Amores de don Pastor. 



El galante administrador hizo una profunda cortesia a 
Luisa, ton[i6 una silla, se coloc6 al lado de Enrique, le puso 
familiarmente la mano en la rodilla y princij)i6 a sacar su 
rieo repertorio de cumplimientos y de ampulosas frases, 
empleando el tono mas melifluo y carinoso que le fu^ po- 
sible. 

Luisa se sonreia e iba en aumento su hilaridad al ver la 
serif dad de Enrique que entre admirado y confuso no sa- 
bia lo que todo aquello significaba. 

El senor de los Monasteries estaba en el colmo de su dicha 
al notar el efecto que producia en su auditorio; pues tanto 
la alegria de Luisa como la estupefaccion de Enrique lo 
convencian cada vez mas de su importancia, de sii talento, 
de su gracia y de la inimitable finura de sus modaies. 

Luisa, sin ser burlona, reia de las mejores ganas. 

Las hijas del sefior de los Monasteries y el senor de los 
Monasterios mismo, la acompanaban; solo E irique perraa- 
neeia sijencioso sin responder varias veces a las finas agu Je- 
zas de las dignas hijas del administrador de correos que, 
deseando deslumbrarlo para atraerselo, a cada instante le 
dirijian la palabra, empleando siempre un estudiado len- 
guaje, lo cual, haciendo mas c6mlco el contraste, divertia 
estraordinariamente a Luisa que casi no podia contenerse en 
los limites de una alegria moderada. 



LOS BECItEtOS DSL PUEBtO. 479 

El bullicio de aquel grupo no pudo menos de atraer la 
atencion de la concurrencia, y poco a poco se fueron acer- 
cando a-^l y la algazara 6recia porque iba en aumento el 
entusiasmo del senor de los Monasteries que, vi^ndoso el 
alma de la reunion, aparecia por instantes mas locuaz, au- 
mentando en proporcion el contento. Dona Juana misma, a 
pesar de su seriedad habitual, no pudo resistir a ese torren- 
te, y reia con las buenas disposiciones con que rie una nina. 

Tan ufano estaba el adrainistrador que se creia un h^roe, 
y la mas franca satisfaccion reaplandecia en su semblante. 
Por otra parte, sus hijas participaban de la misma alegria: 
jamas se habian encontrado en una reunion tan escojida y 
tan numerosa; jamas las habian prodigado tantas atenciones 
ni habian tenido asu lado tal numero de jovenes. Susmuer- 
ta& esperanzas renacian, pues la menor, que tenia por lo 
menos veinticinco anos, principiaba a entregarse a los San- 
tos; y en ese momento eran felice^, porque a su parecer se 
les abria un inesperado horizoute, pues tenian en perspec- 
tiva al famoso arquitecto cuya juventud y cuya inocente 
simplicidad eran los presajios deuna f^cil conquista. 

Uno delos concurrentes dijo en alta voz: "para que reine 
mejor 6rden en el baile, pido que se nombre de bastonero 
al sefior don Pastor de los Monasterios. 

— Escelente idea. 

— Que se nombre. 

— No hai oposicion. 

— Aclamado por unanimidad. 

— La votacion ha sido candnica. 

— Queda reconocido en su elevado puesto. 

Y todos a una reian y felicitaban al administrador que 
estaba loco de contento, pues se veia llaraado de todos lados: 
senor bastohero, senor don Pastor, senor de los Monasterios, 
etc., sin olvidar las inmensas lisonjas de que era objeto y 
que cada uno le prodigaba, recibiendolas 61 como una cosa 
natural y a que era por demas acreedor. 



480 LM nCKBTOS DIL FUXBLO. 

— Qne baile nn mina^ el senor de los Monasteries, pues 
el bastonero debe dar el ejemplo, dijo ano de los j6venes 
con quienes habia estado hablando. 

— ^Yo estoi mni dispaesto a complacer a la sociedad, pero 
el minn^ es de la ^poca de mis abaelos, y no lo se por con- 
sigaiente; pero para una contradanza y anas coadrillas estoi 
dispnesto: un hombre serio puede de vez en cnando mos- 
trarse jovial y alegre y yo lo estoi, senoritas y caballeros; y 
asi quiero que todos lo est^n igaalmente. 

— ^Bien dicho; pero que principie el senor don Pastor de 
los Monasterios por nna polka. 

— Por nna mazurca. 

— Por nn scbottisch. 

— Por una redowa. 

— Por nn vals de tres tiempos. 

— Por una zaraacneca. 

— ^Yo no puedo dar gusto a todo el mundo, y por otra 
parte, el bastonero es el 4nico que manda y yo lo sol por el 
voto undnime, o mas bien dicho, por jeneral aclamacion, de 
consiguiente soi el que establece las condiciones y el que res- 
tablece el 6rden; con que, asi senoritas y caballeros, ponerse 
en baile, pues voi a ordenar a los mdsicos que nos toquen una 
contradanza; pero como yo debo de poner la contradanza, 
por venirme de derecho, ser^ el primero que elija a su com- 
pafiera. 

Y diciendo y haciendo, se dirijio donde Luisa y la dijo 
con su voz mas mielosa y con so coerpo medio encorvado. 

— Senorita, jtendria usted la bondad de acompanarme a 
esta contradanza? En mi calidad de bastonero debo dirijir- 
me primeramente a la dueSa de casa. 

Luisa lo mir6, dibujdndose en bus Idbios la mas pica- 
rona sonrisa, y luego le contest6: 

— Si es solo mi calidad de duena de casa la que me hace 
obtener ese honor, lo exonero desde luego de tal obliga- 
cion. 



tdl BXCBVrog DSL PtTX&LO. 461 

— Sefiorita! independlente de ser asted la duefia de casa-, 
usted es tambien la reina de la liermosura, y bajo este doble 
titulo. . . 

— ^Me da usted la preferencia? no es verdadi 

— Sin la menor dada, senorita. 

— ^Efltonces si yo soi la reina, usted serd el monarcai 

— Fero un monarca reudido a sus plantas. 

-7-E3 precise ceder a tanta humildad como galanteriat 
tiene usted mi palabra, senor don Pastor* 

El administrador de correos hizo la reverencia mas pro- 
funda y humilde, y en seguida se ergui6 levantdndose sobre 
la jpunta de sus pies para aparecer mas alto de lo que era, 
y diriji^ndose a los j6venes, les pre vino que ya el estaba 
en baile con la sefiorita Luisa de Valdes y que ellos podian 
buscar sus companeras, mientras ^1 iba a hacer que tocase 
la musica. 

11. 

Cuando el sefior don Pastor volvi6 a entrar al salon, 
despues de haber dado sus ordenes, ya encontr6 a los j6ve- 
nes que principiaban a parar a sus companeras; pero repa- 
rando que Enrique permanecia todavia en su asiento, le 
dijo: 

— Por qu4 no se ha puesto en baile usted, amigo mio? 
aqui tiene usted a mis hijas, cualquiera de ellas lo acompa- 
fiar^. 

— ^Ya estamos comprometidas, papd, respondid una de las 
ninas; pues ha habido otros j6vene3 que se han apresurado 
mas que este caballero, y nosotros no podiamos rehusar sin 
faltar a la buena crianza. 

— Tien en usted es razon, hijas mias; pero en fin, don En- 
rique ^que usted no baila? 

— No s^ bailar, sefior. 

— jNo sabe usted bailarl j06mo es eso? jUn j6ven como 
usted! Un santiaguino! Un hombre de iQtfado^ un sdbio, xxn 

lOMO X, II 



i. 



482 LOB SSCBEfOS BKL FUSBLO. 

arquitecto qne debe frecoentar siempre la mejor sociedad! 
Esto es incomprensible, y permitame iist«ed que no se lo 
crea. . . 

— Pues cs la verdad, senor. 

— No, amiguito, a mi no se me engana; he vivido bastante 
y tengo una penetracion que va mui lejos. . . Hai sin duda 
otro motivo oculto, pero ya lo descubrir^ yo, est6 usted se- 
garo de ello'. 

La miisica principi6, y nuestro c61ebre personaje, caldn- 
dose sus guantes de punto bianco un poco usados, se diriji6 
donde Luisa ofreciendole la mano para conducirla a la ca- 
becera, porque este es el puesto de honor que le correspon- 
de a los que rompen el baile. 

Cuando todas las parejas ocupaban su lugar respectivo, 
' don Pastor de los Monasterios alzo la voz y dijo en tono de 
autoridad: 

— Senores, para prevenir todo equivoco y que no haya 
enredos en el baile, como sucede con tanta frecuencia, debo 
prevenir a ustedes la figura que voi a poner, que es la, si- 
guiente: alemanda, latigo, media eadena y vals con la con- 
traria; jentendeis? 

Los j6venes se inclinaron en senal de aprabacion, y don 
Pastor de los Monasterios con el oido atento a los compases 
de la m^sica, rompi6 el baile cuando. lo crey6 oportuno. 

Solo habian quedado en sus asientos dona Juana, algunas 
mamds y Enrique, pues el solitario hacia mucho tiempo que 
no se eneontraba en el salon, sin duda porque sas h^bitos 
no estaban en armonia con los de aquella juventud, o por- 
que no se eneontraba bien en el buUicio, despues de haber 
pasado tantos ailos en la soledad mas absoluta. 

Dona Juana, viendo a Enrique solo, lo convid6 a sentar- 
ee a su lado y tomar parte en la conversacion que tenia con 
las otras matronas. 

— Usted no baila? pregunt6 la senora a Enrique, con la 
mayor amabilidad. 



i 



ton IftOSXtOS BKL VtJtBLO, 483 

— Nunca he aprendido, senora. 

— iC6mo! Usted que sabe tantas cosas, ignora esta? ' 

— No he tenido la oportunidad, por lo cual no he visto 
la necesidad. 

— Es una cosa rara en un j6ven como usted, dijo una de 
las mamd>8. 

— Sin duda es una falta inescusahle, sefiora, para los j6- 
venes que frecuentan la alta sociedad, a la que ellos perte- 
necen, pero yo senora, . . 

Dona Juana interrumpi6 a Enrique y di6 un jiro distinto 
a.la conversacion, figurdndose que podria mortificar a Enri- 
que el verse obligado a confesar su estado humilde; y quien 
sabe tambien f?i movida por un sentimiento de aristocracia, 
pues su orgullo de tal sufriria si llegaban a saber aquellas 
jentes que ella recibla con tanta familiaridad a un simple 
artesano. En cuanto a Enrique, ^1 hubiera dicho sin rubor 
lo que en realidad era, pues principiaba a esperimentar 
cierta reaccion en su interior que lo impelia a decir con 
cierta arrogancia lo humilde de su condicion y de su orljen: 
orgullo plebeyo que lo tienen jeneralmente las almas fuertes 
y elevadas que arrostran el peso de las preocupaciones, sin 
pensar que caen en otra preocupacion y que la verdadera 
superioridad consiste en la induljencia y en la humildad, 
que es la linica virtud que realmente engrandece al hombre; 
pero tambien espreciso disculpar en la juventud esos arran- 
ques, porque lo demas es el tardio fruto de la esperiencia, 
del desengano, de la relijion y de la filosofia, cuyas cosas no 
se obtienen cuando se principia la vida, principio que no 
concluye nunca en la jeneralidad de las personam, porque 
mueren sin haber vivido, 

Cuilndo se termin6 la contradanza, Luisa fu^ a colocai*se 
al lado derecho de su madre, sin duda porque ocupaba En^^ 
rique el izquierdo. 



4S4 urn 

— ^Te has divertido, hija mia? le preganto la sefiora. 

-^— Si mamita, tenia tan boen companero, re?pondi6 la 
nina, miracdo a Enriqne con cierta malicia y a don Pastor 
qne ann permanecia delante de ella, paes lahabia*traidode 
la mano hasta sa asiento. 

— Gracias, senorita, pero yo he sido el favorecido, yo he 
sido el feliz... Figarese nsted, senora, que ia senorita Laisita 
baila como nna silfide, como nua T«rsicore. 

— ^Qa^ animales son esos, senor don Pastor de los Mo- 
nasterios? pregnnto dona Jaana, prornmpiendo en una car- 
cajada. 

— Esos no son animales, senora, dljo con seriedad el ad- 
ministrador de correos, pnes osted no debe presnmir qoe nn 
hombre como yo, nn hombre edacado como nsted me hace 
el honor de creerme, hiciese nna comparacion ofensi^a a 
la genorita. 

— Indndablemente qne no, senor de los Monasterios; ns- 
ted es demasiado galante y esto se conoce sobre la ropa; 
perdone nsted, paes, mi ignorancia. Si le he hecho seme- 
jante pregnnta, es porqne no conozco a esas divinidades. 

— ^Ha acertado, nsted, senora, en deeir divinidades, por- 
qne lo son en efecto y es sola con ellas las* qne yo pnedo, 
debo y quiero comparar a su hijita.. 

— Senor de los Monasterios! me hace nsted ponerme co- 
lorada con sns lisonjas, esclamo Luisa riendose con sa 
madre y con Enrique. 

— Yo no digo lisonjas, replico don Pastor, sino verda- 
des. * 

— Vaya, vaya, mi incomparable senor de los Monasterios; 
usted no tiene su segunJo en San Fernando, y qniz^ en 
toda la repiiblica. Jamas habia encontrado nn hombre tan 
fino y amable, dijo dona Jaana, siempre con. el mismo tono 
alegre. 

— Y ya yo qne soi el objeto de la admiracion y del cnlto 
de este caballero, quiero pedirle un favor. 



LOS SSOBBTOS DSL PUEBLO. 485 

— Hable usted, seiiorita, y su8 insinuaciones serdn 6rde- 
nes, y su voluntadserd cumplida, aun caando sea un impo- 
sible, porque para una divinidad no debe existir esa palabra 
imposible. 

— Paes bien, senor de los Monasterios, ya que yo soi una 
divinidad, no puedo haber bailado sino con algun dios del 
Olimpo; de consiguiente no quiero ni es justo que descienda 
hasta hombrearme con los mortales. 

— ^Qu^ dice usted, senorita? 

— Que no bailar6 mag en toda la noche, y que usted me 
disculpard con los caballeros. 

— jPero esto no es posible! 

— jC6mo que no! si yo soi unasilfide, usted no puede ser 
sino Jupiter, Mercurio o Marte, y esta en su deber impedir 
que yo descienda de tan elevado puesto; quiero al menos 
por esta noche conservar tan halagi'iena ilusion. . . 

— Comprendo senorita, comprendo, respondi6 don Pas- 
tor, abriendo los ojos con el aire mas embobado de este 
mundo, pues se le habia pasado por la imajinacion un pen- 
samiento estrano, estupendo, increible... Concibio que Luisa 
lo amaba,.. Y estuvo a punto de volverse loco perdiendo 
del todo su poca razon. 

— Se hard lo que usted ordene, senorita, djjo al fin con 
voz tr^mula; ^pero qu6 responder^ yo a los j6venes cuando, 
en mi calidad de bastonero, me rueguen de ponerlos en 
baile con usted? 

— Contestard usted lo que le parezca, con tal que selleve 
a efecto lo que hemos convenido. 

— Estd, bien, senorita; y don Pastor al retirarse, casi se 
postro. de rodillas y miro a Luisa, dando a sus ojos la es- 
presion mas tierna y apasionada de que se creia capaz y 
que en su concepto debia ser irresistible, asegurando para 
siempre tan hermosa como inesperada conquista. 

Enrique, sin esplicdrselo a si mismo, esperiment6 una 
sensacion parecida a la de don Pastor, pues concibi6 uu 



486 LOa tlOBITOS DBL PUXBLO. 

pensaiuiento igaalmente lisonjero, figardndose que talvez 
Luisa no bailaba porque ^1 no lo hacia, sacrificdndose en sa 
obsequio o privandose de una diversion de que a ^1 le era 
imposible participar. 

^Cual de estos dos amantes tenia razon? ^o /uecesitamos 
espiicarlo. 

Inter tanto, el pobre administrador de correos salia del 
salon casi sin ver a nadie, e iba tan atolondrado por la 
dicha que lo abruniaba, que no oia las diferentes preguntas 
que le hacian los j6-vene3, j ni aun siquiera puso ateneion 
en sus hijas que al pasar lo tiraron del levita. 

IV. 

Guando estuvo en el patio y al aire libre, porque necesi- 
taba respirar, principi6 a darse cuenta de aquella estrana 
aventura, recordando todos los incidentes del baile, todo 
cuanto habia hablado y hasta los movimientos que Labia 
liecho, UegAndose a perauadir que su elocuencia habria in- 
dudablemente cautivado a la j6ven y que la finura de sus 
modales la habria seducido a tal punto que se figur6 que 
en la contradanza le habia apretado en varias ocasiones im- 
perceptiblemente la mano y en lo que no habia hecho alto, 
crey^ndolo casual, pero que sin duda alguna era mui inten- 
cional en vista de lo sucedido posteriormente. 

En pocos momentos de una madura reflexion, no lecupo 
duda al senor don Pastor de los Monasterios que era amado, 
y amado estraordinariamente, puesto que una senorita tan 
j6ven, tan rica, tan hermosa, tan aristocratica, era la que 
habia dado los primeros pasos, llegando casi al punto de 
una declaracion abierta y tetxninante; de manera que, pa~ 
sedndose a lo largo del corredor, engolfado en su dicha, se 
decia interiormente: 

"Yo soi viudo y no tengo el men or impedimento para 
casarme, pues mis hijos ser^n mucho mas felices siendo yo 



LOS SECBBTOS DEL PUBBLO. 487 

rico. La sefiorita Luisa es mui j6ven, es verdad, pero jqu^ 
diablos! este no es un inconveniente, puesto que^se ha ena- 
morado de mf, y yo no soi tan viejo que ya no pueda ins- 
pirar afecto, mucho mas teniendo la prueba ahora mismo. 
Por otra parte, ^no tengo yo infinitos otros mdritos que 
valen mas que la juventud? ^No tengo mi esperiencia? no 
tengo mi juicio, mi carrera gubernativa, mis hdbitos de 
mundo, mi talento, mi persuasion, y liltima y primeramen- 
te mi esclarecida alcurnia, porque la familia de los Monas- 
terios viene en linea recta desde los reyes magos que 
fueron .a adorar a Jesucristo en el pesebre? ^Qu^ dificultad 
puede haber ent6nces? La fortuna misma no es un impedi- 
mento, porque una alianza ilustre vale bien el dinero: ade- 
mas, ella es la linica hija de la senora dofia Juana y yo cui- 
dar6 de los haberes de ambas: iqu6 otra cosa mejor pueden 
ilesear? Conmigo tendran los tesoros de la fortuna y los 
tesoros del carino, es decir, que tendrdn honra y provecho, 
lo que a todo el mundo halaga y convence. 

Ahora, respecto a ml, si es verdad que no cambiar^ de 
ideas y que siempre conservar6 la misma filosofia y la mis- 
ma prudencia, no es nienos cierto que ocupar^ el primer 
puesto en la sociedad de San Fernando y eu Ja de Santia- 
go; no es menos cierto que serd adiilado de todos, desde el 
presidente para abajo, y que en seguida me noinbraran 
intendente, despues ministro, y liltimamente ^quien lo pue- 
de asegurar que el sufrajio del pueblo, cuando conozca mis 
aptitudes, no me Uame al primer puesto? El primer paso 
estd dado, y todos los otros son insignificantes, pues se ven- 
cen <5on mucha facilidad. 

Pero ahora se me ocurre un tropiezo jpor la sangre de 
Cristo! ^qu^ puedo hacer con mi peluca? Si la sefiorita Lui- 
sa sabe que los cabellos que tengo a la vista no son mios! 
^qu^ partido tomar? [Porque es indudable que, a pesar 
de estar un poco desveidos, ella los ha tornado como lejiti- 
mos; y cuando mafiana a la luz del dia desaparezca el enga- 



488 LOI flXCBXTOS DIL PUIBLO. 

fio ^qui^a me dira que no se cambie la tortilla?. . y el pobre 
don Pastor. de los Monaeterios se confundia y se desconso- 
laba. . . De improviso se le ocarre una idea, iJea salvadora... 
Si parto esta noche, se dijo, no podrd notar mi defecto, 
intertanto yo tiBo y peino la peluca a las mil maravillas, de 
manera que pueda enganar a cualquiera; y estoi salvado. . . 
por el pr6ximo correo mando las diraensiones de mi crdneo 
(jde mi crdneo que encierra tan hermosos pensamientos!) 
al mejor peluquero de Santiago, y todo queda arreglado; 
pues cuando ella venga a apercibirse de mi defecto, ya el 
matrimonio habrd tenido lugar, y despues de ^1! . . y des- 
pues de ^1, jqu^ me importa el resto? Ya yo ser^ dueno de 
la fortuna, dueQo de sus gracias y me amard como me ha 
amado ahora, cuando apenas he desplegado a su vista una 
pequefia parte de mis dotes; ^qu^ serfi cuando ella descubra 
este tesoro oculto que nadie ha sabido dignamente com- 
prender y apreciar en todo su valor, pefo que ella ha reco- 
nocido al primer golpe, lo que arguye mucho en favor de 
su perspicacia. 

V. 

Engolfado en tan agradables ensuefios, el sefior de los 
Monasteries se entregaba a las elucubraciones de su fanta- 
sia, formando castillos a cudl mas hermosos, cuando oyo 
que lo llamaban muchas voces diciendo: ''bastonero, basto- 
nero, ^d6nde estd el bastonero?" 

— ^Bien pueden irse al demonio todos juntos, dijo para si 
«6l sefior de los Monasteries; porque no han de pasar muchos 
dias en que mi lujo humille y pisotee a esos pobres diablos 
que se denominan caballeros y que no tienen una chaucha 
en el bolsillo, pero que, sin embargo, van bien vestidos, pei- 
nado3 y perfumados a fuerza de petardos. 

— **E1 bastonero, el bastonero, ^d6nde est^ el bastonero?" 
repetian muchos j6venes a la vez; y se sentia el ir y venir 



.aJU 



LOS 8SCBBT0B DEL PXTlEBtO. 489 

de jentes como cuando se va en busca o en persegnimiento 
deal2:uno. 

— Vdyanse a los infiernos con su comision, volvi6 a decir 
para si don Pastor: pero reflexionando en segnida, pens6 
que debia entrar en sociedad, pues alii donde se hallaba 
perdia un tiempo tan precioso como jam^ lo encontraria, 
porque sa cargo de bastonero secundaba sus planes amoro- 
sos a las mil maravillas. Hecha esta reflexion, respondia a 
los que lo llamaban, diciendo: "AquI estoi, aqui estoi, ami- 
gos mio8." 

Diez jovenes cayerou de tropel sobre el afortunado admi- 
nistrador de correos, llevdndolo en triunfo hasta el salon y 
diciendo: "aqui tenemos ya al sefior bastonero, al hombre 
indispensable, al h6reo de la Jornada." 

La primera mirada del seiior de los Monasterios, al pisar 
el umbral de la sala, fue dirijida a Luisa, la cual a su vez 
tenia su vista fija en la puerta, oyeado la bulla de los indi- 
vidtios que lo traian; asi es que sus ojos se encontraron, di- 
bujandose una sonrisa en los labios de Luisa, sonrisa que 
lleg6 al alma a don Pastor, acabando de persuadirlo por 
completo del profando amor que liabia inspiradoa la futu- 
ra y aristocrdtica propietaria de la hacienda de San Jorje. 

— Y bien, senores, ^qu6 quieren ustedes de mi? quieren 
que los ponga en baile? 

— Indudablemente. 

— Pues haga la dilijencia cada uno y esto serd mas espe- 
ditivo; mientras tanto yo har^ tocar a la mlisica lo que 
gusten. 

— Unas cuadrillaa lanceros.- 

— Est^ bien, saquen ustedesVus compaSeras; y don Pastor 
se diriji6 a la orquesta, orden&ndold tocar unas cuadrillas. 

Cuando volvi6 a aparecer en el salon, se le aproxim6 un 
joven que le dijo; "la seBorita dona Luisa Valdes se ha 
rehusado a acompanarme a bailar, dici^ndome que no estS 
en su mano sino en la de usted." 



490 LOS SEOBIBTOS DSL PUEBLO. 

— ^Tiene razon, amigo mio. 

— iPero cu^l es el motivo? 

— El motivo! . . solo ella y yo lo sabemos. . . 

— Sin embargo, ella ha bailado con usted, y me parece 
que habi^ndolo hecho una vez, nada impediria hacerlo 
otra. 

— Asi lo juzga usted; pero hai un secreto que no puedo 
revelar. . . 

— lY ese secreto es un iuconveniente insuperable? 

— Es un iuconveniente que solo dependeria de mi volun- 
tad allanar, pero que no lo har^ por todos los tesoros del 
raundo. 

Y el administrador de San Fesnando mir6 a Luisa con 
cierto aire de intelijencia^y se estir6 los cuellos de la cami- 
sa como para darse un aire mas imponente y mas seductor. 

—No comprendo, mi senor don Justo Pastor. 

— Ya lo creo. . . 

— jNo bailard usted entonces en toda la noche? 
' —Si, en toda la noche. 

— gPero qu^ novedad es esta? 

— Novedad o no novedad, lo cierto es que es asi. 

— gHabr^ querido conservar intacto el peregrino recuer- 
do de su compafiero, y querrd que otro no profane el san- 
tuario, dijo el joven con ironia. 

Don Justo Pastor abri6 los ojos y mir6 asustado a su 
interlocutor: jqu^ malicia dediablo! dijo para si |y c6mo ha 
adivinado! Despues de una pausa, necesaria para reponerse, 
contest6 echdndose para atras, y d^ndose ese aire de impor- 
tancia que afectaba con frecuencia. 

— gQuiere usted que le d^ un consejo? 

— Con el mayor gusto. 

— Pues amiguito: jamas averigiie los secretes ajenos. Hace 
poco me cuestionaban ustedes sobre mi vida y no quise re- 
velar nada: ic6mo qui^re usted que lo haga ahora? 

— Qn^! el no bailar esta noche la sefiorita Luisa jtendrd 



LOS 8BGRIT08 DIL FUXILO. 491 

algana conexion con los secretos de la iateresante vida de 
usted? 

— Qiii^n sabe! y el fatao viejo se retir6, temiendo que el 
j6ven le arrancase lo que ya se moriade ganas de decir, pero 
que le coavenia sijilar; y a no ser por tan . grande interes, 
era mas que probable que aquella misma noche ningun j6- 
ven ignorase el asunto. 

VL 

jC^pita! y qu^ diablp! casi todo lo ha adivinadft! Asi 
pensaba el sefior de lo3 Monast^rios a medlda que se dirijia 
al clrculo doude estaba Luisa, a quieu dijo en el mas dulce 
yconfidencial tono: 

—Oh! senprita; me han asedhido: pero yo he sido mas 
fuerte que ellos! . . 

— ^Que es jpor Dios! lo que le han hecho a usted? 

— Nada tema usted, mi incomparable senorita, he eido 
prudente y continuar6 si^ndolo. . . 

— ^Qu6 ha sucedido pues? 

— jQue ha sucedido!. . que han querido arrancarme el se- 
crete! . . 

— gEl secreto de qu^? 

— El que usted sabe. 

— ^Cu61? 

— La causa por la cual usted no quiere bailar. 

— jEs posible! 

— Mui posible.. . jpero con bueno se la tienen! 

— De consiguiente, no he hecho mal en eonfiarme a su 
prudencia. 

— De ningun modo, y continuar^ siendo siempre el mis- 
mo. . . ya usted lo ver&. . . ni los may ores tormentos me 
arrancarian una palabra. . . 

— Gracias, mi senor don Pastor; pues el que yo no baile 
no es motivo suficiente para que usted se priye de esa di- 



i91 urn nosRot dml rummj^ 

version, sino que al contrario me gastaria verlo a asted 
alegre. 

— iQa^ 68 lo que nsted dice! con qne habiendo decidido 
nsted no bailar qniere que yo lo haga! jPor qai^n me toma 
usted, seQorita? Ai! si asted ley era en mi corazon!. . 

— jPero qnd tiene que ver aqni su corazon? 

— jQu^ tiene que ver! qn^ tiene que ver!. . jLe parece a 
nsted qne no tengo sensibilidad, qne no-s^ apreciar las 
cosas, qne no reina en mi la gratitnd? 

— Me confunde nsted, seSor don Pastor. Yo no he qneri- 
do ofen3erlo, y si algo he dicho qne pneda herirlo en lo 
menor, me retracto desde luego. 

— Ya lo veo, jent6nces nstcd ha qnerido probarme! 

— ^Tampoco. 

— ^C6mo qne no? ^qn^ significa, pnes, esa pretension de 
"que yo baile, cuando usted no lo hace? Si usted se priva por 
ml de un entretenimiento tan agradable, ^c6mo piensa usted 
que yo sea tan ingrato y no pague en la misma moneda, ha- 
ciendo igual sacrificio, el que, se lo asegare a usted, consti- 
tuye ahora mi mayor dicha. 

— Acabdramos, esclam6 Lnisa, ri^ndose. . . Esto est^ di- 
vertido.. .^no quiere usted tampoco descender del Olimpo?.. 
Pues, amigo mio, acepto la compania. . . Por esta noche se- 
remos dos divinidades. . . 

— Esta noche y siempre. . . Solo quiero pedir a usted un 
favor. . . 

— El favor es solo propio para los d^biles mortales; los 
Dioses no lo necesitan porque son todopodetosos. . . pero, 
en fin, hable usted. 

— Deseo ir a San Fernando. 

— jCudndo? 

— Ahora mismo. 

Luisa lo mird con estraSeza, si^ndole imposible compren- 
der la causa por qu^ queria partir a esas horas de la noche; 
asi es que le cjijo: 



t08 a£CSSTOS DKL PITEBLO. 



4S3 



--gEstd usted disgustaclo? 

— Jamas he estado mas contento ni he sido mas feliz, 

— jCudl es ontonces el motive? 

— Ese es mi secreto. 

— ^No puede usted reveUrmelo? 

— Hoi no; pero lo sabrd mas tarde. 

— Lo que usted me pide es imi)03ible, pues las sefioritas 
sua hijas podrian enfermarse, y ademas las priva usted de 
una diversion. . . parecen coutentas'. . . 

— Deben estarlo, no lo dudo, y no es mi animo sacrificar- 
las.. . las dejard aqui y yo volver4 manana. 

— Si su asunto es tan urjente. . . 

— Urjentisimo. 

— Qu6dese al menos para la cena, que va luego a ser ser- 
vida, aunque en realidad es una Mstima que usted nos aban* 
done. 

Y Luisa acompan6 estas palabras eon una sonrisa entre 
burlona y compasiva, porque, si bien ignoraba los senti- 
mientos que habia inspirado a don Pastor de los Monaster 
rios, se veia tan a \m claras su ridiculez, que tenia piedad 
de el a la vez que la divertia. 

El baile continue hasta las dos o tres de la manana, hora 
en que fue servida una esplendida cena, que dej6 estasiados 
a los proviucianos y donde rein.6 el mas buen humor, pues 
don Pastor arranc6 a todo el mundo freneticos aplausos y 
estrepitosas carcajadas con sus pomposos brindis dedicados 
a la belleza y al amor, a tal punto, que hasta el sombrio y 
austero solitario no podia menos de reirse. 

Concluida la cena, el administrador de correos se acerc6 
a Luisa y le dijo: 

— Solo de usted me despido, sefiorita; pero manana tem- 
prano estar^ de vuelta. 

— He dado 6rden de que este un coche listo. 

— Mil gracias, senorita, por tanta bondad. 

Y fijando en ella una tierna mirada, esclam6 on tono bajo: 



494 

— Adios, gflfide hermodsima, reiiia del mondo, estrella 
matatin^ bien pronto YoWerin a alnmbrarme tos celestia- 
les OJO0..* 

Y sin esperar respnesta, se escabnlI6 entre la mnltitad, 
no sin pararse Altimamente en el dintel de la paerta para 
Tolver a contemplar a Laisa, que lo segnia oon la vista, ere- 
yendo que quiz& habia perdido el juicio. 

Los eaballos estaban enganchados al carruaje 7 el coche- 
ro esperaba en el peseante. 

Don Pastor abrid la portezuela j dijo oon tono de auto- 
ridad: ' . ^ - 

— A San Fernando! 



Vuelta de don Pastor y sus proyectos. 



I. 



Casi al venir el dk se retiraron los convidados a sns ha- 
bitaciones respectivas, donde faeron conducidos por algunos 
criados, mieDtras que Luisa y Ceferina senalaban a las se- 
fioritas sua dormitories. 

El solitario y Enrique ocupaban un mismo cuarto. El 
primero se acost6 tranquilamente, no tenienuo nada que 
perturbase su imajinacion; pero el segundo qued6se vestido 
y se puso a escribir, esperando la luz del dia. Concluida su 
carta para Mercedes, canibi6 de traje, poni^ndose su blusa 
de trabajo, su cinturon de cuero, sus pantalones ordinaries 
y su gorra de pano, conservando inicamente su blanca ca- 
misa y su buena corbata. 

Los companeros de Enrique pasaban en ese momento 
delante de su puerta, y ^1 les sali6 al encuentro dici^n- 
doles: 

— Buenos diasi, amigos mios; aqui me teneis ya con vo- 
sotros; manos a la obra. 

« 

— Todavia no, respondieron los earpinteros; tii has tras* 
nochado en el baile y puedes enfermarte; vete a dormir, que 
un dia mas o menos nada significa. 

— Ya he flojeado bastante, amigos mios, y es preciso que 
ahora mismo principie. 

En vano quidieron oponerse los cuatro artesanos, porque 
Enrique fu^ inflexible y mareli6 con ellos, poni^ndOse al 
trabajo con'su ardor acostumbrado. 



496 LOS SdOttEtOS DEL FXFthhO. 

Cuando clespert6 el solitario, v\6 que Enrique no se ha- 
bia acostado, pues su lecho estaba intacto; jdonde se habia 
ido4 Al trabajo le parecia dificil, porque, liabiendo en la 
casa tanta concurrencia de jentes co;i la^ que habia estado 
familiarmente en sociedad la noche anterior, suponia que 
cierta vergiienza, mui escusable en un j6ven, le iinpidiese 
ponerse a la obra por no derogar en el concepto de loa ca- 
balleros, y especialmente de la^ senoritas, con las que se 
habia relacionado; pero el anciano quedo sorprendido, y 
agradablemente sorprendido, cuando, saliendo en busca de 
Enrique, lo encontr6 en medio de sus anaigos vestido como 
ellos y con sus herramientas en la mano. 

— Este muchaoho es superior alas preocupaciones, y estoi 
seguro que los vencerd siempre. Tiene el orguJlo del m^- 
rito y no la falsa presuncion de nuestros pisaverdes. Hom- 
bres de este temple, de este cardcter y de estas tendencias 
harian prosperar la repiiblica; mientras que la quisquillosa 
vanidad de nuestra nr cia arivstocracia la pierde, porque con- 
tamina con su pernicioso ejemplo todas las clases de la so- 
ciedad: h^ aqui el principal motivo de la decadencia de 
estos infortunados paises, dignos descendientes de esa qui- 
jotesca Espana que, con sus ideas de hidalguia, menosprecia 
al trabajo y al trabajador, y hencbida de una vanidad pue- 
ril, ha venido a ser el 41titoo pueblo del mundo cristiano 
habiendo sido uno de los primeros y poseyendo la ocasion 
y los medios de haber sobrepujado a los otros, o cuando 
menos de haberse conservado a su nivel. 

Estos fueron los pensamientos que vinieron a la mente 
del solitario al ver a Enrique trabajando; pero no le dijo 
una palabra, sino que se encerr6 en sus reflexiones, espe- 
ran do talvez una ocasion mas propicia para estimularlo a 
seguir siempre el mismo sendero, del que no debiera des- 
viarse jamas. 

Guando la concurrencia entefa, o la mayor parte de ella, 
estuVQ en pi6, quiso ver, como era natural, los nuevos edi- 



Los SBCRET03 DEL PTTSBLOw 497 

ficios, y fueron todos en compania de dona Juana y de 
Laisa. 

En una de las piezas encontraron al solitario en medio de 
los trabaj adores y sentado en un banco de carpintero con 
un libro en la mano. A poca distancia de ^1 estaba Enrique 
en otro banco con un piano estendido sobre 61 y un compas; 
mas alia seguian otros artesanosen sus diferentes labores y 
cantando o conversando alegremente, sin dejar de la mano 
sua instrumentos. 

De repente pararon todas las voces y se hizo un profun- 
do silencio. Era las senoras que entraban al taller. Enrique 
y el anciano continuaban embebidos, el uno en su lectura, 
el otro en sus cdlculos, sin haberse apercibido de.nada. . . 
no se ola entonces otro ruido que el de las herramientas. 

— Hola, amigos mios, dijo dona Juana diriji^ndose al so- 
litario y a Enrique; ^con que ban desertado ustedes de 
nuestra sociedad? 

El joven levant6 la cabeza y se puso Colorado, llev6 la 
mano asu gorra y se la quit6, saludando con cierto emba- 
razo. 

— Saben ustedes, senores, que son verdaderamente impo- 
Hticos? continu6 dona Juana con aniabilidad. jAbandonar* 
nos por el trabajo! ^Habrase visto jamas una descortesia 
igual? 

— Los viejos no somos buenos para nada, y por consi- 
guiente no hacemos falta, contest6 el noble anciano con esa 
facilidad de maneras tan peculiar al hombre de mundo. 

— ^Y usted qu^ dice? pregunt6 dofia Juana, diriji^ndose 
a Enrique: espero que su respuesta sea mas satisfactoria que 
la de mi escelente amigo. 

— Yo, senora, cumplo con mi deber, y estoi en mi puesto* 

— Pues bien, caballero, yo digo que usted nos hace 
falta, y mando que usted abandone el puesto. jQai^n ser4 
tan osado que me contradiga, o qui^a tan temerario que 
me resista? 

■0X0 ll, t% 



498 LOS SEOBBTOS DBL FUBBLO. 

— Nos confesamos vencidos, senora: la volantad de una 
dama debe cumplirse; tanto mas cuanto que es una ordea 
terminante; con que asi, Enrique, abandona tus pianos y tu 
compas. 

El j67en, al obedecer, inir6 a Luisa.. . El semblante de 
la nina estaba radiante de felicidad. . . Sas ejos se encontra- 
ron con los del artesano. . . Ambos podian ver un mundo 
de afectos.. . Enrique baj6 los suyos como fascinado, pero 
su corazon estaba lleno de una deiicia sin igu^l.. . 

— ^Qu^ estaba usted haciendo? dijo Luisa acercandose al 
banco del obrero en compafiia de muchas otras ninas. 

— Estaba calculando la capacidad del lugar donde debe 
colocarse el reloj que va a ponerse en la torre principal. 

— gY c6mo puede usted saber esa capacidad, interrunipi6 
una de las hijas de don Pastor, por medio de este pequeno 
papel y de este dibujo? 

-^Es un piano, senorita, de todo el edificio. 

— ^Y bien? 

— Esta reducido a pequenas proporciones, pero cuya 
magnitud se conoce exactamente. 

— J Co mo? 

— Por medio de la escala. 

— ^Se quiere usted reir de mi? La escala puede ,servir 
para subir o bajar, o cuando mas para conocer la altura, 
pero nunca para saber el tamano de una cosa. jMe toma us- 
ted por lesa, senor don Enrique? 

— De ningun modo, senorita, replied el artesano con 
cierta sonrisa, 

— Y entonces, gc6mo me esplica usted eso? 

— gNo ha visto usted mapas que representan nuestro 
globo o partes de ^1? 

— Indudablemente. 

— lY no mide usted la estension de un territorio con 
exactitud matematica por medio de los grades de loajitud 
y de latitud? 



LOS SkCBXTOS DEL PtTIBLO. 498 

— Ea cierto. 

— Pues poco mas o raenoa sacede lo misino en un piano: 
al menos creo liacer una comparacion razonable. 

— Estoi convencida; bien dice mi padre que usted es un 
caballero de much'o talento. 

Y la senorita de I03 Monasterioa diriji6 a Enrique la mas 
seductora mirada. 

— El senor don Pastor no me conoce y se equivoca; no 
soi otra cosa que un simple artesano, senorita. 

— Mi papd no se equivoca nunca; lo llama, ademas, su 
Intimo amigo, y por otra parte, su cara desmiente lo que 
dice, porque es tan buen mozo. . . 

Y la solterona hizo un jesto, que en su concepto creia 
irresistible. 

Enrique se ruboriz6. 

— Nohai por qu^ apocarse ni por qu^ avergonzarse, seiior 
don Enrique: todo el mundo sabe aqui que usted es un in- 
jeniero de primer 6rden y que tiene el derecho de aspirar 
a la mas pintada. 

— Senorita! voIvi6 a repetir el obrero, le digo a usted 
que se equivoca. 

— ;Equivocarme yo! Para esto era necesario que se equi- 
vocase mi papA, y ya le he prevenido que eso no sucede. 
Usted no sabe lo que es mi papd, seiior; mi pap& es el ca- 
ballero mas orgulloso, y con justicia, de su nobleza, porque 
los Monasterios descienden en linea recta de los antiguos 
reyes de Castilla. Nuestra familia estaba relacionada con 
don Pedro el Cruel, famoso rei, cuya historia usted habrA 
leido; y uno de nuestros ascendientes pariente cercano de 
Isabel I y de Fernando el Cat61ico, v:no a America con los 
primeros conquistadores y de alii es donde nosotros nacemos; 
ahora, ^c6mo puede usted suponer que nuestro papd puede 
llamar nunca su intiiuo amigo a un artesano y que lo hubie- 
ra presentado a nosotras con tantas recomendaciones? Por- 
que, le digo a usted con verdad, ningun jdven habia sido 



500 LOS 8ECRST0S DKL PUZBLO. 

introducido por nuestro papA con igual benevolencia... Con 
que asi, senor mio, no quiera nsted enganarme, porque per- 
deria el tiempo. ^No es cierto, Luisita? 

Y la solterona, eon una mueca de chiquilla mimada^ se 
ecli6 en el hombro de la que llamaba su amiga y a quien 
solo conocia desde la noche anterior. 

Enrique estaba atonito. . . No podia figurarse que exis- 
tiera una mujer igual en el mundo; y tanto mas intrigado 
se veia al observar la familiaridad que tenia o aparentaba 
tener con Luisa. 

Esta, por el contrario, se reia de buena gana, no solo de 
la vanidosa simplezade la solterona, de sus pret^nsiones tan 
manifiestas, de su manera de exhibirse, de su ardiente deseo 
de deslumbrar y de atraeria Enrique, sino tambien de la 
sorpresa de este y de la perplejidad en que se encontraba. 

Las demas ninas, que habian oido esta conversacion, cu- 
chicheaban por debajo, diciendose las unas s, las otras: 

— Estas Monasterios estdn que se mueren de ganas de 
casarse. 

Y'los j 6 venes, que tambien algo habian apercibido, las 
criticaban y las ridiculizaban a cudl mas. 

11. 

Dona Juana, que hablaba con el solitario, vino a inte* 
rrumpir la murmuracion de los uno3, las risas de las otras, 
salvando a Enrique del mal paso, pero sin saber lo que su- 
cedia, sino que deseando que vieran todos el resto del edi^ 
ficio, dijo al j6ven obrero. 

— Hagame usted el favor, don Enrique, de mostrar las 
construcciones a estas senoritas y caballeros. Yo me quedar^ 
en el salon, porque no me es facil y creo que me hace dano 
el subir y bajar escalas. 

Nuestro artesano condujo a todos, esplicdndoles cada co- 
sa, y Luisa hacia notar, con interior satisfaccion, que talvez 



LOS SECSETOS DEL PUEBLO. 501 

el mas afamado arqnitecto no habria jamas hecho una mejor 
obra, porque alii se veia reunida la elegancia al conforta- 
ble, aun cuando el ediiicio estaba mui lejoa de haber sido 
terminado. 

En efecto, Enrique se habia, puede decirse asi, sobrepu- 
jado a si mismo, modificando los pianos segun su idea, y 
con tanto acierto, que nada podia^desearse que no estuviefa 
perfectamente combinado: las chimeneas se encontraban en 
los locales mas adecuados, los cuartos de bano, las canerias 
los salones, y aun el parque, todo estaba distribuido con 
tal simetria y con tal gusto, que, aun sin ser intelijente en 
la materia, podia apreciarse el conjunto, porque tal es la 
obra del arte cuando Uega a su perfeccion. 

Mucha parte de las personas que ahi se encontraban no 
habian visto jamas un edificio^ tan suntuoso, y sin embargo 
todos lo comprendian a la vez que le admiraban, porque la 
sencillez es lo que forma la perfecta elegancia y en lo que 
consiste el gttsto verdadero que esa misma sencillez arranca: 
esto sucede en la relijion, en la filosofia, en la literatura, en 
las leyes, en la politica, en las artes, igualmente que en la 
pasion, en el sen ti mien to, en el lenguaje. 

Luisa no pudo m^nos de decir a Enrique: — Usted no se 
ha limit ado al plan primitivo, no ba hecho caso de las ins- 
trucciones, sino que en la mayor parte ha obrado por si 
mismo. 

— Es verdad, senorita, que he puesto algo de mi parte, y 
quizd es alii donde encontrard usted defectos. . . Disculpe 
usted mi intencion, pero puedo asegurarle que no he ido ni 
ir^ mas alM del presupuesto. 

— Estoi tan lejos de dispensar a usted una falta, que mas 
bien estoi reconocida de un servicio, porque usted lo ha 
mejorado todo, no echando mano sino de los pocos reciirsos 
a que lo habian limitado y con los cuales ha hecho usted 
verdaderos milagros. 

— 8i algo hai de bueno nosoi yo esclusivamente el autor, 



502 J4M nCMEtOB DSL TUtMUK 

mno que mis companeros me han ayadado mas all& de lo 
que tenia derechc a esperar de ellos. 

— No qoiero qnitar el merito qne corr^ponde a cada 
coai; pero aqael que Uev^a la ioiciativa, que emplea lo3 me- 
todog J qne dirije las diirersas operaciones d^l mecanlsmo, 
es a qnien pertenece la gloria; lo mismo sncede en nn jene- 
ral que manda nn ej^rcito, en nn politico qne combina, pre- 
vee J dispone los acontecimientos, o en nn hombre de ideas 
qne mneve a la hnmanidad con el pensamiento emitido des- 
de sn gabinete. Todos estos hombres, en verdad, no ban 
trabajado por sf mismos^ limitindose a hacer mover las 
masas; j sin embargo, ellos son el alma de la faerza, qne se 
perderia o se estingniria si no interviniese sn accion; pues 
bien, otro tan to, annqne en menor escala, sncede en la ar- 
qnitectnra; de consigniente, es preciso qae, modestia apar- 
te, acepte nsted el rol qne ha asnmido y el qne en realidad 
le corresponde. 

— No le decia a nsted, Lnisita; pero ya no te hablo mas 
de nsted sino de t6, porqne entre ninas sienta mal esa eti- 
qneta. No te decia, y no le he dicho a ^1 mi^mo, qne ha<;ia 
mal en rebajarse, cnando es\A a la vista lo que en realidad 
es? y me alegro infinito qne tii vengas a corroborar mi mis- 
ma opinion. 

— SeDoritas, contest6 Enriqne, mirando Anicamente a 
Lnisa; nn artesano estd en el deber de ejecntar sn obra lo 
mejor qne pneda, y esto no es nn merito sino nna obliga- 
cion. 

— Pero el que cnmple con la obligacion contrae, sin la 
menor duda, nn merito. 

— iQa6 prurito de hacerse artesano tiene este caballero! 
volvi6 a replicar la hija menor del senor de los Monaste- 
ries, jcomo si no fuese mas sencillo cenfesar su posicion y 
figurar en el grado que le corresponde en sociedad! jEs ns- 
ted acaso incorrejible, sefiormio, y Ueva su taima o su tena- 
cidad basta negar lo que vemos bajo distintos aspectos? 



■ 



LOS SKCBETOS DIL PUBBLO. 603 

- — No hago otra cosa que una confesion veridica; obrar 
de distinta manera, dejar que se figuren lo que no soi, seria 
una supercheria indigna, de que me avergonzaria cien mil 
veces mas que del destino o profesion mas taja.- 

— D^jese usted de contradiciones in^itilmente y vamos al 
salon a oir un poco de mfisica; pues por lo que dijo la se- 
nora dona Juana, usted est^ dispensado hoi de toda otra 
ocupacion que no sea el hacerle la corte y el agradar a las 
ninas: ^no te parece, Luisita? 

— Mi mamita lo ha exijido asL 

m. 

Enrique, como se ve, gustaba a las ninas, pues no eran 
solo las hijas del administrador de correos las que hubie- 
ran querido atra^rselo, si no muchas de las otrad; pero los 
j6venes sanfernandinos no eran de la misnaa opinion, porque 
bast6 que lo vieran de blusa, de gorra y con los instru- 
mentos de trabajo en la mano para que lo creyesen indigno 
de su sociedad; sin embargo, nopodian menosque usar con 
61 de cierta familiaridad amigable, porque no se les oculta- 
ba el aprecio que de 61 tenian en la casa; pero siempre ha- 
cian notar en sus modales cierta altaneria que significaba 
nada menos que la inferioridad que, en su concepto, tenia 
respecto de ellos Enrique. 

Luisa, que conocia los hdbitos sociales y esas medias pala- 
bras, esas espresiones de una urbanidad fria que se gastan 
siempre con los inferiores, no pudo menos de incomodarse 
y sentir un hastio mayor por esa turba de fdtuos que pulu- 
lan en nuestras poblaciones; de manera que para echarles 
en cara su nulidad, dijo, mirando a los demas, con ese torio 
de una altivez y de una dulzura inimitable que la hacia en- 
senorearse sobre todos: "estamos un poco cansadas, don En- 
rique, ^querria usted tener la bondad de darnos el brazo?" 

Lo inopinado del ofrecimiento 8orprendi6 a Enrique, 



1 



50i LOS 8SCSET0S DBL PtHEBLO. 

igQorando el m6vil que hacia obcar a Luisa; pero recape-_ 
rando casi iastautdirieaaieate sa sereaidad, se coloc6 pre- 
sufoso en medio de las dos ninaa, llegaado deesta suerte al 
salon, no sin causar algun despecho a nuestros provincianos, 
cnya mayor parte no se habia atrevido a solicitar esta gra- 
cia de la rica y aristocr^tica heredera, que sabia mantener 
a cierta distancia a todos aquellos que le eran indiferentes 
o que no eran de su agrado. 

Ese dia se pasd, ^omo el anterior, en puros regocijos, los 
que se aumentaron con la llegada de don . Pastor de los 
Monasterios, que habia tratado de desocuparse lo mas luego 
del minucioso arreglo de su peluca, cuyos rizos y cuyo lustre 
Uegaron frescos a la hacienda, mediante el esoierado cuidado 
que trajera durante el camino para conservar intacto el 
peinado de la ciudad; pero para mayor precaucion, el indus- 
trioso administrador llev6 consigo un cepillo que tenia un 
pequenito espejo, pudiendo mirarse la cara y alisarse la pe- 
luca. " J . 

Cuando not6 nuestro viejo y enamorado Adonis que 
faltaba para Uegar a las casas dos o tres cuadras, cerr6 las 
celosias del coche, quit6se cuidadosamente el suplemento 
de su cabeza, pas61e la liltima cepillada, y mir&ndose dete - 
nidamente a], espejo, se sonri6 de satisfaccion: estaba irre- 
sistible. 

Durante el resto de la noche anterior y parte de ese dia, 
mui pocos sabian lo que se habia hecho don Pastor, siendo 
un misterio incomprensible su desaparicion; pues si hemes 
de esceptuar a dona Juana, el soli tar io, Enrique y las hijas 
del administrador a los cuales Luisa les habia contado la 
inesperada ausencia de su padre, cuya causa ignoraba ella 
misma, todos los demas se perdian en miles de conjeturas 
a cudl mas estravagantes y que aumentaban la hilaridad de 
los j6venes. 

— ^Qu6 se habrd hecho el bastouero? decia uno. 

— Tal vez se lo habr& Uevado el diablo, deoia otro. 



1^08 SBCBSTOS DBL PTTBBLO. 50S 

— ^Para qu^ quiere el diablo a ese sonzo? contestaba un 
tercero, 

— Para divertirse de sua penas, respondia un cuarto. 

— Y a {6 que nos hace una fiilta inmenaa, contestaban to- 
doSi 

— lQa6 salado estuvo anoohe el viejecito! 

— Divino! particularmente en la cena. 

— jV cuando hablaba de su talento? ja, ja, ja! 

— Y de sus amores! 

— Y de su novela. 

— Y de su tiempo tan ocupado. 

— Y de sus empleos. 

— Vaya! don Pastor de los Monasterios no tiene precio, 

— Es una joya. 

— Es un portento. 

— Es la raaravilla de San Fernando: ic6mo se pavonearia 
si nos oyera? 

— No cabria en el pellejo. 

— Era capaz de reventar. 

— jY haberlo perdido! Esa sf que es desgracia! 

--La mas lamentable. 

— ^Pero donde diablos se puede haber metido? 

— Sus hijas deben saberlo, desde que estdn trauquilas. 

— Es verdad. . . vamos a preguntarles. 

IV. 

Ea ese momento, como para sacarlos de la curiosidad, 
par6 un coche delante de ellos, cuyos caballos banados en 
sudor, decian claramente que venian de hacer una larga Jor- 
nada. El cochero baj6se del pescante, abri6 h\ portezuela, 
baj6 el estribo y apareci6 la figura radiante de don Pastor 
do los Monasterios, 

Una salva, una andanada de aplausos salud6 al perso- 
naje. . . 



50$ LOB SSCRETOS DSL FUSBLO. 

Todos qnerian abrazarlo. . . todos le bacian progantas y 
le prodigaban mil caricias. 

— Con cnidado, hijos mios, lea decia el administrador, en- 
tre asnstado y alegrc; rairen ustedes que me despelucao, 
que pueden descomponerme mi traje; menos afecto y mas 
suavidad.. . Yo los estimo mucho, les agradezco infinito sua 
manifestacione>?, pero pienspji ustedes que me ajan la corba- 
ta, el chaleco, y sobre todo, que me descomponen el pei- 
nado. 

Oyeudo estas observaciones, los j6vene8 repararon en lo 
finchado que venia don Pastor; y un jviva! jeneral, entu- 
siasta, atronador se hizo oir, llamando de tal modo la aten- 
cion de todop, que las sefioritas que se encontraban en el 
salon salieron corriendo para averiguar cudl era la causa 
que motivaba tan descomunal^alegria. 

La algazara creci6 de punto con la risa de las ninas, que 
al ver la figura del administrador no pudieron contenerse, 
porque^ habi^ndose quitado el palt6 habia quedado en frac 
y hacia la figura mas rara, mas ridicula. . . era uaa verdade- 
ra caricatura, pues apercibiendo a Luisa a la distancia, se 
habia quitado el sombrero, hasia la rodilla e inclinddose 
profandamente. 

La algazara.no tenia Umites.. . las carcajadas eran estre- 
pitosas e incontenibles . , casi todos estaban con el panuelo 
en la mano para enjugarse las Idgrimas que corrian por las 
mejillas a fuerza de tanto reir., . Los unos se apretaban el 
est6mago, los otros la barriga, aquellos se sentaban, masalld 
decian: *'esto es de morirse" y la bulla crecia. . . Dona Jua- 
na caei se desmay6, viendose obligada a retirarse,. . y has- 
ta el solitario, siempre g^rio y siempre sereno, aunque no 
tan estrepitosamente como los demas, reia tambien. 

El rostro del administrador mostraba la satisfaccion mas 
grande al pensar en lasensacion^que producia, y alia ensus 
adentros deciase a si raismo: ^'Cispita! yo habia ignorado 
hahta ahora que tenia tanto merito! . • Todos se ocupan de 



LOS SECKETOS DEL PUEBLO. 507 

mf, todos me festejan, todos me demuestran las mas gran- 
des simpatias, todos rien hasta el frenesf. . • indudablemen- 
te soi un portento.. . jQu6 adqaisicion va a haeer la seBlorita 
Luisa! . . C6mo estard ella de orgallosay de contenta! c6mo 
estard despues cuando me posea por complete! . . Va a ser 
la mujer mas feliz de este mundo; gpero qui6n mas que ella 
lo merece? Abreviaremos cuanto sea posible la boda." 

Hemos dicho que el senor de los Monasterios venia de 
frac, pero no hemos descrito el resto de sa vestuario, que 
consistia en zapatos rebaja los que dejaban ver una fina me- 
dia de seda color carne. El pantalon de raso de lana lleva- 
ba peales e iba cenido a la pierna, lo que los franceses 
llaman collant El chaleco era de raso bianco bordado, una 
camisa tambien borda^a, y una corbata del mismo j^nero 
y del mismo color completaban el primoroso traje del vie- 
jo dandy; pero lo que hacia mas resaltante lo ridiculo del 
vestido, eran unos gaantes de cabritilla verde que se habia 
calado con la premeditada intencion de simbolizar la espe- 
ranza, presumiendo que Luisa comprenderia en el acto lo 
que ello significaba. 

Y no digamos que lehabifi costado poco al administrador 
encontrar guantes de ese color, pues habia tenido que re- 
correr todas las tiendas de San Fernando y solo los hall6 
en una, no con poca'admiracion del mercader, que los tenia 
hacia diez anos y que nadie se los habia comprado; asi es 
que fu^ tanta su sorpresa, que ncT pudo resistir a la curiosi- 
dad de preguntar a su mui conocido parroquiano y amigo: 

— ^Va usted, senor don Pastor, a algun baile de mdscaras? 

— No voi a baile de mascaras, pero si a un baile donde 
he estado anoche y que debe cotltinuar hoi; sin embargo, 
^por qu6 me hace usted esa pregunta? 

— Por la compra de los guantes. 

— ^Y que tiene que ver la compra de estos guantes con 
un baile de mascaras? 

— Es que son verdes. 



■ 

\ 



y 



508 LOf nCEETOB DSL FUXBLO. 

— ^Y bien: jno es ese el color que yo le he pedido? 

— ^JusUiraente. 

— ^Qa^ hai entonces de estraordinario? 

— Qae no babia vendido en diez afios nn solo par de este 
color: afortunadamente vinieron mni pocos. 

— ^Le quedan a nsted todavia? 

— Si, senor. 

— ^Pues todos son mios. jEs preciso ser de San Fernando 
para ignorar qae este es el color mas Undo y mas simb61ico! 

— jVea nsted lo que es el gusto! 

— ^Tan de mal gusto como de mal tono; jqui^n ignora que 
el verde representa la esperanza? 

— Indudablemente, senor don Pastor, pero esa declara- 
cion, aun cuando sea silenciosa, es%iui significativa. 

— Esto es justamente lo que yo quiero. 

— jEstd usted de conquistas? ^Tiene nsted esperanzas de 
volverse a casar? 

— El tiempo lo dird; mientras tanto, vengan los guantes: 
yo calzo tlnicamente siete puntos, mano de mujer, mano aris- 
tocratica, pero que sin embargo es capaz de hundir a Goliat 
y de levantar un mundo. 

— ^Todos conocen su fuerza y su valor, dijo con ironia el 
tendero. 

— Si todos lo saben, tanto mejor; dfgame usted ahora el 
precio. 

— Doce reales. 

— jDoce reales por lo que usted diee que ha conservado 
diez anos! 

— Justamente, por eso debian valer veinte, porque el ca- 
pital debe haberse doblado o triplicado si calculamos los 
intereses. 

— Pero decia usted que era un hueso, y los huesos deben 
venderse baratos. . . 

— Usted tambien dice que es^un color de esperanza, y las 
esperanzas se venden caras. 



£0S SBOSETOS DBL PUEBLO. 509 

— -Tiene usted razon; coa todo, solo le ofrezco an peso. 

— Se Ids dar^ por ser a usted. 

El trato qued6 cerrado. 

Conseguido lo que tanto deseaba, se vistio, como hemos 
dicho, y se metio eu el coche coa el mlsmo cuidado que lo 
hace una nina para no arrugarse. 

Arreglado de la manera como hemos descrito fa^ como 
se presento don Pastor en la hacienda de San Jorje, donde 
habia producido tanta hilaridad. 

« 

Hubo una circanstancia que contribuyo poderosamente a 
escitar la risa de los conVidados, y era que al tiempo de 
saludar con tanta gaJanteria a la senorita Luisa Valdes, 
quitdndose.el sombrero con precipitacion, la peluca se ha- 
bia desviado de su verdadero y habitual centro, dejando 
una gran parte del crdneo en descubierto sin que ^l se aper- 
cibiera de ello. 

Entr^adolo casi en triunfo hasta el salon, unade sus hijas 
not6 la descompostura de la cabellera de su padre y se le- 
vant6 de su silla para acomoddirsela, diciendole: 

— Papdr, la peluca la tiene mal puesta, porque esta com- 
pletamente a un lado y va a caersele del todo. 

Si an cAntaro de agua helada hubiera repentinamente 
caido sobre el pobre don Pastor, quiz& no hubiera quedado 
tan frio como lo dejaron las palabras desu hija. Al fin yol- 
vio a su antiguo aplomo, y llevando la mano a la cabeza, 
dijo a su hija, sin apartar los ojos de Luisa, que lo miraba 
con estrafieza: * ^ 

— jlmprudente! guc sabea que mi pelo es tan delgado y 
tan sedoso que el c^firo mas suave basta para echarmelo a 
un lado? 

Y diciendo y haciendo aoomod6se la cabellera; pero tuvo 
la desgracia de no dar con el verdadero lado, sino que la 



&10 UM nKSXfOS DVL nniBLOu 

coloc6 en el opaesto, qaedando, como es de presamir, lo de 
atras para adelante y lo de adelaate para atras. 

Aqnf fa6 Troya: la3 risas anterlore? no babian sido nada 
comparada a la estrepitosa y anAnime carcajada qae dieron 
todo9« 

Esta vez don Pastor se amostazo; y dirijiendose a la con- 
carrencia con su voz mas arjentina y coa sa. aire mas impo- 
nente, esclam6: 

— Qu6 significa esto? Ya no me parece entu^iasmo sino 
bnrla. 

Este naevo arranqae proyoc6 ann mas, si posible es, la 
hilaridad jeneral. 

El solitario se levanto/tnvo compasion de don Pastor, y 
tomdndolo del brazo con afabilidad, le dijo: 

— Venga nsted conmigo. 

El pobre administrador obedecio sin pronnaciar palabra, 
apagdndose tan repentinamente sn faror como se habia 
apagado sn entnsiasmo, porqne era de esas nataralezas timi* 
das y ardientes qne caalqniera les impone y que por caal- 
quier cosa se exaltan. 

Caando se encontraron en un cuarto a solas, el solitario, 
con tono s^rio a la vez qne snave, le dijo: 

— ^Es preciso ser induljente con la juventud, amigo mio; 
ella no piensa el mal que hace; pero tambien nosotros no 
debemos dar mdrjen a qne nos pierdan el respeto, tra- 
tando siempre de mantenernos en la posicion que nos corres- 
ponde. 

— gY qne es aqnello qne yo he hecho, senor? 

______ ' 

— listed no ha hecho nada malo, pero nsted ha dado 
mdrjen para qne se rian ... 

— ^De cndl manera? 

— Aqui tiene nsted nn espejo de cuerpo entero: sirvase 
nsted mirarse en ^1 . . . 

El administrador no se lo hizo repetir dos veces y se co- 
loc6 delante. 



LOS SXCBJBTOS DEL PITKBLO. 511/ 

Apenas vi6 su figura, cuaado, espautado de ella, se hizo 
hdcia atras. Sii peluca estaba dadu vadta y le hacia apare- 
cer con la figura aia3 estravagante y mas ridicula. 

— jDios mio! esclain6; jes posible que asl me hay a presen- 
tado ante mi sia Luisa? 

— Y no tan solo ante esa senorita, sirio en preaencia de la 
sociedad entera. . . Asuma usted, amigo mio, el rol que co- 
rresponde a sus afios y no quiera nunca salir de ^1, porque 
le sucederd lo mismo que hoi le acontece, y quiz^ peor si se 
encuentra en»un circulo menos decente y mas burlon. 

Despues de heehas estas observaciones, el solitario se re- 
tir6 para que el hombre pudiera reflexioiiar por sf mismo 
sin necesidad de ajenas sujestiones, conociendo, por espe- 
riencia, que «1 corazon humano se somete mucho mejpr a la 
reflexion propia que a la estrana. 

Nuestro viejotfilosofo se encontraba, sin embargo, con 
una escepcion; porque, aun no habia salido del cuarto, cuan- 
do don Pastor, volviendo a colocarse delante del espejo, 
puso la peluca en su respectivo lugar, teniendo el cuidado 
de peinarla con el mayor esmero; y haciendo la reflexion 
siguiente, no pudo menos.de pensar: 

— Es verdad que ahora no puedo hacer consentir a la se- 
fiorita Luisa en la lejitimidad de esta hermosa cabellera; 
pero tambien no es menos cierto que si he despertado tan 
fuerte inclinacion en ella, no es debido a mis gracias fisicas 
sino a las de mi espiritu; de consiguiente, nada tengo que 
temer, pues entre personas de talento, como dijo madame 
de Stael cuando quiso visitar a Napoleon I, que era enton- 
ces primer consul, "no hai diferencia de sexos;" y si es ver- 
dad que yo no quiero ir tan lejos corao la c^lebre autora de 
Corina^ no deja de ser efectivo que el jenio es lo principal; 
y como yo lo tengo incuestionablemente, creo haber perdi- 
do. bien poco; jy qui^n sabe si no habr6 ganadol de modo 
que estoi en el deber de presentarme en sociedad mas con- 
tento y satisfecho que nunca, a pesar de la opinion de este 



512 LOS SXGBXTOS DSL PUXBLO. 

malditp viejo con cara de profeta, que deBe ser en estas ma* 
terias un verdadero esti&pido. 

VI. 

Consiguiente a estas reflexiones que lo habian convencido 
del todo, doa Pastor present6se en el salon con los modales 
de un conquistador consumado y de un dandy de profesion, 
provocando, como era natural, nuevas risas, que los j6vene3- 
trataban de reprimir para tener ocasion de embromarlo 
mas, haci6ndole consentir que estaba irreprochable. 

El sefior de los Monasterios se detuvo mui poco tiempo 
en escuchar las alabanzas que a porfia le prodigaban los j6- 
venes, y fue resueltamente a sentarse al lado de Luisa, qire 
estaba en compania de sus bijas, las que no la abandonaban 
un solo instante, d^ndose por sus. mejores aj:nigas. 

— ^Ya ve usted, senorita, que he cumplido mi palabra, dijo 
el administrador de correos. . 

— Es innegable su puntualidad, sefior de los Monasterios. 

— ^Y c6mo no serlo cuando media un interes tan grande? 

— ^Cudl? 

— El presentirme ante mi diosa y el acompanarla. 

— gQuiere usted entonces que sigamos representando el 
papel de la noche anterior? 

— De veras, deseo quecontiniie eternamente. 

— Eso se puede hacer utf momento, pero no siempre: 
usted sabe que desgraciadamente somos simples mortales. 

— Es cierto, senorita; sin embargo, la pasion diviniza al 
hombre, como lo afirnaan todos los fil6sofos, y segun lo pre- 
siente mi corazon, que jamas habia estado tan impresionado 
como ahora. 

— Ya lo creo; pero ese lance no debe afectarlo. 

— ^De cudl lance habla usted? 

— ^Del de la peluca. 

— Esas son nifierias en que jamas debe fijarse un hombre 



t I 



toil JBtOSlttOS DsL Ft^tb'. lili 

s6rio;^qu^ importa la materia cuandb vive el espiritu? Por 
Dtra p&rte, m yo h6 perdido mis cabellos, no es el resultado 
de mi ed'ad, porqiie soi ittn bastarite j6ven, sino del ;ejerci- 
cio constante de mis facaltades, ya sea en li consagracion a 
las enfyplfetba gubiertiativos coa que me hkii agoviado todas 
Jas 'adteini^acidiies, ya en la lectura, qu6 es mi pasion fa- 
'■t^>ritA, 6'ya €(h las elacutraciobes de los fiI6sofos, qde es \o 
^{jtf^^constifcuye la 'principal entreteticion de ml vida. 

— De manera que usted debe ser *nn pozo de ciedcia y diS 
esperiendJaV ' 

' '-^Cuknrdb le'faltan a uno las do'tes dfe la.jiiventudj dete 
*ti*itgir 'de adornarse con estas. 
" < -^Qrfe idn \k^ prihcipales. 

■i.'^l^ji:o'bl^iB ni{ed asl? ^ * / ] 

' -^Ififtudablemente: Tas primeras pferecen y coticluyen cJoi 
la ediad,' Hiientras qae las ott^i duran cuanto dura la vidaij 
y hai ocasiones eti que van mucto mas alia de la effmpra 
fextstehcla'M individtibi ^ 

'^' -^;06m6 me gnsta oirle ^spresa'rse aslt jEntonces yo no 
h^ piEirdidb hlBida en sia concepto por el asunto de ia pe-^ 

to? 

•— Absoltitamente nadia, mi sefior don Paster. 
- --^^lia'itilelijfencia tiene *6n usted el absoluto predominio? 

— Siempre. ., 

^ ^ *-^A^i lb p^nsaba yb, y le? doi ppf ello las graqias. 

'•—NfiLda- tietie usted qiie agradecerme; sigo {inica 



^nicamente 



tills iii^tmto&. 



\r. 



-^fetc^ es Id que in6 ta Valido; ^orque si uste4 tubiera 
teiftb,' como taiutas j6^^enes, frfvolas y gue no tienen la sufi- 
ciente cabeza para apreciir el m^rito en lo que vale en si 
y para reconocer las personas que en realidad lo poseen, se- 
ria hombre completamente j^^i^ido ahora. 
■--iPor qu^? 

*-^Melo pi'egunfa usrted/^sefiorita? Poirque el ridlciilo 
hkb^U bo^f kdo el ca^lficn 



Hi LOS SSCBETOS DJBUi PUJEBLO. 

— Eso es lo que sucede siempre. 

— ^Pero hai sus ^soepciones, como la de ahbra. . . Verda-r 
deramente, senorita, jno le importa nada mi pelaca? 

— Absolutamente nada., 

— H6 aqui Ip quet yo queria aabar. , , Ahora soi un hombre 
feliz, y puedo desafiar la rechijla d^e esos. friyolos jovencitos, 
comojos indijestos coDsejos del apciano. . .Me basta coa lo 
que usted me ha dicho, y desde este momento queda sa mas 
rendido admirador y. * • . 

Don Pastor se contuvo, temiendo ir demasiado lejos; pues 
auu cuando tuviera la conviocion de $er amado^.no debia 
por una imprudencia arriesgar la victoria, sabiendo, qomo 
^1 lo repetia siempre, que las mujerea eran lo mas capricho- 
sas y que un paso dado en falso podia comprompter el ^xi- 
to; ademas, esfcaba en ]^ conyiocion.de que, .en mateFia de 
amores las ninas debic^n ser las. que.se insin^uasen, porqne los 
iiombres estaban en si; derecl^o en regode^^rse. 

Terminada la conversacion con I^uisay qup por xina parte 
deseaba que la . tuvie^en como ijna declaracion em regla, 
mientras que por la otra era considerada oom> una brpma 
inofensiva y sin la menor consecuencia para la sociedad, 
para el individuQ-y para ella mismp,, don Pastor se diriji6 
al corrillo de los caballerps/ don^e su presencia era deseada 
con ansia. 

Ya tenemos una pequena mueatra.dela maneracppio 
trataban al seflor de Ibs^ Monastews^ para que nos deten- 
gamos mas en las finas puas y rechiflas con que era acaricia;- 
do yadalado^ porque un hombre que haoe reir, afectando 
girave^ad, es el ser mag.espuesto a la broma^, qu^ erajuata- 

mente lo que le sucedia al admiftistrador, 

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• • ♦ 

En tpdo esto las bijas delppl^re hombre^ po flabian qu^ 
pensar respecto a su padre, porqu^ pp. recprd^an habted{) 



LoS fiOECAfftOS DSL PTTXfiLO. £16 

ff 

visto nunca tan obsequioso, tan fino, . tan galan y lo que es 
mas, tan compnesio. 

— lQxx& le pasard a mi papd? se pregantaban las unas a 
las otras, al verlo con tantos piropos y casi siempre sentado 
al lado de la sefiorita Luisa. 

— ^Si intentar^ darnos madrastra? decia la menor de las 
bijas; pero con tal que fuera Luisa, yo me alegraria. 

— jOh! entonces tendiiamos baciendas, ycocbes, y vesti- 
dos, y casa en Santiago, y palco en el teatro y paseo cons- 
tante a la Alameda, y pretendientes. • . 

— jQu^ felicidad! repuso la mayor; qxx6 vida tan zorzalina 
no nos pasariamos. 

— Desgraciadamente que mi papd est4 un poco viejo, 
contest6 la bermana del medio; sin eso seria un asunto 
concluido. 

' — No digas tal disparate, replico la mayor; mi pap4 es un 
bombre de mui buena edad; y por otra parte todavia ya lo 
ves, es Sjil, tienebuen cuerpo, aunque cbico, y sobre todo, es 
tan intelijente, tan gracioso, tan noble, tan querido de todo 
el mundo, porque cualquiera, que apenas lo trata ya lo esti- 
ma, lo baliaga y hasta lo adula; es el bombre de sangre mas 
lijera que he conocido; Luisa Valdes no podria encontrar 
mejor/paes aunque j6ven y rica, mi papd en compensacion 
es de una familia tan ilustre, que realzaria la de ella. No les 
parece, hermanas mias? 

-^Tienes sobrada razon, contestaron ambas. 

— Por otra parte, afiadi6 la primera, ya yo no b& qu6 
veo; mi pap& estuvo casi toda la noche al lado de Luisa, 
bail6 con ella la primera contradanza y en seguida ni el 
lino ni el ' otra lo volvieron abacer: estome buele a compro- 
miso. ^Y no ban notado ustedes ultimamente la larga con- 
Versacion que ban tenido ambos y lo satisfecho que se muea- 
tra papi? iQu6 quiere decir esto? Que gana terreno y nada 
mas, J que talvez estd mas avanzado en el corazon de Luisa 
que lo que nos lb figuramos. 



il6 LOS tXCUTOS DXt tUMBLX 

— ^Poede set. 

— No tan solo paede ser siao que es, pero es indispens a- 
ble que nosotros lo ayademos. 

— ^Comp? 

— Se me ocarre una idea: quedindonos aquf a acomp^- 
fiar a Lnisa 

— Caeno seria si no tuvi^ramos que inios hoi a San Fer- 
nando, porque la visita o el convite no pnede darar eter- 
namente. 

— No digo que dure eternamente, pero si por algunos 
dias. 

—Sin embargo, hoi a la oracion partirdn todo3 lo3 convi- 
dados inclaso mi papd, y no podemoa nosotras menosde se- 
guirlo. 

— Convenido; sefioritas como nosotras deben estar siem- 
pre al lado de su padre mientraa no tomen estado; pero 
quedando en una caaa decente y respetable, teniendo ade- 
mas el consentimiento del papd, no veo inconveniente. . • 

— Asi es. 

— ^Eatonces consienten? 

— Basta que podamos servir. de algo a nuestro querido 
pap&. 

— ^El mismo deseo es el que a mi me anima, la prneba e$ 
que 8oi la inventora de la idea. 

— Tienes razon. 

— Pues bien, lo que se concibe se ejecuta, y yo me en-- 
cargo de Uevar a cabo la empresa. 

— ^Tienes el derecho, pojrque eres la mayor. 

— No porque sea la mayor, conte3t6 con enfado la viejs 
solterona, sino porque s^ hacer las cosas mejor que uate* 
des. 

— No tedispu tamos el m^rito, dijeron ri6ndose con iro: 
nia las dos meuores; i^evQ cudl es el plan que has formado? 
^Podemos saberlo? 

— No solo saberlo sino que es precisq que me ayuden* 



^LOB SECBETOS DEL PUEBLO. 617 

— Estamos prontas. 

— Enhorabuena. Debemos ir las tres juntas donde Luisa, 
rodearla, decirle mil agasajos, hacerle presente el profun- 
dd carifio que nos ha inspirado, que tendretnos un sen- 
timiento inmenso en separarnos tan pronto de ella, que 
compadecemos y nos duele su soledad; que con el mayor 
gusto la acompafiarfamos, etc., etc. A tan fuertes argamen- 
tos es iinposible que se resista, que no se convenza, que no 
deseo mas que nosotras mismas el que nos quedemos y que 
no nos pida por fa.vor que lesirvamos de compafiia. 

— ^Bien pensado, respohdieron las dos hermanas, que ha- 
Wan prestiado la mayor atencion al discurso de su primoj^- 
nita. 

— En cuanto a mi papA, volvi6 a decir la primera, esta- 
dos seguras que nos de^l permiso, especialmente si le des- 
cubrimoS tuestro prop6sito. 

— Con esto y sin esto 16 obtendriamos, porque ya sabes 
que pap^ hace cuanto queremos. 

— Es verdad que somos mui felices en tener.un padre tan 
bueno; pot lo mismo es preciso que trabajemos tambien por 
su dicha. 

— ^Y por su tranquilidad; porque, sea diclio entre nos, el 
viejecito es enamorado, y casdridose con una nifla, ya no pen- 
sat^ sino en su mujer. 

- — Ojald, pero j^nio y figura hasta la sepultura! Con todo, 
sea de ello lo que fuere, pohgamos desde luego manos a la 
obra. 

T diciendo y haciendo, nuestras tres solteronas se enca- 
miharbn resueltamente donde Luisa, que en ese momento se 
encontraba algo fastidiada con lainsulsa conversacion de 
urib de los^provincianos, que no sabia pcuparse de otra cosa 
que de cbismes y frivolidades; de manera que recibi6 con 
agrado a las tres Monasterios, porque la libertaban de 
aquel j6ven tan pesado o tan cbismoso, como vul^armente 
86 dice. 



518 LOS 8X0BXT0S J>n PXTKBLO. 



VIII. 

Cuando crey6 oportuno el momento la mayor de las her- 
manas, tom6 la palabra, siendo ayudada ppr las otras doSi 
conduci^ndose todas de tal manera, que Luisa no pudo eva- 
dirse y tuvo que considerarlas; porque el no hacerlp hu- 
biera sido faltar a la poUtica o inferir un insulto, y Luisa . 
era incapazj de ello. 

Por otra parte, ella pens6 que quizd aquellas pobres jxe- 
cesitaban de alguna distraccion o de alguna comodidad, 
que la escasa renta del administrador de correos no po^ia : 
proporcionarles, y este sentimiento de compasion influy^ 
naucho en ella para que las convidas^ con agrado. 

Las tres Monasterios habian triuufado y no cabian de -. 
contentas, pues a mas de querer ayudar a 8u papdy qua , 
era lo que pstensiblemente se proponian y en Ip que since- 
ramente pensaban trabajar, viendo que dependia de alii su 
bienestar future, tenian tambien en perspectiva el poder 
cautivar a Enrique, lisonje&ndose cada una con la idea de ^ 
un ^xito pronto y feliz, reservando, sin embargo, este pen- 
samiento por el temor de que a alguna de las otras se le 
ocurriese, lo que habria traido luchas, rivalidades y quiz4 
un conflicto, que era preciso evitar en casa ajena,^^ ya que 
no se tenian el menor miramiento entre si raismas, habien- 
do en varias otras ocasiones, a prop6sito de lo mi^mo, terrir 
bles lances en que habia tenido que intervenir la autoridad 
del padre; por cuya razon la prudencia y U conyenifflicia 
les aconsejaba ser en este particular lo mas reservadas y aun 
disimuladas. si era preciso 

El dia se pas6 alegremente, siendo don Pastor ^de I09M0- . 
nasterios el principal elemento. de la diversion y el masim* 
portante personaje; pero como todo se acaba en este mundo, 
lleg6 al fin la hora de la partida, que el enamprado viejecl- 
t;o sentia acercarse con mas pena que cualquier otro A9 los 



LOS SBOEETOS DBL PTTSBLO. 519 

convidados, sobre toda no liabiendo" tenidt) lugar de h'acer 
una declaracion en regla, si bien es verdad que no habiau 
faltado. eras ?lisinnacione9, las que, en cDncefpto de^l, habian 
sido perfectamente recibidas, aliiiieatilhSb, no st)16 la espe- 
ranza, -sino que Uegaba eisto casi al estremo de ser cohside- 
r.do «omo an.' re.lW.d;4»« »o eiperiSa m« ' qbe 1. sac 
cion del hecbo;' con todo, ^tr semblante inanifestaba tristeza 
caando se le acercaron sas hijas, que en pocas palabras le 
comnDiearon su intencion de quedarse por algunos dias en 
la hacienda para acompanar a Luisa, que les habia conyi* 
dado con inetancia; I ' ' . " ' 

Don Jnstb Pastoi^, al oii^ Id que le decfiati sus Hijis, mud6 ^ 
completamente de eafa, *y*xiha espfesion de ategria y die 
triunfo dibuj6se en sua faceioircSj'^Siendo tal el bontento, 
que febraz6 'a' sua tres Wj^juatA^j-'haci^ndoIp en segtiida 
concada ona^e ellas eft^^J)i*Hiculat'j prodigdndoles a la viez" 
los mas dulces epltetos y los elojios irias ae3cbn4)asad6s, 
lo que dW iilotrv6 ed'trelos concurretites a una hueva fl^ 
gazar^ '•■- ?■■■-■ • • , 

No contento con esto, el 'fifeBbr de los ^Mbnasterio^ se di- » 
riji6 donde Luisa, ddndole las ihas espresivfits gracias pior 
un favor tan siri^dlar, qu6 venia; i confif triarloinas en lai sin- ^ 
ceridad de sus s^ntinli^ntos, sentimientbs qtie i^ dpreciaba 
en el alma y que sabrla corriaspondereii todb^ tiempo y en ' 
todas ocasiones. ' '' • ^ ' ^ ' ^ 

Lms^ contiestS ii «u calorosa y basi apaaionada al-iehga, di- ' 
ci^ndole qu^ «i habia feVot 'en aqWP'cbhvite, lo que elk '"^ 
4tidaba, er^ tan i^significante, que no dfebia fei^uiera nient-' • 
cibtiafe^; qu^ lo i&nico qub sehliia eri tjiie sus tijaS^ueran a 
moTtificarse-^n'la soleda9-del campa, ^dbre todo estando 
acostumbradas a vivir en el pueblo, donde Kai liias '^iiiti'ac- 
cio'ri yinas sociedaa; per^-^i les agradabW p6rmalnec^r aqiil, 
pddiaii quedarte'tbdb ^tienipo qu'e-tjufeiebeiA' »•; 

♦M3jttW' fnen ^pbr itod'a -la^Vida, "por tbdd ana ?teV-^' ^ 
nidad. / . ^ 



ISO UM nemos dil nmLo, 

— listed piensa de Ma manwa, pera 1m aefiorltas qi^i- 
z& no. n 

— No me diga nsted nada, sefiorita Lnisita, porq^ 70 co* 
nozco las uvas de mi majuelo. 

Las tres Monasterios abraearon a Loisa, haci^odola pro: 
testas Uenas de afecto, 7 asegor^ndole qae. alii donde. ella 
estaba tambien se encontraba la felicidad de las^Monas- 
terios* 

IX • • '• '■• ^ 

Al tiempo de partir, el viejecito llam6 a an lado a BViA,: 
tres hijas. para recomendaj4es aLaisa; qae tavier^U'CQQ ^lla 
el mayor carifio 7 que le bablar^n de 41 en^tpdas ocaaionesi 
porque pudiera mui biea sqce4er.,, . ... 

—SI, pap^ si; la sabemos^. . P*®d.e seir -mai bieu., . ys Ip^ 
babi^mos adiyiaado. • • (Coia dicbo^as sepa^ios in^otras 1 
viendolo a opted feliz!. . , ,,., 

— (C6mo no desmiente la sangre!. ieii^o.,:8e oonipq^.qap 
ostedes son mis hijas! jCadles otras tendrian tan rara pars^ ^ 
picacia! Pae3 bieo,*mis queridas tprtoUtaa, ^ sa.efectu^e.;^ 

—Con ese objeto ups .henios , qaedado.; yt^w^s la^ trabajar : t 
por an pap& tan.bneno hasta qiiG co^^ig^ Ip ^^ft desea. - / . 

— ^Ahora. 70 no dudo del j^xito.. ^a(3La habr^ .q?^: reaifata ., 
nni^ndo naesti'os esfi^eps9s, Les prev:engoj sin^embafg^eq^e^.., 
7a 70^ tengo avanzado macho; pero no hai .todaYiarPa;df^, . 
de positivameDjte segarOy lo qae d? b^ .:h^c);]^9^if^D,dar: jcpv 
pra4pQoia para no echar a perdje^ .i^oaaajQtci.f|^ y^ta^l^li, 
7 que se he^comeMadobajotap b.u^u9jiauspi^i9«^';^ej^^^^^ 
celo suele en muql^as oq^iones ser, ppTJ^?di9^^_il?i74ii^lRft9?,i', 
en sentido opaesto 4^1 que creiapiQ^ 7 ^ej jqaQ^^B[g;fji^|»9a. 

— Pierde^.caidado.; : . ; I^/! /. 1 r... - 

— Me yoi Ueno de/ jesperanza. A^io^s, J^y^s; jpif^^iU^ 
mingo tendr^ eljg^sto de veiros: pato p^ si ^p.^p^^i^l^ippig^jf. 
venir el Qdhado despi^^es d^habfr c^f^jado la gfip^a,^ j^^diQa, 
ptravez, . f,,;^,. 



-«u 



,Ye^'j?jie}q yj^vd,^ ^e f o^ i a d^spedir do Lms&jdedefia 
JuaDa, que lo acompafiaroa con su risa hasta que estuvo 

. LofljeafefliJlos p^rtierpD/ y ea el acto volvi6 a ' sacar Jad^- 
beza el sefior de los Monasteries, batiendo uo pafiuelo blain- 
CQ: ^« s^Of^i 4$; despedidfa, cohio qiiien dice: 

.^rrPallftv^.^hifil^oraiaii, no os-abandoiao. 

Las tres liijas, iinitando a su padre, sacaron tambien l<:>si. ^ 
suyos. haciendo elmisoio ad^ekto y llev^ndolos en segnida 
as^ cijo$ {^uux^^ara; eoj.tigar aas l^imias; 

— Veo que ustedes sienten mucHo laausencia de an pap^, 
dijo Luisa, acerc&ndosft a laa lif ea MonasteFios; 

— jOh! si; jamas fi^iiS'ihitbiamod separado de 6h estote pro- 
b^x4i<?ii^,pt9,tV ^lupremOs, Jjuisita. ' - 

— Esta demostracion no produjo el efecto que esperabaft/ 
sino que, ppy^^Jt AjQatr4rii§^i L'uisd resp6adi6 con cierta i»e- 

— No me gusta que se sacnfiquen pormf.y meaos/aiineii' 
tafijiOf gr^fd^^^iTq^a via : §$[ . ^tleoipo, -fi lo deseanyi de laKofra fse 
tan fuerte sentimiento, porqui^' puedo mandar .alcanzar al ' 
papd de ustedes y decirle que las lleve. . : 

JL^%^|;r^%^ep^ec4o8r(9ei que^rOa. cohio est^'naar al ob:^::taQ 
inesperaday<>|ria.jT^spi|^&)ta,' • . . ' 

L^jgji ^ sffj:^i\^(^(m el aOto^ yifendo que l^abi* . aidp mas 
dura de lo que de^iHfirjb^.yrpayA .reparair su falta lea dijo' con 
carilQLo: 

— Pero ese sentimientoi,. sipigas^jmia^, h>ipasar4u luege. 
Esiift5^p^^^.cgfiQ.%,dd l4fCH»dSk^,>q4iie^'©9 caep^omisme queiai 
vivi^ramos en ella, y don Pa§^tojr> \t» hja pixnEJrtido volwp.: 
pronto, porque a ml misma me h|,.dioiio- qiw eataria aqul 
antes de concluir la semana. ' . » 

— No veo en ello dificultad algtmii. '.• j 

.-7rTSq8w:fl?W,^T9W8r q9.?fSaoipt^^^^jSiI^l^pie^aa, Liiisita, c6me 
es ^!c>pij^9^jpj , pap^l no le Ae^Ta tijJwpa para nada! ... 



f 

532 hOB naoBScm ma miiLO. 

— Sin. embargo, el afecto de nstedes le iiatd veneer todos 
los obst^cnlos. 

Las tres hermanas fijaron sa vista en Lnisa, creyendo 
aqnellas palabras de doble sentido y qne enoerraban nn se< 
creto. 

En ese momento aparecieron el solitario y Enriqae, qne 
tambien venian a despedirse de Laisa para irsd a sa cor- 
tijo. 

— *Q!i6, sefior^ ^piensa nsted dejamos hoi? 

— SI, hija mia, ya hemos estado mas tiempo del que de- 
bi6ramo& 

— S^ que con usted es infitil insistir. 

— ^Tan daro e inflexible me consideras? 

— Al contrario; pero usted solo rinde culto a la diosa 
Bazoo. 

-*^No tiene que quejarse de ello la diosa Amistad. 

— Es verdad, senor, y estendi6 carifiosamente su mano al 
solitario y a Enrique. 

— iQu6, tambien se va este caballero?' dijeron las tres 
Monasterios a un mismO' tiempo. 

— Sf, amigas mias. ^ - 

— jQue no vive usted aqui, seHor don Enrique? se alrevi6 
a pregantarle la menor, con el mas tierno acento. 

— Si, sefiorita,. vivo en la hacienda perb no en las casas. 

— ^Pues no les.usted el que dirije lost tifabajos! . 

— Justamente. 

— sY entonces los abandona nsted? 

-^No, Befk)rita, porque ^irtar^ fetqul' tn<\fiana a la mi^a - 
hora que las otros trabajadores. ' ' ' 

-t-^Vive natedmui cerea?i : ifi . 

— Como a tres leguas. ' '■ 

— Jesus! qu^ sacrificio! jTendrd usted que levantarse con 
noche para llegar a tiempo! — ^ - - "" 

^*^Aqul hai la costumbre de {>rifieitnar los trabijbs cuan- 
do comienija a rayar el isdl^^asl- ^ue tetigo en miHfevor lodb - 



I 

! 

i 
> 



LOS nCEITOS DSL YUSBLO. 523 

el cresplisculo de la maOana: tiempo saficiente para Uegar con . 
cportanidad. 

Un mozo trajo dos caballog ensillados, y el solitario y 
Enrique partieron: . 

(f 

Luisa se qued6 mirdndolos per largo tiempo.. . Una sola 
vez volvi<5 la cabeza Enrique,. y auu en la ,distancia parecid 
ariimarse sn fisonomia. . . Luisa sinti6 el choque,.y un lijero 
carmin dubi6 a sus mejillas.. , luego diriji^ndosg a las Mo- 
sasterios las CQnvid6 a entrar al salon. . . 

— jQu^ diferencia con la noche anterior, sefiora! esclama* 
ron las alojadas, diriji^ndose a dona Juana, que estaba sen* 
tada neglijentemente on una poltroua junto a la chimenea, 

— Es verdad, senoritas, todo pasa. 

— jY no se aburre usted enesta soledad? 

— Es mi manera de vivir habitual, tanto en la ctiud&d / 
como en el campo; me basta mi hija. . . y doSa Juana mir6 / 
a Luisa con una espresion de profunda ternura. » 

— Mamita! esclam6 Luisa, acercdndose y tomdndole una 
mano^ que llev6 a sus labios:''diga usted mras bien, ngs basr.- 
tamos.'' 

Los sentimientos verdaderos hablan al cprazon: las tres 
Monasterios quedaron ^rprendidas al presenciar ese natu- 
ral abandono de un aft^cto reclproco, de que ellas no tenian 
la menoi: ide^: jam^ se habian amado las unas a las otr^, 
sino que, lianas de pequenas envidias, todasu vida solo bar 
bia sido disgustos y rencillas, mo conociondo la dulce fra- 
ternidad que l^ace el interior de lavida dpm&tica tan 
llevadero en la desgracia^ tan lleno de encantos en la feli^ 
cidad. - . 

-*-Pivierte a estas ninas, Luisa, dijo doSa Juana, acari- 
ci^ndole la cabeza, y sefiaUndole al mismo tiempo el piano, 

— ^Qu^ quiereu ustedes que lea toque? 



184 LotncsneEOi »a rasBLO* 

— Lo qne gustes, Lnisita^ lo haces divinameQte, ocguu 
pudimos jnzgarlo anoche. 

Loisa por toda respuesta priiidpi6 a preludiar, y acor- 
d^ndose de lo qae habia tocado y cantado a Merced^ ea 
los primeros dias de sa amistad, coinenz6 el misino roman- 
ce: el recuerdo hace muchas oeasiones las veces de la inspi- 
racion o mas bien la estimula y provoca: asi es que Luisa 
pensaildo en su j6ven amiga y quizi en otra persona, pro- 
dujo esos sonidos de una melodia indefinible que arroban 

g « 

el alma; y cuando los torrentes de una voz dulce, sonora, 
vibrante y pat^tica, s6 dejaron oir, dona Juana qued6se en 
^stasis por todo el tiempo que dur6 aquel cAntico, que pa- 
reciasolo dignode los dnjetes y que tenia algo de ese per- 
faftie de la oracion que se elera hicia Dios y que es la flor 
de nuefitra alma. 

--Ven, hija mia, ven, esclam6 dofla Juana, entusiasmada, 
casi fuera de si por la emocion; ven que teabrace, ven, . . 
y senl&lid^la en sus rodillas la estrecbaba contra si misma 
yl^^decia: ^sa voz to nace de 6u pecbo o de tu gArganta, 
sino que brota de tu 6orazon, es un soplo de tu alma, es tu 
esj)iritu virjinal el que habla, el que canta y no tus labios; 
jno es verdad liufefci? y la fearinosa, amaate, y casi ditemos 
apasionada madre, volvia a acariciarla de nuevo. 

Intertatito las tres solteronas, lejos de sentir entusiasmo, 
espferimentaroii envidia. No sis p^dian ocultar a si mismas, 
p(# Tuas amor proplo que tuvieran, la incontestable supe- 
rioridad d^ 'Ltiisa, y estb Itts^bumillaba, tab to ihas, cuanto 
quela aristodt^tica j6veh no ponla la knenor pretension en 
Bu-4lilent6, iiii Aiquiera soiictttfba la'aprobiacioin o de^apro- 
ba6ion de ellas; peroferan dfemasiadd astutas para no ocul- 
tar «Be «e6timieiit<), hacieUdo' los' mas grandes ©l6jtos, pero 
de esos elojios estudiados^ de esos elojios venales que a na- 
turalei^s sencUlas, fraticas f elevadas ciomo la de'Lui^, en 
lugar de agradar^ mas bien disgustan. 

— Bepite otra vez, le dijodofia Juana a an Hija. 



tds BiOftMoS B^L PITIBLO* 



525 



— Lo haria con gusto, mamita, peroya no seria lo mismo. 

— jPor que? 

— Porque yo solo canto por capricho. 

— ^C6mo 63 eso? 

— Para ml, la miisixsa casi no;?3;jn ajte sino una inspi- 
racion. Necesito que me aniine un senlimiento; mientras 
6ste dura yo me arrobo, Podria volver a can tar ahora, el 
piano daria los mismos sonidos, mi boca pronunciaria las 
mismas palabras, menos el acento, menos la melodia: esto 
es lo que me sucede, mamita; ya usted ve que no soi musica 
fiino por accidj^nte, asi. oofmo no habj:e sido pintom sino bna 
sola rez. > . r 

Dofia Juana no quiso insiatir^ porque le pa£eai6i Gbra{H*eii- 
der la razon d^e Lui&a; perQlag" Monasterios, que lio se da.«- 
ban cae&ta de nada.de esq; pai'eci^hdoles que ciiaQtodecia 
Luisa era solo gazmoneria, cootinuaron coa la miama ext- 
jencia, que lii?o. cetar la sefibra, ordeoandorque^iairv^ieram el 
t6, y;dicienfto,a su hij^ y a i^us alojadaf qi*e. or«.> oecfesarid 
recojerse tempfAup i(o habiendo dotmido lainoebe afitaifi<ia;« 

La 6rden era dada con eso tono -qaeaor admite replica^ y 
fa^ precise obedeeer. « . 






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MMHMMhii*M*MiMfii^ 



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Plan de conquista. 



I. 



-I 



Luisa, CO mo de costumbre, se levaflt6 mui temprano y 
baj6 al jardin, Tal vez no la llevaba alii solamente el amor 
de BUS floras, aanque ^stas habiaa sido toiA ea vida las fa- 
voritas de sq corazon y a qiiienes hacia en todo tieo^po su 
primera visita; sin embargo, ahora q}xh& se asociaba otra 
persona en esta escursion matinal; en efecto, sabiendo Lai- 
sa que debia renir Enrique; quiso verlo llegar y lo probaba 
bien la espresion de inqaietud que un observador cualquie- 
ra habria notado en ella, pues a cada instante rolvia la 
eabeza h&cia una misma direccion. 

» 

De repente se par6, como quien reconceAtt-a toda sti aten- 
cion en un solo punto, y una sonrisa vag6 por sus labios: 
habia, sin verlo aun, reconocido a Enrique, que no tard6 en 
aparecer a alguna distancia por el callejon que conducia a 
las casas. 

Luisa continu6 cojiendo sus flores: el disimulo parece 
instintivo en la mujer^auacuando sea sencilla y franca por 
naturaleza. 

Al en^rar en el gran patio, la primera mirada de Enri- 
que fu^ a las casas y su segunda al jardln: tal vez se habia 
lisonjeado que al llegar iba a ver a Luisa, o un interior pre- 
sentimiento se lo habia revelado. Cuando la bubo aperci- 
bido, pint6se la alegria en su rostro, ealuddndola respe- 
tttosamente, a tiempo que ella, como sin pensar, se volvi6 



X(Oi Bscxurros dxl pueblo. 527 

Enrique ae eDcamin^ al jardin, llevimdo sa caballo de la 
brida* 

— Buenos dias don Enrique, dijo Luisa. Usted ha estado 
mui madrugador, a pesar de haber3)a8ado una noche en 
vela. 

— No me he hecho U menor riolencia, senorita; pero noto 
en usted lo mismo. 

— Asi es, con la sola difereucia que usted tiene que, ga- 
lopar tres leguas, mientras que yo, saliendo de mi cuarto 
estoi en el jardin, Y bien, ^se diverti6 usted mucho la no- 
che pa^da? ^ada hemos hablado a este respectOn 

— Muchfsimo, senorita, y he cometido una falta al no hft- 
berles 4emo3trado mi gratitud. . . 

— jSu gratitud! ^Por que? de qu^? 

— Esja diversion, s^fiorita, recordard usted fa6 hecba para 
cetebrar la elevacipn de, mi padr^, y yo estaba en el debei?, 
BO solo de agradecerlo conK) lo 4gradezco, sino de manir 
festarlo. ; : 

: — -jPues no recuerda usted que 41 ba hecho otro tanto per 
BOBot^asI ; 

^En 41 era ,una ol?ligacion; ,§n lUatedes es una gracia. 

— Vamos, vamos, nunca quiere usted confesar nada ea su 
favor ni permit^ir^ que ise lo r^conozoan. 

— Si lo hiciera seria de mi parte una vanagloria dignade 
vituperio; perntita, usted tener siquiera la. persuaaiou de^ mi 
nulidad; . . . / , 

— Si otro le dijera a usted lo que usted dice de si mismo, 
talvez se incomodaria, repuso Luisa, cob una aonrisa entre 
afable y burlona. • - 

— Quito sabe, seSorita, si tendria.esa debilidad; pero yo 
no afecto pequefiez por ensalzarme con una humildad hip6' 
crita, sino que en realidad lo sie^o y eatoi coQveJ&eido de 
ello. . 

-—"No discutiremos sobre ati mayor o menor m^tito; esto 
lo apreciardn los otroa, y es prefe^il^le que osted' piense de 



'Hi ton BiccBiYos DSL p1^l6. 

esa manera: la tnodestia y la humtWHd' en vez de a'^ocar en- 
grandecen. Ahora digame: jqu^ tal le parecjo don PastOT 
de los 'Mana8t€!rios? * '' . ' ''' ' -'•'•'• "^ 
' — ^jPobre hombre! Lo coriapiadecia/jr sin emKai^b/^o^j^fS- 
dia menos de reirtne. '^* ' 

» • r • - 

'-^A mi riie ha sucedido 16 mlsrao. Yb'liaciu 16^ mayorea 
esfuerzos, pero era imposible contenerni6l' Fot' OWst f)fArf§, 
Jo veia tan cbntento y^tan salt^fecho, ^q'lre' d^6k' en^nii ibte- 
rioFi 'este hombre es feliz; y alidj2:and6 'def^bsia^maiiera ini 
-natural corhpamon, c'ontiriiiibi.ri^nd6m'e: jtlene 0currfenciaS 
tan orijinales, tan salftdaal ;. • jamais 'habia visto jfb unset 
•l*aal;... ■■ • ■ ■ '■■-•• ^ •'»" ■'■■'"-■■ ■ .'^'^^-••- •-'--■ 

—Pero esas bromas son mala^; fel ai^aorde GRi^ta'ati'laii 
reprueba. ;' '^* : : ^ r: . • 

•^T-No bai duda qne serS malo proVoiJsrflo; j^to cuafidi) 61 

Jas hace sin que nadie lo instigue/^qM^partrdb't&iri'iiT^'Pa^^ 

^^'UnaineD^s d^ rdrse? Pued^l tlno ira d^i'eirle: **a^fc*S^^ 

un sonzo?" jy no seria peor quitarle sus ilusiones? lid^iS^e '^6 

iiai-ia en' elk> nH- verdaikfo. matt- D%atiie Mtfed'^qui^rr le 

puso en \k cabeza la peregrina idea de irse a San IWtiandfe 

a las tfes de la ro^aria'pftra v^olter'vieisti^ conl^ iim"tlti- 
iritei?of '. ' -^ ^ ' , -J • . \ ■• • . •-;: '. 'i\,.- ' ,' ••/•• I— 

-— Es mui rare, en terdadl T^iltti eatravagaiiiiat- M'^k 
oomi^ende.- '. ■• -^i ^^^' ■ '^'' ' • 'i-*^^ '>^ --' - 

-^jYliast^iel'ilombrelrLlamarse^ Pastor d^l6i Motta^*^ 
rios! ino lleva ya su sello de predestinado, como vul^ftfifei? 

tes0idice?' ; • " : iv ^ :• .' : ' -[ol-> ^< - 

■ 'Bnriquis «e 8dtiri6. '''.'• ''^'^'^^^' '• - * -- * • -» 
— Pero jlo[creerd usted? Estoi sumamed^eNi^aSeeld* & 

<ei!d cabjallerb y en m^Aio ^e su'^'ridfcala orijiiialitiif^^trene 
, para rbi algode nithpitico: ' ^' : ' - i : •* * ^' ^''' 

' -^^Qtr^ m«otiva esa graftitedj^iieteoi^ltAT^ ' *^ r ' '• ' ?' 
—El que mi mamita ha pasado un dia alegre. 'B.Hiii 

lAticho' itiempo' qxxef no 1?gi/VeiA tm de^tfttibu'eba'gkna; En 

V«o qoem r^Hmrsei ptrt'qqa Id^.efA^itepiSi^ible? 



ba de verla tan contenta y se 16 agradecia al sefior de los 
Monasteries. Pero no vaya nsted a pensar que mi mamita 
es bnrlona por cariCcter, np, don Enrique, jamas se permite 
eea&'dianzas ni las tolera en los otros, porque prueban mal 
coraeom' Ipero ese caballero traspasa los llmites de la estra* 
iMiga^io! |e6mo resistir a la tentacion? Le aaeguro a usted 
que duando salipios del salon para ver qu^ motivaba la 
grande »lgakara que se sentia on el corredor y me apercibi 
de don Pastor vestido de frac, con chaleco bianco, corbata 
bl^n^a y ufnasgttantes verdes que vi brillar al tiempo de 
saliidavme,[>no fai duefio de ml misma; pero cnando al qui- 
tarse el sombrero descompuso su peluca, dejando en des- 
cubierto una parte del crdneo, ya toda moderacion era im- 
posible, y ni la prelsencia -de sua hijas, que estaban casi a mi 
lado, iae contovo. • . Otro tanto le pas6 a mi mamita, la que 
casi se desmay6 a ifuerza de tanto reirse; jy c6mo evitarlo? 
Hai sentimientos tan espontdneos, que no se someten a la 
fuerza de- la voluntad o que nacen a despecho de ella; y por 
mas prerenido que ,uno est^, siempre lo sorprenden. 

— ^Tiene uj&ted razon, senorita, tanto mas que hasta el se- 
tk>r de Guzman ho pudo quedar impasible. 

— ^Ya lo creo... Dificilmente hai en el mundo un sor 
parecido a don Pastor de los Monasterios. 

<-*•¥ la;si sefioiitas shs liijas ^se le asemejan algo? 
. — Asi 'iqe jBst^ pareelendo. 

— ^Entonces la diversion va a continuar? 

*-»>Se^'liirameQte, pues tendremos al se&or don Pastor el 
sdbado pr6ximo; queda usted conridado. 

— iGracias,; seflorita. . • « 

Y Enrique, viendo que sus compafieros se dirijianal tra- 
ba(j6,^^spidi68e de Luisa, que continu6 tomando flores para 
mudar los maceteros de su cuarto y del de su mami. 






t9mwL , ^-1 14 



680 LQS 8S0BXT08 Pit FtlfttO, 



11. 

Antes de la hora de almaerzo, las ires Monasterios con- 
vidaron a Laisa para ir a dar una vUelta por el trabajo, no 
Uevadas por la curiosidad, sino por el deseo oculto de ver 
a Enrique, que di^imulaban con el iuteres que decian tenet 
por la obra; pero Luisa se eacusd, porque crey6 impropio el 
presentarse, bajo el pretesto de que tenia que estar en el 
dormitorio de su macnita antes de levantarse para ajudarla 
a vestir; pero les dijo que todo estaba a su disposicion j 
que podian ir solas. 

Las tres solteronas no se hici^ron de rogar. Aznzadas por 
el deseo de ver a Enrique, a quiea se habian propuesto 
atraer a toda costa, se encaminaron resueltas a donde los 
trabajadores. 

Como el dia anterior se habian fijado en el lugar en que 
se encontraba Enrique, sin decirse nada las unas a las otras, 
fu^ronse directamente a 61; y en efecto, hallaron al j6ven 
en el mismo sitio, mirando los pianos y con el compas en 
la mano, pero rodeado de cuatro o seis hombres, con quienes 
hablaba familiarn)ente. 

Embebidos los artesanos en lo que estaban haciendo, nin- 
guno repar6 ea la presencia de las tres sefioritas, que #e 
acercaron hastaponerse a la espalda deEnrique) que ocupa- 
ba el centre del grupo. 

— TJeted 63 incansable para el trabajo, sefior don Enrique, 
dijo al fin una de ellas. 

El j6ven obrero se di6 vuelta con precipitaeion. 
'- — ^Sefiaritas! . . dispensen ustedes^ 

— No hai de qa^, don Enrique; continiie asted au traba- 
jo; no qiaeremos porturbarlo; 

Los otros artesanos se retiraron por deferencia. 

— ^Puedo servir a ustedes en algo? 

— Oh! sf, repuso la menor; le agradeceriamos a usted in- 



ioi ;u£^]6toB Dit trj^Bio. fiSl 



finito qne do3 mostrara todo y dqs Jo esplicara usted i^ismo. 

— ^Pero no lo incomodareoaos mucbol 

— Iba en este momento a distribuir el trabajo que co- 
rresponde a cada nno de nosotros. 

-*^j A; cada ano de loa artesanos, querrd usted deeir? 

— Yo soi tan artesano como elloa. 

-^^No sa apoque osted inutilmente, sefior don Enriqne. 
Nosotras sabemos mui bien a qa^ ateneroos a eae r^speotoj 
pepo vemos que quiz^ lo incomodamos. 

— De DiDg;ua ixi<^o, seooritas. . . estoi a sua 6rdene3. 

— Vamos eutonces. 

E^ariqne tuvo que dejar su trabajo, aunque de mala gana^ 
pero ante todo estaba obligado a ser cortes. 

La escursipn demor6 mas de ana bora, porque cada ana 
de ellas le hacia distintas pregantas, sin olvidar alganas ia- 
directas sobre el estado de sn corazon y si no habia pen* 
sado algana vez en el matrlmonio. . . La fastidiosa charla 
ae habrfa prolongado qui^n sabe hasta cudndo, si no vie* 
i^e ua siryiente a prevenirlas que el almuerzo estaba aer*' 

vido. 

— Vamoa, pues, sefior don Enrique, dijo la mayor; yd le 
hemos quitado a usted bastante tiempo, fuera del que per-* 
derd con nosotras en el almterzo, pues lo retendremos caaa« 
to podamos. 

— Yoalmuerzo y como con mis companeros^ sefioritas« 

— ^listed no va a la mesa? 

—Solo de vez en cuando, y esto porque me lo ordenan 
las sefioras. . 

— Es admirable! (y c6mo estaba usted en el baild ^ ha- 
blaba familiarmente con la senora dofia Juana? 

— La sefiora es mui bondadosa, lo que le haee olvidar con 
frecuencia la diferencia de posiciones. 

— 'Tambien nosotras queremos usar del mismo privilejio 
invitindolo ahora, seguras que la sefiora dofia Juana y Lui- 
slta no lo tendrdn a mal 



sis LOt SXOBXTOS HeL VTttAU). 

— Agradezco, sefloritas, pero me ' ea imposible aceptar. 
Por otra parte, estoi mui recargado Ae trabajo. 

-^jD^cididamente no qniere usted venirl 

— ^No puedo, seOoritas. 

— Vaya, vaya! , . esto es inconc^bible. . . jir al baile y no 
ir a la mesa! 

* » 

Las fct*es^ Monasteries, algo picadas. Be separaron de En- 
rique, haci^ndole una reverencia casi fria. 

El joven volvi6 a su trabajo con nn poco de mal liam6r^ 
el qnefa^fiomentAdo por las bromas desas compafieros, que, 
aun cuando tenian por Enrique consideracion y verdadero 
cariilo^ no por eso habian perdido la franca ftimiliaridad que 
reina jeneralmente ^titre las personas de una misma profer 
iion y cuya elase y fortuna* estd poco mas o menos al mismo 
nivel. t : . . 

IIL 

> ' ■ • • 

Intertanto^ las tres Monasterios contaban a doDa Juanay 
Luisa lo que leshabia pasado con Enrique, sin ocultar la 
estrafieza que les causaba tal conducta. 

Dofia Juana se limit6 a decirlesque ella habia convidado 
cooi instanda a Enrique para que coniiese diariamente a su 
nxesa; pero qoe era tan modesto, que nunca habia querido 
aceptar, con escepcion de los domingos, lo cual aumentaba 
su mi^rito y el bnen concepto en que ella lo tenia. 

— ^Pero que no es un j6ven de clase? pregunt6 oon insis- 
teacia la mayor de las trea hermanas. 

— iQui significa eso de clase? dijo dofia Juana con ironia. 

-rr-jD^ ealidad? 

— Todos tienen clase y calidad. 
i rr-iDe &milia? 

— No conozco a nadie que no sea hijo de aus padres. 

— U9t«|d me oomprende, sefiora, y no qmere ^^ntestarme. 

^rPu/e^ bien, ese j6yen es de primiBra clase, de la mejor 
calidad y de la mejor familia. 



— Entonces no b6 c6mo clasific^ ^a e^tremada modestia, 
que mas bien parece una timidez.pueri \ 

— ^Hai virtudes q^ue .muchos ^o, 9Qiriprenden,,,re9pQndi6 
dofia Juana cou severidad. B&telea,a flistedea sailer, seno-r 
ritas, que 70 aprecio mucho a ese j6ven; que a mas da apre* 
ciarlo le d^ebp servicios de con^ider^cion, y que la.mas^lijpra 
criticasobre^l me.desagrada, ^ , . . . , , ,, 

Tan terminantes palabras, dich^s qqu pse tpno senof y al- 
tivo que caracterizaba a la ari8tocrdtic?^.,mfttirona, impn^ie- 
ron a las Monasteries de tal manera^ que no hallaron qu^ 
contestar. ^ 

En el resto del dia no se atfevieron a ir donde Enrique, 
pbro en 1$ ijiacbe,; cuando ^e vierfox s<^a^ en su cuarto^ prin- 
eipiaron a hacer sus conjeturas y co^ofji^uta^ios . sobre lo ocur 
rrido, deduciendo de to^o esto que dofia Juana era la mujeif 
mas vanidc^a y mas jnsopqrt^ble de este n\undo y qife lo 
mismo saldria Luisa; pei^o ya, cambiar^n la^ co^as, dijo la 
mayor, tan luego cpmo el casamiento d^ mi padr,e se «(fect4e, 
porque entonces veremos si es tan arrogante con nosQtras 
y si permite o no a ese pobre j6ven que venga a la mesa; 
porque sin duda alguiia no es 4\ quien j*ehu9a, sino que ^ 
ella la que sp lo prohibe, abusando 4? la diferenma ^defor* 
tunas; pert) luego .vera que nosotras, aun siendo . mas nqbles 
que ella, no tenemos tan ridfculas pi;etensiones: ^qo es ver^ 
dad hermanas mias? 

Anpibas hicierpn un signo de aprobacion con la cabeza.. 

— Sin embargo, np.^d^ja de ser estrano, ieontinu6 sienapre^ 
la primoj^iuita, que le prphiba yenir a comer y q^e al mi^^^ 
mo tiempo lo defienda tan cajorosamente, ; . , : ;. 

— Qui^n sabe! conte8t6 la m'enor; quiz& me equivoque^ 
pero tal vez ese viyestorio tiene algii^as pretepsiones; y a 
la vez que lo alaba, lo mantiene a la distftncia para.ao...dai\ 
que hablar y. para que el m\ichacb.o se fprn^e una idea mas. 
alta desu grandeza. ..>.-" zi 

-^Otro pensamiento s§ me pc^rreva m],|dy[9 la l^iroaija, 



534 t^B SBORXTOft DSL FITXBLO. 

del medio; jno pudiera'ser mui blen que tetniendb que no- 
sotras se lo arrebatemos, tanto mas cuanto que la otra ho- 
bhe Enrique permaneci6 casi esclusivameote a nn^stro lado, 
haya dado iltimamente la 6rdeii de que no comparfezcJa en 
Bociedad? 

Las tres hermanas continuaron convrersando sobre el 
mismo particular hasta mui entrada la noche, sin comuni- 
carse por esto ninguna de ellas su pensamiento priiicipal, 
que reser vaban para si. 

IV. 

. t • ' . 

Ehrique continualia' sin alteracion el nlfemty j^nero de 
vida que so habia propuesto seguin Uegaba diariamente a 
las casas al salir el sol y se r^tiraba al ponerse, no pr^sen- 
tdndose en las habitaciones de las seSoras si no rara vez y 
cuando era espresamente llamado poi* dona Juana: esta con* 
ducta maravillaba cacla vez mas a las M^nasterioa; sin po- 
der adivinar la causa, cambiando a cada momento de opinion 
y no acertando con la verdadera, que era la que les habia 
dicho el mismo Enriqae; pero no por esto ellas dejaban de 
verlo diariamente y repetidas veces, bajo el pretesto de su 
admiracion por la obra, que visitaban dos o tres' ocasione^ 
al dia, entablando en muchas de ellas conversaciones con el 
obrero, que varias veces, para libertarse de tan emp^alagosa 
cbarla y de ciertas insinuaciones que ^, a pesar de su sen- 
cillez, iba al fin comprendiendo, en cuanto sentia que ve- 
nian, o se lo advertian sus amigos, sublase precipitadamente 
al primer andamio que se le presentaba; apai'enta&do tra- 
bajar faertemente, lo que contristdba sobi'emanera a las tres 
solteronas, que no podian convel^aar con Eni^iqtie ern ser 
oidas de Ids otrbs trabajadores que estaban allf fcerca y que 
se mordian los labios para no I'eirse. Este espedietite Habia 
salvado a Enrique durante toda la semana de tres declaim- 
oioneS) pues cada una de laa Monasterios teniA U i^tehcioa 



IXXI BSORBTOS DBL PTTlBtO. 5SS 

de abordario pot separado. El se felicitaba de sa astticia, y 
86 habria felicitado mas si habiese previsto lo que le agaar* 
daba, por^ae estaba mai lejos de pensar qae era bianco de 
ires fispiraciones distintas qae venian a refaudirse en una 
sola: la de matrimoniarlo. (1) 

La seiHana llegaba a sn t^rmino, pnes era vi^raes, y al 
dia sigaiente debia de venir el pap^ de estas senoritas, es 
decir, don Pastor de los Monasterios, sin que ellas habieran 
avanzado nada en'su proyecto, tanto en el que concernia al 
antof de sad dia?, cuanto en el suyo propio; de modb que esta- 
ban lo mas contrariadas y restteltas aaprovechar la primera 
coynntora qae se les preseutase para asestar el golpe; pero 
si todas tenian el raismo pensamiento, cada ana qaeria obrar 
por si misma respecto al intere^ privado, que era el que mas 
les arjia, yen combinacion respecto al jeneral, que era el 
matrimonio dd papfi, que vendria indudablemente a tomar<* 
les cuenta de sus operaciones. 

Para conseguir sa objeto, en lo concerniente a Enrique, 
resolvi6 interiormente cada una presentarse sola en los tra< 
bajos y alii tener una esplicacion^ definitiva, de cuyo baen 
ixxto no dadaban; asi es que ese dia Be levantaron mas tem- 
prano que de costnmbre, atavi^ndose con mayor esmero, 
perasin'decirse una palabra. 

La mayor, que habia dejado todo prepaVado desde la no- 
che anterior, fu6 la que se compuso priraero y sali6 del dor- 
mitorio con el pretesto de ii; al jardin, diciendo a sus her- 
manas que la aguardasen para hacer juntas la escursion a la 
obra. 

Apenas se encontr6 en el corredbr, cuando bo diriji6' pre- 
cipitadamente h&cia la parte de los edificios donde edtaba 
el principal trabajo y donde Enrique^ se hdlaba con fVe~ 
cuenda. 

TJno de los carpint^ros santiaguinos, muchacbo alegre y 

(l)X>UetUpe6ano8 eeto neolfljisflao. 



130 Lot nMRSfof ]>XL rtnauK 

algo barloo, en cnanto apercibi6 a la soltepropa mayor, fed 
corriendo donde sn companero y 1e dijo: '^AlkL yiBQeana 
de tns tres damas, que ae dirije hAcia nosotroe ooof^opna 
flecha; miralai de esta si que no te escapas: ica^n ieli^ eres!'' 

— ISo me bnscar^ a mi; viene sola. 

— Vor lo mismp, qaiere hablarte sin testigps; ^sio ^td 
de manifiesto. / r . 

— ^Nojnzgnea mal del prdjimo. 

— 2^caso esto es jnzgar mal? Yo creo qae ella trae bue* 
nos inteneiones; vamos, Enrique, no pi^das tan: beUi^ iwa^ 
sion, aproirecha de esa s^orona y ser^ folic; lul jq no fnerfl 
oasado y si a mi me qnisieran, qoix^ me teotada. ... 

— No «eas trahan; {qn6 diablos est^s dieiendo? 

— ^Lo que oyes, y acu^rdate de lo que yo te dig^... .en 
dos segundos mas estard con nosotros, . puea en lugar de 
andar vnela; y a fuer de buen oompafiero^ quje aiempre^ h^ 
deseado tu dicha, yo me escabuUp y los dejo a solas. ; > . 

— Demonios! esclam6 Enrique, as6mdndose pop ^ uq agu- 
jero; creo que es cierto. 

Y sin mas ni mas trep6se ambade Ja torreen cmyabfts* 
estaban, por nna de las vigas que sostfenia el a&daniio a:falr 
ta de escalera. ... <% ..». 

El compafiero de Enrique qued6se en el mismo Ingar es» 
perando el desenlaoe. . ,.- I 

V. 



' \ 



La sefiorita Monasteries atraves6 varias piezas lleuQS d^ 
escombros, sin poder encontrar a Enrique, hasta que s^. d^sr 
cidi6 a preguntar a uno de los carpinteiios ppr ,.el se&or 
arquitectp. ., / : r fir.:. 

El artesano le respondi6 que probablemente lo. encoatra-; 
ria al pi^ de la torre, donde habia ido poco rato antes* \ 

La solterona sigai6 la direccion qua le dabauf pp re^a- 
rando macho en los escoinbros qae de vez en caando la 
reteiiian por el T^tido, - .,^.. .. ...^ n- 



I r 



de que acabamos de hablar y que aparentaba no hab^r o|4q 

La 8efior^j^.%pj|s/^rjq?i .al^j^jj vct t\ i;5ir^q>|e^P^efii^^dia- 
gostada; pero componieado su semblaate, \,o%\^ pACfi)qlam^^ 
la atencion A^ff\if^^fj^'a.9;fi^,\^9.^^ lo 

que J[iw)rP9»-,W!L9i}« 9^^^^^ ^W^^. ■ •• •- n .. i ; -- 
. . t7Jt4?#¥»iAe ^^Sg^rarme que el -,ge|lor^r^iii;;ectp^^» 

en este lugar. ■■'■■(\\- i:-.': 

• • * * 

— jD6nde estd, pues? if.-.f .v a. 

— jC6mo arriba de la torre! , , „, . •■• ^._ 

. . e7%r%i9 W^^o fl'^q sijbuj pM-a aniegl^f, el-.gr^ reloj 
gfl§, y^>ft (plppara^ ep e^la..^. iH^.yi9j;a u8t(?d^^pfiQrt^a,.e8e 
reloj? iqu^'cosa tau magnifica! Tigp^j.pq^|]t;o,;9^f^ri|s,,lp,^l[^ 

— No le pregunto a usitfi4 »*<la <ppr |el rejiojt ;^ro^go.»itij9^ 

-— Y^.?f®ft.^A^^F contest^4/?r*'»3J;ed, s^orita, ,<;i^e,,ipi,p?k. 

\xo^ ^l ^rquit^9ft9,,^tab^ jWf^jja-^® I* W^^- .■.!.;: • :.,;; r- ;-■; 

[ ' r^»'es. ^iefl; y9rqu^i^r^,ir sU^ iW.yqqe a^ces^to 'J^\%„., 

— jlr arriba de la torre! nad^i8^ft,^ap,%y; iJppca.p^T 

-^Por la escala. 



ijl- f- '"!■■!!! 1 



siquiera comenzada; de cons^}|jf|ate,, ie^^P?: ^^^ Sf>?f>®f" 

—En cuanto a ll, sefiorita,^.pij4 ^%^««t^:. ,.^^9 »»' 
mo que gatoj.i^gBftjgqrflo^.p/tttg?^^ ..y^ ;,„. ... y _.. 



A 






V 



(1) TodfiTia eate iemplo no so habift ;^';^TS(fe g^t- ^>^f jlf^*^!* ^^'^y ^^J FTt 



iw 



« 

(So WB nbij^fbs DXL raxBtA. 

— ^Pero en fin, jpor d5iide? eselam6 la solterona, deses- 
perada. 

— For aqitf, sefiorita; y el carpintero setial^ una de las 
vigas perpendicalares qne sostenian el andamio. 

— iPoralll! 

— Sin la menor dada; yo mismo lo he visto. 

— Si foera siqaiera ana escalera, dijb interidrmente la sol- 
terona, tal vez me atreveria! . . ]pero ana viga pelada! . . 
imposible. • • 

Despaes de an momento de reflexion se le octirri6 ana 
idea qne, en sn concepto, era iaixi feliz y rendria a dar el 
mismo resnltado; y diriji^ndose al artesano con sa mas dal« 
ce vozy le dijo: 

— Amignito mio, voi a exijir de asted un servicio que 
serd bien recompensado. 

— No necesitode eso, sefiorita: poede asted mandarme.. . 

— Veo qne nsted tiene mni bnena voluntad y esto ser^ 
tambien tornado en caeiitiEt. 

— Estoi a SOS 6rdene8, dijo el perillan, inclindndose para 
ocnltar la risa, proota a escapArsele. 

— Necesito hablar con el sefior don Enriqae, esnn asnnto 
que le interesa a ^1 sobremanera, y deseatia que usted 
fnera inmediatameiite a llamarlo, previni^ndple que baje 
en el acto, pues lo espera tina setiorita. No se olvide asted 
de'decirle qne el tiempo arje. 

— Ai! sefiorita, yo campliria con el mayor gusto, per6 
jpor d6nde subir? 

— Por ese miismo palo; usted es tanto o mas jdven que ^1 
y deb^ tener lii misma' ajiHdad. 

— ]La misma ajiljdad! Solo un mono pUede igualarlo..* 
Si quiere usted que \6 llame a gritos, porque debe estar 
mni arriba, lo ha!'^ en el acto. ) . - 

— jA. gritos! No, aibaigb; todo' el mundo oiria. . . ' 

-^Indudablemente, ^pero qu4 inconveniente hai en esto? 
El bajari, eetoi segnro de ^Id, . . ' 



» 



■» 



r 
r 



— No, fttnigd, es i:*eservado lo qne tengo que liablarle; y 
ademas, qniero que ignoren que he estado aqiif. ' '- ' 

— Sin embargo, no pueden medos de haiberla tristb mu- 
clios de los trabajadores*.' 

— Esa no es jente, y nada mei importa, 

— Gracias por el cumplido, sefloriti. 

— No 16 digo por tl, sinb por los demas, porqii desde 
aliora quedas bajo mi proteccion. • • 

— Entonces lo que so mercied*quiere es qbe no la iepUn 
en las casas. 

— Justamente. 

— Pnes" si no se A& prisa, van a pillar a su merced, por- 
que alii veo renir a otra seflorita en la misma direccion que 
usted traia hace poco. 

La solterona mir6. 

— Alif dijo, es mi hermana! silenclo.. . Si habla contigo 
le dirdsque no me has visto, ^entiendes? 

— A las mil maravillas. 

— Otra recomeridacion. 

— Diga, su merced, 

— Prevendr^ a don Enrique que yo he estadb a bnscar* 
lo: ^me conoces ya? 

-^Qiiien ha visto a su mierced una vtez no puede olvi- 
darla. 

. — Gracias por el cumplido, y ya recibirds tu recbmpenta... 
^Le dir&s, pues, que he estado a buscarlo? 

— Entendido. 

— jY que maflana necesito hablar a solas con &f"' 
, — ^fist^ bien, sefiorita. , 

— Ahora {por d6nde se debe salir para evitar ^contrar- 
me con mi hermana? 

—Por esia otra puerta, sefiorita, que da al otro iiostado 
del edificio. 

— ^Te encargo la mayor puntoalidad y la may ok* ' discre- 
cion. 



140 <4^ qcn^croB J>m^ ^Jff** 

— ■^ferdA^lPi mprced cuidado. Eato va,biei^.e9oUm6 el ar- 
tesano cuando huhp d^^aaparecido la maiyor de las Monaa- 
terios; jd^ bneniv he Kbyado a Jlorique! Bxijente la viejecita! 
yqu^6nimos! Si hubiera habido una escalera, de seguro 
que se trepa aua cuando. 9e le babier^n.visto las pieruas!.. . 
Yo he aido uu leso eu po , haib^rsela procurado; [c6nao me 
hgbipra, ii^piAoI Pero eajbe ea el primer acto; vamos alsegun- 
do. . . y a ' no tarda en correrse el telon, porqpe la ptra ven- 
4^ a p^r^r aq;^!, lo . miazjaq que la prioier^^ ; 

* ■ * J 

VL 

5 J^^.BeSorita Monasterioa.qu? ahora iba a eutr«^r en esce^na, 
segun la feliz espresion del arteaano, (era la menor de las 
hermanas, que, habiendo visto aalir a 1^ prim^ra con direc- 
jcipn ^l^jg,rdin, segun habia as^gurado, se di6 priaa en llevar 
a ejecucion su proyecto; pero previendo que podia ser ea* 
piada por su otra hermana, tuvo la peregrina ocurrencia de 
esconderle una de sua medias; de pjianera q^e.inientraa per- 
dia tiempo en buacarla, ella lo aprovechaba, impidi&idole 
aai aalir /d3|«u cuarto, que i^rjailo que eu realidad deseaba, 
Venia, pues, la menorcita, como ya Jo hemoa visto, ai* 
gjMpndp j^J (^ai^mo.^amino que layprlmera^ y.,taml?ien con la 
misma precipitacion, lo que hizo suponer al artesano que 
esjte e;fa ^].>aegupdo acto de la cowiiedia; en consecueneia, 
piiaose a aparentar qae trabajal>a, tra^t^do inter tanto de 
combinar algun plan que hiciese mas chusc^b la entrorvista; 
pero la rajgide* oon que.maffohjkba la prete^diei^te no le di6 
lugar a ello, vi^ndose obligado a vaJer^e iinicaaijente de su 
ifi,$pdjaci^ 4^1 moni^tov porque sinti^ instante el 

frotamiento del vestido de la j6ven, que entraba jtl cuarto. 

f --.Jgl.sepor doji Eariqi^e l^^ppz jeatd, a^qui? pregu,^t6 la 
nifia con altaneria. 

... ^Np .p»ciMge,t,. »,,(, pew d e;, d i,w«.pwt^ 
— ^C6mo es eao? . , 



b5» riMiiiM DiL piriteos. I^f 

—Que soi para ^1, no ptecfeanl^te *1^^ aMiprtk, jwrcr si 
una cosa parecida. . r •. ; ^ 

— jTe est&s bnrlandoy mnohacbo? . ^ , ; , -^ 

— be ningun modo, sefiorita; jamas un pobre '* arteSaffld 
como yd tendria seriiejante atrevitoiento con ntra sefiorita 
como su merced. Lo qiid yo he dicbo, y vuelvo a afirtnfer^ 
es que el sefior arquitecto se encontraba en el mii^md jJUiito 
que yo y era casi mi antlpoda, porqne^ en itigar de estar 
pi^s con pi6s, 61 tiene lod stiyas sobt»e mi ciabeza. Me pwcce 
que no puedo fespresarme mas claro. ^ l- 

— D6jate de rodeos y dime luego d6nde se encuent»( el 
sefior Lope^. / . — 

— A f^ mi a que no es dificdl adivinan atiiba de la torfe^ 
sefioritji. - ' 

— i Arriba de la torref 

— Por esto deeia a udted qud efltaba en el mismo puntb 
que yo y que era mi Mtipodaj don corta diferenda. 

— ^Pnes bien, v6 a deeirie que venga iiiinediatam*nte, q«0i 
yo lo necesito. ... 

— jEsta mismfsima 6rden me did la otra sefioi*ita y no 
pude oumplirla, porque no hai escala ]para eubiH ' '. ^'' 

— jQu6 otra fe^fiorita? '• ' 

— ^La que adaba de estar aquf; y ^«e, si nv**i* eqmvdeo^ 
es su hermanita, pues Ueva el mistoo traje y separedfeft-' 
tanto... • / ... 

La solteroniEi se puso coIoradU; el attesano la imr6 son- 
ri^ndose ylue^o afiadid: , -^ t ; - 

' — ^Si su merced vendr6 coit el skismo fin! ' ' • "^" 

— ^Qu^ fin es ese? * » . 

— Un fin honroso, sefioritia; pneSj si no lie oido mfel,' creo 
que era una proposicion de casamiento; pero debia haber ' 
primero una entrevisto, que me eniciirgu^ yd de cdmbiiicar 
al sefior injeniero. .'pr^na 

El muchacho mentia con la mayor desfacbateii - ^ ' "'' 
^|Es poiible? ^' ~* 



*-rjSe admira su meroed de e$to? El se&or ioj^niero €s an 
caballero de macho m^rito y mui interesante. , • 

— No lo dado. . . est^ a la viata< (Pbvo asl ha. l^ibladjo mi 
hermaaa? 

~-No padiendo verlo a 61, porqae po se atii:evi6 a sabir 
por esd palo, me lo comanicd a mi^ <jpie soi el iavorito del 
sefior injeniero. 

— Ah! itA eres el favptitol 

— rS{, seQorita, para eervir a sa m;etced, 

— Y despaes qae ella salid, {has habla4o ^^09 el j,eflor, 
Lopez? 

— Si no he tenido tiempo todavia! pues apenas sali6 la 
atra sefiorita, cnando entr6 an merced. 

— ^Es decir que no lo has visto? 

— Si lo hubiese visto le habria hablado, porque la otra 
sefforita me dijo que le interesaba macho al seuor iujeniero; 
y como yo deseo su felicidad, porqae es taa baeno caoini- 
gOj en caanto lo vea se lo comunico. 

— No hagas tal, amigo mio. 

— iC6mo qae no haga tal! ^Entonces su merced quiere 
que yo no trabaje por los intereses de mi patron y que 1^0 
haga cuanto pueda por su dicha, sabiendo que ^l formard* 
indadablemeQte la mia? No, sefiorita: en este punto permi* 
t^me qae no cefla ja^mas... • 

— ^No es mi doimo decirte que no te empe&es por hacer 
felizata patron, sino que, por el contrario^ yo deseo ^ueno 
se haga para siempre desgraciado. . . . . ^ 

— Esto ya es otra oo8a» |Qa^ d§bo, ,pues, l^er yo para 
evitar esto? 

--tNo deciirle ana palabra . de 1^ que te eiie^gd milier- 
la^na.; . 

; -*'iY si ella me dijo q^e le coityenia macho al aefior dOn 
Enrique? 

—Teengafia* 

—Qae dependia de esto su felicidad. ; ; . , 



t0A ff t uft ff B^ ft IXML WVMBUK MS 

I 

^••-*^Lo Anico qii0 depeade de esa camnBicacioa es^ la dest 
gracit de toda 8u yida. . • 

— Sn meroed me asusta, se&orita, y no s^ qu4^hac6rIaey 
no 86 qa6 partido toinar; porque fiu hefmaoita me faabla^on 
tanta segaridad. . . 

— Porque a ella le conviene. 

— jEntoDces lo que a ella le conviene no le conviene a 
mi patron? - 

— Mira, {no enconia*ariaa tii mejor qno don Enriqne se 
casase conmigo? 

— ^En e90 no me meto yo, sefiorita; lo tinioo que pnedo 
decirie es qn^. sn merced es mas j6 tren. . . 

— Mncho mas jdven; me alegro que lo conozoas. jY esto 
te parece poco? 

—La jttveotad no deja de ser algo, porque mi patroncito 
es todavia mni mnchadio; apenas tendrd nnos veinte y das 
afios caando mas, y la hermanita de nsted. . . 

<~E8 infinitamente mayor que yo. . . Casi pnede ser ml 
madre. 

-^Sin embargo, sefiorita, paede el sefior injenierd tener 
sns compromisos, y sns gastos, y sas caprichos, y. . . 

— ^No hai compromisos, ni gostos, ni caprichos en esto, 
porque nunca le ha hecho la corte a niagana de mis her- 
mauas. 

— {Ni a nsted tampoco, sefiorita} 

— En cuanto a mi es diferente; a mi me ha hecho bus 
demostraciones coa los ojos y sas insinnaciones mut miairca- 
das oon las palabras. 

— Ya esto es diferente; pero no comptendo cdmokse^ 
fiorita ma^j^di^ ba podido venira t^er a mi patron, %in que 
hay4 mediado antes alguna eosa. > . . 

— Maldita vieja, dijo para si la menorcita de las Monas*' 
terios; todo lo ha ^ehado a perder, y no si^ qu6' ' <5onfestar 
a este muchacho. Pero crey6 salii^ bien del paeio dici^ndole: 
^DiSJate de averigttar astintoa qne no t^catHftim y t|ne 



i4C tMuwDmsoM uatd^wtOBiai 

paiFienfeiiMu^i perBooDu deau ran]^siQ[Qi aivpertdr a1 . l«iy o. 
. — Me parece, senorita, que no ha sidbiyaeL^^^ ^ traii^ 



. ,'.:.'■ 



I 



!^ 



I. .' . •' *..*....■ .■•»*»l 



. -^teta'diSifi^plkfl; jr^obedeoei ;' ••/•. .j ^ i- a- ,- 'v.r 

— jPero, sefiorital 
— Ni una palabra mas. 

— No te digo que no digas nada, sino que el rbcadUuijueT 
te (|k6 mi heffmanaifeio eoniaitiqiiia9i.al senor Lqpei:^ d 'som- 
bre mio. ifv /''' -.>-•> 

.,[iTrrQb^d^^v6eS<)riJb$)reiai:'Oopjc»deraieio q)iiieia» ni^Feed 
es la mas cercana s^ la.^ad de mi.*]^atponcitieih ^ra^que jiaold[> 
b^Jbne^p.^itt^c^ji^D^&ma^iifo^tabioaes;.: /. j r .: < .'. i<: 

— ^Yo no tengo sino diez y. ocho afios, mtentiwja que ;mi: 
bo^Sliifta i»ajif)r p^^a de Ma treinta^ '.f < n rs'. vi^'r ^ i — 

wrr-iP6rQ.q»^j.\igada le v& aiiao^ika-iiaeroedaiaa ht^nma^ 
nita mayor! ... •/....; ? , ;:; • ' . -'ui 

.i..---:Yp /I0«ipre9dei:d3.qu#;«o podia secede: otisfcintSd^ a 
causa de la notable diferencia de edades. .^nbr.'M 

i.,~AJM3i!a q«e gi«racfcei!dp^ ^ ai poi? Qa^»a}id!f4. viftlwa-la 
tercera h^T^aiaita'de^^ad: merQedoa^^pfiArque estQljS^^coqM^ 
soB^^«p) sdlic)if iia^;$ntn p»weidtol^.(^96tycrchti^.^i&t0.«/'^ • 
.7-^Si:yieae,mi^te be»i«»oi^'dio4rfi.; i,/i o ir . . •■ . .:;>'!o.! 
— Asi como han venido sus mercedes, .^minn 

— Imposible... ; ,,.: ^ , .o -. •/: i .;-ii fi ;/ — 

-^CT^ififiiWftflw;*, ;te>^Ji« q«ie-|Btf^04iW..4aba.^i»impw^» 
pio de una sefiorita, y que tii no te prestabi4;ai Qafi9t<iqitt^'> 
t^4c4^ jl^ta<lft,l9fi§(fi««;i^^ ef^&re^nK. rjl i. .^ o- ^ bY~ 

iirprQte^^Wf^ f SUfiBeiwdiijeji' todov^Wl&^iteJ Hw|latqi»8WP 
la menor, que es la que siqA^|ii|(^:Q6[2Mriilsai^ pam: 

tE0%;,?- ' .) ;. r; I' . .: n' . /iiqcji) .rj^ar/ r\a>Ii )i-— 

ifrr^iffl;»^8;^woji, y:y9 sAbrj$i?eQomp0da«ri^isQi[io[«UB|^e0i9B|t 
ywljj^ffortRfgi ,4«Pie¥i^ 4fixtxh4^^\}v;r' ; t i-^^f . ,!«../>iI >•. ? ! ie'^ c 



£61 ifiecsth>ii dil ptriink). S4S 

sftli6, eiao del tddo satisfeclia', al lirfenoa Uena de esj[)erau- 
zas. •. 

Vii. 

• » Eo cuainto hubo partido la mas j6ven de las tres soUerO' 
nas, el carpintero mir6 hdcia afaera para cerciorarse de si 
vendria o no ]» tercera; y no vi^ndola aparecer pot ningana 
parfei-snbi6 en el acto afl escondite de Enrifjue. 

El j6ven obrero habia 6ido las dos conversaciones, y es- 
(aba triste mas bien que lisonjeado, porque estaba miii lejos 
de inifi^r aqnello conxo ufi triunfo, compadeciendo por el 
contrarib a esas pobrea mjijeres, que, participaado de la 
earididVz de su padre, no liacian mas (Jue ponerse en ridf-^ 
culo. 

— ^Vaya, le dijo su c6mpafi'ero al verlo, no tiene^ el airo 
de un conquistador, sino de un vencido. Al verte, no pa-, 
fece que las divinidades vinieran voluntariamente a ponerse 
a tus plantas, sino que hiibreras recibSdo un desaire ultra- 
jante; ^qu^ es e^to, arai^o mio? Yo creia encoutrarte con la 
Tisa de la fehcidad en lo's labios, y veo casi Mgrlmas bro- 
t^r de tus ojbs. 

■^No te buries, Ramon; (este era el nombre del caf pJnte- 
.ro) mira qiie la burla prueba crtfeMad y inal cardcter, y ya 
desearia que' no fiieras a^i. Td has obrado mal, amigo mio,* 
en seguir y aun en empujar iesa broma. Mui bien podias 
haberies dicho la verdad y no seguir el engaQo llamdndotoe' 
injehiero y denomindndome ^atrdn; pues si elks hubiera-n 
estado ciertas de tai cla^e y de mi condicion, habrian re-' 
trocedido y rioBe- habriah ^spuesto A tusburlas y b lift de IdS 
deraas. ATibra tnfe pesa eV hatbernie focultad6, porqur J6 
les hubiera dicbo lo q\x6 necesitaban sabfer, mienttas qtitf 
en este momehto me e& nia§ dificil quitarles'ln iltision, y yo^ 
tiengoque pa^rfi' por un sabrificio ma^orj vi^nddmd o¥li^ad6 
a eutrttrenlargas esf)llcfcidne^ y talv-eir a'lifeflr i^u amor j^ro-^ 
pib; jki/r'tal de (Jite rid cdntiinied ^tt ttii eh^M qkei ptidwii> 



series pef jadipial, no aolo a sas sentinaiento?, sino.a 8a )xon* 
ra, porque se e^pondrian a la bef.i de todos, 

— Qutrido Enrique, esclamp Hirnon; dominado por aqae* 
11a bondad, mansedumbre y rectitud de jaicio; biempre tie- 
Q^a td r^izan y c* impocjibje no.8/fpeter^e,a caanto t6 dices, 
no. practicar cuapto tu ordeaes; pero la tentacion era tan 
gran de, que me ha si^lo imposibl^ resistir. ^Quiea jxo se ha- 
bria reido en rai lugiry no hibria hecho peor que yo en 
igual case? Ya conoces mi jduio mx poo inclinado a la 
l)roma;y sin einbirgo, he conservrado cierto aire.de seriedad; 
pero, te l.o confieso, era para reirme mas tard 5 a mia anchas, 
porque la aventura tenia un aspecto tan comico; |y tener 
qne perder tan hermo^^a oportuniJad de uivertirae! todavia 
no me resuelvo. 

-7-N0 critico, araigo mio, macho de Ip qae has .hecho, 
porque hai individuos tan estravag^ntes y situaciones taa 
graciosas que es imposible no reirse de ellos; pero es malo 
alentftrlos y provocarlos, porque eso ya prueba malignidad^ 
Tarapoco critico tu caiacter festivo y algo burlon, confe- 
sando que nauchas vect^s me has diyertido con tus agudezas, 
que nunca dejan de tener algo de picante; peroj amigo mio, 
tQ^^; tie^e, su iimite, y cuando daSi^Mnoa a un tercero, ya el 
baen humor ea : un delito^ com9 lo serja el tuyo si preten- 
dieras seguir ^d/el^inte esta desagradableav^eutura, poniendo 
mas eQ i;idi<;ulo a esas senoras; y, como no ppdrias divertir- 
te a $ola$i, lo pomuuiqa,i*La3 a los otroSi y ya ti^nes conio ha- 
ri^s un mal sin reniedio: y an mal tanto mayor cuanto ea 
irr^pwaWe, Con qpe a^i, Rimon, tepido ppr favor que no 
prosiga^, i}\ ^i^ntes esto a nadie, porqv.e serial hasta insultar 
a>ks ()p&os deca^A)! ;bajo cuya pi;oteccioa estan esas seno- 
ra9|.i>uesti> qse.seencu^ntran «bajo su techo. Por otra^par- 
teyfainigo o^jo, jtodos : los ^res no.^o^ acaso criaturas de. 
Dios?' Y si kai algunos mal dotados, ^es de ellos la culpa? 
Y bufl^odpnos de. sus defectos, . ^no es burla^nos d^ las 
obrjU.-df^l AltisiixK)^ eQ»^l^^ puede decir.aos tampocp que el 



ihdividuo que bajo un aspecto provoci nnestra ma, no ten- 
ga bnjo muchos otros cualidades mas snperiores a las nues- 
Iras? Yo me acuerdo de un pobre ton to, inui conocido en la 
calle de San Pablo, a quien llamaban ilon Antonio, y que 
era sirviente de,4il\aa oefiottis I3^lcuQai|es: pues bien, este 
idiot a, de quien rean hombrep, mujerts y nifios y se rien 
todavia, es el individuo mas fiel, mas aetivo, mas honrado, 
mas servicial para con sus amos. Ahora bien; quizd la ma- 
yor parte de los quo se burM)an de ^1 no tenian.sus virtu- 
des ni eran t?apa!ces4e esa abnegacion de toda la vida, de 
pg^xiariilo que.por nada. se borraba. Dime. ahora, Ramon, 
^no merec^.Bnas bienelojio qQe rechifla, respyto que burla, 
cpn^ideraqion que risa, un hombre que po^eo esas coaliday- 
,det?J^in la^menqr duda. jY por qud no pueden encontrarse 
en el mismo caso las personas de que nos ocupamos? Y aun 
cm/9jadp .polo .estavierap, la. cari4ad nps manda ser iadul- 
jjeqtess l^ razpn i;ios la aoQuseja y ei Evranjelio nos lo pre* 
yVi^fle.,pa^f|\^pu^stro propio biei^ en aqi;iella m^xioxaque dice: 
^CQU lajv^pa qi;ie jnijdes pief&s medido. 

7-rM§,haa.fJf}^> uuja leccionj, Enrique, qpe sabr^ aprov^* 
char., K^in^fi baWa .^emidp tales ideaa. ni.^e w^ ^ibian pa- 
sado por la imajinacion, pero ahora las'comprendo, las 
^cejjtp y.te laa, ^grad^co* Est A segcgi;Q q^ue ap revel^r6 a 
»pdi^..^i.,W?t4.me3Qoo?eja3'ca]U^^ ..,^, .,, , .' r 
; -^Si isupif ras, Biarnon,,.^! ^u^to que, mp pas »! oirte espre* 
^r..a«j, cqippfe^pderias cu&n'to te ^^fe^cionp.. , 
.. .T-.QTftpi^,.5opiqpe,,grAci^^^ don Af 

hacer bueno; parece que en tu afecto yiniera envuojta la 

•-^D^jate de eso, Ramon, y sigamos naestro trabajo i(it<« 



*-mimmiimimtmimmi^«*mm^m^^m»^Mmm 



T 



Rencilias fnit6t'nali6iS. 



1 

Una escetia diferente tenia lugar'ca^i a la mistna hora en 
la habitkCion reservada a las tres solterotias; mientras Eiiri- 
qije acoDsejaba a su cbinpanero la prudencia y Ta compasion, 
la tres Iiermanas, llenas de rencov y de odia, ie disputabah 
la palmk de la maledibenoia, del ^cJespecho y dii la reciprock 
envioia. 

Ciiaiiiio la menor e^tuvo de vrielta. ya sfe eticontrAbift Ik 
primojenita en s\i ciiai^to'contatidc) i'sa 6trA hetraafia qtie 
bafeia apercfbido a la liltima dirrfirse sola y mtLJ'fle )lrfe^a 
hacia el departaraento de los tf-Aba^adoreij lx> qiie 1« hkrfh 
presumirqdi nb'ib'a eon riiui"baeriBLs'intencibh6fe, pt^ro que 
lo averigharla, ptfe& c6bld niaydrienia derecfio de vijilat 
8is^asos.'J-^- ' '"' '■''■' . • ' •^'^";'-- ■.• "^ - •-. • * . 
'' iSallabknse 6ii 6&ta convemcio%, dwaiiao 'apardrf6 ''Ik 
hermana m^nor^que fa^ 'erManco^e tina mfrad^i Vfiaidi'ifia- 
*dora hasta la" impertilnencia y sevbra liftsta Ja 6d?osidad. 
Ella comprendilS 'eii el atto que alj^o J)asaba b que fllgo si 
traniaba en'su coritrav ^fcon aire no meiios*^ airogantfe que 
'desyecidtivo, les dijb: "^ - '''' •" ^ ''-'1 - ' / '■ • 
— Parece, queridas hermanas, que ustedes se ob8{Mi8 

— Lo has adivinado: el pecado siempre acusa. * ,' ' 
-^Ltf y Ifeifiben Io^r*bitiS6*fej(fl'-ae*««l*dfd*, -teh^etos 

de baja envidia. ^ 

— Atrevida! {asf osas hablar a tns hermanas mayores y 

justamente cuando mas debieras ayergonzartef 



1^ «if»W^ W^JWKPUfCk. |(t» 

— De lo qae has hecho, humilde e igDorante palomita. . • 
. -^Ko t^ Qomprei^doL 

r^Ya lo prdTiei^ q^ i^a debiaa compr^aderme, pero yo 
qae tQn^ari^f el tra]?ajq c^, ^brir tu intelij^pqU. ' 

•^Bsti)^ euta d^recl]io, ,h^rmaaa iqia: t^ puedea ser caai 
mi madre, lo qae te da la facnltad de instruirme. 
' I;a mencu* coapcia el flaco de su yi^'a hermaoa; j |^abia 
egk ^^ de l^..ipatern|dad' nn* Barqaaoio tan hirieDte para la, 
s^lt^eFpaa^ qpe ce puso c^rd^aa de,(;61era, y coa la vqz tr^ 
mula respondio: , ,. 

: -^*^Ya tereqiK)? a^ esta pi^boooitf^ treintona; ^paes s^bete 
qil^rfifQlo te'ffl^ta.un n^es pa^J^ Jfi|m|xlirlos, auji%^e digas qqe>. 
solo tieoes dieziocho;. . ya veremos odmo .s^ ^omportR la: 
tierna nifia! 

— iQomoir^f 4jpniport^ Ya rae ye^ y eq qu^RtQ a pi es 
verdad que yo estoi tan cere^^d^ log jbi:Qihta« np ipae. neg%rto^ 
que ttl has cumplido los CQii]:eD^; y q\xq ^ yq ^^^VfP qn^ 
tengo dieziocho afios, td nunca vasiall44^ losiyeinitieiaco; 
c^'coq&^Tji^ntB,. 0ia41e.vaR ^a^^^o la pr^fi^rencvH, pigr.qne 
ejesc xfki^a vi^a, baste el ppqto..de.padw f^^ ca^i v^lnffi^re; 
porque BFl^f myiB ^pf6?v3iDai<Ja>. pu^s te'quita?^ i^aa pHojj por- 

que er«s m«P ft»i ;pa«S; tipof^ dAw^^p. pos^i^ay,e^t4? 9hfUr 
ga4^*t^filr^l»s'i5wa>i,.. .J : ;, ,. . .^ ^^ 

— Atrevida, miserable, ya ver&s c6mo voi a castigfff^ei: 
esta ocasion t^ aeordar&s de mf^pa^ra t^d^ fU^ ^^•:: 

;^i^ t^ OcSi^esaa iqijM^ jj^i^esr ser mi 9194^% .t?;4pirrvx^ljin- 
tariamente el derecho de reprenderme. ^.. 

.-^at«i-tt^5f^ iropia ;^}fQ^r6. de^,tal,q»<>#)(%lf jtt^d^.Je 

insalto qae se poede dirijir a ana mnjer. 

La otra, montadar,c^:vc<^Qf«i rla d<^,c^rg<^ 4)i^a>, terrible 
bofotada; pero iBjteryiQJyeffqlQ la delia^io .li^^epa^d^^ .di- 



o snpieraa esto! E3 precise madertffl© y^'^HWaP y*t4tiirse 
como sefioritas que soraos. . ' ' 

— ^Todavia no estds castigada como' ttierec««i^ tfept(fetr-la 
menor, en tono toas bajo pero no rii^os c6t4Tfii&J px/e^yo 
contar^ a papd lo que me has dichb y fto ti* dd pH<*iir ha^ta' 
que te pongan en las monjas, donde debierafa liabei^tfe coio- 
cado hace ya mucho tiempo. f' . > . : u . - 

• — Y yo le dir^ la que yo'he Visloj y entotfcefe 8^ sk^ri 
m&l de las dbs entra priiriero; pues qniriendd detenerl** 
en tu carrera de perdicion, lejos de escueJiaf mis cbnsejdff, 
has sido la primera en insultarme. ' 

— Quisiera que te dejases de re^cenciad pttfa 6iftber-^ qu^ 
atenerme y pjoder apreciair esoa cofasejos que t6daViam)*het> 
tenidb €A gusto -de oir. ' ; : 

— Ya lo veris. • ' 

*~Di, porque estdi curiosa de ver telir de tu boca cause 
jos y de qu^ nistturaleza son 6stM. ' * 

--jD6nde ftiiste esta matiana? . ^ ' •- 

— Eso ^qiie te itoporta? '^ ' ' ' 

-r-Me importa, porque debo vijilar tus liccionei, y tehe^ 
visto hoi' ir mui de prisa hdcia el lado de los tttibajadores* 
jPiensas que se mfe oculta lo que^ buscaba^? N^, j6\^feH ean- 
dida, inocente y sericilli palomita; ' yo- sd tti^ hiftfencidness 
poQ la mano sobre tu corazon y dime si ilcii^'6 the e^ui^ 



/ 



> •), 



— jCon ^tte ifabias Id est)? 

— Sin'Tterlo lo ie adivinado: ibat *tf busea'^diJ j(5vi6n in* 

jeniero. » . ? ^. 

•^Puesryd liohetfemdo necesidad de^ tftuta j)6iyMr«cidn: 
no he teHido nebesidaid de adi>/1na^j sino: quEi e^%1do y v^ki^ 



to... -• ' •' •• '^'■"' ' -'" i ^"^ '^' ir' ■ -■■■" 

'^jQu^ptibdeshabersabiddyviiftbf^^^^ • • ^'' '' 
--Que la pobre vi^edtit, t^n lleiiii <feflCritti-al,%ii:lfen'a'd6' 

consejos, tan desprendida y tan santa, me habia tbtniat^^ 1a^^ 

deiaaifti'it; paf^6' pii^^^^^ 



do con elftf^retai4<y y^ fe habia dejatlt/ el encafg^^ de pffbcjer 
sncor^zoii, iBU'tn'Atto y sa fortana.-. .• ^Me acuf^arfis ahbraa 
fitti padre? Tienes- el derecho de ambaestarmle? Paedes' es^-* 
presart*' oomo ie ha6 eapresado?:^ .* 



. I 



.II. 



La vieja solterpna estaba aterrada y no tuvo otro recurso 
que decir: "Bios mio! qu^ calamnia" y meti6 la cabeza en- 
tre. SU8 dos mi^nos. V* 

— jQud ealumnia! volvio a decir la raenor; tii.sabes m\x\ 

bien que no es ealumnia, siendo mui filcil hacer llaraar a! 

, secretario o favoiito del injeniero^ que desc^ubrird la verdad^ 

— No nos debemos rebf»jar hasta ese punto, dijo la mayor, 
levantandb la cabeza; es preciso que 'searaos raas di^nas. 

— Ccnvengo en ello; pero tambien convendrds en que no 
tienes nada que echarme; en cara. . 

— ^Todo estd pasado: plvidemos y perdonemoi; estV^sW 
que nos manda el Evaqielio. ' 

Asi concluy6 esta desagrauable escena eatre solterona^ 
que, lo raismo que las bv^atas* terminan con una oracion 
cuando acaban de murmurar de todo el mundo. * 

Con dificultad se encueutran en la socieda^d seres raas per- 
niciosos que las solteronas (1) que^ por lo jeneral, enti'aii 
en el gremio de las beatas.de esas mnjeres de alma seca, 
dura, raaldiciente; que se comen a Ulos para tentjr \el der^- 
cho de peUr al^pr6iimo; que no a?nan a nadie a no s^r a sus 
fdolos de madera o de barroj que no encuentran virtuii s6- 
lida, sino aqu^lla que tiene por base Las practices absurdast 
de un ignorante pngdmsrno; que IhunaqMmplos a los qdf^ 
no tienen siis crefehcias, auu cuando cumptan con los dulces 

.1(1) BcU pnlabrft ji»n4^ica qae itis tends 40^1%ados''a «mprefiri tiMit^1it>nroiisi««cep^^ 

de sentimtctitos do haii tornado est^do: de cousiguient^, nosotros no hablui^os con ellM 
uno con la ma^na, i 



precciptos de la cari^f^d crifitiaqa; qqe s^^^ He^ii atist'3Ado 
las fl^quessas humaaas para cpotf^rla^ iv tQ4p ^\ H^ifidp, bajo 
el manto de U compasipn y d.elj^epeo.dei^^nqiienfji^^.quQ^ua 
compreudefi ni las coamaeye.qtia apciQU heroica, Mao In 
chismografia sacerdotal; qu^,> roida% ji^- g|ivi4ia,» det^estao 
la juveatud y la belleza; y que, perniciosas, ignoraates y 

V * 

mal intencionadas, cr^ense, sin embargo, el santuario de la 
f^ y las colamnas del cri^ianismo. . . Por desgracia^ ^n naes- 
tra sociedad y particularmente ei;i la faa&tica poblacipn de 
Santiago, abuada esta clase de jentes, que confaiK^e la m6- 
ral con el rito, la reliiion con la cer^monia, Dios cpn el ido- 
la, figur^ndose que la virtud es el rezo y que les basta prq- 
nonciar algurias palabras que saben de' memoria, para ser 
las criataras predilectas de l^a Divinidad, particulan^iente 
si agasajan al confesor, si le slrven el mat^, si le cuidan la 
ropa, si le hacen provisiqaes de esquisitos dulces y §i tie- 
nen un altar que vestir. . . Eato'nced yase creen cpn el clelo 
asegurado.. .y bien pueden hacer Jo que se les antoj'e^ pues 
es imposible que se pierdan, porque ya 9e,hah conquistado 
la voluntad de nuestro padre San Jps^, de nue^tra sefiora 
del Carmen, de Dolores, de Merpede^, del Transito, del 
Kosario, de Monserrate, de Qovadbnga, en sociedad conlos 
Antonios, con los Franciscos, con los Filomeno^, con los Lo- 
yolas, con los Agustinos, etc,, etc. He, ^qui, las creencias, 
la Uj la relijipn, el pulto, la moral de esa^ ppbres muj.eres, 
que no tienen mas conpiencia ni mas guia que la de una 
credulidad ciega que las arrastra a un fejiatismo est^ril a la 
vez que pernicioso, porque .corrompe en lug'ar de correjir, 
porque degrada en lugar de elevar, porque embota la infei: 
lijencia en lugar.de fomentarla, pojque las desvia del vei:- 
dadero camiho en lugar de enseCarseld, porque impide el 
progreso del alma y del cuerpo, manteniendo a la primera 
eu la4g{ioraocia y bX rsegando.eo k ii^iBandjaU; y sioi eviir, 
bargo, estd es el ideal de las beatRs,'pu^ es el eistado per- 
fecto' {|^ doode sq empeflan eh Uevarlas Ids sacgj^p^tpSt V 



/ r . . I J 



Las deelaFaciones. 



I. 



' Al dia eiguientf^ ^^H^ llogur dan Pastor de k» Moaas^ 
(erioa, y ^a^hijia^ a^a np habi^a. dado ua paso adelaiite' en 
el proyectado casamiento de sa qaetido p^>4,. 

Be€o»ailia[da^ e6 aparieacia, pero odi^odose e«i ei fcmdo 
oadu ve« ma^i pria.cipi^pon la o^a^aHa entre) ellas sohre la 
manera <^md d^bian abOrdar la cqesjbioQ cqo Loisa, -de^enyo 
b)3ie»3^ita d^peodia «p gran part^ Js^.Tealiaacion de sus 
propias esperanzas; ponjue era faera .d<?. duda »q|;ua conestia 
enlace &t*p08iciioaQaimbiariA{ y aunqa^ en f^ftlid^d no par- 
tijcipasen.dj^Jlt .fftrtuaay tw.4»'faa aj« ift(M)<*> las. aparienoias] 
que era lo que bastaba en su pa^^c^qipto pavs^ determinaD i 
Enriqjae, yarf u^f a ppr, I4 nna.Q,por:la oti'a; d!^ <5ondig>criei>te, 
la principal dilijenciaque Labia que hacer er^ U^var a cabq 
el casa^i^ntO;.qa0.rjep^peG^ a'l^ fionquiet^ de Enrique cada 
una se proponia triunfar, vali^ndose de sus propips xeour- 
8Q8, ^a^a lo ^ij^l popcj/iiag^ ea ja^o #a astucja feafteninar en 
oombi^a^oA de. sua beQbi^03<( 

Enrique, de.vueUa .a}<jprtyo del soUtprio, ooi\t6 a fete la 
e^rafia'avjentura. qu6 acababa de suced^rlre, booobt lafatr 
jbuidad del Haaibrg q^ie ae ; alaba de up triunfo oUtenido^ 
«iDQ oi^n lajotepeioa d$i pedirlQ x\a coq((^o qaal0 ibdjpa$^ 
el mejor medio de salir de un conflicto. 

JBl, SOU tario, 4011 to^a «ji gf^y^jla^y filp^ofta, m) pudp me- 
DOS de; r^.ifr9e a 5a , ve», t^^to poi' el ridicula . ^rrcgp . dft lan 
solteronas, cuanto por lo eqibarazado y triste que. i ae* lapAtr 



554 LOB BSCIUBTOS BXL FUXBLO, 

traba Enrique por el desenlaco de aquella graciosa aventu- 
ra; pero volviendo luego a su seriedad habitual, aprob6 ea 
todo cl proceder de su j6ven discipulo, admir^udo la deli- 
cadeza j bondad de eentiiniento^ con que se habia couda- 
cido y pensaba eon«Jitaii^6 pc^ desengaQttr a sas enamoradas 
sin beiir!a% prefiriendo mas bien aparecer a los ojos de 
ella? on una clase inferior a toner que alentar sns esperanzas 
creydndolo su igual. 

— MaSana es sdbado, dijo el solitario, y te acompafiar^ a 
las casas, dondo permanecereraos hasta el domingo, porque 
tambien-cd necef^ario dffr nlgoo solazal cuerpo y al espiritn. 

Enri(}ue no disimal6 su alegria, siti^ que al contrario, 
esclani<5: jqn^ felicidad! 

-t-t-Pasareinos un dia alegre, pueses indudable que veoga 
don Pastor y que se te detluren esas pinfas: dos aconteci* 
mientos mas que Euficientes para divertir la Jornada. 

— No I n cuanto.a ml, sefior, porque esto quita UBa parte 
daLgusto que tendrS. 

. — Pero en fit^j esa cantrariedad queda suficientemente in* 
demnizada con e) placer de permaoecer un dia entero al 
lado o en preseticia de Luisa. 

— Nolot>cuUoy feefioi; esto es para mi la mayor y mas 
pura felicidad. 

— Ya lo s^ y tengo la J^rueba mas infaKble de ello* 

-~La de tu trabajd coustante, la de tu.esclusiva consa- 
gracion al estudio; p'^^'que he notiad(>; amig«) mio, queduer^ 
m^s unteamente lo indispensable ptii'ft )a vida: tres o cuatro 
bora^, pfisando el dema^ tiempo que te dejan tus quehaceres 
ei) pJ'oVechuias lecturas; y que despnea d-i las lecciones qne 
yo te doi^'VuQlves a sola^ sobre ellas hasta mm avanzado 
de la noche. 

• — Et^'verdad,seflior,qiHsi'era estudiatrlo todo, comprender* 
lo-^odoj^^aberia todo, *i es pOBibk en tin mes,' en -un dia, eil 
mia'-hdra:'"P -•' -^ '-', ■'' -.:/•'..- '.;..».: 



. w" * f I 



8uitado?>j^4i*3. half f i^i si4f> ;oap^abdeo(lw5fer lo.qft© ti im^ 
heeho, (lejirogresar como tii has progresado. 

tenga una afeccion taa profunda y tan prur^ -tan etttasf^ta. 

y.tairj'^i^'na.corpQiaiq^ue<lfiBi(^tofee3 pof W • 

; rrr-^E^V>ff}€^pew4^^ ^50iv ^^ \q<ie -^lU 0* divifli y m^i jWu- 
tiijiientq^r^piso^, Qtr^lUiOOdA qpte.urt d6bil i;«fl(^o diB Bu.nata''> 
raJiez^HQulefttial. < r-i , ^ ,...,.• 

. T-j.Pl'^vo, amigo mio; hastft ta mafiora de e^presaHe me^ 
p^o^bajja icJeALdit^Hoadttiftide .ta affeorfiQa ;[ 

: -^^i?^r>Q ^ompre^ilo ust^v 8q3^p> qtie. padiera ao^c^rsea 
l^;;spaaf4te,IiS»i3f^:fl0 di^UiJto modo^.. r- . .'. •; i • . ' : 

r r^fifog pavq:up eiitono^ (^]la lao amw*< 
— ^Y cre^,ti,$te(J,qvie tmaf , / : ; :. 



f lr- 






— Sefior! esclam6 Enrique, palideciendo y apret?|adoi<5oa* 
vulsivamente las nianos delsolitario: hai ftfit^etofl i3pa lOs^que 
no puede ni debe chancearse el hombre. . . Una sola pakbra 
efti4e-vi4a jO)^^;iBiieft^.y no; d^be uaWd j^rae don la 
existencia de su semejant^,. da j9P amig^^ dej au diseipulo^ da 
^ hyO) .^ug[ lo F6$^&tili como a; Dioa, ^n^ 16 aa3a como a 
padi't!!...*- ■'•- . '.' i' rt .■ ■ ,.rr c'. s.' ■ -' ■•'. 
t i*rrW\^o< mioi rejiuso el ttnciatjo, entern^cida, '^6mo oreea 
qneccjn^jf^iido^^ la^tl y iGon^oieitiido^a^Laistvque aiBdodo* 
Iq^}9[ ftrn^oel>i£ii«6e^.yo^;a;.ftvpotpB»fjfna-aola palabra .qim^ 
acarreara su muerte o destruyera sa dicha? Nof^rnmigo add} 
lo que te he dicho es la verd^d y puedea gozarte en ella, 
vivir por ella y estasiarte do ella. 

^PobBfoftt|^|u*'pit est^!^'Tifi'6^^ *4fidfvH3e 

ser hombre! (^ue he f^M^d^ !a i&utt isejito diBtinta! qu* ^hora 
nd ma^ ' cuiah^b^ comi^i^^ x&i «±i§t6nm^!' Yo lib safbi^^ lo 



qucr^fa la^ d}6bil. . no;* e^d ed superior & ibi nlaftitfalieiar. . 
68 necesario s0r Aoj^l para flobreUe^i^sir. . . el goc* tJelestial*' 
me ai$r^ba;tp'. . \j el'seoia d^ Dios Die re^ibe. i . Ltilsa!.'. sU 
gueme. . . ^- '' ' * 

^ Y el sellable J6vetf, ti^ pndi^ndb sopsortaf ian (ABfte^ cnro- 
cion, cay6 desfhayado en brazos del aiioi^itra, qoe de apife^oinS 
af gQstcm^rioi; y tari pdlidb (ioim Etti^iq^tfe, d^Jot' ittoprodiente, 
qmai to he mhert^? = • - 

Apresur63e %ntoti(^isa o<llt!)iea4*te en su ledho, tom6 eF 
ptt^, pdso el did© eti ea c<^teat4,'y'la aleg'ria brill6' easas 
ojb3.. . "No ^8 tiadal,'' e8clftm6;,y featfatidoun frasqtiito que 
llevaba siempre colgadoal cuello, puso una sola gota del' 
coflti?nido etf titiii ^tfotfflfmda de ftgtia, abri6 los lAbitis-de 
Enriqne y se la dio^a bebw.;*. El-j^Veii in0vl6 los ojos cadi' 
i«8tatftiatrfeamfent6.i . ynA' inefable TOnrfsa dibn}'6se errsus 
labios, y sa«?pir6.. . un rabtiaetttd d^spuesinfeorpofHSs^ eti'la' 
cama y pregunt6 al lanciMtK "Ldtjti0' dited me hi dicho 
^no ha sido un sueSo? jno es veii'd^d, p^d*a rttid?*^ 

— He sido taWez impradente, pero lo quo te hedibhoes 
la"^*f)foa.* ' '' > •'' •'■''"' "■.■■"• '-' ^ " ' ' " '-^ ■ 
' ~jQtie'eU«'meJttmat . , ?; 

^- Ettrlqt^, pofir tc}dai^l*eepti©sf?a;' ec3i68e ciii'b^azdij did'afleia- 
Bd y lo flioaricifr cdnio a utt tftft^. , . i * ^ ' • 

tiene sus parasismos que es preciso aprender a domidar.'. . 
PtjT'esta lixxihef te dfisp^sodsr todo esttfiliiOj tftwto^ pbrque 
BO p<wiria8;"CQntr«i8rief.(niaaMb;'porqt^ qoe^descatiP 

sesidetds temdei^Bes;' Toi^atrprepotrar'te una be&i(^ 7 te fon^'^ 

^tHa encamfi^': .: : •:■•. '.•.?: ^' 1 -•:■•. • 

f. • . . » .. ■ . ' • • 

' jAV^^fl^e^t^ .d^, >i^w ^c>r«ii!ft, lEpr^u)^ cp^udOFe} dDlita- 



podido doi^mir tAnto!^' T vint^^adosele al ioatabte h lit md- 
moria las palabraa del dia anteriorv8aU6 del leclio y Qorri^ 
41 bfarazar QitevabeDte al solrtario*. 

— YatBioa, htjo mio, yiatefce.y marcheiiioa. 

No se lo hizo repetir por seguadi vez Enrique^ y con esa 
lijereia tan prdpia de la JAivealai} y'de la esperaoiia/^stuvo 
listo^A «iB .motnento. 
I ^Oiitndia ae ppsierofi ea camioo, el aolitario tomd la pala- 

fara en csbd^t^ribihos: . i • . i. - 

— Hgo w&Qi^ te he v56td casi morir al sdlo anancio.de uaa 
^«licidald'de • quia tal vez te has lUonjeado ihtenQroieutfe: 
4qu6 aeri^.ai te; eomiimoaua una iQies|[>erada desgracia} Si tb 
dijera, ^ar.^jemplo^ qQeir Ltai$a babia mnerto 'a que ^atab)^ 
en br&zbs de htro? . ^ . , . 

— No hablela flisiysefior, mterfQmpi6 Eoriqaef horrori- 

^-^Ya '^ee qie ana m^a stipoiiicion te espanta: ^cn^les w* 
Hah en^onbes liim.efeotoBda If reaiidad? Y &in «mbdrgo^ 4adli 
hai mas |)68ib}f;: hn axsctdeoorte: cualqaiera puiede. darlg la 
moei^tei) y no estamos ni ixm aeguroii qvie . yiva an-^ebte mo* 

— lQa6 es lo que nsted dice! ^Seria tan cruel que qokitea 
-ppeparaniie para reciibir semejajite golpej 

-^Noteiaaiidfees^bada de lo que. tte digd ea cic(Ft6^ pola 
ellfl'vivQ yblla te «ama; pbib ea pr^is^ qae aprendas a venr 
«erie, qu0 apreddaa a aufrii* y d cesigiiaiite^ 

<^£a los caso^ qtie;ust^d mepraBentft es impostble:! enab 
qdiera de loa dos sie heeriria con juayor Tcoledcia qai la dsi 
rayo. , 

'-^VeOf pfaes, que lio ei'bs otrajepsa que el esclavro de'las 
afeeto^, j boI el sefios de- ti miOTo^ qua. es ^1 panto culmL^ 
nante a que debe a^pirar el hombre. Si nuestras paiioney 
nos vencen, {d6nde esta. ntiesikra; fberm? BoAo el que! «abe 
flobiteponerseia ella8ies>el fmicoeapaz. de'esaalkr ed t^a^plo 
4e4a yiidifidt'Ia'.trtdte,fil4t>8QfiA db ka estoiooa^tioni^'Sa.iftdtt 



1 

I 

I 

I 



de admirable ^dn cbnhb ntos eudiir^ced dobry babi^ndidiioii 
ffnperiofesal gufrinaiento,' • - ^ i;I ; r 

— Segun esta (loctnna, iUnneerisibilidad es el coinj^lGfr 
mento de la dioha? Mas valdii«t eutonces^sei* na<]iraIiidco o 
tin trozo.de grauito. ' •: :^ i •• \ • ' i 

— Yo no pretendo destrulr laiaenfeibilidafl que estd'enieS 
co?*azon, sino que quiero unir a ella lartfuerea que^testd eiil^el 
entendtimiento, que no^si viene de la maon^-qije e» eliili'vHno 
destello eraanado de Dios. El dolor :e9 inhere rM 9 ntK^Btrii 
Daluralt^a; pero la resignaoion, sin destruit^lt^, lo veiifce. El 
que ^ suicida no es el que triuufn siho el que'bei*W;>iTK> eb 
la fuerea siuo la deUilidad; no e^ )a>enerjia.sinotla fliqiieza;>; 
El hombre superior es aqnel que seispbrepone a :sup mnleSy 
y que, esperimentando cuanto tiene de ae0rba iel dolor, no 
ttenta contra sa vida para que cese asi.el^sefrlfhiento. 

Ayer he conocido cuau impresionable es tu naturalezajy 
$in qnitarte un dpice de tii^^faoultades, qtiiere^preohverte 
de los peligros a donde esa esquisita^^^stremada lEteQstbiU- 
dad podria arrastrarte. jLo compreiwiea, hi)o mi<>? ^. ■ : I 

«i-*Sf , sefior; pero si la seQorita Laisa mutiese^ ^o r\q fpe CB 
peor, fti la vicra en brazos de otro, no podria responder de 
tsd misnio* v • •. -..i; ' i .- » \i.}.': — 

• •• •• k 9 

— Lo que dices, hijo mio, bajoks apariefiQt6|[sdft^:un'.gmq* 
de y despreadido afecto,^cierra iiria:iiQsifi uoj.peqdi/tfiua de 
egoismo; pero como te cono:rao talyesrmas que la qne'iii^te 
conoces, veo que, sin peosario, el aeDtitmentod|B;la'perdida 
de tu: qaeridii^ ofttsca tu razon de. tftl;manenaf<que:Bo te 
f^ercibes de la jelevacioujenerosa de'ta caiifio, eomo iroi a 
prober telo. v.i 

Ante todas ciosas, {ua qaieres tii'ktfBlioidsid dq Jiiur9h?-No 

la prefiei^es^a la tuya> pnDpia? No te iHfteriEaaiiaa ^ilirecte 
portllat . . ■•i.f' .' : . • j;.. ^ ••. i .,•.,: • ,.; 

*-^Estp no piicHle ponetse en dada*. ; n^^ .». ' ji 

r^Ya io s^y por^ lo piisoio vbi a> coBUniiav^ isiiinpllfl^ 

lipateaiara'iiQf^ealleao db aidjH<tud, )llwoide'ti]Miadfdbt^|^ 



i/>A sxcftxtos Bin. puibia Mi 

cqya gujierioridad inoo intestable as^sjQFjfjse la diclxa de t^ 
amada unidndo'<e a ella, jno serias tu ese liombi^e que, sir^ 
destruir tu iif(?cto, ahoffjv^es tji dolor mrt\ deciijc: ^ Se felr:&>" 
No quodarias. mas s^itisf echo con eKsacrlficio qn^ dichoEQ 
con la ppsesion? Nq te rogpcijarisjs en tu desesperacioni 
vidndola afortunada? No Uegarias hasta a amar a ese rnisuio 
hombre que te la liabia arrebatt^do pero que Uacia toda sa 
Ventura? 

— De veras, scuor, lo siento en mi: yo soi capaz de torlo 
esOj o mas bien, si^^ntq en mi amor la fuerza suficientepara 
lleffar hasta esa dicha y para con.ertir en una felicidad in- 
finita el mas agudo de los sentimientos, profit err.dndome 
agradecido, gustoso y lleno de admiracion y hasta de culto 
ante el hcmbreque la hioiera fuliis. .. • 

— Abrdzame, hijo mio, ab^-dzarae; tu elevacion aumenta 
mi afecto. .. ese es el verdadero amor quQsplo nace en las 
grandes almas. .. ese es el ilnico digno de ella y de tf.., y 
ahora compr^nderis que lo que decias poco a Uea no. ee ptra 
cosa que un sentimiento bajo que jamas ha tenido cabidt^ 
en tu corazon y que en vez de esplicar la realidad de tus 
afectos solo la confundia. 

Los celos, Jvnaigo mio, que el mundo cree inherentes al 
car'mo, son finicainente el efecto de Lis pasioues vulgares. 
Donde hpt celos hai amor^ dice.ua >intigiio y universal ada- 
jiofy sip embargo, tii ves, por csperiencia propin^ que es 
imposible que el amor verdaderp los esperimente, poi-que 
vive en una esfera mas alta, porque se alimentii. de, la vir* 
tud, que sin duda es la esencia di^ Dios, pnes aljl e^ dpnde 
se encuentra la dicha inefable, la serenidad. iofinita y su« 
prema;.; Para las almas comunes, ese oxipma j?era yerdade-. 
ro^ porque no han salido de la esfer^ del instinJ:p;.pero par;% 
esas naturalezas superiores que idealizan y depurpn de tP<^ 
vicio ^1 rhap nptable atributo humano, el ao^Or^ Iqs celoa no 
exi^ten.... porque, ^qu^ qlase de celos sou lo3( del individ.ao[ 
que, eomq tii, ^alla au felicidad en eL^crjficio y ique cojji-t^^ 



vierte en tidd., eh satisfacisfoti, en dicha, lo que para Idi 
otroS fiferid tot*mento, desfespieracton y muerte? Y todavia 
hai ma^, hijo mio: los hortibWs qiie alcanzan a esas elevadas 
i'ejionei del? sfefatimietito, sbn a la vez los m^ en^rjicoS y los 
mas fdeftes; 6St& ei la mion qd^ me hdceeiperar que, en! 
!os ch!iele8 y araaigos lances de Ik vtda, a flis^at* d^e la estre- 
Ifaada suSceptibilldkd de in organfemoj sabr^4 rencerte ha- 
ci^ndote superior a ellos. Ten presente esta leccion, amigo 
ibibj talvez iio issfd dii^talnte el tiempd en que pueda sfervir- 
te, sad)R(ndo de ella aflgtin protedho. . : •. 

III. 

Come de costumbre, Li